La Función del Autor en la Actualidad. (Ensayo, 3/7)

2.3. La Naturaleza de lo Artístico

No es una de las intenciones del presente ensayo internarse en la teoría del arte, pero es necesario aclarar a qué hace alusión, en el mismo, dicho concepto de arte, si queremos emplazar en él la definición de autor. (Hemos hablado ya de la importancia de explicitar los significados de las palabras utilizadas.)
Arriesgaremos, pues, una definición de arte que sirva a los fines de nuestro análisis.
Un hecho artístico es un fenómeno cultural, social, que involucra varios elementos que lo constituyen y son necesarios para su realización. Entendiendo, por fenómeno cultural, una producción concreta o abstracta, pero siempre de origen intelectual, realizada por una persona, en la que prevalece la expresión entre sus elementos constituyentes. Estos elementos pueden ser soportes (sonido, materiales, palabras, etc.), o disparadores o fuerzas: intencionalidad, búsqueda, catarsis, etc., pero también, convenciones: institucionalidad, lenguajes, etc.
Además del componente Expresivo, el cual debe distinguirse en buen grado respecto de los demás componentes para caracterizar el hecho artístico, podríamos mencionar el Catártico, el Introspectivo, el Autocrítico y el Institucional. No estamos dejando atrás los componentes Lúdico, Comunicacional y Enigmático (en tanto el artista es llevado por la curiosidad de conocerse más o de descubrir qué saldrá de cada obra), o no son esos tres, “componentes” propiamente dichos. De hecho, tal vez no lo sean, porque lo que hace que una característica componga el hecho artístico, es que debe estar presente siempre en cualquier hecho artístico dado, por lo tanto, si hay obras de arte que no requirieron lo lúdico o que no fueron llevadas en parte por la curiosidad o de la necesidad de ser comprendido mejor por El Otro (Comunicacional), entonces, dichos componentes no son tales. Lo mismo puede ser dicho respecto de los otros cinco: Institucional, Catártico, Expresivo, Introspectivo, Autocrítico.
Todos estos componentes son verdaderas “cualidades” del arte, de cuya interacción subyacen, a su vez, otras cualidades prácticamente igual de importantes: las del arte como algo, siempre en alguna medida, Involuntario, Necesario y Provocativo.
Por ser una actividad que está emplazada fuertemente en la cultura (por lo demás, muy permeable, como también hemos visto), el arte supone un movimiento de exteriorización, pero también uno de internalización. Para captar mejor las funciones y efectos de cada componente en particular, debemos analizarlos en sus interrelaciones y su síntesis: En tanto exteriorización, el hecho artístico es la expresión catártica -en tanto necesaria e involuntaria- e interpretativa del entorno de una percepción subjetiva (Introspección) y sus efectos, los cuales son la autocrítica y la crítica del medio: “…cada época, cada pueblo -cada artista-, expresan su versión de la realidad: una versión historizada, subjetiva y fatalmente parcial e imaginaria.” (Castillo, 2007, p. 190). Esta actividad, a su vez, sucede en un contexto codificado, es decir, bajo ciertos códigos, normas y convenciones (instituciones del círculo artístico), y está condicionada, además, por los demás roles que cumple el individuo en la sociedad: mucho depende la libertad de la exteriorización con la independencia respecto de estos roles, es decir, si el artista vive de su arte o si no, si trabaja para sí o para otros, etc. Hablando en términos artísticos, todos estos aspectos forman parte de la internalización de lo social en lo personal.
Es importante hacer un par de salvedades: debemos diferenciar la Autocrítica (en tanto Interrogación por lo Artístico, es decir, por el Ser Estético), de la Introspección (en tanto Interrogación por uno mismo); si bien ambas son búsquedas, la primera tiene que ver con las instituciones y los códigos con los que -y en los que- se maneja lo artístico, mientras que la segunda tiene que ver con descubrir, a través del arte, un Yo que permanecía oculto.

