“Los Nuevos” – Novela de zombies por partes. (03/35)

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Boris

A muchos miles de kilómetros de allí, un grupo algo numeroso de personas ataviadas con guardapolvos blancos, ebulle nervioso, como un manojo de larvas. Es el momento de sus vidas. Todos reunidos alrededor de los monitores, rodeados de sensores, planillas con estadísticas y pizarras con fórmulas; al llegar, estos científicos habían sido unos completos desconocidos entre sí, pero al cabo de tantos años de trabajo en equipo, aprendieron a ser algo así como buenos amigos, aun sin conocer sus respectivos idiomas del todo: por cuestiones de pragmatismo, se comunican mayoritariamente en inglés, y en apenas dos o tres de las lenguas más extendidas.

Uno más, entre todos estos científicos del CERN (Conseil Européen pour la Recherche Nucléaire), Boris no puede aguantar estos resultados para sí: sumido como está por la ansiedad, no ve la hora de que salgan a la luz por los medios de todo el mundo. ¡La noticia del siglo!

Incluso puede imaginar los titulares:

―“¡CIENTÍFICOS DEL CERN REPRODUCEN EL BIG BANG!”

―“¡NUEVOS HORIZONTES INSOSPECHADOS PARA LA CIENCIA!”

―“¡INVESTIGADOR RUSO LOGRA CONTROLAR LA PARTÍCULA DE DIOS!”

Todos los presentes, físicos, matemáticos, astrofísicos, químicos, estadistas, filósofos y hasta politólogos; todos, excepto periodistas, expectantes ante la idea de haber encontrado la manera de recrear un Big Bang en un ambiente controlado, sin saber del todo qué resultados provocaría en los análisis posteriores…

Pero se llevan una sorpresa al descubrir que nada sucede.

La Organización Europea para la Investigación Nuclear, mejor conocida como CERN, por su francés Conseil Européen pour la Recherche Nucléaire, posiblemente sea el centro de investigación científica más grande y avanzado que ha llevado a cabo la raza humana. Fundado en 1954 por 12 países europeos, el CERN, es hoy en día un modelo de colaboración científica internacional.

Aunque sus datos viajan por todo el mundo y, asimismo, encontraremos científicos colaboradores en el programa diseminados por todo el orbe, la base de operaciones está ubicada en la frontera entre Suiza y Francia, lugar en donde se halla emplazado el Gran Colisionador de Hadrones (o LHC, por sus siglas en inglés), que, con sus 27 km de circunferencia, constituye el acelerador de partículas más grande construido hasta la fecha.

El LHC tiene como propósito tanto verificar empíricamente las teorías vigentes de la física, como ahondar en el estudio del Universo y sus fenómenos, a través de la observación del comportamiento de las partículas subatómicas a partir de situaciones generadas en ambientes controlados. Para esto, tal y como dice el nombre, previa aceleración a una velocidad apenas 10 km/h menor a la de la luz, se hacen colisionar hadrones, es decir, formaciones de quarks y antiquarks, que son los constituyentes esenciales de la materia, combinados en pequeños grupos (un ejemplo de hadrón, por caso, son los conocidos protones). Para luego registrar y analizar, en múltiples centros de estudio y experimentación, los resultados obtenidos.

Gracias al esfuerzo de los países fundadores, que hicieron y hacen posible el CERN, y a los que se suman nuevos países que contribuyen con recursos humanos, tecnológicos y económicos; así como a la incansable dedicación de miles de investigadores involucrados, al día de hoy se han alcanzado infinidad de logros, entre ellos, el descubrimiento empírico de varias partículas elementales cuya existencia había sido postulada en teorías ampliamente divulgadas y aceptadas por la comunidad científica, pero que carecían de corroboración en la práctica, como es el caso de la tal vez más emblemática de todas: el esquivo bosón de Higgs, también conocido por el mediático apodo de “la partícula de Dios”, tan sensacionalista como exitoso.

