“Los Nuevos” – Novela de zombies por partes. (29/35)

(Capítulo inicial de la tercera y última parte)

Pedro…

El escritor viene bajando el tramo final de las escaleras, cuestionándose las causas del hermoso caos. Su egocentrismo se interpone entre él y sus amigos —incluyendo a su hermano—, impidiéndole preguntarse por su paradero, o si están a salvo del peligro, o tan siquiera recordarlos.

Ya en el hall de entrada al edificio, su mirada se topa con el nuevo-niño que el tercer hombre había arrojado por el hueco de las escaleras: ocho niveles más abajo, no es más que un montón informe de miembros retorcidos y ropa sucia. Por simple curiosidad de escritor, Pedro observa la cara del chico: se diría que está durmiendo, por la expresión que alberga; a pesar de la caída, su rostro no demuestra señales de temor, sorpresa, ni cualquier otro rasgo humano. Pedro recuerda algo que había escuchado hacía unos años y que por fortuna nunca había comprobado en carne propia: que los suicidas que se arrojaban desde rascacielos morían de un paro cardíaco antes, incluso, de tocar el suelo.

―Debe ser del susto…―comenta el escritor al muchacho, como si éste pudiera oírlo.

Continúa reflexionando sobre los nuevos de la única manera que sabe hacerlo: con una capacidad de análisis impensable para muchos, pero no por brillantez intelectual, sino porque la ausencia inusual de sentimientos humanizantes, libra a la mente del cínico escritor, de la interferencia indeseada de las emociones.

«Enajenación y frialdad…―piensa, de sí mismo, el escritor:― Salvo cuando se trata de Brenda…»

En efecto, la cuestión de su amiga Marga es lo único que desestabiliza a nuestro escritor, devenido en errante solitario.

―No sienten dolor. No sienten miedo. No enfocan la mirada…―el hermano del fenecido Marcos enumera los datos con los que cuenta, como para elaborar una especie de teoría explicativa:―, no hablan. Pareciera que no piensan de manera consciente. Algunos se convirtieron y otros no…

Sigue caminando hacia la calle, sigue pensando en voz alta:

―¿Por qué razón ellos se convirtieron y yo no? ¿Ántrax siglo XXI?… No, no lo creo: esto no parece ninguna enfermedad, todo lo contrario, los individuos parecen estar más que saludables, como ultra-energizados… Tal vez, algo liberó toda la adrenalina y las endorfinas de sus cuerpos, y por eso se mueven tan activos… pero, ¿por qué matar…?

Pedro se para en la puerta de calle de su torre. Afuera, en la noche, no hay un alma. Se dedica a observar la lluvia.

«Por fin un signo de cotidianidad…»

Adormecido por el murmullo del agua que cae contra la acera, se sienta en el suelo, cierra los ojos y se olvida de todo por un rato.

…Marga toma a Pedro entre sus brazos y lo besa desesperadamente. Pedro no responde. El veneno está surtiendo efecto, pero él no se deja vencer. Entre las caricias de su amada, a través de sus cabellos color trigo, se vislumbra una sonrisa irónica, la última sonrisa del viajero, una que se ríe de Dios y del Diablo por igual, como diciendo: ¡¿Qué son los dioses ante la férrea voluntad de un hombre?!…

Unos violentos gritos arrancan al escritor de su letargo.

Pedro abre los ojos en el preciso instante en que unos chicos pasan corriendo por la calle, frente a donde él se encuentra sentado: todos corren mirando para atrás; algunos se frenan y arrojan objetos contra sus perseguidores: un numeroso grupo de nuevos.

«¡No se atacan entre sí!―agrega el escritor a su lista, con su personal forma de abordar todas las situaciones como si no estuviera presente―¡Sólo van contra los que no se han convertido!»

La sorpresa de Pedro es pasmosa al ver que Brenda es una de las que está huyendo de los desquiciados. Algunos de chicos que vienen con ella son alcanzados por los nuevos más rápidos, que los asaltan con inclemencia. Al darse cuenta de esto, Brenda y los demás compañeros de los caídos vuelven en su ayuda y se trenzan en combate con los nuevos. Pedro se incorpora del suelo con un salto y corre directo hacia la boca del lobo para salvar a su amada. Mientras lo hace, comienza a descargar su arma contra los nuevos, sin preocuparse porque pudiera herir a alguno de los muchachos normales.

