“Los Nuevos” – Novela de zombies por partes. (33/35)

Rubén y Wilson…

Al llegar a la casa de François —un rancho viejo y desvaído, a pocos metros de la ruta, oculto entre árboles añejos—, los varones se apean. Miran hacia los árboles por precaución. Julia sale de la parte de atrás, se ubica en el asiento del conductor y traba todas las puertas.

Adolfo se ha bajado con su bastón de cortina. Observa con atención los movimientos del extranjero, en busca del menor indicio de traición, mientras piensa:

«Veamos qué tanto de verdad hay en la filosofía de la no-violencia»

François indica a Marcelo que lo siga, mientras un inseguro Ernesto pregunta a su abuelo, con la mirada, si deben ellos quedarse allí o qué, a lo que éste le responde —también sin hablar— con un gesto de manos que tanto puede significar “Esperá acá”, como “Tranquilo”, o las dos cosas. Por lo que el rugbier permanece al costado de la camioneta.

El viejo se interna en la casa, detrás de los dos maleantes.

* * *

Pedro, Jimena y Wilson llegan al departamento del primero y cierran la puerta detrás de sí. Para asegurarse, el escritor le pide al chico que lo ayude a poner una mesa contra la puerta. Recién entonces, Pedro se tira al sillón lanzando un resoplido de agotamiento.

―Ya no estoy para escaleras…―reflexiona en voz alta. Después, se dirige a los dos chicos, que lo miran desde la entrada silenciosos e inmóviles:―Ahí está la cocina. Sírvanse lo que quieran. Y si pueden, y quieren, prepárenme un café. Y a ustedes también. Nos va a venir bien a todos.

Jimena va hacia la cocina, pero Wilson no se mueve. La camarera vuelve unos pasos, lo agarra de la manga del buzo con capucha, y tira de él, para que la acompañe.

―Yo pensaba que los escritores estaban todos medio locos, pero no tanto.―susurra la chica a su pseudo-lobotomizado acompañante: mientras subían las escaleras, Pedro había sacudido varias veces la cabeza, como si mantuviera una discusión consigo mismo o tratara de desprenderse de alguna idea negativa, y se había reído solo en más de una ocasión. Esto había asustado a Jimena, quien se pregunta si acaso no se iría a convertir en uno de los nuevos…

―…Pero parece un buen loco.―contesta Wilson, no del todo seguro de haber entendido lo que la chica —a quien él no tampoco conoce— había querido decirle. Ni siquiera si era una pregunta o no, lo que ella había dicho.

Mientras los jóvenes se disponen a preparar algo para tomar, Wilson ve que la muchacha abre el cajón de los cubiertos, para sacar cucharitas, pero también toma un cuchillo y se lo guarda en el bolsillo del pantalón. Mientras hace esto, Jimena mira a Wilson para ver si éste la ha visto guardárselo: ante la respuesta afirmativa, la chica se apoya el dedo índice perpendicularmente a los labios: «silencio», al tiempo que le guiña un ojo: «está todo bien».

El adolescente hace silencio, y entiende que está todo bien.

* * *

―¡Ayudaaaaa!―grita Rubén, que acaba de salir corriendo a toda velocidad de entre los arbustos y árboles que rodean el cubil de François, y ahora, al pasar a metros de Ernesto, le aúlla:―¡¡¿Ernesto?…, …corré!!

[¡¿Qué mierda?!]

Ernesto y Ernestotambién miran al enloquecido Rubén, quién, al ver que adentro de la casa hay luz y que la puerta está abierta, dirige su carrera hacia allí; El rugbier no necesita mirar hacia los arbustos para saber qué aterroriza tanto a Rubén: ya imagina de qué se trata… Inmediatamente, entonces, recorre la escasa distancia que lo separa de la camionetita y acciona la palanca de la puerta: pero ésta está cerrada. Ernesto grita a Julia que le abra justo en el momento en que aparece un enjambre de nuevos por el mismo lugar que lo había hecho Rubén un segundo antes. Julia destraba la puerta, pero es tarde. Los primeros nuevos que habían aparecido, corren detrás de Rubén sin quitarle esa mirada vacía de encima, sin percatarse de que han pasado a escasos metros de Ernesto, pero dos nuevos que vienen detrás, sí lo ven y se abalanzan sobre él.

