“Los Nuevos” – Novela de zombies por partes. (16/35)

 

Soraya y Juan

Soraya acaba de colgar el teléfono. Era Héctor. Le dijo que no deje entrar a nadie, “…porque afuera había locos sueltos por todas partes”. Por su profesión de psicóloga, tomó con pinzas esta última aseveración. «Los locos no se comportan así».

No sabe por qué, pero cada vez que hablan de “locos”, ella piensa en Foucault y en su teoría conspiracionista acerca de que, en realidad, la “locura” o “estar loco” son construcciones artificiales del capitalismo, a las que éste recurre para encerrar a los diferentes, así no molestan… o para establecer algo así como un parámetro de conducta correcto, y mantener a raya a los desobedientes, para poder gobernar mejor nuestras vidas, …o algo así. Porque, en realidad, ella nunca había logrado entender del todo la escritura rebuscada del filósofo francés, y sólo había retenido lo de resúmenes ajenos, o apuntes de cátedra. Además, «La universidad fue hace mucho tiempo, o por lo menos, el suficiente, como para que yo recuerde apenas un ínfimo porcentaje de todo lo aprendido. Que tampoco sirve de mucho, si vamos al caso, ya que lo verdaderamente importante es a lo que uno se enfrentaba en la vida real: la experiencia, las vivencias que nos marcan el corazón.», Soraya piensa todo esto mientras se dirige al dormitorio, a despertar a Juan de su siesta extendida para contarle lo sucedido, «…La teoría es aburrida…», entra a la habitación y observa a Juan, que duerme de costado en la cama, dándole la espalda a la puerta por la que ella acaba de entrar, «…¡qué sé yo! Son muchas ideas juntas, para eso Pedro o Marga fueron siempre dos genios, mirando, pensando, descubriendo, tendrían que haber sido ellos los psicólogos, en lugar de mí…, ¿pero de qué viviría yo entonces?, da igual. Acá estoy, operadora social, psicóloga psicoanalista y magíster en antropología: ¡bien ganado me lo tengo!, benditos títulos universitarios…», en este momento, la mujer se inclina para despertar de un beso a su pareja, pero Juan la ha oído venir y se le adelanta: con extraña lentitud gira la cabeza hacia donde ella se encuentra y la mira fijamente, pero los ojos con los que lo hace no tienen brillo, sólo atinan a observarla desde el fondo de un abismo insondable y desquiciado. Soraya ha visto muchas veces expresiones parecidas, pero ninguna como ésta. No así de perdida. Por dos segundos, se observan fijamente a los ojos, pero no es una mirada recíproca: Juan no enfoca su visión en ningún lado, con sus ojos vacíos atraviesa a su mujer como si ella fuera de aire, pero al mismo tiempo Soraya sabe que es a ella a quien está mirando, que él la está viendo sin verla… Y sabe que está a punto de abalanzarse sobre ella. «¿Cómo?» No tiene idea, y nunca podrá explicarlo, acaso, «por experiencia». Acaso por experiencia, también, aunque más probablemente por instinto, Soraya da media vuelta como un rayo y corre hacia la puerta, cerrándola tras de sí, escuchando cómo su novio se da de lleno contra la misma. «Justo a tiempo.»

De un lado, un nuevo patea y azota la madera, del otro, Soraya grita y llora, mientras aprieta el pomo de la puerta con todas sus fuerzas. Así transcurren un par de minutos que para ella son más largos que la eternidad y más terribles que la muerte. Soraya balbucea incoherencias, sin dejar de llorar, hasta que del otro lado se hace un repentino silencio, no porque el nuevo antes hablara, gruñera, ni nada (a esta altura ya sabemos que los nuevos no producen ningún sonido), sino porque ha dejado de golpear la puerta, nada más. Sin dejar de llorar, ni de lamentarse por su novio, su mala suerte, por toda la teoría del mundo y por las vivencias de mierda como ésta, pero sobre todo sin soltar el pomo de la puerta, Soraya aprovecha la chispa de paz y busca calmarse un segundo, «…descansar…». Cierra los ojos llenos de lágrimas y apoya un instante su frente contra la puerta, cuando otro terrible golpe propinado desde dentro de la habitación, le da de lleno en la cara, arrojándola hacia atrás por el dolor. Por el propio impulso del golpe contra la puerta, que la rechaza violentamente, Soraya se da la parte de atrás de la cabeza contra la pared al otro lado del angosto pasillo.

Lo último que piensa la psicóloga, antes de perder el conocimiento, es «¿Qué tipo de brote psicótico habrá tenido Juan?»

El nuevo-Juan sigue golpeando la puerta desde adentro de la habitación, sin poder abrirla, hasta que por fin, se da por vencido. Mira, entonces, en torno a la pieza y descubre la ventana. Salta a través de ella sin molestarse en abrir las puertas vidriadas —al parecer, los cortes ni le duelen—, y se va corriendo, como un enloquecido lémur gigante y anuro, por el medio de la calle.

