“Los Nuevos” – Novela de zombies por partes. (17/35)

Ernesto y Rubén

[Hiciste lo correcto, che, no te castigues más. No podés llamar ni avisar a nadie tampoco, hasta que llegue la policía. Sí, va a ser un lío, te van a retener, vas a ser el primer sospechoso, pero hiciste lo correcto.]

Con estas palabras, trata de tranquilizar Ernestotambién a su amigo, cuando una mano los devuelve a ambos eso que llamamos Realidad, de existir una. (Aunque su propia indeterminabilidad acaso también implique su inexistencia…)

―¿“Ernesto Riffo”?―pregunta secamente un oficial de policía uniformado que venía acompañado de otros dos. Imposible definir cuál de los tres más desalineado y con menos ganas de trabajar.

Tal vez ganaba el que había hablado.

―Sí, soy yo.

―¿Éste es el sitio?

[Evidentemente, el policía no es de muchas luces…, tal y como los pintan en las películas, pobres canas…]

―Sí, señor.― Ernesto contesta de buenas maneras, sin hacer caso a la voz su alter ego.

El oficial interlocutor gira hacia sus compañeros, con una mirada les indica que ingresen al departamento a hacer su trabajo. Los otros dos obedecen, mientras el que sabe hablar continua con el interrogatorio de rigor, no sin antes echar una ojeada distraída al lugar de los hechos, sin detenerse apenas en los cuerpos.

―¿Conocía a las víctimas? ¿Me puede decir sus nombres?

[Ahora, como no sabés el nombre del flaco que está ahí adentro, este idiota va a pensar que llegaste, encontraste a tu mujer con un amante y los mataste a los dos, y ¿cómo vas a argumentar en tu favor?]

«Gracias por el ánimo, compañero», contesta Ernesto sin ganas, a la voz de su consciencia. Empieza a preocuparse seriamente. Siente frío en la espalda. Se para. Responde al policía:

―Sé el nombre de ella, señor: Mariana Cala. Al hombre no lo conozco. Nunca lo vi en mi vida. …Creo.

―¡¿Cómo: “CREO”…?! Creo …que nos va a tener que acompañar a la Seccional, señor.

Al tiempo que dice esto, el oficial dirige su mano derecha hacia atrás de la cintura, donde cuelgan las esposas, seguramente para colocárselas a Ernesto, como dicta el protocolo, pero entonces sale una voz del radio —que también pende del cinturón del policía, junto a las esposas— y sin detener el movimiento el uniformado desvía su mano unos centímetros, agarra el radio y contesta el llamado que, por ende, se dirige a él.

Mientras el hombre habla con la operadora, Ernesto se enfrasca en sus propios pensamientos, por lo que no oye nada de lo que le dicen, pero otra vez se despierta al escuchar que el hombre que está con él llama a sus compañeros, elevando la voz lo suficiente como para ser escuchado desde el interior del departamento de Mariana. Volviéndose a Ernesto, le informa:

―Va a tener que ingresar a la casa, señor.

―Preferiría no hacerlo, oficial, no soportaría ver de nuevo los cuerpos.

―No le pregunté qué es lo que preferiría. Es una orden.

Ernesto agacha la cabeza y se dirige hacia la entrada, casi chocándose de frente con los policías que justo salen del departamento de Mariana.

―Sánchez, quédese aquí con el sujeto. Martínez, acompáñeme.

―Sí, señor.

Ernesto ingresa al habitáculo, obligándose a esquivar los cadáveres con la mirada, posándola en cualquier excusa, con tal de burlar la curiosidad…

[¿Estarán duros los cuerpos ya?]

«¡¿Qué te importa?! ¿Es que no tenés sentimientos, loco?»

[Bueno, che, pero que estás susceptible…, ¡por favor, por un par de muertos!, como si no estuvieras re-contra-acostumbrado a verlos en todas esas películas de terror que tanto nos encantan…]

En eso, Ernesto se encuentra con la mirada del cana que quedó con él, «¿“Martínez”, era?», y ambos se miran con detenimiento… pero apenas un instante, porque a nuestro rugbier le repugna la postura de [sobrador de mierda] que esgrime el uniformado, y desvía la mirada con asco.

