“Los Nuevos” – Novela de zombies por partes. (02/35)

Atajo al Capítulo Anterior…

Atajo al Primer Capítulo…

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Marcos y Esther

Bajo el sol del mediodía, Marcos y Esther avanzan con pasos rápidos. Sus sombras, cortitas y frenéticas, se esmeran por seguirlos.

Esther, de pelo castaño oscuro y mirada bondadosa, camina con la prisa de la inseguridad; Marcos, con los pasos largos que le da su altura. Ambos, ansiosos.

―¿Qué dirán, gordo, tus amigos? ¿Les caeré bien? ―(se) pregunta Esther, más bien a sí misma, ya que ocupada con sus propias cavilaciones no oye la respuesta tranquilizadora de Marcos.

―¡Pero nada, gorda! Si sos monísima… ¡¿Cómo no habrían de quererte?!

Siguen un par de pasos más y entran al café que frecuentan Marcos y sus amigos.

El Café es un lugar de medianas proporciones, revestido con mucha madera y olor a salsa de tomates, que reúne a la gente conocida del barrio luego del trabajo o en lo ratos de ocio. El ambiente, cuadrado, reúne el archipiélago principal de mesas en el sector que da a la calle, allí los comensales suelen juntar aquéllas armando largos chorizos de risas y barullo cuando la cita en el lugar es multitudinaria, como en aniversarios o cumpleaños.

Al lado de ese sector, la barra, que cerca los cuatro flancos de un pequeño cuarto de cocina lleno de ollas inquietas y utensilios apresurados, justo en medio del salón, rodeada de otras tantas mesas y sillas que hacen de cinturón del local, recorriendo el laberinto de una sola senda.

En el rincón de la derecha, contra los ventanales grandes que dan a la calle Buenos Aires, se encuentra la mesa en la que ya están ubicadas dos jóvenes parejas y Pedro, el hermano mayor de Marcos. Hacia ella se dirige Marcos, en compañía de su nueva candidata, directo a presentarla en sociedad, a “formalizar”, como le gustaba bromear a Pedro. Los restantes asistentes: amigos de la vida, tanto de Marcos, como de Pedro…

Marcos es así, le encanta hacer relaciones sociales, y su temperamento es tan franco, amigable y bonachón, que Pedro suele presentarlo a sus conocidos diciendo: “acá está la persona más buena del mundo; si te llevás mal con él, ¡empezá a replantearte tu existencia!”.

―No se den vuelta, ¡no, en serio! …pero ahí vienen Marquitos y su nuevo cero kilómetro… ―susurra la voz de locutora de Marga, la periodista, quien sentada de espaldas a la pared y atenta, como siempre, a lo que sucede a su alrededor en busca de la noticia perdida ha echado un ojo a la nueva pareja antes que nadie.

Haciendo caso omiso del comentario, Héctor, el productor de su programa de televisión —y, no casualmente, su marido— invita alzando su voz:

―¡Aquí, niños! ¡No se pierdan, ni se escondan, que los estábamos esperando!

Como recuperando la seguridad, el desgarbado recién llegado, un flaco de casi dos metros de altura, cambia al instante su semblante y les ofrece la mejor sonrisa, expresión de la cual Esther ya estaba aprendiendo a ponerse celosa…

Ya entre bromas y saludos, la pareja se acomoda a la mesa de costumbre y comienzan a desfilar los pormenores de la semana de cada uno de los habitués: no quieren sobrecargar a Esther con preguntas inofensivas-invasoras apenas conocerla, claro. Ya habría oportunidad.

Una vez a la mesa, siempre sus manos en contacto con las de Marcos, como buscando apoyo en la caricia distraída, Esther, de toda la vida acostumbrada a la timidez, se va dejando delinear por la conversación de los presentes, moldeada como agua en un recipiente: atendiendo a sus preguntas y haciendo, a su vez, las preguntas que se esperan de ella. Sonriendo cuando la sociedad manda (pero no más de lo debido, para no pasar por hipócrita ni condescendiente), en definitiva, cayéndole bien a casi todo el mundo, que para eso estaba hecha ella, sí, sí.

