“Los Nuevos” – Novela de zombies por partes. (20/35)

Pedro

Pedro llega a las escaleras, sable en mano, y se asoma apenas por el borde de la pared, pero no hay nada allí. El sonido viene de más abajo. El escritor da unos pasos más y se asoma por la baranda de la escalera. Lo que ve, parece sacado de uno de sus más oscuros relatos:

Uno o dos niveles más abajo, semioculto por los tramos superiores de la escalera, Pedro observa un confuso nudo de brazos y piernas mezclados desorganizadamente, moviéndose como en un extraño ritual, que le recuerda a las contorsiones frenéticas de los nidos de serpientes. Entre los varios individuos que forcejean entre sí, el joven alcanza a distinguir —de vista, claro, nada de nombres— a algunos de sus vecinos. Sus ojos no creerían lo que ven, si no tuvieran el entrenamiento de años de mirar efectos especiales cinematográficos. Un par de segundos interminables y Pedro se da cuenta de que adentro de esa metamorfoseante araña humana, ahora hay un cuerpo inánime, que le pareció haber visto con vida hace un instante. Y entonces los otros individuos se separan.

―Lo estaban atacando…―se susurra Pedro mentalmente.―Son los asesinos de la vecina y el conserje.

Se trata de dos hombres y un niño, uno de primeros, asombrosamente, viste un uniforme de policía―pero algo no está bien en ellos: no son normales.―piensa Pedro, con razón. Sigue oculto por la baranda de la escalera, espiando a los tres sujetos desde arriba, tratando de descubrir qué es lo que tienen de extraño.

Los nuevos se mueven con movimientos rápidos y secos, «…como el de robots avanzados, los cuales ya logran realizar tareas a velocidades no soñadas apenas hace unos años―recuerda el escritor―, pero que todavía no alcanzan la fluidez ni elasticidad de nuestros músculos». Los tres se dispersan para seguir explorando el terreno. Observan todo lo que los rodea de un modo extraño, sin enfocar nada con exclusividad. Como si la cara toda fuera el ojo, y sus ojos, meras canicas de vidrio adosadas de manera rígida a la misma. «Como si fueran menos que animales―nota Pedro―, o peor que eso: como si fueran plantas carnívoras nómades.»

Pareciera, también, que la presencia de los otros dos molesta a cada uno de ellos, cual si fueran competidores en un certamen fantasmagórico, y tras algunos empujones, los tres toman caminos diferentes. No bien Pedro se comienza a preguntar sobre la razón de sus ataques, se le viene la respuesta a la mente: «…los asesinaron porque no eran como ellos, o porque ellos ya no son como sus víctimas… una especie de envidia surrealista, teñida de ira irracional…». Sólo una persona cínica como este muchacho puede ponerse a cazar teorías en momentos increíbles como este, pero bueno, de esto vive Pedro: así se comportó cuando lo pateaban sus mujeres —todas y cada una de las veces que lo abandonaron, “por mediocre”—, así se comportó cuando, el verano anterior, murieron sus padres en aquel accidente tan ridículo, y así también, procede cada vez que le rechazan sus escritos: bajando una barrera entre el universo y él, refugiándose en sus onanismos mentales, intelectualizándolo todo… Como ahora, pero esta vez lo hace para no perder el control de sí mismo, por miedo. Aunque de manera inconsciente: una de las contadas dos o tres cosas que hace de manera inconsciente, de todas las que hace Pedro.

De pronto, uno de los nuevos —el uniformado— comienza a subir la escalera y Pedro, que hasta entonces se había olvidado de sí mismo, se echa hacia atrás con gran sobresalto, como uno de los personajes de la película que, sentado en la comodidad de su sala de estar, el escritor miraba escasos momentos atrás… «¡Irónico!: hasta recién observé esta escena con gran abstracción, como si estuviera viendo una película, y justo cuando descubro que no se trata de ningún film, ¡actúo como si estuviera dentro de uno! (¿…habrá terminando la película?)»

[COBARDE.]

«¿Cobarde, yo? ¡Estás loco!»

