La Función del Autor en la Actualidad. (Ensayo, 4/7)

(Breve homenaje al inmenso guitarrista…)

3. LA PROBLEMÁTICA Y SU CONTEXTO

En los tiempos que corren, pareciera que estamos caminando sobre un terremoto: todo cambia con una velocidad vertiginosa, todo caduca al instante en el que nace, todo es efímero. Varios autores pertenecientes a diferentes disciplinas han abordado esta temática desde mediados del siglo pasado; nosotros, desde aquí, retomaremos algunos de ellos, como Adorno, Horkheimer, Castoriadis y Bauman, entre otros. En mayor o menor medida, todos ellos se dieron cuenta de que ninguna institución está a salvo de la moda de lo perecedero: ni las religiones, ni los partidos políticos, ni los medios de comunicación, ni siquiera el Estado.

«La sociedad que ingresa al siglo XXI no es menos “moderna” que la que ingresó al siglo XX; a lo sumo, se puede decir que es moderna de manera diferente. Lo que la hace tan moderna como la de un siglo atrás es lo que diferencia a la modernidad de cualquier otra forma histórica de cohabitación humana: la compulsiva, obsesiva, continua, irrefrenable y eternamente incompleta modernización; la sobrecogedora, inextirpable e inextinguible ser de creación destructiva (o de creatividad destructiva, según sea el caso: “limpieza de terreno” en nombre de un diseño “nuevo y mejorado”; “desmantelamiento”, “eliminación”, “discontinuación”, “fusión” o “achicamiento”, todo en aras de una mayor capacidad de hacer más de lo mismo en el futuro ―aumentar la productividad o la competitividad―).» (Bauman, 2006, p. 34)

Esto no es nuevo, ni es difícil de observar. Uno de los trabajos más difundidos de los últimos años (al menos fuera del ámbito específico académico) es el citado texto “Modernidad Líquida”, de Zygmunt Bauman. Desde la aparición de dicha obra, ha transcurrido más de una década y ya todos nos damos cuenta de lo que describe el sociólogo con sólo mirar a nuestro alrededor y reflexionar un instante.

Sin embargo, son pocas las personas que se detienen a pensar en profundidad qué es lo que está en peligro y qué es lo que está en crisis. Pues no son sinónimos. Aunque su investigación y diagnóstico son profundos y, en muchos aspectos, acertados, Bauman, por caso, no se encuentra entre las personas que tratan de responder con sinceridad a la siguiente pregunta: ¿Tiemblan nuestros valores más profundos, los estandartes de nuestra cultura, realmente, …o tales valores e instituciones representan sólo la “superficie”, lo vulnerable a la evolución ―es decir, lo descartable― de nuestra civilización, mientras su “núcleo”, lo que realmente importa, sigue intacto? Dicho de otra manera: ¿Qué es “estar a salvo” en el reino de las transformaciones? ; o si, en última instancia: ¿es que “debe” salvarse algo? Estas preguntas son esenciales para comprender el devenir de las sociedades en general, y son ineludibles para plantearnos una reflexión seria sobre la nuestra en particular: El Rol del Autor en la Sociedad Actual.

3.1. La esencia del autor a partir del contexto

Como hemos dicho más arriba, intentaremos elucidar la situación actual de los productores artístico-intelectuales, en general, y de los autores de obras dramáticas, en particular; enfocándonos desde diferentes perspectivas: social, psicológica, política y/o económica, según el caso, para aprovechar de manera eficiente las ventajas que alternativamente nos proporciona posicionarnos en cada cosmovisión, pero sin hacer de este ensayo, un tratado especializado en ninguna de las áreas mencionadas en particular, sino un estudio sincrético de la función que cumple el autor en nuestros días.

Ya sea que parezca nuestra empresa demasiado ambiciosa o que estamos tomando un rodeo demasiado grande o innecesario, el lector podrá confiar en que considerar los todos los aspectos que mencionaremos a lo largo del presente trabajo será, en última instancia, beneficioso; pues la comprensión acabada de los procesos y la dinámica social en los que estamos sumergidos, nos posicionará de mejor manera en la amplia e hiper-conectada esfera de la producción artístico-intelectual “en” y “de” la que vivimos los autores de obras dramáticas: tanto de los circuitos teatrales o artísticos, como de los medios de comunicación, como la radio, el cine o la tevé, por dar sólo algunos ejemplos.