[Si lo tuviéramos enfrente un segundo, en el campo de juego, …le sacaríamos esa expresión a golpes, ¿verdad, amigo?]

―¡La puta digo! ¿Qué les atacó a estos? ¿Estamos todos locos?―entra vociferando el cana que sabe hablar:―¿Y vos, qué mirás? Buscate una silla y sentate. Que acá tenemos para rato.

―¿Puedo, antes, servirme un vaso de agua, señor, me parece que me estoy mareando.

―Ahí tenés, tomá de la canilla, nomás―le dice el policía, secamente, como si Ernesto fuera el asesino, al tiempo que le señala la mesada de la cocina―, y no toques nada.

Cuando nuestro amigo se acerca hasta allí para beber, mira por la ventana que está sobre la pileta de lavar, por acto reflejo, justo como lo hacía cuando vivía en ese lugar.

«Curioso cómo los hábitos vuelven a la vida a la primera oportunidad —piensa Ernesto—. Es como si no los perdiésemos nunca, sino que permanecieran guardados en algún lugar recóndito de nuestro cerebro.»

[¡Apa! …esa sí que es una novedad, che… ¡Los rugbiers tienen cerebro!]

Pero esta conversación con Ernestotambién se interrumpe cuando el chico descubre, a través de la ventana, que el tercer oficial está revisando la casa de sus ex-vecinos.

Efectivamente, “Sansó”, “Sosa”, “Simba”, «o “como-se-llame”», está paseándose por la cocina-comedor a la que da la ventana de enfrente del hueco de luz del edificio, hogar de una familia joven, conocida de Mariana, con quienes Ernesto había entablado alguna que otra conversación pasajera y banal “de ascensor”, en lo que ahora se aparece como un pasado muy remoto, de cuando Ernesto todavía andaba con Mariana.

«¿Los habrán matado a ellos también? ¿Por qué? ¿Qué significa todo esto?», Ernesto es bueno haciéndose preguntas, pero, pobre, no es bueno contestándoselas. Para eso lo tiene a Ernestotambién, aunque a veces no ayude…

Se sirve agua directamente de la canilla, bebiendo del hueco que forma al unir las palmas de sus manos, mientras observa al tercer hombre —que entra y sale de su campo visual—, dar vueltas por el otro departamento [buscando] como si hubiera perdido algo.

Ya pasado el mediodía, Ernesto espera en la planta baja del edificio, entre otros policías que han venido de refuerzo —distintos de los que no saben hablar y su jefe—, ve salir del ascensor a su vecino. Poco le sorprende verlo caminar esposado entre los uniformados, lo que se asombra es de que estuviera todavía vivo, ya que en su cerebro lo había ubicado entre las demás víctimas fatales. Ernesto pensó que los habían matado a todos, como en el departamento de su Mariana, eso estaba fuera de discusión.

[Si es el único sobreviviente, tal vez sea él el asesino…]

«¡Ni pensarlo!»

Sea como fuere, sin abandonar estas cavilaciones, el rugbier busca los ojos del ases…vecino, para sacarle toda la información que tuviera. Por un instante, se chocan sus miradas, pero Ernesto se encuentra con una roca de agua: ojos que no dicen nada, y si lo hacen, es en el lenguaje incomprensible del dolor más absoluto. Un lenguaje que él por fortuna no conoce. Evidentemente, ese hombre no es el asesino.

[Pero, entonces tuvo que vérselas con el criminal. Preguntale. Seguro vio algo.]

No tiene tiempo: los policías los llevan afuera y los suben a sendos patrulleros que enseguida arrancan y comienzan a andar.

«Por suerte, parece que se dirigen al mismo lugar.»

Acaso por protocolo se suponga que los dos sospechosos no deben juntarse, para que no puedan urdir estratagemas juntos, ni averiguar más de lo que deben, sin embargo, una vez en la Seccional, ya sea por avatares burocráticos o por escasez de dependencias, ambos terminan sentados en un mismo banco, mientras esperan afuera de la oficina en donde se les habrá de tomar sendas declaraciones. Eso sí, con custodia policial.

