“Los Nuevos” – Novela de zombies por partes. (34/35)

Jimena…

Jimena está sentada frente Pedro, otra vez, aterrada como nunca antes en su vida.

Luego de asesinar a Wilson a sangre fría, por creer que se trataba de un nuevo, el escritor se ha acomodado en su bendito sofá, como si nada hubiera ocurrido y se dispone a retomar el relato de sus cavilaciones a la desagradecida muchacha. Mientras, la camarera repasa las posibilidades de escape que están a su alcance, las cuales, ni son demasiadas, ni son, mucho menos, esperanzadoras: por la ventana, caída libre a ocho pisos de distancia de la acera; por la puerta, muerte segura a manos de los humanos-nuevos. Por ahora, a Jimena sólo le queda cruzar las manos, y atender lo que dice el escritor, como si fuera lo más interesante que ha oído en toda su vida…

―Uno tiene que estar siempre alerta. ¿Te das cuenta?

La mesera asiente con la cabeza. Pedro continúa:

―Pero, por suerte, ese desquiciado ya no nos molestará más… ¿en qué estábamos?…, [en que eras curioso porque eras escritor y en que a veces reprochabas los caprichos de los directores de películas, o de otros escritores…] ―Ah, sí: Pero dejame corregirte algo, no “soy curioso porque soy escritor”, sino que soy escritor porque soy curioso. [Buen punto…]

Mientras, Jimena observa en silencio, cada vez más anonadada, el diálogo interno de Pedro.

―También, decía que esa curiosidad me lleva a lugares insospechados para el resto de los mortales. Cierto es que me sentía solo al principio, pero aprendí a vivir con ello, me acostumbré a esos lugares nuevos e inhóspitos, de los que la inmensa mayoría de ustedes habría salido corriendo, si es que se hubieran animado a entrar, para empezar…

―…

―Y esa curiosidad, es la que a veces, me lleva a encontrar respuestas que otros ni se plantean, como por ejemplo, acerca de estos seres convertidos―dice Pedro, mientras señala al fenecido Wilson con un brazo, sin mirarlo.―Estoy seguro de que vos y tus amigos…―Jimena piensa: «…no eran mis amigos…», pero no dice nada por no contradecir al escritor. Éste prosigue:―…corrían como locos, pero sin preguntarse qué los había hecho cambiar así. Pues bien. Decime si eso no es la clásica película de zombies en la que todos corren —y mueren— sin siquiera dilucidar las causas de tal transformación… pero bien, aquí estoy yo, un escritor hecho y derecho, para resolver el quid: aunque carezcan de dolor, no hablen, sean medio torpes, como en esas películas, estos no son zombies…

Ahora sí, Jimena empieza a prestar atención al campeón de la retórica, de manera sincera e interesada. El tema logra atraparla.

―¿Y qué son, entonces?

[Cierto, y ¿qué creés que son, entonces?]

―No desesperen, no desesperen, hay que ir por partes y en orden…

* * *

Las tres mujeres y el rugbier, se bajan de la camioneta, Bakunin detrás de ellos. Enseguida, el cachorro ladra contento y corre hacia a sus congéneres, Charrúa y Ona, que observan divertidos al insignificante perrito como si fuera de juguete.

Los dos mastines no se han llevado la cruenta escaramuza de arriba: están muy golpeados y sangran en más de un sitio. Charrúa, el rottweiler, renquea de una pata, mientras que el dogo argentino, Ona, ha perdido la mitad de la cola de un brutal tirón que le diera uno de los nuevos mientras el perro mordía a otro de los infelices —ahora, en donde antes estaba su cola larga, fina y blanca, le queda un coágulo de sangre al final del muñón, que lo deja más parecido a su compañero, aunque como si fuera su negativo fotográfico. No obstante, los dos cánidos se mueven de aquí para allá, con excitación, ignorando el dolor: es sabido que los dogos argentinos fueron creados para la caza mayor; La fama de los antepasados de Ona trasciende fronteras, pues incontables registros han quedado de dogos argentinos protagonizando inverosímiles historias en las que, aún colgándole los intestinos de lado, siguen prendidos a la oreja del fiero jabalí; u otras en las que, con hidalguía y entereza envidiables hasta por un Caballero de la Mesa Redonda, encuentran la muerte en las garras de un sanguinario yaguareté, luchando colmillo a colmillo, de manera implacable, hasta la última gota de sangre…

Por su parte, Charrúa, el boyero alemán negro y fuego, posee la misma portentosa fisonomía de los toros díscolos a los que sus ancestros debían doblegar y para nada se queda atrás de su inseparable compañero, ni en el temple, ni en la bravura…

Llaman la atención de los dos mastines los ladridos intempestuosos de Bakunin, quien los incita a jugar, como si se hubieran conocido de toda la vida. Aunque entraría entero en sus fauces —tanto de Ona, como de Charrúa, que podrían tragarlo de un solo bocado, si así lo quisieran— Bakunin, corretea entre ellos con petulancia, sintiéndose como entre camaradas.

Los en exceso tensionados seres humanos no tienen ojos para los animales —ni siquiera Julia—, y procuran ponerse a salvo dentro de la casa. Dejan los perros afuera, en la lluvia, para que éstos los protejan ante otro posible ataque, o al menos, para que sirvan de alarma. No pasan uno o dos minutos desde que los sobrevivientes ingresan a la casa y ni siquiera han iniciado una conversación formal, cuando afuera se oyen ladridos.

Marcelo y Ernesto, ahora ambos armados, se asoman a una de las ventanas y ven una pareja que se acerca por el camino, al tiempo que los dos perros corren a saludarlos. Seguros, ahora, de que no se trata de nuevos nuevos, los que están adentro de la casa abren la puerta y salen al encuentro de los dos que se aproximan.

“Los Nuevos” – Novela de zombies por partes. (33/35)

Rubén y Wilson…

Al llegar a la casa de François —un rancho viejo y desvaído, a pocos metros de la ruta, oculto entre árboles añejos—, los varones se apean. Miran hacia los árboles por precaución. Julia sale de la parte de atrás, se ubica en el asiento del conductor y traba todas las puertas.

Adolfo se ha bajado con su bastón de cortina. Observa con atención los movimientos del extranjero, en busca del menor indicio de traición, mientras piensa:

«Veamos qué tanto de verdad hay en la filosofía de la no-violencia»

François indica a Marcelo que lo siga, mientras un inseguro Ernesto pregunta a su abuelo, con la mirada, si deben ellos quedarse allí o qué, a lo que éste le responde —también sin hablar— con un gesto de manos que tanto puede significar “Esperá acá”, como “Tranquilo”, o las dos cosas. Por lo que el rugbier permanece al costado de la camioneta.

El viejo se interna en la casa, detrás de los dos maleantes.

* * *

Pedro, Jimena y Wilson llegan al departamento del primero y cierran la puerta detrás de sí. Para asegurarse, el escritor le pide al chico que lo ayude a poner una mesa contra la puerta. Recién entonces, Pedro se tira al sillón lanzando un resoplido de agotamiento.

―Ya no estoy para escaleras…―reflexiona en voz alta. Después, se dirige a los dos chicos, que lo miran desde la entrada silenciosos e inmóviles:―Ahí está la cocina. Sírvanse lo que quieran. Y si pueden, y quieren, prepárenme un café. Y a ustedes también. Nos va a venir bien a todos.

Jimena va hacia la cocina, pero Wilson no se mueve. La camarera vuelve unos pasos, lo agarra de la manga del buzo con capucha, y tira de él, para que la acompañe.

―Yo pensaba que los escritores estaban todos medio locos, pero no tanto.―susurra la chica a su pseudo-lobotomizado acompañante: mientras subían las escaleras, Pedro había sacudido varias veces la cabeza, como si mantuviera una discusión consigo mismo o tratara de desprenderse de alguna idea negativa, y se había reído solo en más de una ocasión. Esto había asustado a Jimena, quien se pregunta si acaso no se iría a convertir en uno de los nuevos…

―…Pero parece un buen loco.―contesta Wilson, no del todo seguro de haber entendido lo que la chica —a quien él no tampoco conoce— había querido decirle. Ni siquiera si era una pregunta o no, lo que ella había dicho.

Mientras los jóvenes se disponen a preparar algo para tomar, Wilson ve que la muchacha abre el cajón de los cubiertos, para sacar cucharitas, pero también toma un cuchillo y se lo guarda en el bolsillo del pantalón. Mientras hace esto, Jimena mira a Wilson para ver si éste la ha visto guardárselo: ante la respuesta afirmativa, la chica se apoya el dedo índice perpendicularmente a los labios: «silencio», al tiempo que le guiña un ojo: «está todo bien».

El adolescente hace silencio, y entiende que está todo bien.

* * *

―¡Ayudaaaaa!―grita Rubén, que acaba de salir corriendo a toda velocidad de entre los arbustos y árboles que rodean el cubil de François, y ahora, al pasar a metros de Ernesto, le aúlla:―¡¡¿Ernesto?…, …corré!!

[¡¿Qué mierda?!]

Ernesto y Ernestotambién miran al enloquecido Rubén, quién, al ver que adentro de la casa hay luz y que la puerta está abierta, dirige su carrera hacia allí; El rugbier no necesita mirar hacia los arbustos para saber qué aterroriza tanto a Rubén: ya imagina de qué se trata… Inmediatamente, entonces, recorre la escasa distancia que lo separa de la camionetita y acciona la palanca de la puerta: pero ésta está cerrada. Ernesto grita a Julia que le abra justo en el momento en que aparece un enjambre de nuevos por el mismo lugar que lo había hecho Rubén un segundo antes. Julia destraba la puerta, pero es tarde. Los primeros nuevos que habían aparecido, corren detrás de Rubén sin quitarle esa mirada vacía de encima, sin percatarse de que han pasado a escasos metros de Ernesto, pero dos nuevos que vienen detrás, sí lo ven y se abalanzan sobre él.