«En poeta está asimismo encargado de aportar al hombre de su tiempo su visión del porvenir. Después de todo, es casi un “vidente”: (dice Kropotkin:) “No debemos olvidar que , en último análisis, toda cuestión económica y social es también una cuestión psicológica, que concierne al individuo y al conjunto social. No puede ser resuelta tan sólo por la aritmética. Por está razón, en materia de ciencia social, como en psicología humana, el poeta encuentra el camino mejor que el fisiólogo. Por lo menos tiene, él también, voto en la materia”.» (Reszler, 2005, p. 63)

Todo lo anterior es aplicable a cualquier nivel del quehacer artístico, sin embargo, dicha aplicabilidad es directamente proporcional al grado de compromiso del autor con su obra: cuanto más comprometido esté con un artista con su arte (y cuanto más independiente sea de los inevitables condicionamientos externos), ésta más lo reflejará, y entonces podemos entender a lo que se refiere el escritor Gregory Corso cuando asevera: “La poesía y el poeta son inseparables: no puedo escribir sobre lo uno sin referirme a la vez a lo otro. En realidad, como poeta, yo soy la poesía que escribo. (Gringberg, 2003, p. 125). Si el autor está comprometido con su obra, entonces, su arte es auténtico, hay verdadera introspección, hay riesgo.
En contrapartida, tal búsqueda no se ejercita cuando no hay compromiso sino que predomina el formulismo comodista, o sea, los formatos de probado éxito, en los que no se corre riesgo alguno, en los cuales podrá haber creatividad pero no intervienen ni el nervio, ni la vitalidad, ni el verdadero estilo del autor.
Pero todo lo anterior no implica que olvidemos que el autor es una persona “de carne y hueso”, como quien dice, por lo tanto, es un ente que ejerce otros roles además de éste, dentro de la sociedad que lo acobija. No estaremos muy alejados de la realidad si consideramos al ser humano socializado como un agregado de planos, es decir, como aquello que resulta -todo unificado por la consciencia- de la interacción interna de cada papel (rol, plano, dimensión) que juega en la sociedad a la que pertenece, incluyendo las experiencias que gana de ejercer tales funciones: miembro de familia (padre, hijo, hermano, esposo, etc.), profesional, institucional, amistoso, vecinal, comercial, y tantos otros roles.
[Nota: Recordemos que en la abrumadora mayoría de los tratados sobre teoría del arte se analizan los hechos artísticos desde la perspectivas auto-excluyentes de las dos teorías (o tendencias) preponderantes: la Teoría Expresivista del Arte, que relaciona lo artístico con la expresión en alguna de sus formas, y la Teoría Institucionalista del Arte, en la cual lo artístico es enteramente normalizado por instituciones, es decir, al desligarse de toda esencia postula la clásica (y provocadoramente recursiva) frase: “Arte es todo lo que un determinado grupo de personas, en un tiempo dado, dice que es Arte”. Por citar dos casos paradigmáticos, Marta Zátonyi (“Una Estética del arte y el diseño de imagen y sonido”) y Elena Oliveras (“Estética, la cuestión del arte”), jamás abordan al individuo desde su psicología o su economía por fuera del sistema del arte. Al no hacerlo, sus interesantes obras quedan, sin embargo, incompletas (al igual que la de Bauman, aun tratándose de otra disciplina: la sociología). Por otra parte, es lógico que los tratados se encarguen mayoritariamente de esos dos aspectos, tal vez sean los más interesantes, ricos y fructíferos de todos; pero en el presente trabajo consideraremos también otros planos además del individuo-artista, para ampliar nuestra visión, en un intento de superar esa dialéctica clásica. Tal como nosotros lo vemos, expresión e institución no son excluyentes, sino que cada cristal con el que se mira “la cosa” determina las características que cada teoría percibe; de modo que tanto una como otra visión hablan de lo mismo, aunque describan diferentes naturalezas, ambas describen el arte.]

Pocas veces se aborda la misma desde el bolsillo del artista (léase “autor”), o desde la interrelación de la faceta artística del individuo con las demás facetas (como dijimos: miembro de familia, miembro de otros grupos humanos, alumno, paciente, transeúnte, etc., etc., etc.); pero nos encargaremos de ello -con la profundidad que el objetivo final del presente ensayo nos permita- cuando toquemos el tema de las diferentes tipologías sobre las que gira el autor.
Cuanto más determinantes son los planos económicos o extra-estéticos en la actividad autoral, más débil es la intensidad de la naturaleza específicamente artística, y más se aproximan las obras a meras producciones intelectuales cuya característica predominante es que se tratan de ficción, y sólo esto las diferencia de otros relatos.
Sin embargo, aun así no nos salimos de la naturaleza de lo artístico: la ficción. Pero la ficción per se no brinda garantía de autenticidad ni sinceridad:

