Ya no soy yo (02)

Ya no soy yo…

Ya no quiero vivir de la literatura. Te lo dije: Ya no soy yo.

Ahora soy una enorme pelota de playa que galopa en las olas alejándose de la ciudad. Pelotaltamar, con ninguno de sus gajos pintados: a través del plástico se ven las sonrisas de las nubes, a través de poros blancos se escapan mis ansiedades a buscar sus bastones en otros lares.

Quiero ser nadie. Y lo soy.

Quiero no tener razón. Y no la tengo.

¡¿Qué mejor?!

¿Tener razón?

Es literatura. No hace falta.

Aquí en altamar, dentro de la niebla con mano, la vida es literatura: ya no hacen falta muchas cosas… No, no estoy pensando en palabras grandilocuentes como Justicia: la vida no es injusta, simplemente es impersonal.

Hubo un tiempo en que me desgarraba el ser entender que a la vida no le interesa en lo absoluto quiénes somos. Mi cerebro pateaba latones en los rincones, y se hacía el guapo acompañado, pero cuando estaba solo, lloraba todo el día. Si tratamos de agarrar con las neuronas, jamás comprenderemos cómo puede ser posible que al universo no le importemos ni un ápice; que el que hayamos nacido, suframos y muramos lo tiene perfectamente sin cuidado. Acaso allí radique nuestra errónea percepción de injusticia: la balanza trasnochada en la que nosotros seamos nada para el Universo, que precisamente lo es todo para nosotros… ¡Nosotros, que lo único que conocemos es a nosotros mismos! Gritamos a los cuatro vientos que existimos, nadie nos oye, y luego morimos. ¿Se puede pensar un castigo más cruel que éste? ¡Ay! …Pero está el arte…

Está el arte. Y nada existe más personal que la literatura, que el arte en general, mientras que la vida… ah, la “Vida”…

En el preciso instante en que nos apartamos del arte, comenzamos a personalizar nuestra existencia mediante etiquetas afiladas, esto es lo que nos dijo el zorro de Saint-Exúperie con su sabiduría animal, pero empleando una palabra mucho más terrible: “domesticar”. Etiquetamos-domesticamos el universo con nombres propios para desempañar el vidrio del sinsentido mientras nuestro colectivo corre irrefrenable por una carretera nocturna.

Y sin chofer.

Y siempre viajamos solos, en el colectivo. A cada quien le toca escoger sus propios fantasmas antes que se los enchufen por él.

Fantasmas, etiquetas, injusticia. Y, sin embargo, todo es viento en la humanidad. Las influencias, la anarquía, la celeridad, brisa o tempestad, todo es viento. No lo podemos agarrar. Pero nos empeñamos en etiquetar. Y es que una sola etiqueta no basta: un cargamento de esquelitas de heladera alcanza para prefigurar una personalidad tanto como las líneas falsas de un mapa escolar enmarcan el mar. Y sin embargo… a veces buscamos nombrar para acariciar, pues tampoco podemos acariciar el viento.

Dicen que lo que no se puede explicar, no se comprende del todo. Adhiero a esta aseveración, pero aclarando que la música, la poesía, y las demás artes, también explican… y no necesitan de la precisión fría y antisocial del lenguaje-bala. Entonces, ¿cómo explicar-acariciar sin nombrar-etiquetar? Fácil: como se toca el viento, aunque no se pueda apresar.

Conozco personas que protestan por todo. Todo el tiempo se están quejando de algo: que hace calor, que llegan tarde, que falta mucho, que tienen hambre, questo, quelotro… ellas buscan apresar, son Occidente hecho carne. Afortunadamente, también conozco otra clase de personas –mucho menos numerosas, es cierto, pero existen– que no se quejan nunca, que se contentan sin conformarse, que cierran los ojos para sentir la brisa de la vida.

Como los niños y los perros.

Los perros y los niños lloran, exigen, resignados se apagan, se encienden enfurecidos, nunca se quejan. Me entristece oír a niños quejarse: son adultos en miniatura, cuyos padres seguramente se quejen el triple.

Occidente hecho carne: el pensamiento occidental, basándose en la premisa de que “nombrar es conocer”, se tilda de complejo, organizado y moderno, respecto de los demás pensamientos, mucho más místicos o rezagados, pero en realidad, obedece a un proceder facilista. Quiere todo ya. (¡Ojo! Yo también “quiero todo ya”, pero son dos ya diferentes: el mío es el de “ahora, yo también, plis, porque después me voy y no vuelvo, …pero si no hay, no importa!” …mientras que el de Occidente es el de “YA mismo, y Siempre, y Todo, para mí solo y para nadie más.”) Busca definiciones para todo y a todo intenta etiquetar.

Prefiero el agua del mar.

