La Función del Autor en la Actualidad. (Ensayo, 5/7)

3.4. Más medio

Desde hace unas pocas décadas, nuestra realidad está siendo absorbida y re-interpretada por la tecnología con una vertiginosidad nunca antes vista, “el ritmo general de la historia se ha ido acelerando cada vez más en los últimos milenios y siglos” (Buch, 2001, p. 24). A raíz de ello, muchas transiciones están tomando lugar en el corazón de lo social: las instituciones de enseñanza se van quedando cada vez más rezagadas, independientemente de las políticas educativas, y no necesariamente por culpa de dicha tecnología, pues la capacidad de adaptación de una estructura tan grande como aquélla no está a la altura que los cambios continuos requieren.

Ni qué hablar de la escisión constante y continua de las instituciones religiosas, de la creciente cantidad de agnósticos y ateos (no planteo esto como un problema, en cambio, lo de la enseñanza sí lo es); o de los acontecimientos mucho más recientes relacionados con el conflicto gobierno-medios de comunicación, los cuales ponen en tela de juicio tanto la objetividad de los periodistas al momento de ejercer su trabajo, como el carácter de intocables de los miembros de los tres poderes estatales. Todos estos acontecimientos cuestionan los supuestos sobre los cuales se erigió la base misma de nuestra sociedad en un pasado no tan lejano, y terminan por minar la credibilidad e influencia de los medios y los poderes políticos, sobre todo.

Los espectadores ya van conociendo de a poco las reglas del juego: la velocidad frenética de la corriente ―sólo en la superficie, sólo en la superficie―, la necesidad de adaptación, el agotamiento de las reglas más viejas del juego, el surgimiento de otras nuevas; la farandulización de la política, por un lado; la mercantilización de los medios (…y de todo lo demás), por el otro. Sobre estas reglas deberemos hablar, si queremos encontrarnos con la verdadera esencia del autor…

En el ojo de este torbellino, por lo tanto, se encuentra la Cultura, causa y efecto al mismo tiempo. Y al decir Cultura, pensémosla estrictamente como el conjunto de producciones y de relaciones interpersonales de carácter mayoritariamente artístico-recreativo que tienen lugar entre los miembros de una comunidad dada, en un momento determinado. Ésta es sólo una de sus acepciones posibles, pero es la que escogeremos en el presente trabajo porque en otro caso, la definición también abarcaría la tecnología, las creencias, las leyes, y cualquier producto hecho por el hombre o utilizado de alguna manera por él, pasible de atribuírsele un determinado “valor” transmisible. En aras de la claridad, entonces, buscaremos aquella acepción más acotada de lo que generalmente se entiende por Cultura: lo artístico-recreativo.

3.4.1. Saber es Poder

En comparación con las sociedades que nos precedieron, es decir, además de estructural, profunda e intrínsecamente mercantilizadas, las nuestras son informáticas-informatizadas. En ellas, ahora no sólo tienen importancia el dinero, el poder y el “saber-hacer” (asígnesele el orden causal o jerárquico que se desee), sino que también cobra una gran trascendencia la información.

Valga una aclaración: en el presente ensayo utilizamos la palabra Información en su sentido pasivo, como sinónimo de datos, mientras que a la palabra Conocimiento la emplearemos con cierta connotación activa, ya que consideramos que los datos pueden estar o no allí, pero el conocimiento sí o sí necesita de un agente que lo contenga y aplique. El conocimiento, por lo tanto, se obtendría del procesamiento de la información, provenga esta de la experiencia, del aprendizaje formal o de cualquier otra fuente. En palabras de Einstein: “El Conocimiento proviene de la Experiencia: la Información no es Conocimiento. La única fuente del Conocimiento es la Experiencia”.