«En mi opinión, lo que sería una pena es renegar de lo que conoces y te gusta […] a favor de otras cosas sólo porque parece que impresionarás más […]. Tan erróneo es eso como dedicarse a consciencia a algún género o clase de narrativa sólo para ganar dinero. Para empezar, sería moralmente condenable, porque la narrativa consiste en descubrir la verdad dentro de la red de mentiras de la ficción, no incurrir en fraude intelectual por amor al vil metal.» (King, 2004, p. 124)

¿Cómo incursionar en el quehacer literario sin llevar consigo un mito, ese mito que implica creer en la ficción como espaldarazo?
Si las obras dramáticas fueran “leídas” como mentiras, no habría contacto con la realidad, perderían eficacia, a eso se refiere King, en parte también, con “descubrir la verdad dentro de la red de mentiras de la ficción”. La ficción es parte constituyente del arte, pero no basta. Sin la libertad, el autor pierde entonces aquello que tan bien describe Oscar Wilde:

«Arte es sinónimo de individualismo, y el individualismo es una fuerza que molesta y destruye. De ahí viene su inmenso valor. […] No hay arte donde no hay estilo, no hay estilo donde no hay unidad, y la unidad emana del individuo… Detrás de todo lo que es maravilloso se halla el hombre individual, y… no es el momento el que crea al hombre, sino el hombre el que crea la época” (¿Qué dirían Foucault y Lacan de esta frase?). Y: “La obra de arte es el resultado único de un temperamento único. Su belleza viene del hecho de que el autor es lo que es. No tiene nada que ver con la voluntad de ningún otro. En el momento en que el artista toma en consideración lo que quiere la gente y trata de satisfacer sus necesidades, deja de ser un artista. El arte es la forma más intensa del individualismo que el mundo haya conocido jamás.» (Reszler, 2005, p. 99)

Cuando Wilde habla de individualismo, no está en realidad contradiciendo -ni podría hacerlo- nuestra postura de que el arte es un hecho colectivo, no hay que entender que Wilde hable aquí de egoísmo o atomización. Se refiere -según nuestra interpretación, por supuesto- a lo que nosotros llamaremos “individualismo positivo”. (No nos detendremos sobre el mismo en este espacio, ya que nos explayaremos al respecto en el capítulo siguiente, durante del apartado “Atomización y sálvese quien pueda”)
Al aseverar “En el momento en que el artista toma en consideración lo que quiere la gente y trata de satisfacer sus necesidades, deja de ser un artista”, Wilde ataca la hegemonía del mercado, del rating, del best-sellerismo, y defiende la independencia del acto creativo por sobre los condicionamientos e instituciones ajenos a él. Ya hablaremos sobre este tema en el capítulo “El oficio del autor”, cuando sea el momento de encarar los prejuicios y el elitismo en el quehacer artístico.
O acaso Wilde simplemente se refiera a la necesidad (o pulsión, para decirlo en términos freudeanos) de originalidad como un constituyente más de la naturaleza de lo artístico…
Sea como sea, esta necesidad también existe. El Pensador, el Intelectual, el Científico, todos quieren (poder) decir: “Respecto del Discurso de los Otros, Yo soy Distinto”, pero entonces muere parte de su grandeza con este anhelo, ¿por qué? Porque a veces, al vislumbrar (El Pensador, el Intelectual, el Científico) el albor de una Idea nueva, la continúa hasta las últimas consecuencias, defendiéndola hasta de sus propias y necesarias autocríticas, buscando pervivir en su Idea, o contribuir al conocimiento de su época, y con ello, a la prevalencia de su prestigio. Si uno tiene la capacidad de ver con tanta profundidad un tema, un aspecto determinado de determinado tema, parece imposible que no fuera esta misma persona capaz de ver con la claridad misma los errores en su teoría, sus debilidades, los sectores blancos o dables de recibir embates refutatorios, fallas tanto insignificantes como irreconciliables, inevitables y existenciales, respecto de la coherencia o la razón de ser de su «teoría» en cuestión. Acaso, como dice el refrán, la tendencia del pez es morir por su boca: una idea basada en la crítica al generalismo (el posmodernismo, por ejemplo) encontrará su auto-negación en el  ultra-relativismo. Y cunde la incomunicación, desde un punto de vista meramente socio-histórico, la firmeza y la voluntad del intelectual se vuelve anquilosante. No puede ser de otra forma: la misma energía que puso el pensador/el intelectual/el científico para adentrarse en esos lugares inciertos, y oscuros, es la energía que lo retiene en la oscuridad de sus nuevas certezas, y le impide ver que por más completa y abarcativa que sea una teoría, no necesariamente debe utilizarse para todos los casos.
Pero hay un área, dentro de las producciones intelectuales, que se diferencia de todas las demás: el arte. En ella, esta pulsión de originalidad que lleva al artista a incursionar en inhóspitos y remotos lugares, y a traer las “buenas nuevas” desde allí, que serán exteriorizadas a través de sus obras, jamás se vuelve anquilosante desde un punto de vista social. Afirma Proudhon: “No somos originales, no atestiguamos nuestra libertad y nuestra personalidad, sino por nuestras facultades artísticas.” (Reszler, 2005, p. 24)

