porque aprendo

No puedo dejar de escribir. Porque aprendo.

Lo que soy se va derritiendo desde el mismísimo vértice de mi pluma.

Me enseño.

Despacio y tratando de no conquistar acaricio el universo con mi cuerpo de hilo pequeño. Escribo siempre y –desde hace un rato apenas– tratando de no razonar. (No me sale.) Pero escribo siempre, igual. Y, aunque no escriba, escribo el mundo con mi mirada, como un búho en la noche escribe en el aire con sus grandes ojos el camino sin bordes que lo lleva al hogar. Sólo así me hago presente. Sólo así dejo de ser lo que era antes y no es que no me gustara, sino que prefiero la flexibilidad.

En la literatura, además de bordes agresivos, tampoco está la guerra, porque no existe la Verdad.

En mi tinta viaja todo lo que tengo de hombre, y todo lo que en mí es mujer. Pues no hay sexos, ni contrarios. Así como tampoco el mal existe, y no existe el bien. Origen y destino de todas mis transformaciones, siempre fue el papel mi mejor espejo, siempre fue mis amigos placenteros, mi vientre que llora horrores o que ríe sin saber, mi alter ego sin cuero, mi amada indiferente. Papel añejo, arrugado o demasiado blanco, papel con manchas de mate, alcohol o café, pero siempre cargado de tinta, como quien deja todo lo que tiene cuando no tiene nada que perder. Es lo único que no puedo arruinar a raíz de mi insistencia infantil o de mi ansiedad descomunal. Es mi cincel de alpaca, es mi instrumento musical, pero también el escalpelo con el que me escindo del rígido y craneal Occidente, poquito a poco, como quien se aleja en bote, sin remar.

Saciar mi insaciable sed con vergüenzas y desaciertos me ayuda a romper estructuras, y como cuando lo visitaba a Laozi, a mí también me visita el recuerdo de un buey, recuerdo que me interna en la espesura y me ayuda a utilizar cada vez menos la palabra romper.

No me resisto.

Ya no quiero tener razón. Mis alforjas van llenas de momentos… del tibio olor de mis mascotas… de la sabiduría del aikido… de tu recuerdo… de todos mis librepensamientos. Y así, más levitando y oyendo, que interrumpiendo, me alejo de lo que fuera mi casa acartonada, pues ahora me doy cuenta de que no existe, o no existo, o nunca necesité el techo, mi mundo es mi morada.

¿Qué es el Saber sin sufrimiento, sin goce, sin abrir los ojos también hacia adentro?

Escribo porque aprendo.

Y lo que aprendo no es Verdad, lo sé. Pues lo que aprendo es de piel …sangre …y huesos. Aprendo del invierno, de los humanos, de la muerte (de las aves), de la incultura de las plantas, de la tempestad. Aprendo.

Al mirar a una madre aprendo que soy imperfecto. Al abrir muchos de mis libros, prefiero ser animal. Aprendo de cada cosa y en cada lugar (yo sí), por eso me asfixio si no me interno en la inmensidad. Aprendo.

Aprendo que la tinta un día se acaba, y aprendo que no todo es voluntad y que por más que me desangre en ganas… a veces no es el momento.

Al despertar, respiro, observo, escribo. Recién luego existo. Sólo entonces me siento con el permiso necesario para jugar al juego de ir con la corriente, de encubrir el hecho de que mi corazón no existe si no es escrito por algún valiente.

(corazón)

Escribo porque aprendo. Para siempre consciente de que mis poros fueron árbol sabio; de que no pueden besar sin palabras mis labios… No somos más que vellos de un extenso cuerpo soplados por el mismo viento.

¡Error! Las palabras no son jaulas, y si lo son, la poesía ambigua las convierte en alas. (En ella, se disuelve el marmóreo Yo en un cuándo de algodones; en ella, se exaspera el lenguaje y deja de ser bala.)

Y aunque no existieran motivos para mis textos, razones en mis pies polvorientos para dejar su huella en el papel, yo seguiría escribiendo, porque tampoco hubo razones para nacer, y aquí estoy respirando y bebiendo cada día de la rutina –que ahora sí es mi amiga–, manifestándome, con mi extraño pincel converso.

Existen las causas, dirá el ingeniero, y lo acepto. Pero las razones de las que hoy hablo son movimiento.

Y yo escribo sinrazones.

Escribo sin razón, no porque no la tenga o porque no la encuentro. Ni siquiera escribo por placer. Escribo sin querer escribir, sin querer ser, sin querer. Como la luz diurna, como el devenir, como la sonrisa de la “a”, o las ganas de abrazar a una mujer.

Pero a veces escribo queriendo.

A veces quiero escribir como duerme el océano con sus peces dentro. Quiero escribir como transcurre el tiempo. Sólo escribir. Sin más pensamiento que el necesario. O con ningún pensamiento. Quiero escribir como siente el sabio. Quiero escribir sobre ti en mis abrazos. Pero mientras tanto, escribo como vivo: a veces triste, enamorado, tímido u orgulloso, …las más de las veces, escribo como un nabo. Pero escribo, aun sin lectores, aun sin porqués, aun sin menciones. Y siempre que escribo soy fuego para devolverle el agua al hielo. (Claro que sé que también el hielo es agua, pero te dije que estoy tratando de escribir sin razonar.)

En fin, soy humano y también soy haragán y manso. Sea como sea, escribo porque estoy vivo y mientras no golpee a la puerta el cartero cruel de las obligaciones mundanas, escribo. Al igual que vos, sea cual fuere tu arte, yo básicamente, escribo porque puedo.

A veces más satisfecho o más arrepentido, lo único que he aprendido fue a escribir “te quiero”.

d

“Los Nuevos” – Novela de zombies por partes. (33/35)

Rubén y Wilson…

Al llegar a la casa de François —un rancho viejo y desvaído, a pocos metros de la ruta, oculto entre árboles añejos—, los varones se apean. Miran hacia los árboles por precaución. Julia sale de la parte de atrás, se ubica en el asiento del conductor y traba todas las puertas.

Adolfo se ha bajado con su bastón de cortina. Observa con atención los movimientos del extranjero, en busca del menor indicio de traición, mientras piensa:

«Veamos qué tanto de verdad hay en la filosofía de la no-violencia»

François indica a Marcelo que lo siga, mientras un inseguro Ernesto pregunta a su abuelo, con la mirada, si deben ellos quedarse allí o qué, a lo que éste le responde —también sin hablar— con un gesto de manos que tanto puede significar “Esperá acá”, como “Tranquilo”, o las dos cosas. Por lo que el rugbier permanece al costado de la camioneta.

El viejo se interna en la casa, detrás de los dos maleantes.

* * *

Pedro, Jimena y Wilson llegan al departamento del primero y cierran la puerta detrás de sí. Para asegurarse, el escritor le pide al chico que lo ayude a poner una mesa contra la puerta. Recién entonces, Pedro se tira al sillón lanzando un resoplido de agotamiento.

―Ya no estoy para escaleras…―reflexiona en voz alta. Después, se dirige a los dos chicos, que lo miran desde la entrada silenciosos e inmóviles:―Ahí está la cocina. Sírvanse lo que quieran. Y si pueden, y quieren, prepárenme un café. Y a ustedes también. Nos va a venir bien a todos.

Jimena va hacia la cocina, pero Wilson no se mueve. La camarera vuelve unos pasos, lo agarra de la manga del buzo con capucha, y tira de él, para que la acompañe.

―Yo pensaba que los escritores estaban todos medio locos, pero no tanto.―susurra la chica a su pseudo-lobotomizado acompañante: mientras subían las escaleras, Pedro había sacudido varias veces la cabeza, como si mantuviera una discusión consigo mismo o tratara de desprenderse de alguna idea negativa, y se había reído solo en más de una ocasión. Esto había asustado a Jimena, quien se pregunta si acaso no se iría a convertir en uno de los nuevos…

―…Pero parece un buen loco.―contesta Wilson, no del todo seguro de haber entendido lo que la chica —a quien él no tampoco conoce— había querido decirle. Ni siquiera si era una pregunta o no, lo que ella había dicho.

Mientras los jóvenes se disponen a preparar algo para tomar, Wilson ve que la muchacha abre el cajón de los cubiertos, para sacar cucharitas, pero también toma un cuchillo y se lo guarda en el bolsillo del pantalón. Mientras hace esto, Jimena mira a Wilson para ver si éste la ha visto guardárselo: ante la respuesta afirmativa, la chica se apoya el dedo índice perpendicularmente a los labios: «silencio», al tiempo que le guiña un ojo: «está todo bien».

El adolescente hace silencio, y entiende que está todo bien.

* * *

―¡Ayudaaaaa!―grita Rubén, que acaba de salir corriendo a toda velocidad de entre los arbustos y árboles que rodean el cubil de François, y ahora, al pasar a metros de Ernesto, le aúlla:―¡¡¿Ernesto?…, …corré!!

[¡¿Qué mierda?!]

Ernesto y Ernestotambién miran al enloquecido Rubén, quién, al ver que adentro de la casa hay luz y que la puerta está abierta, dirige su carrera hacia allí; El rugbier no necesita mirar hacia los arbustos para saber qué aterroriza tanto a Rubén: ya imagina de qué se trata… Inmediatamente, entonces, recorre la escasa distancia que lo separa de la camionetita y acciona la palanca de la puerta: pero ésta está cerrada. Ernesto grita a Julia que le abra justo en el momento en que aparece un enjambre de nuevos por el mismo lugar que lo había hecho Rubén un segundo antes. Julia destraba la puerta, pero es tarde. Los primeros nuevos que habían aparecido, corren detrás de Rubén sin quitarle esa mirada vacía de encima, sin percatarse de que han pasado a escasos metros de Ernesto, pero dos nuevos que vienen detrás, sí lo ven y se abalanzan sobre él.