Y decimos a casi todo el mundo porque Marga está estudiando con recelo a la recién llegada, mientras que Pedro, mucho más perfeccionado en la observación de las relaciones humanas por su oficio de escritor, analiza cómo Marga estudia a Esther, aunque ambos procuran no ser descubiertos, claro… Y Marga no lo logra, claro…

La periodista nunca había podido quitarse a Marcos de su cabeza desde aquellas tres o cuatro veces en que terminaron en la cama, como final inevitable de noches extraordinariamente naturales en las que por el diálogo y las risas, se podría haber pensado que eran, Marga y Marcos, el uno para el otro. Pero además de su amistad y el esporádico buen sexo que tuvieron, Marcos nunca deseó nada de Marga. Ella lo sabe. Sabe que habían terminado en la cama como buenos amigos, «buenos amigos sin compromisos externos», y que se amaban, pero sólo como amigos.

Desde hace algún tiempo, otra de las cosas que intuye Marga es que Pedro, el hermano de Marcos, sí desea algo con ella «y, por su forma de ser, claramente va más allá del sexo y la amistad, aunque los incluye…, pero nunca se ha animado a decírmelo, …por suerte», piensa la periodista, «…porque de habérseme siquiera insinuado, yo hubiera detestado tener que rechazarlo: aunque conozco a Pedro de toda la vida y aunque es un gran tipo lleno de grandes ideas, nunca lo vi más que como a un amigo…».

Marga nunca se ha respondido la pregunta que merodea su cabeza desde que descubrió la atracción que ella despertaba en el hermano mayor de Marcos: «¿Por qué no es de mi tipo?». El dinero, el aspecto físico, los modales, su intelecto, nada parecía inadecuado, y sin embargo… lo que aun con su agudeza no logra ver la mujer, es que no aborda esa pregunta con profundidad, porque responderla significaría responder también el porqué no atrae ella misma a Marcos, significaría dar por descontada la imposibilidad de que algo real y duradero pasara entre ella y el menor de los hermanos. Una ola de culpa le desacomoda las ideas, haciéndola mirar involuntariamente al bueno de su marido.

―…para nada! Si vieras cómo se las apaña, ¡me ha cocinado manjares dignos de un rey! ―contestaba Esther a la alegre chicana de una de las chicas que embromaba acerca de las reducidas dotes de cocinero de Marcos―. Ustedes no lo creen, pero su Marquitos tenía un as escondido bajo la manga, y aunque es verdad que no me ha conquistado por el estómago, y que le esquiva mucho a la cocina, se las ingenia muy bien, para ser hombre…

Marga sabe lo bien que cocina Marcos cuando está en la intimidad, sobre todo cuando quiere agasajar a una mujer, pero se guarda el comentario al respecto, para no echar leña al fuego que reside en el pecho del bueno de Héctor, que conoce la historia de ambos, para no arriesgar ni por un segundo siquiera la idea de herirlo con recuerdos que no le son gratos.

―Bueno, hay que decirlo, últimamente, pareciera que los hombres sólo sirven para cocinarnos y para que la pasemos bien en la cama… ¡y algunos ni siquiera para eso! ―ríe Marga, codazo de por medio a Héctor, como para romper el hielo que se creó en ella, su hielo, como para conjurar esa nostalgia de la que sólo ella está al tanto, y contra la que lucha, cada vez más seguido y cada vez con más fuerza, cuando despiertan sus sentimientos hacia Marcos. Poniéndose un poco más seria, pero logrando que nadie perciba tanta sombra en ella…― A decir verdad, somos muy afortunadas de tener buenos hombres como maridos o novios, porque tengo un montón de amigas que se quejan de que hoy por hoy son todos unos nabos, y sólo los usan para pasar el rato…

―¡Cuando no son ellas las utilizadas! ―interviene Héctor en defensa de su gremio, y los demás varones ríen.

La mesera, inoportuna como todo mozo, acaba de llegar a la mesa en busca de la comanda, y se compadece de la chica sentada junto a ese personaje que se burlaba con tanto desparpajo del sexo opuesto. Si lo conocerá, si conocerá a los de su tipo…

―Buenos días… ―dice, saludando con la sonrisa de rigor, a los recién llegados―, ¿van a servirse algo de tomar, de comer, la dama y el caballero?

―Ah, gracias, Jimena, sí, por favor.

Marcos pide dos gaseosas, una de ellas sin azúcar, para Esther.

―¿Qué tenés para comer que sea vegetariano? ―pregunta, pasando su brazo por los hombros de su cita, para darle a entender a Jimena que el plato sería para Esther, que era su novia la rarita, y no él.

