“Los Nuevos” – Novela de zombies por partes. (01/35)

Lo que sigue, queridos lectores, es la primerísima parte de mi primerísima novela: Capítulo 1, Parte 1. Un trabajito ingenuo que hice algún tiempo atrás, cuya trama versa sobre zombies, amistades y literaturidad…

La iré liberando con una frecuencia que intentaré sea semanal (para no extendernos tanto en el tiempo), siempre bajo licencia Creative Commons, así que sean libres de leerla, copiarla, compartirla, etc. …mientras recuerden al autor en un réquiem acorde, es decir, entre buena música, risas y mucha “buena vida” (sea lo que sea que eso signifique para cada quien…)

No los interrumpo más, espero la disfruten, la desparramen y, sobre todo, la critiquen: Soy, como siempre, todo oídos.

Gracias por estar acá.

d

(Y ahora, como solemos acostumbrar en este blog, algo de música que nada tiene que ver conmigo y de la que yo no soy dueño en absoluto, como para ir entrando en clima…)

“Los Nuevos” – Primera Parte – Capítulo 1…

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Rubén y François

-¡Yo sabía que lo harías! ¡Hijo de puta! ¡Es suficiente con que te diga que nos tomemos un tiempo para que vayas y te encames con otra! -le dice Mariana sin poderse controlar y hasta empujándolo a Nicolás, toda colorada y alterada, pero tan sexy como siempre, ella que no pierde su belleza ni en estos momentos, y mucho menos, con el camisolín de seda que lleva puesto.
Nicolás la escucha, vestido como que acabara de entrar desde la calle, o como si se estuviera por ir, con el celular de Mariana en una mano.
Golpean a la puerta. Pero ninguno de los dos presta atención a la llamada.
-¡Si sabías que lo haría, entonces, ¿por qué me pediste un tiempo?! ¿No será que buscabas que esto sucediera para entonces tener una excusa que te permitiera volver a cogerte a tu ex? ¡Ese gordo pelotudo que aún te llama día por medio! -devuelve Nicolás a los gritos.
-No sé por qué hice lo que hice, pero seguro que no era para meterte los cuernos… -llora Mariana, transformada su ira en culpa en sólo un segundo.
Repiten el toque de la puerta. Esta vez con mayor insistencia. Nicolás voltea hacia la puerta y grita:
-¡No hay nadie!
-¡Abra, por favor, es una emergencia! -responde una voz preocupada.
Mariana y Nicolás, se observan, olvidan la pelea. Su mirada es de complicidad y de apoyo, vuelven a ser los que eran, su amor existe, es real y todavía rige sus vidas. Consultan sus movimientos con las miradas, Mariana cree ver una expresión de asentimiento en los ojos de Nicolás y abre la puerta, solícita.
A la puerta, un hombre bajo y cabezón, de cabello muy rubio y muy grasoso que le llega a los hombros de una chaqueta de cuero marrón, la expresión de calma que muestra su cara no se condice con la voz preocupada que habían oído hace un instante… Antes de que Mariana pudiera decir nada, el pequeño hombretón le propina una patada en medio de la boca del estómago, de tal fuerza que la empuja hacia adentro del departamento quitándole la respiración.
La escena toma tan por sorpresa a Nicolás que no alcanza más que a esbozar en sus labios una protesta, cuando el recién llegado saca del bolsillo interno de su chaqueta una pistola con silenciador y dispara, en el medio de la frente, a un Nicolás que no entendió nada hasta que fue demasiado tarde.
Cae estrepitosamente al suelo el celular de Mariana que Nicolás sostenía.
El recién llegado, todavía en la entrada, de espaldas al pasillo del edificio, gira media vuelta, se asoma al corredor y mira fugazmente a ambos lados para cerciorarse de que nadie viniera ni hubiera oído nada, luego cierra la puerta y se dispone a atar a Mariana, quien aún está tirada en el suelo, sofocada, dando manotazos. Primero la amordaza con un trapo para que no oigan sus gritos, luego, con la tranquila actitud de quien no tiene corazón ni moral, le comenta:
-Bueno, bueno, bueno… hay trabajos en los que definitivamente recojo el fruto de tanto esfuerzo… y parece que éste es uno de esos… -dice en sonriente acento francés mientras se acerca despacio a Mariana y guarda su pistola en la chaqueta- Tu novio fue lo que me trajo hasta acá, pero parece que con vos también voy a tener para entretenerme…
Mariana gime asustadísima y forcejea como para zafarse de los lazos: el camisolín se le corre y muestra algunas de las curvas perfectas de la muchacha, esto aviva la lujuria en los ojos de su captor, quien de a poco va despidiéndose de su cordura. La joven mira alternadamente del teléfono, a la puerta y de allí a la ventana que atraviesa el ojo de luz interior del edificio, …y que da en línea recta a la ventana de la cocina del departamento de enfrente.