2.3.1. ¿Qué hace lo que el autor hace?

Tal vez sin darnos cuenta, al repasar los diferentes componentes que caracterizan el hecho artístico, hemos ido incursionando en la injerencia de las obras dramáticas en cada sociedad, que es el paso previo a conocer el rol del autor. ¿Qué papel cumplen para el individuo que las consume? ¿Qué papel cumplen para el individuo que las produce? Estas preguntas nos ayudarán a delinear y actualizar la función del autor.
En principio, para  quien las produce, actúan como ducto catártico, favorecen el autoconocimiento, la pertenencia –ya que el espectador se siente comprendido, se siente pertenecer también al verse reflejado, aunque es un pertenecer diferente al pertenecer de los artistas (escritores, autores) entre ellos– y empatía (como cualquier otra esfera social), pero, sobre todo, favorecen el autoconocimiento a nivel sociedad, por transitividad.

La Catarsis en el Arte: ¿Qué es el contenido sin las palabras que lo transmitan? Muchas veces, Violencia. Por más drástico o “poco científico” que suene, esto es un hecho. La catarsis es necesaria: cobre la forma que cobre, necesita un conducto. Al igual que el fútbol –y otros deportes, claro, pero para establecer alguna especie de paralelo entre el arte y otras áreas importantes a nivel social, como el deporte, utilizaremos el fútbol por su indiscutible mayor trascendencia–, el arte sirve de descarga. La expresión necesita de una forma. Y es en este punto exacto, en donde la literatura llega al rescate, como en muchas otras actividades, pero con el plus del autoconocimiento:

«Ahora advierto que escribía cada vez que era infeliz, que me sentía solo o desajustado con el mundo en que me había tocado nacer. Y pienso si no será siempre así, que el arte de nuestro tiempo, ese arte tenso y desgarrado, nazca invariablemente de nuestro desajuste, de nuestra ansiedad y nuestro descontento. Una especie de intento de reconciliación con el universo de esa raza de frágiles, inquietas y anhelantes criaturas que son los seres humanos. Puesto que los animales no lo necesitan: les basta vivir.» (Sabato, 2001, p. 471)

La Introspección en el Arte: El arte provoca un mejor conocimiento de uno mismo, al utilizar canales alternativos de expresión y al ejercitar la capacidad de percepción de los sentimientos (tanto propio como ajenos), tanto para quien produce arte, como para quien la consume. Así, se produce una conexión interpersonal, pero también, el artista genera una conexión del receptor consigo mismo, al presentarle nuevas perspectivas desde las cuales observarse a sí mismo. Por ello también, consideramos que es válido eso de que hay un “artista” en cada consumidor de arte.
Recordemos nuestra mención a la cita de Sylvia Plath, y unámosla a las siguientes interpretaciones:

