Voy siendo como siento (8)

Conocí Tarija. Horrible ciudad. Pero tierna, humana y, sobre todo, cercana…
Turista desprevenido, me cacheteó su fealdad, pero aun así, la sentí más próxima que a mi admirada Buenos Aires.
Tarija y su api, sus pastelitos y su sopa de maní, Tarija y sus humitas asadas, dulces y tibias como el amanecer de Tarija; siempre con sus cholas y sus perros parias revolcándose en el viento, en el polvo y en el tiempo…
¿Qué es Tarija?
No una ciudad, ciertamente, más bien una mano abierta y ajada que la Pacha tiende a sus hijos hambrientos. Mano infinitamente generosa, pero vacía.
Tarija y sus habitantes de barro, pedacitos de humanidad tostados por el sol, abriéndose camino a machete por entre la carne de la tradición, forcejeando adormecidos entre el sabio antaño y el facilismo del hoy, escamas azucaradas de una serpiente que no cesa de mudar su piel.
Mas no me confundo…
Todos ellos, peces en el agua.
Toda Ella, Tarija, camuflada en la montaña.

He conocido muchas poblaciones (nunca serán demasiadas) que se recostaban en las serranías o que jugaban, con pereza, a las escondidas en la montaña… Todas ellas, iguales entre sí.
Como las personas.
Distinto nombre, quizás, pero no me engañan, a todas las peina el mismo viento, las nutre igual raíz: todas suspiran atadas al universo (…más que a las nacionalidades!)
No hace mucho me enseñaron eso,
entre mate y mate,
entre verso y verso…
por eso mi libertad, sin herrumbre,
sabe ahora desplegar sus alas,
y por eso mi mirar,
-más que visión, latido-
abraza a todo
y se aferra a nada…

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Ya no soy yo, todavía (7)

“finalmente…”

finalmente lo entiendo.

el poeta tenía razón:

las mujeres sí son música.

lástima que soy un pésimo disc-jockey.

no sé si es un problema o no, pero las dos críticas primordiales que me saltan como caniches excitados cada vez que se me ocurre musicalizar un ambiente con gente, son: “pero Diego, dejá algún tema entero!” y “ya cambiá eso, por favor!”

con las mujeres me pasa lo mismo. y con la vida, que es mucho peor (…o mucho mejor, dependiendo de dónde se lo mire, dependiendo de la escala de valores de cada uno, o de si -como en mi caso- uno gusta Descubrir tanto como Despedirse.)

salto de una canción a otra sin darme tiempo a nada, con la total desesperación de quien se sabe sediento para siempre. pero temeroso del agua al mismo tiempo.

sin embargo, cuando me enamoro de un tema, lo escucho ininterrumpidamente durante días, semanas, sin poder escapar de su melodía, ni pensar en nada más, presa de una nueva desesperación, de un nuevo encierro -pero que me gusta: que me unta de deleite hasta el rinconcito más desprotegido del alma…

me pasa lo mismo con todo lo que se me cruza por el camino, sean ciudades, disciplinas o poemas, sean lenguajes, sensaciones o proyectos.

despierto cada día sabiendo lo que siente un dique a punto de convertirse en cascada, con sólo el asomarse de una nota o el amanecer de una mirada. pero el agua que rebalza no es mía (soy del universo), por eso siempre es demasiada.

por eso arrastro todas las casas.

desfondo todos los abrazos.

y agoto todas las pilas.

las mujeres, en mi vida, son como las canciones,

pero las canciones no se cansan de ser absorbidas.

d

Ya no soy yo, todavía (6)

“Ya no soy yo, todavía (6)”

Me gustaría poder recorrer los recuerdos, no seleccionándolos como quien escoge los mejores tomates en la verdulería, los más aromáticos y… ¿tersos? (ja!)

No.

Recorrerlos, como se recorre una arboleda añosa, gozando de cada árbol sin buscar con la mirada el más bello, ni el más alto.