* * *

El día es soleado y bellísimo, la luz matinal entra por la ventana de la habitación. Una madre joven, embarazada a punto de parir, a juzgar por el tamaño de su panza, tiende la cama matrimonial mientras su hijita, sentada a un costado con un osito en sus brazos, la observa hacer. La niña, de cabello azabache y tez nívea, viste un vestido de hilo, todo blanco, lleva dos colitas en el pelo. La madre, hacendosa y de buen ánimo, mira por azar hacia la mesita de luz, donde descansa un portarretrato en el que aparecen ella, su hombre y la niña del vestido blanco; al verlo, la cara se le ilumina de contento. Enseguida de la mesita de luz, del lado del balcón, llama la atención de la mujer una planta de tallos largos, filamentosos, cuyas hojas están un poco retorcidas, tal vez, a causa de una leve deshidratación.
-Traeme, por favor, un vasito con agua que voy a regar el helecho de papá, hijita. -pide la madre sin dejar de preparar la cama.
Su hijita corre con el osito en brazos hacia la cocina. Los ojos de la niña apenas llegan a la mesada. Como tiene que buscar un vaso allá arriba, en la alacena, empuja una silla hasta la mesada y se para en ella; ahora sí, queda totalmente expuesta a la ventana que da precisamente al hueco de luz del mismo edificio y del mismo piso en que el rubio está forcejeando con Mariana. Es un movimiento rápido, de un segundo, el que lleva a la niña a mirar al otro departamento, tal vez para saludar a su vecina Mariana, que tanto la quiere y que el fin de semana de pascuas la llevó al lago del parque a alimentar a los patos; apenas un acto reflejo, pero suficiente como para observar claramente la atroz escena: su vecina está desnuda, colgándole los pechos temblorosos sobre la pileta de lavar y de sus hombros lo que quedaba del camisolín de seda, completamente despeinada, con los ojos desencajados y algo que parece una media en la boca. Detrás de ella se agita un hombre que parece cubrirla toda con su violencia y sus enormes manos, le muerde la espalda y la zamarrea del pelo, o le aprieta el sexo.
La niña queda congelada, totalmente a la vista del rubio, hipnotizada por la visión aterradora del hombre feo que agrede de una manera tan incomprensible a una igual de incomprensible, maniatada y descompuesta Mariana. Los hechos se suceden con vertiginosidad: El asesino voltea hacia donde la niña se encuentra, guiado por los ojos de Mariana, quien había cambiado perceptiblemente su expresión al descubrir a su vecinita, mientras buscaba ayuda en esa dirección con la mirada. El rubio y la niña se observan mutuamente por un segundo, que dura una eternidad, hasta que la pequeña da un grito terrible y sale corriendo. En la pieza, horrorizada al reconocer la voz, su madre gira la cabeza en dirección a la fuente del sonido; a su mente acuden, una más grave que la otra, infinidad de causas que podrían haber originado el alarido de su hija, pesadillas recreadas casi en simultáneo en la imaginación arrinconada de la madre, quien deja todo y corre en dirección a la cocina, a buscar a la niña. Mariana, aprovechando la distracción del malhechor, lo golpea con el talón en los testículos y trata de escapar. El asesino devenido en violador se agarra la entrepierna con una mano, cierra los ojos de dolor y lanza un gruñido de rabia, mientras con la mano que le queda libre apresa la muñeca de la joven, interrumpiendo su huida. Mariana, su torso completamente desnudo, afiebrado pero aún bello, no puede morder ni gritar, pues todavía tiene la boca tapada. El rubio mira al techo contrariado por el giro de los acontecimientos y, entre puteadas en francés, saca su pistola y dispara a la pobre Mariana justo encima de la ceja izquierda; el fregadero se salpica con su sangre tibia, oscura, joven.
-¡Merde!- El asesino se da cuenta de que es ridículo borrar las evidencias con un testigo ocular en juego y sale, vociferando maldiciones en francés, a buscar a la niña.

