“Los Nuevos” – Novela de zombies por partes. (11/35)

Ernesto

Ya en la claridad de la calle, Ernesto trata de convencerse de que acaba de hacer lo mejor: Dejar a Julia tranquila, con los viejos en la biblioteca. Al entrar y descubrir a Ernesto en su lugar de trabajo, la pelirroja había adoptado una posición fría, a todas luces, ella se encontraba muy incómoda de tenerlo a él al lado, en presencia de los viejos.

Cruzaron algunas pocas palabras, del tipo: «Ah, hola…», «Y, qué hacés acá…», «Es mi abuelo…», «qué lindo cachorrito, cómo se llama», «Bakunin», «Ah… lindo nombre… y raro también», «Ahá», «bueno… me tengo que ir abuelo, los dejo», bla, bla, bla… y Ernesto terminó en la calle, a solas nuevamente.

«¡Bakunin! ¿Qué clase de nombre es ese?», se pregunta Ernesto.

[Uno que evidentemente vos sos el único que no conoce, porque tanto Jorge como tu abuelo esbozaron una sonrisa e hicieron comentarios cuando escucharon el apodo del perrito de la histérica ésa], acota Ernestotambién, ya ansioso de volver a formar parte de la vida consciente del rugbier ofuscado.

«Sí, algo de histérica debe de tener, o por lo menos, le deben faltar algunos caramelitos en la bolsa… ¿y cómo iba a suponer yo que ella tardaría tan poco en ir a la veterinaria, comprar un perrito, y de allí a su casa?». [¿No te das cuenta que fue directo de la veterinaria de la esquina a la biblioteca, a mostrarles el perro pulguiento ése a los viejos? ¡Si serás lento, hermano!] «¡Callate, Ernestotambién! Dejame pensar un poco, che.» [Sea como sea, no tendrías que haberte ido. Encubrís tu cobardía en tu imagen de buena gente: “Uy, sí… me voy porque ella está incómoda, uy, sí, qué bueno soy…”, …pero no sos considerado. Para nada. ¡Sos un cobarde!]

Es un círculo autoalimentado y sin salida. Por un lado, Ernesto no puede interrumpir a su alter ego más que con su propia voz (pues la mente nunca descansa, ni en sueños): si el chico no le “habla” a Ernestotambién, éste sigue y sigue y sigue molestándolo, pero en contrapartida, si Ernesto le contesta, no hace otra cosa que pasarle la pelota a la voz, dejándole el camino libre para un limpio Try.

«¡Ningún cobarde!»

[¿Cómo que no? …a ver, ¿por qué no la llamaste a Mariana todavía? Je, je, je…: ¡Cobarde!]

Ernesto recuerda, entonces, la llamada perdida que encontró en su celular al levantarse esa mañana. En parte por las presiones de Ernestotambién, en parte por ansiedad propia, llama a su ex.

Nadie contesta, de modo que Ernesto decide ir directamente a casa de Mariana. Tanto él, como su alter ego, se olvidan de Julia por un rato.

En el preciso instante en que Ernesto llega a la puerta de entrada al edificio de Mariana, unas chicas jóvenes que venían caminando por la misma vereda, pero en el otro sentido que Ernesto, ingresan al edificio. Ernesto aprovecha, entonces, que abren la puerta las alegres universitarias (a esto último, se lo dicta su tan perfeccionado sexto sentido, una de las principales virtudes del chico: saber detectar la naturaleza de sus presas, para establecer con precisión las tácticas y estrategias a seguir en cada flirteo) y entra al palier con ellas, dirigiéndoles una sonrisa y un comentario superfluo. Las estudiantes, en efecto lo son, retribuyen los códigos de buena convivencia y continúan con sus vidas. Los tres caminan unos pasos y se separan en el ascensor, pues Ernesto decide subir por las escaleras. Aprovecha cada momento que tiene, para hacer ejercicio físico. Cosa que nunca está de más, teniendo en cuenta que la actividad que practica Ernesto consiste en protagonizar enfrentamientos casi animales entre dos equipos de resbalosos hombres, puro músculo, que corren, se golpean y tacklean, moviéndose como simios o bailarinas, según el caso, todos en pos de una pelota que, más que pelota, parece la cabeza de un venusino embarrado, ciego y con acné.

Llega al sexto piso, sin siquiera agitarse demasiado, elonga un segundo, y continua su paso hasta la puerta del departamento de Mariana, vivienda que Ernesto consideraba casi como propia, en un pasado no muy lejano, a la que entraba y salía como si fuera suya de toda la vida. Llaves incluidas.

Pero al cortar la relación, lo primero que había hecho nuestro querido Ernesto, era devolverle las llaves a la única dueña, como corresponde. Así que ahora se debe contentar con tocar timbre.

Y golpear la puerta.

