“Los Nuevos” – Novela de zombies por partes. (24/35)

Adolfo

Adolfo vuelve de la cocina con el vaso de agua para su amigo, Jorge Luis —quien, repentinamente, se había sentido exhausto y recostado en la cama de aquél—, y mientras camina hacia la habitación, piensa en la juventud perdida. Pero no en que “los jóvenes de ahora no tienen arreglo”, sino en los “años mozos” vividos por él, Adolfo, y su amigo, mucho tiempo atrás, y en cómo, de un tiempo a esta parte, la materia de la vejez se filtra —«cada vez más seguido», piensa Adolfo— por entre los mecanismos del alma que la combaten. Esto le trae a la mente unas sabias palabras de un sabio maestro: «La vida es crecimiento. Dejar de crecer, física y espiritualmente, es lo mismo que estar muerto…», y, con ellas, surge el hecho irrebatible que es esta máxima, comprobada por los dos viejos a lo largo de décadas, de charlas y de vivencias, en todos los ámbitos de la existencia… «Lo que no está en constante desarrollo, está en constante retroceso»: de ello vive el capitalismo, de ello viven los amantes, de ello viven los violentos: por eso, como dijera no recuerda quién, «acaso Gandhi: que las sonrisas atraen más sonrisas de la misma manera que la violencia, más violencia.» Adolfo agrega, de acuñación personal, que «lo mismo sucede con el dinero —y por eso el capitalismo necesita tanto de la explotación ajena—, o con el saber… y por eso, amo la biblioteca: porque no puedo alejarme del conocimiento.» Su mente, al igual que la de Jorge Luis, le demanda aprender cada día algo nuevo, «de la misma manera—supone Adolfo—que el bolsillo del comerciante, le demanda ganar cada día algo más de dinero…». Adolfo repasa, de entre todos sus conocidos, los que más avidez tienen por el conocimiento y en lista, además de Jorge Luis, se destacan Pedro y Julia. Adolfo sigue en la línea de pensamiento y descubre que le interesaría saber si el Conocimiento está relacionado con el Amor. De inmediato piensa en hacerle esta pregunta a su amigo una vez en la habitación; en principio, porque aún a pesar de todo lo que sabe Jorge Luis, él siempre ha sabido mantener intacta la agudeza de lo simple en su mirada, en sus perspectivas y opiniones; pero también desea compartir la pregunta con él, sencillamente, porque casi siempre es mejor pensar de a dos.

A esto de que es mejor pensar de a dos, pocos lo saben mejor que Soraya, por su amplia formación en psicología. ¿Qué es terapia sino una cooperación binaria? Si la mujer conociera a Adolfo y estuviera presente, además de admirar al viejo por su hondura y curiosidad (atributos que ella estima en los demás, pero en los cuales no abunda), le contestaría desde la antropología o, más específicamente, desde la biología evolutiva, que “la Naturaleza es sabia” pues paga a sus siervos obedientes con placer, cuando éstos hacen lo que ella manda. Por eso, Adolfo y Jorge Luis desean aprender cada día algo nuevo: sienten el goce del conocimiento; o, de la misma forma, Rubén y Héctor, se sienten realizados espiritualmente, cuando progresan en el plano material, por decirlo de alguna manera; o Ernesto, cuando lleva alguna nueva desconocida a la cama; e incluso Soraya misma (nuestra “operadora social, psicóloga psicoanalista, magíster en antropología”) cuando consigue algún otro título académico… Todas estas acciones les son biológicamente recompensadas a sus realizadores, mediante la liberación de enzimas que generan placer, como cuando comemos algo dulce, hacemos deporte, tenemos sexo, o incluso, diría Freud, cuando defecamos…

Las cavilaciones de Adolfo se interrumpen porque encuentra a su amigo temblando en la cama, y se acerca hacia Jorge Luis con preocupación.

―¡Jorge! ¡Jorge Luis!―el abuelo de Ernesto no recibe respuestas de su camarada. Sólo temblores que se propagan por su ropa e ingresan por los ojos despiertos de Adolfo, quien por el momento sólo atina a apoyar su mano en el antebrazo de su amigo, en señal de acompañamiento o contención, como para tranquilizarlo.

Jorge Luis, el mayor de los dos viejos, mira al techo con los ojos muy abiertos y las comisuras de los labios caídas, «tal vez por dolor, tal vez por angustia». Al instante, mueve la cabeza en dirección a su compañero y lo mira fijamente a los ojos. Esto asusta, por primera vez a Adolfo, porque sabe que esa mirada puede implicar cualquier cosa pero, sea la que sea, es terrible, porque Jorge Luis no es de los que piden ayuda.