Marga, siempre atenta, se da cuenta de tan sutil ademán y recuerda aquello que la salvaba: «Por suerte no terminé en pareja con él, no soporto la gente con poca personalidad.» …Pero bien que se cuidaba de recordar su oculto amor por Marcos.

Una vez que la moza se retira de la mesa para ordenar el pedido, la conversación sigue en donde había quedado:

―Es cierto eso que dice Marga de que ya no hay hombres como la gente… A mí me pasa que tengo muchos amigos varones, y los que verdaderamente valen la pena, ya tienen pareja, como mi Juan… ―interviene Soraya, algo callada hasta el momento, pero siempre pasándola bien con los amigos de Juan y sus ocurrencias, quienes a base de compartir tiempo y experiencias, se habían convertido también en amigos de ella a tal punto de que ya ni siquiera era pertinente decir que eran amigos “de Juan”. Eso tenía de bueno este grupo: las parejas, sean varones o mujeres, no eran simplemente agregados culturales en el mismo, sino que la sencillez de sus miembros les daba la cabida suficiente como para afianzar lazos amistosos verdaderos, tal y como había pasado con Soraya.

―Sí, el tema es precisamente ése: a veces pienso que tenés demasiados amigos varones… ―se sincera Juan con el grupo, mitad en broma, mitad en serio.

Entre Juan y Soraya hay un cruce de miradas de comprensión, signo de que ya pasó mucha agua bajo el puente-de-las-amistades-masculinas. Seguro han tenido muchas discusiones al respecto, sus amigos están de testigos, pero evidentemente ya las han resuelto a todas, y esto es perceptible hasta para la recién llegada (y no muy lúcida) Esther.

―Es que, por si no te diste cuenta, Juan, las minas copadas tienen más amigos varones que amigas mujeres, porque entre ellas son competitivas mientras que nosotros somos colaborativos. Nosotros sumamos. Ellas se dividen.

Quien acaba de hablar es Pedro, otro de los que permanecían callados en el montón. Pero no por falta de cosas para opinar, como intuía (erróneamente) Esther, sino porque él estaba ocupado en sus propios pensamientos. Además, tampoco había hablado antes por respeto y por ganas de escuchar lo que sus compañeros tenían para decir, por lo menos hasta que llegara el momento de aportar algo picante al debate, como ahora:―Es cierto, también, que muchas veces esas amistades se tergiversan y terminan siendo otra cosa… ―«Decímelo a mí», pensaba Marga mientras escuchaba hablar a su amigo.― …pero no es por culpa de ellas, particularmente…

―No, claro que no, ¡es porque ustedes nos quieren llevar a la cama a todas! ―interrumpe Marga, en un inconsciente pero visible intento de pasarle la pesada carga de aquellas noches desvirtuadas, a Marcos; pero la mente de Marcos no es tan perceptiva como la de ella, y no atrapa la indirecta―, es decir, si de ustedes dependiera…

―Pero no todos somos iguales… ―se defiende Marcos, con el apoyo de Esther, quien niega con la cabeza en señal de reafirmación a lo dicho por Marcos.

«Pero precisamente ese no es tu caso, compañero…», se mueren por contestar todos en la mesa, pero nadie lo hace por respeto a Esther…

―Claro que no todos somos así, ¡pero precisamente ese no es tu caso, hermanito! ―bueno, no todos: Pedro, su hermano mayor, evidentemente no encontró tan desubicado el comentario, y continúa, esta vez mirando a la novia de Marcos:―, no es que mi hermano sea mujeriego, Esther, ¡para nada!, pero es que las mujeres no se le pueden resistir a Marquitos, no sé qué tiene…

El grupo ha entrado en calor, cada uno de ellos disfruta de la mutua compañía y de estas divertidas conversaciones con las que aplastan las preocupaciones individuales propias, como una locomotora sobre zapallos, y exactamente a esa misma velocidad, gradualmente ascendente, como un tren cuando sale de la estación. Tren con una nueva pasajera, que observa y ríe, que trata de comprender más de lo que puede, pero no por falta de predisposición ni apertura por parte de los amigos de Marcos, como se ha dicho ya, sino por la dinámica propia de cada grupo, por el universo particular discursivo de cada grupo: bromas internas, códigos nuevos, referencias elípticas a experiencias compartidas en un pasado lejano —y ajeno a Esther—, pero no por culpa de los chicos, que son buenos chicos, como todos los chicos, cuando están entre amigos.

D.M.M.F.

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Atajo al Capítulo Siguiente…

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