Pero para que el presente ensayo no recaiga en la categoría de manual de instrucciones o de estilo, ni en el de guía sobre cómo escribir una obra de teatro, guión o best-seller, debemos conceptualizar, delimitar, aquello a lo que nos referimos con “esfera de producción artístico-intelectual”: Llamarlos así implica una concepción desmitificada del Arte, una concepción que se aleja del artista como iluminado, superhombre o como “creador” de obras a partir de la nada.

Los individuos en sí mismos aportan su experiencia, su parecer, sus intereses, pero en última instancia, extraen todo ello de la misma Cultura a la que pertenecen: “¿Qué, quieren una originalidad total y absoluta? No existe, en el arte ni en nada. Todo se construye sobre lo anterior. No hay pureza en nada humano.” (Sabato, 2001, p. 194.) Y las diferencias entre distintas obras, de distintos productores de una misma sociedad se basan más en matices de perspectivas (por más amplios y divergentes que sean éstos), que en cosmovisiones de las fronteras de la sociedad que habitan: “La originalidad no consiste en escribir sin puntos ni comas o en contar sucesos que nadie haya podido imaginar, sino en ver la realidad desde uno mismo, y que el lector sienta: eso es exactamente lo que yo sentía.” (Castillo, 2007, p. 200)

Llegados a este punto, sin embargo, no debe hacer falta aclarar que la Cultura sólo existe al corporeizarse en los miembros de la comunidad (o en sus producciones como los libros, por dar un ejemplo, pero siempre a través de los individuos): Como anticipamos, no hemos venido para proclamar la “muerte del autor”, a lo Barthes, ni nada que se le asemeje. Son los individuos quienes hacen posible la cultura, aunque no puedan vivir por fuera de ella. Por lo tanto, el accionar del autor no es menos importante que la cultura, sencillamente, porque es necesario para su subsistencia.

La relación es simbiótica. No hay contradicción.

Siguiendo en esta misma línea, retomemos nuestra pregunta acerca de qué es lo que está en juego ―en términos de valores y cambio social―, en este terremoto actual en donde todo se disgrega y atomiza: si lo que representa “la superficie, lo descartable” o “su núcleo”, …y reflexionemos un instante sobre ello.

3.2. Inestabilidad Institucional

Las instituciones son creadas por la naturaleza humana, como vehículo para legitimar, proteger y propagar todo aquello de valor que la humanidad va construyendo, descubriendo o inventando conforme camina su historia: la tecnología, las leyes, las creencias, y llegan a incorporarse fuertemente, casi inseparablemente a la sociedad que las produjo, de manera de que en algunos casos cuesta pensarnos sin ellas. Como dice el sociólogo griego: “Estos valores no son dados por una instancia externa, ni descubiertos por la sociedad en sus yacimientos naturales o en el cielo de la Razón. Son creados por cada sociedad considerada.» (Castoriadis, 2008, p. 15) Por lo tanto, aunque es cierto que tales instituciones favorecen el cambio e influyen, con el tiempo, en nuestro comportamiento, no implica que no caduquen: “…sabemos que las ‘culturas’, las sociedades, son mortales. Se trata de una muerte que no es necesariamente general ni necesariamente instantánea.” (Castoriadis, 2008, p. 13)

Como vimos en el apartado sobre la visión evolutiva, el “éxito” de un atributo evolutivo (y tranquilamente podemos considerar las instituciones como adaptaciones culturales al entorno) nunca es permanente, pues el universo está en constante cambio. Todas las etapas caducan.

El movimiento es bidireccional: aquellos descubrimientos o inventos del hombre, lo afectan directamente y modifican la forma que éste tiene de ver su realidad, ese mundo acotado en el que vive y muere. Pero dichas creaciones del hombre no son las únicas que funcionan así, pues con la Naturaleza sucede lo mismo: ella nos condiciona ―tanto a nivel espacial, de los ecosistemas en los que estamos insertos, como a nivel fisiológico, el de nuestro mismo cuerpo), y nosotros a su vez interferimos en el mundo natural externo con todas las huellas que va dejando la civilización a la que pertenecemos, y en nuestro cuerpo, con todo aquello que lo afecta: drogas, medicamentos, cirugías y demás.

