“Los Nuevos” – Novela de zombies por partes. (26/35)

Pedro…

Exacto: “Contento”.
Pedro está contento a pesar de que casi pierde la vida a manos de un anormal, o, corrección, a manos de tres anormales. Esto es así porque Pedro no está del todo seguro de que lo que acaba de experimentar haya sucedido en verdad. La desconfianza se debe a que desde un tiempo a esta parte, el escritor ha experimentado ciertos “errores” en su realidad, que tienen que ver con imaginar cosas que no están allí —por ejemplo, que los demás no ven y él sí— o percibir miradas y comportamientos de los otros, que terminan por ser sólo maquinaciones internas de Pedro, como aquella vez que le contestó una pregunta a Marga, que ésta ni siquiera le había formulado.
Una sombra a su costado.
Pedro mira fugazmente a su derecha, porque le pareció ver a Brenda acercársele por ese lado. ―¿Qué hacés, tarado? ¿No ves que no hay nadie ahí?―se reprende él mismo en voz alta para recuperarse del escalofrío que le acaba de correr por la nuca. Trata de concentrarse en los hechos que lo ocupan en lo inmediato; Se propone, entonces, controlar las balas de la pistola que le ha quedado como recuerdo. A pesar de que nunca en su vida tuvo un arma de fuego, «no una de verdad, al menos», aprende a abrirla casi en el acto luego de darle un par de vueltas entre sus dedos, buscando el mecanismo adecuado. Lo encuentra, acciona, y el cargador de la pistola se eyecta: casi como quitarle un dulce a un niño…
«Porque todo está hecho para idiotas: los libros, las herramientas y las máquinas, incluso las carreras universitarias… ni qué hablar, entonces, de los instrumentos pensados para los seres humanos menos lúcidos de todos: aquellos que utilizan la fuerza bruta para lograr sus cometidos…―piensa el cínico escritor, mientras cuenta las balas.―Cinco… seis. Pocas. Espero duren lo necesario.»
A continuación, el hermano de Marcos da un vistazo a su alrededor en busca de señales de vida de cualquier tipo. Mira hacia su departamento, también por el agujero de la escalera. Nada. Se dedica entonces a observar a los tres muertos: el normal, «la tercera víctima de los zombies tercermundistas éstos», y los dos nuevos que yacen en la escalera, sólo que no logra distinguir entre ellos una vez muertos: los asesinos y su víctima son exactamente lo mismo:
«Cadáveres comunes y corrientes. Lo mismo que mi vecina y el conserje. Entonces, si una vez muertos, son todo lo mismo, lo que los enloqueció debe de ser una enfermedad o algo así…»
Ávido de más sorpresas, decide bajar y estudiar un poco el edificio.
«Tal vez deba volver e improvisar una máscara por si fue algún gas o algo por el estilo lo que los afectó…»
Pero enseguida desestima la idea, no sólo por demasiado conspiracionista, sino porque tampoco cuenta con nada que pudiera servir como máscara antigás.
―¿Cómo puede ser que no aparezca nadie por ningún lado? …eso me pasa por ermitaño: se viene el fin del mundo y yo ni me entero.―ahora sí, vuelve a hablar, pero esta vez, con susurros. Total, parece que está completamente solo.
Al pasar junto a uno de los fenecidos, percibe el pesado olor de la sangre, abriéndose paso por sus fosas nasales como un emperador, impregnándole de adrenalina el pensamiento.
―Mueren, sí, pero no sienten dolor.―sigue caminando, observando y pensando:
«Bicho raro, yo: camino entre muertos y me excita el hecho de haberme encontrado con esta situación, de haber matado “algo” por vez primera… y al mismo tiempo, sé que debería de tener alguna especie de remordimiento o congoja…»
Conforme baja las escaleras y llega a otros pisos, mira hacia adentro de los departamentos que puede, a través de las puertas que encuentra abiertas. Dentro de uno de ellos, su visión se topa con un perro muerto, de porte mediano: el pobre animal había sido claramente atacado por alguno de los anormales, «su columna vertebral está hecha una “L”…―y como todos los cerebros se manejan por asociación, el de Pedro piensa:―¿Se comprará, Julia, el schnauzer, como le recomendé?»
Recuerda, el escritor, la conversación que había tenido con la pelirroja unos días antes, en la biblioteca…
“No te interesa la política, ¿verdad?”, le había preguntado la nerviosa joven al escritor, una mañana en que ella había terminado de clasificar una parte de la biblioteca y se había sentado a conversar con Pedro, Jorge Luis y Adolfo.
Durante varios minutos, en el intervalo, los viejos y la bibliotecaria se habían enfrascado en un debate sobre las ideologías, surgido a partir de un libro que se había extraviado y que Jorge Luis valoraba mucho, libro que hablaba sobre la Guerra Civil española: mientras los experimentados amigos se mantenían en una postura que —sin dejar de ser de izquierdas— era, a la vez, realista y de consenso, Julia defendía el anarquismo cooperativista a ultranza, les hablaba a sus amigos de manera eufórica y apasionada, esgrimiendo un amplio conocimiento sobre el tema a pesar de su corta edad.
La brillantez de Jorge Luis, quien parecía D’Artagnan esquivando los afilados estoques discursivos de la pelirroja, había resuelto la justa en favor de la postura más tranquila de los viejos. Luego de que Julia aceptara tácitamente su derrota —aunque sólo en el campo discursivo, ya que ella seguía pensando que todos deberíamos ser anarco-cooperativistas—, los dos viejos, gentiles como de costumbre, se excusaron y marcharon a terminar unos asuntos pendientes. La experiencia “y” la teoría, habían prevalecido por sobre la pura teoría… siempre en los mejores términos.
Una vez solos, Julia le había preguntado a Pedro por qué no había intervenido en el debate, a lo que éste contestó (mintiéndole) que no conocía lo suficiente del tema. Pero lo hizo de una manera esquiva que Julia interpretó acertadamente como no hacerse cargo. De ahí la pregunta:
«¿No me interesa la política?», se vuelve a preguntar Pedro, esta vez en voz baja, para hacer más vívido el recuerdo, mientras camina por los pasillos de su edificio muerto…, y continúa rememorando.
—No me interesa— había contestado el escritor, con una marcada indiferencia que reforzaba la respuesta con los hechos.
—¡Qué curioso! ¿No te parece? Y yo veo inexplicable cómo puede permanecer tan ignorado para la mayoría de las personas (o ‘ninguneado’, al decir de Octavio Paz), algo que lo abarca absolutamente Todo, y de forma tan ineludible en nuestras vidas. Para la enorme mayoría, de hecho. Incluso, para personas inteligentes y conocedoras como vos…”
Este comentario había ruborizado un poco a Pedro, quien respondió con rapidez pasándole la posta a ella, de manera de que, ocupada en pensar una nueva respuesta, no se diera cuenta de que él se había puesto colorado:
—Es que no creo en la política. —Pedro hace hincapié en el verbo.
—Pero, ¿cómo no creer en la política?, — se ponía nerviosa la joven—¡Es como no creer en el agua, o en la muerte! ¡Ojo!, que cuando digo política, me refiero a la dinámica de las relaciones entre las personas, quienes quiera que sean, y no a la política partidaria, y ni siquiera a la política militante… ¡Que vos me digas que no creés en la política es como si no creyeras en la luz solar, o en el mate amargo que te estás tomando! ¡Todos deberíamos de iniciarnos en Política!
A este énfasis, el escritor responde con una mueca de desacuerdo.