Ernesto aprovecha para intercambiar algunas palabras con su ex vecino:

―Te conozco… fuimos vecinos, hace un tiempo…

Nada. El nieto de Adolfo insiste:

―¿Están bien, tu mujer y tu hijita?

Al hombre desgarrado, que hasta entonces había estado observándolo a los ojos, se le cae la mirada al piso, como desplomándose escaleras abajo.

―Mi ex está muerta. Mariana. La encontré en el departamento.―continúa Ernesto. Esta vez, su táctica busca la empatía: Él también ha perdido un ser amado.

El vecino lo mira a los ojos durante un instante para luego bajar la mirada otra vez al sucio suelo de la comisaría. En algo sirvió la táctica, al menos, ahora están más unidos por el dolor. Ernesto percibe un fugaz movimiento de cabeza del hombre, quien de pronto pareció querer decirle algo, pero que se arrepintió a último momento y ahora sigue mirando el piso. Acaso la tristeza le devoró el lenguaje, o acaso sufrió un shock y olvidó quién es.

―Lo siento, de veras.―atina a decirle Ernesto.

―Gracias.

―¿Están… muertas?

El hombre asiente con la cabeza, y luego pregunta:

―¿“Ernesto”, verdad? Yo soy Rubén.

Ernesto asiente, al tiempo que palmea una o dos veces la espalda de Rubén, con delicadeza. Luego de un instante de indecisión, pregunta:―¿…Será el mismo crimen? ¿estarán relacionad…―¡Silencio!―lo interrumpe la voz autoritaria de uno de los policías que estaban parados a ambos lados del banco, mandándolos a callar.

En eso se abre la puerta de la oficina y llaman primero a Rubén.

Al cabo de una media hora, durante la cual se escucha en dos oportunidades, gritar amenazadoramente a alguien —Ernesto supone que es Rubén, gritándole a algún oficial— Rubén sale de la oficina visiblemente consternado. Su expresión no da lugar a que Ernesto se anime a preguntarle nada. El rugbier observa los pasos lentos y, se diría, abatidos del vecino de Mariana, sin levantar la mirada. Siente elevarse un poco el tapizado del banco en donde él está sentado, por la acción de Rubén al sentarse en el otro extremo del mismo y oye suspirar a su compañero de sufrimiento. Todo esto, sin pensar en nada. Cuando escucha que lo llaman por su apellido, entonces, de nuevo sin pensar en nada, se levanta y dirige a la oficina con los mismos pasos abatidos de su ex-vecino.

Entra. La habitación es una pieza grande y húmeda; gris y fría como deben de ser todas las oficinas de todas las comisarías del planeta —tal vez las cárceles, con su clima agobiante, no sean más que víctimas de su contagio. Hay dos ficheros no muy grandes en una de las paredes del costado, y sobre las otras paredes, algunas fotografías ajadas y de mal gusto. En medio del recinto, hay dos escritorios dispuestos en L: en el escritorio que da de frente a la puerta, se encuentra quien debe de ser el comisario, mientras en el escritorio de al lado, más chico, un suboficial sentado con una máquina de escribir y algunas hojas sueltas delante de él, se presta a tomar las declaraciones y a escribir los dictados del comisario con todos los errores de ortografía posibles.

Luego de los saludos y la entrega de datos de rigor, Ernesto empieza a contestar el interrogatorio mientras el subalterno sentado en el escritorio de la derecha, tipea aburridamente sobre la máquina de escribir.

[Nunca una computadora estos crotos. ¡Viven en el siglo pasado!, ¡y son tan aburridos que ni mate tienen!]

Aparte de los sarcásticos comentarios de Ernestotambién, hay algo que llama poderosamente la atención al interrogado, y es que, conforme va avanzando en su declaración, el teléfono de la oficina —uno de esos conmutadores viejos y aparatosos, llenos de botones, que no desentona en nada con el resto de la habitación—, así como otros teléfonos de afuera de la misma y que Ernesto también alcanza a oír, suenan cada vez más seguido. Como si estuvieran hirviendo todas las líneas.

―¡Señor! ¡El otro sujeto se escapó, Señor!―dice un uniformado que acaba de entrar, con más prisa que vergüenza, sin golpear a la puerta.

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