Rinocerontes

 

Cuatro rinocerontes desprotegidos otean en lontananza.

(Las mangostas acechan. El cirrus enloquece. Todos gritan.)

(No hay lugar para el llanto.)

(No hay lugar, ya, en estos cuatro pechos de acero, para el llanto…)

—¿Hay alguna promoción con las tapitas? —pregunta uno de los muchachos, mientras mira con curiosidad y hace girar entre sus dedos la chapita de la cerveza que dentro tiene un letra en imprenta.

—Ni idea, viejo.

Tal silencio reina, que hasta pareciera que el amanecer le ha contestado al curioso.

Cansados de mirarse a los ojos en épocas de mierda televisiva, rato ha que el horizonte (o los cuerpos féminos) son el común, el diálogo, el tema de conversación…

—¿Y… —condimenta un tercero, ávido de sonrisas ajenas que camuflen su noche interna—, mojaste anoche…, o seguimos a paja y agua…?

Risas como brisas y ofrendas a la amistad liban el territorio que esas voces recorren, risas bellas, inocentes de mentiras, cada una cargando un secreto.

Vidas repetidas, caminos inmaculados con el inexorable germen humano, ¿secretos? la naturaleza es una: ¡aunque haya 7.000.000.000 de gentes!

 

 

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