Lo próximo que —conscientemente— escucha Soraya, son las voces de sus amigos que llegan hasta ella como si fueran bumeranes de gelatina, en medio de una pileta enorme en la que la psicóloga nada sin cuerpo, sin aflicciones. Y no quiere despertarse. Intuye que se está mejor en el piletón invisible en que ahora se encuentra, pero las voces insisten…

Esther rompe en lágrimas al ver que Soraya vuelve en sí. «Mujeres», piensa Héctor al verlas, «ni se conocen, pero ya se emocionan…»

Juan…―comienza la psicóloga, tratando de erguirse, pero después se detiene y piensa en lo que quiere decir, pues ni ella misma sabe cómo terminar la pregunta.

Eso mismo: ¿y Juan? ¿lo has visto? ¿dónde está?―pregunta el bueno de Marcos, muy preocupado por ella, pero también (y sobre todo) por su amigo. Se le nota en la cara.

No… yo no… no lo sé…―contesta Soraya, «…pero, ¿qué es lo que no sé…?», se pregunta a sí misma la psicóloga, todavía enajenada de sus propios pensamientos; de lo único que es plenamente consciente, es del tremendo dolor que empieza a bajarle desde la parte de atrás de la cabeza recorriéndole toda la espalda, llegando casi hasta la cintura.

Bueno, no te preocupes, ya lo encontraremos, seguro nos fue a buscar a nosotros.

Estas palabras vienen del esposo de Marga. Héctor piensa que tal vez Juan haya hecho lo mismo que él: al presentir algo del peligro que se cernía sobre ellos, quizás había ido a buscarlos a sus respectivas casas y se habían cruzado en el camino.

Tanto Marcos, como Héctor, le ocultan a Soraya las dos cosas que vieron al llegar y les dieron mala espina: el auto de la pareja, que todavía está en el garaje, y la ventana rota de la pieza… Esto es porque la mujer de su amigo está todavía muy débil como para llenarse de preocupaciones antes de tiempo. Además, nadie podría asegurar que hubiera ocurrido nada bueno, pero nada malo tampoco. Hay que esperar, y encargarse de lo urgente, en este caso, la salud de Soraya: con mucho cuidado, y la promesa de que luego volverían a buscar a Juan, la suben al auto de Héctor, y se dirigen los cuatro a la casa de éste, en donde los espera Marga.

Durante el trayecto, Soraya se recupera casi del todo —aunque el dolor de cabeza y la contractura se le hacen casi insoportables— y aprovechan para ponerse al tanto mutuamente, sobre la sorpresiva invasión de desquiciados. Los cuatro están asustados, pero ansiosos, principalmente los hombres, y hablan mucho todo el camino hasta la casa de Héctor, como para conjurar sus miedos a través de la amistad y la contención recíproca que ésta les brinda. Soraya también forma parte del diálogo, pero con una actitud más retraída que el resto y calla la parte más importante de su relato. Prefiere no hablar, todavía.

«Nada es más aterrorizante que nuestra propia imaginación, nunca nada llega tan lejos como ella, ni en el asco, ni en el extrañamiento y, por supuesto, mucho menos en el miedo. Por eso, siempre es preferible vérselas con la realidad antes que con cualquiera de las mentiras que pudiera llegar a inventar nuestra cabeza.»

Todo esto piensa la “operadora social, psicóloga psicoanalista y magíster en antropología”, mientras permanece sentada (y dolorida) en la combi del Canal 11 en la que Héctor fue a buscar a sus amigos.

«La verdad, por más cruel que sea, siempre nos deja un resquicio en donde apuntalar el primer peldaño de la escalera que nos sacará del pozo, hacia una mejor situación, hacia un futuro cercano, aunque nos parezca inalcanzable, o hacia donde fuere, pero por lo menos, algo en qué apoyarnos. —Soraya sigue recordando las mismas palabras que cientos de veces utilizara con sus pacientes, agotada de ver:—…con qué agobiante frecuencia huyen los débiles de la realidad, volviéndose ciegos y sordos a los hechos, cuando en verdad, se sabe que es mucho peor el remedio que la enfermedad, puesto que quienes niegan al elefante en el bazar terminan cayendo en el círculo vicioso de no enfrentar la realidad porque no la soportan, y de cada vez soportarla menos, porque cada vez les pesa más no enfrentarla; un campo minado en la propia mente de uno, un laberinto de cactus, sin salida posible, en el que los callejones son cada vez más angostos, y las espinas, cada vez más agudas.»

Esto es lo que mira Soraya desde el auto, sin animarse a bajar: Sin peldaño, ni realidad, a merced de las peores pesadillas que pudiera imaginarse, se halla Héctor, cuando llegan a su casa y se encuentran con que la puerta está abierta de par en par y que Marga no aparece por ningún lado. Ni viva, ni muerta. Simplemente no está.

«¿Quién padece el peor infierno: yo, que vi a mi Juan convertido en maníaco y fui atacada por él, o Héctor, que no sabe qué destino ha tenido la pobre Marga?»

 

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