* * *

Mientras sucede todo esto, el hombre que aparecía en el portarretrato maneja de regreso a su hogar: un “niño bien”, un apuesto y tranquilo muchacho de pulcro vestir y prolijo peinado, que debe rondar los 30 años. En el tocadiscos del auto suena Low Rider, de Barry White. Rubén, tal es su nombre, acompaña el ritmo golpeteando el volante con sus dedos con sus dedos y tarareando la canción: su inglés nunca fue muy bueno. Se fija la hora en el reloj pulsera y piensa en su mujer y su hija, que ya deben de estar despiertas, acaso planificando el almuerzo.
Rubén sabe que a su hijita le apasiona tanto la cocina como a la madre, quien, de pequeña, también había mostrado interés por combinar distintos alimentos para crear nuevos sabores. Él lo sabe porque se lo había contado su esposa en una de sus primeras citas —encuentro para siempre grabado en la memoria del joven, en el que además de tener relaciones por primera vez juntos, la entonces adolescente y aún soltera muchacha lo había invitado a casa de ella para agasajarlo con una proverbial cena romántica, pletórica de ensaladas inusuales y platos con nombres exóticos—. Interés que nunca había abandonado su esposa, y que había heredado su bella y tierna hijita.
En efecto, Rubén puede dar fe de que su mujer es la mejor esposa y ama de casa del mundo, y su hija, la más bella e inteligente de todas.
Pensamientos como ése alejan de su mente las preocupaciones más graves de su trabajo y el hecho de que en un mes o dos deberá enfrentar la situación de quedar en bancarrota, y peor aún, tener que decírselo a su mujer, explicarle que él trató, trató, pero que no pudo salir adelante. “Otra vez”. Pero allí estaban ella y su hijita, alegrando siempre su hogar, alejándolo de las verdades del Sistema.
Conduciendo como en piloto automático, Rubén llega a la entrada del edificio, baja por la rampa al estacionamiento del subsuelo y dirige el coche hasta su dársena correspondiente, recoge sus pertenencias del interior del auto, se apea, despereza largamente, y enseguida se dirige al baúl para tomar las bolsas del supermercado. El edificio es viejo y tiene un solo ascensor para treinta familias. Rubén llama el aparato y aguarda.

* * *

El asesino calcula, por la ubicación de las puertas, cuál debe de corresponder al departamento en donde se encuentra la niña. A sabiendas de que el tiempo urge y que, de todas maneras, su cometido ya no saldrá como él esperaba, descarga un tiro del arma con silenciador en la cerradura e ingresa con violencia.