«Citando la opinión del poeta checo Jan Skácel acerca de la condición del poeta (quien, según Skácel, sólo descubre los versos que “siempre estuvieron allí, en lo profundo”), Milan Kundera comenta […]: “para el poeta, escribir significa derribar el muro tras el cual se oculta algo que “siempre estuvo allí”. En este sentido, la tarea del poeta no es diferente de la tarea del historiador, que también descubre en vez de inventar: el historiador, como el poeta, revela, en situaciones siempre nuevas, posibilidades humanas que antes estaban ocultas. Lo que el historiador hace naturalmente es un desafío, una tarea y una misión para el poeta. Para estar a la altura de esta misión, el poeta no debe someterse a las verdades ya conocidas y gastadas, a verdades que ya son “obvias” porque han sido sacadas a la superficie y han quedado flotando allí. No importa si esas verdades “dadas por sentado de antemano” son consideradas revolucionarias o disidentes, cristianas o ateas… o si se las ha considerado nobles, correctas o adecuadas. Sea como fuere, esas “verdades” no son “eso oculto” que el poeta está llamado a derribar. Los voceros de lo obvio, lo auto-evidente y “lo que todos creemos, ¿no es cierto?“ son, según Kundera, falsos poetas. […] Como la historia es un eterno proceso de creación humana, ¿no es también, por la misma razón, un eterno proceso de auto-descubrimiento humano? […] La poesía y la historia son dos corrientes paralelas […] de esta autopoiesis (auto-creación) de las potencialidades humanas, donde el descubrimiento sólo puede adoptar la forma de creación, y el auto-descubrimiento es el acto creativo primordial.» (Bauman, 2006, p. 213-214)

Escribiendo, uno suele ir más allá: no sólo describir en la narración lo evidente, sino además, relatar aquello que escapa al común de la gente en situaciones normales. (Más adelante veremos que los intereses motores –egoísmo, altruismo, poder, catarsis, etc.– que llevan a la escritura afectan muchos aspectos descriptos. No es la misma introspección la que logran quienes escriben por dinero o superficialmente, que aquellos que lo hacen porque no pueden dejar de hacerlo, o que quieren influir en la sociedad en la que viven.)

«No tengo experiencia en el campo de la creación ni de la escritura poéticas. Pero mi experiencia en el campo de la reflexión me hace decir que cuando se piensa, se reflexiona o se escribe, se escucha. Se escucha la cosa y a menudo se la escucha decir “no”, otras veces se la escucha casi decir “sí”, o la vemos dar una señal o aun sonreír, y esta señal, esta sonrisa, es la alegría, la única, de aquel que piensa. La mayor parte del tiempo nos pasamos la vida en la superficie, presos en la preocupaciones, en las trivialidades, en la diversión. Pero sabemos, o debemos saber, que vivimos sobre un doble abismo, o caos, o sin fondo. El abismo que somos nosotros mismos, en nosotros mismos y para nosotros mismos; el abismo detrás de las apariencias frágiles, el velo friable del mundo organizado e incluso del mundo supuestamente explicado por la ciencia. Abismo […], finalmente, el a-sentido detrás de todo sentido. La ruina de las significaciones con las cuales queremos vestir el ser, con su incesante emergencia. De este abismo, de este caos, la humanidad siempre ha tenido una percepción a la vez aguda y confusa. […] (La religión) lo disimula y lo oculta disfrazándolo con formas y figuras precisas, figuras de dioses, lugares, palabras y libros sagrados destinados a captarlo. […] El escritor, en cierto tipo de sociedad –precisamente en aquella donde comienza a germinar la democracia–, como el artista en general o, de otra manera, el pensador o el filósofo, rechaza esta ocultación del abismo.» (Castoriadis, 2008, p. 82-83)

[Sabrá disculpar el lector la extensión generosa de ambas citas, pero su gran densidad y el extremo contacto de sus contenidos con los temas que estamos tratando hacen imposible lograr un tamaño más acotado sin perder riqueza. Respecto de esta última cita de Castoriadis, no debemos confundir el “caos” al que él se refiere, con el “caos” al que se refería Stravinsky: mientras el caos del primero tiene que ver con las incertidumbres e inseguridades personales de cada uno de nosotros, el caos del segundo se refiere a la ausencia de interrelaciones dentro del sistema del arte, desde una perspectiva netamente estética.]

