“Los Nuevos” – Novela de zombies por partes. (26/35)

Pedro…

Exacto: “Contento”.
Pedro está contento a pesar de que casi pierde la vida a manos de un anormal, o, corrección, a manos de tres anormales. Esto es así porque Pedro no está del todo seguro de que lo que acaba de experimentar haya sucedido en verdad. La desconfianza se debe a que desde un tiempo a esta parte, el escritor ha experimentado ciertos “errores” en su realidad, que tienen que ver con imaginar cosas que no están allí —por ejemplo, que los demás no ven y él sí— o percibir miradas y comportamientos de los otros, que terminan por ser sólo maquinaciones internas de Pedro, como aquella vez que le contestó una pregunta a Marga, que ésta ni siquiera le había formulado.
Una sombra a su costado.
Pedro mira fugazmente a su derecha, porque le pareció ver a Brenda acercársele por ese lado. ―¿Qué hacés, tarado? ¿No ves que no hay nadie ahí?―se reprende él mismo en voz alta para recuperarse del escalofrío que le acaba de correr por la nuca. Trata de concentrarse en los hechos que lo ocupan en lo inmediato; Se propone, entonces, controlar las balas de la pistola que le ha quedado como recuerdo. A pesar de que nunca en su vida tuvo un arma de fuego, «no una de verdad, al menos», aprende a abrirla casi en el acto luego de darle un par de vueltas entre sus dedos, buscando el mecanismo adecuado. Lo encuentra, acciona, y el cargador de la pistola se eyecta: casi como quitarle un dulce a un niño…
«Porque todo está hecho para idiotas: los libros, las herramientas y las máquinas, incluso las carreras universitarias… ni qué hablar, entonces, de los instrumentos pensados para los seres humanos menos lúcidos de todos: aquellos que utilizan la fuerza bruta para lograr sus cometidos…―piensa el cínico escritor, mientras cuenta las balas.―Cinco… seis. Pocas. Espero duren lo necesario.»
A continuación, el hermano de Marcos da un vistazo a su alrededor en busca de señales de vida de cualquier tipo. Mira hacia su departamento, también por el agujero de la escalera. Nada. Se dedica entonces a observar a los tres muertos: el normal, «la tercera víctima de los zombies tercermundistas éstos», y los dos nuevos que yacen en la escalera, sólo que no logra distinguir entre ellos una vez muertos: los asesinos y su víctima son exactamente lo mismo:
«Cadáveres comunes y corrientes. Lo mismo que mi vecina y el conserje. Entonces, si una vez muertos, son todo lo mismo, lo que los enloqueció debe de ser una enfermedad o algo así…»
Ávido de más sorpresas, decide bajar y estudiar un poco el edificio.
«Tal vez deba volver e improvisar una máscara por si fue algún gas o algo por el estilo lo que los afectó…»
Pero enseguida desestima la idea, no sólo por demasiado conspiracionista, sino porque tampoco cuenta con nada que pudiera servir como máscara antigás.
―¿Cómo puede ser que no aparezca nadie por ningún lado? …eso me pasa por ermitaño: se viene el fin del mundo y yo ni me entero.―ahora sí, vuelve a hablar, pero esta vez, con susurros. Total, parece que está completamente solo.
Al pasar junto a uno de los fenecidos, percibe el pesado olor de la sangre, abriéndose paso por sus fosas nasales como un emperador, impregnándole de adrenalina el pensamiento.
―Mueren, sí, pero no sienten dolor.―sigue caminando, observando y pensando:
«Bicho raro, yo: camino entre muertos y me excita el hecho de haberme encontrado con esta situación, de haber matado “algo” por vez primera… y al mismo tiempo, sé que debería de tener alguna especie de remordimiento o congoja…»
Conforme baja las escaleras y llega a otros pisos, mira hacia adentro de los departamentos que puede, a través de las puertas que encuentra abiertas. Dentro de uno de ellos, su visión se topa con un perro muerto, de porte mediano: el pobre animal había sido claramente atacado por alguno de los anormales, «su columna vertebral está hecha una “L”…―y como todos los cerebros se manejan por asociación, el de Pedro piensa:―¿Se comprará, Julia, el schnauzer, como le recomendé?»
Recuerda, el escritor, la conversación que había tenido con la pelirroja unos días antes, en la biblioteca…
“No te interesa la política, ¿verdad?”, le había preguntado la nerviosa joven al escritor, una mañana en que ella había terminado de clasificar una parte de la biblioteca y se había sentado a conversar con Pedro, Jorge Luis y Adolfo.
Durante varios minutos, en el intervalo, los viejos y la bibliotecaria se habían enfrascado en un debate sobre las ideologías, surgido a partir de un libro que se había extraviado y que Jorge Luis valoraba mucho, libro que hablaba sobre la Guerra Civil española: mientras los experimentados amigos se mantenían en una postura que —sin dejar de ser de izquierdas— era, a la vez, realista y de consenso, Julia defendía el anarquismo cooperativista a ultranza, les hablaba a sus amigos de manera eufórica y apasionada, esgrimiendo un amplio conocimiento sobre el tema a pesar de su corta edad.
