“Los Nuevos” – Novela de zombies por partes. (22/35)

Julia y Ernesto

Julia vuelve caminando bajo la lluvia desde la casa de Marga, eufórica. Su atención, dividida en tres cauces diferentes y competitivos: los cómicos pasitos de su nuevo compañero, Bakunin, siempre curioso, siempre atento a todo lo que acontece en este nuevo universo al que lo ha traído su salvadora; la sorprendente conversación que tuvo hace un rato con la periodista que más admira, tan larga, fortuita y, sobre todo, interesante, en la que Margarita no hizo más que superar las expectativas que Julia se había hecho de ella de tanto mirarla por televisión; y, por último, una canción («Críticas») de aquél uruguayo medio raro y medio colgado, que suena en sus auriculares, disputando protagonismo en su consciencia cada vez que viene un verso que la pelirroja ama, para cantarlo con ella.

Casi llegando a la puerta de su hogar, a Julia le parece oír entre la lluvia que alguien grita su nombre —con una voz que no alcanza a reconocer, pero que su mente relaciona con algo positivo—, pero ella hace caso omiso y continúa caminando unos pasos más, y cantando, y recordando, y mirando a su perrito. De nuevo suena otro “¡Julia!” en su cabeza, pronunciado con dificultad, dejándose oír clandestinamente a través de la voz de Fernando Cabrera y su guitarra, pero la joven, ocupada en tantas cosas, no presta atención hasta que el diminuto schnauzer se frena, gira sobre sus patitas y mira hacia atrás de su salvadora, adoptando una posición de juego y ladrando sus pequeños ladridos que Julia apenas escucha por el volumen de la música, pero como estaba mirando a Bakunin, le llama la atención su actitud y, sin sacarse los auriculares, Julia se voltea hacia donde mira el cachorro: Ernesto está asomado a la ventanilla de un taxi, haciéndole señas, con el rostro teñido de preocupación.

―¡Julia!

«¡Uy, qué pesado…!», piensa nuestra bibliotecaria amiga, …es cierto: en actitud algo contradictoria con sus propios sentimientos, pero no tiene idea de lo que está sucediendo en la ciudad en este momento.

«Si Adolfo le dio mi dirección, se las va a ver conmigo…», ―Hola, ¿Qué pasa?

Ernesto baja del taxi y le explica en pocas palabras lo mismo que les dijo a los viejos —sin mencionar, otra vez, lo de Mariana—, y que éstos quieren que Julia se les una, porque no la quieren ver sola en la calle con tanto loco suelto. La feminista le sale de adentro, y piensa: «¿con quién creen que están hablando? Pobres, viejitos, proyectan sus debilidades y limitaciones en los demás, pero es lógico: lo que ven poco, creen que todos ven poco como ellos, los ladrones, piensan que todos les van a robar a ellos, como ellos hacen con los demás… y, de la misma manera, todos creemos que somos los más sagaces habitantes sobre la faz de la Tierra porque no podemos leer los pensamientos de los otros, y entonces, sólo nos quedamos con los nuestros propios… que son los mejores que hemos oído, pero a fuerza de ser los únicos…». Nuestra Julia, siempre tan volada, ella, haría una muy buena pareja con Pedro, pero ninguno de los dos lo sabe.

―Decime, ¿y de dónde sacaste eso, vos?

―Yo, de…

―Y si fuera para tanto, ya me habría violado alguien, o robado unas monedas, al menos, ¿no te parece? …yo que anduve todo el día dando vueltas por ahí, sin enterarme de nada, ni ver nada raro.

―Bueno, mirá, hagamos algo: necesito que vengas conmigo para que los viejos te vean y no me maten. ¿Entendés? Si querés, tomás unos mates con nosotros, charlamos y vemos si podemos informarnos mejor, y si te parece que sobreactuamos, te volvés y listo.

Julia lo piensa un poco, y decide acceder, pero únicamente lo hace por sus dos amigos.

«Igual, huele a gato encerrado, pero de todas maneras, si es así, los tendré a la mano para recriminárselo. Además, más allá de todo, el chico parece preocupado en serio. Y esa preocupación no pega con su forma de ser.»

Da en el blanco la pelirroja, y deciden subir al taxi, pero antes de que pudieran hacerlo, el taxista les dice:

―Disculpá, pibe, pero perros, no. ¿Sabés?

Sin atinar a nada, Ernesto mira a Julia como interrogándola, y ésta le devuelve una mirada amenazadora, como pensando: «Ni sueñes que vamos a dejar a mi Bakunin. Va adonde yo vaya…». Mensaje que Ernesto interpreta a la perfección, de modo que le paga al taxista lo que había gastado hasta allí, y dice a Julia:

―De todas maneras, tendrías que cambiarte: estás empapada.