Al ingresar corriendo a la casa, Rubén no cierra la puerta tras de sí porque imagina que el ex de su vecina viene detrás, pero vocifera cuando se da cuenta de que en su lugar entran sus desquiciados perseguidores. Ante los gritos, Marcelo, François y Adolfo llegan desde el interior de las habitaciones, los dos primeros, con armas, el viejo, todavía con su inocente palo de cortina devenido en jo: la sala se convierte en un infierno. Los criminales se plantan y apuntan a los nuevos con sus pistolas: derriban dos de ellos, los demás siguen entrando, mientras el viejito corre hacia afuera del local, en procura de su nieto: aunque los nuevos son muchos, el aikidoka se abre paso a través de ellos como si estuviera corriendo por un pasillo angosto mientras desde una tribuna le arrojaran trapos de piso, así es como se va quitando los energúmenos de encima, a algunos con el bastón, a otros, esquivándolos con movimientos de cadera y brazos; pero afuera le espera lo peor: su nieto ha conseguido subir a la caja de la camioneta —ya en movimiento— y forcejea desesperadamente con dos nuevos —que también han logrado subir a la misma antes de que Julia acelerara rumbo a la carretera— e intentan arrancarle los miembros, mientras las chicas gritan y el perrito ladra dentro de la camioneta. Adolfo se pone contento al ver que sus chicos se alejan del mayor peligro, mientras su cuerpo se deshace de los ataques de los nuevos, sin necesitar de su atención consciente. De hecho, sus propios músculos se anticipan a los pensamientos del aikidoka, y él sabe que en cuanto intentase “ayudar”, los obstaculizaría. Sin embargo, ahora, Adolfo está solo, en la entrada de la casa: los chicos se alejan en la camioneta por donde llegaron, y los hombres armados están dentro, luchando con los alterados que se cruzó el viejo por el camino. Los desquiciados que siguen apareciendo de todas direcciones, ya no entran en la casa: tienen para divertirse con el solitario y abandonado anciano…

Medio segundo después de cruzarse con Adolfo en plena carrera —aunque ambos corrían en direcciones opuestas—, Rubén no puede creer lo bella que es la vida y lo afortunado que es él, al encontrar precisamente allí, y justo antes de morir, al asesino de su mujer y de sus hijitas: sin hacer caso del nuevo que lo persigue pisándole los talones, Rubén se lanza sobre François con los puños en alto, enceguecido por la diosa exuberante y sanguinaria de la venganza:

―¡Asesino!

Marcelo, atestado de seres que quieren arrojarlo a él mismo fuera de la existencia humana, no puede atender al ovillo absurdo y desatinado que se forma entre su colega; el idiota que acaba de entrar a la casa; y el nuevo que venía siguiéndolo a este último. François ignora por completo qué le ha dado al recién llegado por atacarlo así, sin motivo alguno, pero tampoco tiene tiempo como para hacer preguntas ni dar explicaciones: apunta con el revólver a la cabeza de Rubén y le vuela los sesos de un disparo, en mismo segundo en el que el nuevo —tercer integrante de esta surrealista menâge a trois— muerde la mano que sostiene la pistola, arrancándole el pulgar de una dentellada. La puteada que lanza al aire el francés, es su última, pues ya tiene encima a un segundo nuevo que también ha escapado a la cortina de balas de Marcelo, y a un tercero…, y a un cuarto…

Aunque parapetado detrás de una oportuna mesa volcada y un modular, Marcelo queda aislado y solo, dentro de la casa; afuera de ella, Adolfo resiste en medio del claro como dragón que es asediado por un millar de cazadores tartáreos.

* * *

―Oigan, ¡pequeños!―levanta la voz Pedro, desde el sofá del comedor.―Acérquense un momento, ¿quieren?

Sin terminar de preparar los cafés, Jimena y Wilson se asoman a la puerta de la cocina, en respuesta a la petición del escritor, quien, al verlos, les pregunta:

―¿Vieron lo mismo que yo?

―…

―Es decir. No estoy alucinando, ¿verdad?: un grupo de enloquecidos transeúntes mató a sus amigos… ¿no es así?

Jimena se da cuenta de que Pedro no va a convertirse en uno de los nuevos pero también que él ya no está del todo en sus cabales.

―No eran mis amigos, señor, pero, sí; los mataron…―contesta la chica.

―Eran mis amigo’―dice el chico con infinito pesar.

La respuesta no conmueve ni un ápice a Pedro, pero sí lo hace mirar el techo como si recordara algo: «¿Dónde estará Marcos? ¿Se habrá convertido en uno de esos trastornados? …¡bah! debe de estar acostado, durmiendo la mona, con su nueva y hueca candidata…», luego, mira a los jóvenes:

―¿Saben qué les pasó a esas personas? No a tus amigos, digo, sino a los otros… ¿lo saben?

La camarera y el adolescente se miran entre sí. Silencio.

―A mí me parece que son zombies.―dice el escritor, al tiempo que entorna los ojos para observar la reacción de los chicos

* * *

Bajo la lluvia, Adolfo es una pequeña flama que decenas de nuevos quieren apagar, sin lograrlo. Su fisonomía actúa con la independencia de un organismo separado: la parte consciente de Adolfo, sin nada que hacer, imagina que sobre el techo de la casa —sentado, sin mojarse— lo observa un crítico Moriei Ueshiba: ante su maestro, el aikidoka trata de justificar la violencia que se ve obligado a desatar contra sus adversarios, en la incuestionable carencia de humanidad de éstos.

«Ya no son personas como nosotros»

Explica el amigo de Jorge Luis al imaginario O’Sensei, al tiempo que se auto-convence, él mismo, de la necesidad de tanta destrucción. Las técnicas que en otra época de su vida fueran benévolas o ejecutadas con fines didácticos, ahora se convierten en terribles llaves que fracturan muñecas, codos y cuellos: muchos energúmenos no pierden la vida, pero sí el control de sus extremidades, cuyas dislocadas articulaciones ya no obedecen a sus inconscientes amos. …Adolfo ha perdido el palo de cortina hace unos segundos —dos de sus oponentes tironeaban de la improvisada arma cuando un tercero saltó sobre el viejo, desequilibrándolo por un instante, y el aikidoka había tenido que soltar el bastón para no caer— pero continúa rechazando los ataques casi como si nada. Y decimos “casi” como si nada, porque el anciano está cansándose, sus técnicas pierden efectividad… En un momento en que el aikidoka está por dar un paso, una mano le sujeta férreamente el tobillo de atrás y el viejo se desploma. Los restantes nuevos se arrojan sobre él como niños sobre una piñata, pero no pueden disfrutar mucho del banquete, porque irrumpen en la escena dos mandíbulas más tremendas que todos los brazos y bocas que atosigan al caído: Ona y Charrúa llegan al lugar con puntualidad divina. Han venido siguiendo el rastro de Rubén y aunque llegan tarde para salvar al infortunado viudo, no así, para librar a Adolfo de una muerte segura. Sin hacerse esperar, los dos mastines se arrojan como tigres sobre las espaldas de sendos desquiciados y acaban con ellos antes de que éstos pudieran reaccionar siquiera. Tanto el rottweiler, como el dogo argentino, reconocen a los no convertidos, por lo que ni siquiera rozan a Adolfo con sus hacendosas mandíbulas; es más, se diría que hasta lo defienden, como se defienden entre ellos: en una oportunidad, un alterado le arranca un gemido de dolor a Charrúa y a punto está de estrangularlo, pero su fiero compañero deja lo que está haciendo para saltar sobre uno de los brazos del nuevo, el dogo aprieta con tal fuerza, que se oye el crujido de los huesos del estrangulador, quien —aunque no se queja, como ninguno de los nuevos— suelta al rottweiler, y la carnicería continúa.

* * *

―Lo’ zombies no existen, señor.―responde Wilson.

―¿Y qué eran esas cosas, entonces?

―Capaz estaban enfermo’…

―¿Y por eso mataron a tus amigos?

―No seas malo.―esta es Jimena, que intercede en favor de un Wilson cada vez más confundido, o tal vez, perdido.

El chico se da media vuelta y regresa, cabizbajo, a la cocina; Jimena lanza una mirada de censura a Pedro, e intenta seguir a Wilson, pero el escritor dice:

―Tampoco creo que sean zombies, ¿sabés?―Pedro se levanta y va hasta la ventana, pero no para mirar la calle, sino para observar las gotas de lluvia deslizarse por el vidrio―Y, sin embargo, me parece una excelente oportunidad para ser analizada desde el punto de vista literario…

Jimena se siente en extremo incómoda ante el comportamiento insensible, casi irracional, de su interlocutor. (Si estuviera Soraya, le diría que fuera precavida, pues bien podría tratarse de los síntomas elementales previos a cualquier brote psicótico, pero nuestra psicóloga —si aún está con vida— no está en este edificio… por lo que Jimena debe contentarse con lo que le dicta su intuición.)

―¿Te gusta leer, Jimena?

―Sí.―en realidad, la pobre camarera no ha tocado un libro en años, pero no está dispuesta a arriesgarse, en lo más mínimo, a provocar descontento en su inestable acompañante.

―Muchas veces juego a que estoy adentro de un libro…―comienza Pedro, que se sienta otra vez en el sillón e invita, con un movimiento de la mano, a Jimena a hacer lo mismo― y trato de imaginar qué ocurriría a continuación si yo estuviera escribiendo la historia… Analizo mi vida y las vidas de los demás bajo estos parámetros, y a veces resulta que no son tan distintas a las de los personajes de las novelas, ¿no te parece?

―Nunca había pensado en eso…

―Pero también, muchas otras veces, en mi cabeza, ocurre el movimiento opuesto―mientras Pedro dice esto, se toma repetidamente el mentón, con el pulgar y el índice, como peinándose la barba, por lo demás, inexistente.― y al leer libros, o mirar películas, me pregunto el porqué de los caprichos de los directores… por qué hacen que muera tal o cuál personaje, o por qué hacen que tal o cual bando sea el de los buenos, o tal otro, el de los malos de la película, por así decirlo…

Jimena permanece en silencio, escuchando un poco atenta, un poco aprensiva.

