“Los Nuevos” – Novela de zombies por partes. (09/35)

“Pedro”

Casi nunca me doy cuenta de que tengo ganas de llorar hasta que es demasiado tarde. Y para ese entonces, ya me estoy regocijando de lo bella que es la vida y he olvidado por completo lo que significa conocer y darse cuenta.

Hoy es un día de esos… O, mejor dicho, una noche…

Llueve, y me esfuerzo en vano por alcanzar con la mente la imagen del sol escondida detrás de esos sucios algodones de nieve. No tengo otra cosa más que hacer que ver televisión. En lugar de Marga —¿por qué se habrá ausentado del canal?, ya le preguntaré— habla un reportero nuevo, pero de los mismos temas del noticiero de las 22: los pormenores del cultivo de transgénicos (trato de recordar sus nombres peculiares pero, aunque se trata evidentemente de frutos distintos entre sí, y aunque se supone que yo tengo que conocerlos, los ubico sólo por aquella denominación genérica, apenas diferenciándolos por sus colores). Pobre Marga, siempre había ansiado tanto vivir de lo que más quería… y vaya que debió conformarse con lamer zapatos por mucho tiempo, pero por suerte conoció a Héctor. Ahora él era el que los lamía. Y ella había logrado lo que siempre había querido.

Amigos desde la infancia, sus ojillos grises, lluvia ácida, velaban por nuestra seguridad —la mía y la de Marcos— las veinticuatro horas… y eso que yo era el mayor de los tres, tal vez incidiera el hecho de que las mujeres maduran antes, no lo sé. Por fortuna para ella, yo me la pasaba leyendo. Tiene treinta-y-tantos, y dos vidas atrasadas.

La amo.

(Pero la amo como se puede amar a un perro, como amo a la luna, a la Filosofía.)

A Brenda, en cambio, no.

A Brenda la amo insoportablemente. Lo mío es ya una necesidad, no crean que no me doy cuenta. Siempre me doy cuenta de las cosas, desgraciadamente. Y por eso la amo tanto, por eso la necesito tanto, como se necesita la inmortalidad. E igual de inalcanzable. O tal vez más.

La habitación está en el octavo piso. Desde la ventana se pueden vislumbrar las casitas humildes del otro lado de la ferrovía. Suelen suceder fenómenos como el de reconocer en aquella ferrovía a un separador natural de clases sociales: pareciera que el ser humano tiene ciertas estructuras esenciales reprimidas en su interior, que a la menor oportunidad, y apoyándose en accidentes externos, escapan aullando libertad y modificando la conducta de las personas, determinando sus movimientos aquí fuera, donde el cielo es azul y está por sobre nuestras cabezas. De este otro lado de la vía sí se pueden ver autos último modelo y jardines bien cuidados, …por jardineros de aquel otro lado.

Pedro sufre varias veces al día el agotamiento del pensamiento. Piensa demasiado. No está preparado para pensar o, al menos, no más de lo que Beethoven estuvo preparado para soportar la sordera, o Borges el quedarse ciego. Se suponía que dios —con perdón de la palabra, como decía Cortázar— cuidaba de sus criaturas, pero Pedro tenía serias dudas al respecto…

Él tiene ojos y piel de esquimal, el pelo renegrido brillante está lustroso, nada de opacidad que acaso sea el contraste de la nieve en aquellos antepasados. Sus dedos son cortos —en contraste con su largo cuerpo—, pero finos y agarran bien la lapicera. Se amoldan bien al arte de escribir, …aunque a veces su dueño les da franco y se limita a dictarle ideas y frases trilladas a su grabador de mp3, conforme va repasando las molestias diarias, orgasmos psicológicos esporádicos, las insoportables delicias mentales que viven ocupándolo. Autoterapia que le dicen. También, a veces, llena la virtualmente interminable memoria del aparatito con tribulaciones literarias que lo chupan, a veces. Y si nada de lo anterior satisface a nuestro escritor, siempre queda la notebook. Bendita tecnología.

Sin apagar la T.V., Pedro se levanta del sillón y vuelve al escritorio. Frena a mitad de camino. Piensa un rato. No le gusta, pero no le cuesta. Decide ir a la cocina a prepararse una infusión. Mientras tanto, reflexiona sobre la novela que está escribiendo. Está buenísima, se dice y se convence. Lástima que no convenza a los demás. Los editores le dicen que su trabajo es muy oscuro y rebuscado, y que para eso ya está la realidad. Por eso no lo publican. Por suerte, Pedro tiene el campito, para ir tirando…, por suerte, además, porque gracias a los pocos pesos que saca de hacer trabajar la tierra, puede escribir lo que quiere, aunque no se lo publiquen. No soportaría venderse por unas monedas. Siempre se compadeció por esos pobres artistas que deben amoldar su arte a martillazos para seducir al Sr. Mercado y que, de tanto amoldarse, terminan cabiendo todos en la misma horma. Prostituyéndose por un poco de comida. O por aplausos, que es peor. No señor. Pedro prefiere solo, antes que mal acompañado.