Al ingresar corriendo a la casa, Rubén no cierra la puerta tras de sí porque imagina que el ex de su vecina viene detrás, pero vocifera cuando se da cuenta de que en su lugar entran sus desquiciados perseguidores. Ante los gritos, Marcelo, François y Adolfo llegan desde el interior de las habitaciones, los dos primeros, con armas, el viejo, todavía con su inocente palo de cortina devenido en jo: la sala se convierte en un infierno. Los criminales se plantan y apuntan a los nuevos con sus pistolas: derriban dos de ellos, los demás siguen entrando, mientras el viejito corre hacia afuera del local, en procura de su nieto: aunque los nuevos son muchos, el aikidoka se abre paso a través de ellos como si estuviera corriendo por un pasillo angosto mientras desde una tribuna le arrojaran trapos de piso, así es como se va quitando los energúmenos de encima, a algunos con el bastón, a otros, esquivándolos con movimientos de cadera y brazos; pero afuera le espera lo peor: su nieto ha conseguido subir a la caja de la camioneta —ya en movimiento— y forcejea desesperadamente con dos nuevos —que también han logrado subir a la misma antes de que Julia acelerara rumbo a la carretera— e intentan arrancarle los miembros, mientras las chicas gritan y el perrito ladra dentro de la camioneta. Adolfo se pone contento al ver que sus chicos se alejan del mayor peligro, mientras su cuerpo se deshace de los ataques de los nuevos, sin necesitar de su atención consciente. De hecho, sus propios músculos se anticipan a los pensamientos del aikidoka, y él sabe que en cuanto intentase “ayudar”, los obstaculizaría. Sin embargo, ahora, Adolfo está solo, en la entrada de la casa: los chicos se alejan en la camioneta por donde llegaron, y los hombres armados están dentro, luchando con los alterados que se cruzó el viejo por el camino. Los desquiciados que siguen apareciendo de todas direcciones, ya no entran en la casa: tienen para divertirse con el solitario y abandonado anciano…

Medio segundo después de cruzarse con Adolfo en plena carrera —aunque ambos corrían en direcciones opuestas—, Rubén no puede creer lo bella que es la vida y lo afortunado que es él, al encontrar precisamente allí, y justo antes de morir, al asesino de su mujer y de sus hijitas: sin hacer caso del nuevo que lo persigue pisándole los talones, Rubén se lanza sobre François con los puños en alto, enceguecido por la diosa exuberante y sanguinaria de la venganza:

―¡Asesino!

Marcelo, atestado de seres que quieren arrojarlo a él mismo fuera de la existencia humana, no puede atender al ovillo absurdo y desatinado que se forma entre su colega; el idiota que acaba de entrar a la casa; y el nuevo que venía siguiéndolo a este último. François ignora por completo qué le ha dado al recién llegado por atacarlo así, sin motivo alguno, pero tampoco tiene tiempo como para hacer preguntas ni dar explicaciones: apunta con el revólver a la cabeza de Rubén y le vuela los sesos de un disparo, en mismo segundo en el que el nuevo —tercer integrante de esta surrealista menâge a trois— muerde la mano que sostiene la pistola, arrancándole el pulgar de una dentellada. La puteada que lanza al aire el francés, es su última, pues ya tiene encima a un segundo nuevo que también ha escapado a la cortina de balas de Marcelo, y a un tercero…, y a un cuarto…

Aunque parapetado detrás de una oportuna mesa volcada y un modular, Marcelo queda aislado y solo, dentro de la casa; afuera de ella, Adolfo resiste en medio del claro como dragón que es asediado por un millar de cazadores tartáreos.

* * *

―Oigan, ¡pequeños!―levanta la voz Pedro, desde el sofá del comedor.―Acérquense un momento, ¿quieren?

Sin terminar de preparar los cafés, Jimena y Wilson se asoman a la puerta de la cocina, en respuesta a la petición del escritor, quien, al verlos, les pregunta:

―¿Vieron lo mismo que yo?

―…

―Es decir. No estoy alucinando, ¿verdad?: un grupo de enloquecidos transeúntes mató a sus amigos… ¿no es así?

Jimena se da cuenta de que Pedro no va a convertirse en uno de los nuevos pero también que él ya no está del todo en sus cabales.

―No eran mis amigos, señor, pero, sí; los mataron…―contesta la chica.

―Eran mis amigo’―dice el chico con infinito pesar.