Acerca de la trascendencia de la información en nuestro tiempo, Bauman nos dice:

«El acceso a la “información” (mayoritariamente electrónica) se ha transformado en el más celosamente custodiado de los derechos humanos y en la actualidad el incremento del nivel de vida de la población en general es medido, entre otros factores, por el número de hogares equipados con (invadidos por) aparatos de televisión.» (Bauman, 2006, p. 165)

Por su parte, el investigador y docente Tomás Buch hace hincapié en el costado informatizado de nuestras sociedades, al afirmar que “comenzó justamente la tercera revolución tecnológica, en que nos encontramos en la actualidad.” (Buch, 2001, p. 26). Por detrás de la primera revolución tecnológica (revolución neolítica), “que ocurrió hace cinco o seis mil años […] (, consistió) en la domesticación de varias especies de vegetales y animales, y marcó el fin de una economía basada en la caza y la recolección.” (Con todos los cambios que conllevó la superación del nomadismo y la división social del trabajo durkheimeana), y de la “revolución industrial, la segunda revolución tecnológica, que comenzó lentamente en Europa, en los siglos XV y XVI.» (Buch, 2001, p. 25)

El lector estará de acuerdo, luego, en que el Conocimiento es Poder, en tanto implica “saber-hacer”, luego: la Información es Poder. Información que abarca desde la el saber-hacer de la tecnología y las ciencias duras, hasta el autoconocimiento de nosotros mismos como sociedad Y como individuos.

Por lo tanto, como adelantamos en el capítulo anterior al mencionar fugazmente los cimientos de la Cultura Libre, llegamos a la ampliamente compartida conclusión lógica de que en una sociedad libre, democrática, que defiende los valores de la justicia y la igualdad, la libre circulación de la información debe ser moneda corriente.

Sabemos que, idealmente, cada individuo cumple una función, un rol (o varios, claro, pero al menos, uno), en toda sociedad a la que pertenece, o que se encuentra en camino de cumplirlo: “en formación”, podríamos decir. Sin embargo, algunos de estos roles son más trascendentes que otros, en términos de injerencia o de influencia, dentro del entramado de la sociedad a la que pertenecen.

Respecto de la circulación de la información dice Marilina Winik, en su artículo “Ediciones copyleft”:

«La generalización del uso de tecnologías digitales cuestiona las formas de distribución de los bienes culturales en esta etapa del capitalismo cognitivo, en donde se valoriza la producción de conocimiento, el pensamiento y la circulación de ideas. Es así que aquellas prácticas y obras que se originaron como creaciones colectivas, ingresan en una lógica económica que las trata de la misma manera que a los bienes materiales, es decir, a partir del principio de la escasez y la propiedad privada entendida sólo materialmente. » (Busaniche, 2010, p. 143)

Cuando enfocamos nuestra atención en el punto de intersección de las aseveraciones anteriores, subyace que quienes tengan la capacidad de producir, modificar o administrar los mensajes que circulan dentro de la sociedadinformatizada, serán más poderosos ―nuevamente, en términos de influencias o injerencias― que quienes sólo tienen acceso a los mismos como simples receptores. Por caso, podríamos tomar a gobernantes y periodistas, ya que en principio, los primeros, son en esencia los encargados de producir los mensajes, mientras que, los segundos, mayoritariamente, los divulgan. (Aunque a veces sus roles se tergiversan, esto está muy visto y discutido. …Lógicamente, además del respectivo rol, los grados de poder varían de persona en persona, según variables que tienen que ver con las capacidades y los recursos disponibles de cada quién, pero también con el azar y la historicidad. Aclarar esto no debiera ser necesario… Tampoco todos los mensajes son equivalentes, ni poseen los mismos objetivos. Por lo tanto, no nos detendremos en este punto. En todo caso, lo abordaremos más adelante en detalle.) Sin embargo, sí podemos citar un rol que no está discutido aún ―no todo cuanto necesita estarlo, al menos― que es el de los docentes, como claros emisores de mensajes que “deben ser acatados” por sus alumnos.