Ernesto corre a refugiarse bajo el toldo de un comercio, pero se asombra al ver que Julia y Bakunin siguen bajo el chaparrón como si nada, es más, se diría que los dos por igual, están más que contentos de andar bajo la lluvia. La pelirroja avanza unos pasos, y se da vuelta para decirle al muchacho:

―¿Qué? ¿También le tenés miedo al agua?―y ríe con una sonrisa que termina de enamorar del todo a un Ernesto que, aunque bastante estructurado («“normal”, en el mal sentido de la palabra, diría yo…»), todavía guarda en su interior un espacio para la novedad. Espacio que muchas veces nosotros clausuramos, para darle más lugar a la rutina, siempre ávida de conquistas mentales. Nuestra observadora Julia sabe todo esto. ¿Cómo es que lo sabe?, pues…

«…Comparando comportamientos, analizando conversaciones, atendiendo a cada mirada, gesto y ademán, de las personas con las que me relaciono… De la misma manera, sé, por ejemplo, que Ernesto está cayendo en picada en mis redes… porque, claro, no pensarás que no me doy cuenta de que todo lo que hacemos tiene destinatarios que están por fuera de nuestro propio cuerpo… algunos creen que es “llamar la atención”, pero yo prefiero llamarlo: “persecución indirecta de fines mediatos”.»

[Siempre tan rebuscada nuestra Julia, entreverando tantas palabras que, en realidad, no significan otra cosa que: “Sí, me gusta caminar bajo la lluvia, y sí, me gusta hacer cosas que los demás no suelen hacer, pero en este preciso instante, las hago para que el rugbier me conozca más rápido, y sepamos si nos llevaremos bien, o si somos incompatibles, sin tanta pérdida de tiempo.”]

«¿Cómo? ¿Dijiste algo?»

[No, nada]

―Vamos así nomás. Hace calor y no me quiero cambiar. El agua me refresca―dice Julia finalmente, al tiempo que se quita los auriculares del todo para protegerlos de la lluvia.

Empiezan a caminar hacia el departamento de Ernesto, con la idea de tomarse cualquier taxi o remís que aparezca en el camino, desestimada por completo.

Ernesto, seguimos, no se espanta, al contrario, a él le fascina la idea de ver la blusa mojada de Julia pegarse al cuerpo de la joven y resaltar sus curvas. Ella lo sabe. De hecho, consciente de la faceta animal de todos los hombres, Julia sólo perdona a Ernesto por su buena predisposición a salirse de la rutina en cuanto puede «…eso sí, a años luz de mí, que no sólo me salgo de la rutina, sino que la combato…»

Algo que la pelirroja no se da cuenta es que no todo es mérito de ella: En la aceptación instantánea de Ernesto de caminar juntos bajo la lluvia, incide el hecho de que la atracción por la chica ha desactivado la mayoría de los “filtros” del muchacho, mecanismos estos, que nos sirven para permanecer dentro de los límites de lo que la gente espera de nosotros, pero también, que velan por nuestra seguridad, nuestra cordura, pues tienen que ver con mantener la coherencia lineal del Yo-soy-esto. O, para decirlo de otra manera: Ernesto padece de enamoramiento, ergo, todo lo que haga Julia, estará bien… (y por eso, las discusiones en las parejas recientes, no empiezan sino hasta después de que ha culminado esta etapa de visión acrítica, en la que el Yo de uno, deja la puerta de par en par abierta al Yo del otro, para que pase y se sienta como en casa: se sirva, adueñe y hasta decore todo el interior a gusto e piacere por un rato —medianamente largo—, antes de echarlo a patadas…)

Otra cosa que Julia no sabe, es que posiblemente la fascinación que ha despertado en Ernesto se deba, en gran parte, al hecho de que su inconsciente —que en este caso no es Ernestotambién, sino algo más profundo e inexplicable—, lo haya arrojado a relacionarse con la pelirroja como mecanismo de defensa, para recomponerse, luego del abismo al que cayó por lo de Mariana: tanto en el rescate de Jorge y Adolfo, a partir de la oleada de crímenes, como en el enamoramiento de Julia, podemos ver excusas para no pensar en la muerte de Mariana.

Siguen caminando, conversando, mojándose, hablando de Bakunin, del abuelo de Ernesto y de su amigo. Por un momento olvidándose de los asesinatos y la maldad que reina en el mundo. Pero, finalmente, Ernesto no puede callar, necesita contención y ve en Julia a la represa ideal, de modo que le cuenta todo lo que pasó desde que se fue de la biblioteca ese mismo mediodía.

