“Los Nuevos” – Novela de zombies por partes. (35/35)


(Finalmente, llegamos al último capítulo de la novelita, espero la hayan disfrutado!!!, y: Gracias por seguirme…)

Pedro…

El escritor comienza su expedición interna. Jimena lo observa con atención, participa muy de vez en cuando.

―A veces el camino más directo no es el que tenemos frente a los ojos. Tal vez, la manera de abordar ciertos enigmas, sea realizando las preguntas adecuadas… y a mí me parece que, en este caso, la pregunta adecuada es ¿por qué matan?

―…

―No se puede decir que estos inexpresivos seres nos tuvieran miedo o bronca por algo. Sus caras carecen totalmente de intencionalidad, o al menos, de intencionalidad consciente. Tampoco es hambre, pues no nos comen después de matarnos. Una sola respuesta puede contestar satisfactoriamente a esa pregunta: Nos matan porque no somos como ellos… [¿Así de simple?] ―Así de simple. [Brillante…] ―Muchas gracias.

Jimena atrapa la mitad de las palabras que salen de Pedro, la otra mitad, continúa su viaje hacia el silencio sin haber sido comprendida en absoluto…. Pedro sigue adelante con la exposición.

―Y entonces, si no somos como ellos, debe ser porque nosotros tenemos algo que ellos no poseen, pero, dado que hace veinticuatro horas los nuevos eran exactamente como nosotros, eso quiere decir que ellos han perdido eso que nosotros aún poseemos: La Consciencia. [¡Bien hecho, Sherlock!] ―¡Bah!, no es para tanto…

Casi se sonroja Pedro por la elogiosa comparación, y mueve la cabeza hacia un costado, como signo de timidez o vergüenza, esto extraña tanto a Jimena, que mira en torno a la habitación para ver si no hay otra persona en el lugar. Nada. Jimena vuelve a mirar a su —solo— interlocutor. Aun más perpleja que antes, pregunta:

―¿Y cómo perdieron la consciencia?

―¡Ah! Niña atolondrada… ¡sos igual que todos los demás!: …te abalanzás sobre las sombras de la cosa, sin molestarte en definirla primero…

[Ella, puede ser, pero conmigo te equivocas…]

―Serás uno en un millón. O dos, incluyéndome… pero el resultado es el mismo: una sociedad perezosa, recolectora, más que cultivadora, una sociedad…―cuando suena la palabra Sociedad en sus labios, Pedro recuerda a sus amigos: Marcos, Juan, Soraya, Marga. ―…de acuerdo, tal vez ella se salve por un pelo, ―pero cuando dice “ella”, la piensa con el nombre de “Brenda”― aunque en definitiva una sociedad en donde por una razón u otra, léase engaños, dinero, muerte, realización (o fracaso) personales, sea por lo que sea, el egoísmo… [mira quién habla…] ―los lleva a bajar la persiana para siempre, a desconectarse para siempre del resto de la humanidad, y a unirse luego con los demás de las formas más frívolas: confunden “distenderse por un rato” con “vivir desenchufados”… En cuanto a lo que dijiste…

Jimena frunce el ceño, pues no ha pronunciado palabra.

―…, yo soy egocéntrico, no “egoísta”. ¡Egoístas son ustedes!

Al decir esto, Pedro alza la voz. Jimena se lleva discretamente una mano hasta la protuberancia del cuchillo, para corroborar que siguiera allí…, aunque bien sabe que si el escritor llegara a atacarla, poco podría hacer el utensillo de cocina en manos de una casi adolescente, contra ese hombretón. La muchacha dice lo primero que se le viene a la cabeza, para calmarlo.

―Pero es que no nos damos cuenta…

―¡Exactamente!―ahora es un grito de euforia lo que da Pedro, pero enseguida se calma: la respuesta de la chica le ha gustado.―Pero bueno, no quiero aburrirlos…―Pedro hace un ademán de olvidar lo sucedido y continúa:― El caso es que estas ex-personas han perdido su consciencia, [Es fácil decirlo, pero ¿cómo puedes estar seguro de ello? ¿cómo puedes saber que no hay una consciencia por debajo de esa inexpresividad?] ―Lo puedo decir, porque se comportan de la misma manera que lo haría un zombie-filosófico…

―Pero…, ¿no es que no eran zombies?