3.4.2. El mercado

A la informatización de nuestras sociedades debemos agregarle la mercantilización universalizante de todos los valores, agentes y productos culturales: durante nuestra era, todo, absolutamente todo, es pasible de ser tomado como mercancía. Y la mayoría de las veces es tomado por tal.

Una de las primeras consecuencias de ello, a nivel de calidad o trascendencia de las obras culturales es que “…en el capitalismo no hay progreso sino proliferación de objetos gobernada por la lógica del mercado, según los principios reguladores de la oferta y la demanda.” (Hodgson, 2005, p. 58)

La dinámica generada entre la mercadotecnia y la informatización caracteriza a nuestra época en tres aspectos determinantes a nivel comunicacional: la vertiginosidad, la superficialidad y la falsa novedad. Estos tres aspectos están íntimamente interrelacionados: la vertiginosidad impide que los fenómenos calen en profundidad, la obsolescencia planificada produce vertiginosidad y falsa novedad, puesto que las novedades se suceden unas a otras con ninguna novedad), y aunque pueden explicarse de muchas maneras diferentes, comparten indefectiblemente un agente causal: el mercado.

«Alfred Sloan fue pionero de una tendencia que más tarde se haría universal. Toda la producción actual de mercaderías reemplaza “el mundo de objetos durables” por “objetos destinados a la obsolescencia inmediata.” […] En un mundo en el que las cosas deliberadamente inestables son la materia prima para la construcción de identidades necesariamente inestables, hay que estar en alerta constante; […] Como afirmara recientemente Thomas Mathiesen, la poderosa metáfora del panóptico de Bentham y Foucault ya no representa la manera en que funciona el poder. Mathiesen señala que hemos pasado de una sociedad estilo panóptico a otra estilo sinóptico: se han invertido los roles, y ahora muchos se dedican a observar a unos pocos. Los espectáculos ocupan el lugar de la vigilancia sin perder nada del poder disciplinario de su antecesora. Hoy, la obediencia al estándar (una obediencia exquisitamente adaptable a más de un estándar eminentemente flexible, desearía agregar) tiende a lograrse por medio de la seducción, no de la coerción… y aparece bajo el disfraz de la libre voluntad, en vez de revelarse como una fuerza externa.» (Bauman, 2006, p. 91-92)

Esa “seducción” de la que habla, si la transportamos al universo del autor, hace referencia directa al mainstream, por sobre la vanguardia: generalizando, son las fórmulas probadas las que venden (formatos hollywoodenses para las películas, las telenovelas con anclaje en problemáticas actuales, para la tevé, o los formatos estilo Rock&Pop para las radios, por dar tres ejemplos), y no los productos nuevos que contienen un alto porcentaje de riesgo (que es directamente proporcional a la distancia a la que se alejan de las fórmulas mencionadas). La repetición de este tipo de fórmulas también es una forma de “proliferación”, de goce estéril.

Pero no siempre reinó el mercado, así como tampoco estuvieron atravesadas por él todas las áreas del accionar humano. Es cierto que hubo otras épocas, y otras geografías en que no fue así, pero eso no es lo que nos convoca en este ensayo. Hoy sí reina el mercado, hoy sí atraviesa todas las actividades humanas. Sus leyes de la competencia salvaje –que incluyen bajar costos, aumentar ganancias, eliminar riesgos: generalizando, los grandes actores financieros apuestan al riesgo con sólo un porcentaje menor de sus capitales, nunca una porción crítica–, la moda efímera, la obsolescencia planificada, se han imbricado tanto en nuestras sociedades, que si queremos permanecer dentro del Sistema, no nos queda otra que desempeñarnos bajo sus normas, o arreglárnoslas para sobrevivir a contracorriente… Doblemente esta dificultad se presenta en el área de las artes, área que el Sistema deja de lado por no serle tan útil. Trataremos este tema en particular más adelante, cuando hablemos de la naturaleza específica del oficio del autor.