Pero hay formas bellas de nombrar: tocando, por ejemplo, sin agarrar. Fotografiando, sin cazar, ni matar, ni enjaular. Por otro lado, las definiciones, si no van de la mano de ejemplos, no son definiciones, sino bizantinismos posmodernistas. Pongamos como ejemplo el Arte. Occidente quiere definir el Arte. Todos buscan definiciones que puedan pronunciarse sobre cualquier objeto y determinar si el mismo es arte o no es arte. Sin embargo, me parece que plantean mal el asunto: acaso la definición más sabia sea la que, aun siendo definición, no conteste a todas las preguntas. Los estudiosos pretenden tomar un pedazo de cerámica de alguna supuesta vasija de una excavación y enchastrarla con su propia definición de arte: “este pedazo de cosa ES arte”. “Este otro pedazo de cosa NO ES arte”. Necesitamos apertura, necesitamos mirar más, agarrar menos. En efecto, necesitamos una idea que nos permita diferenciar “arte”, de “ventana”, de “cabello”, de “zorrino” y de “atardecer”, pero que posea la humildad de decirme también: “No sé si este pedacito-de-cerámica-que-tal-vez-fuera-una-vasija es o no es arte. No lo sé. No puedo saberlo. Y no necesito saberlo para disfrutarlo, ni para soñar con las manos que lo moldearon, o con la eternidad, ni para cuestionarme acerca del sentido de la existencia.”

Acudiré a uno de mis escritores predilectos para condimentar la idea de definición humilde o sabia: el inmenso exponente humano que fue Henry Miller, cita a otro grande, Krishnamurti, para decir que “lo que queda definido, queda muerto”. ¿Ves la diferencia entre las definiciones occidentales y las humildes? Tal vez por allí esté la clave de por qué Occidente quiere nombrarlo todo a botinazos: porque la muerte es el control supremo sobre algo. La vida es movimiento, cambio, rebeldía, libertad.

[No puedo evitar una digresión: Por favor, si todavía no leíste a Henry Miller, no lo hagas hasta unos cuantos años después de haberme leído a mí; de paso, si ya estoy muerto, mejor: él ya lo ha hecho todo, a mí sólo me quedaba el suicidio, o gastar toda esta energía… sea en forma de tiempo, de papel, o de electricidad… ¡Bah! ¡Patrañas! Él hubiera querido que me leyeras a mí, y a él, y a ti mismo y a la vida que leen tus ojos con o sin tu presencia… después de todo: ¿para qué leemos, en todo caso?, ¿te lo has preguntado alguna vez? Sea como sea, ya Dios-Miller ha escrito algo como esto mil veces mejor, y mucho antes. Lo que sigue no se trata más que de una re-escritura desdichada y tercermundista. ¿Que por qué lo hago entonces?, ¿que por qué escribo? Escribo por la misma razón que vos estás leyendo esto…, además de improbable, suena algo extraño, lo sé, pero es la verdad. Puede que seas editor y estés leyendo esto porque algún tarambana te alcanzó el “manuscrito” y te ves obligado a hacerlo… o que, guiado por la curiosidad, hayas bajado el archivo desde Internet atraído por alguna extraña razón… o puede que seas una minita que me gusta a quien yo he extendido el archivo en LibreOffice para sorprenderla o conquistarla… pero también puede que seas un escuálido ser olvidado e híper-sintiente que halló este ajado libro en el rincón más húmedo y frío de una biblioteca de viejo que visitaba por primera vez, diez años después de que yo hubiera muerto (y en este momento, si éste es el caso, o por las dudas, acabas de volver de atisbar la fecha de edición en la última página del libro, para calcular mi defunción… o lo habrías hecho, te lo aseguro, si por tus arterias corriera sangre ingenieril en igual proporción a la artistoide, como en mi caso; no se lo deseo a nadie.), …aunque pensándolo bien, no sé si estás leyendo esto por aquella razón o por alguna otra. Que tampoco tengo: elegí abrirles las jaulas a mis razones, construirles abrazos y mejillas inexpertas, dejarlas ir con el aire…

Henry Miller decía que uno lee para corroborar. Sé lo que significa, a fuerza de visitarlo decenas de veces en su casa de papel. Henry no quiere decirnos que somos intolerantes y sólo leemos lo que está de acuerdo con nosotros, ¡para nada! Hay una diferencia crucial y tornasolada, con tantos matices como el otoño recostado sobre el lomo de las hojas que conversan en mi patio, con el viento de la siesta… Henry llegó a la conclusión (¡dichoso él!) de que, al cabo de mucho explorar siempre terminamos por quedarnos con aquellos autores que más nos “tocan”, aquellos que nos llegan al tuétano del ser, aquellos de quienes más aprendemos; en definitiva, leemos a quienes sintonizan nuestra misma frecuencia, pues los entendemos mejor… Pero éste no es un movimiento del todo consciente, sino más bien un principio o una fuerza tan natural como la que mantiene unidas las parejas y las amistades: la comprensión, la admiración, el aprendizaje, en definitiva, el amor.

La admiración, sobre todo, abre los ojos como platos, espanta el tedio del aburrimiento y neutraliza los filtros. La admiración es el caballo pura sangre que nos lleva como jinetes de juguete por el circuito repleto de vallas-prejuicio a lo largo de nuestra vida, cada salto es un aprendizaje. Pero a no confundir, tú que lees, que no sólo se admira hacia arriba: está bueno aprender a admirar también para abajo, para el costado, admirar para afuera y hacia adentro, admirar todo, y para todos lados.

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