Al ingresar corriendo a la casa, Rubén no cierra la puerta tras de sí porque imagina que el ex de su vecina viene detrás, pero vocifera cuando se da cuenta de que en su lugar entran sus desquiciados perseguidores. Ante los gritos, Marcelo, François y Adolfo llegan desde el interior de las habitaciones, los dos primeros, con armas, el viejo, todavía con su inocente palo de cortina devenido en jo: la sala se convierte en un infierno. Los criminales se plantan y apuntan a los nuevos con sus pistolas: derriban dos de ellos, los demás siguen entrando, mientras el viejito corre hacia afuera del local, en procura de su nieto: aunque los nuevos son muchos, el aikidoka se abre paso a través de ellos como si estuviera corriendo por un pasillo angosto mientras desde una tribuna le arrojaran trapos de piso, así es como se va quitando los energúmenos de encima, a algunos con el bastón, a otros, esquivándolos con movimientos de cadera y brazos; pero afuera le espera lo peor: su nieto ha conseguido subir a la caja de la camioneta —ya en movimiento— y forcejea desesperadamente con dos nuevos —que también han logrado subir a la misma antes de que Julia acelerara rumbo a la carretera— e intentan arrancarle los miembros, mientras las chicas gritan y el perrito ladra dentro de la camioneta. Adolfo se pone contento al ver que sus chicos se alejan del mayor peligro, mientras su cuerpo se deshace de los ataques de los nuevos, sin necesitar de su atención consciente. De hecho, sus propios músculos se anticipan a los pensamientos del aikidoka, y él sabe que en cuanto intentase “ayudar”, los obstaculizaría. Sin embargo, ahora, Adolfo está solo, en la entrada de la casa: los chicos se alejan en la camioneta por donde llegaron, y los hombres armados están dentro, luchando con los alterados que se cruzó el viejo por el camino. Los desquiciados que siguen apareciendo de todas direcciones, ya no entran en la casa: tienen para divertirse con el solitario y abandonado anciano…

Medio segundo después de cruzarse con Adolfo en plena carrera —aunque ambos corrían en direcciones opuestas—, Rubén no puede creer lo bella que es la vida y lo afortunado que es él, al encontrar precisamente allí, y justo antes de morir, al asesino de su mujer y de sus hijitas: sin hacer caso del nuevo que lo persigue pisándole los talones, Rubén se lanza sobre François con los puños en alto, enceguecido por la diosa exuberante y sanguinaria de la venganza:

―¡Asesino!

Marcelo, atestado de seres que quieren arrojarlo a él mismo fuera de la existencia humana, no puede atender al ovillo absurdo y desatinado que se forma entre su colega; el idiota que acaba de entrar a la casa; y el nuevo que venía siguiéndolo a este último. François ignora por completo qué le ha dado al recién llegado por atacarlo así, sin motivo alguno, pero tampoco tiene tiempo como para hacer preguntas ni dar explicaciones: apunta con el revólver a la cabeza de Rubén y le vuela los sesos de un disparo, en mismo segundo en el que el nuevo —tercer integrante de esta surrealista menâge a trois— muerde la mano que sostiene la pistola, arrancándole el pulgar de una dentellada. La puteada que lanza al aire el francés, es su última, pues ya tiene encima a un segundo nuevo que también ha escapado a la cortina de balas de Marcelo, y a un tercero…, y a un cuarto…

Aunque parapetado detrás de una oportuna mesa volcada y un modular, Marcelo queda aislado y solo, dentro de la casa; afuera de ella, Adolfo resiste en medio del claro como dragón que es asediado por un millar de cazadores tartáreos.

* * *

―Oigan, ¡pequeños!―levanta la voz Pedro, desde el sofá del comedor.―Acérquense un momento, ¿quieren?

Sin terminar de preparar los cafés, Jimena y Wilson se asoman a la puerta de la cocina, en respuesta a la petición del escritor, quien, al verlos, les pregunta:

―¿Vieron lo mismo que yo?

―…

―Es decir. No estoy alucinando, ¿verdad?: un grupo de enloquecidos transeúntes mató a sus amigos… ¿no es así?

Jimena se da cuenta de que Pedro no va a convertirse en uno de los nuevos pero también que él ya no está del todo en sus cabales.

―No eran mis amigos, señor, pero, sí; los mataron…―contesta la chica.

―Eran mis amigo’―dice el chico con infinito pesar.

La respuesta no conmueve ni un ápice a Pedro, pero sí lo hace mirar el techo como si recordara algo: «¿Dónde estará Marcos? ¿Se habrá convertido en uno de esos trastornados? …¡bah! debe de estar acostado, durmiendo la mona, con su nueva y hueca candidata…», luego, mira a los jóvenes:

―¿Saben qué les pasó a esas personas? No a tus amigos, digo, sino a los otros… ¿lo saben?

La camarera y el adolescente se miran entre sí. Silencio.

―A mí me parece que son zombies.―dice el escritor, al tiempo que entorna los ojos para observar la reacción de los chicos

* * *

Bajo la lluvia, Adolfo es una pequeña flama que decenas de nuevos quieren apagar, sin lograrlo. Su fisonomía actúa con la independencia de un organismo separado: la parte consciente de Adolfo, sin nada que hacer, imagina que sobre el techo de la casa —sentado, sin mojarse— lo observa un crítico Moriei Ueshiba: ante su maestro, el aikidoka trata de justificar la violencia que se ve obligado a desatar contra sus adversarios, en la incuestionable carencia de humanidad de éstos.

«Ya no son personas como nosotros»

Explica el amigo de Jorge Luis al imaginario O’Sensei, al tiempo que se auto-convence, él mismo, de la necesidad de tanta destrucción. Las técnicas que en otra época de su vida fueran benévolas o ejecutadas con fines didácticos, ahora se convierten en terribles llaves que fracturan muñecas, codos y cuellos: muchos energúmenos no pierden la vida, pero sí el control de sus extremidades, cuyas dislocadas articulaciones ya no obedecen a sus inconscientes amos. …Adolfo ha perdido el palo de cortina hace unos segundos —dos de sus oponentes tironeaban de la improvisada arma cuando un tercero saltó sobre el viejo, desequilibrándolo por un instante, y el aikidoka había tenido que soltar el bastón para no caer— pero continúa rechazando los ataques casi como si nada. Y decimos “casi” como si nada, porque el anciano está cansándose, sus técnicas pierden efectividad… En un momento en que el aikidoka está por dar un paso, una mano le sujeta férreamente el tobillo de atrás y el viejo se desploma. Los restantes nuevos se arrojan sobre él como niños sobre una piñata, pero no pueden disfrutar mucho del banquete, porque irrumpen en la escena dos mandíbulas más tremendas que todos los brazos y bocas que atosigan al caído: Ona y Charrúa llegan al lugar con puntualidad divina. Han venido siguiendo el rastro de Rubén y aunque llegan tarde para salvar al infortunado viudo, no así, para librar a Adolfo de una muerte segura. Sin hacerse esperar, los dos mastines se arrojan como tigres sobre las espaldas de sendos desquiciados y acaban con ellos antes de que éstos pudieran reaccionar siquiera. Tanto el rottweiler, como el dogo argentino, reconocen a los no convertidos, por lo que ni siquiera rozan a Adolfo con sus hacendosas mandíbulas; es más, se diría que hasta lo defienden, como se defienden entre ellos: en una oportunidad, un alterado le arranca un gemido de dolor a Charrúa y a punto está de estrangularlo, pero su fiero compañero deja lo que está haciendo para saltar sobre uno de los brazos del nuevo, el dogo aprieta con tal fuerza, que se oye el crujido de los huesos del estrangulador, quien —aunque no se queja, como ninguno de los nuevos— suelta al rottweiler, y la carnicería continúa.

* * *

―Lo’ zombies no existen, señor.―responde Wilson.

―¿Y qué eran esas cosas, entonces?

―Capaz estaban enfermo’…

―¿Y por eso mataron a tus amigos?

―No seas malo.―esta es Jimena, que intercede en favor de un Wilson cada vez más confundido, o tal vez, perdido.

El chico se da media vuelta y regresa, cabizbajo, a la cocina; Jimena lanza una mirada de censura a Pedro, e intenta seguir a Wilson, pero el escritor dice:

―Tampoco creo que sean zombies, ¿sabés?―Pedro se levanta y va hasta la ventana, pero no para mirar la calle, sino para observar las gotas de lluvia deslizarse por el vidrio―Y, sin embargo, me parece una excelente oportunidad para ser analizada desde el punto de vista literario…

Jimena se siente en extremo incómoda ante el comportamiento insensible, casi irracional, de su interlocutor. (Si estuviera Soraya, le diría que fuera precavida, pues bien podría tratarse de los síntomas elementales previos a cualquier brote psicótico, pero nuestra psicóloga —si aún está con vida— no está en este edificio… por lo que Jimena debe contentarse con lo que le dicta su intuición.)

―¿Te gusta leer, Jimena?

―Sí.―en realidad, la pobre camarera no ha tocado un libro en años, pero no está dispuesta a arriesgarse, en lo más mínimo, a provocar descontento en su inestable acompañante.

―Muchas veces juego a que estoy adentro de un libro…―comienza Pedro, que se sienta otra vez en el sillón e invita, con un movimiento de la mano, a Jimena a hacer lo mismo― y trato de imaginar qué ocurriría a continuación si yo estuviera escribiendo la historia… Analizo mi vida y las vidas de los demás bajo estos parámetros, y a veces resulta que no son tan distintas a las de los personajes de las novelas, ¿no te parece?

―Nunca había pensado en eso…

―Pero también, muchas otras veces, en mi cabeza, ocurre el movimiento opuesto―mientras Pedro dice esto, se toma repetidamente el mentón, con el pulgar y el índice, como peinándose la barba, por lo demás, inexistente.― y al leer libros, o mirar películas, me pregunto el porqué de los caprichos de los directores… por qué hacen que muera tal o cuál personaje, o por qué hacen que tal o cual bando sea el de los buenos, o tal otro, el de los malos de la película, por así decirlo…

Jimena permanece en silencio, escuchando un poco atenta, un poco aprensiva.

