“Los Nuevos” – Novela de zombies por partes. (27/35)

Marga y Héctor…

Unas horas antes de los anteriores avatares de Pedro, de nuevo en la estancia de Marga y Héctor, algo tiene intranquilo al extranjero, que camina de un lado para el otro por la estancia y contesta mal hasta a su amigo.

Todas las puertas, celosías y persianas de la casa están cerradas, y no se oye afuera más que el ruido de la lluvia, que sigue cayendo copiosamente, inundando las calles de la ciudad, como queriendo lavar los pecados de sus habitantes.

Esther, Marcos, Soraya, Marga y Héctor están sentados alrededor de la mesa de la sala, en cuya cabecera se halla quien responde al sobrenombre de «Pala», con cara de pocos amigos, pero que parece una simpática maestra jardinera al lado de la expresión helada del que responde al apodo de «francés».

Es Marga quien se anima a hablar de entre todos los presentes, más que nada, para distraerse un poco y no pensar en las miradas obscenas que les dedican los maleantes a las tres mujeres. Si no estuvieran tan preocupados por lo que hay afuera —«vaya dios a saber qué es», piensa Marga—, seguramente a esta altura ya habrían intentado propasarse con cualquiera de ellas. En especial con Esther, claro. Hecho que tiene más que nervioso a Marcos, quien trata de contenerse desesperadamente para no cometer ninguna locura. «Seguramente Marquitos se da cuenta de que si se hace matar, sólo quedaría mi esposo entre estos monstruos y nosotras», reflexiona la periodista, y luego pregunta, como para salir del freezer:

―¿Puedo preguntarle por qué su amigo lo llama «Pala»?

―Porque entierro a los que mato.

La periodista quiere morderse la lengua.

Pero luego de un instante, le parece que el hombre que tiene en frente es sólo alguien ignorante condicionado por el contexto. No necesariamente mala persona. O acaso Marga quiere creer que es así. De todas maneras, sigue buscando algún resquicio desde donde lograr un sólo segundo de confianza al que aferrarse para modificar la situación. Ve que los hombres están mojados desde hace un rato ya, y la noche se ha llevado el calor. Se le ocurre una idea.

―Puedo hacer café…―dice, con voz temblorosa, pero no obtiene respuesta de ninguno de los criminales. Se reprende a sí misma por la hesitación. Insiste, esta vez, con más seguridad en su voz:―Si me dejan, nos preparo a todos unos cafés calentitos.―mientras dice esto, recorre a los presentes con la mirada, hasta que ésta recae en su marido: Héctor le clava los ojos con furia, sin entender para nada las intenciones de Marga. El francés se percata de este detalle.

Tal vez para darle celos al hombre que evidentemente es la pareja de la mujer que hizo el ofrecimiento, o quizá, simplemente, porque sea una buena idea, el francés accede al ofrecimiento:

―De acuerdo. Pero vamos juntos.―dice mientras se acerca a su compañero y, sin mediar palabras, le cambia la pistola por el cuchillo. Luego, machete en mano, camina hasta la cocina, por detrás de Marga. Al pasar por el costado de Héctor, apoya la mano libre en el hombro de éste y murmura algo que suena más a amenaza que a sugerencia:―Tranquilo, hombre, tranquilo…―a continuación, se dirige a su amigo, pero como advertencia a los otros:―Se mueven y los quemás.

En la sala, Soraya toma la posta.

―¿Qué hay ahí afuera, se puede saber?

Nadie contesta. En principio, por miedo a represalias, pero también porque, en realidad, ni Héctor, ni Marcos vieron nada, en su búsqueda de Juan y de Marga —cuando todavía no había vuelto—. Esther está igual que los chicos y piensa que lo que oyeron más temprano en las noticias ahora es tan lejano en el tiempo, que no tiene importancia.

Los amigos suponen que los dos hombres se esconden nada más que de la policía.