Recorrer mis bosques Mendoza, La Plata, adolescencia, infancia; recorrer mis bosques sin preferencia alguna, en verano, invierno, primavera, pero sobre todo en otoño. Y a medida que vayan apareciendo los grandes sabios, admirarlos, sin orden, sin horarios.

Hoy, recuerdo las plazas mendocinas antes que al parque San Martín. Y no es extraño. Recuerdo, por ejemplo, algo que no sé si recuerdo o he imaginado: me veo sentado en un banco de Plaza Independencia, leyendo El juego de los abalorios, o algún cuento de Poe, quizá, o tal vez sólo admirándome, rodeado de contexto. Rodeado de ciudad-respirándome-en-el-cuerpo, …y ella que llega de repente, yo sin notarlo, y me pregunta si hay lugar para sí en mi banco… La impresión es honda: para mí, ella es más que el más bello y sabio árbol mendocino habitando Parque San Martín.

Miento.

…Lógicamente. Pero, por suerte, la mentira no existe cuando se hace literatura. Por más mala que sea ésta, y por más lograda que aquélla fuera. Aunque, pesándolo mejor, la mentira tampoco existe fuera de la literatura, fuera del arte. No, al menos, en mi nueva realidad. Y está bueno que así sea. Se sufre menos. Aunque me gusta sufrir, porque me gusta vivir. (No concibo que a quien le guste vivir no le guste sufrir… aunque debe de haber varios de esos contradictorios por ahí dando vueltas…)

Volvamos.

Plaza Independencia y su bendito carromato pochoclero con Sabina de fondo. Parecía ser el único músico existente en todo el Universo, pero el pochoclero, las jipis y las zurditas, …y el yo de entonces, lo amábamos. Y eso era lo único que contaba. Durante todos los meses que viví en esa ciudad, todas y cada una de las veces que atravesé la plaza levitando, siempre el mismo disco de Joaquín, bajo todo el frío andino o el calor primaveral, sus cuerdas vocales oxidadas y su andanada de rimas arrojadas, eran tan de la plaza como cualquier árbol, como la fuente semicircular de aguas otrora danzantes. (Aguas que nunca vi despiertas. Tal vez haya sido el zonda y su aliento a león hambriento el que las retenía a ras del suelo, tímidas ellas, agazapadas por no quererse secar, …o quizá se les había caído encima ese horrible muro post-apocalíptico que oficiaba de escultura y completaba la fuente, en alguna noche fatal.)

Plaza Independencia, con su local de Bonsai enfrente, su carromato sabinero manchando el suelo con palomas obesas y haraganas, sus caniches escuálidos, su fuente mitad dormida, mitad amenazada, y sus artesanos que dicen que se bañan… Me gustaban los escalones chatos que se te aparecían de vez en cuando con sus formas redondeadas: iban muy de la mano con mi forma de caminar, de ser. Era un placer, entre tanto verde, tanto sol, bajarlos, con sus reposos amplios y la invitación constante a la contemplación o el descanso.

Esta plaza es la amalgama perfecta entre sus ángulos rectos y fríos de civilización auto-ufanada y las redondeces femeninas que ésta ha dejado olvidadas, en algún triste lugar, en su desenrollarse incansable hacia el Progreso.

Allá arriba, las ramitas más jóvenes de los viejos sabios se asoman temblorosas, escapadas de la protección de sus copas, abrazan el cielo anaranjado, conversan con la prisa no siempre recta de los pájaros. Y yo pienso que me están esperando…

No todas las plazas son iguales, ni depende de ellas serlo. Son sus casas, sus costumbres, la entonación de su maquillaje, sus edades, las prisas o percepciones de sus familiares, …lo que determina su carácter. Independencia, por ejemplo, es una señora concheta, pero con calle. Dama ya grande, con amplios redondos ademanes, con su cabellera castaña ondulante, con su sonrisa ávida de recibir el perfume de las nuevas ciudades que traen de la mano sus visitantes. Independencia tiene cuatro sobrinas no muy distantes, cada una con su lunar, su mirada, su andar, siempre con algo que la hace destacarse… Fue en la cintura abierta de una de ellas, una tarde, donde experimenté esa extraña sensación de ser el espejismo de alguien, que se crea a partir de la alquimia desatada entre la más absoluta determinación y las ganas insostenibles de salir corriendo. Aprendí que arrancar a una rosa de su madre, a veces, muy pocas, vale. Hice yoga sin saber hacer, me sentí invencible, me supe nadie… Mesuraban el tiempo los pasos calmos del sol al filo del firmamento. Yo quería y no quería que la espera terminara. Quería y no quería que mi cita, que ella, la del árbol, llegara.

