“Los Nuevos” – Novela de zombies por partes. (15/35)

 

Julia, Adolfo y Jorge Luis

Los viejos zorros se dan cuenta de todo.

Se dan cuenta de que Julia realmente le gusta al nieto de Adolfo. Y saben por qué: Ernesto no está acostumbrado a toparse con personas …cómo decirlo, …interesantes en la manera en que Julia lo es. También se dan cuenta de que, ante la presencia del chico, Julia ha asumido una postura inusual en ella ―a mitad de camino entre la inseguridad y la vergüenza―, que la hace sonrojarse casi imperceptiblemente. Todo esto indica a las claras que Ernesto le interesa a su vez. Pero que el hecho de sentir algo por un tipo de persona tan diferente al de ella (y no sólo eso, sino tan del mismo tipo de gente al que ella misma combate), la hace sentir… “vulnerable”. ¡Ésa es la palabra!, los dos viejos la articulan en sus mentes al unísono, sin saber que el otro la pensaba a su vez. Tal es el grado de sintonía del que goza su amistad.

(Más tarde, ya solos en El Café, comentarían sonriendo que, en realidad, no se sabía quién de los dos chicos se sentía más vulnerable: si la ríspida y arisca pelirroja, o el galancito rompecorazones… Uno apostaría por el muchacho, el otro, por la chica. Ambos reirían, pero no con malicia, sino con ternura.)

Por todo lo anterior, Adolfo y Jorge Luis se alegran al descubrir la madurez con la que Ernesto encara la situación embarazosa de la que él mismo es el causante. Luego de cruzar unas pocas palabras, el nieto de Adolfo parte desde la biblioteca hacia (según él) su “trabajo”. Pero no nos adelantemos…

Buenos díaaaaas…―saluda Julia, luminosa todavía.

Los viejos retribuyen el saludo contentos.

Un segundo le lleva a Julia descubrir quién es muchacho parado junto a los abuelos: por sus ojos desfilan sin solución de continuidad, sorpresa, alegría, autocontrol, seudo-enojo, ansiedad y, finalmente, timidez camuflada en falsa indiferencia.

Ernesto todavía no sabe qué postura asumir: si aparentar no reconocerla o darlo por hecho… Abre la boca para devolver el saludo, pero Julia ya ha tomado la delantera:

¿Y vos?―le pregunta al mudo de Ernesto. Ella está igual de contenta que el chico, pero debe proteger las apariencias, obviamente. Sin esperar respuesta, le señala a Adolfo y Jorge Luis con un ademán, y vuelve a preguntarle:― ¿Los conocés?

Ejem…

Sí, Julia, nos conoce, o mejor dicho, lo conozco a Ernesto desde hace añares: ¡Es mi nieto!―Adolfo salva al pobre muchacho, que tal parece, olvidó todos sus ardides de gigoló en casa, esta mañana…

Ahora le toca a Jorge Luis, ayudar a encaminar la situación:

Y, ¿quién es este que tenemos aquí?―pregunta, extendiendo la mano hacia el cachorrito que la recién llegada tiene en brazos, para acariciarlo.

¿Vieron qué lindo?

Contesta Julia, aliviada por el cambio de tema, y con delicadeza deposita a su cachorro en el suelo para que se luzca.

Qué lindo perrito, ¿cómo se llama?―va Ernesto.

―“Bakunin”.

Ah… lindo nombre―atina a decir el muchacho. (Evidentemente, nuestro querido rugbier no tiene ni idea a razón de qué le han puesto ese nombre)―…y raro, también.

Ahá…―le contesta Julia haciéndose la distraída, mientras juega con Bakunin.

¿Y qué marca es?

¡Raza! ¡Raza, querido, se dice: “raza”!

Julia se porta demasiado seca con él y se da cuenta de ello, pero no puede echarse atrás. En realidad, ella quiere saltar sobre Ernesto, abrazarlo, contarle lo contenta que está verlo otra vez, pero no se deja. Julia intenta arreglar las cosas mejorando el tono de su voz:

Es un Schnauzer Standard o le llaman también Schnauzer Mediano. ―…Pero lo dice con una voz llena de aires de superada que no puede evitar. Estos son los casos en los que la pelirroja quisiera ser más experimentada en el campo afectivo, Desde todos los puntos de vista.

Ernesto se da por aludido a las indirectas discursivas de la pelirroja, sin captar sus intenciones reales. Decide excusarse:

Bueno… me tengo que ir abuelo; gente, los dejo…

Ni el abuelo, ni el amigo del abuelo, insisten para que se quede un rato más. Saben que Julia estará mejor cuando él se haya ido. Por experiencia, no quieren forzar nada.