La importancia de esta partícula subatómica, radica en que su existencia explicaría la razón por la cual las demás partículas que interactúan con ella adquieren masa. En contrapartida, demostrar su inexistencia, echaría por tierra una gran porción del paradigma teórico de física de partículas más extendido de todos: El modelo estándar, dejando paso a otros cuerpos teóricos, ávidos de gloria, pero que hasta ahora deben de conformarse con esperar rezagados el traspié del jefe.

De la misma manera, por medio del CERN, se espera confirmar o desestimar teorías de partículas, complementarias o adyacentes, como la de la Supersimetría, la cual postula que, por cada partícula que existe en el universo, existe su contrario, o “anti-partícula”: los antiquarks, por ejemplo, tienen la misma masa, vida media y rotación que sus respectivos quarks, pero con carga opuesta.

En las instalaciones del LHC han podido finalmente —y gracias a las inverosímiles contribuciones de un investigador ruso hasta entonces desconocido—, hacer aquello que tanto quitaba el sueño a los científicos: reproducir, en un ambiente controlado, un pequeño Big Bang, ese evento conocido por todos, a partir del cual, en teoría, se origina nuestro Universo allá en el comienzo de los tiempos. El momento —casi de ciencia ficción— en que prácticamente de la nada (es decir, de una partícula infinitamente densa que contiene todo el espacio y todo el tiempo del Universo, y que explota) nace todo lo que conocemos. Una partícula inmensamente densa que es el origen del Todo.

Y que no habían reproducido hasta hoy.

Pero el experimento acontece y nada pasa. Los investigadores, algo decepcionados, se miran entre sí, interrogándose mutuamente sobre lo que pudo haber salido mal. Cada persona presente intenta explicarse el porqué del fracaso del experimento: ni un registro, ni una luz, ni un destello, todos los sensores, inmutables; y el motor principal que sigue funcionando con su ronroneo constante, como si nada.

Boris no logra entender por qué no ha sucedido nada, está más que seguro de que lo habían hecho todo tal y como él les había dicho. Expresamente. Todo. Porque, pongámoslo de esta manera: desde hacía unos meses, sin que nadie de afuera del entorno cerrado de la plana mayor del CERN lo supiera, quien comandaba todos los experimentos y quien determinaba todos los pasos a seguir, era Boris.

Es cierto que hacía unos años había llegado como Investigador Invitado al Acelerador de Partículas, por recomendación de su director de tesis, quien también trabajaba allí, y es verdad que allá en Rusia era considerado un superdotado, pero cuando llegó al LHC, pasó a ser uno más del montón, porque aquí, en el CERN, todos y cada uno de los investigadores, eran eminencias, cada quien en lo suyo…

Sin embargo, el último verano, sucedió algo que lo cambió todo.

Boris, acostumbrado desde la infancia a ser idolatrado, a veces; rechazado e ignorado, a menudo; e incomprendido, siempre; había aprendido a vivir consigo mismo, aislado a un nivel humano de sus congéneres. A excepción de sus padres. Pero éstos lo trataban como a un hijo, nunca como a un igual, porque Boris, para ellos, pasaba de ser el “Niño de la familia” a ser el “Doctor en Física Cuántica de la familia”, sin términos medios. ¿Conclusión? Boris se hizo mejor amigo de sí mismo. O, mejor dicho, de su propia consciencia.

Y perfeccionó tanto el arte de dirigirse a sí mismo como lo haría hacia un interlocutor externo, que, para sus veinte años, ya consideraba a su parte consciente como a otro individuo. (Aunque cuidándose muy bien de hacerlo en público, pues en esta vida también se aprende que siempre merodean a nuestro alrededor, grupos ansiosos de diagnosticarnos patologías de las más variadas naturalezas, para sacarnos fuera del juego a la primera de cambio) De manera que en su personalidad, más que niveles de consciencia —uno más profundo y otro más superficial—, había hermanos siameses.

