“Los Nuevos” – Novela de zombies por partes. (30/35)

Julia…

La pelirroja observa a Ernesto con detenimiento, en un intento de dilucidar lo que él está pensando en este momento. El abuelo de él está sentado, en silencio.

«Bueno, los tres estamos en silencio, cada uno en su mundo, a solas con sus ideas, con sus inseguridades, pero sobre todo, a solas con sus miedos.»

Julia sabe que el rugbier se ve en la obligación de velar por la seguridad del grupo, pues es “el hombre de la casa”…

«Seguramente, para Ernesto, los mayores de setenta años no pertenezcan más a la categoría “hombres de la casa”, ni aún siendo expertos en artes marciales…», piensa Julia, por lo que trata de hacerle saber que para nada es así, asumiendo una postura pragmática y dando algo así como órdenes:

―Perfecto; pero antes de irnos, prendamos la televisión, para ver qué se cuenta. Adolfo, poné la radio, ¿querés? ―dice Julia, mientras se acerca a la ventana y descorre la cortina para mirar hacia la calle.―No se ve nada desde acá arriba.

Ni la radio, ni la T.V. muestran demasiado acerca de los nuevos: sólo una cinta casera que no dice nada que los tres no sepan. Los canales de cable continúan, impasibles, con su programación. Y en la radio, las emisoras de noticias han enmudecido, mientras que las musicales, siguen como si nada sucediera.

―Supongo que están en lo cierto, sólo nos queda bajar y arriesgarnos; …visto y considerando que nadie nos va a venir a rescatar.―comenta Adolfo, casi como despertando de una larga siesta, al tiempo que vuelve a silenciar la radio con el botón de apagado.

―Si esto se ha extendido a toda la ciudad, demasiado trabajo deben tener rescatándose a sí mismos―procura bromear la pelirroja.

Bakunin la mira a los ojos mientras ella habla y sacude su cuerpecito como si estuviera mojado, para manifestar su incomodidad, como si entendiera lo que su dueña acaba de decir.

A continuación, Ernesto se comporta como lo haría cualquier joven de su edad y su temperamento: se va a recorrer el departamento para juntar todo lo que podrían llegar a utilizar en su travesía hacia no saben dónde: linternas, sogas, bebidas, cuchillos…, en definitiva, un obediente niño explorador…

―¿Y todas esas cosas?―pregunta la joven, con extrañamiento―¿a dónde nos pensás llevar?

―Hay que estar prevenido.

Al ver a su nieto llenar la mesa del comedor con todas esas cosas, Adolfo recuerda cuando hacían esos preparativos antes de ir a pasar un fin de semana a las islas del delta, muchos años atrás. Travesía que consistía, básicamente, en dejarse picar por mosquitos del tamaño de gorriones hasta quedar como coladores humanos, y en comer “puré” de arroz, hervido en agua de río, durante tres días. Eran los peores pescadores de la región: “¡Nunca un dorado a la parrilla!”. Eso sí, “condimentaban” el arroz con alguna mojarra flaca o un triste quitasueño distraído… Al cabo del fin de semana largo, volvían a casa con portentosos surubíes o brillantes dorados —esta vez sí, pero nunca producto de las artes pesqueras del relajado grupo de aventureros, sino secretamente comprados a los experimentados isleños—, los cuales alimentaban, tanto los agradecidos paladares de quienes se habían quedado en la ciudad, como el prestigio de eximios pescadores de los viajeros.

―¿Y en qué vamos a irnos, si se puede saber?―esta es Julia, quien, aunque se mantiene en una posición escéptica, va a la cocina para ver qué más podrían necesitar.

Ante esta observación, Adolfo recuerda que se dejó atada la bicicleta en El Café. Pensamiento que trae a su amigo, nuevamente, a su cabeza. El viejo baja la mirada y la cabeza, con tristeza…

Julia se da cuenta del detalle, y trata de levantarle el ánimo:

―Y vos, sinvergüenza, ¿dónde aprendiste todo eso?―pregunta, mientras imita los movimientos previos de Adolfo, caricaturizándolos, pero sin burlarse de ellos―…viendo películas de acción seguro que no…

―Mi abuelo fue 4º Dan de aikido hace varios años.

