rompiente

El costado -somnolencia por la que flamea el obrero hacia el sueño reparador- del cerro, hace las veces de tobogán de lluvias, y el aguacero se desliza sobre él con un irreprimible sentimiento de inexorabilidad y arrepentimiento…
La sudorosa y agrietada garra de hombre utiliza una saliente filosa que asoma junto al lecho de la cascada sin edad y sin nombre, y empuja el cuerpo ágil pero ya abatido de su dueño, hacia arriba, en el intento final de ganar la cumbre, el descanso.
Como un obsequio largamente esperado, y con creces merecido, una pincelada de anaranjada luz crepuscular -desde más allá de las gotas insistentes que resbalan sobre rocas, verdes, hombre-, tiñe el rostro directo del que sube desafiante. Un escaso baño solar va abarcando cada porción humana con servicial recibimiento, conforme la figura conquista la cima.
El hombre, como la lluvia, cae al suelo, se transforma.
El hombre, como la lluvia, una vez en la cima, ha muerto.

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