Ya no soy yo, todavía (6)

“Ya no soy yo, todavía (6)”

Me gustaría poder recorrer los recuerdos, no seleccionándolos como quien escoge los mejores tomates en la verdulería, los más aromáticos y… ¿tersos? (ja!)

No.

Recorrerlos, como se recorre una arboleda añosa, gozando de cada árbol sin buscar con la mirada el más bello, ni el más alto.

Recorrer mis bosques Mendoza, La Plata, adolescencia, infancia; recorrer mis bosques sin preferencia alguna, en verano, invierno, primavera, pero sobre todo en otoño. Y a medida que vayan apareciendo los grandes sabios, admirarlos, sin orden, sin horarios.

Hoy, recuerdo las plazas mendocinas antes que al parque San Martín. Y no es extraño. Recuerdo, por ejemplo, algo que no sé si recuerdo o he imaginado: me veo sentado en un banco de Plaza Independencia, leyendo El juego de los abalorios, o algún cuento de Poe, quizá, o tal vez sólo admirándome, rodeado de contexto. Rodeado de ciudad-respirándome-en-el-cuerpo, …y ella que llega de repente, yo sin notarlo, y me pregunta si hay lugar para sí en mi banco… La impresión es honda: para mí, ella es más que el más bello y sabio árbol mendocino habitando Parque San Martín.

Miento.

…Lógicamente. Pero, por suerte, la mentira no existe cuando se hace literatura. Por más mala que sea ésta, y por más lograda que aquélla fuera. Aunque, pesándolo mejor, la mentira tampoco existe fuera de la literatura, fuera del arte. No, al menos, en mi nueva realidad. Y está bueno que así sea. Se sufre menos. Aunque me gusta sufrir, porque me gusta vivir. (No concibo que a quien le guste vivir no le guste sufrir… aunque debe de haber varios de esos contradictorios por ahí dando vueltas…)

Volvamos.

Plaza Independencia y su bendito carromato pochoclero con Sabina de fondo. Parecía ser el único músico existente en todo el Universo, pero el pochoclero, las jipis y las zurditas, …y el yo de entonces, lo amábamos. Y eso era lo único que contaba. Durante todos los meses que viví en esa ciudad, todas y cada una de las veces que atravesé la plaza levitando, siempre el mismo disco de Joaquín, bajo todo el frío andino o el calor primaveral, sus cuerdas vocales oxidadas y su andanada de rimas arrojadas, eran tan de la plaza como cualquier árbol, como la fuente semicircular de aguas otrora danzantes. (Aguas que nunca vi despiertas. Tal vez haya sido el zonda y su aliento a león hambriento el que las retenía a ras del suelo, tímidas ellas, agazapadas por no quererse secar, …o quizá se les había caído encima ese horrible muro post-apocalíptico que oficiaba de escultura y completaba la fuente, en alguna noche fatal.)

Plaza Independencia, con su local de Bonsai enfrente, su carromato sabinero manchando el suelo con palomas obesas y haraganas, sus caniches escuálidos, su fuente mitad dormida, mitad amenazada, y sus artesanos que dicen que se bañan… Me gustaban los escalones chatos que se te aparecían de vez en cuando con sus formas redondeadas: iban muy de la mano con mi forma de caminar, de ser. Era un placer, entre tanto verde, tanto sol, bajarlos, con sus reposos amplios y la invitación constante a la contemplación o el descanso.

Esta plaza es la amalgama perfecta entre sus ángulos rectos y fríos de civilización auto-ufanada y las redondeces femeninas que ésta ha dejado olvidadas, en algún triste lugar, en su desenrollarse incansable hacia el Progreso.

Allá arriba, las ramitas más jóvenes de los viejos sabios se asoman temblorosas, escapadas de la protección de sus copas, abrazan el cielo anaranjado, conversan con la prisa no siempre recta de los pájaros. Y yo pienso que me están esperando…