―Y entonces, Brenda, se me ocurren cosas muy interesantes, tanto en uno como en otro universo… [esa no es Brenda] ―…ejem, Jimena, quiero decir; por ejemplo, cuando vemos una película en que los buenos son los humanos y los malos, unos extraterrestres sin corazón, todo marcha sobre ruedas, pero, ¿qué, cuando vemos una película donde nosotros somos los malos? Por ejemplo, esta de los monos humanoides azules, en la que los malos somos nosotros, que llegamos a su planeta para explotar no sé qué mineral…

―¿Avatar?―quiere cooperar la chica, no sin advertir que, por segunda vez, Pedro ha confundido su nombre por el de «esa tal Brenda»…

―Sí, ésa, fijate, los humanos somos los malos, pero los buenos también tienen forma humana, así que, en realidad, se podría decir que, inconscientemente, igual nos identificamos con los buenos, en cierta forma. No es arriesgado pintarnos “malos”, si al mismo tiempo humanizamos a los buenos. Lo que sí sería arriesgado, por ejemplo, sería hacer películas, hoy por hoy, sobre safaris, idealizándolos, idealizando la caza mayor: ¿te preguntás por qué? [¿Como pasa en los libros de Verne, tal vez?] ―¡Exacto!: Como pasa en sus libros, por qué hoy eso está mal visto. …Jamás alguien se pondría, hoy en día [A qué querés llegar con esto, mi querido Pedro, estás mareando a la pobre criatura que tenés enfrente] ―¿Qué a qué quiero llegar? No sé, algo tenía que ver con los malos, y los buenos, ..y la vida real. [¿Con los malos que están afuera, matando gente?] ―Sí, con esos… o, no, hablaba de los malos de las películas, que en ellas es muy fácil identificar quién es quién, pero que en la vida real era muy difícil, porque cada cuál es muchos a la vez. Cada quien, es malo en algunos ámbitos y bueno en otros, cada quién traiciona y protege, cada quien puede ser un padre ejemplar y torturar gente al mismo tiempo…

Jimena debe conformarse con oír la mitad del diálogo, por lo que cada vez entiende menos de lo que habla el escritor. Palpa el bolsillo de su pantalón, para cerciorarse de que el cuchillo sigue allí.

―Zombies.―Pedro continúa:― Volvamos: Zombies. Con estos tipos que enloquecen (de los cuales yo mandé a dos o tres a otro mundo), es fácil: uno sabe que son malos, porque lo quieren matar a uno, pero… ¿qué es lo que son?

―…

―Malos, sí, ya sé, pero, ¿por qué matan? No lo sabemos. Es bueno preguntárnoslo. [Es bueno aprender] Es bueno aprender, exactamente. Por eso tenemos que preguntarnos por qué matan estas personas.

Jimena piensa que mejor sería nunca tener que averiguar por qué matan, sino, más bien, mantenerse fuera de su camino. Pero no lo dice.

Pedro reflexiona un momento, y luego continúa con su discurso irrefrenable.

―Te podrá parecer ilógico que me pregunte acerca de algo tan poco importante ante semejante gravedad de los hechos, pero para mí no hay nada más importante que el saber, ¡ni siquiera comer! […Ni siquiera coger] ―Es cierto, ni siquiera eso. Pues bien. Esto es así porque soy escritor, y mi alimento es la curiosidad.

―¿Aún cuando está en riesgo tu vida?―osa preguntar la mesera.

―¡Con más razón!, mucho, muchísimo más cuando está en riesgo mi vida: ¡pues es entonces cuando la respuesta se vuelve más trascendente! [Sos un charlatán] ―¿Yo?, de ninguna manera. Ningún charlatán. Y te diré por qué… [¿A ver?] ―…porque si averiguo a ciencia cierta qué es lo que los hace matar, a estos locos desquiciados, entonces, podríamos, eventualmente, evitar que lo hicieran, evitar que maten…

Pedro está sentado en el sofá, frente a Jimena. A sus espaldas, Wilson, recostado contra la puerta, escuchando atento lo que dice Pedro. Ya ha terminado de preparar el café pero no le ha dicho nada al escritor para no interrumpirlo, igual de temeroso que Jimena.

―…Y para demostrarte que no soy ningún charlatán, compartiré los resultados de mis elucubraciones contigo.

Jimena no sabe el significado de muchas de las palabras que utiliza el escritor (“elucubraciones” es una de ellas), pero calla y escucha con atención lo que éste tiene para decirle.

* * *

Mientras Ernesto pone a prueba su acérrimo carácter, así como su fuerza y su resistencia, ante el embate incesante de los dos nuevos que luchan contra él en la caja de la camioneta, Julia se aleja conduciendo unos centenares de metros hasta que ve que no hay más nuevos —aparte de los dos que traen consigo— en los alrededores. Clava los frenos y baja de la cabina, seguida de Soraya y de Bakunin: los tres se lanzan contra el nuevo que tienen más cerca, para aliviar a Ernesto, quien ahora tiene sólo un oponente. Dentro de la camionetita, una cada vez más despierta Marga, no duda «si salir o no» a ayudar a sus compañeros, sino que la cuestión es otra: sus miembros no le responden del todo, aunque su cerebro sí lo haga… Soraya y Julia, agarran cada una de un brazo al desquiciado que les toca, mientras Bakunin hace lo propio con uno de los pies del nuevo, pero se trata de un hombre de contextura grande, que las domina con facilidad. Soraya trata de controlar el brazo que le toca pero todos sus esfuerzos son infructuosos y el mismo se le suelta. Con el brazo libre, el nuevo-hombre toma a Julia brutalmente del cabello y la sacude de un lado a otro como si fuera un fuelle, golpeándola repetidamente contra el costado de la camioneta; Soraya rasguña la cara del nuevo, le hunde varias veces los dedos en sus ojos en varias oportunidades, pero el nuevo no afloja sino hasta que Julia cae al suelo por los golpes de su cabeza contra la camioneta. Ya con ambos brazos libres, el nuevo agarra una mano de la psicóloga y se la lleva a la boca, mordiéndosela con furia, ante el grito desesperado de Soraya que trata de apartar la cara del demonio con su otra mano.

A mitad de camino entre la consciencia y el desmayo, Marga no lo soporta más: incluso la escasa ayuda que en su deplorable estado pueda brindar a sus amigas, será mejor que ninguna en absoluto; sale de la camioneta para ir a defender a sus amigas, pero se le ocurre una idea: vuelve al interior de la camioneta, saca de un tirón el apoya-cabeza de uno de los asientos, con la mayor rapidez que le dan sus inseguros pasos se acerca al que está mordiendo a Soraya y, agarrando el apoya-cabeza por la parte acolchada —de manera de dejar libres los dos caños que regulan la altura del mismo—, le lanza un golpe con los tubos de punta, con tal suerte que uno de los dos hierros se le clava en el oído al endemoniado ex-hombre, haciéndolo trastabillar. El nuevo cae al suelo tras perder el equilibrio, pero cuando se está por levantar, Ernesto salta sobre él desde la caja de la camioneta y le da puñetazos en la cabeza hasta que el energúmeno no se mueve más. Incluso varios segundos después de que éste ha dejado de moverse, el rugbier sigue golpeando la sanguinolenta cara inexpresiva del segundo atacante. Es necesario que Julia lo aparte interponiéndose entre Ernesto y el nuevo, para que el rugbier se dé cuenta de que ya no son más necesarios sus golpes.

―¡Basta! ¡Basta…―le grita la pelirroja, su cabello, más carmesí que nunca por la sangre de la joven― …hay que ir por Adolfo!

El rugbier reacciona.

―¡Vamos! ¡Vamos!

Julia desprende a Bakunin del zapato del muerto —pues el fiero cachorro aún seguía mordiéndolo—, y se sube a la camionetita de bolsillo con el temerario y diminuto schnauzer standard en brazos.

* * *

Pedro se dispone a contarle su hipótesis a Jimena.

Wilson, interesado por lo que el curioso escritor tiene para decirles, se acerca desde atrás con intención de tomar parte en la escucha, pero, para su sorpresa, el orador voltea hacia él con cara de quien está siendo emboscado:

―¡Cuidado, Brenda… nos atacan!―Grita Pedro a Jimena, al mismo tiempo que se le arroja a Wilson al cuello. El pobre adolescente intenta sacarse al esquizofrénico escritor por las buenas, pero al ver que éste no cesa en su empeño, busca quitárselo a como dé lugar: golpes, empujones, lo que sea, sin embargo, aunque Pedro no se ha convertido en un nuevo, es alto y corpulento, y el chico no logra zafarse de él. Jimena se arroja sobre el hermano de Marcos y empieza a jalar de él a los gritos justo en el instante en que éste mueve el brazo hacia atrás para tomar impulso y golpear Wilson —devenido en “imaginario nuevo” para Pedro— y golpea con el codo a Jimena, sin quererlo, justo en la boca del estómago, dejándola sin aire. La chica cae al suelo hecha un bollo.

En posición fetal por el dolor, Jimena observa la desesperante situación, aunque sin poder hacer nada: Pedro está sentado sobre el abdomen del chico, ahorcándolo y éste se sacude para todos lados sin podérselo sacar de encima:―¡Muere, abominación infernal, muere!―, le grita Pedro, al tiempo que le quita el poco aire que le queda al desahuciado… A centímetros de la escena, Jimena lo ve todo: la impotencia le abre los ojos como bocas que gritan —a pesar de que ella quiere cerrarlos con todas sus fuerzas, para no mirar, para no saber—, mientras ella se agarra el estómago sin poder respirar, por causa del codazo accidental del cuarentón alucinado.

Al cabo de unos segundos, Wilson yace inerte.