Hay una solitaria y lánguida estatua en Plaza Italia. Esa tarde no estuvo sola: éramos dos mientras esperaba, mientras yo temblaba por dentro en mi indecisión, sin saber qué palabras escoger, entre tantas que sobraban. Hubo dos soles, también, cuando ella se sentó a mi lado. O tres. Si contamos mi corazón echando flamas. Plaza Italia, se llamaba. Y todo el sol en Mendoza se reservó para ella, cuando me miraba.

Mendoza… de esta ciudad, recuerdo, sobre todas las cosas, mis ganas. Yo era joven. Y tenía ganas por todos lados. Todo el tiempo. Ganas de esto, de aquéllo, ganas de absolutamente todo. Ganas de ahora mismo y para siempre. …Y ganas de nada.

Todavía las tengo.

No sé si me había mirado realmente al espejo alguna vez antes de partir en bicicleta hacia el Cuyo, pero sí sé, de seguro, que en esa ciudad yo era la única cosa que veía siempre reflejada. Todas las manos que abrazaban eran las mías, el dolor de aquél niñito que una tarde aprendía a andar en triciclo por vez primera, y de paso aprendía que el piso de la plaza era más duro que el de la vereda de su casa… porque lo veía caer más gente… también era mi dolor, pero en mí tomaba nombre de mujer.

Yo era el sujeto, el espejo y la cosa reflejada; Los compases de tango cosquilleando las parejas en aquella plazoleta afilada que se recostaba contra las vías y la frescura sola de la cerveza escalando por mi garganta hasta mi sien. Y fui las ganas de bailar, pero sin saber, sin animarme…

Los murmullos de calle Sarmiento (¿ése era el nombre de la peatonal?) en las mañanas estivales; toda la gente que se dejaba caer en los sillones de lona de los cafés; el empedrado, la glorieta, todo era yo.

Cuando regresé, meses después, apenas fui un fantasma reclamando inútilmente el viento zonda por las calles húmedas de Santafé. El recuerdo de un nombre que había usado dos o tres vidas antes y la lucha porque no se me adhirieran nuevamente gustos, deseos y pareceres de los que había huido al partir en mi viaje, llenaron los primeros días de mi retorno. De mi nuevo ser. Pues lo que volvió de Mendoza no fue una persona, sino meras ganas, aire contento y satisfacción, más y más curiosidad, eternamente insatisfecha. Finalmente, y precisamente por ello, volvió también algo de resignación.

Pero aún no regreso. Aún estoy leyendo Vygotsky y Piaget un domingo de mañana, en una plaza monótonamente verde, a la vuelta de “casa”: esa pensión mendocina cuya encargada tenía apellido de dictador y donde mis compañeros de cuarto, a poco de conocerme, seguramente por mi ademanes detallistas, sensibilidad natural y sonrisas inocentontas, apostaron entre ellos a que yo era gay…

No soy gay. No todavía, al menos. (Ja!) Ni por suerte, ni por desgracia. Pero seguramente tengo tanto en mí de hombre, como de mujer… y no es una cuestión sexual, sin embargo. Obedece más bien a la misma ley universal de quien busca sin cesar, de quien desconoce los filtros y va corriendo por los bosques pateando las jaulas, con los ojos cerrados y abiertos al mismo tiempo. Obedece, también, al principio natural que tiñó mis ojos de Noche y derramó todo el calor del mediodía en mi piel. Ese Heráclito en mi sien, perro del ser que me hace perseguir el propio rabo, que me impide dormir hasta llegar el amanecer o dejar los muebles quietos de mi casa por más de un mes. Ese mismo principio enfermo que hace que todas las ciudades en que vivo y viviré se vuelvan mi propia madre, pero también, un mero hotel.

d.