No todas las plazas son iguales, ni depende de ellas serlo. Son sus casas, sus costumbres, la entonación de su maquillaje, sus edades, las prisas o percepciones de sus familiares, …lo que determina su carácter. Independencia, por ejemplo, es una señora concheta, pero con calle. Dama ya grande, con amplios redondos ademanes, con su cabellera castaña ondulante, con su sonrisa ávida de recibir el perfume de las nuevas ciudades que traen de la mano sus visitantes. Independencia tiene cuatro sobrinas no muy distantes, cada una con su lunar, su mirada, su andar, siempre con algo que la hace destacarse… Fue en la cintura abierta de una de ellas, una tarde, donde experimenté esa extraña sensación de ser el espejismo de alguien, que se crea a partir de la alquimia desatada entre la más absoluta determinación y las ganas insostenibles de salir corriendo. Aprendí que arrancar a una rosa de su madre, a veces, muy pocas, vale. Hice yoga sin saber hacer, me sentí invencible, me supe nadie… Mesuraban el tiempo los pasos calmos del sol al filo del firmamento. Yo quería y no quería que la espera terminara. Quería y no quería que mi cita, que ella, la del árbol, llegara.

Hay una solitaria y lánguida estatua en Plaza Italia. Esa tarde no estuvo sola: éramos dos mientras esperaba, mientras yo temblaba por dentro en mi indecisión, sin saber qué palabras escoger, entre tantas que sobraban. Hubo dos soles, también, cuando ella se sentó a mi lado. O tres. Si contamos mi corazón echando flamas. Plaza Italia, se llamaba. Y todo el sol en Mendoza se reservó para ella, cuando me miraba.

Mendoza… de esta ciudad, recuerdo, sobre todas las cosas, mis ganas. Yo era joven. Y tenía ganas por todos lados. Todo el tiempo. Ganas de esto, de aquéllo, ganas de absolutamente todo. Ganas de ahora mismo y para siempre. …Y ganas de nada.

Todavía las tengo.

No sé si me había mirado realmente al espejo alguna vez antes de partir en bicicleta hacia el Cuyo, pero sí sé, de seguro, que en esa ciudad yo era la única cosa que veía siempre reflejada. Todas las manos que abrazaban eran las mías, el dolor de aquél niñito que una tarde aprendía a andar en triciclo por vez primera, y de paso aprendía que el piso de la plaza era más duro que el de la vereda de su casa… porque lo veía caer más gente… también era mi dolor, pero en mí tomaba nombre de mujer.

Yo era el sujeto, el espejo y la cosa reflejada; Los compases de tango cosquilleando las parejas en aquella plazoleta afilada que se recostaba contra las vías y la frescura sola de la cerveza escalando por mi garganta hasta mi sien. Y fui las ganas de bailar, pero sin saber, sin animarme…

Los murmullos de calle Sarmiento (¿ése era el nombre de la peatonal?) en las mañanas estivales; toda la gente que se dejaba caer en los sillones de lona de los cafés; el empedrado, la glorieta, todo era yo.

Cuando regresé, meses después, apenas fui un fantasma reclamando inútilmente el viento zonda por las calles húmedas de Santafé. El recuerdo de un nombre que había usado dos o tres vidas antes y la lucha porque no se me adhirieran nuevamente gustos, deseos y pareceres de los que había huido al partir en mi viaje, llenaron los primeros días de mi retorno. De mi nuevo ser. Pues lo que volvió de Mendoza no fue una persona, sino meras ganas, aire contento y satisfacción, más y más curiosidad, eternamente insatisfecha. Finalmente, y precisamente por ello, volvió también algo de resignación.

Pero aún no regreso. Aún estoy leyendo Vygotsky y Piaget un domingo de mañana, en una plaza monótonamente verde, a la vuelta de “casa”: esa pensión mendocina cuya encargada tenía apellido de dictador y donde mis compañeros de cuarto, a poco de conocerme, seguramente por mi ademanes detallistas, sensibilidad natural y sonrisas inocentontas, apostaron entre ellos a que yo era gay…

No soy gay. No todavía, al menos. (Ja!) Ni por suerte, ni por desgracia. Pero seguramente tengo tanto en mí de hombre, como de mujer… y no es una cuestión sexual, sin embargo. Obedece más bien a la misma ley universal de quien busca sin cesar, de quien desconoce los filtros y va corriendo por los bosques pateando las jaulas, con los ojos cerrados y abiertos al mismo tiempo. Obedece, también, al principio natural que tiñó mis ojos de Noche y derramó todo el calor del mediodía en mi piel. Ese Heráclito en mi sien, perro del ser que me hace perseguir el propio rabo, que me impide dormir hasta llegar el amanecer o dejar los muebles quietos de mi casa por más de un mes. Ese mismo principio enfermo que hace que todas las ciudades en que vivo y viviré se vuelvan mi propia madre, pero también, un mero hotel.

d.

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