Ese verano, su consciencia/mejor-amiga/hermano-siamés, comenzó a comportarse como el resto de los mortales: empezó a ignorar a Boris. Éste, percibía cómo su “mejor-amiga” lo había comenzado a ningunear gradualmente, casi con insolencia, como si tuviera otros asuntos más importantes que atender. Boris le dirigía la palabra y recibía cada vez menos respuestas de ella, o ésta directamente lo invitaba a no entrometerse… [¡No me molestes, pesado!]. Boris, que no era precisamente alguien débil de carácter, interpretó esto como un desafío y se volvió más y más introspectivo, reflexivo para con él mismo, e inquisitivo para con su consciencia, lo que favoreció un distanciamiento por parte de ella, casi una escisión.

Una noche, como arrancado repentinamente de un sueño y vuelto a insertar en él con violencia, presintió como que su mejor-amiga mantenía una conversación con otra voz, una tercera y desconocida presencia. Ahí nomás, su consciencia, al darse cuenta de lo que Boris había notado —al fin y al cabo eran la misma persona—, dejó de hacer lo que la ocupaba, saludó a Boris carismática como nunca para atraer su atención hacia sí, y se puso a charlar con aquél como en los viejos tiempos.

Pero para el astuto Boris nada volvió a ser como antes. Algo le estaba siendo ocultado, y lo querían tapar con el sucio barro de la imaginación.

Este sueño se volvió a repetir las siguientes noches, durante casi una semana y con exactos mismos resultados, pero finalmente, al quinto día, al descubrir a su mejor amiga en pleno diálogo —indescifrable— con esa otra voz, Boris ignoró la voz de su consciencia que intentaba desviar su atención saludándolo, atrayéndolo hacia sí, preguntándole cosas, y se sumergió en las profundidades abisales de sí mismo, en busca de lo nuevo.

A partir de la siguiente mañana, Boris parecía ser la reencarnación de Ptolomeo, Da Vinci, Tesla, Einstein, Von Braun, y cualquiera otra mente brillante: o, mejor, todas ellas juntas. Tanto, que ante la mirada atónita de los demás científicos —y luego de las necesarias primeras etapas de descreimiento general por parte de sus compañeros, rápidamente aplastadas—, Boris se convirtió en el Coordinador General de hecho del CERN, y bajo su guía, el proyecto científico de cooperación internacional avanzó lo que no hubiera avanzado en décadas.

Nadie, ni los científicos más allegados, percibieron cambios externos en Boris, que siempre había sido alguien “especial”, entre especiales, y Nadie se preguntó nada tampoco: amantes de la verdad, como todos los científicos honestos, sus compañeros se dedicaron a seguir las instrucciones del ruso en aras del Avance de la Ciencia.

Hasta hoy. En que luego de meses de cambios de rumbos y nuevos proyectos, nada sucedió.

Boris intenta repasar mentalmente todos los procedimientos otra vez, para detectar la falla. El porqué no había funcionado… ¡Tantos meses! ¡Tanto trabajo! …no entiende qué pudo haber salido mal, si él lo único que hizo fue seguir instrucciones «de la nueva voz», recalibraciones, nuevas configuraciones, toda una nueva visión acerca del rumbo que debían tomar los experimentos para lograr soluciones finales a los padecimientos humanos actuales: hambre, frío, guerras, contaminación… todo solucionable a través de la fusión nuclear. ¡Y todo eso para nada!

―¿En qué fallé?―se pregunta, susurrante, Boris, aunque en verdad, se lo está preguntando a la otra voz― ¿En qué fallé?

Nada.

De pronto, siente mucho más que una punzada: algo imposible, como si le hubieran hundido una cuchilla de hielo en la nuca —por ese agujero existente entre el occipital y las vértebras cervicales que tanto se les marca a los flacos, y a algunos negros no tan flacos, cuando están pelados— y le cercenaran el cerebro, aunque Boris sabe que el dolor viene de «aquí dentro». ¡Grita… por algo que interpreta como el desgarramiento interno de su corteza cerebral que, al separarse en dos mitades, no deja más que un vacío en el medio: un agujero negro en el que cae el verdadero Boris, gritando como loco, sin ser escuchado.

Sin pronunciar ni un solo gemido.

D.M.M.F.

Enlace al próximo capítulo.

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