En medio de la vorágine, ya sin balas, Pedro es otro desquiciado más, pero a diferencia de los otros, éste grita. Desesperado porque no encuentra a su Brenda, se abre paso entre la multitud a golpes y empujones, llamándola a viva voz:

―¡Brenda! ¡Brenda!―cuando por fin la ubica, ella está corriendo calle arriba, procurando huir de un endemoniado atacante. No menos insuflado de adrenalina que su oponente, el escritor lo alcanza y entablan un impresionante cuerpo-a-cuerpo, del que Pedro, para sorpresa de la chica (y de él mismo), sale vencedor. Pero cuando el indolente y ahora maltrecho escritor se endereza, cae en la cuenta de que no es Brenda quien está frente a él, sino otra mujer que no conoce. Mira hacia todos lados, buscándola, pero sólo ve un muchacho que viene caminando hacia él, dolorido —los demás, amigos y enemigos, todos muertos.

Pedro voltea hacia donde se encuentra la desconocida que acaba de rescatar, …equivocadamente, claro, y descubre que ha sido engañado, «otra vez», por sus ojos, por su mente. Brenda nunca estuvo allí.

―Gracias.―le dice la mujer, rígida como un palo por los nervios.

El escritor la observa decepcionado. Comienza a girar, para mirar con más detenimiento al otro, pero escucha que ella le dice:―Te conozco.

Pedro vuelve a mirarla y trata de reconocerla, pero nada.

―Soy la camarera de El Café: Jimena.

Pedro la mira, frunce el ceño, pero no logra ubicarla.

―Y vos sos el hermano escritor de Marcos.―apunta la chica, como para demostrar la veracidad de sus palabras.

Pedro no entiende nada. La cabeza comienza a darle vueltas. Busca con la mirada un sitio donde sentarse que no sea bajo la lluvia, decide regresar al hall del edificio: recuerda que allí hay una banqueta larga en la que podrá recostarse, …pero no llega, da dos pasos, y pierde el conocimiento.

* * *

“Sin embargo, Julia, cuando decís Política, yo pienso en Psicología o Sociología, por un lado, y en Biología por el otro…”, responde Pedro.

“No estoy de acuerdo: La política no es como cualquier otra ciencia.”, le contesta la pelirroja, a punto de ponerse colorada de nuevo, por la conversación que la apasiona.

Pedro le habla con tranquilidad: “Escuchá…, escuchá…. Para mí, todas las humanidades son lo mismo, porque todas hablan del ser humano… A lo que me refiero, es a que tendríamos que descartar esos rótulos que no hacen más que dividir el conocimiento, en lugar de acrecentarlo.”

Ahora sí entiende la bibliotecaria lo que el escritor le había querido decir y se lo demuestra relajando el semblante.

Pedro sabe que él no le cae demasiado bien a la muchacha, sobre todo, porque muchas veces se muestra altanero con quienes le rodean, indiferente para con las preocupaciones ajenas…, pero ahora que están solos y sin nada que hacer, le parece un buen momento para arreglar un poco las cosas, para mostrarle a la chica que él no es el sujeto despreciable que ella cree —después de todo, él y Julia se cruzan casi todos los días por los pasillos de la biblioteca—. Por todo esto, Pedro continúa con el tema que, tal parece, a la joven le complace escuchar:

“De la misma manera que para mí la historia y la psicología son lo mismo, también deberíamos unir esos saberes específicos a los de la filosofía y la antropología, en lugar de separarlos designándoles una porción de conocimiento y una óptica determinada, a un grupo de científicos, mientras le destinamos la otra a otro grupo… comunidades que, por lo demás, tal vez permanezcan como dos paralelas ad infinitum, sin tocarse nunca en ningún punto. Sociología y política, de hecho, ¿no son acaso desprendimientos trasnochados e innecesarios de la antropología…?”