―Y entonces, Brenda, se me ocurren cosas muy interesantes, tanto en uno como en otro universo… [esa no es Brenda] ―…ejem, Jimena, quiero decir; por ejemplo, cuando vemos una película en que los buenos son los humanos y los malos, unos extraterrestres sin corazón, todo marcha sobre ruedas, pero, ¿qué, cuando vemos una película donde nosotros somos los malos? Por ejemplo, esta de los monos humanoides azules, en la que los malos somos nosotros, que llegamos a su planeta para explotar no sé qué mineral…

―¿Avatar?―quiere cooperar la chica, no sin advertir que, por segunda vez, Pedro ha confundido su nombre por el de «esa tal Brenda»…

―Sí, ésa, fijate, los humanos somos los malos, pero los buenos también tienen forma humana, así que, en realidad, se podría decir que, inconscientemente, igual nos identificamos con los buenos, en cierta forma. No es arriesgado pintarnos “malos”, si al mismo tiempo humanizamos a los buenos. Lo que sí sería arriesgado, por ejemplo, sería hacer películas, hoy por hoy, sobre safaris, idealizándolos, idealizando la caza mayor: ¿te preguntás por qué? [¿Como pasa en los libros de Verne, tal vez?] ―¡Exacto!: Como pasa en sus libros, por qué hoy eso está mal visto. …Jamás alguien se pondría, hoy en día [A qué querés llegar con esto, mi querido Pedro, estás mareando a la pobre criatura que tenés enfrente] ―¿Qué a qué quiero llegar? No sé, algo tenía que ver con los malos, y los buenos, ..y la vida real. [¿Con los malos que están afuera, matando gente?] ―Sí, con esos… o, no, hablaba de los malos de las películas, que en ellas es muy fácil identificar quién es quién, pero que en la vida real era muy difícil, porque cada cuál es muchos a la vez. Cada quien, es malo en algunos ámbitos y bueno en otros, cada quién traiciona y protege, cada quien puede ser un padre ejemplar y torturar gente al mismo tiempo…

Jimena debe conformarse con oír la mitad del diálogo, por lo que cada vez entiende menos de lo que habla el escritor. Palpa el bolsillo de su pantalón, para cerciorarse de que el cuchillo sigue allí.

―Zombies.―Pedro continúa:― Volvamos: Zombies. Con estos tipos que enloquecen (de los cuales yo mandé a dos o tres a otro mundo), es fácil: uno sabe que son malos, porque lo quieren matar a uno, pero… ¿qué es lo que son?

―…

―Malos, sí, ya sé, pero, ¿por qué matan? No lo sabemos. Es bueno preguntárnoslo. [Es bueno aprender] Es bueno aprender, exactamente. Por eso tenemos que preguntarnos por qué matan estas personas.

Jimena piensa que mejor sería nunca tener que averiguar por qué matan, sino, más bien, mantenerse fuera de su camino. Pero no lo dice.

Pedro reflexiona un momento, y luego continúa con su discurso irrefrenable.

―Te podrá parecer ilógico que me pregunte acerca de algo tan poco importante ante semejante gravedad de los hechos, pero para mí no hay nada más importante que el saber, ¡ni siquiera comer! […Ni siquiera coger] ―Es cierto, ni siquiera eso. Pues bien. Esto es así porque soy escritor, y mi alimento es la curiosidad.

―¿Aún cuando está en riesgo tu vida?―osa preguntar la mesera.

―¡Con más razón!, mucho, muchísimo más cuando está en riesgo mi vida: ¡pues es entonces cuando la respuesta se vuelve más trascendente! [Sos un charlatán] ―¿Yo?, de ninguna manera. Ningún charlatán. Y te diré por qué… [¿A ver?] ―…porque si averiguo a ciencia cierta qué es lo que los hace matar, a estos locos desquiciados, entonces, podríamos, eventualmente, evitar que lo hicieran, evitar que maten…

Pedro está sentado en el sofá, frente a Jimena. A sus espaldas, Wilson, recostado contra la puerta, escuchando atento lo que dice Pedro. Ya ha terminado de preparar el café pero no le ha dicho nada al escritor para no interrumpirlo, igual de temeroso que Jimena.

―…Y para demostrarte que no soy ningún charlatán, compartiré los resultados de mis elucubraciones contigo.

Jimena no sabe el significado de muchas de las palabras que utiliza el escritor (“elucubraciones” es una de ellas), pero calla y escucha con atención lo que éste tiene para decirle.

* * *

Mientras Ernesto pone a prueba su acérrimo carácter, así como su fuerza y su resistencia, ante el embate incesante de los dos nuevos que luchan contra él en la caja de la camioneta, Julia se aleja conduciendo unos centenares de metros hasta que ve que no hay más nuevos —aparte de los dos que traen consigo— en los alrededores. Clava los frenos y baja de la cabina, seguida de Soraya y de Bakunin: los tres se lanzan contra el nuevo que tienen más cerca, para aliviar a Ernesto, quien ahora tiene sólo un oponente. Dentro de la camionetita, una cada vez más despierta Marga, no duda «si salir o no» a ayudar a sus compañeros, sino que la cuestión es otra: sus miembros no le responden del todo, aunque su cerebro sí lo haga… Soraya y Julia, agarran cada una de un brazo al desquiciado que les toca, mientras Bakunin hace lo propio con uno de los pies del nuevo, pero se trata de un hombre de contextura grande, que las domina con facilidad. Soraya trata de controlar el brazo que le toca pero todos sus esfuerzos son infructuosos y el mismo se le suelta. Con el brazo libre, el nuevo-hombre toma a Julia brutalmente del cabello y la sacude de un lado a otro como si fuera un fuelle, golpeándola repetidamente contra el costado de la camioneta; Soraya rasguña la cara del nuevo, le hunde varias veces los dedos en sus ojos en varias oportunidades, pero el nuevo no afloja sino hasta que Julia cae al suelo por los golpes de su cabeza contra la camioneta. Ya con ambos brazos libres, el nuevo agarra una mano de la psicóloga y se la lleva a la boca, mordiéndosela con furia, ante el grito desesperado de Soraya que trata de apartar la cara del demonio con su otra mano.

A mitad de camino entre la consciencia y el desmayo, Marga no lo soporta más: incluso la escasa ayuda que en su deplorable estado pueda brindar a sus amigas, será mejor que ninguna en absoluto; sale de la camioneta para ir a defender a sus amigas, pero se le ocurre una idea: vuelve al interior de la camioneta, saca de un tirón el apoya-cabeza de uno de los asientos, con la mayor rapidez que le dan sus inseguros pasos se acerca al que está mordiendo a Soraya y, agarrando el apoya-cabeza por la parte acolchada —de manera de dejar libres los dos caños que regulan la altura del mismo—, le lanza un golpe con los tubos de punta, con tal suerte que uno de los dos hierros se le clava en el oído al endemoniado ex-hombre, haciéndolo trastabillar. El nuevo cae al suelo tras perder el equilibrio, pero cuando se está por levantar, Ernesto salta sobre él desde la caja de la camioneta y le da puñetazos en la cabeza hasta que el energúmeno no se mueve más. Incluso varios segundos después de que éste ha dejado de moverse, el rugbier sigue golpeando la sanguinolenta cara inexpresiva del segundo atacante. Es necesario que Julia lo aparte interponiéndose entre Ernesto y el nuevo, para que el rugbier se dé cuenta de que ya no son más necesarios sus golpes.

―¡Basta! ¡Basta…―le grita la pelirroja, su cabello, más carmesí que nunca por la sangre de la joven― …hay que ir por Adolfo!

El rugbier reacciona.

―¡Vamos! ¡Vamos!

Julia desprende a Bakunin del zapato del muerto —pues el fiero cachorro aún seguía mordiéndolo—, y se sube a la camionetita de bolsillo con el temerario y diminuto schnauzer standard en brazos.

* * *

Pedro se dispone a contarle su hipótesis a Jimena.

Wilson, interesado por lo que el curioso escritor tiene para decirles, se acerca desde atrás con intención de tomar parte en la escucha, pero, para su sorpresa, el orador voltea hacia él con cara de quien está siendo emboscado:

―¡Cuidado, Brenda… nos atacan!―Grita Pedro a Jimena, al mismo tiempo que se le arroja a Wilson al cuello. El pobre adolescente intenta sacarse al esquizofrénico escritor por las buenas, pero al ver que éste no cesa en su empeño, busca quitárselo a como dé lugar: golpes, empujones, lo que sea, sin embargo, aunque Pedro no se ha convertido en un nuevo, es alto y corpulento, y el chico no logra zafarse de él. Jimena se arroja sobre el hermano de Marcos y empieza a jalar de él a los gritos justo en el instante en que éste mueve el brazo hacia atrás para tomar impulso y golpear Wilson —devenido en “imaginario nuevo” para Pedro— y golpea con el codo a Jimena, sin quererlo, justo en la boca del estómago, dejándola sin aire. La chica cae al suelo hecha un bollo.

En posición fetal por el dolor, Jimena observa la desesperante situación, aunque sin poder hacer nada: Pedro está sentado sobre el abdomen del chico, ahorcándolo y éste se sacude para todos lados sin podérselo sacar de encima:―¡Muere, abominación infernal, muere!―, le grita Pedro, al tiempo que le quita el poco aire que le queda al desahuciado… A centímetros de la escena, Jimena lo ve todo: la impotencia le abre los ojos como bocas que gritan —a pesar de que ella quiere cerrarlos con todas sus fuerzas, para no mirar, para no saber—, mientras ella se agarra el estómago sin poder respirar, por causa del codazo accidental del cuarentón alucinado.

Al cabo de unos segundos, Wilson yace inerte.

Pedro se incorpora con el talante de un héroe. Mira hacia donde se encuentra la chica, en busca de las felicitaciones pertinentes, pero la cara de ésta tiene una mezcla de horror y de roca: la inverosimilitud de los acontecimientos han dejado pasmada —y muda— a Jimena. Pedro se lo reprocha:

―¡Te salvo la vida y ni me lo agradecés!

* * *

Los trescientos metros que separan a Julia y a Ernesto de su abuelo, son eternos. Durante ellos, cada uno de los ocupantes de la camioneta vive mil contextos de arribos diferentes e imagina otros tantos finales, los hay que incluyen la salvación de todos los que quedaron en la casa, así como la muerte de todos ellos, pero también están los que comportan la propia defunción. De hecho, casi todos los finales que imaginan los viajeros incluyen la muerte de sí mismos, la diferencia está en la forma: cada una, más violenta y terrible que la anterior.

Por tener el existencialismo adosado a su ser como si fuera otro órgano, Julia va un poco más allá que los demás: se cuestiona acerca de lo inútil de los proyectos personales o colectivos, así como de los esfuerzos por conseguirlos, cuando en realidad nada tiene sentido y todos moriremos al final… Ya no siente la tibieza de la sangre que le baja por los contornos de la cara, ni el dolor que le provocan las heridas de las que aquélla emana. Su mente no está para nimiedades.

El único que tiene la atención ciento por ciento en el camino, preparado para la siguiente confrontación —con la mente en blanco, como la de un auténtico samurái—, es el cachorrito de la pelirroja, que no quita los ojos del camino, como si fuera él quien conduciese el vehículo.

