“Los Nuevos” – Novela de zombies por partes. (07/35)

Esteban, Sergio y Andrea

No lejos de donde acaban de suceder los acontecimientos que narramos, pero sí algunas horas más tarde, pierden el tiempo los habitantes de Colastiné, una comuna muy cercana y dependiente de la ciudad de Santafé, que es algo así como un gran barrio que se va desenrollando a lo largo de la ruta que lleva al norte de la provincia y que por su preciada tranquilidad y su ubicación frente al río, ha devenido en refugio de fin de semana para los atareados santafesinos que se puedan dar el lujo de comprar una segunda vivienda o que estén dispuestos a viajar, cada día, desde su casa en el pueblo, hasta su trabajo en la ciudad. Lugar de residencia, también, de algunos pocos comerciantes, que se han establecido allí, con algo de éxito, y que viven de los habitantes más perezosos, que prefieren comprar en la comuna, antes que irse a la gran ciudad. Este es el caso de Esteban.

Rebosantes de mujeres ajenas —cuyos confiados maridos fueron a trabajar a la ciudad, dejándolas «solas y aburridas»—, las álgidas aventuras de Esteban siempre anteceden a largos intervalos de tiempo muerto… Empleado de comercio, él, poco encuentra de interés en su existencia, más que salir a pasear con sus perros a la madrugada, «cuando no hay un alma», o comprar chucherías a sus mujeres de turno y adivinar mundanos detalles sobre las vidas íntimas de sus monótonos y pedestres clientes, o de sus vecinas y potenciales amantes. Será poco, pero él nunca pierde la esperanza…

―¡Jaque!―le avisa a Sergio, avanzando el alfil hasta la posición en la que daría mate en cuatro. Esteban vuelve a la realidad: enarca las cejas y contesta la amenaza de su adversario con un oportuno peón, con el que tapa el jaque y, a la vez, amenaza al propio alfil negro.

Siempre pasaba lo mismo.

Andrea jurará más tarde que nunca vio salir al chico, como sonámbulo, de entre los autos estacionados, totalmente ido… Porque si aquél era tan inconsciente como para cruzar una calle sin mirar a ambos lados, ella, no. Andrea es una buena conductora, o al menos, así lo cree ella. O tal vez no. En verdad, venía controlándose el maquillaje a través del espejo del conductor.

Todo fue muy rápido. Pero no lo suficiente como para que ella no repasara mentalmente que tuviera en su poder la cartera con los documentos del auto y lo principal: el seguro al día.

Abre la puerta y una oleada de miedo y curiosidad la arranca del auto. Al mirar en la dirección del accidente, ve a un joven tendido en la calle. Por suerte, no hay manchas de sangre: eso hubiera marcado la diferencia entre Andrea tratando de solucionar algo del desastre, y Andrea inevitablemente paralizada, sin poder despegar los ojos del charco negro.

Con pasos rápidos, producto de la pollera tubo que lleva puesta, Andrea se acerca al cuerpo buscando movimiento, respiración, sonidos, algo que alejara la inexorabilidad de la muerte; lo encuentra en la oscilación del pecho del que yacía en el suelo y, libre —por el momento— del peso de un homicidio, la mujer se endereza y grita pidiendo ayuda mientras recorre los alrededores con la mirada, en busca de auxilio (¡maldito celular en reparación, maldita compañía telefónica!) Nadie a golpe de vista, sólo un par de comercios abiertos y casas de familia. Corre al más cercano de aquéllos.

De la peluquería de la esquina, a unos cuarenta metros del accidente, justo salen conversando alegremente dos señoras, al instante puestas de sobre-aviso por los gritos de la rubia. Una de ellas, la más bajita ya entrando a la tercera edad, gira sobre sus talones y entra asustada al interior de la peluquería mientras la otra se queda parada con la boca abierta; En seguida, salen todas las personas que estaban dentro: los clientes en espera, el peluquero y el que estaba de turno, con una mitad de la cabeza, rapada y la otra en mechones lacios que colgaban aún, salvados de la tijera por poco.

―¡¿Qué pasó?!―trata de entender, de las dos, la señora bajita, que ya está de nuevo junto con su compañera, quien sigue boquiabierta, y al no obtener repuesta de ésta, camina hacia el auto de Andrea.

