mi casa

«mi casa»

mi casa se llama Diego y no tiene nombre porque cómo se vuelve a un lugar que ya no existe?

mi casa…

mi casa no está

mi casa…

Es

[punto]

mi casa es el futuro.

y la música

(siempre

[coma]

la música)

y la poesía

(mi pasado distante

siempre

[sin coma]

presente)

nada acariciable existe, nada que yo pueda abrazar

el resto yace a mis pies desnud(a) como mi poesía

inenraizable, estéril y arisco como el suelo de mi casa que no existe

el resto

allí, rendido y mirándome,

el resto

es

mar.

mucho

«mucho»

viviste mucho

tal vez por eso seas tan insignificantemente ancho y molesto

(para vos mismo) (obvio)

y no es tanto lo mucho

sino lo despierto

(y lo molesto)

viviste mucho

y cuando hay tanto, no hay adentro que aguante

ni que aguante tampoco ningún lecho

ni un mísero y ajado pecho

que sostener pudiera ni con todas las fuerzas del universo tanta alevosía descompaginada tanta rareza enllamarada fluyendo a escondidas en la mirada tanta amargura y tantas despedidas (tibias, calientes y frías) y tanta filosofía meada pero sobre todo la amargura y las despedidas pero sobre todo la alegría vicaria queriendo no ser melancolía queriendo serabrazadaperodisfrazadade n a d a (peroMALdisfrazada) (obvio) y arrinconada en la mirada que apenas si se nutre del espejo pero que a fuerza de sabrosos moretones y caricias traicionadas no sobrevive en ninguna otra superficie ya por demás acristalada (comobienpodríaserladesuhombroensabanadodealma) en mi cama ninguna mirada que dure ni ninguna mañana que permanezca cerrada a la memoria ni al inicio implacable de la semana

mal dis fra za da de na da

viviste mucho

como si nada

y en la nada aprendiste que no se baja a ningún lado, que no se regresa y que siempre será de mañana

que las ideas son piedras, fuego, nubes, son de viento, de arena, de pasto (de las cabras), de agua helada, que todo es dable de ser pisoteado y que después siempre hay flores y cachorritos

pero a veces son venenosas o tienen tres ojos

pero después siempre hay flores y cachorritos y sábanas envolviendo ansias apasionadas

una rueda de témpera multicolor entreverándolo todo en su ciclo infinito como queriendo remediarlo para que sea distinto

y cada quien su pincelito y su contento y su cachorrito

y vos todos los grises

viviste mucho y de eso no se vuelve

mucho

y cuando hay tanto, no hay adentro que aguante

sólo el universo…

sólo tus ojos atentos…

sólo tu pecho con su cachorrito dentro

másquedespierto:

siempre

triste

siempre

contento.

Once

«once»

verano es invierno sin tus ojos azules

sin los pájaros implacables que vuelan rapaces hacia mi orgullo desde tus labios

y que necesito sigan machacando

para volverme más humano

verano que se vuelve invierno sin tus ojos tiernos

sin la cáscara humosa de tu alma que penetra en mi olfato y se queda allí riendo

para siempre

acompañada de recuerdos de momentos de hace apenas un momento sellados para siempre

en el recuerdo

pero que ya serpentean por todo mi ser interrumpiendo el silencio…

tratando de recordarte sin olvidar el miedo a la voracidad palpitante de tu cuerpo

las urgencias del pensamiento

ni las olas sempiternas aleteando entre los poros fulgurantes del sentimiento…

verano esperante

verano vestido de invierno precoz e imaginario

pues desde aquí, hasta que comience a irme volviendo

me acompañarán tus labios

tus pasos de tango

tus ojos tiernos…

“Los Nuevos” – Novela de zombies por partes. (25/35)