* * *

Rubén espera un instante y llega el ascensor. De él se apea un hombre alto, que tendrá unos cuarenta años, bastante dejado y de apariencia taciturna; se saludan, pero cuando Rubén hace un ademán como para entrar al ascensor, el recién llegado le dice:
-No sé si le convendrá subir por acá, señor; acaba de atascarse entre el primero y el segundo y estuve esperando como veinte minutos antes de poder salir. Diga que siempre llevo un libro conmigo. —dice el hombre, mostrándole a Rubén, por mera cortesía, el voluminoso ejemplar al que se refería.
Luego del comentario, el que acaba de hablar sigue su camino unos pasos y agrega:
-¡Bah!, usted es dueño de hacer lo que desee, ¿verdad? Sólo era un consejo. Tómeselo si quiere, seguramente no le pasará nada. Hasta luego.
Rubén le agradece y duda un segundo; enseguida, puteada de por medio, decide subir por las escaleras, bolsas del supermercado y todo.
«Extraño personaje ese», piensa Rubén. Para colmo, “verlo trae mala suerte”, suele comentar su mujer, quien, además de recetas culinarias, gusta intercambiar chismes con los demás habitantes del edificio, por lo que siempre está al día con todas las “novedades” de la torre, de la cuadra y hasta del barrio entero… Algún almuerzo olvidado ella había comentado que “parece ser” un escritor ermitaño que vive encerrado en su departamento y que no aparenta tener mucho éxito en lo suyo, porque vive con lo justo, y no gracias a la escritura, “parece ser”, sino a unas pocas hectáreas de campo en el interior. “Nunca molesta, pero tampoco nunca ayuda… como la vieja loca del segundo, la mamá del verdulero de la esquina ese que tiene la lechuga siempre más barata que las demás verdulerías del barrio…”. «Puros chismes, ¡che!, al final, por más esfuerzo que se haga, uno termina cayendo en sus redes y hasta interesándose por las vidas de los otros, muchas veces más aburridas incluso que la propia», reflexiona Rubén, cargado con las bolsas del supermercado, sigue subiendo las escaleras hasta casi llegar al piso donde vive, cuando de repente debe hacerse a un lado para dar paso a un hombre visiblemente ofuscado que baja raudamente. «Tal vez se cansó de esperar el ascensor», sospecha Rubén, «o se olvidó de poner monedas al parquímetro y no quiere que le lleven el auto, pues seguro es ajeno al edificio y tal vez a la ciudad también, a juzgar por sus ademanes y vestimenta. Pareciera el Día de los Personajes…»
Rubén se entretiene con estas cavilaciones hasta que, al querer abrir la puerta de su departamento con sus propias llaves, descubre que la han violentado y sus ojos se agigantan, blancos de sorpresa. Corre dentro dando gritos, sin pensar en nada, llamando a su chiquita, a su mujer. Casi vomita su propia existencia al encontrar grandes gotas de sangre en el piso y se dirige hacia la fuente…
Madre e hija yacen sin vida en el pasillo que da a las habitaciones, rodeadas de una aureola de sangre cuya expansión aún no se ha detenido. Su mujer, de espaldas a la pared, las rodillas dobladas antinaturalmente, como seudo arrodillada y con un orificio de bala justo en la frente. «Con que así eran los agujeros de bala…», piensa fugazmente Rubén con gran incoherencia, perdiendo la cordura de manera vertiginosa. La hijita había caído boca abajo en el regazo de su madre, el vestido blanco «que le regalé el martes y que seguramente estaba estrenando, porque no recuerdo habérselo visto antes», casi irreconocible, pues la espalda está toda teñida de un bordó agresivo que se continúa en el piso. Seguramente, oculto tras esa mancha viscosa, se halla el disparo fulminante con el que la han asesinado, «¡Por la espalda! ¡El hombre que me crucé en la escalera! ¡El extranjero ese!», se le pasa por la cabeza a Rubén, que desvaría, justo cuando pierde toda conexión con sus rodillas y cae al suelo, manchándose la camisa y el pantalón de vestir con la sangre de su familia muerta.
Rubén pierde el conocimiento.

D.M.M.F.

…Atajo al Capítulo Siguiente.

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2 comentarios en ““Los Nuevos” – Novela de zombies por partes. (01/35)

  1. Dos respuestas a dos preguntas que todavía no se han hecho: Primera -> ¿Por qué liberarla? …Porque defiendo la Cultura Libre y creo fervientemente que las producciones culturales son para el disfrute de todos: “cuantos más, mejor”; sin comunicación, la sociedad se vuelve un archipiélago seco. (Además, no les voy a mentir a ustedes: ya concursó en un par de premios y no sacó ni una cafetera, jajaja… pero no pienso seguir guardándola encajonada y llenándose de telarañas!) Finalmente, si la publico por este medio es porque creo que no es tan terrible como producción literaria clase B, y en última instancia, ustedes serán los jueces de honor. // Segunda pregunta -> ¿Y qué tal otros formatos que se lean mejor, Diego? ¿No pensaste en eso? …Claro que sí, pero los EPUBs, PDFs y demás, vendrán al cabo del término cada parte, uno por cada una. (La novela consta de tres partes, pero no es extensa, descuiden… además, nadie los obliga a leerla, ¿no?) Como apoyo argumental no mercadotécnico, creo que si NO la publico toda de un solo tirón, contribuyo al suspenso que se quiere lograr en una obra de estas características… Bahhhh, me cansé de chamuyar: ¡¡¡Qué sé yo!!! Empiécenla y después me cuentan! Abrazos para todos… d.

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