La brillantez de Jorge Luis, quien parecía D’Artagnan esquivando los afilados estoques discursivos de la pelirroja, había resuelto la justa en favor de la postura más tranquila de los viejos. Luego de que Julia aceptara tácitamente su derrota —aunque sólo en el campo discursivo, ya que ella seguía pensando que todos deberíamos ser anarco-cooperativistas—, los dos viejos, gentiles como de costumbre, se excusaron y marcharon a terminar unos asuntos pendientes. La experiencia “y” la teoría, habían prevalecido por sobre la pura teoría… siempre en los mejores términos.
Una vez solos, Julia le había preguntado a Pedro por qué no había intervenido en el debate, a lo que éste contestó (mintiéndole) que no conocía lo suficiente del tema. Pero lo hizo de una manera esquiva que Julia interpretó acertadamente como no hacerse cargo. De ahí la pregunta:
«¿No me interesa la política?», se vuelve a preguntar Pedro, esta vez en voz baja, para hacer más vívido el recuerdo, mientras camina por los pasillos de su edificio muerto…, y continúa rememorando.
—No me interesa— había contestado el escritor, con una marcada indiferencia que reforzaba la respuesta con los hechos.
—¡Qué curioso! ¿No te parece? Y yo veo inexplicable cómo puede permanecer tan ignorado para la mayoría de las personas (o ‘ninguneado’, al decir de Octavio Paz), algo que lo abarca absolutamente Todo, y de forma tan ineludible en nuestras vidas. Para la enorme mayoría, de hecho. Incluso, para personas inteligentes y conocedoras como vos…”
Este comentario había ruborizado un poco a Pedro, quien respondió con rapidez pasándole la posta a ella, de manera de que, ocupada en pensar una nueva respuesta, no se diera cuenta de que él se había puesto colorado:
—Es que no creo en la política. —Pedro hace hincapié en el verbo.
—Pero, ¿cómo no creer en la política?, — se ponía nerviosa la joven—¡Es como no creer en el agua, o en la muerte! ¡Ojo!, que cuando digo política, me refiero a la dinámica de las relaciones entre las personas, quienes quiera que sean, y no a la política partidaria, y ni siquiera a la política militante… ¡Que vos me digas que no creés en la política es como si no creyeras en la luz solar, o en el mate amargo que te estás tomando! ¡Todos deberíamos de iniciarnos en Política!
A este énfasis, el escritor responde con una mueca de desacuerdo.
—Fijate vos—continúa la pelirroja, ahora era ella quien se ruborizaba, pero por tomarse muy a pecho la discusión, no por otra cosa—, en la primaria nos enseñan Ciencias Naturales, Ciencias Sociales… en dos grandes grupos, van bien… pero después se desvirtúa todo y, se trate de quien se trate y estudie lo que estudie, tiene Física, Contabilidad o Plástica, pero no una materia que se llame Política, la cual es infinitamente más importante en nuestra vida diaria…»
—Y, bueno… fijate vos, yo pienso que lo mismo debería de pasar, pero con la literatura, con las artes en general…—contestaba el escritor con tranquilidad, tratando de pasarle un poco de su calma a la niña.
—Pero no muere gente porque vos dejes de aprender algún arte, en cambio, ¡sí muere gente si no hacés política! No hacer política de manera activa y trascendente, es convertirse en un homicida culposo, por abandono de personas…
Este comentario caló muy hondo en el pensamiento de Pedro, quien buscó y buscó algún argumento en su contra, sin encontrarlo. La pelirroja tenía toda la razón, si uno no se compromete con lo que sucede a su alrededor, suceden los desmanes, las injusticias y, con ellos, la corrupción y la pobreza estructural de un país. Sin embargo, Pedro sabía que ante este hecho, él había decidido situarse del lado de los escépticos, de los que pensaban que nunca habría un cambio porque el ser humano era egoísta por naturaleza… pero no se animaba a decirle esto a Julia. No quería arruinar su ímpetu con manchas negruzcas, ni aun sabiéndolas verdades… Pedro pensaba todo esto sin dejar de mirar a la bibliotecaria a los ojos, y mientras pensaba y miraba, la figura de Julia iba tornándose más luminosa, más atrayente… Sin darse cuenta del cambio, el escritor empezaba a ver a Brenda enfrente de sí, cubriendo a Julia, metamorfoseándose en Julia, hablando a través de los labios de ésta, llegando hasta sus oídos en una voz ajena… Pedro, silencioso, la miraba maravillado, mientras su interlocutora continuaba:
—…pero tenés razón con lo del arte: ¡¿Cómo puede existir gente que no sea ni políticamente activa, ni artista?! Sin embargo: ¿Y los artistas descreídos de la política, ¡¿qué?!—. Esta estocada había dado directamente en el corazón egocéntrico de Pedro, quien hábilmente dirigió la conversación a un terreno más psicológico y, a la vez, más ajeno:
—Sin embargo, Brenda, cuando decís Política, yo pienso en Psicología o Sociología, por un lado, y en Biología por el otro…
—¿Cómo?