Volvamos a la trascendencia adquirida por aquellos que fabrican y distribuyen la información en nuestras sociedades. Saltan a la vista las profesiones históricas, rígidas, relacionadas con la información: la docencia, el periodismo, los gobernantes (o sus representantes, que vendrían a ser los representantes de los representantes, en un cuento de nunca acabar en el que todos se pasan la pelota, pero eso es harina de otro costal). Poco diremos sobre ellas, pues estamos aquí para preguntarnos por aquellos individuos que ―aunque no tengan un status social comparable al de los anteriormente mencionados, entendiéndolo en términos de prestigio, y generalizando, por supuesto, ya que en la práctica concreta, sin generalizar, no se podría hablar de nada: las generalizaciones son las que posibilitan la superación de la subjetividad hermética, son las que hacen posible, en definitiva, la comunicación― también producen o modifican mensajes, pero cuya actividad, por la naturaleza más personal y lúdica de los mensajes que manejan, es radicalmente diferente a las de los investigadores, los periodistas, los científicos, los docentes, los gobernantes. Ellos son los autores de ficción en todos sus soportes: sean guiones cinematográficos, radiales o televisivos, obras de teatro y demás géneros literarios; estén destinados a la difusión gratuita por internet (YouTube, Vimeo, etc.), a superproducciones millonarias, o a la mera lectura esperanzada.

Por supuesto que cuando hablamos de “naturaleza más personal y lúdica” al caracterizar las obras dramáticas, no queremos decir que sean menos serias ni profundas, en relación con su autor, que el resto de los mensajes (esto es, que sean menos serias de lo que las noticias, las políticas de gobierno, los contenidos educativos y demás mensajes los son para sus administradores).

Para quien vive de una actividad, su relación con ella es lo más serio que podría llegar a ser. Incluso si se trata de un humorista. Y es desde esta perspectiva desde la cual debemos acceder ―también― en el análisis de las actividades humanas: a partir de la relación del productor, con su obra, y no solamente a partir de la relación del productor (o de su obra) con la sociedad.

3.4.3. Atomización y sálvese quien pueda

El frenesí reinante, la incertidumbre que yace debajo de todas las superficies de nuestra cotidianeidad, la disgregación que todos sentimos, forman parte de mismo proceso junto con la atomización o “individualización”, como la llama Bauman:

«En pocas palabras, la “individualización” consiste en transformar la “identidad” humana de algo “dado” en una “tarea”, y en hacer responsables a los actores de la realización de esa tarea y de las consecuencias (así como de los efectos colaterales) de su desempeño. En otros términos, consiste en establecer una autonomía de jure (haya o no haya sido establecida también una autonomía de facto).» (Bauman, 2006, p. 37)

Aquí, Bauman compara la modernidad actual, con la anterior, con el ejemplo de las clases sociales, en donde uno pertenecía a ellas de facto, con sólo nacer en ellas. Sin necesidad de hacer nada. Es la forma que tiene el sociólogo de decir que el Sistema nos ha convertido en sujetos aislados entre sí en la búsqueda de la realización personal, relevando a cualquier tercero (sea el Estado, el prójimo, una “clase” o la comunidad toda) de su responsabilidad en nuestro destino. Esta soledad de nosotros ante nuestra vida, no tiene nada que ver con la soledad filosófica de uno ante su propia muerte, de la que vienen hablando los filósofos desde hace siglos. Esta soledad tiene que ver con pragmatismo más puro y materialista. Sus consecuencias se dejan ver en la atomización constante de todas nuestras instituciones y la dilución de nuestras energías:

«Con los ojos puestos en su propio rendimiento, y por lo tanto, desviados del espacio social donde las contradicciones de la existencia individual son producidas de manera colectiva, los hombres y mujeres se ven tentados, naturalmente, a reducir la complejidad de su situación para hacer de las causas de sus desgracias algo inteligible y por ende, tratable y remediable por medio de la acción.» (Bauman, 2006, p. 44)