Pedro se incorpora con el talante de un héroe. Mira hacia donde se encuentra la chica, en busca de las felicitaciones pertinentes, pero la cara de ésta tiene una mezcla de horror y de roca: la inverosimilitud de los acontecimientos han dejado pasmada —y muda— a Jimena. Pedro se lo reprocha:

―¡Te salvo la vida y ni me lo agradecés!

* * *

Los trescientos metros que separan a Julia y a Ernesto de su abuelo, son eternos. Durante ellos, cada uno de los ocupantes de la camioneta vive mil contextos de arribos diferentes e imagina otros tantos finales, los hay que incluyen la salvación de todos los que quedaron en la casa, así como la muerte de todos ellos, pero también están los que comportan la propia defunción. De hecho, casi todos los finales que imaginan los viajeros incluyen la muerte de sí mismos, la diferencia está en la forma: cada una, más violenta y terrible que la anterior.

Por tener el existencialismo adosado a su ser como si fuera otro órgano, Julia va un poco más allá que los demás: se cuestiona acerca de lo inútil de los proyectos personales o colectivos, así como de los esfuerzos por conseguirlos, cuando en realidad nada tiene sentido y todos moriremos al final… Ya no siente la tibieza de la sangre que le baja por los contornos de la cara, ni el dolor que le provocan las heridas de las que aquélla emana. Su mente no está para nimiedades.

El único que tiene la atención ciento por ciento en el camino, preparado para la siguiente confrontación —con la mente en blanco, como la de un auténtico samurái—, es el cachorrito de la pelirroja, que no quita los ojos del camino, como si fuera él quien conduciese el vehículo.

Cuando llegan al claro junto a la casa de François, inexpresable es el alivio que sienten al descubrir al anciano sentado en el suelo, en medio de decenas de cuerpos que dos perrazos dantescos se encargan de ultimar.

Marcelo está parado junto al viejo, con la pistola en una mano y la otra en el hombro del apesadumbrado, tremendamente exhausto y muy lastimado —pero aún vivo— aikidoka.

“Los Nuevos” – Novela de zombies por partes. (32/35)

Ernesto y Pedro…

[¡Nooooo, mirá el volcazo que se dieron!] se emociona Ernestotambién, a través de los ojos del rugbier, […ahora, ya no les van a poder contestar nada…] «No seas desgraciado», lo reprende Ernesto, pero luego piensa: «Espero que él se equivoque.»

Julia y Adolfo se limitan a inclinarse hacia adelante como si pudieran conseguir un mejor ángulo visual y observar la escena con preocupación.

De todas maneras, sucede muy rápido: la combi del canal da un par de vuelcos y queda inmóvil sobre uno de sus costados, mitad en la carretera, y mitad sobre la banquina, bajo la lluvia torrencial. Escasos segundos después, la camionetita del vecino del aikidoka llega al lugar del accidente y la pelirroja se baja corriendo de ella antes de que se detenga del todo, Adolfo la sigue, con la velocidad de un septuagenario común y corriente. Por último, Ernesto apaga el motor de la camioneta, y sale corriendo detrás de ambos. Bakunin permanece en el vehículo, sin entender nada.

Por fortuna, el vehículo de Canal 11 tiene un portón trasero amplio que facilita el rescate de las mujeres. Los dos hombres que venían con ellas, ya están saliendo a través del hueco del roto parabrisas, por sus propios medios. Adolfo los ayuda extendiéndoles su mano. Su nieto y Julia entran por la parte de atrás:

―¡Marga!―grita Julia, angustiada, al ver cumplido su temor: la periodista iba en la camioneta.

[¿De dónde se conocían estas dos?], le pregunta Ernestotambién a Ernesto, pero éste no le hace caso y enseguida se dispone a prestarle ayuda a la otra mujer, que está sentada contra uno de los costados de la camioneta, y también ha sufrido algunos cortes.

―¿Estás bien?―le pregunta el rugbier a quien responderá más tarde al nombre de Soraya, alzando un poco la voz para ser escuchado entre el crepitar de la lluvia sobre la chapa del vehículo.

Soraya contesta asintiendo con la cabeza, sin hablar. Sin decir nada también, le apoya una mano en el hombro a su rescatador y le señala a la otra mujer con un ademán de la cabeza, dándole a entender que su amiga necesita más atención que ella.

En efecto, Marga no da señales de vida y tiene un gran corte que le atraviesa la mitad de la frente. Julia le pone las manos en el pecho y siente la respiración.

―Está viva.―dice, y todos se tranquilizan. Apenas.

En la parte de adelante de la camioneta, ya erguidos sobre la ruta que sale de Santafé, se encuentran Marcelo y François, doloridos, pero casi sin un rasguño.

Adolfo ve la camisa ensangrentada de Marcelo, y le pregunta:

―¿Esa sangre es suya?

―No pregunte lo que no le importa, abuelo.―contesta El Pala, con sequedad.

Adolfo entiende y se queda callado. Pero no se aleja de ellos.

François recuerda la amenaza de la que venían escapando y mira en todas direcciones en busca de algún nuevo. Nada, por suerte, …aunque mucha visibilidad no hay, por causa del aguacero y la oscuridad en ciernes…

―¡No se queden ahí parados!―esta es Julia, dirigiéndose a ellos con nerviosismo.

Los criminales se miran entre sí: no se deciden todavía. ¿Ayudar, o robarse la camioneta de los recién llegados?

El astuto viejo —aunque ni tan viejo, ni tan astuto, como lo era Jorge Luis—, ya se ha dado cuenta de que estos dos personajes no son periodistas de ningún tipo y también ha percibido las miradas de soslayo que los dos le dedicaron a la camioneta en que él había arribado. No está dispuesto a dejarlos solos ni un instante. Entonces, como haciendo una minimizada reverencia oriental, inclina apenas la cabeza y les enseña el camino hacia la parte de atrás de la combi, en donde están los demás, como invitándolos a ir a ellos primeros.

Luego de un imperceptible instante de duda, François se encamina hacia donde le indica el abuelo de Ernesto. No es que al francés le preocupe mancharse las manos con la sangre de un anciano metido: el fiero delincuente admira secretamente a Marga y ha decidido prestarle una última ayuda antes de marcharse. Detrás de él, camina Marcelo y cerrando filas, Adolfo.

* * *

También bajo la lluvia, pero algunas horas después de lo sucedido, Pedro despierta, sacudido por la camarera de El Café. Se incorpora para no seguir tragando agua. El chico le dice:

―No’ salvaste la vida, vieja…

Pedro lo mira despectivamente al escuchar ese modismo popular.

―Él tiene razón. Si no fuera por vos y tu pistola, ya estaríamos todos muertos.

―No fue nada.―se desentiende el escritor, al tiempo que se levanta del suelo con un quejido.

―No, vieja, vo’ no’ salvaste… Te debemo’ la vida.

«Pobre loco», piensa el cínico escritor, «como todo desplazado, lo único que tiene para ofrendar es su propia persona. Alguien con dinero, me tiraría un par de billetes, y ¡saldada la deuda!, pero éste, el único bien de cambio del que dispone es su propia fidelidad»

―No es nada, hombre, ya te lo he dicho.―dice Pedro, no sin sentirse lejano de su interlocutor, incluso desde el lenguaje. Entonces, mira a Jimena, y sospecha que ella no se siente tan en deuda con él, por lo que su situación económica, casi con seguridad, es menos urgente que la del muchacho. O, tal vez, el grado de agradecimiento sea el mismo, pero la moneda de cambio sea distinta. «Por eso entre las clases bajas está tan valorada la lealtad, y los grupos humanos poseen más adherencia, más cohesión; mientras que en las clases altas, la fidelidad se ha tergiversado en frivolidad… y las personas cambian de bando como de ropa interior: en negocios, amores y cualquier otro tipo de intereses, las alianzas se miden en pesos…» Mientras piensa todo esto, Pedro no deja de mirar en derredor —calles, puertas, ventanas—, atento a cualquier señal de amenaza.

* * *

Con sumo cuidado, entre los cuatro hombres han llevado a Marga al asiento trasero de la camioneta sana —una de esas pick-ups doble cabina, pero no de las gigantes que usan los agricultores en sus campos, sino de esas de ciudad, diminutas, casi de bolsillo. Julia se ha quedado con Soraya, en la camioneta volcada, al reparo de la lluvia, mientras ésta se recupera.

La periodista sigue inconsciente, ha perdido mucha sangre pero Adolfo cree que sobrevivirá. Bakunin intenta oler a la chica pero el abuelo lo aparta con delicadeza y se sube al asiento del acompañante, en principio, para no dejar sola a la convaleciente, pero también, porque no quiere descuidar el vehículo ni por un segundo.

Cada vez que puede, François mira a Marga de soslayo, como haciéndose el distraído. En algún recóndito rincón de su ser, siente por ella algo que podría comparase a lo que los comunes mortales llaman preocupación, pero su parte consciente no les da cabida a las emociones flojas. Por eso no permite que nadie perciba esto que late dentro de sí.

Ernesto pregunta a Marcelo si éste se encuentra bien, en alusión a la sangre en su ropa, que ya se ha lavado casi del todo gracias a la lluvia. Tal vez porque no quiere problemas, o tal vez porque quien se lo pregunta le lleva una cabeza y es el doble de corpulento, Marcelo contesta de forma muy diferente a como lo hizo con el viejo:

―Un compañero.

―¿También periodista?―pregunta, ingenuo, Ernesto.

―…

―¿Son periodistas, ustedes?

―No.

[¿Qué le pasa a este tipo? ¿Se hace el malo?], «…dejalo, deben ser los nervios…», [lo que digas, pero que no se nos haga el vivo, ni fuerce las cosas: demasiado que los hemos ayudado, y ni gracias nos dieron, como para que, encima, vengan a hacerse los rudos…], Ernesto sabe que su alter ego tiene bastante razón con lo que dice. Pero elige la calma.

Marcelo y Ernesto cruzan, sin embargo, una fugaz mirada que no encierra más que advertencias, de los dos lados. Y enseguida voltean hacia otro sitio.