Muy aburrido y sin ideas tenía que encontrarse Esteban, para aceptarle a su amigo una partida de ajedrez. Ganar siempre, le aburría. Y ni siquiera era buen jugador, pero sucede que Sergio era diez veces peor —¡y, encima, siempre pierde la concentración!— pero…, por lo menos sabía jugar…

Por otro lado, Esteban sabía que su amigo detestaba perder siempre (sobre todo, porque Sergio se considera a sí mismo un buen ajedrecista), y por eso a veces accedía a jugar una que otra partida, con la esperanza de que su amigo, esta vez sí, se “pusiera las pilas”.

Y siempre pasaba lo mismo.

―¡Ponete las pilas, macho!―se impacienta Esteban, pero que de inmediato detecta este cambio de humor en su propia persona, y aceptando las leyes del buen jugador, ya sea de naipes, billar o ajedrez, trata de componer el gesto para aparentar serenidad, seguridad, control, …aunque de hecho los tenga― ¡Epa! ¡Epa! No te apures, che, que sino vas a perder muy rápido, y viendo que la tarde va muerta, al menos, dejá que la paliza dure un rato más… por lo menos, hasta que sea la hora de preparar el mate.

―¡A callar!, que la ópera no termina hasta que canta la gorda…―responde su amigo, él sí, intentando hacerse el divertido y disimular, al mismo tiempo, la ansiedad que lo domina.

La puerta de la zapatería se abre de par en par y entra alguien casi corriendo:―¡Hubo un accidente! ¡¿Tienen un celular?! ¡¿¿Alguien tiene un puto celular??! ¡Estoy segura de que estos hijos de puta no lo sacan por no gastar el puto crédito!―urge, demandante, una mujer de unos treinta años, que no necesita altura ni escotes para hacer evidente su presencia en ningún lado, y, mucho menos, en esta zapatería atendida por un mujeriego de fuste en compañía de su inexperto amigo:― ¡Rápido! ¡Que se muere!

Para ese entonces, los chicos (bueno, no tan chicos) ya han dado sendos saltos, tirado el tablero al piso y desparramado los trebejos por todo el alfombrado, y —al tiempo que sacan de sus bolsillos los teléfonos móviles para pedir ayuda— se abren paso a ambos lados de la mujer, sorteándola, para llegar más rápido a la calle.

Fue muy rápido, escuchas el aullido de cubiertas contra el asfalto… Ya no.

Silencio..

Pasos. El sol llega a través de tus párpados en un rosado claro y tibio, inusualmente cálido. Se van acercando. ¿Ellas? Debe ser por las sombras de los curiosos rodeándote… —que ganan los rasgos de tu cara seguro desfigurada por el golpe— …que oscurece.

Sabes que están susurrando cosas, aun así, no oyes nada. Quieres, pero no. Nada. Hablan de ti, del conductor, del clima… Qué importa. Sólo importan Ellas. No los oyes, e igual, sigues yaciendo allí… sordo… solo.

Clarean tus párpados nuevamente. Se retiran un poco. Aire, al fin, ¿pero qué sentido tiene?

Sabes que te cegará la luz del día, del sol absorbiéndolo —casi— todo. Sabes que hacerlo implica dolor… pero decides obedecer a esa voz interior que te susurra, como si fuera Ella:

«ABRE LOS OJOS»

Andrea, ya de regreso en el lugar del accidente, pide a la persona que tiene enfrente, sin mirarla:― “¡Necesito ayuda! ¡Llame a una ambulancia, a la policía, no sé …a alguien …quién sea!”, mientras la señora bajita asiente y mira hacia atrás, en busca de otro alguien a quien, a su vez, pasarle el recado, porque ella está muy ocupada llenándose las pupilas de información valiosa para después poder contarles todo a sus amigas, contarles que ella estuvo allí, en el accidente, sí, sí, y que lo vio todo…

Por suerte, Alguien (Esteban) avisa que el accidentado está reaccionando. Desde hace unos momentos, todos los convidados al evento que tienen celular, están tratando de comunicarse con la policía, los bomberos, seguridad civil… pero nada. Es como si todas las fuerzas públicas hubieran elegido justo hoy para hacer paro. Con sumo cuidado, resuelven trasladar al accidentado (Rubén dijo que se llamaba) en una camilla de peluquería adaptada ad hoc a la casa de Esteban, ubicada justo enfrente de donde ocurrió el siniestro. Los vecinos estuvieron girando por el lugar un rato más, y acabaron por regresar a sus casas, en parte, echados por Sergio y Esteban, que hacían las veces de franja de seguridad y muro de contención, entre los curiosos y el lugar del hecho.

Finalmente, entran a Rubén a la casa de Esteban, en la camilla improvisada, y lo depositan sobre la mesa del comedor, una amplia y robusta exponente de su clase, en la que seguramente podrían almorzar diez personas con la mayor comodidad.