Cuando llegan al claro junto a la casa de François, inexpresable es el alivio que sienten al descubrir al anciano sentado en el suelo, en medio de decenas de cuerpos que dos perrazos dantescos se encargan de ultimar.

Marcelo está parado junto al viejo, con la pistola en una mano y la otra en el hombro del apesadumbrado, tremendamente exhausto y muy lastimado —pero aún vivo— aikidoka.

“Los Nuevos” – Novela de zombies por partes. (32/35)

Ernesto y Pedro…

[¡Nooooo, mirá el volcazo que se dieron!] se emociona Ernestotambién, a través de los ojos del rugbier, […ahora, ya no les van a poder contestar nada…] «No seas desgraciado», lo reprende Ernesto, pero luego piensa: «Espero que él se equivoque.»

Julia y Adolfo se limitan a inclinarse hacia adelante como si pudieran conseguir un mejor ángulo visual y observar la escena con preocupación.

De todas maneras, sucede muy rápido: la combi del canal da un par de vuelcos y queda inmóvil sobre uno de sus costados, mitad en la carretera, y mitad sobre la banquina, bajo la lluvia torrencial. Escasos segundos después, la camionetita del vecino del aikidoka llega al lugar del accidente y la pelirroja se baja corriendo de ella antes de que se detenga del todo, Adolfo la sigue, con la velocidad de un septuagenario común y corriente. Por último, Ernesto apaga el motor de la camioneta, y sale corriendo detrás de ambos. Bakunin permanece en el vehículo, sin entender nada.

Por fortuna, el vehículo de Canal 11 tiene un portón trasero amplio que facilita el rescate de las mujeres. Los dos hombres que venían con ellas, ya están saliendo a través del hueco del roto parabrisas, por sus propios medios. Adolfo los ayuda extendiéndoles su mano. Su nieto y Julia entran por la parte de atrás:

―¡Marga!―grita Julia, angustiada, al ver cumplido su temor: la periodista iba en la camioneta.

[¿De dónde se conocían estas dos?], le pregunta Ernestotambién a Ernesto, pero éste no le hace caso y enseguida se dispone a prestarle ayuda a la otra mujer, que está sentada contra uno de los costados de la camioneta, y también ha sufrido algunos cortes.

―¿Estás bien?―le pregunta el rugbier a quien responderá más tarde al nombre de Soraya, alzando un poco la voz para ser escuchado entre el crepitar de la lluvia sobre la chapa del vehículo.

Soraya contesta asintiendo con la cabeza, sin hablar. Sin decir nada también, le apoya una mano en el hombro a su rescatador y le señala a la otra mujer con un ademán de la cabeza, dándole a entender que su amiga necesita más atención que ella.

En efecto, Marga no da señales de vida y tiene un gran corte que le atraviesa la mitad de la frente. Julia le pone las manos en el pecho y siente la respiración.

―Está viva.―dice, y todos se tranquilizan. Apenas.

En la parte de adelante de la camioneta, ya erguidos sobre la ruta que sale de Santafé, se encuentran Marcelo y François, doloridos, pero casi sin un rasguño.

Adolfo ve la camisa ensangrentada de Marcelo, y le pregunta:

―¿Esa sangre es suya?

―No pregunte lo que no le importa, abuelo.―contesta El Pala, con sequedad.

Adolfo entiende y se queda callado. Pero no se aleja de ellos.

François recuerda la amenaza de la que venían escapando y mira en todas direcciones en busca de algún nuevo. Nada, por suerte, …aunque mucha visibilidad no hay, por causa del aguacero y la oscuridad en ciernes…

―¡No se queden ahí parados!―esta es Julia, dirigiéndose a ellos con nerviosismo.

Los criminales se miran entre sí: no se deciden todavía. ¿Ayudar, o robarse la camioneta de los recién llegados?

El astuto viejo —aunque ni tan viejo, ni tan astuto, como lo era Jorge Luis—, ya se ha dado cuenta de que estos dos personajes no son periodistas de ningún tipo y también ha percibido las miradas de soslayo que los dos le dedicaron a la camioneta en que él había arribado. No está dispuesto a dejarlos solos ni un instante. Entonces, como haciendo una minimizada reverencia oriental, inclina apenas la cabeza y les enseña el camino hacia la parte de atrás de la combi, en donde están los demás, como invitándolos a ir a ellos primeros.

Luego de un imperceptible instante de duda, François se encamina hacia donde le indica el abuelo de Ernesto. No es que al francés le preocupe mancharse las manos con la sangre de un anciano metido: el fiero delincuente admira secretamente a Marga y ha decidido prestarle una última ayuda antes de marcharse. Detrás de él, camina Marcelo y cerrando filas, Adolfo.

* * *

También bajo la lluvia, pero algunas horas después de lo sucedido, Pedro despierta, sacudido por la camarera de El Café. Se incorpora para no seguir tragando agua. El chico le dice:

―No’ salvaste la vida, vieja…

Pedro lo mira despectivamente al escuchar ese modismo popular.

―Él tiene razón. Si no fuera por vos y tu pistola, ya estaríamos todos muertos.

―No fue nada.―se desentiende el escritor, al tiempo que se levanta del suelo con un quejido.

―No, vieja, vo’ no’ salvaste… Te debemo’ la vida.

«Pobre loco», piensa el cínico escritor, «como todo desplazado, lo único que tiene para ofrendar es su propia persona. Alguien con dinero, me tiraría un par de billetes, y ¡saldada la deuda!, pero éste, el único bien de cambio del que dispone es su propia fidelidad»

―No es nada, hombre, ya te lo he dicho.―dice Pedro, no sin sentirse lejano de su interlocutor, incluso desde el lenguaje. Entonces, mira a Jimena, y sospecha que ella no se siente tan en deuda con él, por lo que su situación económica, casi con seguridad, es menos urgente que la del muchacho. O, tal vez, el grado de agradecimiento sea el mismo, pero la moneda de cambio sea distinta. «Por eso entre las clases bajas está tan valorada la lealtad, y los grupos humanos poseen más adherencia, más cohesión; mientras que en las clases altas, la fidelidad se ha tergiversado en frivolidad… y las personas cambian de bando como de ropa interior: en negocios, amores y cualquier otro tipo de intereses, las alianzas se miden en pesos…» Mientras piensa todo esto, Pedro no deja de mirar en derredor —calles, puertas, ventanas—, atento a cualquier señal de amenaza.

* * *

Con sumo cuidado, entre los cuatro hombres han llevado a Marga al asiento trasero de la camioneta sana —una de esas pick-ups doble cabina, pero no de las gigantes que usan los agricultores en sus campos, sino de esas de ciudad, diminutas, casi de bolsillo. Julia se ha quedado con Soraya, en la camioneta volcada, al reparo de la lluvia, mientras ésta se recupera.

La periodista sigue inconsciente, ha perdido mucha sangre pero Adolfo cree que sobrevivirá. Bakunin intenta oler a la chica pero el abuelo lo aparta con delicadeza y se sube al asiento del acompañante, en principio, para no dejar sola a la convaleciente, pero también, porque no quiere descuidar el vehículo ni por un segundo.

Cada vez que puede, François mira a Marga de soslayo, como haciéndose el distraído. En algún recóndito rincón de su ser, siente por ella algo que podría comparase a lo que los comunes mortales llaman preocupación, pero su parte consciente no les da cabida a las emociones flojas. Por eso no permite que nadie perciba esto que late dentro de sí.

Ernesto pregunta a Marcelo si éste se encuentra bien, en alusión a la sangre en su ropa, que ya se ha lavado casi del todo gracias a la lluvia. Tal vez porque no quiere problemas, o tal vez porque quien se lo pregunta le lleva una cabeza y es el doble de corpulento, Marcelo contesta de forma muy diferente a como lo hizo con el viejo:

―Un compañero.

―¿También periodista?―pregunta, ingenuo, Ernesto.

―…

―¿Son periodistas, ustedes?

―No.

[¿Qué le pasa a este tipo? ¿Se hace el malo?], «…dejalo, deben ser los nervios…», [lo que digas, pero que no se nos haga el vivo, ni fuerce las cosas: demasiado que los hemos ayudado, y ni gracias nos dieron, como para que, encima, vengan a hacerse los rudos…], Ernesto sabe que su alter ego tiene bastante razón con lo que dice. Pero elige la calma.

Marcelo y Ernesto cruzan, sin embargo, una fugaz mirada que no encierra más que advertencias, de los dos lados. Y enseguida voltean hacia otro sitio.

El viejo es el que habla, desde el asiento del acompañante, a los dos criminales que están parados en la ruta, al lado de su nieto:

―¿Se han topado con los extraños?

François asiente.

Dando por sentado que pertenecen a dos grupos diferentes de personas, los hombres por un lado, y las dos mujeres, por el otro, Adolfo pregunta:―¿Y las mujeres? ¿Vienen con ustedes?

―Sí.―contesta François.

―No.―Soraya aparece por detrás de la camioneta volcada, y corrige al francés mientras camina hacia él con determinación: pocas cosas peores de las que ha vivido, pueden sucederle. Julia camina detrás de ella. Ambas, iluminadas por los faros de la camioneta en donde han ubicado a Marga.

* * *

Pedro, Jimena y Wilson —así es como se llama el alma agradecida que Pedro ha rescatado de la muerte—, van subiendo las escaleras hasta el departamento del escritor. Éste lo ha propuesto, para descansar un poco, en un lugar conocido que no haya sido invadido por nuevos (pues él había cerrado con llave antes de irse, según recuerda).

En una de las puertas que están cerradas, se escuchan golpes. Como si alguien quisiera salir pero no supiera accionar el mecanismo del picaporte. —Un nuevo—murmura Pedro y continúa caminando. Los dos chicos lo siguen sumisos, sin siquiera poner en duda mentalmente la aseveración de su salvador.

Jimena está al borde de los nervios. El chico tiene la mente en blanco. Pedro los observa.