La respuesta no conmueve ni un ápice a Pedro, pero sí lo hace mirar el techo como si recordara algo: «¿Dónde estará Marcos? ¿Se habrá convertido en uno de esos trastornados? …¡bah! debe de estar acostado, durmiendo la mona, con su nueva y hueca candidata…», luego, mira a los jóvenes:

―¿Saben qué les pasó a esas personas? No a tus amigos, digo, sino a los otros… ¿lo saben?

La camarera y el adolescente se miran entre sí. Silencio.

―A mí me parece que son zombies.―dice el escritor, al tiempo que entorna los ojos para observar la reacción de los chicos

* * *

Bajo la lluvia, Adolfo es una pequeña flama que decenas de nuevos quieren apagar, sin lograrlo. Su fisonomía actúa con la independencia de un organismo separado: la parte consciente de Adolfo, sin nada que hacer, imagina que sobre el techo de la casa —sentado, sin mojarse— lo observa un crítico Moriei Ueshiba: ante su maestro, el aikidoka trata de justificar la violencia que se ve obligado a desatar contra sus adversarios, en la incuestionable carencia de humanidad de éstos.

«Ya no son personas como nosotros»

Explica el amigo de Jorge Luis al imaginario O’Sensei, al tiempo que se auto-convence, él mismo, de la necesidad de tanta destrucción. Las técnicas que en otra época de su vida fueran benévolas o ejecutadas con fines didácticos, ahora se convierten en terribles llaves que fracturan muñecas, codos y cuellos: muchos energúmenos no pierden la vida, pero sí el control de sus extremidades, cuyas dislocadas articulaciones ya no obedecen a sus inconscientes amos. …Adolfo ha perdido el palo de cortina hace unos segundos —dos de sus oponentes tironeaban de la improvisada arma cuando un tercero saltó sobre el viejo, desequilibrándolo por un instante, y el aikidoka había tenido que soltar el bastón para no caer— pero continúa rechazando los ataques casi como si nada. Y decimos “casi” como si nada, porque el anciano está cansándose, sus técnicas pierden efectividad… En un momento en que el aikidoka está por dar un paso, una mano le sujeta férreamente el tobillo de atrás y el viejo se desploma. Los restantes nuevos se arrojan sobre él como niños sobre una piñata, pero no pueden disfrutar mucho del banquete, porque irrumpen en la escena dos mandíbulas más tremendas que todos los brazos y bocas que atosigan al caído: Ona y Charrúa llegan al lugar con puntualidad divina. Han venido siguiendo el rastro de Rubén y aunque llegan tarde para salvar al infortunado viudo, no así, para librar a Adolfo de una muerte segura. Sin hacerse esperar, los dos mastines se arrojan como tigres sobre las espaldas de sendos desquiciados y acaban con ellos antes de que éstos pudieran reaccionar siquiera. Tanto el rottweiler, como el dogo argentino, reconocen a los no convertidos, por lo que ni siquiera rozan a Adolfo con sus hacendosas mandíbulas; es más, se diría que hasta lo defienden, como se defienden entre ellos: en una oportunidad, un alterado le arranca un gemido de dolor a Charrúa y a punto está de estrangularlo, pero su fiero compañero deja lo que está haciendo para saltar sobre uno de los brazos del nuevo, el dogo aprieta con tal fuerza, que se oye el crujido de los huesos del estrangulador, quien —aunque no se queja, como ninguno de los nuevos— suelta al rottweiler, y la carnicería continúa.

* * *

―Lo’ zombies no existen, señor.―responde Wilson.

―¿Y qué eran esas cosas, entonces?

―Capaz estaban enfermo’…

―¿Y por eso mataron a tus amigos?

―No seas malo.―esta es Jimena, que intercede en favor de un Wilson cada vez más confundido, o tal vez, perdido.

El chico se da media vuelta y regresa, cabizbajo, a la cocina; Jimena lanza una mirada de censura a Pedro, e intenta seguir a Wilson, pero el escritor dice:

―Tampoco creo que sean zombies, ¿sabés?―Pedro se levanta y va hasta la ventana, pero no para mirar la calle, sino para observar las gotas de lluvia deslizarse por el vidrio―Y, sin embargo, me parece una excelente oportunidad para ser analizada desde el punto de vista literario…

Jimena se siente en extremo incómoda ante el comportamiento insensible, casi irracional, de su interlocutor. (Si estuviera Soraya, le diría que fuera precavida, pues bien podría tratarse de los síntomas elementales previos a cualquier brote psicótico, pero nuestra psicóloga —si aún está con vida— no está en este edificio… por lo que Jimena debe contentarse con lo que le dicta su intuición.)

