“Los Nuevos” – Novela de zombies por partes. (12/35)

Esteban

Luego del desmayo de su amigo, Esteban lo lleva a la habitación y vuelve con el accidentado y la distraída.

―¿Todo bien, amigo?―pregunta Rubén, con curiosidad, ya que ve venir a Esteban con una expresión seria que, por lo poco que lo conocía, no parecía encajarle bien en el rostro.

―¿Qué?―vuelve a la realidad el abstraído Esteban― Ejem… sí, ¿y ustedes?

Andrea y Rubén le comentan que habían tratado nuevamente de comunicarse con ayuda, sea ambulancias o policías, pero que no habían podido. En última instancia, les había atendido personal de salud de una guardia, pero apenas para avisarles que no podían mandar a nadie en ese momento, porque estaban superados por las llamadas.― Parece ser que todo el mundo se accidentó el día de hoy―completa Rubén.

―Eso quiere decir que no fui la única, pero de todas maneras no me consuela. Esteban, ¿podríamos encender el T.V., para ponernos al tanto un poco? Según lo que nos dijo la chica del teléfono, los noticieros deben de estar muy entretenidos…

Esteban, parado frente al sillón en donde se encuentran Andrea y Rubén —un Rubén ahora más tranquilo y recuperado, que ya se había bajado de la mesa—, abre la boca para contestar, pero desestima la decisión por las miradas de sus interlocutores, que abren la boca y los ojos en señal de sorpresa y alarma, dirigiendo sus miradas hacia el pasillo desde donde había venido él mismo hacía apenas un momento. Empieza a darse vuelta para ver qué llamaba tanto la atención a los dos que estaban sentados en el sillón, cuando Sergio se le abalanza encima con inusitada violencia, cayendo los dos al piso. Esteban quiere esbozar una sonrisa pensando que se trata de una broma, pero Sergio lo golpea y muerde sin pausa, el chico intenta desgarrarlo, desmembrarlo, y el zapatero no puede sacárselo de encima. Comienza a defenderse, pero casi con pudor. No se da cuenta de que quien está sobre él, no es su amigo Sergio; o si lo es, es un Sergio nuevo, diferente, que lo está moliendo a golpes con mucha más fuerza de la que cabe esperar de un chico con la contextura física del atacante.

Andrea y Rubén, a los gritos, tratan de separar a los dos amigos, pero entre los tres no hacen uno: Rubén, resentido por el choque, Andrea, por carecer de fuerza alguna, y Esteban, gobernado por una sorpresa que tiende a inmovilizarlo, o cuanto menos, a confundirlo. En medio del ladrido de los perros de Esteban, que aúllan y lloran de impotencia desde el patio, se forma una revuelta importante de gritos de dolor y de advertencia, pero ninguno viene de Sergio, que, desatado como está, no pronuncia ni un solo ruido. No, al menos, con sus cuerdas vocales. Sólo con sus patadas, puñetazos y mordiscos. Todo tensión. Irrefrenable.

Esteban está de espaldas en el suelo, forcejeando con su amigo, tratando de lograr su atención, pero Sergio no escucha, tiene los ojos abiertos, pero no ve nada. Sólo ataca. Con las manos busca el cuello de Esteban, que ahora grita por ayuda: Sergio ha mordido con rabia el trapecio de su amigo, justo por encima de la mitad de la clavícula izquierda, con tal fuerza, que le arranca un pedazo de carne. Esteban aúlla de dolor. Es quien peor la está llevando, pero no es el único, Rubén y Andrea también obtienen su parte en esa bola de brazos y piernas, rasguñando y golpeando, cuando por fin estalla en mil pedazos el ventanal del patio y el ruido de los cristales que caen contra el suelo de la sala da paso al de terribles gruñidos que no son amenaza, sino sentencia de muerte: Charrúa y Ona ya están sobre el cuerpo de Sergio, quien entendiendo a su manera que tiene dos nuevos y más fieros enemigos, redirige su violencia hacia ellos. Pero ya no tiene sentido: por más fuerza que hubiera demostrado antes contra los tres humanos —fuerza no sobrenatural, sino meramente proveniente del derroche irracional y desmedido de la energía de sus músculos, tensos al máximo—, nada puede hacer Sergio ante el embate simultáneo de los dos inmensos mastines, que acuden en defensa de su dueño.

Ona y Charrúa no necesitaron mucho para darse cuenta de que aquel muchacho amigo de su dueño, el mismo que solía jugar con ellos en la plaza, tirándoles pelotas de tenis o palos, para que se los devolvieran, y vuelta a arrojarlos lejos, …ya no existía. Y por ello el ataque tan feroz e insensible: Eso a lo que mordían, era algo distinto. Y había agredido a su dueño. No merecía piedad.

Y no la tuvo.

En pocos segundos, el cuerpo de Sergio es menos que un trapo de piso que se tironean entre sí el rottweiler y el dogo argentino. Esteban, de una sola orden, los hace detenerse. Ambos, Ona y Charrúa, se sientan a su lado, obedientes, pero aún jadeando y con los ojos inyectados en sangre por la excitación.

¿A quién iban a llamar ahora, con todas la fuerzas públicas —de seguridad, salud y asistencia— ocupadas en quién sabe qué deberes?

«Esto se está poniendo cada vez peor», atina a pensar Esteban, pero apenas puede devolver las miradas atónitas de Andrea y de Rubén. Los tres, ahora incluso más confundidos —si fuera eso posible— que un minuto antes, cuando el ataque irracional de Sergio. Sus cabezas hacen malabares para manipular la catarata descontrolada de pensamientos y emociones.

Ya es de noche, sigue lloviendo. Los tres saben que Sergio había enloquecido, y que la cosa hubiera pasado a mayores de no ser por la intervención de los perros, así que sólo los mandaron al patio, sin retarlos, y los dejaron tranquilos. Después de todo, no habían hecho más que su trabajo: cuidar a su dueño, y ahora volvían a ser los adorables e inseparables “mejores amigos del hombre”.

Luego de intercambiar unas palabras, los varones van a buscar algo con qué limpiar el desastre, así como una manta para tapar el cuerpo. El silencio es tan opresivo que prácticamente ocupa un lugar en el espacio, Andrea debe esquivarlo camino al sofá de Esteban.

La mujer se desploma sobre el sillón: no le queda un ápice de energía. Inclina la cabeza hacia atrás y cierra los ojos en un intento por ordenar sus ideas, pero no lo logra. De manera que los abre otra vez, agarra el control remoto del televisor y lo enciende:

“…comisario no dio mayor información al respecto, pero lo cierto es que durante casi todo el día las fuerzas de seguridad han estado atendiendo casos de suma urgencia en diferentes partes de la ciudad…”

Andrea llama a los chicos, y juntos prestan atención a las noticias, aunque no dicen demasiado. Sólo está hablando un reportero, desde los estudios, mientras en una esquina superior de la pantalla se repite cíclicamente una grabación aficionada de unos pocos segundos, que es la única que tienen los del canal (o la única que pueden mostrar), en la que se ven policías corriendo a una persona descontrolada, quien en cierto momento descubre que la están filmando y se dirige corriendo hacia la cámara, pero cae fulminada por las balas de los oficiales justo antes de alcanzar el aparato.

Los tres sufridos ocupantes de la casa están pensando exactamente lo mismo: el desquiciado de la televisión se comportaba —y movía— exactamente como Sergio, y ya no escuchan al periodista que habla.

Han visto demasiadas películas de zombies, vampiros y hombres lobo, en su vida, como para no saber qué es lo que sucede a continuación.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s