“Los Nuevos” – Novela de zombies por partes. (32/35)

Ernesto y Pedro…

[¡Nooooo, mirá el volcazo que se dieron!] se emociona Ernestotambién, a través de los ojos del rugbier, […ahora, ya no les van a poder contestar nada…] «No seas desgraciado», lo reprende Ernesto, pero luego piensa: «Espero que él se equivoque.»

Julia y Adolfo se limitan a inclinarse hacia adelante como si pudieran conseguir un mejor ángulo visual y observar la escena con preocupación.

De todas maneras, sucede muy rápido: la combi del canal da un par de vuelcos y queda inmóvil sobre uno de sus costados, mitad en la carretera, y mitad sobre la banquina, bajo la lluvia torrencial. Escasos segundos después, la camionetita del vecino del aikidoka llega al lugar del accidente y la pelirroja se baja corriendo de ella antes de que se detenga del todo, Adolfo la sigue, con la velocidad de un septuagenario común y corriente. Por último, Ernesto apaga el motor de la camioneta, y sale corriendo detrás de ambos. Bakunin permanece en el vehículo, sin entender nada.

Por fortuna, el vehículo de Canal 11 tiene un portón trasero amplio que facilita el rescate de las mujeres. Los dos hombres que venían con ellas, ya están saliendo a través del hueco del roto parabrisas, por sus propios medios. Adolfo los ayuda extendiéndoles su mano. Su nieto y Julia entran por la parte de atrás:

―¡Marga!―grita Julia, angustiada, al ver cumplido su temor: la periodista iba en la camioneta.

[¿De dónde se conocían estas dos?], le pregunta Ernestotambién a Ernesto, pero éste no le hace caso y enseguida se dispone a prestarle ayuda a la otra mujer, que está sentada contra uno de los costados de la camioneta, y también ha sufrido algunos cortes.

―¿Estás bien?―le pregunta el rugbier a quien responderá más tarde al nombre de Soraya, alzando un poco la voz para ser escuchado entre el crepitar de la lluvia sobre la chapa del vehículo.

Soraya contesta asintiendo con la cabeza, sin hablar. Sin decir nada también, le apoya una mano en el hombro a su rescatador y le señala a la otra mujer con un ademán de la cabeza, dándole a entender que su amiga necesita más atención que ella.

En efecto, Marga no da señales de vida y tiene un gran corte que le atraviesa la mitad de la frente. Julia le pone las manos en el pecho y siente la respiración.

―Está viva.―dice, y todos se tranquilizan. Apenas.

En la parte de adelante de la camioneta, ya erguidos sobre la ruta que sale de Santafé, se encuentran Marcelo y François, doloridos, pero casi sin un rasguño.

Adolfo ve la camisa ensangrentada de Marcelo, y le pregunta:

―¿Esa sangre es suya?

―No pregunte lo que no le importa, abuelo.―contesta El Pala, con sequedad.

Adolfo entiende y se queda callado. Pero no se aleja de ellos.

François recuerda la amenaza de la que venían escapando y mira en todas direcciones en busca de algún nuevo. Nada, por suerte, …aunque mucha visibilidad no hay, por causa del aguacero y la oscuridad en ciernes…

―¡No se queden ahí parados!―esta es Julia, dirigiéndose a ellos con nerviosismo.

Los criminales se miran entre sí: no se deciden todavía. ¿Ayudar, o robarse la camioneta de los recién llegados?

El astuto viejo —aunque ni tan viejo, ni tan astuto, como lo era Jorge Luis—, ya se ha dado cuenta de que estos dos personajes no son periodistas de ningún tipo y también ha percibido las miradas de soslayo que los dos le dedicaron a la camioneta en que él había arribado. No está dispuesto a dejarlos solos ni un instante. Entonces, como haciendo una minimizada reverencia oriental, inclina apenas la cabeza y les enseña el camino hacia la parte de atrás de la combi, en donde están los demás, como invitándolos a ir a ellos primeros.

Luego de un imperceptible instante de duda, François se encamina hacia donde le indica el abuelo de Ernesto. No es que al francés le preocupe mancharse las manos con la sangre de un anciano metido: el fiero delincuente admira secretamente a Marga y ha decidido prestarle una última ayuda antes de marcharse. Detrás de él, camina Marcelo y cerrando filas, Adolfo.

* * *

También bajo la lluvia, pero algunas horas después de lo sucedido, Pedro despierta, sacudido por la camarera de El Café. Se incorpora para no seguir tragando agua. El chico le dice:

―No’ salvaste la vida, vieja…

Pedro lo mira despectivamente al escuchar ese modismo popular.

―Él tiene razón. Si no fuera por vos y tu pistola, ya estaríamos todos muertos.

―No fue nada.―se desentiende el escritor, al tiempo que se levanta del suelo con un quejido.

