“Los Nuevos” – Novela de zombies por partes. (08/35)

Silvia y Marcelo

La situación de la Argentina no es todo lo buena que podría ser. O, más bien, en esta ciudad. Pero, si una persona nace, cría un perro, y toma vino todos los viernes con amigos en un insignificante barrio, sin necesidad de moverse de allí, poco importa que el barrio o la ciudad tengan nombre. Da igual: país o pueblo, igual de necios, llenos de necios, con leyes necias y gobernados por necios.

Marcelo no tiene trabajo desde hace años, no del convencional, al menos. De tarde en tarde, disfruta masticando su mala leche en los largos ratos libres de que dispone, sobre todo, cuando saca el silloncito plegable y herrumbrado, de cintas azules y blancas de nailon, a la vereda, y se sienta a tomar mate en compañía del Bichera, su perro fiel, aguardando, sólo por costumbre —o por no tener ninguna otra mejor cosa que hacer— a que la doña volviera del laburo.

El Bichera, un mestizo raquítico y cansino, es la única presencia que Marcelo soporta; su pelaje gris ceniza viene raleando hace rato, a fuerza de padecer las peleas domésticas de sus amos, recibiendo patadas y puteadas por parte de los mismos, que se descargan con él por mera comodidad o simplicidad de espíritu. Más ahora, que desde un tiempo a esta parte, el hombre anda para la mierda incluso con su mujer, luego de descubrir que lo había estado engañando con un pendejo del centro.

En eso andan ambos esta tarde: el hombre, mascando desesperanza y clavos, y el Bichera, olisqueando un pedazo de nada en la mitad de la calle, …cuando, salido de ningún lugar, como antesala de tragedias y mal agüero, atropella al perro el mismo taxi que trae a la mujer de Marcelo con secas lágrimas en sus mejillas y la noticia de que acaba de ser despedida.

El perro sobrevive.

Pero sólo por cinco eternos e inolvidables minutos durante los cuales Marcelo trata de socorrerlo, Silvia, su mujer, intenta contener las harto egoístas ganas de decirle al Marce que la han despedido y el tachero se arma de paciencia esperando el inexorable desenlace (La Muerte del Perro), para poder exigir luego y sin mucho estorbo su olvidada y totalmente inmerecida paga.

Muerto el Bichera (manso y tranquilo no eran precisamente atributos del can), de seguro la casa sería mucho más apacible y limpia, pero esos menesteres no interesan a sus compungidos amos, que a esta altura casi se salpican las lágrimas entre sí (bueno, a decir verdad, Marcelo no está precisamente llorando, no sabe hacerlo, pero la mujer ya no finge el dolor y llora por los dos). Lo que se lamentan sin saberlo, en todo caso, tal vez no sea la suciedad ni el despelote que ya no serían, sino la mirada harto inocente del Bichera, esa tercera presencia que tanto complementaba los de otra manera inhóspitos rincones de la casa de la familia rota.

―”¡El Bichera!”, alcanza a descifrar Silvia, de labios de Marcelo, desfigurados, boca y sonido, por algo así como dolor:― ¡Mataste al Bichera!

―¡Me despidieron!―se le escapa a Silvia, acaso por ser demasiada carga.

Marcelo, sin componerse del todo, se detiene en seco y, girando la cabeza hacia donde estaba la que había sido desafectada de su trabajo, le clava la mirada, no muy seguro de haber escuchado lo que ha, de hecho, escuchado:

―¡¿Q-q-quéeeeeee?!

―Eso, Marce… que… me despidieron…―responde Silvia, como pidiendo perdón.

Marcelo decide olvidarlo por un momento y atender al Bichera, aunque más no sea para ayudarlo a suavizar el trance de ida, porque la verdad, es que mucho más no se puede hacer…

―¡Mi bicho!, amigo…, no te vayas…―Marcelo se despide como puede y como le sale, de lo único que lo ataba a este mundo: el perro, que ya no es más que gemidos y despedida.

Ahí nomás, Marcelo, que de haber vivido el Bichera, lo habría pateado para descargarse, gira a su alrededor en busca de algo contra qué descargar su impotencia.

Y allí está, paradito, expectante, el taxista.

Vociferando todas las maldiciones que conoce, Marcelo la emprende contra el conductor, que si vamos al caso, culpa tenía de haber chocado al pobre perro, y algo de maldad se merecía. Pero no tanta.