«Menudo par me ha tocado: una histérica en potencia y este cero a la izquierda, que seguramente estaba re-drogado y el ataque lo despabiló, pero todavía no ha vuelto del todo de su “viajecito”…», enseguida, recuerda él su propio viaje: la alucinación que tuvo cuando confundió a la moza con su Brenda. Esto lo preocupa; últimamente, cada vez más a menudo tenía esas disfunciones psíquicas que insertaban creaciones mentales dentro del universo cotidiano. Justo a él, que tanto se había reído en las conversaciones del grupo respecto de unos documentales místico-cuánticos que Brenda… («…Marga, …quiero decir, Marga») les había recomendado ver a sus amigos: en ellos, unos enfáticos y convencidos oradores contaban, a quien quisiera oírlos, que todos podríamos crear nuestro propio universo a partir de nuestros pensamientos, y que sólo bastaba con pensar en algo, para que ello se volviera realidad… «¡Bobadas new age!», sonríe Pedro mientras continúa ascendiendo hasta su departamento.

―Hermano de Marcos…

―¿Qué?―contesta Pedro sin mirar, y sin dejar de subir.

―Nunca nos dijiste tu nombre…

―Pedro.

Caminan unos pasos más, y Jimena, temerosa, completa:

―Gracias…

* * *

―La otra mujer viene conmigo. Ellos son dos maleantes que habían tomado a su esposo de rehén para meterse en su casa. Nos han atacado a todos y sólo nosotros cuatro hemos sobrevivido.

Cuando escucha esto, Adolfo se baja de la camioneta, con algo de orgullo al ver corroborada su percepción. Ernesto, sin embargo, se madruga de todo conforme la mujer habla, y se pone tenso, en guardia.

―Es cierto―responde Marcelo, y recuerda cuando le dijo algo parecido al loco del machete:―, …pero ahora estamos todos en esto. No queremos complicar más las cosas, pero tampoco queremos que nos molesten con preguntas.

―Podemos ir hasta un lugar más protegido y después ustedes se van para un lado y nosotros para otro lado.―dice el francés.

―Yo opino que crucemos el túnel interprovincial y busquemos ayuda del otro lado.―dice Ernesto.

―Estoy de acuerdo con Ernesto―apoya la moción, Julia.

―Pero yo tengo que ir a mi lugar.―dice el francés, advirtiendo que ello implicaría poner un conflicto sobre la mesa.

―Pues vayan caminando. La camioneta es nuestra.―le dice Ernesto, asumiendo una postura de comisario o algo así, ahora que sabe que los otros son forajidos de la ley.

―Esperá, Titus; paciencia…―el abuelo le apoya una mano en el brazo a su nieto, mientras tranquiliza simultáneamente al francés:― si tu casa nos queda de paso, los podemos llevar… no nos importaría. Tu amigo tiene razón.

―Tiene armas en la casa.―advierte Soraya.

Julia y Ernesto miran a Adolfo algo alarmados.

―Si ustedes nos llevan, les podemos dar unos revólveres… para que se defiendan.

―¿Y cómo sabemos que podemos confiar en ustedes?―pregunta con curiosidad y sin malicia, el viejo.

―No lo saben.―Dice François.

Ernesto se da cuenta de que con las habilidades del abuelo, y su propia fuerza, seguramente podrían imponerse a los dos sujetos en una lucha a mano limpia, «pero con armas, eso ya es otro cantar…», y no le gusta para nada que su abuelo siquiera contemple la idea de llevar a los dos maleantes con ellos.

―Abuelo…

―Escuchá, Titus, dejarlos a ellos acá, sería como matarlos, si llegaran a ser atacados…, por otra parte, a nosotros no nos cuesta nada llevarlos.―después, mira a Marcelo y a François, y les dice:― Espero que entiendan eso.

Soraya no dice nada, pero sabe que cuando se separen, ella y su amiga van a continuar viaje con el apacible viejito. Y esto la alivia de una manera que no puede expresar.

―Sea como sea, decídanse rápido, porque no podemos permanecer ni un minuto más en este lugar.―ordena la pelirroja, quien ha hecho un gran esfuerzo por volver a ser la expeditiva Julia de siempre.

Instantes después, la pick-up de bolsillo reinicia su colorida marcha, llevando consigo una bibliotecaria, un aikidoka, un rugbier, una psicóloga, una periodista inconsciente y dos asesinos a sueldo:

En la caja, mojándose, van Julia, Ernesto y Marcelo. En el asiento de atrás, Soraya susurra palabras de aliento a Marga —que está recostada en su falda—, mientras le acaricia la cabeza. Adolfo, en el asiento del acompañante, sujeta con una mano su jo y con la otra, a Bakunin; François al volante, conduce atento al camino y se encuentra, como todos, sumergido en sus propios pensamientos.

“Los Nuevos” – Novela de zombies por partes. (30/35)

Julia…

La pelirroja observa a Ernesto con detenimiento, en un intento de dilucidar lo que él está pensando en este momento. El abuelo de él está sentado, en silencio.

«Bueno, los tres estamos en silencio, cada uno en su mundo, a solas con sus ideas, con sus inseguridades, pero sobre todo, a solas con sus miedos.»

Julia sabe que el rugbier se ve en la obligación de velar por la seguridad del grupo, pues es “el hombre de la casa”…

«Seguramente, para Ernesto, los mayores de setenta años no pertenezcan más a la categoría “hombres de la casa”, ni aún siendo expertos en artes marciales…», piensa Julia, por lo que trata de hacerle saber que para nada es así, asumiendo una postura pragmática y dando algo así como órdenes:

―Perfecto; pero antes de irnos, prendamos la televisión, para ver qué se cuenta. Adolfo, poné la radio, ¿querés? ―dice Julia, mientras se acerca a la ventana y descorre la cortina para mirar hacia la calle.―No se ve nada desde acá arriba.

Ni la radio, ni la T.V. muestran demasiado acerca de los nuevos: sólo una cinta casera que no dice nada que los tres no sepan. Los canales de cable continúan, impasibles, con su programación. Y en la radio, las emisoras de noticias han enmudecido, mientras que las musicales, siguen como si nada sucediera.

―Supongo que están en lo cierto, sólo nos queda bajar y arriesgarnos; …visto y considerando que nadie nos va a venir a rescatar.―comenta Adolfo, casi como despertando de una larga siesta, al tiempo que vuelve a silenciar la radio con el botón de apagado.

―Si esto se ha extendido a toda la ciudad, demasiado trabajo deben tener rescatándose a sí mismos―procura bromear la pelirroja.

Bakunin la mira a los ojos mientras ella habla y sacude su cuerpecito como si estuviera mojado, para manifestar su incomodidad, como si entendiera lo que su dueña acaba de decir.

A continuación, Ernesto se comporta como lo haría cualquier joven de su edad y su temperamento: se va a recorrer el departamento para juntar todo lo que podrían llegar a utilizar en su travesía hacia no saben dónde: linternas, sogas, bebidas, cuchillos…, en definitiva, un obediente niño explorador…

―¿Y todas esas cosas?―pregunta la joven, con extrañamiento―¿a dónde nos pensás llevar?

―Hay que estar prevenido.

Al ver a su nieto llenar la mesa del comedor con todas esas cosas, Adolfo recuerda cuando hacían esos preparativos antes de ir a pasar un fin de semana a las islas del delta, muchos años atrás. Travesía que consistía, básicamente, en dejarse picar por mosquitos del tamaño de gorriones hasta quedar como coladores humanos, y en comer “puré” de arroz, hervido en agua de río, durante tres días. Eran los peores pescadores de la región: “¡Nunca un dorado a la parrilla!”. Eso sí, “condimentaban” el arroz con alguna mojarra flaca o un triste quitasueño distraído… Al cabo del fin de semana largo, volvían a casa con portentosos surubíes o brillantes dorados —esta vez sí, pero nunca producto de las artes pesqueras del relajado grupo de aventureros, sino secretamente comprados a los experimentados isleños—, los cuales alimentaban, tanto los agradecidos paladares de quienes se habían quedado en la ciudad, como el prestigio de eximios pescadores de los viajeros.

―¿Y en qué vamos a irnos, si se puede saber?―esta es Julia, quien, aunque se mantiene en una posición escéptica, va a la cocina para ver qué más podrían necesitar.

Ante esta observación, Adolfo recuerda que se dejó atada la bicicleta en El Café. Pensamiento que trae a su amigo, nuevamente, a su cabeza. El viejo baja la mirada y la cabeza, con tristeza…

Julia se da cuenta del detalle, y trata de levantarle el ánimo:

―Y vos, sinvergüenza, ¿dónde aprendiste todo eso?―pregunta, mientras imita los movimientos previos de Adolfo, caricaturizándolos, pero sin burlarse de ellos―…viendo películas de acción seguro que no…

―Mi abuelo fue 4º Dan de aikido hace varios años.

La chica se los queda mirando como si le hubieran hablado en japonés…

―Aikido, un arte marcial oriental. 4º Dan es nivel de profesor o algo así, un rango muy alto.―completa el nieto de Adolfo, al ver que el abuelo no dice nada.

―Eso fue hace mucho tiempo, es cierto. Jamás pensé que recordaría demasiado, llegado el caso…

―Bueno, ha “llegado el caso”, ¡y me alegro que te hayas desenvuelto más que satisfactoriamente, Adolfo!―Julia hace una pausa, y vuelve a preguntar, esta vez con el ceño fruncido:― ¿Qué se supone que eran esas cosas?

―Seres humanos enfermos…

―No lo sé, sólo sé que debemos irnos de acá. Un departamento no es un buen lugar para recibir visitas de ese tipo.―dice Ernesto.

―Pero nuestra niña tiene razón, Titus: ¿en qué vamos a irnos?, no podemos salir caminando así como así por la calle…

―Pediremos prestado algún auto a alguien que ya no lo necesite…―responde Ernesto, al tiempo que señala con la mirada a uno de los caídos: un vecino de Adolfo que se había convertido y que ahora yace sin vida en el comedor del viejo.― Conozco su camioneta…―completa Ernesto. Mientras dice esto, se agacha y agarra un llavero que sobresale del bolsillo del pantalón de ex vecino, ex nuevo. Luego, se para y hace tintinear las llaves en su mano―¿Qué tal?

Armados —la chica con una cuchilla, el rugbier con su perchero de la suerte, y el aikidoka con el pasador de la cortina—, bajan en ascensor hasta el subsuelo, en donde se halla el estacionamiento del edificio. Los dos varones, hombro con hombro, de cara a la puerta; la chica, detrás de ellos, con la espalda contra el espejo del fondo del ascensor. En esta posición, Julia compara a sus acompañantes y no puede evitar sonreír ante la disparidad: uno es alto, joven, corpulento, pero se nota su nerviosismo en la forma en que aprieta el bronce del perchero devenido en arma blanca; mientras que el otro, canoso, más bien flaco y una cabeza más bajo que su nieto, sostiene, «…con una calma totalmente fuera de contexto…», el bastón de madera, apenas como para que no se le cayera de las manos: uno de los extremos del mismo, apoyado en el suelo, a escasos centímetros de su pie derecho, el otro, llegándole casi al hombro. Abuelo y nieto esperan a que las puertas del elevador se abran. Así acompañada, Julia advierte que no se siente temerosa: «no tanto, al menos, como lo estaba antes de descubrir las ocultas habilidades de Adolfo.»