—Fijate vos—continúa la pelirroja, ahora era ella quien se ruborizaba, pero por tomarse muy a pecho la discusión, no por otra cosa—, en la primaria nos enseñan Ciencias Naturales, Ciencias Sociales… en dos grandes grupos, van bien… pero después se desvirtúa todo y, se trate de quien se trate y estudie lo que estudie, tiene Física, Contabilidad o Plástica, pero no una materia que se llame Política, la cual es infinitamente más importante en nuestra vida diaria…»
—Y, bueno… fijate vos, yo pienso que lo mismo debería de pasar, pero con la literatura, con las artes en general…—contestaba el escritor con tranquilidad, tratando de pasarle un poco de su calma a la niña.
—Pero no muere gente porque vos dejes de aprender algún arte, en cambio, ¡sí muere gente si no hacés política! No hacer política de manera activa y trascendente, es convertirse en un homicida culposo, por abandono de personas…
Este comentario caló muy hondo en el pensamiento de Pedro, quien buscó y buscó algún argumento en su contra, sin encontrarlo. La pelirroja tenía toda la razón, si uno no se compromete con lo que sucede a su alrededor, suceden los desmanes, las injusticias y, con ellos, la corrupción y la pobreza estructural de un país. Sin embargo, Pedro sabía que ante este hecho, él había decidido situarse del lado de los escépticos, de los que pensaban que nunca habría un cambio porque el ser humano era egoísta por naturaleza… pero no se animaba a decirle esto a Julia. No quería arruinar su ímpetu con manchas negruzcas, ni aun sabiéndolas verdades… Pedro pensaba todo esto sin dejar de mirar a la bibliotecaria a los ojos, y mientras pensaba y miraba, la figura de Julia iba tornándose más luminosa, más atrayente… Sin darse cuenta del cambio, el escritor empezaba a ver a Brenda enfrente de sí, cubriendo a Julia, metamorfoseándose en Julia, hablando a través de los labios de ésta, llegando hasta sus oídos en una voz ajena… Pedro, silencioso, la miraba maravillado, mientras su interlocutora continuaba:
—…pero tenés razón con lo del arte: ¡¿Cómo puede existir gente que no sea ni políticamente activa, ni artista?! Sin embargo: ¿Y los artistas descreídos de la política, ¡¿qué?!—. Esta estocada había dado directamente en el corazón egocéntrico de Pedro, quien hábilmente dirigió la conversación a un terreno más psicológico y, a la vez, más ajeno:
—Sin embargo, Brenda, cuando decís Política, yo pienso en Psicología o Sociología, por un lado, y en Biología por el otro…
—¿Cómo?
—Que cuando vos d…
—¡No!, no a eso: me llamo Julia, ¡no Brenda!
Pedro, descubierto el error, se había retractado con un movimiento ligero de la mano, como restándole importancia al detalle.
Pero ahora, cerca de la medianoche, caminando por un pasillo de su mismo edificio, lleno de cadáveres, Pedro recuerda que en aquella oportunidad, su inconsciente había encontrado algo que lo preocupaba: una rival para Brenda. El escritor luchaba desde entonces, contra esa nueva atracción; se negaba a dejarse atrapar por esta nueva belleza proveniente de las ideas, de la energía, de la personalidad de la pelirroja… Pero de alguna manera, por algún mecanismo cognitivo, se había ido olvidando progresivamente de Julia.
En ningún momento el ermitaño personaje ha dejado de recorrer el edificio, mientras recuerda el episodio con Julia, y va encontrando a su paso departamentos violentados, cadáveres y demás signos de violencia “animal”.
«Aunque esa no es la palabra que yo usaría…»
Una idea que ya había golpeado a su puerta, surge entonces con más fuerza:
―¿Serán zombies?―y una sonrisa ilumina su cara, por lo irrisorio de la idea. Al instante, Pedro no puede contenerse y suelta una sonora carcajada. Sonido descolgado pero enérgico, que entra en el pasillo como si tuviera vida propia ―como si se hubiera escapado de la boca del escritor―, por un momento la presencia de la risa se agranda en el silencio, y enseguida se aleja corriendo por los pasillos, como un niño que juega a las escondidas, tan vívida, que a Pedro le parece verla.
Curiosamente, la idea de un fantasma en la soledad, le causa más miedo al pobre que la pregunta misma acerca de los zombies.
Olvidando su cinismo por un momento, Pedro se vuelve humano y cae de golpe en la realidad. Está él solo allí, en un edificio lleno de muertos.
«De vecinos muertos, asesinados por otros vecinos…»
…Pero no se deja ir más lejos. Su cinismo lo salva. De nuevo.
―Ah, mirá qué loco…―habla Pedro en voz alta para darse ánimos, o conferir al lugar de presencia humana a través de una de sus formas más características: el lenguaje verbal…
«Si yo fuera el personaje de una novela de zombies, no tendría que estar pensando en todo esto…»
[…]
―¿Y mirá si lo fuera…?
[…]
―Pero no, no lo soy, porque de ser así, todos mis pensamientos le quitarían el suspenso a la trama. Por empezar, porque para el común de los lectores, yo sería “un aburrido”.
Pedro ríe de nuevo, ya recuperado del todo, y continúa pensando en voz alta.
―Pero también porque si yo, por ejemplo, me preguntara por el origen de la transformación de toda esta gente, a la luz de mi inmensa inteligencia, y empezara a tirar posibilidades…, como que todos estos son los verdaderos individuos-zombies que propone el dualismo filosófico en su búsqueda de encontrar lo que une a la mente con el cuerpo, que se escaparon de un laboratorio, …o que son los primeros infectados incidentales de la tercera guerra mundial, una guerra bacteriológica, …o también, si por una puta casualidad, yo llegara a adivinar el final del cuento: que es que yo me salvo y que salgo de acá y encuentro un refugio en donde está La Resistencia de los últimos humanos contra los zombies… y termina así la novela, con la esperanza del nuevo amanecer de La Humanidad… ¡Entonces no tendría más gracia la novela!
Pedro quiere continuar, pero un dolor de cabeza lo detiene en su andar. Esboza una mueca de dolor y se lleva la mano que no sostiene la pistola a la sien, para friccionarse. Cierra los ojos un segundo, sin dejar de caminar, pero cae al suelo cuan largo es al tropezarse con un cuerpo que está atravesado en el palier del segundo piso.
Allí mismo, en el suelo, se endereza a las puteadas, sin pararse.
Aprovecha que está sentado para componerse del todo de la punzada. Trata de no mirar el cuerpo con el que acaba de tropezarse, pero la leve consciencia de que es una niña que él conoce —o conoció—, lo obliga a hacerlo. En efecto, se trata de una de las pocas personas con las que Pedro tenía un trato normal “de vecino”, por así decirlo: de algo más que un “Hola” o un “Chau”… vivía en este piso. El cuerpo inerte de Cintia (tal era su nombre) aplasta el último resquicio de cinismo que queda en Pedro, de momento.
Oportuna interrupción que le sirve al hombre para recuperar la precaución y la seriedad necesarios para continuar con la travesía.
A sabiendas de que no podrá descansar al lado de una muerta que “lo mira”, Pedro se para nuevamente y comienza a preguntarse de una buena vez sobre los nuevos: Qué pasó con todo el mundo. Por qué son lo que son. Qué los hizo cambiar. Por qué algunos lo hicieron y otros, no.
Aunque lo hace desde su egocentrismo, lo hace al fin, y continúa con estas cavilaciones, mientras baja las escaleras para dirigirse hacia la calle.