Ya no soy yo, todavía (5)

Ya no soy yo, todavía (5)

Ayer comencé a releer “Los alimentos terrestres”.
Gide es dios.
Lo que busco es la conversación con mi interior, con mi yo mismo… que a veces tiene cara de puto francés, otras de yanqui histérico y otras muchas, de heterónimo portugués o frágil poetiza porteña…
No es aprender lo que busco. Ya no. Sino recorrer caminos por vez primera. Todos los caminos. Que mi cerebro sea la suela mordisqueada por el tiempo y el peso de la experiencia hecha cuerpo.
Amo la novedad, por eso escribo: que es mi rasguñar la nada con mis uñitas dobladas que no estaban…
Todos los caminos de la nada.
Creo, también, que no es finalizar sendas lo que me interesa, pues cada recorrido es excluyente de los demás, …e insume mi preciado tiempo.
Volver luego. A lo sumo. Cuando ya uno es otro.
Me inquieta y oprime lo que a otros da paz: tanta comodidad, la seguridad de lo ya conocido, todos los techos.
Lo que para vos son almohadones rosaditos, lascera mi carne como colmillos de pirañas… y no sé nadar.
Pero está el Tao: mi calma es tu caos.
Mi para siempre es un nunca jamás. Un nunca jamás me voy, me despido, me olvido. Soy la esfera achatada de la Tierra queriéndose mudar. Soy idioma y silencio. Soy todas las cadenas, que no arrastro ni me atan, sino que uso como riendas para la libertad!

No es aprender lo que me interesa. Sino experimentar. Beber de la gélida fuente de la irreproductibilidad. Ser el ardor que derrite la vela.  La flama levitando en el mar.
Voy a morir, fundiéndome, volviéndome todos los antes y los después, por supuesto, pero primero quiero des-hacerme en vida, como Clarice Lispector: “Ya tuve tanta certeza de mí, hasta el punto de querer desaparecer”.

Sin embargo, Gide no es sino tan sólo MI dios. Y de nadie más. No sé si tiene tanto sentido recomendar autores que le han llegado hasta el tuétano a uno, autores que más que escritores son hermanos de sangre… porque siendo así, por fuerza, poco será lo que los demás comprendan o valoren, a menos que también sean nuestros hermanos, a menos que nos comprendan a nosotros -que me comprendan a mí- en el exacto grado en que comprendemos -en que yo comprendo- a Gide. A menos que sientan en la escritura recomendada, la espesura cálida de la sangre propia, y lleguen a confundirse, como yo tantas veces, hasta el punto de creer que ha sido uno mismo quien escribiera aquellas líneas…

He escrito, entonces, apenas un puñado de libros pasables.
Todos ellos, antes de nacer.

Ya no soy yo (03)

Ya no soy yo…

“Quien pega primero, pega dos veces”; “Matar dos pájaros del mismo tiro”… me chocan esos refranes violentos… pero cuánta razón tienen! Las “primeras veces” se graban a fuego en nuestra niñez. Son los señaladores en el libro de la infancia, el índice inobjetable en los anales de nuestra existencia.

Los niños lo admiran todo, pues todo es amanecer para ellos, que son rocío. Sin embargo, la novedad puede ser infinita si uno se lo propone, aunque ocupa mucho lugar y nuestra mente no suele dejarla entrar…

Estará muy contento don Nietzsche con su verdad, pero a mi me pesa que nuestra mente sea martillo, antes que curiosidad.

[¿De quién hablo cuando hablo de mi mente? ¿Acaso no es ése el mejor ejemplo de que no somos algo, sino multitud? La consciencia… Bendita consciencia… ¡Gran error del universo!

No importa. A fuerza de (in)consciencia o voluntad, uno se vuelve artista.]