Adolfo lucha entre la alarma y la calma, trata de recordar si alguna vez Jorge Luis había hablado de epilepsia o de algún otro tipo de convulsión, pero está casi seguro de que no ha sido así. Tampoco recuerda, mucho menos, haberlo visto así en su vida. En ese momento, sin embargo, la mirada del anciano —acaso lo único que aún le pertenezca a Jorge Luis:— transmite de manera impensable un baño de agua cristalina que refresca el espíritu de Adolfo, quien recupera algo así como la sangre fría, como para pensar sobre la situación que está padeciendo su amigo, y toma el pulso de Jorge Luis. Lo nota muy acelerado, pero los temblores han cesado.

Llevado por la velocidad de la mente, aún más rápida que la de la luz, Adolfo recuerda a su perro de la infancia, Ham, que sí sufría de epilepsia, y cómo su madre le había dicho que cuando le diera un ataque epiléptico, Adolfo se fijara que Ham no se tragara la lengua… «Al convulsionar, los enfermos corren riesgo de asfixiarse con su propia lengua», y Adolfo vuelve del pasado para revisar la lengua del amigo, «pero esto no es una convulsión», piensa. Entonces, siente que debajo de la palma de su mano, en el antebrazo de su Jorge Luis, de repente, todo es tensión: los tendones no más flojos, los músculos marchitos del viejo, firmes como en su juventud. Vuelve a Adolfo la idea de una convulsión por demás extraña, pues que Jorge Luis lo sigue mirando a los ojos de manera consciente…, hasta que Adolfo siente, a través de la mirada, que su amigo «se va alejando hacia adentro… lentamente…» (luego recordaría estas palabras de manera muy vívida). Los ojos de Jorge Luis, fijos en los del abuelo de Ernesto, van librándose de a poco de la personalidad de su dueño y su mirada se desenfoca.

De pronto, aunque los globos oculares de Jorge Luis no se han movido ni medio milímetro, Adolfo siente que ya no lo están mirando… y pasa lo mismo que siempre pasa en las películas cuando muere un enfermo: con un último suspiro, Jorge Luis se va «…como hacia adentro».

Ahora, el único amigo sobreviviente se está en silencio absoluto. Absorto. Pensativo. «Otro amigo más que se va.» Y queda otra vez solo. Y vivo.

―¿Qué fue esto,―se susurra Adolfo a sí mismo, al fin, pues ya no hay nadie que lo escuche.―…si él estaba perfecto, hasta hace un rato, nomás?

Adolfo no necesita tomarle el pulso a su hermano de la vida, sabe que ha muerto, pero igual decide asegurarse. «Tal vez―conjetura―, Jorge Luis tuvo un paro cardíaco, y su trajinado envoltorio careció de la suficiente reserva energética.»

Al experimentar la muerte de seres queridos, cada vez con mayor frecuencia a medida que se va haciendo más viejo, Adolfo ha aprendido a adoptar una postura que más tiene que ver con la resignación que con la angustia, pero no por maldad o desinterés, sino por cansancio y autoprotección. Ésta es la razón por la cual Adolfo ya no critica el corazón frío y calculador de los médicos. Antes de sentir empatía con los médicos ―como su propio hijo, el padre de Ernesto―, es decir, antes de experimentar dicha sensación en carne propia, Adolfo había discutido incontables veces sobre la insensibilidad de su hijo y sus colegas, sobre lo mal que le hacía al paciente ser tratado como un objeto, en lugar de ser tratado como un igual. Adolfo comprende, ahora, que a los profesionales de la salud no les queda otra que desarrollar dicho mecanismo de protección ante el sufrimiento y las muertes ajenas, «no les queda otra que enajenarse, por decirlo de alguna manera», para poder hacer su trabajo sin que su corazón interfiera con su cerebro. La insensibilidad del médico es lo que le permite seguir haciendo su trabajo a como dé lugar. La insensibilidad (leve) que ha desarrollado Adolfo a partir de tantas pérdidas de gente que amaba, es lo que le permite seguir adelante a pesar del dolor.

Sin embargo, esta resignación se torna en intriga cuando se trata de pensar su propia defunción.

«No miedo. Sólo intriga.»