El viejo es el que habla, desde el asiento del acompañante, a los dos criminales que están parados en la ruta, al lado de su nieto:

―¿Se han topado con los extraños?

François asiente.

Dando por sentado que pertenecen a dos grupos diferentes de personas, los hombres por un lado, y las dos mujeres, por el otro, Adolfo pregunta:―¿Y las mujeres? ¿Vienen con ustedes?

―Sí.―contesta François.

―No.―Soraya aparece por detrás de la camioneta volcada, y corrige al francés mientras camina hacia él con determinación: pocas cosas peores de las que ha vivido, pueden sucederle. Julia camina detrás de ella. Ambas, iluminadas por los faros de la camioneta en donde han ubicado a Marga.

* * *

Pedro, Jimena y Wilson —así es como se llama el alma agradecida que Pedro ha rescatado de la muerte—, van subiendo las escaleras hasta el departamento del escritor. Éste lo ha propuesto, para descansar un poco, en un lugar conocido que no haya sido invadido por nuevos (pues él había cerrado con llave antes de irse, según recuerda).

En una de las puertas que están cerradas, se escuchan golpes. Como si alguien quisiera salir pero no supiera accionar el mecanismo del picaporte. —Un nuevo—murmura Pedro y continúa caminando. Los dos chicos lo siguen sumisos, sin siquiera poner en duda mentalmente la aseveración de su salvador.

Jimena está al borde de los nervios. El chico tiene la mente en blanco. Pedro los observa.

«Menudo par me ha tocado: una histérica en potencia y este cero a la izquierda, que seguramente estaba re-drogado y el ataque lo despabiló, pero todavía no ha vuelto del todo de su “viajecito”…», enseguida, recuerda él su propio viaje: la alucinación que tuvo cuando confundió a la moza con su Brenda. Esto lo preocupa; últimamente, cada vez más a menudo tenía esas disfunciones psíquicas que insertaban creaciones mentales dentro del universo cotidiano. Justo a él, que tanto se había reído en las conversaciones del grupo respecto de unos documentales místico-cuánticos que Brenda… («…Marga, …quiero decir, Marga») les había recomendado ver a sus amigos: en ellos, unos enfáticos y convencidos oradores contaban, a quien quisiera oírlos, que todos podríamos crear nuestro propio universo a partir de nuestros pensamientos, y que sólo bastaba con pensar en algo, para que ello se volviera realidad… «¡Bobadas new age!», sonríe Pedro mientras continúa ascendiendo hasta su departamento.

―Hermano de Marcos…

―¿Qué?―contesta Pedro sin mirar, y sin dejar de subir.

―Nunca nos dijiste tu nombre…

―Pedro.

Caminan unos pasos más, y Jimena, temerosa, completa:

―Gracias…

* * *

―La otra mujer viene conmigo. Ellos son dos maleantes que habían tomado a su esposo de rehén para meterse en su casa. Nos han atacado a todos y sólo nosotros cuatro hemos sobrevivido.

Cuando escucha esto, Adolfo se baja de la camioneta, con algo de orgullo al ver corroborada su percepción. Ernesto, sin embargo, se madruga de todo conforme la mujer habla, y se pone tenso, en guardia.

―Es cierto―responde Marcelo, y recuerda cuando le dijo algo parecido al loco del machete:―, …pero ahora estamos todos en esto. No queremos complicar más las cosas, pero tampoco queremos que nos molesten con preguntas.

―Podemos ir hasta un lugar más protegido y después ustedes se van para un lado y nosotros para otro lado.―dice el francés.

―Yo opino que crucemos el túnel interprovincial y busquemos ayuda del otro lado.―dice Ernesto.

―Estoy de acuerdo con Ernesto―apoya la moción, Julia.

―Pero yo tengo que ir a mi lugar.―dice el francés, advirtiendo que ello implicaría poner un conflicto sobre la mesa.

―Pues vayan caminando. La camioneta es nuestra.―le dice Ernesto, asumiendo una postura de comisario o algo así, ahora que sabe que los otros son forajidos de la ley.

―Esperá, Titus; paciencia…―el abuelo le apoya una mano en el brazo a su nieto, mientras tranquiliza simultáneamente al francés:― si tu casa nos queda de paso, los podemos llevar… no nos importaría. Tu amigo tiene razón.

―Tiene armas en la casa.―advierte Soraya.

Julia y Ernesto miran a Adolfo algo alarmados.

―Si ustedes nos llevan, les podemos dar unos revólveres… para que se defiendan.

―¿Y cómo sabemos que podemos confiar en ustedes?―pregunta con curiosidad y sin malicia, el viejo.

―No lo saben.―Dice François.

Ernesto se da cuenta de que con las habilidades del abuelo, y su propia fuerza, seguramente podrían imponerse a los dos sujetos en una lucha a mano limpia, «pero con armas, eso ya es otro cantar…», y no le gusta para nada que su abuelo siquiera contemple la idea de llevar a los dos maleantes con ellos.

―Abuelo…

―Escuchá, Titus, dejarlos a ellos acá, sería como matarlos, si llegaran a ser atacados…, por otra parte, a nosotros no nos cuesta nada llevarlos.―después, mira a Marcelo y a François, y les dice:― Espero que entiendan eso.

Soraya no dice nada, pero sabe que cuando se separen, ella y su amiga van a continuar viaje con el apacible viejito. Y esto la alivia de una manera que no puede expresar.

―Sea como sea, decídanse rápido, porque no podemos permanecer ni un minuto más en este lugar.―ordena la pelirroja, quien ha hecho un gran esfuerzo por volver a ser la expeditiva Julia de siempre.

Instantes después, la pick-up de bolsillo reinicia su colorida marcha, llevando consigo una bibliotecaria, un aikidoka, un rugbier, una psicóloga, una periodista inconsciente y dos asesinos a sueldo:

En la caja, mojándose, van Julia, Ernesto y Marcelo. En el asiento de atrás, Soraya susurra palabras de aliento a Marga —que está recostada en su falda—, mientras le acaricia la cabeza. Adolfo, en el asiento del acompañante, sujeta con una mano su jo y con la otra, a Bakunin; François al volante, conduce atento al camino y se encuentra, como todos, sumergido en sus propios pensamientos.

“Los Nuevos” – Novela de zombies por partes. (30/35)

Julia…

La pelirroja observa a Ernesto con detenimiento, en un intento de dilucidar lo que él está pensando en este momento. El abuelo de él está sentado, en silencio.

«Bueno, los tres estamos en silencio, cada uno en su mundo, a solas con sus ideas, con sus inseguridades, pero sobre todo, a solas con sus miedos.»

Julia sabe que el rugbier se ve en la obligación de velar por la seguridad del grupo, pues es “el hombre de la casa”…

«Seguramente, para Ernesto, los mayores de setenta años no pertenezcan más a la categoría “hombres de la casa”, ni aún siendo expertos en artes marciales…», piensa Julia, por lo que trata de hacerle saber que para nada es así, asumiendo una postura pragmática y dando algo así como órdenes:

―Perfecto; pero antes de irnos, prendamos la televisión, para ver qué se cuenta. Adolfo, poné la radio, ¿querés? ―dice Julia, mientras se acerca a la ventana y descorre la cortina para mirar hacia la calle.―No se ve nada desde acá arriba.

Ni la radio, ni la T.V. muestran demasiado acerca de los nuevos: sólo una cinta casera que no dice nada que los tres no sepan. Los canales de cable continúan, impasibles, con su programación. Y en la radio, las emisoras de noticias han enmudecido, mientras que las musicales, siguen como si nada sucediera.

―Supongo que están en lo cierto, sólo nos queda bajar y arriesgarnos; …visto y considerando que nadie nos va a venir a rescatar.―comenta Adolfo, casi como despertando de una larga siesta, al tiempo que vuelve a silenciar la radio con el botón de apagado.

―Si esto se ha extendido a toda la ciudad, demasiado trabajo deben tener rescatándose a sí mismos―procura bromear la pelirroja.

Bakunin la mira a los ojos mientras ella habla y sacude su cuerpecito como si estuviera mojado, para manifestar su incomodidad, como si entendiera lo que su dueña acaba de decir.

A continuación, Ernesto se comporta como lo haría cualquier joven de su edad y su temperamento: se va a recorrer el departamento para juntar todo lo que podrían llegar a utilizar en su travesía hacia no saben dónde: linternas, sogas, bebidas, cuchillos…, en definitiva, un obediente niño explorador…

―¿Y todas esas cosas?―pregunta la joven, con extrañamiento―¿a dónde nos pensás llevar?

―Hay que estar prevenido.

Al ver a su nieto llenar la mesa del comedor con todas esas cosas, Adolfo recuerda cuando hacían esos preparativos antes de ir a pasar un fin de semana a las islas del delta, muchos años atrás. Travesía que consistía, básicamente, en dejarse picar por mosquitos del tamaño de gorriones hasta quedar como coladores humanos, y en comer “puré” de arroz, hervido en agua de río, durante tres días. Eran los peores pescadores de la región: “¡Nunca un dorado a la parrilla!”. Eso sí, “condimentaban” el arroz con alguna mojarra flaca o un triste quitasueño distraído… Al cabo del fin de semana largo, volvían a casa con portentosos surubíes o brillantes dorados —esta vez sí, pero nunca producto de las artes pesqueras del relajado grupo de aventureros, sino secretamente comprados a los experimentados isleños—, los cuales alimentaban, tanto los agradecidos paladares de quienes se habían quedado en la ciudad, como el prestigio de eximios pescadores de los viajeros.

―¿Y en qué vamos a irnos, si se puede saber?―esta es Julia, quien, aunque se mantiene en una posición escéptica, va a la cocina para ver qué más podrían necesitar.