―No, vieja, vo’ no’ salvaste… Te debemo’ la vida.

«Pobre loco», piensa el cínico escritor, «como todo desplazado, lo único que tiene para ofrendar es su propia persona. Alguien con dinero, me tiraría un par de billetes, y ¡saldada la deuda!, pero éste, el único bien de cambio del que dispone es su propia fidelidad»

―No es nada, hombre, ya te lo he dicho.―dice Pedro, no sin sentirse lejano de su interlocutor, incluso desde el lenguaje. Entonces, mira a Jimena, y sospecha que ella no se siente tan en deuda con él, por lo que su situación económica, casi con seguridad, es menos urgente que la del muchacho. O, tal vez, el grado de agradecimiento sea el mismo, pero la moneda de cambio sea distinta. «Por eso entre las clases bajas está tan valorada la lealtad, y los grupos humanos poseen más adherencia, más cohesión; mientras que en las clases altas, la fidelidad se ha tergiversado en frivolidad… y las personas cambian de bando como de ropa interior: en negocios, amores y cualquier otro tipo de intereses, las alianzas se miden en pesos…» Mientras piensa todo esto, Pedro no deja de mirar en derredor —calles, puertas, ventanas—, atento a cualquier señal de amenaza.

* * *

Con sumo cuidado, entre los cuatro hombres han llevado a Marga al asiento trasero de la camioneta sana —una de esas pick-ups doble cabina, pero no de las gigantes que usan los agricultores en sus campos, sino de esas de ciudad, diminutas, casi de bolsillo. Julia se ha quedado con Soraya, en la camioneta volcada, al reparo de la lluvia, mientras ésta se recupera.

La periodista sigue inconsciente, ha perdido mucha sangre pero Adolfo cree que sobrevivirá. Bakunin intenta oler a la chica pero el abuelo lo aparta con delicadeza y se sube al asiento del acompañante, en principio, para no dejar sola a la convaleciente, pero también, porque no quiere descuidar el vehículo ni por un segundo.

Cada vez que puede, François mira a Marga de soslayo, como haciéndose el distraído. En algún recóndito rincón de su ser, siente por ella algo que podría comparase a lo que los comunes mortales llaman preocupación, pero su parte consciente no les da cabida a las emociones flojas. Por eso no permite que nadie perciba esto que late dentro de sí.

Ernesto pregunta a Marcelo si éste se encuentra bien, en alusión a la sangre en su ropa, que ya se ha lavado casi del todo gracias a la lluvia. Tal vez porque no quiere problemas, o tal vez porque quien se lo pregunta le lleva una cabeza y es el doble de corpulento, Marcelo contesta de forma muy diferente a como lo hizo con el viejo:

―Un compañero.

―¿También periodista?―pregunta, ingenuo, Ernesto.

―…

―¿Son periodistas, ustedes?

―No.

[¿Qué le pasa a este tipo? ¿Se hace el malo?], «…dejalo, deben ser los nervios…», [lo que digas, pero que no se nos haga el vivo, ni fuerce las cosas: demasiado que los hemos ayudado, y ni gracias nos dieron, como para que, encima, vengan a hacerse los rudos…], Ernesto sabe que su alter ego tiene bastante razón con lo que dice. Pero elige la calma.

Marcelo y Ernesto cruzan, sin embargo, una fugaz mirada que no encierra más que advertencias, de los dos lados. Y enseguida voltean hacia otro sitio.

El viejo es el que habla, desde el asiento del acompañante, a los dos criminales que están parados en la ruta, al lado de su nieto:

―¿Se han topado con los extraños?

François asiente.

Dando por sentado que pertenecen a dos grupos diferentes de personas, los hombres por un lado, y las dos mujeres, por el otro, Adolfo pregunta:―¿Y las mujeres? ¿Vienen con ustedes?

―Sí.―contesta François.

―No.―Soraya aparece por detrás de la camioneta volcada, y corrige al francés mientras camina hacia él con determinación: pocas cosas peores de las que ha vivido, pueden sucederle. Julia camina detrás de ella. Ambas, iluminadas por los faros de la camioneta en donde han ubicado a Marga.

* * *

Pedro, Jimena y Wilson —así es como se llama el alma agradecida que Pedro ha rescatado de la muerte—, van subiendo las escaleras hasta el departamento del escritor. Éste lo ha propuesto, para descansar un poco, en un lugar conocido que no haya sido invadido por nuevos (pues él había cerrado con llave antes de irse, según recuerda).

En una de las puertas que están cerradas, se escuchan golpes. Como si alguien quisiera salir pero no supiera accionar el mecanismo del picaporte. —Un nuevo—murmura Pedro y continúa caminando. Los dos chicos lo siguen sumisos, sin siquiera poner en duda mentalmente la aseveración de su salvador.

Jimena está al borde de los nervios. El chico tiene la mente en blanco. Pedro los observa.