Otro ejemplo de ello es el de la Lengua (langue), presentado por Ferdinand de Saussure en su Curso de Lingüística General, quien mostró evidencias de que aunque nuestro lenguaje es creado por nosotros mismos, los seres humanos, aquél no puede ser modificado conscientemente por nosotros a nivel individual. Todos usamos la lengua, y este mismo uso la va modificando, pero cada uno de nosotros, por separado, no puede influir en estos cambios a nivel consciente o inmediato: las políticas gubernamentales imperativas y dictatoriales que buscan censurar o prohibir dialectos siempre han fracasado, la lengua siempre prevalece. Por ejemplo, el caso del dictador Franco, bajo cuyo mandato se llegó incluso a borrar lápidas escritas en euskera, o el de las políticas idiomáticas de la corona española durante la conquista, de misionar imponiendo el castellano sobre los idiomas nativos. La historia nos muestra que podrán acotar o debilitar una lengua, o intentar reemplazarla, pero sólo han podido borrarla eliminando a sus hablantes.

Sin embargo, la lengua es un sistema de convenciones, puesto que si no hay acuerdo entre los significados y las funciones de sus elementos, no puede establecerse una comunicación eficaz ni eficiente. Claro que esto es cierto, pero hay una gran diferencia entre el idioma en sí (distinto de la langue saussureana) y el lenguaje: mientras éste es una capacidad natural de nuestra especie humana (Chomsky, 1992) ―y hasta, diría, de nuestro reino animal―, aquél es su manifestación concreta, lo que llamamos una “institución” (en la actualidad está regulado ―aunque, por lo infructuoso de regular una lengua, como hemos visto, un término más apropiado sería: “es seguido”― por instituciones legitimadas públicamente, como la Real Academia Española, en nuestro caso). Esta diferencia es enorme y la trataremos más adelante en la medida en que sea apropiado o necesario para entender mejor el tema que nos compete en el presente ensayo: El rol del autor.

Otros ejemplos de instituciones son Google/Microsoft (¿acaso internet?), el federalismo republicano o el catolicismo (por citar un ejemplo en cada área mencionada más arriba: tecnología, leyes y creencias), pero no porque ello diremos que son parte de la naturaleza humana: apenas son consecuencias de los movimientos espiralados de la cultura, que algunas sociedades han encontrado útiles y han decidido mantener.

Ergo, la sociedad es un entramado institucional, pero hay necesidades, costumbres y pulsiones que funcionan por fuera de las instituciones y que al mismo tiempo las fundan. El arte es una de ellas.

El arte es una necesidad, bien, pero no debemos olvidarnos que es una institución también. Y aquí tenemos las dos teorías/acepciones de arte en una sola frase, que se nos presentan no para litigar a cuál pertenece la verdad, sino para complementarse.

De lo anterior subyace una característica basal de lo artístico, que lleva a muchos enfrentamientos y confusiones. Y es que el componente institucional del arte, sufre los mismos retardos y desajustes que las demás instituciones (que la legal, la educativa, etc.), mientras que el componente expresivo de la misma, habita en la cresta misma de la ola del cambio social.

Las instituciones suelen ser normativas o descriptivas, por principio. Mientras que las fuerzas sociales que aquellas cabalgan (pulsiones, necesidades reales, costumbres, idiosincrasias) se fundan en la libertad. Siempre fue así.

3.3. Tesis de nuestro ensayo: primer abordaje

En el caso del arte, la historia se repite: Ni la censura, ni las imposiciones pretendidas pudieron modificar este principio. Allí nacen todas las confrontaciones entre vanguardia y tradición, entre incomprensión y conformismo, entre underground y mainstream. Y allí mora y se desarrolla el productor artístico-intelectual del que hablamos en este ensayo.

La Cultura ―y con ella, el Arte y quienes la producen― es cambio, es devenir, es acompañamiento de la sociedad, porque escapa a las legislaciones conscientes más que ninguna otra área de la misma. No estamos diciendo que no esté regulada por cierta institucionalidad, pero lo que sí decimos, es que su naturaleza escapa a ella, y se sumerge en lo más profundo del inconsciente colectivo.

