“Los Nuevos” – Novela de zombies por partes. (06/35)

“Los Nuevos”, Cap. 6: Adolfo y Jorge Luis.

Inusualmente amplios, los pasillos con sueños encuadernados de esta biblioteca son el mejor contexto para Jorge Luis y Adolfo. Éste, algo más entrado en años que su amigo, pero todavía notablemente dueño de sus facultades motrices.
A diferencia de Jorge Luis, cuya artrosis limita mucho su andar, Adolfo recorre con curiosidad acostumbrada los estantes de su (desde hace varios años) segundo hogar y lugar de trabajo. Un trabajo con el cual paliar, dentro de lo posible, su escasa pensión de jubilado argentino.
Subido a escaleras tan viejas como él (de esas petisitas que apenas tienen dos o tres escalones y que nunca faltan en las bibliotecas de barrio) o agachado en cuclillas, no había hueco que su mano no rellenara con el libro correcto. La mente brillante de Jorge Luis, en cambio, siempre recordando y solucionando, fue dejando atrás al cuerpo. Éste, vencido al final, lo había aceptado y, con tristeza, fue conformándose cada vez con menos. Tal vez sea por eso que murió bastante antes que su inseparable compañero. Pero no importa, hoy no importa.
En realidad, eso nunca importa hoy.
Paso incierto pero de arranque seguro, el de Jorge Luis se hace sentir como de niño, buscando por entre las diferentes secciones («Historia», «Ensayos», «Infantiles», …) la postura incómoda de Adolfo, siempre como jugándole a las escondidas, mientras intenta dar con el rincón correspondiente de «Literatura — Narrativa Latinoamericana — Cuba», que le corresponde, por caso, a “Carpentier, Alejo — El siglo de las luces”, entre tantos otros huecos igualmente tentadores…
-Clasificar… clasificar… te juro, Jorge Luis, que estoy hasta las narices de clasificar… ¡cuanto más preciso quiere ser uno al establecer categorías, más indeciso termina! La mejor manifestación empírica del “sólo sé que no se nada”…
-Esas son mulas, Adolfito, cuanto más sabe uno, más sabe. Lo que pasa es que el saber es infinito, por un lado, y compararse con los demás está mal visto, por el otro. Por otra parte, el hombre no hace otra cosa que clasificar, poner nombres, todo el tiempo: “Nomen est numen”. Además, querido amigo, sin esas benditas bolsas que los hombres llenamos a capricho: los conceptos, yo nunca podría decirte “Tu café, viejo. Se enfría…”
-¿Eh? ¡Ah!, gracias… Déjalo ahí nomás, y vení a tenerme el banquito, que se ve que está casi tan enclenque como vos.
-¡¿Enclenque, yo?! …Más que tenerlo, me parece que lo pateo-bromea el aludido. Hace una pausa, meditabundo, y culmina la idea anterior:- Cárcel y alas, Adolfo, cárcel y alas…
No necesitan mirarse. Con los años han aprendido a sentir cada uno el ánimo del otro hasta casi anticiparse a los pensamientos de su interlocutor, y a reaccionar en consecuencia, apoyándose recíprocamente, complementándose en el plano de las ideas o riéndose de sí mismos… pero, sobre todo, nunca han dejado de aprender del otro.