Personalmente, apunto a ver todo lo que me rodea como si aún fuera el niño de hace veinte o treinta años, resetear, no la memoria, ni la experiencia, sino la percepción de lo que me rodea. Busco ahuecarme como el cauce vacío de un río de deshielo que se acerca, al que sólo podré recibir plenamente si me ofrezco a él con admiración, no porque sea la primera vez que sucede la primavera, sino porque ningún invierno es igual al anterior. Como adultos, los que envejecemos no somos nosotros, sino las cosas que nos rodean porque las vemos sin admiración ni curiosidad. ¡Nos vanagloriamos de la infinitud del cerebro, o del ser humano, pero nos tapamos de coladores filtrantes como si fuéramos a estallar de realidades! ¿No será mejor andarnos sin filtros? (“Mis manos, brutas como esponjas”) Ser el cauce que acepta el barro, con la misma actitud con que acepta la frescura del agua, el vaso sanguíneo de naturaleza abismal, que acepta tanto las semillas de la flora que desciende corriente abajo, como la muerte hecha rana o paloma, acompañándolas, volviéndolas fertilidad…

Para ir más lejos, podemos propugnar la apertura absoluta, aunque no exista. Aunque sea imposible… ¿Cómo sería una persona que “corroborara” con todos los libros que le caen en las manos? ¿fútil, filosa o falsa? ¿sabia?

…En las relaciones interpersonales se da exactamente lo mismo…

¡¿Y QUÉ SON LOS LIBROS, SINO “OTRAS” PERSONAS?!

(Y, ¿qué es la biblioteca, sino una otra sociedad?) Leer es como ir a una reunión, o como tomar mate con alguien…, leer es relacionarse con alguien, en el sentido de la propia experiencia, es decir, para con uno mismo. Los libros son personas en nuestra vida. Lo sabés mejor que yo…

Que acudan en mi ayuda dos enormes escritores:

Ernesto Sabato, por un lado, dice que cada momento que no pasó él con un ser humano, fue un momento perdido en su vida, incluso aunque se lo hubiese dedicado a la literatura. Adolfo Bioy Casares, por su parte, dice que las personas más inteligentes que pisaron y pisan la Tierra son los escritores…

Aunque parezca lo opuesto, ambos se apoyan mutuamente en sus afirmaciones: pues Bioy elogia, en realidad, la sensibilidad y la percepción del escritor, sus ojos conteniendo el universo, el fuego que palpita en su rutina y se convierte en estalactita al bajar por las yemas de sus dedos… Recién al final de la fila, llega cansada la tan nombrada “capacidad del artista” para volcar aquello que ve y siente sobre el papel… mal o bien, pero siempre pensando en el otro, que es la maldición del escritor, el infierno del artista: soportar las espuelas de la hipocresía a horcajadas de su sensibilidad.

Nada hace más sensible a Sabato, que su imposibilidad de dejar de escribir, que su añoranza de oso polar en el cautiverio literario: “¡Quiero salir!”…

Pero escribir no es la pena. Arte es vida. Si hacer arte chupara energía, no me aniquilaría el sueño ponerme a escribir poesía…

Ahí está lo bueno de la lectura: uno se relaciona con seres humanos inmensamente observadores y sensibles, que, encima, manejan el lenguaje como domadores de circo, o encantadores de serpientes… y aunque este relacionarse no se produzca más que unilateralmente, la moneda tiene dos caras: al lector, el enriquecimiento le funciona como si fuera bilateral, y al escritor, en última instancia, no le interesa: él simplemente escribe porque no puede dejar de hacerlo…

Cada ser humano tiene algo para contar, es profundamente sabio en sus cuestiones y más que observador para lo que es de su interés, pero no todos pueden exteriorizar su ser como lo hace el escritor… que enseña mucho más que un vecino promedio, que un docente promedio, que un compañero de trabajo promedio… pero, además, también puede abrazar.

No estoy diciendo que leer sea preferible a hacer sociales, sino simplemente, que es altamente aconsejable leer. Y que, al fin y al cabo, no es mucho más diferente de hacer sociales.

Eso es todo.

Los autores que más amo son los más parecidos a mí, en sus cosmovisiones, en mi mí mismo.

Yo soy él”, a eso se refiere Henry.