“Los Nuevos” – Novela de zombies por partes. (24/35)

Adolfo

Adolfo vuelve de la cocina con el vaso de agua para su amigo, Jorge Luis —quien, repentinamente, se había sentido exhausto y recostado en la cama de aquél—, y mientras camina hacia la habitación, piensa en la juventud perdida. Pero no en que “los jóvenes de ahora no tienen arreglo”, sino en los “años mozos” vividos por él, Adolfo, y su amigo, mucho tiempo atrás, y en cómo, de un tiempo a esta parte, la materia de la vejez se filtra —«cada vez más seguido», piensa Adolfo— por entre los mecanismos del alma que la combaten. Esto le trae a la mente unas sabias palabras de un sabio maestro: «La vida es crecimiento. Dejar de crecer, física y espiritualmente, es lo mismo que estar muerto…», y, con ellas, surge el hecho irrebatible que es esta máxima, comprobada por los dos viejos a lo largo de décadas, de charlas y de vivencias, en todos los ámbitos de la existencia… «Lo que no está en constante desarrollo, está en constante retroceso»: de ello vive el capitalismo, de ello viven los amantes, de ello viven los violentos: por eso, como dijera no recuerda quién, «acaso Gandhi: que las sonrisas atraen más sonrisas de la misma manera que la violencia, más violencia.» Adolfo agrega, de acuñación personal, que «lo mismo sucede con el dinero —y por eso el capitalismo necesita tanto de la explotación ajena—, o con el saber… y por eso, amo la biblioteca: porque no puedo alejarme del conocimiento.» Su mente, al igual que la de Jorge Luis, le demanda aprender cada día algo nuevo, «de la misma manera—supone Adolfo—que el bolsillo del comerciante, le demanda ganar cada día algo más de dinero…». Adolfo repasa, de entre todos sus conocidos, los que más avidez tienen por el conocimiento y en lista, además de Jorge Luis, se destacan Pedro y Julia. Adolfo sigue en la línea de pensamiento y descubre que le interesaría saber si el Conocimiento está relacionado con el Amor. De inmediato piensa en hacerle esta pregunta a su amigo una vez en la habitación; en principio, porque aún a pesar de todo lo que sabe Jorge Luis, él siempre ha sabido mantener intacta la agudeza de lo simple en su mirada, en sus perspectivas y opiniones; pero también desea compartir la pregunta con él, sencillamente, porque casi siempre es mejor pensar de a dos.

A esto de que es mejor pensar de a dos, pocos lo saben mejor que Soraya, por su amplia formación en psicología. ¿Qué es terapia sino una cooperación binaria? Si la mujer conociera a Adolfo y estuviera presente, además de admirar al viejo por su hondura y curiosidad (atributos que ella estima en los demás, pero en los cuales no abunda), le contestaría desde la antropología o, más específicamente, desde la biología evolutiva, que “la Naturaleza es sabia” pues paga a sus siervos obedientes con placer, cuando éstos hacen lo que ella manda. Por eso, Adolfo y Jorge Luis desean aprender cada día algo nuevo: sienten el goce del conocimiento; o, de la misma forma, Rubén y Héctor, se sienten realizados espiritualmente, cuando progresan en el plano material, por decirlo de alguna manera; o Ernesto, cuando lleva alguna nueva desconocida a la cama; e incluso Soraya misma (nuestra “operadora social, psicóloga psicoanalista, magíster en antropología”) cuando consigue algún otro título académico… Todas estas acciones les son biológicamente recompensadas a sus realizadores, mediante la liberación de enzimas que generan placer, como cuando comemos algo dulce, hacemos deporte, tenemos sexo, o incluso, diría Freud, cuando defecamos…

Las cavilaciones de Adolfo se interrumpen porque encuentra a su amigo temblando en la cama, y se acerca hacia Jorge Luis con preocupación.

―¡Jorge! ¡Jorge Luis!―el abuelo de Ernesto no recibe respuestas de su camarada. Sólo temblores que se propagan por su ropa e ingresan por los ojos despiertos de Adolfo, quien por el momento sólo atina a apoyar su mano en el antebrazo de su amigo, en señal de acompañamiento o contención, como para tranquilizarlo.

Jorge Luis, el mayor de los dos viejos, mira al techo con los ojos muy abiertos y las comisuras de los labios caídas, «tal vez por dolor, tal vez por angustia». Al instante, mueve la cabeza en dirección a su compañero y lo mira fijamente a los ojos. Esto asusta, por primera vez a Adolfo, porque sabe que esa mirada puede implicar cualquier cosa pero, sea la que sea, es terrible, porque Jorge Luis no es de los que piden ayuda.