El brillo en los ojos de esos dos viejos cuando están juntos desconcierta a más de uno de los chicos que vienen a la biblioteca del barrio en busca del sector de las PCs con Internet. Nunca un libro. Muchas veces, los dos amigos habían urdido planes maquiavélicos que tenían a los pequeños exponentes de las nuevas generaciones como destinatarios (esos poquitísimos pequeños-exponentes-de-las-nuevas generaciones que todavía pasaban por la biblioteca) en un intento por desviarlos desde el sector de las  computadoras hacia el de los libros de papel, pero siempre con poco o ningún efecto. Generalmente, aquellos críos sólo venían para hacer alguna que otra investigación para el colegio, lo más rudimentaria posible, suficiente como para que las maestras no los reprobaran… y apenas si investigaban: muchas veces, no hacían más que “cortar y pegar”, para terminar el trabajo lo antes posible, y entonces tener tiempo para chatear y chatear (pues mucho más no podían hacer: las computadoras de la biblioteca son demasiado lentas y, por lo tanto, no sirven para jugar con los videojuegos). “¡Incluso de computadora a computadora, dentro del mismo recinto, chatean!” se quejaba Adolfo. “Antes era la televisión, ahora la Internet, querido amigo”, se resignaba Jorge Luis. Para preocupación de los viejos, sus intentos eran siempre vanos, lo más cercano a sus deseos que conseguían era que algunos de los niños dieran excursiones rápidas y decepcionantes hacia los estantes en donde se hallaban los incomprendidos libros, y siempre hechas por compromiso (“para no ofender a esos dos viejos locos, a ver si se enojan”).
Es que dentro de este santuario, Adolfo y Jorge Luis son reyes supremos que comparten un mismo trono. Incluso las nuevas bibliotecólogas siempre consultan a los viejos sobre disposiciones, organización, clasificaciones y demás asuntos que tengan que ver con la organización de los libros, películas, mapas y tanto otro material que contienen las cuatro paredes de la Biblioteca Popular Émile Zola. Aunque claro, una vez fuera de la misma, los dos amigos, suelen ser víctimas de burlas, puteadas, granadas de papel, pinchaduras en la bicicleta de Adolfo, y demás agresiones en venganza. Una vez, un chico que no era del barrio —seguramente primo lejano de alguno de los rufianes que sí lo eran, y seguramente contratado por ellos— le pateó el bastón a Jorge Luis, casi provocándole una caída que hubiera sido nefasta para sus huesos cansados, si justo no hubiera estado pasando por allí el ermitaño de Pedro, quien atajó a Jorge Luis en el instante exacto en que venía cayendo. …Aunque no es del todo acertado decir: “justo…pasando por allí”, porque Pedro vivía más en la Émile Zola, que en su propia casa, sea donde sea que viviera…
Por suerte los dos viejos todo lo perdonaban. Ellos también habían sido críos y rufianes alguna vez.
No lo entiendo.-se repetía Adolfo, acompañando el vaivén de sus estados de ánimo con el vaivén de su cabeza…- ¿Cómo puede haber quien prefiera que otros se imaginen las cosas por uno… consumir ya-masticado…-sólo un gesto, la expresión inconclusa de una idea y el amigo ya comprendía el resto, y no es que no les gustara hablar… ¡todo lo contrario, en estos últimos tiempos, hasta chusmas se habían puesto! “¡Que sólo se vive una vez, carajo!” Y derecho tienen, ¿verdad?