―No sé lo que es el mundo.―opina Julia, de regreso a la realidad, cuando Ernesto termina, por no ocurrírsele nada mejor que decir.

―¿A qué te referís?

―Pues a eso, a que en momentos como este, no sé lo que es el mundo.―Ernesto sigue caminando sin decir nada. Mirando sus zapatos al dar zancadas, o tal vez al perrito, que ahora parece un pollito mojado por acción del chaparrón sobre su pelaje. Julia, no sabiendo bien cómo continuar, agrega:―Tanta maldad. Tanta injusticia.

―Pues entonces yo tampoco sé lo que es el mundo.

―De todas maneras, me imagino que si sé que no sé lo que es el mundo, es porque sé que posiblemente el mundo no sea lo que posiblemente yo crea que es…

―Ya me mareaste.―atina a decir Ernesto, perplejo.

―Digamos, que desde algún lugar vos y yo decimos que no sabemos lo que es el mundo, y ese lugar, es nuestra propia concepción del mundo.―contesta Julia, en su salsa.

―No sé si el mundo es lo que yo creo que es. De acuerdo.―aporta Ernesto para zafar, y hace un ademán con los labios como para cambiar de tema…

―No, no me entendés, al decir eso, vos ya estás utilizando un concepto tuyo de la realidad, y que se desencadena con la palabra: mundo… de modo que sabés lo que es el mundo, aunque no sepas que lo hacés.

―¿Cómo puedo saber lo que es, y no saberlo, al mismo tiempo?

―Bueno, digamos que para vos, el mundo es algo que no tenés articulado de manera consciente, pero que sabés lo que es…, y entonces, acaso el mundo sea lo que vos pensás que es, y entonces, sí sabés lo que es, pero ¡no sabés que lo sabés! porque no lo sabés conscientemente, así que no sabés que sí sabés lo que es el mundo…

―No, mirá, a mí las palabras…

―Esperá, es fácil, dejame terminar: yo, por otra parte, digo que tampoco sé lo que es el mundo, pero lo decimos desde dos lugares diferentes: yo sí sé que sé lo que es el mundo, pero al mismo tiempo creo que estoy equivocada; a diferencia de vos, que no sabés si sabés o no sabés lo que es…

Por toda respuesta, el bueno de Ernesto menea suavemente la cabeza de un lado para otro, como implorando piedad a su impasible verdugo: Julia, quien continúa extasiada:―Mirá, no es tan complicado, vos sabés lo que es el mundo de una forma que te sirve para vos, pero que cuando no concuerda con lo que vos ves en el mundo, esa acepción tuya no te cierra, y entonces creés que estás equivocado, ¿ves?―Ernesto levanta la vista de pronto, y mira a Julia a los ojos― En cambio, yo sé que no sé lo que es el mundo, porque sé que tengo una acepción de la palabra mundo en mi cabeza y me la he articulado a mí misma, y el mundo que veo no es mi mundo…

―A ver si entendí: la diferencia es la consciencia, ¿no? Vos decís que sabés que no sabés porque sos consciente de que una cosa es el mundo y otra lo que vos pensás que es, mientras que yo no sé si sé lo que es, porque no soy consciente de estas dos formas de ver el mundo… mmm… puede ser…

Ahora, la fascinada es Julia. Ernesto no sólo no se había rendido ante la complejidad de su explicación —en la que Julia casi se confunde a sí misma, incluso siendo ella la autora de tal argumento…—, sino que además de entenderla casi a la perfección, la había plasmado de una forma mucho más simple que la propia Julia, sin perder profundidad. Lo que Julia nunca puede saber, es que en realidad, Ernestotambién le había apuntado la respuesta al rugbier, quien de otra forma, nunca hubiera avanzado más allá de la primera frase de Julia.

¡Ah!, …si pudieran dialogar directamente Julia y Ernestotambién… cuánto tendrían para decirse… pero bueno, eso no sucederá por ahora… o tal vez, nunca. Mucho menos, ahora que Ernestotambién ha caído —él, incluso, más que el propio Ernesto— en “las redes” de la pelirroja.

Bibliotecaria, schnauzer, rugbier y alter ego, continúan caminando hacia el departamento en donde se encuentran los viejos. A fin de cuentas, éste no queda tan lejos, y ya están llegando al mismo.