Adolfo lucha entre la alarma y la calma, trata de recordar si alguna vez Jorge Luis había hablado de epilepsia o de algún otro tipo de convulsión, pero está casi seguro de que no ha sido así. Tampoco recuerda, mucho menos, haberlo visto así en su vida. En ese momento, sin embargo, la mirada del anciano —acaso lo único que aún le pertenezca a Jorge Luis:— transmite de manera impensable un baño de agua cristalina que refresca el espíritu de Adolfo, quien recupera algo así como la sangre fría, como para pensar sobre la situación que está padeciendo su amigo, y toma el pulso de Jorge Luis. Lo nota muy acelerado, pero los temblores han cesado.

Llevado por la velocidad de la mente, aún más rápida que la de la luz, Adolfo recuerda a su perro de la infancia, Ham, que sí sufría de epilepsia, y cómo su madre le había dicho que cuando le diera un ataque epiléptico, Adolfo se fijara que Ham no se tragara la lengua… «Al convulsionar, los enfermos corren riesgo de asfixiarse con su propia lengua», y Adolfo vuelve del pasado para revisar la lengua del amigo, «pero esto no es una convulsión», piensa. Entonces, siente que debajo de la palma de su mano, en el antebrazo de su Jorge Luis, de repente, todo es tensión: los tendones no más flojos, los músculos marchitos del viejo, firmes como en su juventud. Vuelve a Adolfo la idea de una convulsión por demás extraña, pues que Jorge Luis lo sigue mirando a los ojos de manera consciente…, hasta que Adolfo siente, a través de la mirada, que su amigo «se va alejando hacia adentro… lentamente…» (luego recordaría estas palabras de manera muy vívida). Los ojos de Jorge Luis, fijos en los del abuelo de Ernesto, van librándose de a poco de la personalidad de su dueño y su mirada se desenfoca.

De pronto, aunque los globos oculares de Jorge Luis no se han movido ni medio milímetro, Adolfo siente que ya no lo están mirando… y pasa lo mismo que siempre pasa en las películas cuando muere un enfermo: con un último suspiro, Jorge Luis se va «…como hacia adentro».

Ahora, el único amigo sobreviviente se está en silencio absoluto. Absorto. Pensativo. «Otro amigo más que se va.» Y queda otra vez solo. Y vivo.

―¿Qué fue esto,―se susurra Adolfo a sí mismo, al fin, pues ya no hay nadie que lo escuche.―…si él estaba perfecto, hasta hace un rato, nomás?

Adolfo no necesita tomarle el pulso a su hermano de la vida, sabe que ha muerto, pero igual decide asegurarse. «Tal vez―conjetura―, Jorge Luis tuvo un paro cardíaco, y su trajinado envoltorio careció de la suficiente reserva energética.»

Al experimentar la muerte de seres queridos, cada vez con mayor frecuencia a medida que se va haciendo más viejo, Adolfo ha aprendido a adoptar una postura que más tiene que ver con la resignación que con la angustia, pero no por maldad o desinterés, sino por cansancio y autoprotección. Ésta es la razón por la cual Adolfo ya no critica el corazón frío y calculador de los médicos. Antes de sentir empatía con los médicos ―como su propio hijo, el padre de Ernesto―, es decir, antes de experimentar dicha sensación en carne propia, Adolfo había discutido incontables veces sobre la insensibilidad de su hijo y sus colegas, sobre lo mal que le hacía al paciente ser tratado como un objeto, en lugar de ser tratado como un igual. Adolfo comprende, ahora, que a los profesionales de la salud no les queda otra que desarrollar dicho mecanismo de protección ante el sufrimiento y las muertes ajenas, «no les queda otra que enajenarse, por decirlo de alguna manera», para poder hacer su trabajo sin que su corazón interfiera con su cerebro. La insensibilidad del médico es lo que le permite seguir haciendo su trabajo a como dé lugar. La insensibilidad (leve) que ha desarrollado Adolfo a partir de tantas pérdidas de gente que amaba, es lo que le permite seguir adelante a pesar del dolor.

Sin embargo, esta resignación se torna en intriga cuando se trata de pensar su propia defunción.

«No miedo. Sólo intriga.»

Ahora que Jorge Luis la conoce, a nuestro apesadumbrado sobreviviente le gustaría preguntarle cómo es la muerte:

«Si es para hacerse tanto lío, o no, …o si es aún peor de lo que la pintan…»

Pero, en realidad, aunque diga lo contrario, aun habiendo podido preguntárselo, Adolfo tal vez no se hubiera animado a hacerlo: aunque el abuelo de Ernesto no vive pensando en la muerte —sino más bien en cómo vivir mejor lo que le queda de vida—, es evidente que con cada partida de algún conocido, la parca se le acerca un poco más…

«Detenerse, cuando todo marcha, es desandar camino.—en sintonía con las cavilaciones ya lejanas que traía desde la cocina, Adolfo recuerda las palabras de José Ingenieros y las conecta, triste, con la nueva situación:— Jorge Luis, ya vas desandando camino, viejo amigo…»

* * *

Cinco minutos más tarde, Julia y Ernesto interrumpen las taciturnas disquisiciones mentales del abuelo de éste, y se enteran de la fría noticia, que les cae como un adoquín en el alma.

Julia no logra disfrutar del calor de hogar que reinaba minutos antes en el departamento de los dos hombres, pues los escalofríos del encuentro inesperado en el trayecto hacia aquí se le unen (y potencian), con la horrible noticia de la muerte de su otro abuelo postizo. Al borde del llanto y la desesperación, se refugia en Bakunin: el cachorro ha detectado la tristeza de su dueña y trata de reconfortarla lamiéndole las manos con nerviosismo. Por fortuna, logra robarle una sonrisa a Julia.

Ernesto, también ha sido afectado hondamente por la muerte de Jorge, aunque, por fuerza mayor, no le dedica tanto tiempo en su cabeza porque piensa en el nuevo —a quien se vieron obligados a matar, entre él y Julia, apenas hace un instante—, y en cómo pedirle ayuda a su sabio abuelo, para salir del brete.

Adolfo, permanece sentado en el sofá del comedor, como sedado, mirando a Ernesto, a Julia y a Bakunin, …y vuelta a Ernesto.

