La Función del Autor en la Actualidad. (Ensayo, 6/7)

4. EL AUTOR Y SU OFICIO

4.1. Definición de Autor

El autor es un ser “completo” ―o, al menos, autónomo― guiado por un cúmulo de propósitos e intereses que unifican o que tiñen de una finalidad toda su producción. Esta “finalidad”, sin embargo, lejos está de la teleología de la que hablamos e intentamos ―con éxito, espero― despegarnos antes, en este mismo ensayo. El autor no está ahí-para-algo (misión → futuro), como dijimos, pero sí está-ahí-por-algo (pasado ← causa).

Recordemos por un momento nuestra previa interpretación del individuo como una serie de planos relativamente independientes unos de otros, pero unidos a través de la consciencia; dicha interpretación nos previene de encasillarnos en la sola faceta de “escritor“ de ninguna persona.

Tampoco vamos a entrar en los bizantinismos foucaulteanos (aunque los mencionaremos) que desplazan al sujeto: el autor existe y tiene nombre y apellido, aunque la faceta “autor” sea apenas uno de esos planos de esa persona, entre tantos otros, y está condicionado por todos los demás, por supuesto. De manera que si el mercado reina en la actualidad, es lógico que el plano económico sea uno de los más determinantes en nuestra existencia, incluyéndonos como autores.

Sin embargo, el plano “del artista” en una persona es un plano que atraviesa a los demás de una forma tajante y sumamente influyente. Más que otros planos o roles. La razón estriba en que la inmensa mayoría de los roles sociales que personifica cada individuo dentro de la sociedad a la que pertenece están muy acotados en tiempo y espacio: por ejemplo, una persona es futbolista sólo cuando está jugando al fútbol, y poco tiempo después; una persona es fanática de los videojuegos cuando está jugándolos, o a lo sumo, cuando los está comprando, y poco tiempo después; un comerciante, por ejemplo, no es comerciante cuando está sentado a la mesa almorzando con toda su familia, ni un médico lo es cuando está dentro de un supermercado o cuando está de viaje turístico, a menos que alguien se convierta accidentalmente en su paciente tras sufrir algún accidente. El escritor, sin embargo –y en esto están de acuerdo Abelardo Castillo, Henry Miller, Juan L. Ortiz, etc., etc., etc. la lista es interminable (y sólo basta preguntar a nuevos autores para agrandarla)– …es escritor todo el tiempo: es escritor cuando escribe, pero también cuando almuerza con su familia, cuando está de viaje, cuando juega al tenis y en las charlas con sus amigos, el escritor es escritor aún mientras tiene relaciones sexuales. Claro que hay salvedades, y matices de carácter cualitativo: en este último ejemplo, sobre todo, pero asumimos que el lector ha entendido la idea general.

Debemos tener en consideración dos aspectos, al menos, el primero, es que no se trata de establecer que una actividad o plano individual es mejor que otros, ni que la trascendencia sea positiva o negativa para el individuo en cuestión; el segundo aspecto tiene que ver conque no debemos olvidar que los auto-elogios que se propician los escritores ―tan repetidos en todos los idiomas, en todas las épocas― son tan razonablemente lógicos, y al mismo tiempo poco confiables, como los auto-aumentos de los legisladores: al ser ellos mismos los únicos que legislan tales aumentos, ¿cómo no propiciárselos si no habrá nadie que los sancione por ellos?, o en el caso de los escritores: ¿quién escribirá bien sobre ellos, sino ellos mismos? Claramente vemos que lo lógico no implica legitimidad, ni la excluye; …pero existe.

De modo que somos un sujeto condicionado y condicionante (es precisamente para llegar a esta conclusión, que nos detuvimos tanto en los capítulos anteriores: es el contexto lo que marca a fuego el carácter de cada uno de los autores, así como la naturaleza de su oficio es la que determina la forma en que los mismos van a relacionarse con su entorno en tanto que “clase”), incluso hemos esbozado el rol del autor, pero seguimos sin definir qué es lo que hace autor al autor. Y la respuesta no debe hacerse esperar: un autor se define por su obra.

La actividad autoral puede desarrollarse por diferentes carriles, a partir de distintos patrones, y cada “tipo” de autor debe ser tratado separadamente, pues su naturaleza es diferente. No es lo mismo escribir por encargue que por placer, no es lo mismo escribir por necesidad económica, que hacerlo por necesidad catártica. De igual forma, una cosa es definir al autor por qué es lo que hace, y otra, que lleva a lugares muy lejanos, es definir al autor por cómo hace lo que hace. Por ello, definiremos al autor a través de dos enfoques: la relación del autor con su obra y la relación del plano autoral del individuo con los demás “planos” de éste, teniendo en cuenta la naturaleza indivisible-no-monolítica de los individuos en comunidad, es decir, la interpretación de los planos antes mencionada.