—Que cuando vos d…
—¡No!, no a eso: me llamo Julia, ¡no Brenda!
Pedro, descubierto el error, se había retractado con un movimiento ligero de la mano, como restándole importancia al detalle.
Pero ahora, cerca de la medianoche, caminando por un pasillo de su mismo edificio, lleno de cadáveres, Pedro recuerda que en aquella oportunidad, su inconsciente había encontrado algo que lo preocupaba: una rival para Brenda. El escritor luchaba desde entonces, contra esa nueva atracción; se negaba a dejarse atrapar por esta nueva belleza proveniente de las ideas, de la energía, de la personalidad de la pelirroja… Pero de alguna manera, por algún mecanismo cognitivo, se había ido olvidando progresivamente de Julia.
En ningún momento el ermitaño personaje ha dejado de recorrer el edificio, mientras recuerda el episodio con Julia, y va encontrando a su paso departamentos violentados, cadáveres y demás signos de violencia “animal”.
«Aunque esa no es la palabra que yo usaría…»
Una idea que ya había golpeado a su puerta, surge entonces con más fuerza:
―¿Serán zombies?―y una sonrisa ilumina su cara, por lo irrisorio de la idea. Al instante, Pedro no puede contenerse y suelta una sonora carcajada. Sonido descolgado pero enérgico, que entra en el pasillo como si tuviera vida propia ―como si se hubiera escapado de la boca del escritor―, por un momento la presencia de la risa se agranda en el silencio, y enseguida se aleja corriendo por los pasillos, como un niño que juega a las escondidas, tan vívida, que a Pedro le parece verla.
Curiosamente, la idea de un fantasma en la soledad, le causa más miedo al pobre que la pregunta misma acerca de los zombies.
Olvidando su cinismo por un momento, Pedro se vuelve humano y cae de golpe en la realidad. Está él solo allí, en un edificio lleno de muertos.
«De vecinos muertos, asesinados por otros vecinos…»
…Pero no se deja ir más lejos. Su cinismo lo salva. De nuevo.
―Ah, mirá qué loco…―habla Pedro en voz alta para darse ánimos, o conferir al lugar de presencia humana a través de una de sus formas más características: el lenguaje verbal…
«Si yo fuera el personaje de una novela de zombies, no tendría que estar pensando en todo esto…»
[…]
―¿Y mirá si lo fuera…?
[…]
―Pero no, no lo soy, porque de ser así, todos mis pensamientos le quitarían el suspenso a la trama. Por empezar, porque para el común de los lectores, yo sería “un aburrido”.
Pedro ríe de nuevo, ya recuperado del todo, y continúa pensando en voz alta.
―Pero también porque si yo, por ejemplo, me preguntara por el origen de la transformación de toda esta gente, a la luz de mi inmensa inteligencia, y empezara a tirar posibilidades…, como que todos estos son los verdaderos individuos-zombies que propone el dualismo filosófico en su búsqueda de encontrar lo que une a la mente con el cuerpo, que se escaparon de un laboratorio, …o que son los primeros infectados incidentales de la tercera guerra mundial, una guerra bacteriológica, …o también, si por una puta casualidad, yo llegara a adivinar el final del cuento: que es que yo me salvo y que salgo de acá y encuentro un refugio en donde está La Resistencia de los últimos humanos contra los zombies… y termina así la novela, con la esperanza del nuevo amanecer de La Humanidad… ¡Entonces no tendría más gracia la novela!
Pedro quiere continuar, pero un dolor de cabeza lo detiene en su andar. Esboza una mueca de dolor y se lleva la mano que no sostiene la pistola a la sien, para friccionarse. Cierra los ojos un segundo, sin dejar de caminar, pero cae al suelo cuan largo es al tropezarse con un cuerpo que está atravesado en el palier del segundo piso.
Allí mismo, en el suelo, se endereza a las puteadas, sin pararse.
Aprovecha que está sentado para componerse del todo de la punzada. Trata de no mirar el cuerpo con el que acaba de tropezarse, pero la leve consciencia de que es una niña que él conoce —o conoció—, lo obliga a hacerlo. En efecto, se trata de una de las pocas personas con las que Pedro tenía un trato normal “de vecino”, por así decirlo: de algo más que un “Hola” o un “Chau”… vivía en este piso. El cuerpo inerte de Cintia (tal era su nombre) aplasta el último resquicio de cinismo que queda en Pedro, de momento.
Oportuna interrupción que le sirve al hombre para recuperar la precaución y la seriedad necesarios para continuar con la travesía.
A sabiendas de que no podrá descansar al lado de una muerta que “lo mira”, Pedro se para nuevamente y comienza a preguntarse de una buena vez sobre los nuevos: Qué pasó con todo el mundo. Por qué son lo que son. Qué los hizo cambiar. Por qué algunos lo hicieron y otros, no.
Aunque lo hace desde su egocentrismo, lo hace al fin, y continúa con estas cavilaciones, mientras baja las escaleras para dirigirse hacia la calle.

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