Descansando un poco sobre la mesa de entrada del establecimiento están los viejos, cuando se abre la puerta y entra por ella, Ernesto, el nieto de Adolfo:
-Hola, abuelo…, hola, Jorge…-saluda a uno y otro, nuestro amigo, con palmadas afectuosas. Ernesto es alegre como la mayoría de los deportistas, tal vez lo fuera por la liberación de endorfinas que propicia toda actividad física o quizás, sencillamente, por su temperamento optimista, el caso es que él entra contento como siempre, derrochando buen humor. Pero eso no es todo lo que derrocha el día de hoy. Una ansiedad desacostumbrada se le escurre por los poros, es evidente…
-¡Titus!-lo saluda su abuelo, con el sobrenombre que él mismo le había puesto a su nieto cuando niño, pronunciándolo a la manera anglófona (algo así como “t-áit-us”), no en honor a aquel general romano, sino simplemente porque le gustaba cómo sonaba esa palabra en inglés- Grata sorpresa, hijo, ¿qué te trae por acá?-pregunta luego, alegremente sorprendido al ver a su nieto en la biblioteca, pues no recuerda cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que éste hubo pisado el local, y también divertido, olisqueando ese toque de impaciencia que entró acompañando a Ernesto desde la vereda.
-¿Descubriste que los libros no son cancerígenos, y has decidido venir a echarles un vistazo, chico?-interviene Jorge Luis, chistoso, pero amigable: él, sin nietos, hace tiempo ha adoptado al bonachón de Ernesto como propio. Y éste, intuyéndolo, le permite muchas licencias y tiene al viejo en consideración para muchas cuestiones.
-Jajaja… no, gracias, Jorge. Los libros no son lo mío, sabés que prefiero corretear detrás de balones y mujeres, a estarme quieto y aburrido delante de un papel manchado…
-¡¿Y quién te hizo creer que Jorge Luis y yo no fuimos deportistas ni mujeriegos en nuestra juventud, hijo?!
-¡No sé quién de los dos hacía más estragos!-complementa la observación,  Jorge Luis, esta vez dirigiéndose a su amigo:- …si nos hubiéramos conocido en esas épocas, compañero, ¿eh?-ríe el más baqueteado de los dos ancianos, la risa imbuyéndole el cuerpo de vitalidad; sus huesos, un poco más despiertos ahora, agradecidos.
-Sí, sí… ¡seguro!-el muchacho le pega un cariñoso y delicado puñetazo en el hombro a su abuelo, y le guiña el ojo a Jorge Luis.
La escena es bastante tierna pero inusual en lo tiempos que corren: dos ancianos, uno acodado contra el mostrador y otro desparramado en una silla, riendo como iguales con el corpulento Ernesto. Un Ernesto que todavía no ha entendido de qué va la literatura. Dos viejos tolerantes y resignados, que depositan la confianza en el tiempo y en la experiencia. Aunque estos últimos les vengan fallando desde hace rato…
Ernesto, ya no pudiendo contenerse, les comenta a los viejos la razón de su visita: acaba de conocer accidentalmente a una bellísima chica, en la calle, y con quien, como por arte de magia —mediando una mutua atracción que ambos, él y ella, percibieron—, se quedaron hablando un instante que a Ernesto se le antojó eterno, a pesar de que no había durado más que unos pocos segundos; les contó también —ante la mirada simpática y tierna de los dos amigos— cómo, él, experimentado lobo de mar, le había logrado sonsacar un par de datos a la recién conocida…, entre ellos, el hecho de que ella —sí, nuestra Julia, ¿quién otra iba a ser?— trabajaba en la biblioteca Émile Zola… ¡la misma en la que trabajaba su abuelo! Obviamente, Ernesto nada dijo a Julia de su incomprensión por la literatura (porque intuyó que el arquetipo intelectualoide de Julia rechazaría sin más su compañía, o la mera oportunidad de darle una oportunidad… Por otra parte, intuyó bien, pues ya conocemos a Julia…) y mucho menos le dijo que su abuelo atendía allí y que ella debía de conocerlo: mejor dejarlo para una sorpresa. Condimentar las relaciones propiciando situaciones particulares les brindaba un agregado favorecedor, un plus que Ernesto sabía aprovechar a la perfección.
-¡¿Julia?! ¡¿Nuestra Julia?!-se sorprenden los hombres al unísono. Un gustito amargo recorre las papilas gustativas de Jorge Luis porque es verdad que quiere a Ernesto como a un nieto, pero también a Julia la aprecia como tal, y no le gustaría que este muchacho “cuyo universo entero es un coto de caza” se aprovechara de una chica como Julia pues, aunque buen chico, suele tomar a las muchachas como si fueran números…
-¡Ni se te ocurra embaucar a esa chica, Ernesto, …con Julia no juegues!-dichas con picardía, pero dejando traslucir un aire de preocupación, estas palabras no vienen de la boca del abuelo postizo de Ernesto, sino de su abuelo natural, quien a las claras ha pensado exactamente lo mismo que Jorge Luis, …no en vano han pasado tanto tiempo juntos.
-No te preocupes, abuelo, que esa chica sabe cuidarse sola, te lo aseguro.
¡Por supuesto!, inmersos en la encrucijada de, por un lado, querer proteger a Julia, y por el otro, estar contentos porque Ernesto se haya topado con una buena mujer (en lugar de con una de esas que él solía presentarles, «tiros al aire, casi tanto como mi nieto»), ambos han olvidado de quién están hablando: Julia no caería en las redes de Ernesto así como así. Además, si el chico la merecía, bueno como era, la conquistaría por mérito propio —ya que Julia se daría cuenta de su valía— y no por sus ardides de gigoló.
Todo esto piensan los viejos cuando nuevamente se abre la puerta y entra una despabilada y luminosa Julia, con un cachorrito de schnauzer standard en las manos…
-Buenos díaaaaas…-saluda naturalmente Julia, quien ha entrado como Pancho por su casa, mirando y acariciando a su nueva mascota, y que todavía no ha caído en la cuenta de que Ernesto es ese joven que está ahí parado, hablando con sus amigos.
Hasta que lo hace.

* * *

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