La chica se los queda mirando como si le hubieran hablado en japonés…

―Aikido, un arte marcial oriental. 4º Dan es nivel de profesor o algo así, un rango muy alto.―completa el nieto de Adolfo, al ver que el abuelo no dice nada.

―Eso fue hace mucho tiempo, es cierto. Jamás pensé que recordaría demasiado, llegado el caso…

―Bueno, ha “llegado el caso”, ¡y me alegro que te hayas desenvuelto más que satisfactoriamente, Adolfo!―Julia hace una pausa, y vuelve a preguntar, esta vez con el ceño fruncido:― ¿Qué se supone que eran esas cosas?

―Seres humanos enfermos…

―No lo sé, sólo sé que debemos irnos de acá. Un departamento no es un buen lugar para recibir visitas de ese tipo.―dice Ernesto.

―Pero nuestra niña tiene razón, Titus: ¿en qué vamos a irnos?, no podemos salir caminando así como así por la calle…

―Pediremos prestado algún auto a alguien que ya no lo necesite…―responde Ernesto, al tiempo que señala con la mirada a uno de los caídos: un vecino de Adolfo que se había convertido y que ahora yace sin vida en el comedor del viejo.― Conozco su camioneta…―completa Ernesto. Mientras dice esto, se agacha y agarra un llavero que sobresale del bolsillo del pantalón de ex vecino, ex nuevo. Luego, se para y hace tintinear las llaves en su mano―¿Qué tal?

Armados —la chica con una cuchilla, el rugbier con su perchero de la suerte, y el aikidoka con el pasador de la cortina—, bajan en ascensor hasta el subsuelo, en donde se halla el estacionamiento del edificio. Los dos varones, hombro con hombro, de cara a la puerta; la chica, detrás de ellos, con la espalda contra el espejo del fondo del ascensor. En esta posición, Julia compara a sus acompañantes y no puede evitar sonreír ante la disparidad: uno es alto, joven, corpulento, pero se nota su nerviosismo en la forma en que aprieta el bronce del perchero devenido en arma blanca; mientras que el otro, canoso, más bien flaco y una cabeza más bajo que su nieto, sostiene, «…con una calma totalmente fuera de contexto…», el bastón de madera, apenas como para que no se le cayera de las manos: uno de los extremos del mismo, apoyado en el suelo, a escasos centímetros de su pie derecho, el otro, llegándole casi al hombro. Abuelo y nieto esperan a que las puertas del elevador se abran. Así acompañada, Julia advierte que no se siente temerosa: «no tanto, al menos, como lo estaba antes de descubrir las ocultas habilidades de Adolfo.»

El pitido previo a la apertura de las puertas, que hace el ascensor al llegar a destino, devuelve a Julia a la ansiedad. Y las puertas se abren…

«Nadie. Por suerte.»

Caminan unos pasos fuera del ascensor, pero la chica susurra:

―¡Esperen! El ascensor…

Mira a su alrededor como si buscara algo. Al costado de la puerta del aparato hay un tacho de pintura sin tapa. La chica lo empuja con el pie, hasta ocluir una de las puertas corredizas del elevador, para que el mecanismo de cierre automático no se activara.

―Ahora sí, vamos…

Sin separarse entre sí más que unos pocos pasos de distancia, buscan la camioneta del muerto, guiados por las características que les había dicho Ernesto. Una vez que la encuentran, vuelven conduciéndola hasta casi tocar las puertas del ascensor, se apean, y van a buscar las provisiones, …y a Bakunin.