Y tocar timbre nuevamente.

Y, como nadie contesta, llamar al teléfono de Mariana.

Para sorpresa de Ernesto, al llamar al celular de Mariana, escucha el sonido del celular sonando del otro lado de la puerta, a escasos metros…

―¡Mariana! ¡Mariana, abrime, soy yo!

Perplejo, Ernesto pone en función su cerebro: «Debe de estar durmiendo, aunque ya casi es el mediodía… ¿y si voy a hacer tiempo a…»

[¡Oh, no, nada de “hacer tiempo”!: andate a tu casa, pibe, ¿no ves que Mariana no te quiere abrir? ¿Creés que está acostada? Sí: está acostada, pero con otro tipo, je, je, je…]

«¡¿Qué sabrás vos?, dejate de joder!»

[¿Y, por qué pensás que te dejó? ¿Por “boludo”? …bueno, eso también, pero seguro te cambió por otra pija más grande, …y más juguetona.―Ernestotambién se le ríe con crueldad. Continúa:― Seguramente ya está de novia y todo, a las minas lindas como esa no les dura mucho tiempo la soltería; Eso sí, me extraña que no te haya borrado de su mente todavía. Punto para vos, inútil]

«Es verdad. Aunque sea como vos decís, aunque esté en pareja y todo. Si me llamó es porque me necesita, sea anímica, o sexualmente… ¿Por qué no me sacó de su agenda todavía?»

[Tenés razón, por una vez. Y, ¿por qué te llamó anoche?]

«Tengo que averiguarlo…»

Al tiempo que dice esto, Ernesto trata de espiar por el ojo de la cerradura, pero la chapita del otro lado impide la visión. Pero él ve que por debajo de la hoja de la puerta, hay una línea de luz, y luego de cuidarse de que no viniera nadie por ninguno de los costados del pasillo, para no quedar como un fisgón barato, se agacha y pone la cara paralela al suelo, para atisbar por la ranura con su ojo izquierdo: incomprensiblemente, alcanza a ver una pierna que llega desde la derecha, con un zapato de hombre. Alguien yace en el suelo.

[¿Muerto?]

«¿Dormido?»

[¿Drogado?]

Sin pensarlo dos veces, Ernesto se endereza y tantea el picaporte para ver si se abre. Afortunadamente el pestillo cede y la puerta se abre.

Mariana, y otro tipo que él no conoce, yacen en el suelo, ambos con disparos en sus frentes. Ernesto no termina de comprender del todo la escena, cuando Ernestotambién lo interrumpe con su cinismo característico: [Justo como en las películas…, che, qué vas a hacer ahora, llorar? ¿o comportarte como un hombre?]

Por una vez en la vida, la insensibilidad de Ernestotambién se vuelve oportuna, imbuyendo a Ernesto de un coraje que de otra manera no hubiera tenido, incitándolo a la acción: toma los pulsos de los dos cadáveres, en vano, obvio, pero ya es algo menos de lo que preocuparse. Y de inmediato llama a una ambulancia, desde su propio celular, y se dispone a revisar la casa para ver si encuentra alguna pista sobre quién podría haber cometido esta atrocidad. [Sin tocar nada] le recuerda Ernestotambién justo a tiempo: algo que los dos Ernestos odian de las películas de suspenso es que, los primeros testigos en entrar al lugar de los hechos, siempre terminan pisoteando las huellas y borrando todo vestigio por mera negligencia [¡o pura idiotez!, así que no seas imbécil como ellos, y procedé con cautela, no vaya a ser que te involucren a vos y todo…]

«Bueno, bueno, ya te escuché»

[Sí, pero vos sos medio lento, si hay un asesino escondido acá en la casa, seguro sos el próximo: las películas de acción siempre ponen nabos para hacerlos boleta antes, como para ir pasando el tiempo y dándoles un poco de adrenalina a los espectadores, ¿vio?, así que ponete las pilas] …pero no encuentra nada.

Ernesto vuelve al lugar en donde se encuentran los cuerpos, y observa una última vez a Mariana. Su ex- «-amor, como la canción de Martinho da Vila que tanto le gustaba», una sonrisa triste intenta rescatar irracionalmente a Ernesto del pozo emocional en el que debería hallarse. Sonrisa irracional, tanto en sus efectos como en su origen, …eso …y el siempre inoportuno Ernestotambién, con sus acotaciones filosas, pero esta vez no lo hace con tono despectivo: [Llamá a la cana]

«…»

[¡Ya!]

Ernesto llama, de nuevo desde su celular, y contesta las preguntas de rigor. Luego, sale del departamento, cierra la puerta a sus espaldas, y se sienta en el suelo, apoyando su espalda contra la fría pared del pasillo. Cierra los ojos, y se dispone a esperar que llegaran la ambulancia y el llanto.

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