Ahora que Jorge Luis la conoce, a nuestro apesadumbrado sobreviviente le gustaría preguntarle cómo es la muerte:

«Si es para hacerse tanto lío, o no, …o si es aún peor de lo que la pintan…»

Pero, en realidad, aunque diga lo contrario, aun habiendo podido preguntárselo, Adolfo tal vez no se hubiera animado a hacerlo: aunque el abuelo de Ernesto no vive pensando en la muerte —sino más bien en cómo vivir mejor lo que le queda de vida—, es evidente que con cada partida de algún conocido, la parca se le acerca un poco más…

«Detenerse, cuando todo marcha, es desandar camino.—en sintonía con las cavilaciones ya lejanas que traía desde la cocina, Adolfo recuerda las palabras de José Ingenieros y las conecta, triste, con la nueva situación:— Jorge Luis, ya vas desandando camino, viejo amigo…»

* * *

Cinco minutos más tarde, Julia y Ernesto interrumpen las taciturnas disquisiciones mentales del abuelo de éste, y se enteran de la fría noticia, que les cae como un adoquín en el alma.

Julia no logra disfrutar del calor de hogar que reinaba minutos antes en el departamento de los dos hombres, pues los escalofríos del encuentro inesperado en el trayecto hacia aquí se le unen (y potencian), con la horrible noticia de la muerte de su otro abuelo postizo. Al borde del llanto y la desesperación, se refugia en Bakunin: el cachorro ha detectado la tristeza de su dueña y trata de reconfortarla lamiéndole las manos con nerviosismo. Por fortuna, logra robarle una sonrisa a Julia.

Ernesto, también ha sido afectado hondamente por la muerte de Jorge, aunque, por fuerza mayor, no le dedica tanto tiempo en su cabeza porque piensa en el nuevo —a quien se vieron obligados a matar, entre él y Julia, apenas hace un instante—, y en cómo pedirle ayuda a su sabio abuelo, para salir del brete.

Adolfo, permanece sentado en el sofá del comedor, como sedado, mirando a Ernesto, a Julia y a Bakunin, …y vuelta a Ernesto.

* * *

Luego de una robótica conversación en la que, los chicos por un lado y el viejo por el otro, se narran los recientes acontecimientos, Julia, Adolfo y Ernesto acuerdan que lo mejor sería que se acercara este último hasta la comisaría más cercana para avisar de las defunciones (pues nadie, en ningún lado, atiende ningún teléfono): No sin discusión de por medio, Ernesto disuadió a Julia y Adolfo de que lo acompañaran.

El argumento que él esbozó fue que, tanto la pelirroja como su abuelo, estaban cansados, de modo que ambos necesitaban reponerse, a diferencia de él. Sin embargo, el verdadero motivo que llevó a Ernesto a ser determinante en su decisión de ir solo, fue que el chico albergaba la posibilidad cierta de un nuevo encuentro con algún desquiciado, y no es que pretendiera luchar contra él (o ellos), solo —lo cual sería una locura, pues esta vez seguramente no tendría la suerte de la anterior—, sino para poder huir con mayor velocidad. Claro que de esto no les dijo nada a ninguno de los otros, y, claro también, que tanto Julia como Adolfo no necesitaban que se los dijera, pues ellos mismos lo habían pensado, y por eso habían terminado dándole la razón al atlético joven.

Ya resueltos, entonces, Ernesto se para, saluda levemente a los que se quedan, abre la puerta del departamento y se dispone a salir cuando un nuevo lo ataca desde uno de los costados del pasillo, como salido de la nada.

Favorecidos por el hecho de no emitir más ruido que el de sus cuerpos al desplazarse o chocar contra algún objeto, varios nuevos, (ex)inquilinos de otros departamentos, habían salido de sus casas y merodeaban con andar errático por los pasillos del edificio. …Bakunin podría haber alertado a sus amigos del peligro, pero su cuerpecito de cachorro estaba fatigado y se hallaba durmiendo en la cocina.

Ernesto se saca de encima a su atacante con un fuerte empujón al tiempo que Ernestotambién le apunta:

[¡Cerrá la puerta! ¡Cerrá la puerta para que no vayan por tu abuelo!]

El intento del rugbier de hacer lo que le ordena Ernestotambién se ve truncado cuando el primer nuevo le agarra el talón desde el suelo y Ernesto ve con inmenso terror cómo entran más desquiciados a la estancia en donde están sus seres queridos.