Vuelve al escritorio con la taza de té entre sus manos.

Se sienta. Enciende el monitor. Escribe:

«…Brenda toma a Diego entre sus brazos y lo besa desesperadamente. Diego no responde. El veneno está surtiendo efecto, pero él no se deja vencer. Entre las caricias de su amada, a través de sus cabellos color trigo, se vislumbra una sonrisa irónica, la última sonrisa del viajero, una que se ríe de Dios y del Diablo por igual, como diciendo: ¡¿Qué son los jueces ante la férrea voluntad de un hombre?!…»

Lo que Pedro no le contaría ni a su sombra es que, en lo más profundo de su ser, lo tranquiliza que no publiquen su obra, porque entonces puede trabajar en paz, y porque publicar implicaría sacar a la luz la verdad. Y entonces, todos, empezando por la principal involucrada, se darían cuenta de que Brenda es el alter ego de Marga, todo lo que Pedro ama de ella, todo lo que hace que no pueda vivir sin ella, …pero sin sus fallas, sin aquello que Pedro no puede tolerar de Marga, su verdadero amor.

Pedro se ha auto-convencido a sí mismo de que Marga no le conviene porque tiene decenas de defectos, el peor de ellos: su terquedad. Entonces, mejor es ayudarla a perfeccionarse sobre el papel —y quién mejor que él: «¡el mejor escritor vivo sobre la Tierra!»—. Luego, de la materia prima de ella, y de la pluma de él, nacería una Marga plena, con todo su potencial llevado a la máxima expresión, Perfecta. Combinación a partir de la cual, nacería Brenda, la esclava más libre que habría conocido la humanidad, y Pedro demostraría al mundo que las medias naranjas sí existen, y los príncipes azules, también.

Pero los planes no estaban desarrollándose por su debido cauce. Había habido algunos pequeños imprevistos.

Pedro siente escalofríos, se para, camina por la habitación para despejarse.

Sobre la mesita redonda que, aunque pequeña, domina el cuarto, tres volúmenes distintos, ediciones especiales tapa dura, de «1984». Uno de ellos, muy manoseado, tiene entre sus páginas siete irregulares señaladores improvisados a partir de una misma hoja manuscrita hecha jirones; las otras dos ediciones parecen nuevas y sin uso, como si estuvieran esperando ser regaladas a alguien luego de la dedicatoria de rigor. Nada puede ser tan distinto: en realidad, Pedro ya había dedicado y regalado esos tres libros varios años atrás, a tres personas que habían significado mucho para él (1984 significa mucho para él). Al bifurcarse sus caminos de manera inexorable, Pedro decidió entrar a sus casas y robarse aquéllos, probablemente, en un infantil intento de recuperar al menos parte de lo que él les había brindado a lo largo de su amistad (y noviazgo en uno de los casos) y que ellos, desagradecidos, habían olvidado como si nada. No tuvo demasiadas complicaciones pues las casas de los dueños de los libros habían sido muy frecuentadas por Pedro y entonces en las tres oportunidades fue como robarle un dulce a un niño. Sólo había que cerciorarse de que no hubiera nadie en casa, entrar, saludar al perro —también archiconocido por nuestro ratero literario—, hurgar un instante en la biblioteca, y marcharse. Lo más difícil había sido, en los tres casos, encontrarse con el pasado; en ninguna de las oportunidades salió del todo indemne.

Las paredes del cuarto que da a la vía son azules, de ese azul sinceridad que le agradaba tanto a Marcos. Un tono casi oscuro sin llegar a ser demasiado opaco ni a molestar por su brillo, ideal, considerando que Pedro es solitario por naturaleza y su único vicio, aparte de las mujeres que lo ignoran, son sus libros.