Esto equivale a decir que “cada quien cuida su propio ranchito y el resto que reviente”. El eslogan por excelencia de nuestra era. [Relacionado a la interacción entre los mensajes y los agentes, y condiciona la forma (profundidad, seriedad, predisposición) en que son recibidos dichos mensajes.] El altruismo o la empatía, mal que nos pese, es la excepción, si hablamos de fuerza. De lo contrario, la injusticia y la pobreza no andarían tan campantes por nuestro planeta. Pero no estamos aquí, tampoco, para quejarnos, sino para aportar, cooperar, construir.

El libro “Modernidad Líquida” de Bauman tuvo mucha repercusión, no por ser el primero de su clase, sino por surgir cuando los fenómenos que describe ya eran vistos por la mayoría de sus lectores (no iniciados, se entiende) y entonces, fue comprendido adecuadamente y difundido consecuentemente.

Bauman ―recurriendo todo el tiempo a otros autores, es cierto, ¿…pero quién no lo hace, si pretende escribir con honestidad y respeto?― trata sobre los efectos de la frenética vida occidental de estos años y sobre la incertidumbre, la inseguridad y la angustia que genera dicha vida “líquida”. No se detiene demasiado, hay que decirlo, en explicar los orígenes de tal cambio, sino que pone todo el énfasis en las descripciones de los efectos de la “modernidad líquida” en todos los ámbitos de la vida cotidiana: laboral, familiar, social, … Siempre hablando de la liquidez de la modernidad actual (comparándola con la pesadez o solidez de la anterior: la primera modernidad) como algo negativo, dando a entender que se ha equivocado el camino, y proponiendo, por lo tanto, soluciones a medias.

En el presente ensayo, sin embargo, no contemplamos la idea de que necesariamente debamos hacerle frente al individualismo en términos absolutos, como sugiere Bauman (al hacerlo, me recuerda a la tesis de Umberto Eco sobre Apocalípticos e Integrados), puesto que no nos estamos apartando de ningún destino predestinado.

Por todo lo hablado hasta el momento, fundamentalmente sobre el compromiso para con la obra y la subsecuente libertad necesaria durante el proceso creativo, proponemos la existencia de un individualismo positivo, relacionado con la libertad, la autonomía y la consciencia, antes que con la ambición; y un individualismo negativo, que es al que nos referimos cuando utilizamos la palabra “atomización”, y está más relacionado con el egoísmo que con la justicia. Dicho de otro modo, el propio individualismo comporta dos caras de una misma moneda: un aspecto positivo y otro negativo (en efecto: al mejor estilo filosófico oriental del yin y el yang), que aunque muchas veces van de la mano, no siempre lo hacen, y hasta se excluyen otras tantas. Pensamos que, aun con todo lo negativo que conlleva, tal vez la fuente de la individualización de la que habla Bauman sea positiva (aunque muchas de sus consecuencias sean negativas, no todas lo son), en tanto es signo de movimiento: un síntoma de madurez o de cambio que exhiben nuestras sociedades. Debemos atravesar todo este proceso de descongelamiento, de crisis (o aunque no lo debamos atravesar, ya está hecho, así que da lo mismo), pero sin una autocrítica, corremos serio riesgo de borrarnos de la faz de la Tierra antes de cosechar lo sembrado por el aprendizaje.

Volviendo al texto Modernidad líquida, una de las falencias de Bauman es que no logra hablar del individuo concreto: digamos, el padre joven de familia, con su mujer y su hijita que mantener. Bauman no logra penetrar en el interior del sujeto, sólo explica las relaciones sociales extra-individuales. Respecto a esta crítica, más de un lector opinará, no sin algo de razón: “¡por supuesto!, él es sociólogo, no psicólogo”, pero no podemos negar que la Sociedad le habla al individuo sólo a través de los planos de éste, pues son estos planos el medio por el cual se relacionan los individuos entre sí: Así como la lengua no existe sino es plasmada en cada hablante, la Sociedad no existe sino hecha carne en cada uno de nosotros, por eso es tan importante psicologizar los estudios sociológicos; de lo contrario, se vuelven incompletos: mera estadística manipulable en lugar de respuesta.