Todo este tiempo, Rubén ha estado consciente, pero en ningún momento se le permitió incorporarse: «Por precaución, por si tienes algún hueso roto o herida interna que no podamos ver», le comunicaba, sospechosamente solícita, una muchacha rubia no muy por arriba de los treinta, con voz por demás responsable. Acaso fuera enfermera, o mejor aún, médica… Pero no, Rubén no lo cree así, porque entonces ella se mostraría más resuelta y no tan insegura, por otra parte, a lo de que no hay que mover a los accidentados luego de los siniestros, era algo que hasta él lo sabía, aunque —al igual que la rubia— tampoco sabía bien a qué se debía tal medida de precaución.

Brevemente, le cuentan lo sucedido. Mientras lo hacen, Rubén se muestra demasiado calmo para con sus interlocutores —Sergio piensa que está drogado, y se esfuerza por ver si sus pupilas están dilatadas, pero no alcanza a distinguirlas con claridad, y tampoco quiere quedar mal acercándose tanto al desconocido—, antes de llegar al final, Rubén los interrumpe, sin abandonar la calma:

―¿Llamaron a una ambulancia?―pregunta, el viudo, a todos los presentes, que no son más que tres, Andrea, Esteban y Sergio, y continúa:― …Tengo obra social, el carné está en mi b…

―No te molestes, amigo, no contesta nadie. Ni doctores, ni canas, ni un mísero hospital. Todos tienen las líneas caídas, o se fueron de joda. Por eso te trajimos acá, a casa, moviéndote lo menos que pudimos. Pero parece que estás bien, igual.

Era la voz de Esteban. Mucho más tranquilizadora que la voz de la rubia.

―¿Alguno de ustedes es médico? ¿Enfermero?―se esperanza Rubén.

―No, viejo. No tuviste suerte… ―trata de animar un poco, Sergio, esbozando una sonrisa.

Sólo por curiosidad, Rubén mira a su alrededor y ve una bella e iluminada casa, notablemente ordenada y limpia, con algún que otro lujo, pero no mucho, se ve que la mujer del circunstancial anfitrión es dedicada. Este pensamiento lo hace recordar a la suya propia, y una nube negra amenaza con hacerle perder el conocimiento, por tercera vez en el día. Sigue mirando, para distraerse: A su derecha, sobresale una biblioteca empotrada, muy grande, que ocupa toda una pared, aunque se parece a la suya, reflexiona Rubén, porque sus estantes están más llenos de adornos, recuerdos y portarretratos, que de libros. Al fondo de la habitación, alcanza a ver un ventanal que da a un patio con mucho verde, desde donde lo miran dos enormes perrazos: uno negro y fuego, y el otro todo blanco, seguramente de diferentes razas; Rubén no sabe nada de perros, pero ve que ambos tienen los hocicos cuadrados, como los perros que usan en las peleas de las películas; ambos tienen la mirada atenta sobre el grupo de personas, en particular, sobre los movimientos que hacen los desconocidos; y ambos, también, son igualmente intimidantes.

―Lindos cachorros…―comenta Rubén, por cambiar de tema y romper el hielo.

«Sí, la verdad es que parece drogado… de hecho, seguro lo esté.»

―¿Te gustan?―contesta Esteban, sintiéndose halagado por el elogio que les brinda, el desconocido, a sus dos amigos:― Son Ona y Charrúa, mis dos compañeros. Ona es el dogo argentino, y Charrúa, el rottweiler.

―Ahhh…―acota el accidentado. Aún sin saber cuál es cuál, por supuesto. Ni si son machos o hembras. Los nombres no le dicen nada. Sólo sabe que:― Dan miedo…

Esteban lo tranquiliza (nuevamente):― ¡Pero son más buenos que el pan de salvado!―Y se dirige a sus animales en tono cariñoso:― ¿No es cierto, chicos?

Ona y Charrúa mueven sus colas (este último, apenas tiene un muñoncito, pero lo mueve igual de contento), y se relamen, prestos para jugar.

―Decí que si uno no los conoce, “dan miedo”, porque si entran choros, seguro estos dos les llevan una pelota para jugar…―aporta Sergio sin perder su tono jocoso.

―Igualmente, con ellos, no creo que nadie se meta en tu casa, Esteban.―agrega Andrea (con quien ya habían intercambiado nombres), para no quedar fuera la conversación. De a poco, volviendo a ser ella misma, ya más aliviada de que todo «hubiera salido bien».

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