Adolfo no alcanza a abarcar con su mente los hechos con la pasmosa velocidad con que suceden, pero su antaño esforzado entrenamiento en artes marciales no lo necesita: insuflados con una exorbitante y bienvenida dosis de adrenalina, sus jubilados músculos actúan por acto reflejo; solos y contentos, se van quitando a los desquiciados de encima: una torcedura inmovilizante por aquí, una arrojada sobre la espalda por allá, …el costado consciente de nuestro septuagenario amigo apenas si puede dar crédito a lo que sucede y termina por hacerse a un lado, optando por la contemplación de su hermano inconsciente y su redención largamente esperada. Los nuevos, cuerpos alienados e inconscientes, se amontonan contra la puerta al otro lado de la habitación, cada uno afanándose por entrar antes que los demás, sin saber que los que van entrando no la pasan tan bien y, más que banquete, reciben palos.

Aunque no todo es victoria para nuestro grupo, pues sólo uno de ellos sabe aikido.

Para huir de los nuevos, Julia se escabulle por la estancia, salta del sofá a la mesa o viceversa; interpone una silla o golpea con ella; o bien, se escurre por debajo de la mesa: ahora un banquito de madera se ha convertido en la única frontera entre la despeinada y húmeda pelirroja, y los desquiciados nuevos.

Bakunin, se despierta por el ruido y viene corriendo desde la cocina hecho un fierecilla, pronto a rescatar del peligro —una vez más— a sus descuidados amigos. Esta vez, sin charcos de agua, lluvia, ni factor sorpresa de su lado, el cachorro hubiera llevado las de perder si no fuera por Adolfo: el viejo ha decidido que no va a morir nadie más el día de hoy, si él puede evitarlo. Se desprende del nuevo que en ese momento tiene encima, de dos pasos se interpone entre el perrito y el peligro, alza al schnauzer y lo lanza lo más delicadamente que puede a la cocina para luego cerrar la puerta. Bakunin gruñe como papel de lija, amenazando a todo el mundo. Ladra con voz chiquita pero firme, instando a su traidor amigo a que lo libere, ofendido por que desprecien la enorme ayuda que él puede dar, chiquito y todo como es…

Evidentemente, el pequeño ha resultado tan combativo y temerario como quien había inspirado su nombre.

* * *

Mientras todo esto ocurre, Ernesto corre por los pasillos y escaleras del edificio, seguido por un grupo de nuevos: él no los contó, pero supone que lo corre la mayoría de los energúmenos que había en el pasillo de su departamento. Ciertamente, el chico prefiere que lo persigan a él, antes que ataquen a su abuelo o a su amiga, por lo que se cuida de que los nuevos no lo pierdan de vista en ningún momento, llamándoles la atención con gritos o arrojándoles cosas, para que no se dieran por vencidos en su persecución ni fueran a por los restantes…

* * *

Arrinconada debajo de la mesa central de la habitación, Julia rechaza a duras penas a sus atacantes a fuerza de golpes de banco, patadas e inútiles gritos. Adolfo, atento a la situación, trata de interponerse entre ella y los nuevos. Por fortuna, descubre el travesaño de madera de la cortina de la sala: un palo de una pulgada de ancho y del largo parecido a aquél bastón que él utilizaba en sus lejanas prácticas de aikido, el “jo”.

De un salto, Adolfo lo arranca de la pared y con la misma fuerza de la caída aprovecha para propinarle un contundente golpe a uno de sus ex-vecinos: «¡Perdón, Carmelo! ―se lamenta el viejo de manera irracional, pero enseguida se recupera y piensa:―…Uno menos». Con la cortina que pende del mismo palo, envuelve a uno de los energúmenos que se estaba acercando peligrosamente a su amiga, y con el jo improvisado le hace una zancadilla que lo tira al piso.

Maravillada por la inusitada, recién descubierta y nunca más oportuna destreza marcial de su amigo —quien se libra de sus atacantes casi sin el menor esfuerzo, apenas valiéndose de movimientos circulares y fluidos que más se parecen a una danza que a técnicas de combate— Julia decide acercarse más a Adolfo, para ubicarse entre él y la pared, y ser defendida por éste, pero también, para golpear con su banquito a los descarriados que escaparan del aikidoka. Eso sí: no se acerca mucho al viejo, porque según entiende ella, el ardid de su amigo consiste en convertirse en el ojo de un vórtice humano, de cuyo centro salen despedidos los nuevos, como si estuvieran borrachos, además de perdidos.