El pitido previo a la apertura de las puertas, que hace el ascensor al llegar a destino, devuelve a Julia a la ansiedad. Y las puertas se abren…

«Nadie. Por suerte.»

Caminan unos pasos fuera del ascensor, pero la chica susurra:

―¡Esperen! El ascensor…

Mira a su alrededor como si buscara algo. Al costado de la puerta del aparato hay un tacho de pintura sin tapa. La chica lo empuja con el pie, hasta ocluir una de las puertas corredizas del elevador, para que el mecanismo de cierre automático no se activara.

―Ahora sí, vamos…

Sin separarse entre sí más que unos pocos pasos de distancia, buscan la camioneta del muerto, guiados por las características que les había dicho Ernesto. Una vez que la encuentran, vuelven conduciéndola hasta casi tocar las puertas del ascensor, se apean, y van a buscar las provisiones, …y a Bakunin.

Ya en la calle, camino a las afueras de la ciudad, los ojos de los dos jóvenes y del anciano se llenan de soledad al advertir que los pocos seres que ven, ya se han convertido. «De ciudadanos normales, ni noticias…» La angustia empieza a surtir efecto en las almas de los tres viajantes, pero esta vez ninguno de ellos parece tener ganas de hablar. Cada uno mira hacia afuera, pero conversa hacia adentro… La pelirroja quiere pensar algo constructivo, o distraer a sus acompañantes, pero el clima de opresión que entra por sus ojos, tanto por la humedad, como por el vacío, marchita sus intensiones… «Siempre he vivido como si, cada día, fuera mi último día sobre la faz de la tierra, pero esto es ridículo… Hasta Bakunin siente la agobiante negrura…», piensa Julia, y le da un escalofrío que le hace sacudir los hombros.

―Tengo frío.

―La ciudad da frío…―opina el viejo como si pudiera leer los pensamientos de Julia. Ernesto, por su parte, enciende el estéreo del vehículo, tal vez la música mejore un poco el ambiente: por los parlantes suena una canción étnica, de voces femeninas que se lamentan sobre algo, pero la cadencia del fraseo vuelve inentendible lo que dicen, «tal vez porque cantan en africano, si es que eso es un idioma», piensa Julia. Este pensamiento, al igual que la música, le recuerdan a la película de aquél guerrero de la que ella tanto se había enamorado cuando pequeña, «la escena donde muere, y aparece caminando por un campo de trigo, al encuentro con su mujer y su hijo, quienes habían fallecido antes». Julia vuelve a dirigir su mirada sobre las cuadras que van dejando atrás, y piensa en la gente que queda.

«Mis amigos… aunque, pensándolo bien, ¿qué amigos…?»

A decir verdad, Julia tiene pocas amistades, y una de ellas, acaso la más importante de los últimos tiempos, es Adolfo: él y Jorge Luis, hacían las veces de confidentes y cómplices, pues, como hemos dicho, la chica buscaba más su compañía que la de las personas de su edad.

«No es que lo prefiera, por pura rebeldía o excentricidad, sino porque, en realidad, no he encontrado amistades verdaderas desde que me vine a estudiar.»

Los amigos de Julia, hoy por hoy, son apenas compañeros de estudio o de salidas, más que hermanos por elección. Y a quienes Julia considera más amigos, son aquellos que arrastra desde su infancia, los que vivían en su misma cuadra, o los que compartieron lustros de correrías, diversión, riñas y desventuras.

«Mientras los “conocidos” de hoy van y vienen, como los días, las materias y los enamoramientos… mis amigos de la infancia permanecen adheridos a mi corazón como si nuestra amistad hubiera sufrido un proceso más emparentado con la petrificación que con el envejecimiento: solidificándose, volviéndose inalterable con el tiempo, a diferencia de las amistades “nuevas”, mucho más volátiles…»

En realidad, si estuviera Pedro aquí, le diría a Julia que ella, o no sabe, o no quiere saber, que todas las relaciones humanas son iguales: todas se reducen a la combinación proporcional entre tiempo invertido y afinidad. «¿Cómo que no me animé? ¡Si siempre lo supe!» Es que no es lo mismo “saberlo”, que “darse cuenta”, diría Pedro… «Dejá a Pedro en paz, y hablá por vos mismo: ¿A qué te referís?» Me refiero a que uno puede conocer cierta información, pero de allí a implementarla en la vida real, eso es otra cosa… «Pero, acaso eso, ¿no es una redundancia?» No lo es: muchas personas son tan avasalladas por la angustia, que terminan suicidándose, a esto nosotros lo sabemos porque es un hecho: existe la angustia y existen los suicidas; pero muy distinto es vivir en carne propia la desesperación, hasta tal punto de tratar de quitarse la propia vida. En caso de sobrevivir, muy poco probable es que podamos describir nuestros sentimientos en el momento de cometer tal intento de suicidio. Lo mismo pasa con los padres que pierden un hijo, o las parejas de ancianos que mueren de soledad escasas semanas después de perder a su compañero o compañera de toda la vida…

Julia voltea hacia donde se encuentra Adolfo, suspira, …y continúa el diálogo interior:

«Es verdad… creo entenderte, pero, ¿qué tiene que ver eso con las amistades?» Todos saben que las amistades deben cultivarse, pero no se dan cuenta de que, al fin y al cabo, es apenas una cuestión de tiempo. El ser humano es un animal de costumbres, por lo que poco interesa el grado de afinidad que se tenga con alguien: llegado el caso, sólo contará la cantidad de tiempo vivido a su lado. «No me parece del todo correcto: ¿qué hay de los matrimonios que se separan después de treinta o cuarenta años de permanecer juntos? ¿no es eso, acaso, otra forma de amistad?» Es la misma forma de amistad, las “amistades” no son más que otras maneras de llamar a las relaciones humanas, ¿de cuántos amigos de la infancia no te “divorciarías”, si te vieras obligada a compartir todos tus días? «Tal vez, de absolutamente todos ellos (y ellas)» Bueno, ahí tienes… aunque yo no creo que fuera tan así, en verdad: en las relaciones humanas, el tiempo compartido es lo que más incide, más que la afinidad, más que las diferencias. Como ejemplo, allí tienes las amistades laborales, las de estudios, las de vecindad en la infancia, los matrimonios: por eso, cuánto más tiempo dura un matrimonio, menos chances tiene de separarse, pero no porque sus miembros sean verdaderas “almas gemelas” «¡Puaj!» sino porque dichos integrantes se han convertido en organismos simbióticos, para bien y para mal. Todas las amistades son iguales, sólo que a las que produces de grande, no tienes el tiempo de cultivarlas que sí tuviste cuando eras una niña: ahora, tus responsabilidades son mayores, tus tiempos libres, más acotados, y… «¡Maldita rutina!» La rutina no tiene nada que ver con esto… «¿Ah, no?» No. Porque vos misma sos la causante de la separación, todos los amigos lo son: en tanto y en cuanto sus intereses son diferentes, cada uno elige un camino distinto, y al recorrerlo, cada uno de ustedes, se va alejando del otro, de forma activa, aunque no necesariamente consciente… Si tu mejor amiga de la infancia, aquella que dejaste en el pueblo, hubiera querido ser bibliotecaria, hubiera venido a estudiar con vos, se seguirían viendo todos los días y no se hubieran separado nunca: la rutina, en ese caso, jugaría a favor y no en contra… «Pero como nuestros intereses nos hicieron escoger caminos separados, en nuestro caso, la rutina jugó el papel de los caballos con que la vida desmembró a mi grupo de amigos de la infancia…» Pero eso fue circunstancial, la rutina es apenas un catalizador en el complejo proceso: en sí misma, no es positiva ni negativa.

Julia decide no pensar más en el tema. (Detesta perder.) Pregunta al conductor:

―¿Hacia adónde vamos?

―Vamos a donde viven mis viejos…

Ernesto está terminando la frase cuando otra camioneta los cruza a toda velocidad. Es el vehículo rotulado de Canal 11…

―El auto de la televisión…―murmura Adolfo, mientras señala el vehículo que acaba de superarlos; agrega:―¿por qué tanta prisa?

No termina de decir esto, que los tres ocupantes de la camionetita se dan vuelta para ver si, por alguna maldita casualidad, los nuevos aprendieron a manejar y los están persiguiendo a gran velocidad… pero no. Nada. Simple urgencia de los periodistas.

Julia vuelve a pensar en el encuentro de esa tarde y se pregunta si no sabrán algo de Marga sus colegas del canal.

―¿Y si los seguimos y le preguntamos qué saben de la epidemia?―les pregunta a Ernesto y a su abuelo, con la esperanza de que accedieran a alcanzar la apresurada combi.

―La chica tiene razón, Titus. Ellos deben estar más y mejor informados que nosotros.

―No se diga más, entonces.―contesta el rugbier y pisa el acelerador.

