“Los Nuevos” – Novela de zombies por partes. (23/35)

Marga y François

Momentos después de que Marga entrara a su casa, cuya puerta abrieran Esther y Soraya, se larga a llover copiosamente. Las chicas ponen una pava al fuego y tratan de distraerse entre ellas con temas banales, para no preocuparse más de lo debido. Pero en la casa sobrevuela un aire ominoso.

* * *

En la joyería, mientras tanto, los cinco hombres encapuchados —bueno, cuatro, pues «Savora» aún no despertó— esperan la señal convenida que seguramente no tardará en llegar. Ya han llenado sus mochilas con todo el efectivo y las joyas de valor que pudieron encontrar y dejado dos muertos más en el proceso —además de la chica que voló a través de la puerta de entrada—, entre ellos, el dueño del local: su fanatismo materialista le impidió ver el peligro que corría su propia persona, no sólo sus joyas. El hombre había tratado en varias oportunidades de encauzar el giro de los acontecimientos a su favor, una y otra vez. Se había hecho el rudo, el que no tenía miedo, el que tenía todo bajo control, había tratado de sobornar a los ladrones y hasta los había amenazado diciéndoles que irían todos presos, que “El Señor que todo lo puede los haría arrepentirse de sus pecados…”, pues “Él, en su inmensa gloria…”, …y quién sabe cuántas cosas más estaba a punto de decir si en ese preciso instante un fiero golpe en el cráneo no lo hubiera callado para siempre.

En realidad, en ese local sí había alguien que no se hacía el rudo ni el temerario: sencillamente, lo era…; François había decidido deshacerse de la competencia —por más desleal y despareja que fuera— para que no hubiera dudas entre los demás rehenes. Pero también, a decir verdad, porque el aburguesado dueño del local ya lo estaba cansando.

Un matafuegos hizo el trabajo.

La forma en que feneció la tercera víctima no viene al caso, porque ya se escucha desde afuera la señal convenida: una andanada de disparos que se oye desde la acera, y los consecuentes gritos de los policías.

François y Marcelo, por teléfono, habían convenido que éste y Yayo vendrían a rescatarlos del asedio, en un plan sin muchas visos de sagacidad: dejar a los policías en un fuego cruzado entre Marcelo y Yayo, por un lado, y el francés y los suyos, por el otro.

Al escuchar los disparos y sin perder un segundo, los delincuentes apostados dentro de la joyería salen corriendo a toda velocidad. Se zambullen en el chaparrón y la balacera, cada uno cargando una mochila, en una dirección distinta, disparando a su vez sobre los policías. Todos, menos el desmayado, «¡que se joda!», piensa François, justo antes de salir de la joyería, despidiéndose de su compañero con una última mirada que nada tiene de afectiva.

Grande es la sorpresa de los ladrones, una vez en la vereda, cuando descubren que no hay rastros de Marcelo ni de Yayo, y que los policías, en realidad, disparan sobre una multitud de enloquecidos transeúntes que los está atacando histéricamente.

Esa es la palabra: histéricamente.

* * *

―¿De modo que no sabés dónde se ha metido tu chico?―pregunta finalmente Esther a Soraya, en un momento durante el cuál se hizo un silencio entre las tres. Es en vano evadir el asunto sobre el cual recaerían más tarde o más temprano, y Soraya lo sabe mejor que nadie.

―No. A decirte verdad, no recuerdo demasiado de nada.―contesta, friccionándose el hematoma que aún se dibuja en su delicada frente. Lleva una cola de caballo que cae sobre la espalda recta de alguien que sabe sobrellevar los sinsabores que le tiene reservados la vida, en el caso de Soraya, a fuerza de ayudar a los demás a hacerlo. Esther la envidia un poco, sin saber muy bien por qué. Soraya se lo podría contestar. Marga, sin ser psicóloga, también podría. De hecho, mientras Soraya le cuenta —o intenta hacerlo— a Esther sus escasos recuerdos sobre el accidente, Marga enumera una a una las razones por las cuales Esther envidiaría a Soraya: partiendo de la base de que se suele envidiar lo que no se posee, lo de Esther podría deberse acaso a la tranquilidad que emana Soraya, y que le imbuye un aura reconfortante de belleza calma. Nunca llegará a ser tan atractiva como Esther, pero la belleza de ésta es una belleza inocua… una belleza de colchón, tal vez, de esas que atraen a los hombres banales. «¿Como Marcos?». De hecho, Esther es la más linda de las tres, pero a ninguna de las otras dos les afecta en lo más mínimo.