* * *

Luego de una robótica conversación en la que, los chicos por un lado y el viejo por el otro, se narran los recientes acontecimientos, Julia, Adolfo y Ernesto acuerdan que lo mejor sería que se acercara este último hasta la comisaría más cercana para avisar de las defunciones (pues nadie, en ningún lado, atiende ningún teléfono): No sin discusión de por medio, Ernesto disuadió a Julia y Adolfo de que lo acompañaran.

El argumento que él esbozó fue que, tanto la pelirroja como su abuelo, estaban cansados, de modo que ambos necesitaban reponerse, a diferencia de él. Sin embargo, el verdadero motivo que llevó a Ernesto a ser determinante en su decisión de ir solo, fue que el chico albergaba la posibilidad cierta de un nuevo encuentro con algún desquiciado, y no es que pretendiera luchar contra él (o ellos), solo —lo cual sería una locura, pues esta vez seguramente no tendría la suerte de la anterior—, sino para poder huir con mayor velocidad. Claro que de esto no les dijo nada a ninguno de los otros, y, claro también, que tanto Julia como Adolfo no necesitaban que se los dijera, pues ellos mismos lo habían pensado, y por eso habían terminado dándole la razón al atlético joven.

Ya resueltos, entonces, Ernesto se para, saluda levemente a los que se quedan, abre la puerta del departamento y se dispone a salir cuando un nuevo lo ataca desde uno de los costados del pasillo, como salido de la nada.

Favorecidos por el hecho de no emitir más ruido que el de sus cuerpos al desplazarse o chocar contra algún objeto, varios nuevos, (ex)inquilinos de otros departamentos, habían salido de sus casas y merodeaban con andar errático por los pasillos del edificio. …Bakunin podría haber alertado a sus amigos del peligro, pero su cuerpecito de cachorro estaba fatigado y se hallaba durmiendo en la cocina.

Ernesto se saca de encima a su atacante con un fuerte empujón al tiempo que Ernestotambién le apunta:

[¡Cerrá la puerta! ¡Cerrá la puerta para que no vayan por tu abuelo!]

El intento del rugbier de hacer lo que le ordena Ernestotambién se ve truncado cuando el primer nuevo le agarra el talón desde el suelo y Ernesto ve con inmenso terror cómo entran más desquiciados a la estancia en donde están sus seres queridos.

Adolfo no alcanza a abarcar con su mente los hechos con la pasmosa velocidad con que suceden, pero su antaño esforzado entrenamiento en artes marciales no lo necesita: insuflados con una exorbitante y bienvenida dosis de adrenalina, sus jubilados músculos actúan por acto reflejo; solos y contentos, se van quitando a los desquiciados de encima: una torcedura inmovilizante por aquí, una arrojada sobre la espalda por allá, …el costado consciente de nuestro septuagenario amigo apenas si puede dar crédito a lo que sucede y termina por hacerse a un lado, optando por la contemplación de su hermano inconsciente y su redención largamente esperada. Los nuevos, cuerpos alienados e inconscientes, se amontonan contra la puerta al otro lado de la habitación, cada uno afanándose por entrar antes que los demás, sin saber que los que van entrando no la pasan tan bien y, más que banquete, reciben palos.

Aunque no todo es victoria para nuestro grupo, pues sólo uno de ellos sabe aikido.

Para huir de los nuevos, Julia se escabulle por la estancia, salta del sofá a la mesa o viceversa; interpone una silla o golpea con ella; o bien, se escurre por debajo de la mesa: ahora un banquito de madera se ha convertido en la única frontera entre la despeinada y húmeda pelirroja, y los desquiciados nuevos.

Bakunin, se despierta por el ruido y viene corriendo desde la cocina hecho un fierecilla, pronto a rescatar del peligro —una vez más— a sus descuidados amigos. Esta vez, sin charcos de agua, lluvia, ni factor sorpresa de su lado, el cachorro hubiera llevado las de perder si no fuera por Adolfo: el viejo ha decidido que no va a morir nadie más el día de hoy, si él puede evitarlo. Se desprende del nuevo que en ese momento tiene encima, de dos pasos se interpone entre el perrito y el peligro, alza al schnauzer y lo lanza lo más delicadamente que puede a la cocina para luego cerrar la puerta. Bakunin gruñe como papel de lija, amenazando a todo el mundo. Ladra con voz chiquita pero firme, instando a su traidor amigo a que lo libere, ofendido por que desprecien la enorme ayuda que él puede dar, chiquito y todo como es…

Evidentemente, el pequeño ha resultado tan combativo y temerario como quien había inspirado su nombre.

* * *

Mientras todo esto ocurre, Ernesto corre por los pasillos y escaleras del edificio, seguido por un grupo de nuevos: él no los contó, pero supone que lo corre la mayoría de los energúmenos que había en el pasillo de su departamento. Ciertamente, el chico prefiere que lo persigan a él, antes que ataquen a su abuelo o a su amiga, por lo que se cuida de que los nuevos no lo pierdan de vista en ningún momento, llamándoles la atención con gritos o arrojándoles cosas, para que no se dieran por vencidos en su persecución ni fueran a por los restantes…

* * *

Arrinconada debajo de la mesa central de la habitación, Julia rechaza a duras penas a sus atacantes a fuerza de golpes de banco, patadas e inútiles gritos. Adolfo, atento a la situación, trata de interponerse entre ella y los nuevos. Por fortuna, descubre el travesaño de madera de la cortina de la sala: un palo de una pulgada de ancho y del largo parecido a aquél bastón que él utilizaba en sus lejanas prácticas de aikido, el “jo”.

De un salto, Adolfo lo arranca de la pared y con la misma fuerza de la caída aprovecha para propinarle un contundente golpe a uno de sus ex-vecinos: «¡Perdón, Carmelo! ―se lamenta el viejo de manera irracional, pero enseguida se recupera y piensa:―…Uno menos». Con la cortina que pende del mismo palo, envuelve a uno de los energúmenos que se estaba acercando peligrosamente a su amiga, y con el jo improvisado le hace una zancadilla que lo tira al piso.

Maravillada por la inusitada, recién descubierta y nunca más oportuna destreza marcial de su amigo —quien se libra de sus atacantes casi sin el menor esfuerzo, apenas valiéndose de movimientos circulares y fluidos que más se parecen a una danza que a técnicas de combate— Julia decide acercarse más a Adolfo, para ubicarse entre él y la pared, y ser defendida por éste, pero también, para golpear con su banquito a los descarriados que escaparan del aikidoka. Eso sí: no se acerca mucho al viejo, porque según entiende ella, el ardid de su amigo consiste en convertirse en el ojo de un vórtice humano, de cuyo centro salen despedidos los nuevos, como si estuvieran borrachos, además de perdidos.