“Los Nuevos” – Novela de zombies por partes. (24/35)

Adolfo

Adolfo vuelve de la cocina con el vaso de agua para su amigo, Jorge Luis —quien, repentinamente, se había sentido exhausto y recostado en la cama de aquél—, y mientras camina hacia la habitación, piensa en la juventud perdida. Pero no en que “los jóvenes de ahora no tienen arreglo”, sino en los “años mozos” vividos por él, Adolfo, y su amigo, mucho tiempo atrás, y en cómo, de un tiempo a esta parte, la materia de la vejez se filtra —«cada vez más seguido», piensa Adolfo— por entre los mecanismos del alma que la combaten. Esto le trae a la mente unas sabias palabras de un sabio maestro: «La vida es crecimiento. Dejar de crecer, física y espiritualmente, es lo mismo que estar muerto…», y, con ellas, surge el hecho irrebatible que es esta máxima, comprobada por los dos viejos a lo largo de décadas, de charlas y de vivencias, en todos los ámbitos de la existencia… «Lo que no está en constante desarrollo, está en constante retroceso»: de ello vive el capitalismo, de ello viven los amantes, de ello viven los violentos: por eso, como dijera no recuerda quién, «acaso Gandhi: que las sonrisas atraen más sonrisas de la misma manera que la violencia, más violencia.» Adolfo agrega, de acuñación personal, que «lo mismo sucede con el dinero —y por eso el capitalismo necesita tanto de la explotación ajena—, o con el saber… y por eso, amo la biblioteca: porque no puedo alejarme del conocimiento.» Su mente, al igual que la de Jorge Luis, le demanda aprender cada día algo nuevo, «de la misma manera—supone Adolfo—que el bolsillo del comerciante, le demanda ganar cada día algo más de dinero…». Adolfo repasa, de entre todos sus conocidos, los que más avidez tienen por el conocimiento y en lista, además de Jorge Luis, se destacan Pedro y Julia. Adolfo sigue en la línea de pensamiento y descubre que le interesaría saber si el Conocimiento está relacionado con el Amor. De inmediato piensa en hacerle esta pregunta a su amigo una vez en la habitación; en principio, porque aún a pesar de todo lo que sabe Jorge Luis, él siempre ha sabido mantener intacta la agudeza de lo simple en su mirada, en sus perspectivas y opiniones; pero también desea compartir la pregunta con él, sencillamente, porque casi siempre es mejor pensar de a dos.

A esto de que es mejor pensar de a dos, pocos lo saben mejor que Soraya, por su amplia formación en psicología. ¿Qué es terapia sino una cooperación binaria? Si la mujer conociera a Adolfo y estuviera presente, además de admirar al viejo por su hondura y curiosidad (atributos que ella estima en los demás, pero en los cuales no abunda), le contestaría desde la antropología o, más específicamente, desde la biología evolutiva, que “la Naturaleza es sabia” pues paga a sus siervos obedientes con placer, cuando éstos hacen lo que ella manda. Por eso, Adolfo y Jorge Luis desean aprender cada día algo nuevo: sienten el goce del conocimiento; o, de la misma forma, Rubén y Héctor, se sienten realizados espiritualmente, cuando progresan en el plano material, por decirlo de alguna manera; o Ernesto, cuando lleva alguna nueva desconocida a la cama; e incluso Soraya misma (nuestra “operadora social, psicóloga psicoanalista, magíster en antropología”) cuando consigue algún otro título académico… Todas estas acciones les son biológicamente recompensadas a sus realizadores, mediante la liberación de enzimas que generan placer, como cuando comemos algo dulce, hacemos deporte, tenemos sexo, o incluso, diría Freud, cuando defecamos…

Las cavilaciones de Adolfo se interrumpen porque encuentra a su amigo temblando en la cama, y se acerca hacia Jorge Luis con preocupación.

―¡Jorge! ¡Jorge Luis!―el abuelo de Ernesto no recibe respuestas de su camarada. Sólo temblores que se propagan por su ropa e ingresan por los ojos despiertos de Adolfo, quien por el momento sólo atina a apoyar su mano en el antebrazo de su amigo, en señal de acompañamiento o contención, como para tranquilizarlo.

Jorge Luis, el mayor de los dos viejos, mira al techo con los ojos muy abiertos y las comisuras de los labios caídas, «tal vez por dolor, tal vez por angustia». Al instante, mueve la cabeza en dirección a su compañero y lo mira fijamente a los ojos. Esto asusta, por primera vez a Adolfo, porque sabe que esa mirada puede implicar cualquier cosa pero, sea la que sea, es terrible, porque Jorge Luis no es de los que piden ayuda.

Adolfo lucha entre la alarma y la calma, trata de recordar si alguna vez Jorge Luis había hablado de epilepsia o de algún otro tipo de convulsión, pero está casi seguro de que no ha sido así. Tampoco recuerda, mucho menos, haberlo visto así en su vida. En ese momento, sin embargo, la mirada del anciano —acaso lo único que aún le pertenezca a Jorge Luis:— transmite de manera impensable un baño de agua cristalina que refresca el espíritu de Adolfo, quien recupera algo así como la sangre fría, como para pensar sobre la situación que está padeciendo su amigo, y toma el pulso de Jorge Luis. Lo nota muy acelerado, pero los temblores han cesado.

Llevado por la velocidad de la mente, aún más rápida que la de la luz, Adolfo recuerda a su perro de la infancia, Ham, que sí sufría de epilepsia, y cómo su madre le había dicho que cuando le diera un ataque epiléptico, Adolfo se fijara que Ham no se tragara la lengua… «Al convulsionar, los enfermos corren riesgo de asfixiarse con su propia lengua», y Adolfo vuelve del pasado para revisar la lengua del amigo, «pero esto no es una convulsión», piensa. Entonces, siente que debajo de la palma de su mano, en el antebrazo de su Jorge Luis, de repente, todo es tensión: los tendones no más flojos, los músculos marchitos del viejo, firmes como en su juventud. Vuelve a Adolfo la idea de una convulsión por demás extraña, pues que Jorge Luis lo sigue mirando a los ojos de manera consciente…, hasta que Adolfo siente, a través de la mirada, que su amigo «se va alejando hacia adentro… lentamente…» (luego recordaría estas palabras de manera muy vívida). Los ojos de Jorge Luis, fijos en los del abuelo de Ernesto, van librándose de a poco de la personalidad de su dueño y su mirada se desenfoca.

De pronto, aunque los globos oculares de Jorge Luis no se han movido ni medio milímetro, Adolfo siente que ya no lo están mirando… y pasa lo mismo que siempre pasa en las películas cuando muere un enfermo: con un último suspiro, Jorge Luis se va «…como hacia adentro».

Ahora, el único amigo sobreviviente se está en silencio absoluto. Absorto. Pensativo. «Otro amigo más que se va.» Y queda otra vez solo. Y vivo.

―¿Qué fue esto,―se susurra Adolfo a sí mismo, al fin, pues ya no hay nadie que lo escuche.―…si él estaba perfecto, hasta hace un rato, nomás?

Adolfo no necesita tomarle el pulso a su hermano de la vida, sabe que ha muerto, pero igual decide asegurarse. «Tal vez―conjetura―, Jorge Luis tuvo un paro cardíaco, y su trajinado envoltorio careció de la suficiente reserva energética.»

Al experimentar la muerte de seres queridos, cada vez con mayor frecuencia a medida que se va haciendo más viejo, Adolfo ha aprendido a adoptar una postura que más tiene que ver con la resignación que con la angustia, pero no por maldad o desinterés, sino por cansancio y autoprotección. Ésta es la razón por la cual Adolfo ya no critica el corazón frío y calculador de los médicos. Antes de sentir empatía con los médicos ―como su propio hijo, el padre de Ernesto―, es decir, antes de experimentar dicha sensación en carne propia, Adolfo había discutido incontables veces sobre la insensibilidad de su hijo y sus colegas, sobre lo mal que le hacía al paciente ser tratado como un objeto, en lugar de ser tratado como un igual. Adolfo comprende, ahora, que a los profesionales de la salud no les queda otra que desarrollar dicho mecanismo de protección ante el sufrimiento y las muertes ajenas, «no les queda otra que enajenarse, por decirlo de alguna manera», para poder hacer su trabajo sin que su corazón interfiera con su cerebro. La insensibilidad del médico es lo que le permite seguir haciendo su trabajo a como dé lugar. La insensibilidad (leve) que ha desarrollado Adolfo a partir de tantas pérdidas de gente que amaba, es lo que le permite seguir adelante a pesar del dolor.

Sin embargo, esta resignación se torna en intriga cuando se trata de pensar su propia defunción.

«No miedo. Sólo intriga.»

Ahora que Jorge Luis la conoce, a nuestro apesadumbrado sobreviviente le gustaría preguntarle cómo es la muerte:

«Si es para hacerse tanto lío, o no, …o si es aún peor de lo que la pintan…»

Pero, en realidad, aunque diga lo contrario, aun habiendo podido preguntárselo, Adolfo tal vez no se hubiera animado a hacerlo: aunque el abuelo de Ernesto no vive pensando en la muerte —sino más bien en cómo vivir mejor lo que le queda de vida—, es evidente que con cada partida de algún conocido, la parca se le acerca un poco más…

«Detenerse, cuando todo marcha, es desandar camino.—en sintonía con las cavilaciones ya lejanas que traía desde la cocina, Adolfo recuerda las palabras de José Ingenieros y las conecta, triste, con la nueva situación:— Jorge Luis, ya vas desandando camino, viejo amigo…»

* * *

Cinco minutos más tarde, Julia y Ernesto interrumpen las taciturnas disquisiciones mentales del abuelo de éste, y se enteran de la fría noticia, que les cae como un adoquín en el alma.

Julia no logra disfrutar del calor de hogar que reinaba minutos antes en el departamento de los dos hombres, pues los escalofríos del encuentro inesperado en el trayecto hacia aquí se le unen (y potencian), con la horrible noticia de la muerte de su otro abuelo postizo. Al borde del llanto y la desesperación, se refugia en Bakunin: el cachorro ha detectado la tristeza de su dueña y trata de reconfortarla lamiéndole las manos con nerviosismo. Por fortuna, logra robarle una sonrisa a Julia.

Ernesto, también ha sido afectado hondamente por la muerte de Jorge, aunque, por fuerza mayor, no le dedica tanto tiempo en su cabeza porque piensa en el nuevo —a quien se vieron obligados a matar, entre él y Julia, apenas hace un instante—, y en cómo pedirle ayuda a su sabio abuelo, para salir del brete.

Adolfo, permanece sentado en el sofá del comedor, como sedado, mirando a Ernesto, a Julia y a Bakunin, …y vuelta a Ernesto.

* * *

Luego de una robótica conversación en la que, los chicos por un lado y el viejo por el otro, se narran los recientes acontecimientos, Julia, Adolfo y Ernesto acuerdan que lo mejor sería que se acercara este último hasta la comisaría más cercana para avisar de las defunciones (pues nadie, en ningún lado, atiende ningún teléfono): No sin discusión de por medio, Ernesto disuadió a Julia y Adolfo de que lo acompañaran.