―¿Te gusta leer, Jimena?

―Sí.―en realidad, la pobre camarera no ha tocado un libro en años, pero no está dispuesta a arriesgarse, en lo más mínimo, a provocar descontento en su inestable acompañante.

―Muchas veces juego a que estoy adentro de un libro…―comienza Pedro, que se sienta otra vez en el sillón e invita, con un movimiento de la mano, a Jimena a hacer lo mismo― y trato de imaginar qué ocurriría a continuación si yo estuviera escribiendo la historia… Analizo mi vida y las vidas de los demás bajo estos parámetros, y a veces resulta que no son tan distintas a las de los personajes de las novelas, ¿no te parece?

―Nunca había pensado en eso…

―Pero también, muchas otras veces, en mi cabeza, ocurre el movimiento opuesto―mientras Pedro dice esto, se toma repetidamente el mentón, con el pulgar y el índice, como peinándose la barba, por lo demás, inexistente.― y al leer libros, o mirar películas, me pregunto el porqué de los caprichos de los directores… por qué hacen que muera tal o cuál personaje, o por qué hacen que tal o cual bando sea el de los buenos, o tal otro, el de los malos de la película, por así decirlo…

Jimena permanece en silencio, escuchando un poco atenta, un poco aprensiva.

―Y entonces, Brenda, se me ocurren cosas muy interesantes, tanto en uno como en otro universo… [esa no es Brenda] ―…ejem, Jimena, quiero decir; por ejemplo, cuando vemos una película en que los buenos son los humanos y los malos, unos extraterrestres sin corazón, todo marcha sobre ruedas, pero, ¿qué, cuando vemos una película donde nosotros somos los malos? Por ejemplo, esta de los monos humanoides azules, en la que los malos somos nosotros, que llegamos a su planeta para explotar no sé qué mineral…

―¿Avatar?―quiere cooperar la chica, no sin advertir que, por segunda vez, Pedro ha confundido su nombre por el de «esa tal Brenda»…

―Sí, ésa, fijate, los humanos somos los malos, pero los buenos también tienen forma humana, así que, en realidad, se podría decir que, inconscientemente, igual nos identificamos con los buenos, en cierta forma. No es arriesgado pintarnos “malos”, si al mismo tiempo humanizamos a los buenos. Lo que sí sería arriesgado, por ejemplo, sería hacer películas, hoy por hoy, sobre safaris, idealizándolos, idealizando la caza mayor: ¿te preguntás por qué? [¿Como pasa en los libros de Verne, tal vez?] ―¡Exacto!: Como pasa en sus libros, por qué hoy eso está mal visto. …Jamás alguien se pondría, hoy en día [A qué querés llegar con esto, mi querido Pedro, estás mareando a la pobre criatura que tenés enfrente] ―¿Qué a qué quiero llegar? No sé, algo tenía que ver con los malos, y los buenos, ..y la vida real. [¿Con los malos que están afuera, matando gente?] ―Sí, con esos… o, no, hablaba de los malos de las películas, que en ellas es muy fácil identificar quién es quién, pero que en la vida real era muy difícil, porque cada cuál es muchos a la vez. Cada quien, es malo en algunos ámbitos y bueno en otros, cada quién traiciona y protege, cada quien puede ser un padre ejemplar y torturar gente al mismo tiempo…

Jimena debe conformarse con oír la mitad del diálogo, por lo que cada vez entiende menos de lo que habla el escritor. Palpa el bolsillo de su pantalón, para cerciorarse de que el cuchillo sigue allí.

―Zombies.―Pedro continúa:― Volvamos: Zombies. Con estos tipos que enloquecen (de los cuales yo mandé a dos o tres a otro mundo), es fácil: uno sabe que son malos, porque lo quieren matar a uno, pero… ¿qué es lo que son?

―…

―Malos, sí, ya sé, pero, ¿por qué matan? No lo sabemos. Es bueno preguntárnoslo. [Es bueno aprender] Es bueno aprender, exactamente. Por eso tenemos que preguntarnos por qué matan estas personas.

Jimena piensa que mejor sería nunca tener que averiguar por qué matan, sino, más bien, mantenerse fuera de su camino. Pero no lo dice.

Pedro reflexiona un momento, y luego continúa con su discurso irrefrenable.

