porque aprendo

No puedo dejar de escribir. Porque aprendo.

Lo que soy se va derritiendo desde el mismísimo vértice de mi pluma.

Me enseño.

Despacio y tratando de no conquistar acaricio el universo con mi cuerpo de hilo pequeño. Escribo siempre y –desde hace un rato apenas– tratando de no razonar. (No me sale.) Pero escribo siempre, igual. Y, aunque no escriba, escribo el mundo con mi mirada, como un búho en la noche escribe en el aire con sus grandes ojos el camino sin bordes que lo lleva al hogar. Sólo así me hago presente. Sólo así dejo de ser lo que era antes y no es que no me gustara, sino que prefiero la flexibilidad.

En la literatura, además de bordes agresivos, tampoco está la guerra, porque no existe la Verdad.

En mi tinta viaja todo lo que tengo de hombre, y todo lo que en mí es mujer. Pues no hay sexos, ni contrarios. Así como tampoco el mal existe, y no existe el bien. Origen y destino de todas mis transformaciones, siempre fue el papel mi mejor espejo, siempre fue mis amigos placenteros, mi vientre que llora horrores o que ríe sin saber, mi alter ego sin cuero, mi amada indiferente. Papel añejo, arrugado o demasiado blanco, papel con manchas de mate, alcohol o café, pero siempre cargado de tinta, como quien deja todo lo que tiene cuando no tiene nada que perder. Es lo único que no puedo arruinar a raíz de mi insistencia infantil o de mi ansiedad descomunal. Es mi cincel de alpaca, es mi instrumento musical, pero también el escalpelo con el que me escindo del rígido y craneal Occidente, poquito a poco, como quien se aleja en bote, sin remar.

Saciar mi insaciable sed con vergüenzas y desaciertos me ayuda a romper estructuras, y como cuando lo visitaba a Laozi, a mí también me visita el recuerdo de un buey, recuerdo que me interna en la espesura y me ayuda a utilizar cada vez menos la palabra romper.

No me resisto.

Ya no quiero tener razón. Mis alforjas van llenas de momentos… del tibio olor de mis mascotas… de la sabiduría del aikido… de tu recuerdo… de todos mis librepensamientos. Y así, más levitando y oyendo, que interrumpiendo, me alejo de lo que fuera mi casa acartonada, pues ahora me doy cuenta de que no existe, o no existo, o nunca necesité el techo, mi mundo es mi morada.

¿Qué es el Saber sin sufrimiento, sin goce, sin abrir los ojos también hacia adentro?

Escribo porque aprendo.

Y lo que aprendo no es Verdad, lo sé. Pues lo que aprendo es de piel …sangre …y huesos. Aprendo del invierno, de los humanos, de la muerte (de las aves), de la incultura de las plantas, de la tempestad. Aprendo.

Al mirar a una madre aprendo que soy imperfecto. Al abrir muchos de mis libros, prefiero ser animal. Aprendo de cada cosa y en cada lugar (yo sí), por eso me asfixio si no me interno en la inmensidad. Aprendo.

Aprendo que la tinta un día se acaba, y aprendo que no todo es voluntad y que por más que me desangre en ganas… a veces no es el momento.

Al despertar, respiro, observo, escribo. Recién luego existo. Sólo entonces me siento con el permiso necesario para jugar al juego de ir con la corriente, de encubrir el hecho de que mi corazón no existe si no es escrito por algún valiente.

(corazón)

Escribo porque aprendo. Para siempre consciente de que mis poros fueron árbol sabio; de que no pueden besar sin palabras mis labios… No somos más que vellos de un extenso cuerpo soplados por el mismo viento.

¡Error! Las palabras no son jaulas, y si lo son, la poesía ambigua las convierte en alas. (En ella, se disuelve el marmóreo Yo en un cuándo de algodones; en ella, se exaspera el lenguaje y deja de ser bala.)

Y aunque no existieran motivos para mis textos, razones en mis pies polvorientos para dejar su huella en el papel, yo seguiría escribiendo, porque tampoco hubo razones para nacer, y aquí estoy respirando y bebiendo cada día de la rutina –que ahora sí es mi amiga–, manifestándome, con mi extraño pincel converso.

Existen las causas, dirá el ingeniero, y lo acepto. Pero las razones de las que hoy hablo son movimiento.

Y yo escribo sinrazones.

Escribo sin razón, no porque no la tenga o porque no la encuentro. Ni siquiera escribo por placer. Escribo sin querer escribir, sin querer ser, sin querer. Como la luz diurna, como el devenir, como la sonrisa de la “a”, o las ganas de abrazar a una mujer.

Pero a veces escribo queriendo.

A veces quiero escribir como duerme el océano con sus peces dentro. Quiero escribir como transcurre el tiempo. Sólo escribir. Sin más pensamiento que el necesario. O con ningún pensamiento. Quiero escribir como siente el sabio. Quiero escribir sobre ti en mis abrazos. Pero mientras tanto, escribo como vivo: a veces triste, enamorado, tímido u orgulloso, …las más de las veces, escribo como un nabo. Pero escribo, aun sin lectores, aun sin porqués, aun sin menciones. Y siempre que escribo soy fuego para devolverle el agua al hielo. (Claro que sé que también el hielo es agua, pero te dije que estoy tratando de escribir sin razonar.)

En fin, soy humano y también soy haragán y manso. Sea como sea, escribo porque estoy vivo y mientras no golpee a la puerta el cartero cruel de las obligaciones mundanas, escribo. Al igual que vos, sea cual fuere tu arte, yo básicamente, escribo porque puedo.

A veces más satisfecho o más arrepentido, lo único que he aprendido fue a escribir “te quiero”.

d

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6 comentarios en “porque aprendo

    • Muchas gracias, Andrés! Muy considerado de tu parte, la verdad… Ya me daré una vuelta por tu excelente blog para seguir las convenciones pertinentes, pero mientras tanto, te mando un cálido saludo…!

      • Por eso prefiero a Cortázar…
        Borges fue un genio pero a veces las palabras eruditas se pierden para explicar o decir lo que es mucho más simple 😉 Abrazo, Aquileana 😛

      • “a veces las palabras eruditas se pierden para explicar o decir lo que es mucho más simple”, …yo diría que siempre! Jajajaja! Te mando un beso, Aquileana, y gracias por visitarme…

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