Ya en la calle, camino a las afueras de la ciudad, los ojos de los dos jóvenes y del anciano se llenan de soledad al advertir que los pocos seres que ven, ya se han convertido. «De ciudadanos normales, ni noticias…» La angustia empieza a surtir efecto en las almas de los tres viajantes, pero esta vez ninguno de ellos parece tener ganas de hablar. Cada uno mira hacia afuera, pero conversa hacia adentro… La pelirroja quiere pensar algo constructivo, o distraer a sus acompañantes, pero el clima de opresión que entra por sus ojos, tanto por la humedad, como por el vacío, marchita sus intensiones… «Siempre he vivido como si, cada día, fuera mi último día sobre la faz de la tierra, pero esto es ridículo… Hasta Bakunin siente la agobiante negrura…», piensa Julia, y le da un escalofrío que le hace sacudir los hombros.

―Tengo frío.

―La ciudad da frío…―opina el viejo como si pudiera leer los pensamientos de Julia. Ernesto, por su parte, enciende el estéreo del vehículo, tal vez la música mejore un poco el ambiente: por los parlantes suena una canción étnica, de voces femeninas que se lamentan sobre algo, pero la cadencia del fraseo vuelve inentendible lo que dicen, «tal vez porque cantan en africano, si es que eso es un idioma», piensa Julia. Este pensamiento, al igual que la música, le recuerdan a la película de aquél guerrero de la que ella tanto se había enamorado cuando pequeña, «la escena donde muere, y aparece caminando por un campo de trigo, al encuentro con su mujer y su hijo, quienes habían fallecido antes». Julia vuelve a dirigir su mirada sobre las cuadras que van dejando atrás, y piensa en la gente que queda.

«Mis amigos… aunque, pensándolo bien, ¿qué amigos…?»

A decir verdad, Julia tiene pocas amistades, y una de ellas, acaso la más importante de los últimos tiempos, es Adolfo: él y Jorge Luis, hacían las veces de confidentes y cómplices, pues, como hemos dicho, la chica buscaba más su compañía que la de las personas de su edad.

«No es que lo prefiera, por pura rebeldía o excentricidad, sino porque, en realidad, no he encontrado amistades verdaderas desde que me vine a estudiar.»

Los amigos de Julia, hoy por hoy, son apenas compañeros de estudio o de salidas, más que hermanos por elección. Y a quienes Julia considera más amigos, son aquellos que arrastra desde su infancia, los que vivían en su misma cuadra, o los que compartieron lustros de correrías, diversión, riñas y desventuras.

«Mientras los “conocidos” de hoy van y vienen, como los días, las materias y los enamoramientos… mis amigos de la infancia permanecen adheridos a mi corazón como si nuestra amistad hubiera sufrido un proceso más emparentado con la petrificación que con el envejecimiento: solidificándose, volviéndose inalterable con el tiempo, a diferencia de las amistades “nuevas”, mucho más volátiles…»

En realidad, si estuviera Pedro aquí, le diría a Julia que ella, o no sabe, o no quiere saber, que todas las relaciones humanas son iguales: todas se reducen a la combinación proporcional entre tiempo invertido y afinidad. «¿Cómo que no me animé? ¡Si siempre lo supe!» Es que no es lo mismo “saberlo”, que “darse cuenta”, diría Pedro… «Dejá a Pedro en paz, y hablá por vos mismo: ¿A qué te referís?» Me refiero a que uno puede conocer cierta información, pero de allí a implementarla en la vida real, eso es otra cosa… «Pero, acaso eso, ¿no es una redundancia?» No lo es: muchas personas son tan avasalladas por la angustia, que terminan suicidándose, a esto nosotros lo sabemos porque es un hecho: existe la angustia y existen los suicidas; pero muy distinto es vivir en carne propia la desesperación, hasta tal punto de tratar de quitarse la propia vida. En caso de sobrevivir, muy poco probable es que podamos describir nuestros sentimientos en el momento de cometer tal intento de suicidio. Lo mismo pasa con los padres que pierden un hijo, o las parejas de ancianos que mueren de soledad escasas semanas después de perder a su compañero o compañera de toda la vida…