―No, pequeña criatura del Señor…, la categoría de «zombie-filosófico» no tiene nada que ver con las películas de terror que tanto me gustan, sino que es un artilugio intelectual que utilizan los investigadores para averiguar qué es la consciencia: Postulan el concepto de zombie-filosófico para pensar la consciencia por defecto.―La joven se pierde cada vez más: es cierto, Jimena no está acostumbrada a pensar, pero tantas explicaciones (que en otro momento le darían sueño), no hacen más que cautivarla, así que sigue escuchando, atendiendo a la mitad que sí comprende― Este ser sería exactamente igual a nosotros en todos los aspectos, pero carecería de consciencia. Eso es un «zombie-filosófico», y eso es lo que creo que son estas gentes…: sin atisbo de consciencia, vacías totalmente de intencionalidad racional; pero con la determinación intacta, sea lo que sea que estén determinados a hacer, y la mirada vacua: los ojos de un muerto. [Basta de descripciones tétricas, la chica se está asustando más de lo que estaba antes, si es que eso es posible…] ―Tenés razón; por otra parte, los nuevos no hablan. [Bien, y, ¿por qué es eso?] ―Seguramente no lo hacen porque son unos “recién llegados”, no sé de dónde, pero estoy seguro de que no hablan porque no saben que pueden hacerlo, por un lado, pero, lo más importante: porque no tienen todavía lenguaje, ni cultura. Son “caídos”.

―Ángeles caídos…―susurra Jimena.

―Nada de mitologías, Brenda, caídos en nuestros cuerpos, sí, pero no son ángeles ni nada que se les parezca… [¿Ah, no? ¿Y qué son entonces?] ―Son nuevas formaciones cognitivas de la consciencia, creadas espontáneamente.

―…

[…]

―Ah… veo que ahora tengo su atención, ¿verdad? Eso es algo.

Jimena piensa: «Este tipo sí que la tiene clara. Estará todo lo loco que se quiera. Será un asesino y toda la bola… pero sí que la tiene clara.»

[Estoy seguro que a Pedro le encantará saber lo que piensa Jimena, sin embargo…, ¿Qué es “tenerla clara”?, desde el punto de vista del escritor, pocas personas la tienen más clara que él, es verdad, y tiene con qué defenderlo, pero el caso es que no todas las personas “la tienen clara” en la misma calidad, ni cantidad: Jimena, sin ir más lejos, la tiene más clara que Pedro en las matemáticas, en la propiocepción y en cómo llevar a la cama a personas desconocidas…] ―Sí, pero aunque hay personas que la tienen más clara que yo en muchas cosas, la inmensa mayoría no. Por eso, generalizando, está bien que ella piense que la tengo clara…

Pedro es quien acaba de pronunciar estas palabras y Jimena no da crédito a lo que oyen sus oídos: al parecer (a menos que ella haya pensado en voz alta sin darse cuenta), Pedro acaba de leerle la mente. La chica piensa, «¿Me estaré volviendo loca yo también?» y, al instante, se da cuenta que probablemente Pedro haya escuchado también esto. Lo mira tratando de percibir algún cambio en su expresión…, pero esta vez no parece haberla oído, pues nuestro cínico escritor continúa su cháchara igual que antes:

―…entonces, viéndolo como un absoluto, podríamos decir que sí, que “la tengo clara”…

[No lo creo tan así: si es que estamos hablando de sabiduría en acción, ser sabio debería implicar tenerla clara en los planos en que uno necesite tenerla clara, es decir, según su propio camino, según su propia situación… lo que hace la diferencia, entonces, es la relación de sus hallazgos y logros, en función de sus propias necesidades…]

Ahora es Pedro quien se queda callado, escuchando… Y mientras Pedro me escucha, Jimena lo observa. Tantas emociones, tanta sorpresa, acaban por desarmarla, por destrozar sus nervios e inutilizar su mecanismo de autodefensa, …y Jimena empieza a sentirse atraída por ese alto, ácido, valiente y esquizofrénico escritor asesino…

―¿Qué sucede, Brenda?―pregunta el observado a la chica con cara de boba, y el nombre mencionado arroja al abismo de lo imposible el rudimento de atracción que Jimena había osado sentir por nuestro cínico escritor.

