Ya no soy yo, todavía (7)

«finalmente…»

finalmente lo entiendo.

el poeta tenía razón:

las mujeres sí son música.

lástima que soy un pésimo disc-jockey.

no sé si es un problema o no, pero las dos críticas primordiales que me saltan como caniches excitados cada vez que se me ocurre musicalizar un ambiente con gente, son: «pero Diego, dejá algún tema entero!» y «ya cambiá eso, por favor!»

con las mujeres me pasa lo mismo. y con la vida, que es mucho peor (…o mucho mejor, dependiendo de dónde se lo mire, dependiendo de la escala de valores de cada uno, o de si -como en mi caso- uno gusta Descubrir tanto como Despedirse.)

salto de una canción a otra sin darme tiempo a nada, con la total desesperación de quien se sabe sediento para siempre. pero temeroso del agua al mismo tiempo.

sin embargo, cuando me enamoro de un tema, lo escucho ininterrumpidamente durante días, semanas, sin poder escapar de su melodía, ni pensar en nada más, presa de una nueva desesperación, de un nuevo encierro -pero que me gusta: que me unta de deleite hasta el rinconcito más desprotegido del alma…

me pasa lo mismo con todo lo que se me cruza por el camino, sean ciudades, disciplinas o poemas, sean lenguajes, sensaciones o proyectos.

despierto cada día sabiendo lo que siente un dique a punto de convertirse en cascada, con sólo el asomarse de una nota o el amanecer de una mirada. pero el agua que rebalza no es mía (soy del universo), por eso siempre es demasiada.

por eso arrastro todas las casas.

desfondo todos los abrazos.

y agoto todas las pilas.

las mujeres, en mi vida, son como las canciones,

pero las canciones no se cansan de ser absorbidas.

d

le escribo al mundo

le escribo al mundo,
y le aviso,
que no habrá de levantarse
sin mi permiso:
falta mucho para el mar…
antes,
deberá chorrear por sus talones,
sangre,
de camino a la fuente
del recuerdo de lo perdido para siempre,
sangre,
que es como decir
testimonio tibio de lo vivido
(y sólo de ello)
aquí
es donde mueren los monjes
y las vírgenes sientan cabeza,
aquí
es donde se recoge la desdicha a paladas,
donde se baña el leproso
y donde se aferran,
angustiadas,
las manos en llamas del último koala.
le escribo al mundo
con mis intestinos
y la valentía que me faltó cuando debí decirle que la amaba,
pero le escribo,
también,
con todo el fuego anti-destino que brama en mi mirada!
y,
mientras le escribo al mundo,
aprendo a nadar entre tus pañales sucios,
aprendo a tejerme un futuro incierto
con todos los niños que tu capitalismo me regala:
¡muertos!
pero también aprendo las mieses de ser nadie junto a ellos…
y,
mientras le escribo al mundo,
cual elegido,
pasando este solo mensaje
-de mano en mano,
de generación en generación-
aún incomprendido,
me obligás a vadear mi propia existencia
en pos de un pan
que no existe,
que siempre está en otro lado!
le escribo al mundo
porque estoy cansado del fútbol,
de todas las misas con sus sermones,
y de Mirtha Legrand!
le escribo al mundo,
como excusa,
para que ¡por fin! me mires,
para que mis perros no sigan muriendo…,
para que los presidentes dejen de engordar!
le escribo al mundo
porque no me gusta tu look
-prefiero caminar-
porque prefiero «estar» a «llegar»,
y porque tengo poco que decir
aparte de:
«Sigo vivo!»
y
«Cuenta conmigo!
…pero no confíes en mí!»,
porque mi transitar por el mundo
-a quien le escribo-
se conjuga en un «ir»
-como en «vivir»
y en «partir»,
y también en «morir»-.
pero le escribo al mundo,
sobre todo,
(y a falta de un bien mejor)
para que, al faltarles su verdad,
mis nietos
hallen escrita
-aunque más no sea en mi epitafio-
la palabra

AMAR.

mi pasión

Mi pasión todo lo absorbe y en todo encuentra su ataúd.

Mi pasión es mi motor y mi cepo.

Eterna enamorada de la novedad, mi pasión, que es el polen de mi existencia y mi única morada, es también, ¡Oh, cruel broma del destino!, de mis proyectos la horca despiadada y la fosa de brea que asfixia mis metas antediluvianas.

Aun más imparcial que la luz del sol y más involuntaria que mi mirada, incluso más universal que la muerte, …mi pasión es al Universo, lo que portentosos flechazos a un impasible Océano que, sin importar la destreza del arquero, la calidad del dispositivo, ni la profundidad alcanzada, termina invariablemente por devolver las flechas a la superficie…

Mi pasión es más mía que la soledad, que la tristeza, y la desazón…

(…sólo esperemos que las sobreviva)