para siempre

No puedo nombrarte sin el hielo.
Ni tenerte.
No puedo acosarte, mezquinarte, propagarme en tus poros: toda la maldad inexistente del mundo se hace carne en mis músculos secos (en la ausencia de esperanza de mi carne) y abofetea mi sangre triste, la poca sangre triste de cuervo cansado que me queda, penetrando mi andrajosa inocencia y arrastrando mis neuronas como a las demás vacas. Soy nada. Soy vaca y hombre. Soy vaca. Nada.
No puedo consumar un solo pensamiento que tenga que ver con tus ojos sin el hielo que emana de tus ojos, y de tus helados labios de mujer reprimida ignorante temerosa y terca. De mujer. De nada.
No puedo con esto que cuelga de mis párpados y mi espalda y que es el horror de no saber nada de ese frío que antes fuera mío. Que será de un futuro nadie. Una nada, en nadie. Que no lo sabe.
Soy un poco ese frío (se hizo invierno también en mí tras tus pasos idos) pero soy calor y nada puedo contra el Río del Frío: mis aletas -coágulos de dolor- se desgarran astillan y lloran impotentes ante esa nada azul de la que quise extraer amor sin carne.
No puedo resistir un día más sin tu hielo.
Quiero no ser yo para vivir en el invierno.
Pero no puedo.

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