Julia voltea hacia donde se encuentra Adolfo, suspira, …y continúa el diálogo interior:

«Es verdad… creo entenderte, pero, ¿qué tiene que ver eso con las amistades?» Todos saben que las amistades deben cultivarse, pero no se dan cuenta de que, al fin y al cabo, es apenas una cuestión de tiempo. El ser humano es un animal de costumbres, por lo que poco interesa el grado de afinidad que se tenga con alguien: llegado el caso, sólo contará la cantidad de tiempo vivido a su lado. «No me parece del todo correcto: ¿qué hay de los matrimonios que se separan después de treinta o cuarenta años de permanecer juntos? ¿no es eso, acaso, otra forma de amistad?» Es la misma forma de amistad, las “amistades” no son más que otras maneras de llamar a las relaciones humanas, ¿de cuántos amigos de la infancia no te “divorciarías”, si te vieras obligada a compartir todos tus días? «Tal vez, de absolutamente todos ellos (y ellas)» Bueno, ahí tienes… aunque yo no creo que fuera tan así, en verdad: en las relaciones humanas, el tiempo compartido es lo que más incide, más que la afinidad, más que las diferencias. Como ejemplo, allí tienes las amistades laborales, las de estudios, las de vecindad en la infancia, los matrimonios: por eso, cuánto más tiempo dura un matrimonio, menos chances tiene de separarse, pero no porque sus miembros sean verdaderas “almas gemelas” «¡Puaj!» sino porque dichos integrantes se han convertido en organismos simbióticos, para bien y para mal. Todas las amistades son iguales, sólo que a las que produces de grande, no tienes el tiempo de cultivarlas que sí tuviste cuando eras una niña: ahora, tus responsabilidades son mayores, tus tiempos libres, más acotados, y… «¡Maldita rutina!» La rutina no tiene nada que ver con esto… «¿Ah, no?» No. Porque vos misma sos la causante de la separación, todos los amigos lo son: en tanto y en cuanto sus intereses son diferentes, cada uno elige un camino distinto, y al recorrerlo, cada uno de ustedes, se va alejando del otro, de forma activa, aunque no necesariamente consciente… Si tu mejor amiga de la infancia, aquella que dejaste en el pueblo, hubiera querido ser bibliotecaria, hubiera venido a estudiar con vos, se seguirían viendo todos los días y no se hubieran separado nunca: la rutina, en ese caso, jugaría a favor y no en contra… «Pero como nuestros intereses nos hicieron escoger caminos separados, en nuestro caso, la rutina jugó el papel de los caballos con que la vida desmembró a mi grupo de amigos de la infancia…» Pero eso fue circunstancial, la rutina es apenas un catalizador en el complejo proceso: en sí misma, no es positiva ni negativa.

Julia decide no pensar más en el tema. (Detesta perder.) Pregunta al conductor:

―¿Hacia adónde vamos?

―Vamos a donde viven mis viejos…

Ernesto está terminando la frase cuando otra camioneta los cruza a toda velocidad. Es el vehículo rotulado de Canal 11…

―El auto de la televisión…―murmura Adolfo, mientras señala el vehículo que acaba de superarlos; agrega:―¿por qué tanta prisa?

No termina de decir esto, que los tres ocupantes de la camionetita se dan vuelta para ver si, por alguna maldita casualidad, los nuevos aprendieron a manejar y los están persiguiendo a gran velocidad… pero no. Nada. Simple urgencia de los periodistas.

Julia vuelve a pensar en el encuentro de esa tarde y se pregunta si no sabrán algo de Marga sus colegas del canal.

―¿Y si los seguimos y le preguntamos qué saben de la epidemia?―les pregunta a Ernesto y a su abuelo, con la esperanza de que accedieran a alcanzar la apresurada combi.

―La chica tiene razón, Titus. Ellos deben estar más y mejor informados que nosotros.

―No se diga más, entonces.―contesta el rugbier y pisa el acelerador.

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