Rubén…

―¿Qué se supone que está sucediendo?―pregunta Andrea, medio confundida, sin dejar de mirar la pantalla del televisor.
Rubén y Esteban permanecen en silencio. Este último, no sabe a qué prestar más atención: si a lo que ve por la T.V., o a la herida en su hombro —la horrible mordida que le había obsequiado su amigo, justo antes de recibir las propias por parte de los perros del zapatero—, que le duele cada vez más.
En el canal de noticias abandonan el informe sobre el desquiciado —evidentemente, parece ser o muy temprano, o muy tarde para dedicarle un segmento más amplio en la programación, o tal vez no tengan más material que éste— para dar lugar al comentario sobre un cuádruple crimen en la ciudad. La cara de Rubén se desfigura del dolor, y hace un gesto como si le hubieran tirado agua helada en la espalda. Entre tanta sorpresa, había olvidado la causa que lo llevara a Colastiné…
Sus dos acompañantes notan este cambio y lo observan con mayor detenimiento; Andrea pregunta con voz de madre:
―¿Qué pasa, Rubén?
El hombre no deja de mirar la televisión. Al parecer no ha escuchado las palabras de la rubia.
Esteban mira los ojos de Rubén y sigue con su propia mirada hacia el lugar en donde estos están enfocados: la T.V., pero no hay otra cosa que el informe de los asesinados, lo de los desquiciados desapareció.
Al volver a mirar a Rubén, éste se quiebra en llanto. Se tira hacia atrás contra el respaldo del sofá y se cubre la cara con los brazos. Andrea y el zapatero le escuchan una mezcla de aullidos y sollozos.
―¡Rubén! ¡Vamos, hombre!, contanos…―trata de consolar Esteban a Rubén. Señala la T.V. y pregunta:― ¿Los conocías?
―Rubén, cariño. ¿Te podemos ayudar en algo? Decinos. Cualquier cosa.―Ésta es Andrea, cuya mente comienza a acercarse, recién ahora, a la razón por la cual Rubén había salido caminando como perdido de entre los autos, llevándolo ella por delante con el suyo… Esteban, entretanto, está seguro de que las víctimas están relacionadas directamente con Rubén. Pero ninguno de los dos se imagina lo que se viene cuando el aludido levanta la cabeza y les pregunta a ambos:
―¿Conocen un francés medio petiso y rubio, con cara de bulldog, que viva por acá?
Los mira como desde el fondo mismo de un pozo desolado y oscuro, pero sus ojos refulgen como si estuvieran al rojo vivo. A Esteban y a la joven les cuesta ensamblar los dos opuestos tan marcados, en una misma expresión, en una misma persona.
Ante las miradas atónitas de sus interlocutores, Rubén procede a contarles lo que lo ha traído hasta acá: su regreso más temprano que de costumbre a su hogar, el hallazgo de su hijita y su mujer embarazada, muertas; su traslado al destacamento de policía y posterior interrogatorio, en el cual él argumenta al comisario por qué cree que el asesino fue el “extranjero” que él —Rubén— se cruzó en las escaleras de su edificio justo antes de llegar a su departamento; y cómo, finalmente, ante la pasividad y reticencia de ellos a entender que él sabía quién había sido aunque no tuviera pruebas, Rubén había decidido escaparse de la comisaría para averiguar la verdad por sus propios medios. Para “hacer justicia” por sus propios medios.
Rubén también les cuenta cómo había terminado en Colastiné, tras preguntar en todos lados por el paradero de un extranjero con las características de aquel desconocido que él había visto en su edificio; les cuenta, también, que le habían informado que cierto francés, “parecido” al hombre que describiera Rubén, estaba viviendo en una casa de barro en las afueras de la ciudad.
Tal era la historia que escucharon Esteban y Andrea. Ambos entendieron por qué estaba Rubén tan concentrado en su búsqueda que no había visto venir el auto de Andrea y había provocado el accidente. (“Desgracia con suerte”, hubiera dicho la madre del difunto Sergio…)
Se hace un silencio apenas perturbado por la lluvia en el patio. Rubén no puede más y rompe en llanto otra vez.