Ernesto, sale a la calle y se pierde de vista. Recién entonces, Julia, que había estado jugando con Bakunin, de cuclillas en el suelo, mira a Jorge Luis y a Adolfo, se para y suelta la lengua:

¿De dónde salió? ¿Les contó que nos encontramos en la vereda hace un rato? ¿Por qué no me dijo, él, que era tu nieto cuando le comenté que trabajaba acá?

Por toda contestación, los viejos esbozan sendas sonrisas y dejan hacer catarsis a su amiga. Julia cambia de expresión y se lamenta:

¡Yo siempre arruinándolo todo con mi maldito orgullo!

En silencio, pero siempre sonriente, Adolfo se inclina a acariciar al nuevo integrante del grupo: el pequeño Bakunin que no deja de mover la cola y lamer a todo el mundo. Mientras tanto, Jorge Luis se limita a poner una mano llena de comprensión y ternura sobre los cabellos cobrizos de la joven, transmitiéndole una inmensa paz.

Al cabo de un momento, Julia se encuentra mucho más tranquila, con ánimos de volver al tema que la había desequilibrado (le gustan los desafíos, vive de ellos). Lo hace con humor, dirigiéndose al abuelo del chico:

―…Y vos, pícaro, ¡nunca me dijiste que tuvieras un nieto tan apuesto!

Vos nunca preguntaste, Julia―ríe Adolfo―, además, pensé que no era tu tipo…

¿Y cuál “ES-MI-TI-PO”, si se puede saber?

Éstas” son las charlas que Julia ama tener con los viejos, conversaciones picantes sobre temas profundos y no tanto. …Humanos. Por eso ella prefiere la compañía de dos septuagenarios, a la de sus coetáneas y coetáneos. Esto es algo que tiene que ver directamente con la inseguridad que siente en presencia de alguien que le gusta, factor que todavía no logra controlar y que las más de las veces, le provoca terribles dolores de cabeza.

Ja, ja, ja, ja…―interviene Jorge Luis―me parece que «tu tipo» son los artistoides…

―…o los intelectuales―acota Adolfo.

―…de izquierda―sigue Jorge Luis.

―…o los intelectuales de izquierda artistoides―culmina Jorge Luis.

Y, ¿por qué habrían de ser ellos mis «tipos»?―los pelea, contenta, la joven, sabiendo que no le han errado demasiado los dos zorros astutos, pero agrega:― ¿y, en todo caso, no podrían ser «tipas»?―sólo para no quedar atrás en las chicanas, o acaso para despistarlos. Le encantan los desafíos.

A los viejos también les encanta la situación, acaso también porque se sienten jóvenes cuando hablan de igual a igual con Julia, o con Ernesto. Y, aunque cada uno de los chicos tiene diferentes maneras y vive en diferentes mundos, los viejos saben cómo tratarlos y se alegran de ser tenidos en cuenta por gente joven: la mayoría no hace más que ignorarlos.

Y así siguen los tres, yendo y viniendo discursivamente, conociéndose mejor, jugando con los sentimientos de una de ellos (hoy le toca a ella), pero sin herir.

Hasta que salta el tema de Ernesto nuevamente, y Julia se pone seria:― Sea como sea, lindo o feo, me guste o no me guste, tu nieto me tendría que haber dicho que eras su abuelo cuando le comenté que laburaba acá. Seguro lo omitió adrede.

El que responde es Jorge Luis, que también lo considera su nieto, aunque no fuera “de sangre”:― Puede ser, m’hija, pero no te enfades con él, después de todo, vos también te pusiste nerviosa. Tal vez obró de esa forma, creo yo, porque le has gustado sobremanera y no ha sabido muy bien cómo manejar la situación. Lo cual es una buena noticia, ¿no te parece?

Seguramente ustedes lo aprecian mucho, pero les advierto que no intenten nada conmigo, ni se les ocurra querernos enganchar ni nada por el estilo, ¿bien?― Julia se pone firme, pero no puede enojarse con sus dos amigos…―Disculpen, pero la verdad es que no tuve una noche muy buena. Dormí poco y, ya ven, me pone de mal humor desvelarme y pensar cosas toda la noche, cuando al otro día tengo que trabajar… Ustedes no tienen la culpa, son muy buenos conmigo.

No, Julia, tenés razón. Es que, a veces, los viejos somos muy metiches. ¿Verdad, Adolfo?

Sí, muy cierto, perdonanos. No abrimos más la boca, no te preocupes. Ya pasó. Y ahora contame, ¿por qué no pudiste dormir bien anoche? Yo también, casi ni pegué un ojo…

Julia se pone colorada. No está acostumbrada a tanta bondad y comprensión. Esta vez, es Jorge Luis quien toma la iniciativa:― No importa. Ahora, contanos de tu perrito anarquista…

 

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