“Los Nuevos” – Novela de zombies por partes. (05/35)

Ernesto

La cabeza del muchacho gira en nuestra dirección balbuceando algo pronunciado en sueños […preoysiestássegr …llamal …nombadarbolaniempdo …nommeparsqu …¿a-vosíper-…? …mevoyendosmejrquem-despiert-¡M-rian…!] abre sus ojos «¡Ah! La jaula, entonces esto esponjocito es el colchón de infancia: almohadón rosadito de las comodidades económicas y calmas acostumbradas de mi vida diaria…» se endereza y queda sentado en el borde de la cama, en el interior del recinto con barrotes; el sueño empuja sus hombros hacia abajo, sus párpados hacia abajo, su cabeza hacia la almohada todavía tibia, hacia la realidad que lo comprime. Mira en derredor todo lo rápido que su somnolencia le permite, que no es mucho, y comienza a restablecer el control de sus párpados, lengua, sentidos… Suavemente, dirige su atención hacia el teléfono celular en su mesita de luz y lo alcanza con la mano perezosa para averiguar la hora al tiempo que protesta contra la injusticia de tener que levantarse tan temprano… y ve una llamada perdida de su ex, pero una espesa somnolencia le impide todo proceso mental complejo. Luego de comprobar la hora se yergue cuan largo es, las puntas más altas de sus pelos rozan el techo de la celda «¿…la entrada? …mmm …¡ah!, por allí… sí…» mete en su bolsillo izquierdo una mano que todavía no le pertenece del todo y extrae un juego de llaves también irreales, también imposibles, como todo el resto del mundo, con las que abre la puerta y sale del departamento.
…al palier
…a la vereda
…y saluda a la vecina
[…linda la vecina…]
-Adiós…-saluda un poco más despierto, acomodándose la ropa.
-¿Cómo te va, Erni?-le contestan un par de tetas enormes y bien erguidas.
-Bien, che… oí que tu mamá ganó un televisor anoche, o antenoche, en el bingo…
-¡Ay, sí! Y ella está como loca, ¿viste? Pero la verdad es que la porquería china esa no tiene ni marca… pero ni decirle a ella… igual, no entiende nada…
-Bueno, sí, sí…-fuera ya de su rango visual las tetas, se le fueron también las ganas de conversar a “Erni”. Sigue su camino hacia el laburo, apático e inconsciente, inmutable y robotizado como jamelgo de cabalgatas turísticas …sólo por fuera, porque en las profundidades se escucha un murmullo continuo…
«Está nublado, o nublándose, la verdad es que no tengo ganas de mirar hacia arriba, pero el sol no pega y eso es algo, la noche estuvo brava y no estoy para aguantar los caprichosos humores solares el día de hoy»
Ernesto mide cerca de un metro ochenta y descontando su panza cervecera, es todo músculos y huellas de mujeres casadas (con otros).
…el caso es que también se cansa de manifestar sus cavilaciones por este medio y se contenta con enchufarse a la caja boba. Sea en lo que sea que ocupe sus días, invariablemente llegan las nueve de la noche y el sueño arremete con sus actividades, guiándolo hacia la cama como a un cachorrito la ubre materna, o a un indigente las ollas populares. Una vez inserto en el sobre, sueña que les hace el amor a todas y cada una de sus ex-compañeras de colegio, de trabajo y de vecindad, pero, sobre todo, a Mariana… «¿por qué tuvo que patearme?» […porque le metiste los cuernos, ¡imbécil!…] —emerge la parte de él que nunca duerme— «pero, ¡me llamó!, tal vez sea bueno darme una vuelta por allí…» [sí, para que te escupa a la cara de nuevo…]
Ernesto sigue caminando: un paso, un pensamiento masticado, otro paso, se atraganta con la idea y frena resuelve escupir lo que no entiende, otro paso, y otro, una nueva idea… Su inconsciente lo lleva del brazo, son como una dupla de comadres que salen a recorrer el barrio a ver «qué se cuenta» y llevan en detalle el inventario pormenorizado de todo lo que no debieran saber de los vecinos, pero ellas, íntimamente, personalmente, no saben nada… Suele suceder. A él, al menos, suele pasarle…
Aunque lo disfruta, muchas veces el precio de dialogar con alguien «o algo» que realmente lo conoce es soportar interrogatorios incineradores —como el del otro día, que ante la atravesada y capciosa pregunta de “¿y por qué no habrías de acostarte con tu hermana?”, Ernesto, luego de detenerse unos segundos en la vereda (claro, él era lo más parecido a una modelo: no podía masticar chicle y bajar las escaleras al mismo tiempo), se contesta:
-Bueno, en princip… ¡¿y vos?! ¡¡Claaaaaroo!, para ustedes los Inconscientes es fácil decirlo porque no tienen hermanas! …¡ni madres! …¡ni primas!  …aunque, bueno, en esto último están en desventaja, lo admito-ríe, Ernesto, al igualar el marcador (1-1).
Y su subconsciente, brillantemente apodado por nuestro amigo: Ernestotambién, objeta: [Lo que digas, “Erni”], en clara alusión a la vecinita que lo tenía caliente (2-1) desde que él se mudara a este nuevo barrio, algunas semanas atrás, cuando su novia lo dejó, “por mala persona”, según ella, «y no porque tuviera a algún otro que le revolviera el estofado…» [pero seguís sin responderme la pregunta, contestás y después defendés: no salgas corriendo para luego tirarme una piedra desde lugar seguro, como les hacías a tus amigos cuando eras chiquito… (3-1)], ésa era la principal desventaja de conversar con el inconsciente de uno: Ernestotambién recogía y reutilizaba en su favor los discursos del propio Ernesto, desde adentro, los daba vuelta como si fueran camperas reversibles; se comía los discursos del pobre y le escupía algo irrebatible. Y Ernesto, la sangre en el ojo.
Recordando esa conversación, Ernesto se detiene para rearmarse, aunque sea con un par de manotazos de ahogado argumentales como para no perder la discusión por taaaaaanto robo, porque, claro… él, siempre perdía las discusiones… «para ganarlas están mis músculos» …¡gran desventaja supone conversar con alguien a quien no se le puede pegar! …pero en el micro-instante en que todo esto sucede, lo golpean en la espalda «seguramente un idiota que viene caminando distraído»
…ese “idiota”, que se lo chocó de frente, y que no lo vio porque también veía sumergido en sus propios pensamientos, es Julia.

* * *

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