Contemplativo, el abuelo del que corre por los pasillos de la torre, deja actuar a su cuerpo sin entrometerse. Esto le deja tiempo para reflexionar. “La calma en la tempestad” de la que tanto hablaban sus maestros…

«Claro, por la forma en que se mueven estos, no puede haber mejor estrategia que la de ser una hierba en el viento…―piensa entre nuevo y nuevo, mientras su cuerpo se encarga de esquivar, dejar pasar o de anticipar los golpes de sus atacantes―…y si ellos empujan, “no estoy allí”, y si ellos tiran de mí, los empujo…»

Los desenfrenados agresores, con sus movimientos rápidos, pero desmedidos, salen proyectados una y otra vez, con la misma fuerza y velocidad con la que lanzan sus ataques al viejo aikidoka, cuya maestría, aprovecha el más efímero desequilibrio de su oponente para desbaratarlo, sin choque de fuerzas, ni confrontación alguna.

No obstante, al cabo de varios minutos ―y a diferencia de sus oponentes―, nuestro sorprendente amigo comienza a cansarse…

Fuera, en los corredores del edificio, Ernesto les ha dejado bastante atrás a los nuevos que lo persiguen. Con un propósito: sacarles ventaja para poder tomar el ascensor y regresar al piso de su abuelo. También ha conseguido un “arma”: el perchero de bronce que estaba en la planta baja. El rugbier alcanza a tomar el ascensor justo cuando vienen llegando los nuevos, y aprovecha para tomar un poco de aire mientras el elevador llega a destino. Una vez en el piso, esgrime su arma blanca ad hoc por si lo están esperando al salir del ascensor, pero no hay nadie allí. Corre, entonces, hasta el departamento donde vive: esperar lo peor. [Hiciste lo que pudiste, muchacho. Obraste bien], lo prepara mentalmente Ernestotambién, en vistas de lo que pudieran hallar sus ojos asustados; …encontrarse con que Julia y su abuelo le estén dando su merecido al último nuevo que queda en pie es algo que alegra a rugbier de una manera inexpresable.

Recién ahora Ernesto recuerda que su abuelo es 4º Dan de aikido, así como las veces en que el viejo lo había animado a unírsele en sus prácticas cuando, de niño, Ernesto venía de visita a la ciudad. Desafortunadamente para ambos, al nieto le parecía muy aburrido. Al final, su impaciencia y personalidad, lo habían hecho decantar por los deportes en equipo. Al tiempo que piensa en todo lo anterior, el muchacho va por detrás del último nuevo que molesta a su abuelo y lo remata con un percherazo.

Ahora son Julia y Adolfo quienes se ponen contentos de ver al recién llegado. La chica salta ―literalmente― de alegría. En el aire la reciben los brazos fuertes del deportista. Esta escena reconforta al abuelo, que en lo profundo de su ser sabe que daría su vida por el bienestar de ambos, y también, que posiblemente no faltará mucho para que deba demostrarlo.

Solos otra vez.

Ernesto se dirige a asegurar la puerta del departamento, mientras Julia va a abrir la de la cocina para liberar a Bakunin, que no había parado de ladrar en ningún momento.

De inmediato, el schnauzer se pone a olisquear los cuerpos tendidos en el suelo, mientras mueve su rabito histéricamente. Son seis en total los del bando vencido.

Adolfo también mira los cuerpos.

Por un lado, afligido por haber tenido que quitarles la vida, pero por el otro, satisfecho de que hubieran sido ellos los muertos y no él mismo, ni los chicos. Aunque le incomoda haber utilizado el aikido para matar, él sabe que «”esos” no eran personas», al menos trata de pensarlo de esta manera para no cargar con el peso de su consciencia. Ahí parado, mirando los nuevos yacer en el suelo de su comedor, Adolfo reconoce entre los cuerpos —como lo hará Pedro en los pasillos de su propio edificio unas horas más tarde— a varios de sus vecinos, incluyendo al pobre Carmelo; Entonces, una idea que excluye todo lo demás acude a su mente, y Adolfo ya no presta atención a lo que hablan Julia y Ernesto a escasos metros de él: finalmente, el hombre se da cuenta lo que había sucedido en su dormitorio.

«Jorge Luis se estaba convirtiendo en uno de ellos… y su corazón no lo soportó. Ése fue el cambio radical en su mirada que sentí segundos antes de su fallecimiento…»

―Abuelo.

―…

―¡Abuelo!

―¿Eh?

―Nos vamos de la ciudad, abuelo. Ya mismo. Juntá lo esencial y salgamos ya mismo de acá.

«Los Nuevos» – Novela de zombies por partes. (21/35)

Marcos y Héctor

Luego de llegar a su casa y encontrarse con que Marga ya no está, Héctor resuelve salir a buscarla por el barrio. Al no poder hacerle cambiar de opinión, Marcos decide acompañarlo, no sin antes, asegurarse de que tanto Esther como Soraya se acorazaran en casa de Marga y Héctor. Por dos cosas: primero, porque no sabían con lo que los muchachos se encontrarían, y segundo, porque todavía cabía la posibilidad de que Marga volviera de un momento a otro.

De modo que las chicas se quedan en casa, con todas las persianas cerradas y las puertas aseguradas por dentro ―sus celulares y el televisor, encendidos―, mientras Héctor y Marcos parten a buscar a la mujer del primero en el furgón del canal.

―¿Estás segura de que no querés pasar?―pregunta la periodista a la pelirroja, en la vereda de su casa. Conforme se iban acercando las dos chicas y Bakunin, Marga vio que la casa estaba toda cerrada y se tranquilizó: «Héctor ya debe haber regresado y está adentro esperándome», piensa.

―No, muchas gracias. Prefiero volver.

Muy contenta por la charla, Julia considera que ya ha abusado mucho de la amabilidad de Marga y se despide en los mejores términos. «Igual, ya conozco la dirección de mi periodista preferida.»

Marga la invita a visitarla cuando Julia quisiera. Observa un instante alejarse a la pelirroja, pero su ansiedad es más fuerte y la empuja hasta la puerta de su casa. Cuando llega hasta la entrada se da cuenta de que, junto con el teléfono móvil, ha olvidado sus llaves, de modo que golpea la puerta, toca timbre y llama a su marido alzando la voz.

En la calle, se larga a llover.

 

Mientras maneja, Héctor mira a ambos lados en busca de señales de su esposa, de modo que su atención en la calle y los escasos automóviles que andan aquí y allá, es proporcionalmente inversa a su ansiedad y preocupación.