Pero antes de continuar con nuestras definiciones, nos parece oportuno insertar unas palabras a propósito del texto “¿Qué es un autor?”, en el cual Michel Foucault nos pregunta de forma descarada: “¿Qué importa quién habla?“, e inmediatamente niega la existencia del autor-individuo, para luego efectuar su famoso desglose:

«La desaparición del autor se convirtió, para la crítica, en un tema dominante en lo sucesivo. Pero lo esencial no es constatar una vez más su desaparición; hay que localizar, como lugar vacío ―indiferente y apremiantes a la vez― los sitios en donde se ejerce su función.» (Foucault, p. 5)

Estos “lugares” donde se ejerce la función del autor inexistente serán “el nombre del autor” , “la relación de apropiación”, “la relación de atribución” y “la posición del autor”. Por más provocativa que sea la aseveración de Foucault, es más que obvio que el filósofo hace desaparecer al autor-como-individuo en función de la guerra que en esa época estaba llevando el estructuralismo en contra del sujeto (más tarde retomada por el posmodernismo), y lo hace de acuerdo a dos premisas:

La primera es interna al tema desarrollado y tiene que ver con la esencia poderosamente colectiva de la cultura.

En su aspecto negativo esta “colectividad” se opone a la autenticidad individual, a la originalidad; cuanto más leemos ―cualquiera sea el área del conocimiento humano que estemos indagando―, más descubrimos que no somos originales: quien se crea original, es porque no ha investigado lo suficiente, y nos permitimos aseverar esto con la fuerza de los hechos, aunque nuestros amigos constructivistas digan que los hechos no existen…; y entonces adquirimos la percepción nostálgica (…y errónea, por cierto) de transitar una época en la que ya “todo ha sido dicho”: tal cantidad de investigadores ha vivido a lo largo de la historia que nos precedió, que seguramente el tema sobre el que estemos investigando ya ha sido abordado de manera equiparable por alguien antes que nosotros. Incluso en las artes ―sea poesía, música, o cualquier otra―, ya alguien ha incursionado en eso hacia lo que nos dirigimos… Esta situación, puede desalentar a cualquiera. ¿Vale la pena seguir abultando con matices insignificantes? Para nosotros los autores, aquí es donde cobra aún más importancia el costado catártico/placentero de la producción artístico-intelectual, pero eso es otro tema. Lo importante ahora es mencionar la barrera de “reiteración” que hay que superar para entrar en el verdadero territorio inexplorado, y lograr la originalidad, que en efecto, y a pesar de la sensación de que no “hacemos” nada nuevo, existe.

Sigamos con Foucault, esta vez, de la mano de Hodgson, y retomemos luego la idea anterior:

«El “autor”, tal y como lo define Foucault, no es pues un sujeto específico que responde a la pregunta: “¿quién escribe?”, sino una función propia del discurso, transformada luego en una categoría, un criterio de clasificación y ordenamiento por medio del cual se asigna al texto y a su producción un “autor” específico.» (Hodgson, 2005, p. 106)

Foucault no sólo elimina al Sujeto en aras de la Estructura: por pura formalidad falsamente humilde, por mera incitación discursiva, Foucault tira la toalla. Pero no lo hace de forma sincera: él antes que nadie, como uno de los filósofos europeos más influyentes del siglo pasado, sabe que hay territorio por descubrir de sobra (la barrera de “lo inexplorado” de la que hablamos). Y de esta manera, al neutralizar la primera premisa, llegamos a la segunda razón por la que Foucault asevera la desaparición del autor:

Foucault recurre a esta provocación para trascender, para llamar la atención.

La historia de las ideas nos dice que entre dos pensadores igual de profundos o trascendentes, sobresale el más provocador: el ruido, los gritos, atraen miradas, y las miradas, el reconocimiento. Esto, si el pensador se lo merece, claro, pues una vez obtenida la atención a través de la forma, es menester retenerla por medio del contenido. Diógenes el cínico fue uno de los primeros. Nietzsche es la apoteosis de ello en nuestra era. …Y Foucault ha aprendido muy bien el oficio.