El único que sabe de los presentes, es el Pala, pero elige el silencio.

Por su parte, mientras prepara el café en la cocina, Marga sigue tratando de imaginar algún plan de escape, pero no puede concentrarse demasiado en ello, porque siente la mirada del hombre del machete, densa y sedienta, sobre su espalda y su trasero, como si la estuviera manoseando de verdad, pero con los ojos. Nerviosa, vuelca por accidente un poco de caliente café sobre su mano y la contrae con un gemido. El hombre del machete aprovecha la excusa para acercarse y tocarla.

―¿Te lastimaste, poupée?―le dice mientras le acaricia la mano de manera desagradable y la observa con lujuria.

Marga retira la mano todo lo amablemente que puede, no sin reprimir una arcada, y le dice que no es nada. Abre la canilla y deja el agua fresca correr por su quemadura. «Tal vez me equivoqué al pensar que pudieran llegar a ser buena gente», se dice a sí misma.

―Dicen que si te ponés dentífrico, se te pasa.―le comenta de pronto el del machete, así como al pasar, y nuestra periodista recupera la esperanza.

―Gracias.―contesta de espaldas. Para no desaprovechar la fugaz tregua, Marga se da media vuelta, señala la parte de arriba de la alacena que está detrás del hombre, y haciendo uso de uno de sus atributos femeninos, le pide con la mejor voz de mosquita muerta:―¿podrías alcanzarme la bandeja que está allí?

El hombre voltea, solícito. Dada su corta estatura, debe pararse en puntas de pie para alcanzar la fuente con una mano; en ese instante, siente que le arrebatan el machete de la otra, el francés gira con rapidez al tiempo que se maldice a sí mismo por su idiotez e ingenuidad. Quiere hacerle pagar caro a la mujer su atrevimiento, pero ésta ya tiene el inmenso cuchillo en alto, agarrado con las dos manos sobre su cabeza —listo para dejarlo caer sobre él con todas sus fuerzas— y una mirada de determinación que lo sorprende. Entonces, Marga le dice, sin levantar la voz:

―Te movés y te mato.

De alguna manera, el francés sabe que la mujer está diciendo la verdad y sus músculos se relajan. No tiene intenciones de morir hoy. Aunque sí, de seguir matando.

La mujer vuelve a hablar:

―Decile a tu amigo que le dé la pistola a uno de los dos hombres que están con él, o te mato.

Mientras piensa de qué manera va a desquitarse con esa perra, tratando de imaginar la muerte más cruel y sanguinaria de todas, aquella que implique el más infinito sufrimiento, el francés le dice a su secuaz, en voz calma, audible:

―Marcelo. Dale tu pistola al flaco alto, o la mujer me mata.

En la sala, nadie entiende nada. Los amigos se miran entre sí, sorprendidos. Consciente de que su amigo no conoce el sentido del humor, por lo que jamás bromearía al respecto, Marcelo apoya el arma sobre la mesa y, sin decir ni una palabra, la desliza con el dorso de la mano hasta donde se encuentra Marcos, quien la agarra y dice con voz potente, pero sin gritar:

―¡Listo, Marga! ¿Estás bien?

Al oír las ansiadas palabras, Marga sale corriendo hacia la sala en donde están todos y el francés aprovecha para huir hacia el rincón opuesto de la cocina.

Héctor ve llegar a su mujer a salvo y se abalanza sobre ella, cubriéndola de besos y abrazos. Ella los devuelve sin tanto entusiasmo. Luego, le extiende el machete, para que él lo tenga.

Marcos, que no ha dejado de apuntar a Marcelo en ningún momento, le dice a éste:

―Llamalo a tu amigo.

―No va a venir.

―Llamalo igual. Decile que si no viene, te mato.

―Él no va a venir. No es como yo.

El hermano de Pedro no sabe qué hacer, mira a los chicos como pidiendo consejo.

