“Los Nuevos” – Novela de zombies por partes. (25/35)

Rubén…

―¿Qué se supone que está sucediendo?―pregunta Andrea, medio confundida, sin dejar de mirar la pantalla del televisor.
Rubén y Esteban permanecen en silencio. Este último, no sabe a qué prestar más atención: si a lo que ve por la T.V., o a la herida en su hombro —la horrible mordida que le había obsequiado su amigo, justo antes de recibir las propias por parte de los perros del zapatero—, que le duele cada vez más.
En el canal de noticias abandonan el informe sobre el desquiciado —evidentemente, parece ser o muy temprano, o muy tarde para dedicarle un segmento más amplio en la programación, o tal vez no tengan más material que éste— para dar lugar al comentario sobre un cuádruple crimen en la ciudad. La cara de Rubén se desfigura del dolor, y hace un gesto como si le hubieran tirado agua helada en la espalda. Entre tanta sorpresa, había olvidado la causa que lo llevara a Colastiné…
Sus dos acompañantes notan este cambio y lo observan con mayor detenimiento; Andrea pregunta con voz de madre:
―¿Qué pasa, Rubén?
El hombre no deja de mirar la televisión. Al parecer no ha escuchado las palabras de la rubia.
Esteban mira los ojos de Rubén y sigue con su propia mirada hacia el lugar en donde estos están enfocados: la T.V., pero no hay otra cosa que el informe de los asesinados, lo de los desquiciados desapareció.
Al volver a mirar a Rubén, éste se quiebra en llanto. Se tira hacia atrás contra el respaldo del sofá y se cubre la cara con los brazos. Andrea y el zapatero le escuchan una mezcla de aullidos y sollozos.
―¡Rubén! ¡Vamos, hombre!, contanos…―trata de consolar Esteban a Rubén. Señala la T.V. y pregunta:― ¿Los conocías?
―Rubén, cariño. ¿Te podemos ayudar en algo? Decinos. Cualquier cosa.―Ésta es Andrea, cuya mente comienza a acercarse, recién ahora, a la razón por la cual Rubén había salido caminando como perdido de entre los autos, llevándolo ella por delante con el suyo… Esteban, entretanto, está seguro de que las víctimas están relacionadas directamente con Rubén. Pero ninguno de los dos se imagina lo que se viene cuando el aludido levanta la cabeza y les pregunta a ambos:
―¿Conocen un francés medio petiso y rubio, con cara de bulldog, que viva por acá?
Los mira como desde el fondo mismo de un pozo desolado y oscuro, pero sus ojos refulgen como si estuvieran al rojo vivo. A Esteban y a la joven les cuesta ensamblar los dos opuestos tan marcados, en una misma expresión, en una misma persona.
Ante las miradas atónitas de sus interlocutores, Rubén procede a contarles lo que lo ha traído hasta acá: su regreso más temprano que de costumbre a su hogar, el hallazgo de su hijita y su mujer embarazada, muertas; su traslado al destacamento de policía y posterior interrogatorio, en el cual él argumenta al comisario por qué cree que el asesino fue el “extranjero” que él —Rubén— se cruzó en las escaleras de su edificio justo antes de llegar a su departamento; y cómo, finalmente, ante la pasividad y reticencia de ellos a entender que él sabía quién había sido aunque no tuviera pruebas, Rubén había decidido escaparse de la comisaría para averiguar la verdad por sus propios medios. Para “hacer justicia” por sus propios medios.
Rubén también les cuenta cómo había terminado en Colastiné, tras preguntar en todos lados por el paradero de un extranjero con las características de aquel desconocido que él había visto en su edificio; les cuenta, también, que le habían informado que cierto francés, “parecido” al hombre que describiera Rubén, estaba viviendo en una casa de barro en las afueras de la ciudad.
Tal era la historia que escucharon Esteban y Andrea. Ambos entendieron por qué estaba Rubén tan concentrado en su búsqueda que no había visto venir el auto de Andrea y había provocado el accidente. (“Desgracia con suerte”, hubiera dicho la madre del difunto Sergio…)
Se hace un silencio apenas perturbado por la lluvia en el patio. Rubén no puede más y rompe en llanto otra vez.

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