Ante esta observación, Adolfo recuerda que se dejó atada la bicicleta en El Café. Pensamiento que trae a su amigo, nuevamente, a su cabeza. El viejo baja la mirada y la cabeza, con tristeza…

Julia se da cuenta del detalle, y trata de levantarle el ánimo:

―Y vos, sinvergüenza, ¿dónde aprendiste todo eso?―pregunta, mientras imita los movimientos previos de Adolfo, caricaturizándolos, pero sin burlarse de ellos―…viendo películas de acción seguro que no…

―Mi abuelo fue 4º Dan de aikido hace varios años.

La chica se los queda mirando como si le hubieran hablado en japonés…

―Aikido, un arte marcial oriental. 4º Dan es nivel de profesor o algo así, un rango muy alto.―completa el nieto de Adolfo, al ver que el abuelo no dice nada.

―Eso fue hace mucho tiempo, es cierto. Jamás pensé que recordaría demasiado, llegado el caso…

―Bueno, ha “llegado el caso”, ¡y me alegro que te hayas desenvuelto más que satisfactoriamente, Adolfo!―Julia hace una pausa, y vuelve a preguntar, esta vez con el ceño fruncido:― ¿Qué se supone que eran esas cosas?

―Seres humanos enfermos…

―No lo sé, sólo sé que debemos irnos de acá. Un departamento no es un buen lugar para recibir visitas de ese tipo.―dice Ernesto.

―Pero nuestra niña tiene razón, Titus: ¿en qué vamos a irnos?, no podemos salir caminando así como así por la calle…

―Pediremos prestado algún auto a alguien que ya no lo necesite…―responde Ernesto, al tiempo que señala con la mirada a uno de los caídos: un vecino de Adolfo que se había convertido y que ahora yace sin vida en el comedor del viejo.― Conozco su camioneta…―completa Ernesto. Mientras dice esto, se agacha y agarra un llavero que sobresale del bolsillo del pantalón de ex vecino, ex nuevo. Luego, se para y hace tintinear las llaves en su mano―¿Qué tal?

Armados —la chica con una cuchilla, el rugbier con su perchero de la suerte, y el aikidoka con el pasador de la cortina—, bajan en ascensor hasta el subsuelo, en donde se halla el estacionamiento del edificio. Los dos varones, hombro con hombro, de cara a la puerta; la chica, detrás de ellos, con la espalda contra el espejo del fondo del ascensor. En esta posición, Julia compara a sus acompañantes y no puede evitar sonreír ante la disparidad: uno es alto, joven, corpulento, pero se nota su nerviosismo en la forma en que aprieta el bronce del perchero devenido en arma blanca; mientras que el otro, canoso, más bien flaco y una cabeza más bajo que su nieto, sostiene, «…con una calma totalmente fuera de contexto…», el bastón de madera, apenas como para que no se le cayera de las manos: uno de los extremos del mismo, apoyado en el suelo, a escasos centímetros de su pie derecho, el otro, llegándole casi al hombro. Abuelo y nieto esperan a que las puertas del elevador se abran. Así acompañada, Julia advierte que no se siente temerosa: «no tanto, al menos, como lo estaba antes de descubrir las ocultas habilidades de Adolfo.»

El pitido previo a la apertura de las puertas, que hace el ascensor al llegar a destino, devuelve a Julia a la ansiedad. Y las puertas se abren…

«Nadie. Por suerte.»

Caminan unos pasos fuera del ascensor, pero la chica susurra:

―¡Esperen! El ascensor…

Mira a su alrededor como si buscara algo. Al costado de la puerta del aparato hay un tacho de pintura sin tapa. La chica lo empuja con el pie, hasta ocluir una de las puertas corredizas del elevador, para que el mecanismo de cierre automático no se activara.

―Ahora sí, vamos…

Sin separarse entre sí más que unos pocos pasos de distancia, buscan la camioneta del muerto, guiados por las características que les había dicho Ernesto. Una vez que la encuentran, vuelven conduciéndola hasta casi tocar las puertas del ascensor, se apean, y van a buscar las provisiones, …y a Bakunin.

Ya en la calle, camino a las afueras de la ciudad, los ojos de los dos jóvenes y del anciano se llenan de soledad al advertir que los pocos seres que ven, ya se han convertido. «De ciudadanos normales, ni noticias…» La angustia empieza a surtir efecto en las almas de los tres viajantes, pero esta vez ninguno de ellos parece tener ganas de hablar. Cada uno mira hacia afuera, pero conversa hacia adentro… La pelirroja quiere pensar algo constructivo, o distraer a sus acompañantes, pero el clima de opresión que entra por sus ojos, tanto por la humedad, como por el vacío, marchita sus intensiones… «Siempre he vivido como si, cada día, fuera mi último día sobre la faz de la tierra, pero esto es ridículo… Hasta Bakunin siente la agobiante negrura…», piensa Julia, y le da un escalofrío que le hace sacudir los hombros.

―Tengo frío.

―La ciudad da frío…―opina el viejo como si pudiera leer los pensamientos de Julia. Ernesto, por su parte, enciende el estéreo del vehículo, tal vez la música mejore un poco el ambiente: por los parlantes suena una canción étnica, de voces femeninas que se lamentan sobre algo, pero la cadencia del fraseo vuelve inentendible lo que dicen, «tal vez porque cantan en africano, si es que eso es un idioma», piensa Julia. Este pensamiento, al igual que la música, le recuerdan a la película de aquél guerrero de la que ella tanto se había enamorado cuando pequeña, «la escena donde muere, y aparece caminando por un campo de trigo, al encuentro con su mujer y su hijo, quienes habían fallecido antes». Julia vuelve a dirigir su mirada sobre las cuadras que van dejando atrás, y piensa en la gente que queda.

«Mis amigos… aunque, pensándolo bien, ¿qué amigos…?»

A decir verdad, Julia tiene pocas amistades, y una de ellas, acaso la más importante de los últimos tiempos, es Adolfo: él y Jorge Luis, hacían las veces de confidentes y cómplices, pues, como hemos dicho, la chica buscaba más su compañía que la de las personas de su edad.

«No es que lo prefiera, por pura rebeldía o excentricidad, sino porque, en realidad, no he encontrado amistades verdaderas desde que me vine a estudiar.»

Los amigos de Julia, hoy por hoy, son apenas compañeros de estudio o de salidas, más que hermanos por elección. Y a quienes Julia considera más amigos, son aquellos que arrastra desde su infancia, los que vivían en su misma cuadra, o los que compartieron lustros de correrías, diversión, riñas y desventuras.

«Mientras los “conocidos” de hoy van y vienen, como los días, las materias y los enamoramientos… mis amigos de la infancia permanecen adheridos a mi corazón como si nuestra amistad hubiera sufrido un proceso más emparentado con la petrificación que con el envejecimiento: solidificándose, volviéndose inalterable con el tiempo, a diferencia de las amistades “nuevas”, mucho más volátiles…»

En realidad, si estuviera Pedro aquí, le diría a Julia que ella, o no sabe, o no quiere saber, que todas las relaciones humanas son iguales: todas se reducen a la combinación proporcional entre tiempo invertido y afinidad. «¿Cómo que no me animé? ¡Si siempre lo supe!» Es que no es lo mismo “saberlo”, que “darse cuenta”, diría Pedro… «Dejá a Pedro en paz, y hablá por vos mismo: ¿A qué te referís?» Me refiero a que uno puede conocer cierta información, pero de allí a implementarla en la vida real, eso es otra cosa… «Pero, acaso eso, ¿no es una redundancia?» No lo es: muchas personas son tan avasalladas por la angustia, que terminan suicidándose, a esto nosotros lo sabemos porque es un hecho: existe la angustia y existen los suicidas; pero muy distinto es vivir en carne propia la desesperación, hasta tal punto de tratar de quitarse la propia vida. En caso de sobrevivir, muy poco probable es que podamos describir nuestros sentimientos en el momento de cometer tal intento de suicidio. Lo mismo pasa con los padres que pierden un hijo, o las parejas de ancianos que mueren de soledad escasas semanas después de perder a su compañero o compañera de toda la vida…

Julia voltea hacia donde se encuentra Adolfo, suspira, …y continúa el diálogo interior:

«Es verdad… creo entenderte, pero, ¿qué tiene que ver eso con las amistades?» Todos saben que las amistades deben cultivarse, pero no se dan cuenta de que, al fin y al cabo, es apenas una cuestión de tiempo. El ser humano es un animal de costumbres, por lo que poco interesa el grado de afinidad que se tenga con alguien: llegado el caso, sólo contará la cantidad de tiempo vivido a su lado. «No me parece del todo correcto: ¿qué hay de los matrimonios que se separan después de treinta o cuarenta años de permanecer juntos? ¿no es eso, acaso, otra forma de amistad?» Es la misma forma de amistad, las “amistades” no son más que otras maneras de llamar a las relaciones humanas, ¿de cuántos amigos de la infancia no te “divorciarías”, si te vieras obligada a compartir todos tus días? «Tal vez, de absolutamente todos ellos (y ellas)» Bueno, ahí tienes… aunque yo no creo que fuera tan así, en verdad: en las relaciones humanas, el tiempo compartido es lo que más incide, más que la afinidad, más que las diferencias. Como ejemplo, allí tienes las amistades laborales, las de estudios, las de vecindad en la infancia, los matrimonios: por eso, cuánto más tiempo dura un matrimonio, menos chances tiene de separarse, pero no porque sus miembros sean verdaderas “almas gemelas” «¡Puaj!» sino porque dichos integrantes se han convertido en organismos simbióticos, para bien y para mal. Todas las amistades son iguales, sólo que a las que produces de grande, no tienes el tiempo de cultivarlas que sí tuviste cuando eras una niña: ahora, tus responsabilidades son mayores, tus tiempos libres, más acotados, y… «¡Maldita rutina!» La rutina no tiene nada que ver con esto… «¿Ah, no?» No. Porque vos misma sos la causante de la separación, todos los amigos lo son: en tanto y en cuanto sus intereses son diferentes, cada uno elige un camino distinto, y al recorrerlo, cada uno de ustedes, se va alejando del otro, de forma activa, aunque no necesariamente consciente… Si tu mejor amiga de la infancia, aquella que dejaste en el pueblo, hubiera querido ser bibliotecaria, hubiera venido a estudiar con vos, se seguirían viendo todos los días y no se hubieran separado nunca: la rutina, en ese caso, jugaría a favor y no en contra… «Pero como nuestros intereses nos hicieron escoger caminos separados, en nuestro caso, la rutina jugó el papel de los caballos con que la vida desmembró a mi grupo de amigos de la infancia…» Pero eso fue circunstancial, la rutina es apenas un catalizador en el complejo proceso: en sí misma, no es positiva ni negativa.