―No importa. De aquél lado no están más que el lavadero y el patio.―lo tranquiliza Marga.

―Igual, habría que dejarlo encerrado del otro lado, así nos despreocupamos. ―sugiere Soraya, que recién comienza a asimilar el cambio drástico de situación.

Esther, en cambio, permanece en silencio, sentada. Parece un pollito mojado.

―Tenés razón―dice Marga, mientras le hace una seña a su marido para que la acompañe hasta la cocina y se asegura, con un golpe de vista, de que Marcos tuviera su parte correspondiente bajo control. Éste asiente con otra mirada.

Le preocupa a Marga el hecho de que el francés pudiera encontrar algo para usar como arma, pero más que los cuchillos de la cocina, en esa parte de la casa no va a encontrar mucho que le sirva.

Se asoma primero Héctor. Nada. Entran ambos a la cocina y Marga agarra la cafetera con agua hirviendo para eventualmente utilizarla en defensa propia. Con sigilo, recorren la pequeña estancia hasta la puerta que da al lavadero, una vez allí, la cierran con llave.

Más tranquilos, vuelven a la sala donde están los demás y deciden atar al otro asaltante, pero en el momento mismo en que se disponen a hacerlo, escuchan un estruendo que viene de la cocina misma, como si hubieran tirado abajo la puerta que da al lavadero.

Marcos le grita a Marcelo que se quede quieto, sin dejar de apuntarle. Héctor, con el machete, se dirige a la cocina. Marga y Soraya van detrás.

En el suelo, el francés, malherido, se arrastra hacia donde están los amigos y aparece, por el lugar en donde solía estar la puerta del lavadero, un enorme nuevo: un montículo de músculos de dos metros de altura, casi como si a una persona normal le hubieran hecho un zoom con una cámara especial y lo hubieran dejado así. La cafetera que sujetaba Marga se hace añicos contra el piso. Las chicas gritan y salen corriendo, pero Héctor no: ya demasiado rezagado ha quedado su género por culpa de las mujeres del grupo: ¡su propia esposa le ha usurpado el papel de héroe! (rol que por derecho les corresponde a los varones, según él). Además, Héctor tiene un machete de sesenta centímetros de largo. El mastodonte que asoma por la puerta del lavadero, seguramente lo pensará dos veces antes de acercársele.

O eso cree el pobre Héctor…

En la sala, las chicas pasan corriendo y suben las escaleras hacia las habitaciones de arriba; Marcos, al seguirlas con la mirada, se distrae el instante suficiente como para que Marcelo tratara de quitarle el arma. El novio de Esther dispara, hiriéndole la mano:

―¡Mierda! ¡Estamos juntos en esto!―le grita Marcelo aguantando el dolor del disparo, pero reteniendo el arma con fuerza. Marcos no alcanza a comprender del todo este brusco cambio de actitud en el rufián, pero le cree, sin saber por qué. El Pala lo intuye y como si fueran simples compinches en apuros, le dice:―¡Arriba, con ellas, rápido!―y suelta la pistola en señal de confianza, al tiempo que sale corriendo detrás de las mujeres.

 

A escasos metros de allí, el francés, aprovecha que el esposo de Marga sólo tiene ojos para el nuevo que se apareció de improviso en su hogar y se escabulle por entre las piernas de Héctor. En apenas un instante, en la cocina, sólo quedan el exitoso y metrosexual empresario esposo de Marga, por un lado, y el campeón sudamericano de artes marciales mixtas —convertido en un inmenso y desquiciado nuevo—, por el otro.

Una vez en la sala de estar, François pasa del gateo, a arrodillarse y de allí, a salir corriendo escaleras arriba, precisamente por donde habían huido los demás, segundos antes.