Las formas curvilíneas del piano le recuerdan cenas a las siete y media de la tarde en la casa de su abuela allá en Mendoza. Cada vez que le vienen a la cabeza esos tiempos, sonríe con la misma expresión tierna, pero condescendiente, con que lo hace cuando sus pensamientos lo llevan dentro de las mentes de los humanos que coexisten con él. Siempre odió el piano, la maestra lo trataba como a un chiquillo. Ella debía de haber tenido, por lo menos, cuatro años menos que él. …y el vaso. El vaso que ahora hacía las veces de plantera, y que no estaba medio vacío ni medio lleno, tal vez muy parecido al vaso vacío y la necesidad espiritual de los que hablaba Felisberto Hernández. Aquel vaso que, apenas verlo, acaba de exhumar de su memoria a Brenda, la chica que bebía de una copa transparente, clara, concreta… [Brenda… cuando, graciosa, respondía cosas como: «¡Tenés excusas para todo… es impresionante!» ―…Lástima que las excusas para besarte no me bastaron… ni para tenerte… ni para nada… sólo, y muy de vez en cuando, para mirarte…― «Para besarme no busques excusas… mucho menos para tenerme ¡¿…Es que los hombres nunca aprenden?!», y que «siempre me sentí atraída por ese hombre que pelea, que defiende, que lucha, que posee palabras dulces y llenas de un peso filosófico, que me cuidaba y defendía desde muy pequeña, ese hombre que siempre me dio mi lugar y me respetó, pero como niña que era…, llena de miedos…, porque ese hombre significaba mucho para mí y el miedo a perderlo, me llevó a negarlo». ¡Ah…, Brenda!―Pedro frunce el ceño, se agarra las sienes, sacude enérgicamente la cabeza:―¡Marga! …¡Ay, …Marga!

El hombre de la T.V. termina de hablar del clima, los yuyos, la inmortalidad del cangrejo, o de lo que sea, y se va. Pedro echa de menos la presencia de Marga en el informativo vespertino. Siempre seductora, y con su perspicacia tan característica, sólo ella sabe rescatar a los desprotegidos televidentes, de la estupidez reinante de la caja boba. Aparece en cámara otro conductor, esta vez de la sección policiales: La noticia del día es un cuádruple crimen ocurrido en su propio edificio esa misma mañana.

¡Si seré colgado y ermitaño, que ni enterado estaba!―Nuestro huraño escritor mucho no se conmociona por el hecho en sí, o, si lo hace, es positivamente: le encantan las sorpresas.― Cuánto mejor, si son raras y bizarras como ésta…

Aunque conoce el piso en el que ocurrieron los asesinatos, trata de ubicar mentalmente a las víctimas, pero no puede―por suerte no mostraron los cuerpos de las víctimas en el noticiero, se ve que su amarillismo no llegó a tanto, …todavía―. Por el comentario del notero, Pedro cree que una de ellas podría llegar a ser la flaquita atractiva, de lindas curvas y poco cerebro, con quien se cruzó algunas veces en la entrada al edificio —al esposo, obviamente, ni lo registra— aunque, pensándolo mejor, también podría tratarse de alguna amiga de ella o de cualquier otra persona, alguien que ni siquiera viviera en el edificio.

[…Pedro…] Quiere seguir pensando pero alguien lo empuja desde adentro de su cabeza. Sí, «alguien». […Pedro…] ―¿Quién…― De la noticia del crimen pasan a las fechas y resultados del torneo de fútbol y Pedro cambia de canal con una mueca. En otro, justo están pasando una película de zombies, debilidad de nuestro filósofo, esta vez, mezclada con nazis… pistas de esquí… mujeres bellas… ¡todo el paquete! y, encima, es noruega ―o de por ahí cerca―, a juzgar porque todos los actores son rubios y altos, y hablan con acento extraño. ¡Toda una originalidad, el hallazgo!

Pedro olvida los crímenes fácilmente (de pronto se siente mentalmente exhausto…), además, nunca le interesaron las vidas de quienes no conoce, y, por otra parte, ama las películas de zombies.

Se dispone cómodamente a ver el film…

En un momento determinado del largometraje, en el que —como en toda película de zombies que se precie— los personajes no hacían otra cosa que gritar y morir, (y coger, pero obviamente, no necesariamente en ese orden), los gritos de las infortunadas víctimas de la película le parecen demasiado veraces como para salir de la T.V., a nuestro filósofo amigo. Simplemente, demasiado veraces. Su televisor no era tan viejo, pero tampoco tenía un «home theatre» de esos modernos: su pasión no daba para tanto. Este hecho provoca desconfianza a Pedro, que agudiza el oído para ver si puede pescar algo fuera de lo normal. No pasa nada. De todas maneras gritan en la peli, y mucho―debe ser eso nomás…―.