Invito al lector a relacionar esta metodología de agitar las aguas para llamar la atención, con el componente que provocativo del arte: Los mismos motivos por los que sobresalen los pensadores más provocadores no hacen más que reforzar al arte como catalizador social de gran importancia, ya que la obra artística es provocativa por naturaleza. Llama la atención por naturaleza.

Volviendo a Foucault, nosotros no estamos del todo de acuerdo con omitir la influencia de los demás planos del individuo-artista en la definición de autor. Pero tampoco vamos a desestimar de plano este tipo de abordaje. Es notable ver con cuanta frecuencia filósofos de segundo orden (pues, claro, si fueran “de primer orden” no lo harían) desechan teorías preciosas y precisas de otros filósofos sólo porque van en contra de las de ellos. Y hacen esto de manera descuidada, que tira por tierra todo el esfuerzo que venían realizando en la construcción de sus propias teorías. Como que ningunean las teorías ajenas de una manera que no guarda coherencia con la preocupación que venían demostrando en el tratamiento de determinado tema. Las desechan, sin más, porque no les sirven, sin analizarlas en profundidad, sin tomar de ellas lo que sí sirve. Nosotros, en cambio, aun a riesgo de aparecer blandos, buscamos la comprensión, la integración, el consenso, siempre que podemos: Rescataremos las funciones que Foucault le atribuye a la función-autor, sin borrar al sujeto de la faz de la tierra. …No podríamos negar la función del autor cuando se manifiesta tan a menudo en cuestiones como la que cita Castoriadis: “¿Por qué el mismo trozo, digamos, una sonata ‘número 33’ de Beethoven, sería considerado como una diversión si hubiera sido escrito por cualquier contemporáneo, y como una obra maestra imperecedera si fuera descubierto de repente en un granero de Viena?” (Castoriadis, 2008, p. 30)

4.1.1. A través de su obra

Aunque hay muchos tipos de escritores y cada uno de ellos posee una combinación particular de experiencias y motivaciones que le es propia, sabemos que ningún autor puede salir de sí mismo: el escritor es, entonces, su escritura, su obra lo define, es lo que lo hace precisamente, pertenecer a ese grupo de individuos.

No nos detendremos en este punto pues hemos dedicado casi un capítulo a definir la obra de origen o esencia artística. Baste decir que “artista es quien hace obras de arte…” A pesar de su provocativa recursividad esta definición es la más tradicional (y la más mística). Pero es la menos trascendente, ya que en el día a día, se ve casi completamente contaminada, lo cual demuestra que el arte es un oficio elitista, como veremos en unos momentos.

4.1.2. A través de su relación con su obra

Como una persona de carne y hueso, la postura que toma un escritor ante su obra es una de las distinciones más importantes que podemos realizar entre y sobre los autores. Tan importante es esta postura, que determina si dicho oficio será una elección cuasi-indistinta o un destino ineludible (que nace en el compromiso consciente)

Podemos identificar los tipos de acuerdo a los intereses motores: desde una perspectiva Interior-Exterior podemos encontrar aquellos en los que predomina la escritura por placer, y aquellos en los que predomina el deber (sea por necesidades económicas, o por el deber moralmente auto-impuesto de intentar cambiar el mundo). Desde una perspectiva Exterior-Interior: hallamos aquellos autores en cuyo arte predomina la institucionalidad (autoridad externa, trayectoria, defensa o acrecentamiento del prestigio, círculo artístico) o aquellos cuyas obras están predominantemente marcadas por pulsiones catárticas originadas en el exterior (desahogo por presiones externas, individualismo positivo, etc.)

Hay autores-sistema, y dentro de este grupo, autores-sistema-críticos y autores-sistema-incondicionales; hay autores-renegados, y dentro de este grupo, a su vez, autores-renegados-intransigentes y autores-renegados-flexibles; hay de todo. Y nada de esto define ni excluye al concepto de autor.

En el arte (y sobretodo en las ramas del arte que conforman los medios masivos o mainstream) se da el hecho de que el posicionamiento o la caracterización inicial del autor en relación con su arte y con sus otros roles dentro de la sociedad, determina de qué manera hemos de considerarlo, con un grado que no siempre existe en las demás actividades. Este posicionamiento se ve afectado, muchas veces por la relación que los autores tienen con el Poder, en términos de dependencia económica, pero también, con el circuito de las artes (audio-)visuales o performativas para las que escriben. Como cabe esperar, el prestigio, la trayectoria, en estos casos, juegan papeles muy importantes, sin embargo, no todo es lo que parece: en un mundo cultural abstracto donde prácticamente todo, incluyendo los valores morales, es dejado atrás por el frenesí acrítico del “movimiento por el movimiento”, donde “lo que es” será desplazado y reemplazado, el ejemplo de lo que hace el vecino, plasmado en las estadísticas, en números concretos, se llevan las de ganar.