La mesera vuelve a contemplar a Pedro como si se tratara de un bicho raro, de manera que éste deja de percibir la extrañeza de la joven…, y otra vez a delirar:

―Seguimos… Decía yo, entonces, que son nuevas formaciones cognitivas de la consciencia, creadas espontáneamente, las que producen ese comportamiento estrambótico en las personas… [Ahá, todo muy lindo, pero no estás explicando cómo sucedió tal cosa…, además de que incurres en lo que criticas: te estás “abalanzando a las sombras de la cosa…”] ―, bueno, pero ponernos a definir la consciencia ahora sería… está bien, acepto el reto: la consciencia es una parte de nuestro organismo, surgida de la evolución, y como todo producto evolutivo, tuvo, tiene o tendrá una función concreta e identificable… [¡Cuánta erudición, Pedrito!, ¿de dónde la sacaste?] ―…del análisis de mi propia consciencia.

A causa de tantas ideas juntas, nuevas, ajenas (e incompletas, sobre todo incompletas), que inundan su mente, Jimena bostezaría cada treinta segundos si no fuera por estos arranques del escritor que la dejan descolocada, como si hubiera un interlocutor que Pedro escuchara y ella no… lo cual, en cierta forma, la tranquilizaría, pues sería un indicio de que no es ella quien oye voces, o, al menos, no sólo ella…

―El propósito de la consciencia es mantenernos alejados de la locura, para ello, le da coherencia al universo en que vivimos, empezando por nosotros mismos y lo que somos: este conjunto incontable de células que están en permanente nacimiento y defunción. Si no tuviéramos consciencia, no habría cohesión espacial ni temporal entre las células que fuimos ayer y las que seremos mañana. Sin consciencia, no hay un Yo.

Jimena se pone contenta después de mucho, mucho tiempo, y piensa: «¡Entendí!, ¡entendí!»

[Interesante, pero vayamos un poco más lejos: ellos, a los que vos llamás “nuevos”, tienen un Yo, el Yo que ataca a vuestro Yo. Un Yo que a ellos les dice “Yo atacar a Él”… y eso es lo que no estás contestando: ¿cómo puede haber intencionalidad sin consciencia?] ―No lo sé.

―¿Qué no sabés?―pregunta Jimena.

―Nada. No te metas. [¿Y te gustaría saberlo?] ―¡Por supuesto!

Jimena está a punto de darse por vencida…

[¿Qué pasaría si te dijera que anoche, un científico hiper-consciente reconfiguró los instrumentales del Acelerador de Partículas del CERN, para abrir una puerta entre este universo y un universo paralelo? ¿Sabrías de lo que estoy hablando?]

―¡Claro que sabría!: me estarías hablando de física de partículas, de la teoría de la Supersimetría, y del “Centro de Experimentación de Radiaciones Nacional”, …o algo así, …sea lo que fuere que signifiquen esas siglas, es el laboratorio más grande de todos, en donde hay una máquina súper moderna que utilizan para estudiar la materia. Fuera de eso, te diría que lo que acabo de escuchar es una excelente base para una historia de ciencia ficción…

[¿Y si agregara que anoche ocurrió lo que todos estaban esperando, sólo que, por un pequeño desliz, se ha convertido en un desastre para la humanidad?, pues todas las personas que no se encontraban en ese preciso instante en el estado más profundo del sueño…]

―Lo sé, el R.E.M., como el grupo de música…

[…exacto, y todos los que no se encontraban en el R.E.M. sufrieron irremediables modificaciones a nivel psíquico, provocadas por el abrupto escape de cientos de miles de millones de partículas subatómicas de una clase aún desconocida por el hombre…]

―Te diría que los quarks no tienen nada que ver con la consciencia…

[Pero, ¿y si supieras que estas partículas fueran para la consciencia, lo que el bosón de Higgs es para la gravedad? ¿…y que las ondas cerebrales de los que dormían profundamente estaban fuera de la influencia de dichos bosones en el microsegundo de la fuga? ¿Qué opinarías entonces?]