Ante el avance del nuevo-policía, nuestro espadachín circunstancial retrocede y vuelve al pasillo. Escudándose contra la pared, apoya su hombro contra ella lo más sigilosamente posible, al tiempo que rota y estira su cuello para no perder de vista al que viene subiendo las escaleras, directo a su encuentro, sin saberlo. «Sean lo que sean. Estas cosas, matan.» Pedro observa que aun con la velocidad de movimientos del sujeto, hay mucho de torpeza en sus pasos. Esto le da a nuestro cínico escritor la seguridad necesaria para cometer otro acto de locura. Consciente de la importancia del factor sorpresa en toda escaramuza, Pedro espera a que el nuevo esté a pocos escalones de distancia y salta a su encuentro profiriendo un abominable grito de batalla, …pero sólo se sorprende él mismo: el nuevo no se asusta, ni se espanta: «¡¿Ni siquiera arquea las cejas de sorpresa?!». El uniformado, apenas dirige un poco la cara hacia Pedro (pues no la vista), pero éste no espera reacción y propina al nuevo una patada que lo manda rodando escaleras abajo. Mientras el hombre cae, nuestro escritor mira por la baranda por si ha atraído a los otros nuevos con su grito de guerra. En efecto, el nuevo-niño ya se asoma un piso más abajo y mira hacia donde está el escritor. Al ver a Pedro, se queda quieto un momento, en el que según éste, el retorcido cerebro del niño parece darle órdenes al cuerpo alienado, órdenes que implican algo así como Perseguir y Matar, pues en seguida se lanza furioso al encuentro de Pedro. La situación no es muy complicada: si el hermano de Marcos deja que ambos alterados lo ataquen al mismo tiempo, sus posibilidades son ínfimas. De modo que en dos saltos baja hasta el descanso de la escalera, en donde se encuentra el policía, y le clava la punta de la bayoneta en la tráquea. El escritor se imagina que está dentro de un videojuego, y piensa que para algo tenían que servir tantas horas de infancia frente a la computadora, arruinándose la vista «pero perfeccionando mis reflejos». Apoya un pie en el hombro del nuevo al que acaba de atravesar con la bayoneta y tira hacia atrás el brazo que la sostiene para desenterrársela del pecho. «Espero que no sean medio inmortales como los zombies de la peli…» En el instante mismo en que el niño está por alcanzarlo, Pedro le da un sablazo en el cuello, pero el sable está desafilado y el golpe fue sólo eso, un golpe: dado su escaso peso, poco sirve como elemento contundente esa espada vieja y el nuevo-niño apenas reacciona ante el impacto. «Para colmo de males, estos tipos parecen no sentir dolor.» Pedro no alcanza a volver a tiempo de sus interludios mentales cuando el niño salta sobre él como un animal de presa, sin ninguna táctica de lucha, sin técnica alguna, sólo golpeando y dando dentelladas; logra, empero, tirar a Pedro al suelo, y que a éste se le zafe de la mano la bayoneta, y ruede escalones abajo. Ahora de espaldas sobre los escalones que se le clavan en las costillas, Pedro repele las embestidas de su pequeño agresor a fuerza de su altura y superioridad en masa corporal, pero a duras apenas logra contenerlo: le llama poderosamente la atención la fuerza que exhibe la criatura, que no debe de tener más de doce o trece años, pero que según Pedro: «está emperrado en destruir a su oponente de una manera muy zen: sólo piensa en eso, o mejor dicho, no piensa, hace.», se da cuenta, entonces, de su equivocación cuando había visto al chico en el piso de abajo, al interpretar la pausa de nuevo como una “escucha” a órdenes de su cerebro: no, este chico no tiene consciencia de lo que está haciendo. «De hecho―piensa Pedro―, allí dentro no hay nadie…»

Olvida nuestro amigo que eran tres los enfermos. ―Pequeño detalle…―susurra el cínico escritor, cuando siente que agarran al niño que luchaba contra él y se lo arrancan de arriba suyo: el tercer nuevo levanta al chico en sus brazos y, como si fuera el papel sucio de una golosina, lo arroja distraídamente por el agujero de la escalera, sin dejar de mirar hacia donde está Pedro, y sin verlo a los ojos, claro. No muy ágil de físico, pero sí de pensamiento, nuestro escritor gira hacia un costado, extiende su brazo hasta el cinturón del policía muerto, «de modo que no sienten dolor, pero sí mueren, ya es algo…» y extrae su arma reglamentaria antes de ser abducido por el nuevo, quien a las claras intenta hacer con Pedro lo mismo que acaba de hacer con el nuevo-niño. Pero el escritor se agarra a la baranda con una mano, impidiendo apenas que el tercer hombre lograra su cometido; con la mano que sostiene el arma apunta a la cabeza del nuevo y dispara. La bala, casi a quemarropa, le da en un hombro: el nuevo retrocede un paso, pero sin soltar a Pedro, así que nuestro valiente amigo, termina rematándolo con tres tiros más. Finalmente, caen los dos al suelo: uno, muerto; el otro, incrédulo, conturbado, exhausto, y… contento.

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