Mientras produce la perorata, Pedro observa con ojos de médico clínico, cómo —ya no más a la defensiva, y por ende, un poco desprotegida— Julia va cayendo en las redes de su discurso. Nota cada cambio en el brillo de los ojos de la joven. Percibe a la perfección cuando una palabra de él sirve como disparador para lanzar a Julia al abismo dentro de su propia mente, en busca de profundidad, matices y nuevas interpretaciones de lo que el orador le sugiere: “…por otro lado, también, tenemos la semiótica, la comunicación y la lingüística, todas la misma fantochada…”. Julia se despierta del trance: no le ha gustado nada que le hablen mal del lenguaje. Pedro advierte esta pisada en falso y la subsana de inmediato: “¡Ojo! No estoy diciendo que sean una porquería, ¡Amo el lenguaje!… ¡Somos lenguaje! …Vos lo sabés mejor que yo…”. Julia vuelve a escuchar con la pasividad de una gata tomando sol… “Lo que quiero decir, es que no deberían derrochar tanta energía en producir bifurcaciones, sino más bien, concentrarla en un solo haz de claridad.

“Tenés razón. Tenés toda la razón…”, murmura Julia casi sin mover los labios, y con los ojos abiertos como puertas, ante una idea nueva que no se le había ocurrido a ella antes.

“Ahora, bien. Dentro de esta nube que son las humanidades, están los que hacen el camino, y los que lo recorren.”

“Como en todo.”

“Como en todo, es cierto. La teoría es muchas veces combatida por los que recorren el camino, pero sin ella, ellos se perderían. La teoría es la señalética”, Pedro sabe que usar palabras inusuales da prestigio, “mientras que la práctica…”

“¿Pero y qué me decís de los que hacen cosas, antes que ningún otro ser humano, para las cuales no hay teoría?”, esta es Julia, defendiendo su postura de activista.

“Estás equivocada, niña. Siempre hay teoría. Incluso los que se hacen los pragmáticos, se rigen por teorías. Incluso aunque no se las articulen conscientemente a ellos mismos, se rigen por teorías. Cuando alguien intenta predecir acontecimientos, o comportamientos, está haciendo uso de ciertas leyes, que ya conoce, y que son su teoría…”

“Bueno, pero esta teoría, que decís vos, está contaminada por la práctica. Por la vida.”

“Sí, pero fijate, que nunca hay práctica pura, y sí hay teoría pura. Mirá los militantes…”, Pedro entra en este terreno, a propósito, para poner a Julia de su lado, a sabiendas de que ésta muchas veces se había sentido deseosa de militar en agrupaciones políticas pero que todas y cada una de las veces, se había echado atrás, “ni siquiera ellos, que siguen enceguecidos a un líder, se manejan sin teoría: la teoría es la del líder, sea carismático o autoritario. Que no utilicen su propio cerebro, no quiere decir que no esté funcionando el cerebro de alguien más, en su lugar… Las teorías de alguien más, en su lugar…

Silencio.

“Siempre hay teoría. Lo único que hago, es seguir la corriente”, remata el escritor.

“¿Pero no te dan bronca tanta injusticia, tanta pobreza en el mundo? Para eso sirve hacer política, tal vez, en contraposición a saber política…”

“Te conviene no tomarte tan a pecho las cosas que no podés cambiar, niña; las tensiones, los malos tragos, la angustia, todas esas cosas, reducen la expectativa de vida”, Pedro sabe que está siendo hipócrita en este momento, pues él vive angustiado, aunque su angustia sea más existencial que otra cosa, “…deberías comprarte un perro.”

La pelirroja se muestra ofendida por el comentario.

“No, en serio, lo digo en serio”, se ataja el ermitaño escritor, “está comprobado que quienes tienen mascotas, viven más y mejor que quienes no las tienen. Yo tendría un schnauzer, de ser por mí (dicen que es la raza más inteligente de todas), pero definitivamente soy muy distraído y, seguramente me olvidaría de darle de comer, no lo cuidaría como se merece…”

* * *

―Hermano de Marcos…, Hermano de Marcos…

Sin volver del todo en sí, Pedro escucha que lo llama una voz de mujer.

De a poco despierta, tal vez a causa del agua de lluvia que se le mete por la nariz, pero, con más seguridad, por los cachetazos que le propina la mesera.

―Está reaccionando…―le dice la chica al muchacho que está en cuclillas a su lado.

―Al fin. Pensé que iba a convertirse en uno de esos…―le contesta el otro, mientras se pasa una mano por la frente en señal de alivio.

―Ju…, ¿Julia?―balbucea Pedro, todavía de este lado del mundo.

 

 

 

 

 

 

 

 

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