―Que nada de eso tiene sentido.

Jimena se revuelve en su silla como un animal acorralado. Tal vez por que se siente inmensamente sola o porque ella misma estaría enloqueciendo: no aguanta más. Con firmeza inusitada, increpa al escritor sin pensar en las consecuencias:

¡¿Qué no tiene sentido…?, ¿…y con quién estás hablando?!

Por fortuna para la muchacha, la seguridad de última hora con que infundió sus palabras, sacude a Pedro del trance. Por unos instantes lo vuelve a su realidad…

―Eh…

―¿De dónde sacás tanta imaginación para decir tantas barbaridades sin sentido?, y… ¿cómo es que, al mismo tiempo, parecés saber tanto?

―Es mi trabajo.

―¿Tu trabajo es estar loco?

―Mi trabajo es ser escritor.

―¿Y, …estar loco?

[En cierta forma, sí, precisamente porque es escritor. La imaginación y la curiosidad son su combustible irracional, inagotable e infinito…]

―…

[Vamos, díselo] ―¿Decirle qué? […que estás hablando conmigo] ―¡…Ni loco!

―¡¿Ves?!

―Perdón. [Gallina…] ―¡Te vas a la mierda!

Jimena queda quieta, como congelada, ante la reacción de Pedro, por miedo a que le suceda a ella misma lo que a Wilson, pero parece que el enojo no es con ella.

―Jimena…

La chica se asombra de que el escritor por fin la reconociera, y lo mira, atenta.

―¿Recuerdas lo que te contaba a ti, antes de que el chico se convirtiera?

Jimena sabe que Wilson no se había convertido, pero deja a Pedro pensar lo que quisiera.

―No. ¿Qué?

―Eso de que a veces me pienso como si fuera el personaje de un relato ajeno… Bueno, eso me pasó al principio, con los nuevos estos: pensé que bien podríamos estar dentro de una novela de zombies, pues hay un par de premisas que se van cumpliendo.

―¿Cuáles?―pregunta una divertida Jimena.

―En las pelis de zombies, éstos aparecen siempre (o casi siempre) de la nada, irrumpen en las vidas de los protagonistas como si un hada madrina los hubiera corporeizado a través de un encanto…

―Justo como aparecieron los nuestros…

―Exacto. Por otra parte, está el hecho de que los pobres protagonistas que son atacados por los muertos vivientes siempre huyen despavoridos, y siempre (o casi siempre) pierden; pero lo más notorio, es que nunca vas a encontrar un karateka o un luchador de sumo entre los atacados, como para que les den su merecido a los malos de la película. [¡Ah!, pero si es por eso, despreocúpate, Pedrito, que estás salvado…] ―también hay algo muy curioso, y es que en las películas de zombies, de hombres lobos o de vampiros, ¡no aparecen perros por ningún lado! [¡ja, ja, ja, ja, ja!] ―¡¿De qué te reís?!

¡¿Si no me estoy riendo?! ¿Qué decís?

―Nada. Perdón. ―Se disculpa Pedro, y continúa tratando de no escucharme…

Jimena lo incentiva a continuar:

―Seguí, al menos nos sirve para pasar el tiempo, hasta que nuestros propios zombies se vayan a dormir, o mueran de inanición…

―Finalmente, el último punto a favor de que esto fuera una novela de muertos vivientes es que nosotros somos perfectos como protagonistas: vos y yo.

―¿Por qué lo decís?

―Por lo plano de nuestras personalidades…

―…

―Me explico, en los relatos que crean todos los tontos, las tipologías personales suelen estar escindidas…

―Hablame en castellano, por favor.