Nada dura el pobre productor televisivo, ante el embate del luchador profesional. Pero el nuevo no se las lleva de arriba: al arrojarse sobre el esposo de Marga, éste le hunde el machete en el muslo. Rabioso, el nuevo envuelve la cabeza de Héctor con una sola mano y la estrella contra el marco de la puerta que da a la sala, produciendo el mismo ruido que hace un huevo al romperse contra el borde de una taza. Inmediatamente, sin molestarse en quitar el machete de su pierna, el desquiciado luchador de AMM sale corriendo en busca de los demás fugitivos. Seguido de otros nuevos que entran en este momento por la puerta del lavadero, atraídos por el tumulto.

Las chicas son las primeras en llegar a la habitación de Marga. Entra Soraya, entra Esther…, pero Marga se detiene justo antes de pasar, para ver si Héctor está viniendo por detrás: en el codo del pasillo, aparecen Marcos y Marcelo, que corren juntos, sin amenazarse entre sí (el arma en manos del amigo de Marga, lo que apenas la tranquiliza). Pisándoles los talones, surge el francés de la misma escalera y detrás de él, casi alcanzándolo, el nuevo-luchador. Ni señales de Héctor. Marga queda parada en la puerta, con la mirada perdida y sin pensar en nada, como esperando a su marido. El francés pasa corriendo por al lado de ella. La mujer no reacciona hasta que desde de la pieza, un corpulento brazo la tironea para adentro, arrojándola a la cama mientras cierra la puerta y la traba con el cuerpo: es Marcelo, que había apartado a Marga justo antes de que llegara el nuevo con el ímpetu de un rinoceronte, llevándose puesta la puerta —sí, otra más—, con Marcelo y todo. Marcos, sin pensarlo dos veces, vacía el cargador de la pistola en el paquidermo y sigue apretando el gatillo varias veces más, aun cuando sólo se oyen los clicks de la recámara vacía del arma.

Ninguno de ellos tiene tiempo para nada, pues detrás del luchador, aparecen varios nuevos que se desparraman por la pieza, pegando, mordiendo, desgarrando todo lo que ven, pero sin pronunciar palabra.

La primera víctima fatal es Esther, que —presa de un ataque de pánico— se ha quedado parada en la mitad de la pieza, inmóvil como un conejo encandilado. La pobre recibe el primer ataque: un nuevo bastante esquelético que acaba de entrar en plena carrera, salta encima de la joven y le muerde la cara como si fuera un durazno.

«Ahí va la belleza de la pobre», piensa Marga de manera irracional, mientras agarra de la mesita de luz, sin mirar, su viejo reloj despertador —uno de esos pesados aparatos de metal con campanas que salen en los dibujos animados, vibrando y saltando cuando suenan—, se acerca al verdugo de Esther, que aún no cesa de morderla, y le rompe el cráneo de un relojazo en la nuca.

En plena entrada, por milagro, Marcelo no ha recibido ni uno de los disparos de Marcos pero tiene al enorme cadáver de luchador sobre sus piernas. Cuando intenta quitárselo de encima descubre el machete todavía clavado en el muslo del agresor, se lo arranca de un tirón con la mano sana, se zafa del peso del grandulón y se para, presto para seguir resistiendo.

En otra parte de la habitación, Marcos y Soraya luchan contra una mujer-nuevo que los está haciendo pasar un muy mal rato hasta que François se acerca por atrás y la desnuca al instante, como buen asesino experimentado.

Libre de momento, Marcos mira por la habitación en busca de su mujer. Al descubrir que ésta ha muerto, el muchacho enloquece: mira el techo, se agarra la cabeza, cierra los ojos y grita con toda la fuerza de sus pulmones. Cuando se queda sin aire, se endereza, le arranca el machete de la mano a Marcelo, sin decir palabra, y se interna en el pasillo rebosante de nuevos.

Sucede, entonces, lo mismo que con el urso de la capucha negra, secuaz del francés: Marcos acaba con uno, con dos, con tres nuevos, pero éstos no paran de llegar —atraídos, como los primeros, por el ruido—, y terminan por subvertir el poder inicial de su adversario, a fuerza de superioridad numérica e indolencia.