El argumento que él esbozó fue que, tanto la pelirroja como su abuelo, estaban cansados, de modo que ambos necesitaban reponerse, a diferencia de él. Sin embargo, el verdadero motivo que llevó a Ernesto a ser determinante en su decisión de ir solo, fue que el chico albergaba la posibilidad cierta de un nuevo encuentro con algún desquiciado, y no es que pretendiera luchar contra él (o ellos), solo —lo cual sería una locura, pues esta vez seguramente no tendría la suerte de la anterior—, sino para poder huir con mayor velocidad. Claro que de esto no les dijo nada a ninguno de los otros, y, claro también, que tanto Julia como Adolfo no necesitaban que se los dijera, pues ellos mismos lo habían pensado, y por eso habían terminado dándole la razón al atlético joven.

Ya resueltos, entonces, Ernesto se para, saluda levemente a los que se quedan, abre la puerta del departamento y se dispone a salir cuando un nuevo lo ataca desde uno de los costados del pasillo, como salido de la nada.

Favorecidos por el hecho de no emitir más ruido que el de sus cuerpos al desplazarse o chocar contra algún objeto, varios nuevos, (ex)inquilinos de otros departamentos, habían salido de sus casas y merodeaban con andar errático por los pasillos del edificio. …Bakunin podría haber alertado a sus amigos del peligro, pero su cuerpecito de cachorro estaba fatigado y se hallaba durmiendo en la cocina.

Ernesto se saca de encima a su atacante con un fuerte empujón al tiempo que Ernestotambién le apunta:

[¡Cerrá la puerta! ¡Cerrá la puerta para que no vayan por tu abuelo!]

El intento del rugbier de hacer lo que le ordena Ernestotambién se ve truncado cuando el primer nuevo le agarra el talón desde el suelo y Ernesto ve con inmenso terror cómo entran más desquiciados a la estancia en donde están sus seres queridos.

Adolfo no alcanza a abarcar con su mente los hechos con la pasmosa velocidad con que suceden, pero su antaño esforzado entrenamiento en artes marciales no lo necesita: insuflados con una exorbitante y bienvenida dosis de adrenalina, sus jubilados músculos actúan por acto reflejo; solos y contentos, se van quitando a los desquiciados de encima: una torcedura inmovilizante por aquí, una arrojada sobre la espalda por allá, …el costado consciente de nuestro septuagenario amigo apenas si puede dar crédito a lo que sucede y termina por hacerse a un lado, optando por la contemplación de su hermano inconsciente y su redención largamente esperada. Los nuevos, cuerpos alienados e inconscientes, se amontonan contra la puerta al otro lado de la habitación, cada uno afanándose por entrar antes que los demás, sin saber que los que van entrando no la pasan tan bien y, más que banquete, reciben palos.

Aunque no todo es victoria para nuestro grupo, pues sólo uno de ellos sabe aikido.

Para huir de los nuevos, Julia se escabulle por la estancia, salta del sofá a la mesa o viceversa; interpone una silla o golpea con ella; o bien, se escurre por debajo de la mesa: ahora un banquito de madera se ha convertido en la única frontera entre la despeinada y húmeda pelirroja, y los desquiciados nuevos.

Bakunin, se despierta por el ruido y viene corriendo desde la cocina hecho un fierecilla, pronto a rescatar del peligro —una vez más— a sus descuidados amigos. Esta vez, sin charcos de agua, lluvia, ni factor sorpresa de su lado, el cachorro hubiera llevado las de perder si no fuera por Adolfo: el viejo ha decidido que no va a morir nadie más el día de hoy, si él puede evitarlo. Se desprende del nuevo que en ese momento tiene encima, de dos pasos se interpone entre el perrito y el peligro, alza al schnauzer y lo lanza lo más delicadamente que puede a la cocina para luego cerrar la puerta. Bakunin gruñe como papel de lija, amenazando a todo el mundo. Ladra con voz chiquita pero firme, instando a su traidor amigo a que lo libere, ofendido por que desprecien la enorme ayuda que él puede dar, chiquito y todo como es…

Evidentemente, el pequeño ha resultado tan combativo y temerario como quien había inspirado su nombre.

* * *

Mientras todo esto ocurre, Ernesto corre por los pasillos y escaleras del edificio, seguido por un grupo de nuevos: él no los contó, pero supone que lo corre la mayoría de los energúmenos que había en el pasillo de su departamento. Ciertamente, el chico prefiere que lo persigan a él, antes que ataquen a su abuelo o a su amiga, por lo que se cuida de que los nuevos no lo pierdan de vista en ningún momento, llamándoles la atención con gritos o arrojándoles cosas, para que no se dieran por vencidos en su persecución ni fueran a por los restantes…

* * *

Arrinconada debajo de la mesa central de la habitación, Julia rechaza a duras penas a sus atacantes a fuerza de golpes de banco, patadas e inútiles gritos. Adolfo, atento a la situación, trata de interponerse entre ella y los nuevos. Por fortuna, descubre el travesaño de madera de la cortina de la sala: un palo de una pulgada de ancho y del largo parecido a aquél bastón que él utilizaba en sus lejanas prácticas de aikido, el “jo”.

De un salto, Adolfo lo arranca de la pared y con la misma fuerza de la caída aprovecha para propinarle un contundente golpe a uno de sus ex-vecinos: «¡Perdón, Carmelo! ―se lamenta el viejo de manera irracional, pero enseguida se recupera y piensa:―…Uno menos». Con la cortina que pende del mismo palo, envuelve a uno de los energúmenos que se estaba acercando peligrosamente a su amiga, y con el jo improvisado le hace una zancadilla que lo tira al piso.

Maravillada por la inusitada, recién descubierta y nunca más oportuna destreza marcial de su amigo —quien se libra de sus atacantes casi sin el menor esfuerzo, apenas valiéndose de movimientos circulares y fluidos que más se parecen a una danza que a técnicas de combate— Julia decide acercarse más a Adolfo, para ubicarse entre él y la pared, y ser defendida por éste, pero también, para golpear con su banquito a los descarriados que escaparan del aikidoka. Eso sí: no se acerca mucho al viejo, porque según entiende ella, el ardid de su amigo consiste en convertirse en el ojo de un vórtice humano, de cuyo centro salen despedidos los nuevos, como si estuvieran borrachos, además de perdidos.

Contemplativo, el abuelo del que corre por los pasillos de la torre, deja actuar a su cuerpo sin entrometerse. Esto le deja tiempo para reflexionar. “La calma en la tempestad” de la que tanto hablaban sus maestros…

«Claro, por la forma en que se mueven estos, no puede haber mejor estrategia que la de ser una hierba en el viento…―piensa entre nuevo y nuevo, mientras su cuerpo se encarga de esquivar, dejar pasar o de anticipar los golpes de sus atacantes―…y si ellos empujan, “no estoy allí”, y si ellos tiran de mí, los empujo…»

Los desenfrenados agresores, con sus movimientos rápidos, pero desmedidos, salen proyectados una y otra vez, con la misma fuerza y velocidad con la que lanzan sus ataques al viejo aikidoka, cuya maestría, aprovecha el más efímero desequilibrio de su oponente para desbaratarlo, sin choque de fuerzas, ni confrontación alguna.

No obstante, al cabo de varios minutos ―y a diferencia de sus oponentes―, nuestro sorprendente amigo comienza a cansarse…

Fuera, en los corredores del edificio, Ernesto les ha dejado bastante atrás a los nuevos que lo persiguen. Con un propósito: sacarles ventaja para poder tomar el ascensor y regresar al piso de su abuelo. También ha conseguido un “arma”: el perchero de bronce que estaba en la planta baja. El rugbier alcanza a tomar el ascensor justo cuando vienen llegando los nuevos, y aprovecha para tomar un poco de aire mientras el elevador llega a destino. Una vez en el piso, esgrime su arma blanca ad hoc por si lo están esperando al salir del ascensor, pero no hay nadie allí. Corre, entonces, hasta el departamento donde vive: esperar lo peor. [Hiciste lo que pudiste, muchacho. Obraste bien], lo prepara mentalmente Ernestotambién, en vistas de lo que pudieran hallar sus ojos asustados; …encontrarse con que Julia y su abuelo le estén dando su merecido al último nuevo que queda en pie es algo que alegra a rugbier de una manera inexpresable.

Recién ahora Ernesto recuerda que su abuelo es 4º Dan de aikido, así como las veces en que el viejo lo había animado a unírsele en sus prácticas cuando, de niño, Ernesto venía de visita a la ciudad. Desafortunadamente para ambos, al nieto le parecía muy aburrido. Al final, su impaciencia y personalidad, lo habían hecho decantar por los deportes en equipo. Al tiempo que piensa en todo lo anterior, el muchacho va por detrás del último nuevo que molesta a su abuelo y lo remata con un percherazo.

Ahora son Julia y Adolfo quienes se ponen contentos de ver al recién llegado. La chica salta ―literalmente― de alegría. En el aire la reciben los brazos fuertes del deportista. Esta escena reconforta al abuelo, que en lo profundo de su ser sabe que daría su vida por el bienestar de ambos, y también, que posiblemente no faltará mucho para que deba demostrarlo.

Solos otra vez.

Ernesto se dirige a asegurar la puerta del departamento, mientras Julia va a abrir la de la cocina para liberar a Bakunin, que no había parado de ladrar en ningún momento.

De inmediato, el schnauzer se pone a olisquear los cuerpos tendidos en el suelo, mientras mueve su rabito histéricamente. Son seis en total los del bando vencido.

Adolfo también mira los cuerpos.

Por un lado, afligido por haber tenido que quitarles la vida, pero por el otro, satisfecho de que hubieran sido ellos los muertos y no él mismo, ni los chicos. Aunque le incomoda haber utilizado el aikido para matar, él sabe que «”esos” no eran personas», al menos trata de pensarlo de esta manera para no cargar con el peso de su consciencia. Ahí parado, mirando los nuevos yacer en el suelo de su comedor, Adolfo reconoce entre los cuerpos —como lo hará Pedro en los pasillos de su propio edificio unas horas más tarde— a varios de sus vecinos, incluyendo al pobre Carmelo; Entonces, una idea que excluye todo lo demás acude a su mente, y Adolfo ya no presta atención a lo que hablan Julia y Ernesto a escasos metros de él: finalmente, el hombre se da cuenta lo que había sucedido en su dormitorio.

«Jorge Luis se estaba convirtiendo en uno de ellos… y su corazón no lo soportó. Ése fue el cambio radical en su mirada que sentí segundos antes de su fallecimiento…»

―Abuelo.

―…

―¡Abuelo!

―¿Eh?

―Nos vamos de la ciudad, abuelo. Ya mismo. Juntá lo esencial y salgamos ya mismo de acá.