―En las películas de terror, los nerds escuálidos, son sólo nerds escuálidos; las rubias tetonas son sólo rubias tetonas, las camareras son sólo camareras, y los escritores son sólo escritores. ¿Entendés? Yo sólo soy escritor. No sirvo para nada más que para eso… y vos… bueno, ¡qué sé yo! Estoy divagando…

―No, seguí, dale…

―Los nerds no son karatekas profesionales, ni las tetonas, científicas superdotadas; los deportistas huecos no salvan el mundo, y los negros y los latinos se mueren primero.

[La verdad, me saliste bueno, querido Pedro…] ―¿De qué hablás?

¡Vos de qué hablás!

―No, vos no, Brenda. Pará…

[Ella no se llama Brenda… ella es Jimena, “la plana camarera”…] ―Lo sé, lo sé. Sólo que me equivoqué por apresurado. ¿Quién sos? [¿”Quién soy” Yo, o “quién soy” Vos?] ―Quién sos vos. ¿Sos yo? [Todavía no. Además, tengo algunas buenas noticias para darte: en esta historia hay viejitos-aikidokas y perros come-zombies… por si fuera poco, las conchetas y los rugbiers tienen cerebro…] ―¿De qué hablás? [De tu protocolo, las reglas que enumeraste, ¿de qué iba a ser?]

―¡Pedro! ¡Pedro!

[No le hagas caso, seguí conmigo, soy más interesante… Además, tenemos un duelo pendiente.] ¿Qué duelo? [Yo te propuse una teoría acerca del surgimiento de los nuevos, y vos no estás de acuerdo, pensás rebatírmela.] Es cierto, tengo un par de preguntas… [Adelante.] Si la consciencia está relacionada con lo electromagnético de forma tan sólida, ¿cómo es que la terapia de electro-choque no la resetea? [Buena consulta, Pedro, pero sabrás que según la mecánica cuántica no hay diferencias significativas entre las partículas y las ondas, por lo que bajo circunstancias determinadas, las ondas podrían adquirir masa como las partículas, y éstas, a su vez, carecer de masa, y ser pura velocidad, sin ocupar un lugar en el espacio… y viceversa, ad infinitum.] No. No lo sabía… Y es maravilloso aprenderlo. Pero tengo otra pregunta: ¿Quién, cómo y por qué liberó a los nuevos? [Un científico poseído, y lo hizo sin saber que lo hacía…] Pero, ¿cómo puede ser que aparezca de la nada un “algo” que “poseyera” al científico, si éste todavía no ha liberado nada aún? [Punto a tu favor, pero cómo estás tan seguro de que tenés razón, o de que yo no la tengo?] Seguramente yo no podría demostrar qué les pasa a los nuevos, pero vos tampoco. [¿Qué te hace pensar eso?] Que existe la ciencia. A través de ella se puede explicar todo, puesto que la comunidad científica va décadas (y, a veces, siglos) adelantada con respecto a las masas…, en donde me incluyo. [Muy oportuno lo tuyo: cuando te conviene, eres el más ilustrado de todos, y cuando no te conviene, perteneces a las masas… Además, te las das de cientificista, pero postulas una teoría “dualista” pasada de moda, diferenciando la mente —eso que vos llamás consciencia—, del mundo físico…] ¿Y qué tiene de malo eso? [¿Que qué tiene de malo? ¡Todo!: por un lado, es completamente imposible demostrar la manera última en que interactuarían el mundo psíquico con el mundo físico: el no-lugar en donde se establecerían las conexiones esenciales… y, segundo, porque incurres en el mismo error que todas las religiones a lo largo y a lo ancho del mundo: explicas, con símbolos primitivos y a través de la fe, lo que no puedes comprobar por otros medios.] ¿Cómo es eso? [La dualidad mente-cuerpo no es sino una expresión relativamente moderna de otros binomios místicos surgidos de la observación ingenua de la naturaleza: sol-luna; hombre-mujer; bueno-malo… todas, parejas en última instancia artificiales, ¡resumidas en el místico devenir del yin y el yang orientales!] Sin embargo, hay algunas fisuras en tu argumento: en cuanto a la primera parte, me decís que me hago el cientificista, pero que no podré demostrar el sitio exacto en donde ocurre la comunicación entre lo físico y lo psíquico: pues bien, antes, te dije que el adelanto de los científicos respecto del conocimiento popular se mide en décadas; ahora, te respondo que aún más adelantada que la ciencia está la filosofía: y su adelanto se mide en milenios. Los hallazgos del filósofo no serán tan exactos como los del científico, pero quizá sea sólo una cuestión de economía de herramientas: para adelantarse a la ciencia, sólo se necesita un cerebro, y curiosidad… En cuanto a lo de la dualidad que me criticás, por si no te diste cuenta, vos caés en el mismo error al proponer explicar lo de los nuevos a través de una teoría que implica una dualidad tan evidente como la mía: hablás universos paralelos, y ¡¿qué hay más dual, más acorde al yin y al yang, que la Supersimetría?!