Pero en determinado momento en que la trama hollywoodense decreta un descanso en el ritmo del sangriento y muy entretenido largometraje, se oye un grito en el palier: un inconfundible grito de angustia humano, demasiado parecido a los gritos que venían momentos antes desde la pantalla del televisor de Pedro, que lo hace pararse de un salto y recorrer con la mirada la habitación en busca de algo con qué golpear al asaltante. Hemos de decirlo: Pedro es valiente. Acaso no lo sean todos los intelectuales sedentarios, pero Pedro lo es, y vaya que lo es: cuando busca el objeto que le pudiera servir de arma, su cerebro no procesa algo como: BUSCAR ALGO QUE SIRVA DE DEFENSA, sino más bien: BUSCAR ALGO PARA CONTRARRESTAR LA AMENAZA. Y, si tal y como dicen los proverbios orientales, las batallas están ganadas o perdidas antes incluso de iniciarse, según la actitud de los contendientes, entonces, esta batalla de Pedro, ya está ganada. O lo estaría, al menos, si Pedro encontrara algo, cualquier cosa, que sirviera aunque sea rudimentariamente como arma.―¡No hay nada más que libros, lámparas y muebles en esta maldita pieza!

LÁMPARA, piensa Pedro sin pensar. Toma el velador y corre en puntas de pie hasta la puerta de entrada. Escucha atentamente lo que sucede fuera. Hay algo así como movimientos descontrolados de cuerpos que forcejean, como si estuvieran teniendo sexo duro, pero sin los gemidos, o como si entre varios le estuvieran pegando a una indolente y silenciosa bolsa de arena.

Ya no hay gritos.

El problema que encuentra ahora Pedro es que la puerta se abre hacia la izquierda mientras que los sonidos sordos vienen desde la derecha, es decir, tendría que abrir la puerta sin la cadena de seguridad y sacar casi completamente su cabeza por la abertura resultante, como para poder asomarse hacia la fuente de los sonidos. Duda un poco. Pedro es valiente pero no boludo. Siempre recuerda lo que Robin Wood hizo decir a su mítico Nippur: «…la imprudencia enterró más hombres que todas las guerras juntas.»

El prudente Pedro presta atención a los ruidos y ya no oye nada. Se anima: quita la cadena, entreabre la puerta lo suficiente como para que pudiera asomarse apenas con el costado de la cara, tanto como para obtener un pantallazo del ala derecha del pasillo con su ojo izquierdo:

―¡Mierda!

El conserje y la vecina de Pedro, yacen tal vez muertos en el suelo del pasillo, justo en la entrada del departamento de la mujer, que tiene medio cuerpo dentro de su casa y medio cuerpo fuera, sus piernas estiradas sobre las del conserje.

El escritor escucha atentamente para detectar cualquier movimiento y oye algo que viene de las escaleras, al otro lado del pasillo, de modo que él se encuentra exactamente entre los cuerpos y el ruido. ¡Hijos de puta!, piensa Pedro, y corre hacia los cuerpos de sus conocidos, pero al revisarlos se da cuenta de que están sin vida. La cara del conserje se encuentra desfigurada a golpes, la mandíbula ―casi desprendida por completo― colgándole del cráneo.

Pedro vuelve a su departamento, pero no para refugiarse: sabe que va a cometer un acto irracional, pero aun así cierra la puerta desde afuera y, guardándose la llave en el bolsillo, se dirige de regreso al departamento de Patricia. Una vez dentro, lo revisa rápidamente, no parece que le hubieran robado nada. ESPADA. Por fortuna, encuentra algo que puede servirle de arma: un viejo sable bayoneta que cuelga de la pared, cruzado con una escopeta de doble caño, armas que casi con seguridad había utilizado el abuelo de Patricia, para cortar y volar cabezas unitarias en alguna batalla perdida hace tiempo en el polvo sutil de la historia. Pedro preferiría llevarse la escopeta, por supuesto, pero seguramente no habría cartuchos para la misma―y aunque los hubiera, de seguro me explotaría la recámara en la cara al disparar el arma, de tan vieja―. Recién entonces, sable en mano, nuestro valiente, prevenido e irracional escritor, sale al pasillo.

Desbordante de adrenalina y miedo, la parte más civilizada de Pedro va calculando todos los movimientos necesarios para no poner en peligro su vida. Pero a un nivel más profundo, nuestro escritor se siente también eufórico —y hasta contento— de que la vida le obsequiara, así de esta manera tan repentina e insospechada, un giro de fresca novedad a su rutinario y aburrido devenir.

Se produce un desdoblamiento feroz en la personalidad de Pedro, una parte, sigilosa, la otra, veloz: ambas al mismo tiempo se dirigen hacia las escaleras.

Hacia donde proviene el ruido.

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