Julia decide no pensar más en el tema. (Detesta perder.) Pregunta al conductor:

―¿Hacia adónde vamos?

―Vamos a donde viven mis viejos…

Ernesto está terminando la frase cuando otra camioneta los cruza a toda velocidad. Es el vehículo rotulado de Canal 11…

―El auto de la televisión…―murmura Adolfo, mientras señala el vehículo que acaba de superarlos; agrega:―¿por qué tanta prisa?

No termina de decir esto, que los tres ocupantes de la camionetita se dan vuelta para ver si, por alguna maldita casualidad, los nuevos aprendieron a manejar y los están persiguiendo a gran velocidad… pero no. Nada. Simple urgencia de los periodistas.

Julia vuelve a pensar en el encuentro de esa tarde y se pregunta si no sabrán algo de Marga sus colegas del canal.

―¿Y si los seguimos y le preguntamos qué saben de la epidemia?―les pregunta a Ernesto y a su abuelo, con la esperanza de que accedieran a alcanzar la apresurada combi.

―La chica tiene razón, Titus. Ellos deben estar más y mejor informados que nosotros.

―No se diga más, entonces.―contesta el rugbier y pisa el acelerador.

“Los Nuevos” – Novela de zombies por partes. (22/35)

Julia y Ernesto

Julia vuelve caminando bajo la lluvia desde la casa de Marga, eufórica. Su atención, dividida en tres cauces diferentes y competitivos: los cómicos pasitos de su nuevo compañero, Bakunin, siempre curioso, siempre atento a todo lo que acontece en este nuevo universo al que lo ha traído su salvadora; la sorprendente conversación que tuvo hace un rato con la periodista que más admira, tan larga, fortuita y, sobre todo, interesante, en la que Margarita no hizo más que superar las expectativas que Julia se había hecho de ella de tanto mirarla por televisión; y, por último, una canción («Críticas») de aquél uruguayo medio raro y medio colgado, que suena en sus auriculares, disputando protagonismo en su consciencia cada vez que viene un verso que la pelirroja ama, para cantarlo con ella.

Casi llegando a la puerta de su hogar, a Julia le parece oír entre la lluvia que alguien grita su nombre —con una voz que no alcanza a reconocer, pero que su mente relaciona con algo positivo—, pero ella hace caso omiso y continúa caminando unos pasos más, y cantando, y recordando, y mirando a su perrito. De nuevo suena otro “¡Julia!” en su cabeza, pronunciado con dificultad, dejándose oír clandestinamente a través de la voz de Fernando Cabrera y su guitarra, pero la joven, ocupada en tantas cosas, no presta atención hasta que el diminuto schnauzer se frena, gira sobre sus patitas y mira hacia atrás de su salvadora, adoptando una posición de juego y ladrando sus pequeños ladridos que Julia apenas escucha por el volumen de la música, pero como estaba mirando a Bakunin, le llama la atención su actitud y, sin sacarse los auriculares, Julia se voltea hacia donde mira el cachorro: Ernesto está asomado a la ventanilla de un taxi, haciéndole señas, con el rostro teñido de preocupación.

―¡Julia!

«¡Uy, qué pesado…!», piensa nuestra bibliotecaria amiga, …es cierto: en actitud algo contradictoria con sus propios sentimientos, pero no tiene idea de lo que está sucediendo en la ciudad en este momento.

«Si Adolfo le dio mi dirección, se las va a ver conmigo…», ―Hola, ¿Qué pasa?

Ernesto baja del taxi y le explica en pocas palabras lo mismo que les dijo a los viejos —sin mencionar, otra vez, lo de Mariana—, y que éstos quieren que Julia se les una, porque no la quieren ver sola en la calle con tanto loco suelto. La feminista le sale de adentro, y piensa: «¿con quién creen que están hablando? Pobres, viejitos, proyectan sus debilidades y limitaciones en los demás, pero es lógico: lo que ven poco, creen que todos ven poco como ellos, los ladrones, piensan que todos les van a robar a ellos, como ellos hacen con los demás… y, de la misma manera, todos creemos que somos los más sagaces habitantes sobre la faz de la Tierra porque no podemos leer los pensamientos de los otros, y entonces, sólo nos quedamos con los nuestros propios… que son los mejores que hemos oído, pero a fuerza de ser los únicos…». Nuestra Julia, siempre tan volada, ella, haría una muy buena pareja con Pedro, pero ninguno de los dos lo sabe.

―Decime, ¿y de dónde sacaste eso, vos?

―Yo, de…

―Y si fuera para tanto, ya me habría violado alguien, o robado unas monedas, al menos, ¿no te parece? …yo que anduve todo el día dando vueltas por ahí, sin enterarme de nada, ni ver nada raro.

―Bueno, mirá, hagamos algo: necesito que vengas conmigo para que los viejos te vean y no me maten. ¿Entendés? Si querés, tomás unos mates con nosotros, charlamos y vemos si podemos informarnos mejor, y si te parece que sobreactuamos, te volvés y listo.

Julia lo piensa un poco, y decide acceder, pero únicamente lo hace por sus dos amigos.

«Igual, huele a gato encerrado, pero de todas maneras, si es así, los tendré a la mano para recriminárselo. Además, más allá de todo, el chico parece preocupado en serio. Y esa preocupación no pega con su forma de ser.»

Da en el blanco la pelirroja, y deciden subir al taxi, pero antes de que pudieran hacerlo, el taxista les dice:

―Disculpá, pibe, pero perros, no. ¿Sabés?

Sin atinar a nada, Ernesto mira a Julia como interrogándola, y ésta le devuelve una mirada amenazadora, como pensando: «Ni sueñes que vamos a dejar a mi Bakunin. Va adonde yo vaya…». Mensaje que Ernesto interpreta a la perfección, de modo que le paga al taxista lo que había gastado hasta allí, y dice a Julia:

―De todas maneras, tendrías que cambiarte: estás empapada.

Ernesto corre a refugiarse bajo el toldo de un comercio, pero se asombra al ver que Julia y Bakunin siguen bajo el chaparrón como si nada, es más, se diría que los dos por igual, están más que contentos de andar bajo la lluvia. La pelirroja avanza unos pasos, y se da vuelta para decirle al muchacho:

―¿Qué? ¿También le tenés miedo al agua?―y ríe con una sonrisa que termina de enamorar del todo a un Ernesto que, aunque bastante estructurado («“normal”, en el mal sentido de la palabra, diría yo…»), todavía guarda en su interior un espacio para la novedad. Espacio que muchas veces nosotros clausuramos, para darle más lugar a la rutina, siempre ávida de conquistas mentales. Nuestra observadora Julia sabe todo esto. ¿Cómo es que lo sabe?, pues…

«…Comparando comportamientos, analizando conversaciones, atendiendo a cada mirada, gesto y ademán, de las personas con las que me relaciono… De la misma manera, sé, por ejemplo, que Ernesto está cayendo en picada en mis redes… porque, claro, no pensarás que no me doy cuenta de que todo lo que hacemos tiene destinatarios que están por fuera de nuestro propio cuerpo… algunos creen que es “llamar la atención”, pero yo prefiero llamarlo: “persecución indirecta de fines mediatos”.»

[Siempre tan rebuscada nuestra Julia, entreverando tantas palabras que, en realidad, no significan otra cosa que: “Sí, me gusta caminar bajo la lluvia, y sí, me gusta hacer cosas que los demás no suelen hacer, pero en este preciso instante, las hago para que el rugbier me conozca más rápido, y sepamos si nos llevaremos bien, o si somos incompatibles, sin tanta pérdida de tiempo.”]

«¿Cómo? ¿Dijiste algo?»

[No, nada]

―Vamos así nomás. Hace calor y no me quiero cambiar. El agua me refresca―dice Julia finalmente, al tiempo que se quita los auriculares del todo para protegerlos de la lluvia.

Empiezan a caminar hacia el departamento de Ernesto, con la idea de tomarse cualquier taxi o remís que aparezca en el camino, desestimada por completo.

Ernesto, seguimos, no se espanta, al contrario, a él le fascina la idea de ver la blusa mojada de Julia pegarse al cuerpo de la joven y resaltar sus curvas. Ella lo sabe. De hecho, consciente de la faceta animal de todos los hombres, Julia sólo perdona a Ernesto por su buena predisposición a salirse de la rutina en cuanto puede «…eso sí, a años luz de mí, que no sólo me salgo de la rutina, sino que la combato…»

Algo que la pelirroja no se da cuenta es que no todo es mérito de ella: En la aceptación instantánea de Ernesto de caminar juntos bajo la lluvia, incide el hecho de que la atracción por la chica ha desactivado la mayoría de los “filtros” del muchacho, mecanismos estos, que nos sirven para permanecer dentro de los límites de lo que la gente espera de nosotros, pero también, que velan por nuestra seguridad, nuestra cordura, pues tienen que ver con mantener la coherencia lineal del Yo-soy-esto. O, para decirlo de otra manera: Ernesto padece de enamoramiento, ergo, todo lo que haga Julia, estará bien… (y por eso, las discusiones en las parejas recientes, no empiezan sino hasta después de que ha culminado esta etapa de visión acrítica, en la que el Yo de uno, deja la puerta de par en par abierta al Yo del otro, para que pase y se sienta como en casa: se sirva, adueñe y hasta decore todo el interior a gusto e piacere por un rato —medianamente largo—, antes de echarlo a patadas…)

Otra cosa que Julia no sabe, es que posiblemente la fascinación que ha despertado en Ernesto se deba, en gran parte, al hecho de que su inconsciente —que en este caso no es Ernestotambién, sino algo más profundo e inexplicable—, lo haya arrojado a relacionarse con la pelirroja como mecanismo de defensa, para recomponerse, luego del abismo al que cayó por lo de Mariana: tanto en el rescate de Jorge y Adolfo, a partir de la oleada de crímenes, como en el enamoramiento de Julia, podemos ver excusas para no pensar en la muerte de Mariana.

