río…

 

Río de todo.

Un jaguar de agua que cuelga de mi alma como si no existiera el tiempo, como si este “pobre pedazo de brutalidad desinformada”, que es mi corazón de carne, no supiera arrepentirse.

Y ríe.

El jaguar de los días perdidos.

Borracho de dolor y de las baratijas contaminadas del existencialismo que no me pertenece pues mis manos son de aire y la almohada está sola, allá, en el rincón más frío de la habitación más invernal de la casa más triste de mi ciudad de hielo.

Ni saltos, ni guiños.

Río de todo, menos de mí mismo.

Río de los cuerpos femeninos y el vegetarianismo.

Río de las necesidades sociales y de los amigos.

Río de la religión esperanzada y del fuego eterno de los vencidos.

Río de impotencia.

Río de lava.

Río de virginidad perdida.

Río de dolor.

Río de Nada.

 

Río.
Antes de pegarle al jaguar un tiro.

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