No por nada se anda diciendo por allí que cierta introspección es propiedad exclusiva del escritor. En otras áreas, el ojo está puesto o en el individuo, o en la sociedad. En el arte, está puesto en ambos sitios simultáneamente.
¿Qué es la literatura sino explicitud? ¿Qué busca el escritor sino mostrar, decir? Las obras literarias duelen, conmueven, emocionan, porque explicitan el discurrir existencial colectivo. Las letras explicitan los sentimientos, tanto como los pensamientos, desde un lugar preferencial: la palabra es la clave.

«Y en efecto, sabemos bien que es imposible pensar sin palabras: al margen o antes de la palabra pudo muy bien haber representaciones o imágenes de las cosas, pero no hubo pensamientos. El pensamiento vive y se desarrolla solamente con la palabra. Pensar es, pues, hablar mentalmente consigo mismo. Pero toda conversación supone al menos dos personas, la una sois vosotros, ¿quién es la otra? Es todo el mundo humano que conocéis.» (Bakunin, 2003, p. 119-120)

[Nota: Vale aclarar, para aquellos lectores desconfiados ante la opinión en este campo, de un personaje como Bakunin, que tanto Sartori y Saussure adhieren a estas palabras, cada quien con las suyas propias, valga la redundancia.]

Las otras artes hacen lo mismo, en sus propios códigos, claro. Si en el lenguaje cotidiano se prioriza la comunicación antes que la expresión, y en las bellas artes (pintura, música, escultura, …, aun siendo éstas lenguajes a su vez), prevalece la expresión por sobre la comunicación, …¿acaso la Literatura no guarda un profundo equilibrio entre ambas? Es decir, la literatura es la lengua del lenguaje, por lo tanto, si su sustancia es la forma, y viceversa, entonces la relación que determina los roles hegemónicos y secundarios, es intercambiable.

2.3.2. La especificidad del quehacer artístico

Si describimos el quehacer artístico por lo que le proporciona a su realizador no parece que se pueda diferenciar claramente de otras actividades: descarga emocional se obtiene practicando cualquier actividad física o atendiendo a terapia, por ejemplo; auto-conocimiento también se logra por medio de la reflexión pura, la filosofía y ciertas ciencias; toda actividad humana que comprenda una esfera social más o menos marcada nos brinda el tan necesario sentimiento de pertenencia que nos da también el arte; a los recursos económicos podríamos obtenerlos desarrollando con cualquier actividad aceptada por el sistema; y, finalmente (para detenernos en algún lugar de manera arbitraria), al placer lo conseguimos de innumerables maneras, prácticamente todas, subjetivas.
Ante el interrogante acerca de la especificidad de lo artístico, en todo caso, pareciera ser que lo específico en el arte es la combinación: lograr todo eso en un solo lugar sí hace al arte al menos tan importante como cualquiera de las otras áreas de la actividad humana… Sin miedo a equivocarnos, podemos argumentar que, a diferencia de las otras áreas o actividades, el arte no sólo favorece el autoconocimiento de sí en cada individuo, sino que favorece el auto-conocimiento como sociedad. Claro que puede compartir este espacio con la filosofía y las ciencias sociales, pero las supera al ser más amplia, más abarcadora, más “primitiva” que las anteriores, entendiendo este último atributo en una forma positiva, no lo decimos nosotros, sino una cantidad enorme de intelectuales no-artistas de la talla de Bauman, Deleuze y Castoriadis, por citar sólo unos ejemplos. (Desgraciadamente, poco debemos explayarnos al respecto, si no queremos salirnos demasiado del tópico principal de este ensayo.)
Pero también se puede describir “lo artístico” por aquello que reditúa al espectador: placer y auto-conocimiento (desde la reflexión), acaso catarsis, también. [La pregunta acerca de si puede haber auto-conocimiento donde hay catarsis es muy interesante y su respuesta, fecunda, pero introducirnos en ella escapa a los límites de nuestra investigación.] Aquí radica la clave del cambio social: si las obras no influyeran de manera estructural en la sociedad, no habría injerencia dentro de ésta por parte de las anteriores. Todas estas ideas persiguen un fin: respondernos a la pregunta sobre la real injerencia de las obras de arte dentro de nuestra sociedad. Esto, sin embargo, no implica salirnos de la línea que sólo debiera tratar las obras dramáticas puesto que éstas no son más que un subconjunto de las obras literarias (en su acepción estricta de obras artísticas o de ficción), las cuales son a su vez, hechos artísticos.

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