―Espero que lo encuentren pronto…―dice Esther.

«Espero que lo encuentren …vivo», piensa Marga, y sigue enumerando en su mente las cosas por las cuales Esther envidiaría a Soraya: también por sus estudios; si mal no recuerda Marga, hoy mismo, durante el almuerzo, había surgido el tema de los proyectos personales, o algo así, y alguien había mencionado como al pasar, «Juan, claro, ¿quién sino?», la “gran carrera académica” que estaba haciendo Soraya, con varios títulos obtenidos aquí y allá…, y bien sabe la periodista, que las niñas inseguras como Esther, suelen admirar en demasía a las mujeres que irradian autoridad y aplomo, como Soraya. «Aunque esta autoridad venga legitimada desde afuera, y no desde adentro, como la mía…―piensa Marga sin quererlo―, pero, ¿qué estoy haciendo?, ¿comparándome con Soraya? ¡Esto es ridículo!»

Soraya sigue hablando con Esther, pero la chica le insume tan poco esfuerzo neuronal, que la psicoanalista se aburre un poco y enfoca su atención en otra cosa —sin perder, por ello, el hilo discursivo de su charla con la nueva novia de Marquitos: le llama más la atención la forma en que Marga las está mirando a ambas, o mejor dicho «estudiando: está haciéndose la psicóloga», mientras ellas hablan.

* * *

François deja de correr, esto es demasiado bueno para perdérselo: un grupo numeroso de nuevos ataca a los canas que minutos antes les cerraban el paso a él y sus muchachos. Sus compañeros también frenan, en parte, porque el jefe lo había hecho, pero también por iniciativa propia: ellos tampoco pueden creen lo que están viendo.

―¡Pipa, cuidado!―le grita el del pasamontañas azul a la única mujer del grupo: la mujer no advirtió que uno de los desquiciados había venido acechándola desde el costado más alejado y ahora se arrojaba hacia ella. Pero no llega: en pleno salto, un disparo certero le vuela la tapa de los sesos, y cae contra la mujer nada más que un cuerpo inerte. Todavía medio absorta, Pipa (ex “Verde”), mira en dirección al origen del disparo, y allí está: erguido, impasible como siempre, François. Su forma de pararse le confiere la solemnidad (y frialdad) de un muro de piedra: la sola presencia de su persona, entre semejante caos humano, aporta algo de orden y seguridad a sus compañeros, pero también a los policías que ni siquiera lo conocen. Pipa no puede estarle más agradecida, ni admirarlo más: la autosuficiencia de su líder hace que éste parezca un gigante —casi tan alto como el de matón capucha negra—, aun siendo de estatura más baja que la de Pipa. Ésta recuerda las palabras que le dijera “Savora” un rato antes de desmayarse en la joyería: “…la puta que la tiene clara el francés…”. Quiere esbozar un gracias, pero no hay tiempo: los nuevos los han descubierto y ahora (los que no están ocupados atacando a los policías) encaran hacia donde están los recién llegados.

La calle se vuelve un matadero (si lo viera Marcos, entendería por qué Esther se había hecho vegetariana…): de tarde en el centro de la ciudad, al inicio de la hora pico, la mitad de los seres humanos que había en ese momento, para entonces ya ha asumido una personalidad nueva y atacado a la otra mitad. Y la sangre, al diluirse con el agua de lluvia, aparenta cubrir toda la calle, la vereda, los cuerpos…

Ahora sí, llega Marcelo (manejando solo pues Yayo jamás había contestado), y armado con una ametralladora de esas pequeñas, pero que no son “puro ruido y pocas nueces”, como le gusta decir al que era dueño del Bichera. Marcelo había intentado localizar a Yayo, como sugiriera François en la conversación telefónica, pero no lo había logrado. A Yayo parecía habérselo tragado la tierra y no había tiempo de ir hasta su casa a buscarlo. De todas maneras, El Pala no se había amedrentado y aquí lo tenemos.