Silvia conoce a su marido y trata de interponerse entre él y el taxista, pero sale proyectada hacia un costado por un empujón de Marcelo, que ya está hundiendo el cuerpo del conductor en su propio auto, a golpes. Y sigue pegándole hasta dejarlo inconsciente. Los gritos de la mujer sólo sirven para excitarlo más, como si fuera un perro de pelea, y sólo se detiene al comprobar que el taxista ni siquiera se mueve.

Enceguecido por la ira, pero comenzando a cansarse, sin siquiera preguntarse si ha reaccionado desproporcionadamente o no, Marcelo putea a su mujer y se mete dentro de la casa.

Ahora, la preocupación de Silvia es qué dirán los vecinos, pero ellos ya conocen el mal temperamento de Marcelo, y saben que no se anda con vueltas cuando algo no le gusta, así que, a pesar de los gritos, se han quedado en sus casas, como si nadie hubiera visto ni oído nada. Incluso, algunos vecinos se tranquilizan de que esta vez no se hubiera solucionado el asunto con armas. Ni siquiera con armas blancas. Por suerte.

Más tarde, al recuperarse, el taxista no tomará represalias, conoce el barrio, conoce los códigos… Sólo volverá a su casa y contará a su mujer que lo han asaltado. Y allí quedara todo, como siempre.

Pasada media tarde, Silvia atiende una llamada telefónica para Marcelo. Él sigue acostado, sin sueño, sin perro, enojado con su mujer, pero empecinado en negar la realidad con la almohada.

―Marcelo, mi amor…―golpea a la puerta Silvia, que hasta este momento no había querido molestarlo― Es tu amigo, el francés.

El hombre abre los ojos grandes, y piensa: ¿qué debo hacer?. Ha visto el noticiero del mediodía: un cuádruple asesinato, aunque no han dado los nombres de las víctimas, por los escasos datos, Marcelo sabe de quién se trata. Pero, ¿por qué tres de más? ¡¿Quién mierda le dijo que se despache medio edificio al pelotudo ese?! El tema es: el francés se mandó una cagada, y bien grande. Pero con el francés no se jode. Ni siquiera Marcelo jode con el francés. Se voltea hacia la puerta y contesta en tono seco:

―Decile que ya voy, que me espere.―No se siente con ganas de pensar, la verdad, durante toda la tarde se ha sentido un poco mareado, como adormecido… Ni siquiera sabe qué hora es.― ¿Qué hora es, vieja?―pregunta.

No hay respuesta.

―¡Vieja!

Nadie contesta. Ni siquiera el perro ladra. (¡Ah!…, cierto…)

―¡Vieja! …La puta madre, digo…―se levanta a las puteadas limpias, como sólo él sabe, y se dirige a la puerta. La abre: dos hombres con cara de trastornados están peleándose por el cuerpo sin vida de su mujer, tironeando frenéticamente cada uno de su lado pero sin gruñir, sin gritar, sin hacer ningún ruido más que el que producen los movimientos de sus pies o el cuerpo de Silvia tironeado desde uno y otro costado por estos dos… ¿vecinos?― ¡¿Pero…? ¿…qué mierda hacen?!―no alcanza a pronunciar Marcelo, que ya Pablo y Quique (…¡padre e hijo, sus vecinos!, él los reconoce aunque no pueda dar crédito de ello, porque no son los de siempre, son unos vecinos «cambiados, nuevos», es lo único que atina a pensar Marcelo…) miran hacia donde él se encuentra con ojos abiertos al máximo, y todos los músculos tensos, como si estuvieran muertos y rellenos con plomo. Caras de plomo. Rápido, con la experiencia de quien ha pasado por innumerables situaciones de riesgo que exigen sangre fría y actitud, Marcelo se mete otra vez en su pieza y traba la puerta justo en el momento en que los vecinos nuevos se arrojan contra ella. Nuestro hombre corre a buscar un par de revólveres en su mesa de luz y se da vuelta en el instante preciso en que los nuevos, chocándola con sus dos cuerpos al mismo tiempo, tiran la puerta abajo.

Disparando simultáneamente con ambas manos, Marcelo salva su vida por una milésima de segundo, y queda mirando los cuerpos tendidos en el suelo, «de sus vecinos nuevos», mientras desde el comedor, se escucha una voz casi imperceptible que sale del auricular del teléfono:

―¡Pala!, ¡Pala!, ¿me oyes? ¿qué es ese ruido? ¡alguien atienda! ¡Silvia!

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