Marcos, sigue estando más tranquilo que su amigo, pero de a poco se contagia de las emociones de su amigo. Sólo un poco, pero lo suficiente para preocuparse por haber dejado atrás a Esther. También busca a Marga con la mirada, con el convencimiento de que cuanto antes la encontraran, antes volverían con Esther. Sí, está bien: Marga es su amiga de hace años, crecieron juntos, y hasta tuvieron relaciones algunas veces, todo el rollo, pero el amor es el amor. Y él, Marcos, está enamorado de Esther. Por eso, en momentos límite como este, su pensamiento no tiene más lugar que para su amada. Incluso su hermano queda fuera, pero esto se debe a la lógica subterránea del inconsciente de Marcos: su hermano, ermitaño, frío y autosuficiente como es, lo que menos despierta en Marcos son sentimientos de protección (precisamente los mismos sentimientos que sí despierta Esther y de forma monopólica). A fin de cuentas, Marcos, el afable y magnánimo larguirucho, no actúa de manera menos egoísta que los demás. “Incluso —diría Pedro, si estuviera aquí—, es el más egoísta de todos, ya que el hecho de no ponderar todo lo anterior a un nivel consciente, lo vuelve inocente, pero también lo hace único culpable”. Culpable, por ejemplo, de querer proteger a Esther, no como se protege a un igual o porque “la unión haga la fuerza”, sino como se custodia un preciado objeto de nuestra propiedad.

Momentos después de iniciada, arrecia la lluvia. Esto dificulta la visión de los dos amigos. Héctor reduce la velocidad de la combi para no cometer ningún accidente, ni saltearse ninguna pista sobre el paradero de su mujer, pero las ambiciosas gotas lo devoran todo.

Salido de ningún lugar, un hombre encapuchado con un pasamontañas de lana roja salta delante de la camioneta de Canal 11 y apunta a Héctor con un arma. Obligando a éste a clavar los frenos para no atropellarlo, pero también, para no arriesgar su propia vida ni la de Marcos. Ambos miran con ojos exorbitados al encapuchado, cuando un segundo hombre, armado con un machete, abre la puerta del acompañante y grita:

―¡A un lado!

Mientras dice esto, Marcelo corre a golpes a Marcos y se mete en el vehículo, al tiempo que François hace lo mismo con Héctor.

Una vez dentro de la camioneta, el que es «un verdadero enchastre», según piensa Héctor (pues además de mojado, está todo ensangrentado, sangre que el productor de T.V. no sabe decir si pertenece al mismo asaltante o a algún otro desdichado), patea a Marcos hacia la parte de atrás del vehículo, siempre a los gritos y sin dejar de blandir el cuchillazo.

Irracionalmente, por supuesto, Héctor piensa en «lo difícil que va a ser quitar las manchas de sangre del tapizado».

François parece reflexionar un momento y habla, primero dirigiéndose a Marcelo:―No lo mates, pueden servirnos de rehenes.―y luego, a Héctor:―Y vos, agarrá el volante, llevanos a tu casa. ¡Immédiatement!

Si alguno de los desafortunados muchachos de la camioneta fueran un poco más despiertos, si no tanto como Pedro, al menos como Julia o como Marga, seguramente se hubieran inmolado, sacrificado a sí mismos, llevando a los cacos, engañados, a cualquier otro sitio, con tal de salvar la vida de las muchachas, pero bueno, nadie es perfecto, y los que fueron asaltados, menos aun. Eran simplemente Marcos y simplemente Héctor.

Así que marchan los cuatro a casa de Héctor, tal y como François lo hubo demandado.

«Los Nuevos» – Novela de zombies por partes. (15/35)

 

Julia, Adolfo y Jorge Luis

Los viejos zorros se dan cuenta de todo.

Se dan cuenta de que Julia realmente le gusta al nieto de Adolfo. Y saben por qué: Ernesto no está acostumbrado a toparse con personas …cómo decirlo, …interesantes en la manera en que Julia lo es. También se dan cuenta de que, ante la presencia del chico, Julia ha asumido una postura inusual en ella ―a mitad de camino entre la inseguridad y la vergüenza―, que la hace sonrojarse casi imperceptiblemente. Todo esto indica a las claras que Ernesto le interesa a su vez. Pero que el hecho de sentir algo por un tipo de persona tan diferente al de ella (y no sólo eso, sino tan del mismo tipo de gente al que ella misma combate), la hace sentir… “vulnerable”. ¡Ésa es la palabra!, los dos viejos la articulan en sus mentes al unísono, sin saber que el otro la pensaba a su vez. Tal es el grado de sintonía del que goza su amistad.

(Más tarde, ya solos en El Café, comentarían sonriendo que, en realidad, no se sabía quién de los dos chicos se sentía más vulnerable: si la ríspida y arisca pelirroja, o el galancito rompecorazones… Uno apostaría por el muchacho, el otro, por la chica. Ambos reirían, pero no con malicia, sino con ternura.)

Por todo lo anterior, Adolfo y Jorge Luis se alegran al descubrir la madurez con la que Ernesto encara la situación embarazosa de la que él mismo es el causante. Luego de cruzar unas pocas palabras, el nieto de Adolfo parte desde la biblioteca hacia (según él) su “trabajo”. Pero no nos adelantemos…

Buenos díaaaaas…―saluda Julia, luminosa todavía.

Los viejos retribuyen el saludo contentos.

Un segundo le lleva a Julia descubrir quién es muchacho parado junto a los abuelos: por sus ojos desfilan sin solución de continuidad, sorpresa, alegría, autocontrol, seudo-enojo, ansiedad y, finalmente, timidez camuflada en falsa indiferencia.

Ernesto todavía no sabe qué postura asumir: si aparentar no reconocerla o darlo por hecho… Abre la boca para devolver el saludo, pero Julia ya ha tomado la delantera:

¿Y vos?―le pregunta al mudo de Ernesto. Ella está igual de contenta que el chico, pero debe proteger las apariencias, obviamente. Sin esperar respuesta, le señala a Adolfo y Jorge Luis con un ademán, y vuelve a preguntarle:― ¿Los conocés?

Ejem…

Sí, Julia, nos conoce, o mejor dicho, lo conozco a Ernesto desde hace añares: ¡Es mi nieto!―Adolfo salva al pobre muchacho, que tal parece, olvidó todos sus ardides de gigoló en casa, esta mañana…

Ahora le toca a Jorge Luis, ayudar a encaminar la situación:

Y, ¿quién es este que tenemos aquí?―pregunta, extendiendo la mano hacia el cachorrito que la recién llegada tiene en brazos, para acariciarlo.