Entre la claridad que se está yendo y la lluvia que molesta, no se ven las cosas con demasiada nitidez, sólo una gran trifulca desorganizada, por lo que Marcelo opina que mejor que sobre y no que falte, y dirige la regadera de plomo hacia la muchedumbre en donde se encuentran los canas.

* * *

En verdad, Esther está en desventaja ante estas dos mujeres. Pero ni se lo pregunta. Ella sigue hablando cómoda con Soraya, y la magíster en antropología le sigue contestando, pero sin dejar de observar a Marga.

En un momento dado, al cruzar sus miradas, Marga y Soraya se sonríen con complicidad, acaso se rían de Esther, acaso de sí mismas. Saben que se respetan mutuamente, pero también saben que si tuvieran la oportunidad (y el interés de hacerlo), se robarían sus propios hombres.

«Las mujeres solemos ser así», piensa Soraya, que todavía no entiende cómo es que funciona ese mecanismo por el cual, sin el menor aviso, deja de ser la “operadora social, psicóloga psicoanalista, magíster en antropología”, y pasa a ser una harpía común y corriente… es curioso cómo su consciencia trabaja, alternadamente, con una u otra caja de herramientas, pero nunca con las dos juntas… En eso, Soraya está en desventaja con respecto a Marga, mucho más espontánea, directa y suelta, que aquélla.

* * *

Instantes después del ataque de bienvenida de Marcelo —por fortuna, prontamente olvidado entre tanta lluvia y muerte—, pacos y cacos han pactado algo así como una tregua, de manera tácita, con sólo intercambiar algunas miradas: ambos bandos han entendido que los verdaderos enemigos son estos enardecidos nuevos, que atacan a diestra y siniestra, sin importar la tendencia sexual, el credo, ni la raza de la víctima, sin importar si lleva uniforme policial o pasamontañas, o si la víctima está armada y les vuela la tapa de los sesos al ser atacada… Atacantes irracionales que, como si fuera poco, no sienten dolor, cuesta matar, y no paran de llegar de todas direcciones…

Los canas fueron cayendo de a uno. Los pocos que quedan, sobreviven a costa de organización y municiones.

De los maleantes, el primero que cayó fue el urso de capucha negra. Su físico imponente lo hizo confiarse más de la cuenta: ansioso de trabarse en combate, había dejado su arma a un costado, presto a esperar a que el primer nuevo se le acercara. Un flaco cualquiera, que bien podría haber sido bioquímico o ingeniero en sistemas, se abalanzó contra el oso con una velocidad inesperada, pero aún así, el de capucha negra lo agarró en el aire y lo lanzó lejos de sí, como a una bolsa de cebollas. Sin hacerse esperar, el nuevo se levantó y corrió hacia el grandulón: cuerpo a cuerpo, se trenzaron como bestias, uno, gigante, el otro, casi insignificante a su lado. Luego de un par de vueltas en el suelo, se escucha un crujido: el de capucha negra había estampado el cráneo del bioquímico contra el asfalto, y éste no se movió nunca más. Otro nuevo había llegado corriendo al encuentro del grandote justo a tiempo como para que éste lo frenara con un puñetazo de lleno en el rostro: igual que si lo hubiera arrollado un camión, el recién llegado cayó al suelo, inmóvil. Pero los otros nuevos no conocían leyes, ni reglamentos de lucha, y no esperaron a que el compañero de François, enderezándose, se aprontara a recibir más atacantes: dos, tres, cuatro enardecidos nuevos se abalanzaron contra el que no usaba armas de fuego porque según él no las necesitaba… Tras una batalla campal, el urso finalmente sucumbió ante unos cuantos flacos escuálidos, pero que se movían como pirañas.