«Siempre que el problema, por naturaleza, sea susceptible de ser resuelto por individuos y por medios de esfuerzos individuales, la persona que busca consejo necesita (o cree necesitar) un ejemplo de lo que han hecho otros hombres y mujeres enfrentados con un problema similar. Y necesita el ejemplo de otros por razones aun más esenciales: hay mucha más gente que se siente “desdichada” que gente capaz de identificar y nombrar las causas de sus desdichas. […] La observación de la experiencia ajena, la posibilidad de atisbar las tribulaciones de los demás, despierta la esperanza de descubrir los problemas causantes de la propia desdicha, darles un nombre y buscar las maneras de combatirlos o resolverlos.» (Bauman, 2006, p. 72)

«Tal como observara Daniel J. Boorstin con agudeza, aunque no en broma, en The Image (1961), una celebridad es una persona famosa por su fama, así como un best-seller es un libro que se vende bien porque tenía buena venta. La autoridad sirve para engrosar las filas de los seguidores, pero en un mundo con objetivos inciertos y crónicamente indeterminados, el número de seguidores es lo que define ―y es― la autoridad.» (Bauman, 2006, p. 73)

Aquí no hablamos de calidad, sino en la decisión del autor de liberarse de las instituciones del circuito artístico más retrógradas, sin cuya independencia no se logra la autenticidad ni el estilo propio. [Autenticidad concreta, reflejada en el estilo tan característico y asignante (más funciones de autor foucaulteanas) que toman las obras de autor, gracias al cual es posible la cultura de autor, donde las obras son buscadas y “consumidas” de acuerdo al guionista o al dramaturgo que las escribió.] Vale la pena volver a cuestionarnos sobre la autoridad, más allá y más acá del círculo institucionalista literario al que los autores de obras dramáticas pertenecen. Al respecto, Mijail Bakunin tiene ideas muy interesantes para transmitirnos:

«Cuando se trata de zapatos, prefiero la autoridad del zapatero; si se trata de una casa, de un canal o de un ferrocarril, consulto la del arquitecto o del ingeniero. Para esta o la otra ciencia especial me dirijo a tal o cual sabio. Pero no dejo que se impongan a mí ni el zapatero, ni el arquitecto, ni el sabio. Les escucho libremente y con todo el respeto que merecen su inteligencia, su carácter, su saber, pero me reservo mi derecho incontestable de crítica y de control. […] Pero no reconozco autoridad infalible, ni aun en cuestiones especiales; por consiguiente, no obstante el respeto que pueda tener hacia la honestidad y la sinceridad de tal o cual individuo, no tengo fe absoluta en nadie. Una fe semejante sería fatal a mi razón, a la libertad y al éxito mismo de mis empresas; […]. Si me inclino ante la autoridad de los especialistas, si me declaro dispuesto a seguir en una cierta medida durante todo el tiempo que me parezca necesario sus indicaciones y aún su dirección, es porque esa autoridad no me es impuesta por nadie, […] Me inclino ante la autoridad de los hombres especiales porque me es impuesta por la propia razón. Tengo conciencia de no poder abarcar en todos sus detalles y en sus desenvolvimientos positivos más que una pequeña parte de la ciencia humana. La más grande inteligencia no podría abarcar el todo. De donde resulta para la ciencia tanto como para la industria, la necesidad de la división y de la asociación del trabajo. Yo recibo y doy, tal es la vida humana. Cada uno es autoridad dirigente y cada uno es dirigido a su vez. Por tanto no hay autoridad fija y constante, sino un cambio continuo de autoridad y de subordinación mutuas, pasajeras y sobre todo voluntarias.» (Bakunin, 2003, p. 32)

Yo recibo y doy, tal es la vida humana”, dirá Bakunin. Y en esas escasas palabras, resume todo el contenido de nuestro ensayo, de manera absoluta.

Pero debemos continuar.