Lo cierto es que la percepción de la decadencia existe (¿como un “malestar en la cultura”, acaso?) y “la individualización ha llegado para quedarse” (Bauman, 2006, p. 43). Debemos tener una visión panorámica de toda la situación, para luego abocarnos a lo que nos preocupa. Continúa Bauman:

«Sin embargo, hay dos características que hacen que nuestra situación ―nuestra forma de modernidad― sea novedosa y diferente. La primera de ellas es el gradual colapso y la lenta decadencia de la ilusión moderna temprana, la creencia de que el camino que transitamos tiene un final, un telos de cambio histórico alcanzable. […] El segundo cambio fundamental es la desregulación y la privatización de las tareas y responsabilidades de la modernización. Aquello que era considerado un trabajo a ser realizado por la razón humana en tanto atributo y propiedad de la especie humana, ha sido fragmentado (“individualizado”), cedido al coraje y la energía individuales y dejado en manos de la administración de los individuos y de sus recursos individualmente administrados. […] “No más salvación por la sociedad”, proclamaba el famoso apóstol de nuevo espíritu comercial, Peter Drucker. “No existe la sociedad”, declaraba más rotundamente Margaret Tatcher. No mires hacia arriba ni hacia abajo; mira hacia adentro tuyo, donde se supone residen tu astucia, tu voluntad y tu poder, que son todas las herramientas que necesitarás para protegerte en la vida.» (Bauman, 2006, p. 35)

En definitiva, el individuo está triste, inseguro, a la defensiva, insatisfecho, incompleto, porque la sociedad le enseña a competir por todo (la competencia capitalista, que, como la inmensa mayoría de los fenómenos humanos, tiene sus ventajas y desventajas) y entonces si el individuo N.N. no el más exitoso de su grupo, es infeliz. El gran inconveniente, ese que los defensores acérrimos del capitalismo siempre se olvidan de mencionar, es que la pirámide tiene, por naturaleza, un solo vértice. Esto implica que de todos los N.N., sólo uno se sentirá pleno: aquel que esté en la cima. Todos los demás no estarán satisfechos del todo con lo que la vida les ha deparado, independientemente de si decidan suicidarse, asesinar a su jefe, o desarrollen un cáncer por tensión nerviosa o angustia existencial…

«Lo que ya está a la vista, como consecuencia y a la vez motor de la revolución tecnológica en curso, es la globalización del mundo. La economía casi no reconoce las fronteras nacionales; muchos de los dos centenares de países formalmente soberanos tienen menos poder que un buen número de empresas multinacionales; la información recorre el mundo en forma instantánea. Todos los habitantes del planeta tienen acceso al espectáculo del estilo de vida de los países desarrollados, aunque no a su nivel y calidad, y los conflictos alcanzan repercusiones universales.» (Buch, 2001, p. 27)

Por lo visto, esta decadencia también es consecuencia de la frustración de no poder gozar de los placeres de los que goza la minoría más afortunada, por así decirlo, del mundo globalizado. Sea como fuere, la decadencia existe, y el arte la refleja (¡que no es lo mismo que decir que el arte esté en decadencia!), como no la reflejan la ciencia ni la tecnología, y la razón de ello, es que las producciones artístico-intelectuales están más relacionadas con el ser humano como un todo, que el resto de las disciplinas.

En toda esta marea es en donde nosotros, como autores, estamos obligados no sólo a navegar, sino que a abrevar también.

Hasta aquí el contexto.

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