“Azul” y Pipa se han puesto espalda contra espalda para repeler mejor a los atacantes, cuando ésta ve que “Savora” acaba de salir de la joyería y se dirige hacia ellos.

―¡Refuerzos, al fin!―exclama la única mujer del grupo, sintiendo algo así como alivio. La lluvia no le deja ver que su compañero ya no existe como tal. En su lugar, no queda más que su propio verdugo. Ocupada quitándose nuevos de encima, la mujer no le presta atención a “Savora” hasta que éste ya está demasiado cerca como para que ella pudiera hacer nada: su nuevo-compañero la ataca de un brinco, con la misma no-expresión de los demás nuevos en su cara. Es entonces cuando Pipa comprende todo, y se corre justo a tiempo para evadir el salto, “Savora” apenas la roza, pero cae sobre “Azul”, que está de espaldas, confiado en que Pipa le cuidaría la retaguardia. Una vez desbaratada la estrategia espalda-con-espalda de los dos maleantes, estos caen como hojas ante lo que parece un mar de hambrientas hormigas soldado.

François observa la situación desde su propio bastión: se ha subido al techo del blindado de la policía, y desde allí dispara a todo lo que se mueve. Pero no puede salvar esta vez a sus secuaces, porque él mismo está en apuros. Al igual que Marcelo, quien no tuvo tiempo de salir del auto luego de disparar la primera andanada y ahora está encerrado en éste: sólo le queda defenderse a machetazos.

* * *

Esther, quien en un principio estuviera muy a gusto en presencia de las otras dos chicas, comienza a sentirse incómoda. Supone, sin embargo, que esto se debe a la preocupación que va aumentando en sus conocidas, puesto que pasa el tiempo y los muchachos no aparecen. Hace un comentario al respecto.

―¡¿Qué pasa que demoran tanto?!

―No lo sé, mi amor, tengamos paciencia. Tal vez se están informando mejor acerca de lo que sucede, o tal vez estén trayendo ayuda.―contesta Soraya, comprensiva.

«O tal vez estén todos muertos», contesta mentalmente Marga, que se sorprende a sí misma al pensar esto, pero aun más cuando cae en la cuenta de que la idea de que Héctor estuviera muerto no la aterra tanto como debería…

Por fin, tocan el timbre.

―¡Abran, chicas!―grita Marcos con voz extraña y opaca, desde afuera.

Soraya se pone de pie de un salto, no soporta esperar ni un segundo más para saber si su Juan está a salvo y corre a abrir la puerta, pero al hacerlo no encuentra a su pareja, sino a Héctor y a Marcos… junto a dos hombres armados y de aspecto terrible que los traen prisioneros. Uno de ellos, cubierto en sangre. Los cuatro, empapados.

―¡Adentro!, que no tenemos tiempo para besuqueos.―dice el más bajo de los dos hombres armados, al tiempo que da un empujón a Marcos con el codo, haciéndolo entrar a los tropiezos a la estancia en donde están Marga y Esther, ambas congeladas por el giro de los acontecimientos.

Una vez adentro, los maleantes se quitan las mochilas y las arrojan sobre la mesa. Luego, François queda apuntando a los cinco desprevenidos amigos con su arma, mientras Marcelo va a recorrer la casa con su machete ensangrentado, tanto para ver si hay algún otro habitante en la misma, como para cerciorarse de que todas las puertas y ventanas estuvieran apropiadamente trancadas.

Un par de veces las mujeres tratan de decir algo, pero el francés las manda a callar a cara de perro.

Por fin, Marcelo vuelve, y François les comenta a todos:

―La cosa está bien jodida, así que vamos a poner tres reglas que no van a romper, o los mato. Primero: nunca se aleja ninguno de ustedes de la vista mía o del Pala, o los mato. Segundo: ya mismo me dan sus celulares y nunca nadie trata de comunicarse con nadie del exterior, o los mato. Tercero: vamos a sentarnos y a ponernos cómodos, porque esto va para largo.

Así, nuestros amigos quedan a merced de los dos criminales. Muertos de miedo, pero, por lo menos, no muertos de verdad.

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