Julia no es del todo consciente de los peligros de andar por la calle a estas horas, ni aún bajo la lluvia, por no haber escuchado nada en los medios, ni visto nada en carne propia; Ernesto, en cambio, sí lo ha hecho, pero no tiene miedo por sí mismo, en todo caso, se preocupa por los demás, pero «abuelo» estaba con Jorge en el «depto.», mientras que Julia «ahora» se encuentra bajo algo así como su tutela, y ya no hay por qué temer.

Julia cae en la cuenta de que deben estar llegando al departamento donde los esperan Adolfo y Jorge Luis, «ojalá que con unos ricos mates calentitos, porque todo muy lindo, todo muy lindo, pero la lluvia empieza a calar mis huesos…», cuando nota que Ernesto mete su mano en uno de los bolsillos y saca un manojo de llaves. «…Tal vez el umbral de paciencia de cada persona pueda medirse según la distancia a la ésta que saca sus llaves cuando está llegando a su casa, sin importar la cultura a la que pertenezca, siempre y cuando haya puertas con llaves», es otra de las cavilaciones que hace Julia a medida que vive…, esta vez, interrumpida por los ladridos furiosos de Bakunin.

―¿Qué te pasa, lindo?

El cachorro ladra desquiciado hacia un hombre que se dirige por el medio de la calle, con mucha prisa, en dirección a la parejita. O eso les parece a los chicos al principio, ya que pronto se dan cuenta de que no es prisa lo que lleva el desconocido…

Bakunin es el primero que se entera del peligro que representa este nuevo-humano para ellos, y decide defender a su salvadora. Sin dejar de ladrar, se sacude la correa y con un tirón hacia atrás se zafa de ella; enseguida, corre hacia el nuevo: su sangre, su instinto, ya de pequeño le enseñan que no hay mejor defensa que el ataque. La expresión de Julia se deforma. La muchacha pega un grito, pero su cachorro no obedece. El nuevo nota la intención del descarado perrito y redirige su rabia hacia él. Le lanza una patada con todas sus fuerzas, justo en el instante en que Bakunin frena, pero sigue resbalando por la acera… —acaso la vereda mojada, la lluvia en los ojos del nuevo, o la velocidad que había desarrollado Bakunin en su carrera alocada y posterior derrape (o todos estos factores juntos), hacen que el nuevo erre la patada. La había propinado con tal fuerza, que él mismo resbala y cae de lleno contra la vereda, dándose un terrible golpe en la cabeza.

Para este entonces, Ernesto ya ha llegado al lugar e intenta auxiliar al accidentado, pero aquél ya se está incorporando —con lo que parece ausencia total de dolor— sin expresión alguna en su rostro y con la única intención de agredir a los otros: empieza por Ernesto. Julia ya ha llegado también y alza a Bakunin en sus brazos, quien sigue ladrando al desconocido y pidiéndole a Julia que lo suelte, que él le va a dar su merecido al nuevo-humano ése. Todo esto expresa el cachorro en su propio idioma, con una mezcla de ladrido/gruñido que suena a un puñado de cucharas raspando una olla vieja. La chica, por su parte, ve que esos dos hombres se están queriendo arrancar los sesos y recuerda cada vez que vio en T.V. lo histéricas que son las mujeres en circunstancias como ésta, cuando gritan y lloran porque otros se pelean, contemplando la situación sin hacer nada, «¡impotentes e inútiles como babosas resfriadas!: nada más exitoso para confirmar que son el sexo débil… ¡Ah, no! ¡Ningún “sexo débil”!», piensa, mientras suelta al perrito y ambos corren hacia el agresor, que es quien se está llevando la mejor parte en la trifulca pues lo tiene al grandote del rugbier contra el suelo, todo el tiempo golpeándolo, tratando de estrangularlo, impidiéndole levantarse. Aun así, Ernesto se las arregla para propinarle durísimos puñetazos y patadas, pero el nuevo vuelve cada vez, como si lo estuvieran acariciando… Bakunin le muerde el tobillo, pero el nuevo ni se da cuenta de ello. Recibe una trompada en la cara, una patada en el pecho y nada. Apenas esboza una mueca cuando Julia le da un puntapié en los testículos, que lo hace enderezarse para observar quién es este otro oponente. Ernesto aprovecha este blanco para ponerse detrás y sujetarlo con una palanca que aprendió quién sabe dónde: mete sus brazos por debajo de las axilas del nuevo y pasa sus manos por detrás de la nuca del sujeto. Aunque el nuevo no para de forcejear ni de moverse, intentando escapar, no puede hacerlo: el rugbier está acostumbrado a juegos de manos, y tiene con qué.

Julia aprovecha la oportunidad para mirar al nuevo a los ojos, y queda estupefacta.

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