―Te podrá parecer ilógico que me pregunte acerca de algo tan poco importante ante semejante gravedad de los hechos, pero para mí no hay nada más importante que el saber, ¡ni siquiera comer! […Ni siquiera coger] ―Es cierto, ni siquiera eso. Pues bien. Esto es así porque soy escritor, y mi alimento es la curiosidad.

―¿Aún cuando está en riesgo tu vida?―osa preguntar la mesera.

―¡Con más razón!, mucho, muchísimo más cuando está en riesgo mi vida: ¡pues es entonces cuando la respuesta se vuelve más trascendente! [Sos un charlatán] ―¿Yo?, de ninguna manera. Ningún charlatán. Y te diré por qué… [¿A ver?] ―…porque si averiguo a ciencia cierta qué es lo que los hace matar, a estos locos desquiciados, entonces, podríamos, eventualmente, evitar que lo hicieran, evitar que maten…

Pedro está sentado en el sofá, frente a Jimena. A sus espaldas, Wilson, recostado contra la puerta, escuchando atento lo que dice Pedro. Ya ha terminado de preparar el café pero no le ha dicho nada al escritor para no interrumpirlo, igual de temeroso que Jimena.

―…Y para demostrarte que no soy ningún charlatán, compartiré los resultados de mis elucubraciones contigo.

Jimena no sabe el significado de muchas de las palabras que utiliza el escritor (“elucubraciones” es una de ellas), pero calla y escucha con atención lo que éste tiene para decirle.

* * *

Mientras Ernesto pone a prueba su acérrimo carácter, así como su fuerza y su resistencia, ante el embate incesante de los dos nuevos que luchan contra él en la caja de la camioneta, Julia se aleja conduciendo unos centenares de metros hasta que ve que no hay más nuevos —aparte de los dos que traen consigo— en los alrededores. Clava los frenos y baja de la cabina, seguida de Soraya y de Bakunin: los tres se lanzan contra el nuevo que tienen más cerca, para aliviar a Ernesto, quien ahora tiene sólo un oponente. Dentro de la camionetita, una cada vez más despierta Marga, no duda «si salir o no» a ayudar a sus compañeros, sino que la cuestión es otra: sus miembros no le responden del todo, aunque su cerebro sí lo haga… Soraya y Julia, agarran cada una de un brazo al desquiciado que les toca, mientras Bakunin hace lo propio con uno de los pies del nuevo, pero se trata de un hombre de contextura grande, que las domina con facilidad. Soraya trata de controlar el brazo que le toca pero todos sus esfuerzos son infructuosos y el mismo se le suelta. Con el brazo libre, el nuevo-hombre toma a Julia brutalmente del cabello y la sacude de un lado a otro como si fuera un fuelle, golpeándola repetidamente contra el costado de la camioneta; Soraya rasguña la cara del nuevo, le hunde varias veces los dedos en sus ojos en varias oportunidades, pero el nuevo no afloja sino hasta que Julia cae al suelo por los golpes de su cabeza contra la camioneta. Ya con ambos brazos libres, el nuevo agarra una mano de la psicóloga y se la lleva a la boca, mordiéndosela con furia, ante el grito desesperado de Soraya que trata de apartar la cara del demonio con su otra mano.

A mitad de camino entre la consciencia y el desmayo, Marga no lo soporta más: incluso la escasa ayuda que en su deplorable estado pueda brindar a sus amigas, será mejor que ninguna en absoluto; sale de la camioneta para ir a defender a sus amigas, pero se le ocurre una idea: vuelve al interior de la camioneta, saca de un tirón el apoya-cabeza de uno de los asientos, con la mayor rapidez que le dan sus inseguros pasos se acerca al que está mordiendo a Soraya y, agarrando el apoya-cabeza por la parte acolchada —de manera de dejar libres los dos caños que regulan la altura del mismo—, le lanza un golpe con los tubos de punta, con tal suerte que uno de los dos hierros se le clava en el oído al endemoniado ex-hombre, haciéndolo trastabillar. El nuevo cae al suelo tras perder el equilibrio, pero cuando se está por levantar, Ernesto salta sobre él desde la caja de la camioneta y le da puñetazos en la cabeza hasta que el energúmeno no se mueve más. Incluso varios segundos después de que éste ha dejado de moverse, el rugbier sigue golpeando la sanguinolenta cara inexpresiva del segundo atacante. Es necesario que Julia lo aparte interponiéndose entre Ernesto y el nuevo, para que el rugbier se dé cuenta de que ya no son más necesarios sus golpes.