«Menudo par me ha tocado: una histérica en potencia y este cero a la izquierda, que seguramente estaba re-drogado y el ataque lo despabiló, pero todavía no ha vuelto del todo de su “viajecito”…», enseguida, recuerda él su propio viaje: la alucinación que tuvo cuando confundió a la moza con su Brenda. Esto lo preocupa; últimamente, cada vez más a menudo tenía esas disfunciones psíquicas que insertaban creaciones mentales dentro del universo cotidiano. Justo a él, que tanto se había reído en las conversaciones del grupo respecto de unos documentales místico-cuánticos que Brenda… («…Marga, …quiero decir, Marga») les había recomendado ver a sus amigos: en ellos, unos enfáticos y convencidos oradores contaban, a quien quisiera oírlos, que todos podríamos crear nuestro propio universo a partir de nuestros pensamientos, y que sólo bastaba con pensar en algo, para que ello se volviera realidad… «¡Bobadas new age!», sonríe Pedro mientras continúa ascendiendo hasta su departamento.

―Hermano de Marcos…

―¿Qué?―contesta Pedro sin mirar, y sin dejar de subir.

―Nunca nos dijiste tu nombre…

―Pedro.

Caminan unos pasos más, y Jimena, temerosa, completa:

―Gracias…

* * *

―La otra mujer viene conmigo. Ellos son dos maleantes que habían tomado a su esposo de rehén para meterse en su casa. Nos han atacado a todos y sólo nosotros cuatro hemos sobrevivido.

Cuando escucha esto, Adolfo se baja de la camioneta, con algo de orgullo al ver corroborada su percepción. Ernesto, sin embargo, se madruga de todo conforme la mujer habla, y se pone tenso, en guardia.

―Es cierto―responde Marcelo, y recuerda cuando le dijo algo parecido al loco del machete:―, …pero ahora estamos todos en esto. No queremos complicar más las cosas, pero tampoco queremos que nos molesten con preguntas.

―Podemos ir hasta un lugar más protegido y después ustedes se van para un lado y nosotros para otro lado.―dice el francés.

―Yo opino que crucemos el túnel interprovincial y busquemos ayuda del otro lado.―dice Ernesto.

―Estoy de acuerdo con Ernesto―apoya la moción, Julia.

―Pero yo tengo que ir a mi lugar.―dice el francés, advirtiendo que ello implicaría poner un conflicto sobre la mesa.

―Pues vayan caminando. La camioneta es nuestra.―le dice Ernesto, asumiendo una postura de comisario o algo así, ahora que sabe que los otros son forajidos de la ley.

―Esperá, Titus; paciencia…―el abuelo le apoya una mano en el brazo a su nieto, mientras tranquiliza simultáneamente al francés:― si tu casa nos queda de paso, los podemos llevar… no nos importaría. Tu amigo tiene razón.

―Tiene armas en la casa.―advierte Soraya.

Julia y Ernesto miran a Adolfo algo alarmados.

―Si ustedes nos llevan, les podemos dar unos revólveres… para que se defiendan.

―¿Y cómo sabemos que podemos confiar en ustedes?―pregunta con curiosidad y sin malicia, el viejo.

―No lo saben.―Dice François.

Ernesto se da cuenta de que con las habilidades del abuelo, y su propia fuerza, seguramente podrían imponerse a los dos sujetos en una lucha a mano limpia, «pero con armas, eso ya es otro cantar…», y no le gusta para nada que su abuelo siquiera contemple la idea de llevar a los dos maleantes con ellos.

―Abuelo…

―Escuchá, Titus, dejarlos a ellos acá, sería como matarlos, si llegaran a ser atacados…, por otra parte, a nosotros no nos cuesta nada llevarlos.―después, mira a Marcelo y a François, y les dice:― Espero que entiendan eso.

Soraya no dice nada, pero sabe que cuando se separen, ella y su amiga van a continuar viaje con el apacible viejito. Y esto la alivia de una manera que no puede expresar.

―Sea como sea, decídanse rápido, porque no podemos permanecer ni un minuto más en este lugar.―ordena la pelirroja, quien ha hecho un gran esfuerzo por volver a ser la expeditiva Julia de siempre.

Instantes después, la pick-up de bolsillo reinicia su colorida marcha, llevando consigo una bibliotecaria, un aikidoka, un rugbier, una psicóloga, una periodista inconsciente y dos asesinos a sueldo:

En la caja, mojándose, van Julia, Ernesto y Marcelo. En el asiento de atrás, Soraya susurra palabras de aliento a Marga —que está recostada en su falda—, mientras le acaricia la cabeza. Adolfo, en el asiento del acompañante, sujeta con una mano su jo y con la otra, a Bakunin; François al volante, conduce atento al camino y se encuentra, como todos, sumergido en sus propios pensamientos.

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