Los de la pieza se quedan, entonces, sin pistola, sin machete, y sin Marcos.

No hay tiempo para perder: los que quedan, deben exprimir los segundos que les regaló el muchacho. Marcelo y François lo saben, entre los dos, levantan la cama y la colocan de forma vertical contra la puerta. Sin esperar órdenes, Marga y Soraya corren el ropero hasta donde está la cama, de manera de —a un tiempo— hacer de lastre e impedir que la cama se caiga. Luego, entre todos, refuerzan la entrada clausurada con mesas de luz, una silla, y hasta una caja de zapatos, con tal de que no la puedan atravesar ni todos los energúmenos del mundo. Por fin, los cuatro sobrevivientes se sientan a descansar. Los malheridos rufianes contra una pared. Las asustadas amigas contra la pared opuesta. Pero, todos por igual, infinitamente agotados.

Varios cadáveres decoran el piso de la habitación. Marga posa sus ojos en el cuerpo sin vida de Esther. Luego de un instante de reflexión, se para y lo cubre con una sábana que estaba caída en el piso. Soraya quiere ayudar, se acerca y extiende la sábana en toda su amplitud de manera de poder tapar dos cuerpos más con ella.

Como por instinto de supervivencia, las dos chicas no se detienen demasiado a pensar en la pérdida de sus seres queridos, en su lugar, se recuerdan a sí mismas que por fortuna están vivas. «Todavía.» Quien peor la pasa de las dos, es Soraya: a fuerza de revivir una tensión similar a la que vivió en su propia casa, termina por recordarlo todo y darse cuenta de que su Juan se había convertido en «uno de ellos». Marga la consuela como puede, pero ella misma tiene por quiénes llorar: Héctor, su esposo; y Marcos, amigo de toda la vida y circunstancial amante.

Incluso con la barricada de por medio, François y Marcelo no se dejan estar mucho. Apenas recuperan un poco el aliento, ya están espiando por la ventana, estudiando la situación: afuera, en la vereda, no parece haber mucho movimiento. Igual, no pueden estar tan seguros de ello, pues la lluvia camufla tanto las imágenes, como los ruidos. Por otra parte, deben contentarse con observarlo todo a través de la limitada visión que les brindan las angostas ranuras de la celosía de la ventana, pues no quieren abrirla para no atraer más atención hacia ellos.

―Tenemos que ir a casa.―comenta François como si hablara consigo mismo.― Allá seguro no hay tanta gente; además, tendremos con qué defendernos.

Marga no sabe si el francés se dirige sólo a su amigo, o también a ellas. Pregunta, para sacarse la duda:

―¿Nos llevarán con ustedes?

Soraya levanta la cabeza, clava sus ojos en los de su compañera, y dice, sin dejar de mirarla a ella, pero refiriéndose a todos:

―Es cierto. No pueden dejarnos acá…―después, voltea hacia donde están los hombres, y agrega, sin suplicar, sino como quien menciona un hecho obvio:― Moriríamos.

Ninguno de los hombres contesta enseguida. El Pala arranca un jirón de la sábana y comienza a improvisar una venda para su mano herida. Tanto él como su amigo son dos pedazos de mármol. Como ve que el francés se toma su tiempo para contestar, decide hacerlo él mismo.

―Claro que vienen con nosotros.

―…Sólo si pueden seguirnos el paso―completa el francés, todavía inclinado contra la ventana y sin dignarse a mirarlas. Pero lo hace nada más que para decir algo que vaya acorde a su personalidad, ya que después de ver en acción a las dos mujeres, sabe que no representarán ninguna carga, es más: la que le quitó el machete en la cocina, demostró valer “lo mismo que un hombre”… En este momento, François está mirando la camioneta de Canal 11, aparcada frente a la casa, mientras calcula qué distancia hay hasta el suelo, desde la ventana de la habitación.

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