gracias

Al aire tus músculos.

Hacer lo imposible.

Cómo no adentrarme en esos perclaros confines de lo infinito por claro y obvio.
Cómo no seguirte en tus hilvanaciones firmes, y aún así, inasibles.
Cómo no quererte.

Por tercera vez recojo el maxilar que cayó a metros de mí, y que me pertenece.
Al hacerlo, en un instante de distracción, mi contento resbala y se me desprende; enseguida me mudo y pienso:
– Corre, Diego. Es tu última oportunidad -y al hacerlo, ríe él desde adentro.

Es tarde, ya está allí. Para siempre. Él, y apenas tres, o cinco, o acaso una sola alma más, y que tampoco existe.

Me enderezo aprendiendo- como cuando con mis perros- lo maravilloso de no estar solo.
Aunque se lo esté.

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