Siguen caminando, conversando, mojándose, hablando de Bakunin, del abuelo de Ernesto y de su amigo. Por un momento olvidándose de los asesinatos y la maldad que reina en el mundo. Pero, finalmente, Ernesto no puede callar, necesita contención y ve en Julia a la represa ideal, de modo que le cuenta todo lo que pasó desde que se fue de la biblioteca ese mismo mediodía.

―No sé lo que es el mundo.―opina Julia, de regreso a la realidad, cuando Ernesto termina, por no ocurrírsele nada mejor que decir.

―¿A qué te referís?

―Pues a eso, a que en momentos como este, no sé lo que es el mundo.―Ernesto sigue caminando sin decir nada. Mirando sus zapatos al dar zancadas, o tal vez al perrito, que ahora parece un pollito mojado por acción del chaparrón sobre su pelaje. Julia, no sabiendo bien cómo continuar, agrega:―Tanta maldad. Tanta injusticia.

―Pues entonces yo tampoco sé lo que es el mundo.

―De todas maneras, me imagino que si sé que no sé lo que es el mundo, es porque sé que posiblemente el mundo no sea lo que posiblemente yo crea que es…

―Ya me mareaste.―atina a decir Ernesto, perplejo.

―Digamos, que desde algún lugar vos y yo decimos que no sabemos lo que es el mundo, y ese lugar, es nuestra propia concepción del mundo.―contesta Julia, en su salsa.

―No sé si el mundo es lo que yo creo que es. De acuerdo.―aporta Ernesto para zafar, y hace un ademán con los labios como para cambiar de tema…

―No, no me entendés, al decir eso, vos ya estás utilizando un concepto tuyo de la realidad, y que se desencadena con la palabra: mundo… de modo que sabés lo que es el mundo, aunque no sepas que lo hacés.

―¿Cómo puedo saber lo que es, y no saberlo, al mismo tiempo?

―Bueno, digamos que para vos, el mundo es algo que no tenés articulado de manera consciente, pero que sabés lo que es…, y entonces, acaso el mundo sea lo que vos pensás que es, y entonces, sí sabés lo que es, pero ¡no sabés que lo sabés! porque no lo sabés conscientemente, así que no sabés que sí sabés lo que es el mundo…

―No, mirá, a mí las palabras…

―Esperá, es fácil, dejame terminar: yo, por otra parte, digo que tampoco sé lo que es el mundo, pero lo decimos desde dos lugares diferentes: yo sí sé que sé lo que es el mundo, pero al mismo tiempo creo que estoy equivocada; a diferencia de vos, que no sabés si sabés o no sabés lo que es…

Por toda respuesta, el bueno de Ernesto menea suavemente la cabeza de un lado para otro, como implorando piedad a su impasible verdugo: Julia, quien continúa extasiada:―Mirá, no es tan complicado, vos sabés lo que es el mundo de una forma que te sirve para vos, pero que cuando no concuerda con lo que vos ves en el mundo, esa acepción tuya no te cierra, y entonces creés que estás equivocado, ¿ves?―Ernesto levanta la vista de pronto, y mira a Julia a los ojos― En cambio, yo sé que no sé lo que es el mundo, porque sé que tengo una acepción de la palabra mundo en mi cabeza y me la he articulado a mí misma, y el mundo que veo no es mi mundo…

―A ver si entendí: la diferencia es la consciencia, ¿no? Vos decís que sabés que no sabés porque sos consciente de que una cosa es el mundo y otra lo que vos pensás que es, mientras que yo no sé si sé lo que es, porque no soy consciente de estas dos formas de ver el mundo… mmm… puede ser…

Ahora, la fascinada es Julia. Ernesto no sólo no se había rendido ante la complejidad de su explicación —en la que Julia casi se confunde a sí misma, incluso siendo ella la autora de tal argumento…—, sino que además de entenderla casi a la perfección, la había plasmado de una forma mucho más simple que la propia Julia, sin perder profundidad. Lo que Julia nunca puede saber, es que en realidad, Ernestotambién le había apuntado la respuesta al rugbier, quien de otra forma, nunca hubiera avanzado más allá de la primera frase de Julia.

¡Ah!, …si pudieran dialogar directamente Julia y Ernestotambién… cuánto tendrían para decirse… pero bueno, eso no sucederá por ahora… o tal vez, nunca. Mucho menos, ahora que Ernestotambién ha caído —él, incluso, más que el propio Ernesto— en “las redes” de la pelirroja.

Bibliotecaria, schnauzer, rugbier y alter ego, continúan caminando hacia el departamento en donde se encuentran los viejos. A fin de cuentas, éste no queda tan lejos, y ya están llegando al mismo.

Julia no es del todo consciente de los peligros de andar por la calle a estas horas, ni aún bajo la lluvia, por no haber escuchado nada en los medios, ni visto nada en carne propia; Ernesto, en cambio, sí lo ha hecho, pero no tiene miedo por sí mismo, en todo caso, se preocupa por los demás, pero «abuelo» estaba con Jorge en el «depto.», mientras que Julia «ahora» se encuentra bajo algo así como su tutela, y ya no hay por qué temer.

Julia cae en la cuenta de que deben estar llegando al departamento donde los esperan Adolfo y Jorge Luis, «ojalá que con unos ricos mates calentitos, porque todo muy lindo, todo muy lindo, pero la lluvia empieza a calar mis huesos…», cuando nota que Ernesto mete su mano en uno de los bolsillos y saca un manojo de llaves. «…Tal vez el umbral de paciencia de cada persona pueda medirse según la distancia a la ésta que saca sus llaves cuando está llegando a su casa, sin importar la cultura a la que pertenezca, siempre y cuando haya puertas con llaves», es otra de las cavilaciones que hace Julia a medida que vive…, esta vez, interrumpida por los ladridos furiosos de Bakunin.

―¿Qué te pasa, lindo?

El cachorro ladra desquiciado hacia un hombre que se dirige por el medio de la calle, con mucha prisa, en dirección a la parejita. O eso les parece a los chicos al principio, ya que pronto se dan cuenta de que no es prisa lo que lleva el desconocido…

Bakunin es el primero que se entera del peligro que representa este nuevo-humano para ellos, y decide defender a su salvadora. Sin dejar de ladrar, se sacude la correa y con un tirón hacia atrás se zafa de ella; enseguida, corre hacia el nuevo: su sangre, su instinto, ya de pequeño le enseñan que no hay mejor defensa que el ataque. La expresión de Julia se deforma. La muchacha pega un grito, pero su cachorro no obedece. El nuevo nota la intención del descarado perrito y redirige su rabia hacia él. Le lanza una patada con todas sus fuerzas, justo en el instante en que Bakunin frena, pero sigue resbalando por la acera… —acaso la vereda mojada, la lluvia en los ojos del nuevo, o la velocidad que había desarrollado Bakunin en su carrera alocada y posterior derrape (o todos estos factores juntos), hacen que el nuevo erre la patada. La había propinado con tal fuerza, que él mismo resbala y cae de lleno contra la vereda, dándose un terrible golpe en la cabeza.

Para este entonces, Ernesto ya ha llegado al lugar e intenta auxiliar al accidentado, pero aquél ya se está incorporando —con lo que parece ausencia total de dolor— sin expresión alguna en su rostro y con la única intención de agredir a los otros: empieza por Ernesto. Julia ya ha llegado también y alza a Bakunin en sus brazos, quien sigue ladrando al desconocido y pidiéndole a Julia que lo suelte, que él le va a dar su merecido al nuevo-humano ése. Todo esto expresa el cachorro en su propio idioma, con una mezcla de ladrido/gruñido que suena a un puñado de cucharas raspando una olla vieja. La chica, por su parte, ve que esos dos hombres se están queriendo arrancar los sesos y recuerda cada vez que vio en T.V. lo histéricas que son las mujeres en circunstancias como ésta, cuando gritan y lloran porque otros se pelean, contemplando la situación sin hacer nada, «¡impotentes e inútiles como babosas resfriadas!: nada más exitoso para confirmar que son el sexo débil… ¡Ah, no! ¡Ningún “sexo débil”!», piensa, mientras suelta al perrito y ambos corren hacia el agresor, que es quien se está llevando la mejor parte en la trifulca pues lo tiene al grandote del rugbier contra el suelo, todo el tiempo golpeándolo, tratando de estrangularlo, impidiéndole levantarse. Aun así, Ernesto se las arregla para propinarle durísimos puñetazos y patadas, pero el nuevo vuelve cada vez, como si lo estuvieran acariciando… Bakunin le muerde el tobillo, pero el nuevo ni se da cuenta de ello. Recibe una trompada en la cara, una patada en el pecho y nada. Apenas esboza una mueca cuando Julia le da un puntapié en los testículos, que lo hace enderezarse para observar quién es este otro oponente. Ernesto aprovecha este blanco para ponerse detrás y sujetarlo con una palanca que aprendió quién sabe dónde: mete sus brazos por debajo de las axilas del nuevo y pasa sus manos por detrás de la nuca del sujeto. Aunque el nuevo no para de forcejear ni de moverse, intentando escapar, no puede hacerlo: el rugbier está acostumbrado a juegos de manos, y tiene con qué.

Julia aprovecha la oportunidad para mirar al nuevo a los ojos, y queda estupefacta.