―¡Pedro! Contestame, Pedro, por favor… no me dejes sola…

¿Quién sos? [Ya te lo he dicho: no soy vos todavía… pero vos siempre fuiste yo…] ¿Qué querés? [Aún no terminamos el duelo, Pedrito… te doy una ayuda: hoy, al principio de todo, ibas bien, aunque después te desviaste: acerca de la función de la consciencia…] ¿Qué hay con eso? [No sé… tú dirás…] La función de la consciencia es mantenernos cuerdos… [Exacto, pero, expresado en otros términos, la consciencia “justifica”. ¿Entiendes, Pedro? Justifica el entorno, el tiempo, justifica la injusticia, la consciencia justifica todo lo que nosotros hacemos o dejamos de hacer, justifica lo que nosotros somos. ¡Pero ya no es más necesaria la consciencia!] La consciencia siempre es necesaria: ¡No somos nada si no somos conscientes! [Me divierte tu rebeldía, querido Pedro, rebeldía pura e inocente, de animal. Por eso nos llevamos tan bien. No eres dócil como los otros… te aferras a la consciencia con uñas y dientes; ahora, si supieras que la consciencia viene detrás de los actos, no lucharías tanto por una causa perdida.] ¿Atrás de los actos? [Claro, tienes razón cuando dices que la consciencia está ahí para mantenernos cuerdos, pero nosotros somos y fuimos antes que la consciencia, por lo que —en última instancia— ella se sirve sólo a sí misma: sin consciencia, no hay necesidad de cordura, querido Pedro…] ¡Les borraste la consciencia! ¡A los nuevos, no se las modificaste ni reemplazaste, sencillamente las removiste! [Es que así quedan más elegantes, ¿no lo ves?] ¿Quién sos? [Ya te lo dije…] No puedo ser un personaje… Aunque, si esto fuera una novela, yo sería el principal, y entonces no me convertiría. Por lo que estoy a salvo de cualquier cosa que quieras intentar conmigo. [¡Pobre Pedro!: todavía no has entendido bien lo de la consciencia, ¿verdad? …ésta no cambia el mundo, sólo lo explica: tu consciencia no va a cambiar tu presente, querido y cínico escritor, sólo va a explicártelo para vos… Mírate, observa mientras se va desprendiendo de ti ese bagaje inútil, el mecanismo sutil más perfecto para justificar la obsoleta cultura: con sus creencias, tradiciones y valores tan irrisorios; así como la propia existencia de cada persona: con sus acciones, comportamientos, misticismos y demás nimiedades… Tenías razón al principio: el estado de los nuevos, tu próximo estado —mira qué lindo te diriges hacia él— es el de una persona con una sola “persona” en su interior: sin “máscara” alguna, sin consciencia alguna, en el estado más primitivo de todos… ese que hasta los animales han olvidado en el amanecer de los tiempos, y que sólo perdura en los organismos más elementales: depredación egoísta en procura de la supervivencia, sin comunidad alguna a la que someterse… ¿Cómo que no te vas a convertir? …si ya eres uno de ellos.

Lo último que piensa Pedro antes de convertirse, en el momento exacto en que Jimena le corta la garganta con el cuchillo, es: «¡Uy, carajo!, no es una novela.»

.

..

FIN

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