¿Vieron qué lindo?

Contesta Julia, aliviada por el cambio de tema, y con delicadeza deposita a su cachorro en el suelo para que se luzca.

Qué lindo perrito, ¿cómo se llama?―va Ernesto.

―“Bakunin”.

Ah… lindo nombre―atina a decir el muchacho. (Evidentemente, nuestro querido rugbier no tiene ni idea a razón de qué le han puesto ese nombre)―…y raro, también.

Ahá…―le contesta Julia haciéndose la distraída, mientras juega con Bakunin.

¿Y qué marca es?

¡Raza! ¡Raza, querido, se dice: “raza”!

Julia se porta demasiado seca con él y se da cuenta de ello, pero no puede echarse atrás. En realidad, ella quiere saltar sobre Ernesto, abrazarlo, contarle lo contenta que está verlo otra vez, pero no se deja. Julia intenta arreglar las cosas mejorando el tono de su voz:

Es un Schnauzer Standard o le llaman también Schnauzer Mediano. ―…Pero lo dice con una voz llena de aires de superada que no puede evitar. Estos son los casos en los que la pelirroja quisiera ser más experimentada en el campo afectivo, Desde todos los puntos de vista.

Ernesto se da por aludido a las indirectas discursivas de la pelirroja, sin captar sus intenciones reales. Decide excusarse:

Bueno… me tengo que ir abuelo; gente, los dejo…

Ni el abuelo, ni el amigo del abuelo, insisten para que se quede un rato más. Saben que Julia estará mejor cuando él se haya ido. Por experiencia, no quieren forzar nada.

Ernesto, sale a la calle y se pierde de vista. Recién entonces, Julia, que había estado jugando con Bakunin, de cuclillas en el suelo, mira a Jorge Luis y a Adolfo, se para y suelta la lengua:

¿De dónde salió? ¿Les contó que nos encontramos en la vereda hace un rato? ¿Por qué no me dijo, él, que era tu nieto cuando le comenté que trabajaba acá?

Por toda contestación, los viejos esbozan sendas sonrisas y dejan hacer catarsis a su amiga. Julia cambia de expresión y se lamenta:

¡Yo siempre arruinándolo todo con mi maldito orgullo!

En silencio, pero siempre sonriente, Adolfo se inclina a acariciar al nuevo integrante del grupo: el pequeño Bakunin que no deja de mover la cola y lamer a todo el mundo. Mientras tanto, Jorge Luis se limita a poner una mano llena de comprensión y ternura sobre los cabellos cobrizos de la joven, transmitiéndole una inmensa paz.

Al cabo de un momento, Julia se encuentra mucho más tranquila, con ánimos de volver al tema que la había desequilibrado (le gustan los desafíos, vive de ellos). Lo hace con humor, dirigiéndose al abuelo del chico:

―…Y vos, pícaro, ¡nunca me dijiste que tuvieras un nieto tan apuesto!

Vos nunca preguntaste, Julia―ríe Adolfo―, además, pensé que no era tu tipo…

¿Y cuál “ES-MI-TI-PO”, si se puede saber?

Éstas” son las charlas que Julia ama tener con los viejos, conversaciones picantes sobre temas profundos y no tanto. …Humanos. Por eso ella prefiere la compañía de dos septuagenarios, a la de sus coetáneas y coetáneos. Esto es algo que tiene que ver directamente con la inseguridad que siente en presencia de alguien que le gusta, factor que todavía no logra controlar y que las más de las veces, le provoca terribles dolores de cabeza.

Ja, ja, ja, ja…―interviene Jorge Luis―me parece que «tu tipo» son los artistoides…

―…o los intelectuales―acota Adolfo.

―…de izquierda―sigue Jorge Luis.

―…o los intelectuales de izquierda artistoides―culmina Jorge Luis.

Y, ¿por qué habrían de ser ellos mis «tipos»?―los pelea, contenta, la joven, sabiendo que no le han errado demasiado los dos zorros astutos, pero agrega:― ¿y, en todo caso, no podrían ser «tipas»?―sólo para no quedar atrás en las chicanas, o acaso para despistarlos. Le encantan los desafíos.

A los viejos también les encanta la situación, acaso también porque se sienten jóvenes cuando hablan de igual a igual con Julia, o con Ernesto. Y, aunque cada uno de los chicos tiene diferentes maneras y vive en diferentes mundos, los viejos saben cómo tratarlos y se alegran de ser tenidos en cuenta por gente joven: la mayoría no hace más que ignorarlos.

Y así siguen los tres, yendo y viniendo discursivamente, conociéndose mejor, jugando con los sentimientos de una de ellos (hoy le toca a ella), pero sin herir.

Hasta que salta el tema de Ernesto nuevamente, y Julia se pone seria:― Sea como sea, lindo o feo, me guste o no me guste, tu nieto me tendría que haber dicho que eras su abuelo cuando le comenté que laburaba acá. Seguro lo omitió adrede.

El que responde es Jorge Luis, que también lo considera su nieto, aunque no fuera “de sangre”:― Puede ser, m’hija, pero no te enfades con él, después de todo, vos también te pusiste nerviosa. Tal vez obró de esa forma, creo yo, porque le has gustado sobremanera y no ha sabido muy bien cómo manejar la situación. Lo cual es una buena noticia, ¿no te parece?

Seguramente ustedes lo aprecian mucho, pero les advierto que no intenten nada conmigo, ni se les ocurra querernos enganchar ni nada por el estilo, ¿bien?― Julia se pone firme, pero no puede enojarse con sus dos amigos…―Disculpen, pero la verdad es que no tuve una noche muy buena. Dormí poco y, ya ven, me pone de mal humor desvelarme y pensar cosas toda la noche, cuando al otro día tengo que trabajar… Ustedes no tienen la culpa, son muy buenos conmigo.

No, Julia, tenés razón. Es que, a veces, los viejos somos muy metiches. ¿Verdad, Adolfo?

Sí, muy cierto, perdonanos. No abrimos más la boca, no te preocupes. Ya pasó. Y ahora contame, ¿por qué no pudiste dormir bien anoche? Yo también, casi ni pegué un ojo…

Julia se pone colorada. No está acostumbrada a tanta bondad y comprensión. Esta vez, es Jorge Luis quien toma la iniciativa:― No importa. Ahora, contanos de tu perrito anarquista…