Cuando hablamos de libertad, no la oponemos a los trabajos por encargue a los que debe atender el autor, sería una postura poco realista: “Afirmar que la ausencia de libertad ahoga la creatividad, o que no puede existir una obra de genio por encargo. A decir verdad, estas aserciones son falsas […] En casi todas las artes y casi siempre el artista ha trabajado por encargo.” (Castoriadis, 2008, p. 40). Sin embargo, debemos prestar atención también a las siguientes palabras de Octavio Paz:

«Ningún príncipe o papa del Renacimiento fue más generoso que los mercaderes de hoy con los artistas (no digamos con los deportistas, por caso; acotación mía). Pero son príncipes ciegos que reducen el valor del arte a su precio. Comprendo las razones de los defensores del mercado: sin mercado tendremos la imposición de una dictadura económica que produce, como en los países totalitarios, la corrupción y la hambruna. Pero la extensión de las leyes del mercado al ámbito de la cultura deja expuestos a los pueblos a terribles peligros del orden espiritual, moral y político, como vemos en los países capitalistas de Occidente. No tengo respuesta a esta pregunta, al menos en la situación actual del mundo.» (Castoriadis, 2008, p. 91)

Podemos preocuparnos, como lo hizo Paz ante la situación de la cultura actual, pero no caigamos en el error de querer cambiar las leyes del mercado desde la moral, pues dichas leyes son amorales. Podemos evaluarlas desde allí, pero la moral nunca será herramienta que funciones dentro de los mecanismos y engranajes del mercado.

Hablamos del único compromiso que parece quedarnos: el del autor con su obra, pero desgraciadamente, desde un punto de vista de masividad, de “llegada al gran público”, predominan los autores formulistas y mercadotécnicos, que funcionan como veletas que atienden al mercado antes que a los componentes de lo artístico. Autores “de best-sellers” que describe acertadamente Castillo:

«El autor de best-sellers, hablando en general, es un escritor profesional. Busca primero un tema, o se lo buscan, y después organiza una historia que de antemano es un éxito. […] El escritor, el poeta, es cualquier cosa menos un profesional, salvo que le demos a la palabra profesión su antiguo valor etimológico, el de profesar, […] pero entonces no escribe artesanalmente, escribe lo que debe o lo que puede. Tengo mis serias dudas de que un buen escritor pueda escribir sobre cualquier cosa. Incluso cuando imagina escribir “a pedido” es porque ese pedido coincide con algo que, íntimamente, él quería escribir o le importaba escribir. […] Por ejemplo, a nadie se le ocurriría pensar que, por bien que hiciera lo que hacía, la Madre Teresa era una buena profesional.» (Castillo, 2007, p. 73-74)

No es necesario incurrir en el absolutismo o la intransigencia de Castillo, para darse cuenta que dicho autor-veleta (sin desmerecerlo, ni considerarlo de manera despectiva) se ubica en un punto neutro respecto de su función del autor como catalizador social. No favorece ningún cambio social. Sólo se limita a contribuir con la proliferación de obras con la que alimentar la máquina insaciable de la “modernidad líquida” baumaneana. Aunque el autor de estas características jamás deje de hacer arte, más que artista, es un mercader, un despachante. Para este tipo de autor, la escritura no es un plano trascendente en su existencia más que desde el punto de vista económico, y entonces, se vuelve equiparable a cualquier otra actividad, al perder la singularidad de lo artístico que venimos describiendo durante el presente trabajo.

Acaso por motivos equivalentes, aquel autor para quien el arte no sea elección, sino destino (pero no un destino innato, sobrenatural, sino un destino de sinceridad y compromiso auto-impuestos, de aquí hacia adelante), por su forma de hacer arte, implementando menos fórmulas seguras, rehuyéndole a la comodidad, incursionando en lo desconocido, será el que más incida en el cambio social: «Crear (y, por lo tanto, también descubrir) siempre implica transgredir una norma; seguir una norma es mera rutina, más de lo mismo, no un acto de creación.» (Bauman, 2006, p. 218)

No debemos olvidar que todas las cualidades que hacen a la naturaleza de lo artístico, como dijimos, inciden en mayor medida cuanto mayor es la independencia del artista, desdibujándose progresivamente en caso contrario. Por lo tanto, en una situación ideal, el arte debiera generar ingresos para quien la produce, puesto que en efecto juega un papel muy importante en la sociedad. No estamos mistificando en este punto. Es notable el hecho de que cuanto más compromiso hay entre un artista y su obra, más hermanado se siente con los demás artistas, independientemente de la disciplina que desarrollen: música, letras, artes visuales, plásticas o performativas. Esta gran identificación entre artistas de diversas especialidades se debe a lo que tienen en común todas las artes, que más allá de ser lo que define al hecho artístico, es la demostración de que lo artístico per se existe y es mesurable, más allá de todo reduccionismo psicológico, sociológico o economicista por separado.

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