―¡Basta! ¡Basta…―le grita la pelirroja, su cabello, más carmesí que nunca por la sangre de la joven― …hay que ir por Adolfo!

El rugbier reacciona.

―¡Vamos! ¡Vamos!

Julia desprende a Bakunin del zapato del muerto —pues el fiero cachorro aún seguía mordiéndolo—, y se sube a la camionetita de bolsillo con el temerario y diminuto schnauzer standard en brazos.

* * *

Pedro se dispone a contarle su hipótesis a Jimena.

Wilson, interesado por lo que el curioso escritor tiene para decirles, se acerca desde atrás con intención de tomar parte en la escucha, pero, para su sorpresa, el orador voltea hacia él con cara de quien está siendo emboscado:

―¡Cuidado, Brenda… nos atacan!―Grita Pedro a Jimena, al mismo tiempo que se le arroja a Wilson al cuello. El pobre adolescente intenta sacarse al esquizofrénico escritor por las buenas, pero al ver que éste no cesa en su empeño, busca quitárselo a como dé lugar: golpes, empujones, lo que sea, sin embargo, aunque Pedro no se ha convertido en un nuevo, es alto y corpulento, y el chico no logra zafarse de él. Jimena se arroja sobre el hermano de Marcos y empieza a jalar de él a los gritos justo en el instante en que éste mueve el brazo hacia atrás para tomar impulso y golpear Wilson —devenido en “imaginario nuevo” para Pedro— y golpea con el codo a Jimena, sin quererlo, justo en la boca del estómago, dejándola sin aire. La chica cae al suelo hecha un bollo.

En posición fetal por el dolor, Jimena observa la desesperante situación, aunque sin poder hacer nada: Pedro está sentado sobre el abdomen del chico, ahorcándolo y éste se sacude para todos lados sin podérselo sacar de encima:―¡Muere, abominación infernal, muere!―, le grita Pedro, al tiempo que le quita el poco aire que le queda al desahuciado… A centímetros de la escena, Jimena lo ve todo: la impotencia le abre los ojos como bocas que gritan —a pesar de que ella quiere cerrarlos con todas sus fuerzas, para no mirar, para no saber—, mientras ella se agarra el estómago sin poder respirar, por causa del codazo accidental del cuarentón alucinado.

Al cabo de unos segundos, Wilson yace inerte.

Pedro se incorpora con el talante de un héroe. Mira hacia donde se encuentra la chica, en busca de las felicitaciones pertinentes, pero la cara de ésta tiene una mezcla de horror y de roca: la inverosimilitud de los acontecimientos han dejado pasmada —y muda— a Jimena. Pedro se lo reprocha:

―¡Te salvo la vida y ni me lo agradecés!

* * *

Los trescientos metros que separan a Julia y a Ernesto de su abuelo, son eternos. Durante ellos, cada uno de los ocupantes de la camioneta vive mil contextos de arribos diferentes e imagina otros tantos finales, los hay que incluyen la salvación de todos los que quedaron en la casa, así como la muerte de todos ellos, pero también están los que comportan la propia defunción. De hecho, casi todos los finales que imaginan los viajeros incluyen la muerte de sí mismos, la diferencia está en la forma: cada una, más violenta y terrible que la anterior.

Por tener el existencialismo adosado a su ser como si fuera otro órgano, Julia va un poco más allá que los demás: se cuestiona acerca de lo inútil de los proyectos personales o colectivos, así como de los esfuerzos por conseguirlos, cuando en realidad nada tiene sentido y todos moriremos al final… Ya no siente la tibieza de la sangre que le baja por los contornos de la cara, ni el dolor que le provocan las heridas de las que aquélla emana. Su mente no está para nimiedades.

El único que tiene la atención ciento por ciento en el camino, preparado para la siguiente confrontación —con la mente en blanco, como la de un auténtico samurái—, es el cachorrito de la pelirroja, que no quita los ojos del camino, como si fuera él quien conduciese el vehículo.

Cuando llegan al claro junto a la casa de François, inexpresable es el alivio que sienten al descubrir al anciano sentado en el suelo, en medio de decenas de cuerpos que dos perrazos dantescos se encargan de ultimar.

Marcelo está parado junto al viejo, con la pistola en una mano y la otra en el hombro del apesadumbrado, tremendamente exhausto y muy lastimado —pero aún vivo— aikidoka.

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