Ya no soy yo (03)

Ya no soy yo…

“Quien pega primero, pega dos veces”; “Matar dos pájaros del mismo tiro”… me chocan esos refranes violentos… pero cuánta razón tienen! Las “primeras veces” se graban a fuego en nuestra niñez. Son los señaladores en el libro de la infancia, el índice inobjetable en los anales de nuestra existencia.

Los niños lo admiran todo, pues todo es amanecer para ellos, que son rocío. Sin embargo, la novedad puede ser infinita si uno se lo propone, aunque ocupa mucho lugar y nuestra mente no suele dejarla entrar…

Estará muy contento don Nietzsche con su verdad, pero a mi me pesa que nuestra mente sea martillo, antes que curiosidad.

[¿De quién hablo cuando hablo de mi mente? ¿Acaso no es ése el mejor ejemplo de que no somos algo, sino multitud? La consciencia… Bendita consciencia… ¡Gran error del universo!

No importa. A fuerza de (in)consciencia o voluntad, uno se vuelve artista.]

Personalmente, apunto a ver todo lo que me rodea como si aún fuera el niño de hace veinte o treinta años, resetear, no la memoria, ni la experiencia, sino la percepción de lo que me rodea. Busco ahuecarme como el cauce vacío de un río de deshielo que se acerca, al que sólo podré recibir plenamente si me ofrezco a él con admiración, no porque sea la primera vez que sucede la primavera, sino porque ningún invierno es igual al anterior. Como adultos, los que envejecemos no somos nosotros, sino las cosas que nos rodean porque las vemos sin admiración ni curiosidad. ¡Nos vanagloriamos de la infinitud del cerebro, o del ser humano, pero nos tapamos de coladores filtrantes como si fuéramos a estallar de realidades! ¿No será mejor andarnos sin filtros? (“Mis manos, brutas como esponjas”) Ser el cauce que acepta el barro, con la misma actitud con que acepta la frescura del agua, el vaso sanguíneo de naturaleza abismal, que acepta tanto las semillas de la flora que desciende corriente abajo, como la muerte hecha rana o paloma, acompañándolas, volviéndolas fertilidad…

Para ir más lejos, podemos propugnar la apertura absoluta, aunque no exista. Aunque sea imposible… ¿Cómo sería una persona que “corroborara” con todos los libros que le caen en las manos? ¿fútil, filosa o falsa? ¿sabia?

…En las relaciones interpersonales se da exactamente lo mismo…

¡¿Y QUÉ SON LOS LIBROS, SINO “OTRAS” PERSONAS?!

(Y, ¿qué es la biblioteca, sino una otra sociedad?) Leer es como ir a una reunión, o como tomar mate con alguien…, leer es relacionarse con alguien, en el sentido de la propia experiencia, es decir, para con uno mismo. Los libros son personas en nuestra vida. Lo sabés mejor que yo…

Que acudan en mi ayuda dos enormes escritores:

Ernesto Sabato, por un lado, dice que cada momento que no pasó él con un ser humano, fue un momento perdido en su vida, incluso aunque se lo hubiese dedicado a la literatura. Adolfo Bioy Casares, por su parte, dice que las personas más inteligentes que pisaron y pisan la Tierra son los escritores…

Aunque parezca lo opuesto, ambos se apoyan mutuamente en sus afirmaciones: pues Bioy elogia, en realidad, la sensibilidad y la percepción del escritor, sus ojos conteniendo el universo, el fuego que palpita en su rutina y se convierte en estalactita al bajar por las yemas de sus dedos… Recién al final de la fila, llega cansada la tan nombrada “capacidad del artista” para volcar aquello que ve y siente sobre el papel… mal o bien, pero siempre pensando en el otro, que es la maldición del escritor, el infierno del artista: soportar las espuelas de la hipocresía a horcajadas de su sensibilidad.

Nada hace más sensible a Sabato, que su imposibilidad de dejar de escribir, que su añoranza de oso polar en el cautiverio literario: “¡Quiero salir!”…

Pero escribir no es la pena. Arte es vida. Si hacer arte chupara energía, no me aniquilaría el sueño ponerme a escribir poesía…

Ahí está lo bueno de la lectura: uno se relaciona con seres humanos inmensamente observadores y sensibles, que, encima, manejan el lenguaje como domadores de circo, o encantadores de serpientes… y aunque este relacionarse no se produzca más que unilateralmente, la moneda tiene dos caras: al lector, el enriquecimiento le funciona como si fuera bilateral, y al escritor, en última instancia, no le interesa: él simplemente escribe porque no puede dejar de hacerlo…

Cada ser humano tiene algo para contar, es profundamente sabio en sus cuestiones y más que observador para lo que es de su interés, pero no todos pueden exteriorizar su ser como lo hace el escritor… que enseña mucho más que un vecino promedio, que un docente promedio, que un compañero de trabajo promedio… pero, además, también puede abrazar.

No estoy diciendo que leer sea preferible a hacer sociales, sino simplemente, que es altamente aconsejable leer. Y que, al fin y al cabo, no es mucho más diferente de hacer sociales.

Eso es todo.

Los autores que más amo son los más parecidos a mí, en sus cosmovisiones, en mi mí mismo.

Yo soy él”, a eso se refiere Henry.

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