Inconsciente colectivo que tiene al autor como intérprete preferencial.

Como agentes corporeizantes de la cultura que son, como vehículos necesarios y activos modeladores de la producción artístico-intelectual, este ensayo propone que los autores son verdaderos catalizadores del cambio social.

En el entorno de la química, un “catalizador” es una sustancia que, sin pertenecer a los elementos involucrados en una reacción química, actúa en ella acelerándola o inhibiéndola. La metáfora nos parece de lo más adecuada para ilustrar el rol del autor en nuestra sociedad actual.

A través de este estudio, intentaremos mostrar cómo hemos llegado a la conclusión de que los saberes son los catalizadores internos al individuo desde el punto de vista sociológico del cambio social. (Los catalizadores externos serían la naturaleza, otras sociedades y el azar, pero también la historicidad que acarrea consigo la sociedad estudiada.) Donde por “saberes” entenderemos: La tecnología, las ciencias (economía, política, etc., todas ellas…), la ética, pero también el arte.

Para brindar algunos ejemplos, recurriremos a Tomás Buch, investigador y docente que se aproxima en gran medida a nuestra tesis, pero desde las ciencias duras. En su libro El Tecnoscopio, estudia la incidencia de la tecnología en nuestra civilización y al hacerlo, define el desarrollo tecnológico como “uno de los ejes estructurantes de la historia humana” (Buch, 2001, p. 481):

«Nuestro punto de vista en este debate es que no hay una causa determinante de la historia, y que buscarla es una actitud algo ingenua. Las fuerzas sociales se interprenetran y se condicionan unas a otras. La estructura económica, las teorías filosóficas, la estructura de poder, las creencias religiosas, la tecnología predominante, y otros factores más, interactúan de tal manera que tratar de establecer un predominio y una determinación de unos por otros es como decidir acerca de la prioridad del huevo sobre la gallina, o viceversa.» (Buch, 2001, p. 35)

Queremos creer que con el genérico “y otros factores más”, Buch hace referencia al arte, pues no podríamos explicarnos tamaña omisión en caso contrario. Más allá de este “detalle”, es más que notable la similitud, y hasta podríamos decir equivalencia, entre la mirada cientificista de Buch y nuestra postura no-posmodernista, no-teleológica acerca de las obras de arte como devenir. Incluso, Buch llega a darnos un ejemplo de catalizador del cambio social (sin proponérselo, claro, pues en ningún momento habla de ello), en su equivalente tecnológico:

«Es poco defendible la tesis de que el desarrollo tecnológico del ferrocarril causó la expansión de la civilización norteamericana hacia el oeste. En cambio, es innegable que la aceleró enormemente.» (Buch, 2001, p. 35)

Este ejemplo funciona a la perfección con nuestra metáfora de “catalizador”: como sustancia externa a una determinada reacción química que afecta la velocidad en que esta ocurre.

Con las obras literarias sucede lo mismo: por ejemplo, no podemos decir que gracias a ellas se sancionen leyes o se construyan instituciones, pero sí, a lo largo de años, allanan el terreno en varios campos de la vida social, como por ejemplo, en términos de tolerancia, aceptación del otro, de lo nuevo, y demás. Como en el caso de los ideales existencialistas que introducía Sartre en sus obras dramáticas, o la influencia el accionar de los poetas beat en la tolerancia –o intolerancia, según el caso– a través de sus recitales públicos, o la auto-reflexión que instalan los comediantes de stand up en quienes asisten a sus espectáculos. Todos ellos, catalizadores, en mayor o menor grado.

Retomando los componentes y las especificidades de lo artístico, no tendremos dificultades en descubrir al autor como un catalizadorpreferencial, con sus propias especificidades y ventajas respecto del científico, el político, el ingeniero, pero también respecto de los demás artistas y del resto de los actores del cambio social. (Algunas de esas ventajas respecto de los primeros, son: su alcance masivo, su mayor libertad en términos de rigor, su creatividad característica, humor, expresión, etc.; y sus desventajas: las limitaciones económicas, el poco reconocimiento social; y respecto de los demás artistas, acaso su mayor potencial en lo que atañe a la capacidad de explicitud)

Volvemos al contexto.

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