Contemplativo, el abuelo del que corre por los pasillos de la torre, deja actuar a su cuerpo sin entrometerse. Esto le deja tiempo para reflexionar. “La calma en la tempestad” de la que tanto hablaban sus maestros…

«Claro, por la forma en que se mueven estos, no puede haber mejor estrategia que la de ser una hierba en el viento…―piensa entre nuevo y nuevo, mientras su cuerpo se encarga de esquivar, dejar pasar o de anticipar los golpes de sus atacantes―…y si ellos empujan, “no estoy allí”, y si ellos tiran de mí, los empujo…»

Los desenfrenados agresores, con sus movimientos rápidos, pero desmedidos, salen proyectados una y otra vez, con la misma fuerza y velocidad con la que lanzan sus ataques al viejo aikidoka, cuya maestría, aprovecha el más efímero desequilibrio de su oponente para desbaratarlo, sin choque de fuerzas, ni confrontación alguna.

No obstante, al cabo de varios minutos ―y a diferencia de sus oponentes―, nuestro sorprendente amigo comienza a cansarse…

Fuera, en los corredores del edificio, Ernesto les ha dejado bastante atrás a los nuevos que lo persiguen. Con un propósito: sacarles ventaja para poder tomar el ascensor y regresar al piso de su abuelo. También ha conseguido un “arma”: el perchero de bronce que estaba en la planta baja. El rugbier alcanza a tomar el ascensor justo cuando vienen llegando los nuevos, y aprovecha para tomar un poco de aire mientras el elevador llega a destino. Una vez en el piso, esgrime su arma blanca ad hoc por si lo están esperando al salir del ascensor, pero no hay nadie allí. Corre, entonces, hasta el departamento donde vive: esperar lo peor. [Hiciste lo que pudiste, muchacho. Obraste bien], lo prepara mentalmente Ernestotambién, en vistas de lo que pudieran hallar sus ojos asustados; …encontrarse con que Julia y su abuelo le estén dando su merecido al último nuevo que queda en pie es algo que alegra a rugbier de una manera inexpresable.

Recién ahora Ernesto recuerda que su abuelo es 4º Dan de aikido, así como las veces en que el viejo lo había animado a unírsele en sus prácticas cuando, de niño, Ernesto venía de visita a la ciudad. Desafortunadamente para ambos, al nieto le parecía muy aburrido. Al final, su impaciencia y personalidad, lo habían hecho decantar por los deportes en equipo. Al tiempo que piensa en todo lo anterior, el muchacho va por detrás del último nuevo que molesta a su abuelo y lo remata con un percherazo.

Ahora son Julia y Adolfo quienes se ponen contentos de ver al recién llegado. La chica salta ―literalmente― de alegría. En el aire la reciben los brazos fuertes del deportista. Esta escena reconforta al abuelo, que en lo profundo de su ser sabe que daría su vida por el bienestar de ambos, y también, que posiblemente no faltará mucho para que deba demostrarlo.

Solos otra vez.

Ernesto se dirige a asegurar la puerta del departamento, mientras Julia va a abrir la de la cocina para liberar a Bakunin, que no había parado de ladrar en ningún momento.

De inmediato, el schnauzer se pone a olisquear los cuerpos tendidos en el suelo, mientras mueve su rabito histéricamente. Son seis en total los del bando vencido.

Adolfo también mira los cuerpos.

Por un lado, afligido por haber tenido que quitarles la vida, pero por el otro, satisfecho de que hubieran sido ellos los muertos y no él mismo, ni los chicos. Aunque le incomoda haber utilizado el aikido para matar, él sabe que «”esos” no eran personas», al menos trata de pensarlo de esta manera para no cargar con el peso de su consciencia. Ahí parado, mirando los nuevos yacer en el suelo de su comedor, Adolfo reconoce entre los cuerpos —como lo hará Pedro en los pasillos de su propio edificio unas horas más tarde— a varios de sus vecinos, incluyendo al pobre Carmelo; Entonces, una idea que excluye todo lo demás acude a su mente, y Adolfo ya no presta atención a lo que hablan Julia y Ernesto a escasos metros de él: finalmente, el hombre se da cuenta lo que había sucedido en su dormitorio.

«Jorge Luis se estaba convirtiendo en uno de ellos… y su corazón no lo soportó. Ése fue el cambio radical en su mirada que sentí segundos antes de su fallecimiento…»

―Abuelo.

―…

―¡Abuelo!

―¿Eh?

―Nos vamos de la ciudad, abuelo. Ya mismo. Juntá lo esencial y salgamos ya mismo de acá.

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