«Los Nuevos» – Novela de zombies por partes. (06/35)

«Los Nuevos», Cap. 6: Adolfo y Jorge Luis.

Inusualmente amplios, los pasillos con sueños encuadernados de esta biblioteca son el mejor contexto para Jorge Luis y Adolfo. Éste, algo más entrado en años que su amigo, pero todavía notablemente dueño de sus facultades motrices.
A diferencia de Jorge Luis, cuya artrosis limita mucho su andar, Adolfo recorre con curiosidad acostumbrada los estantes de su (desde hace varios años) segundo hogar y lugar de trabajo. Un trabajo con el cual paliar, dentro de lo posible, su escasa pensión de jubilado argentino.
Subido a escaleras tan viejas como él (de esas petisitas que apenas tienen dos o tres escalones y que nunca faltan en las bibliotecas de barrio) o agachado en cuclillas, no había hueco que su mano no rellenara con el libro correcto. La mente brillante de Jorge Luis, en cambio, siempre recordando y solucionando, fue dejando atrás al cuerpo. Éste, vencido al final, lo había aceptado y, con tristeza, fue conformándose cada vez con menos. Tal vez sea por eso que murió bastante antes que su inseparable compañero. Pero no importa, hoy no importa.
En realidad, eso nunca importa hoy.
Paso incierto pero de arranque seguro, el de Jorge Luis se hace sentir como de niño, buscando por entre las diferentes secciones («Historia», «Ensayos», «Infantiles», …) la postura incómoda de Adolfo, siempre como jugándole a las escondidas, mientras intenta dar con el rincón correspondiente de «Literatura — Narrativa Latinoamericana — Cuba», que le corresponde, por caso, a «Carpentier, Alejo — El siglo de las luces», entre tantos otros huecos igualmente tentadores…
-Clasificar… clasificar… te juro, Jorge Luis, que estoy hasta las narices de clasificar… ¡cuanto más preciso quiere ser uno al establecer categorías, más indeciso termina! La mejor manifestación empírica del “sólo sé que no se nada”…
-Esas son mulas, Adolfito, cuanto más sabe uno, más sabe. Lo que pasa es que el saber es infinito, por un lado, y compararse con los demás está mal visto, por el otro. Por otra parte, el hombre no hace otra cosa que clasificar, poner nombres, todo el tiempo: “Nomen est numen”. Además, querido amigo, sin esas benditas bolsas que los hombres llenamos a capricho: los conceptos, yo nunca podría decirte “Tu café, viejo. Se enfría…”
-¿Eh? ¡Ah!, gracias… Déjalo ahí nomás, y vení a tenerme el banquito, que se ve que está casi tan enclenque como vos.
-¡¿Enclenque, yo?! …Más que tenerlo, me parece que lo pateo-bromea el aludido. Hace una pausa, meditabundo, y culmina la idea anterior:- Cárcel y alas, Adolfo, cárcel y alas…
No necesitan mirarse. Con los años han aprendido a sentir cada uno el ánimo del otro hasta casi anticiparse a los pensamientos de su interlocutor, y a reaccionar en consecuencia, apoyándose recíprocamente, complementándose en el plano de las ideas o riéndose de sí mismos… pero, sobre todo, nunca han dejado de aprender del otro.
El brillo en los ojos de esos dos viejos cuando están juntos desconcierta a más de uno de los chicos que vienen a la biblioteca del barrio en busca del sector de las PCs con Internet. Nunca un libro. Muchas veces, los dos amigos habían urdido planes maquiavélicos que tenían a los pequeños exponentes de las nuevas generaciones como destinatarios (esos poquitísimos pequeños-exponentes-de-las-nuevas generaciones que todavía pasaban por la biblioteca) en un intento por desviarlos desde el sector de las  computadoras hacia el de los libros de papel, pero siempre con poco o ningún efecto. Generalmente, aquellos críos sólo venían para hacer alguna que otra investigación para el colegio, lo más rudimentaria posible, suficiente como para que las maestras no los reprobaran… y apenas si investigaban: muchas veces, no hacían más que “cortar y pegar”, para terminar el trabajo lo antes posible, y entonces tener tiempo para chatear y chatear (pues mucho más no podían hacer: las computadoras de la biblioteca son demasiado lentas y, por lo tanto, no sirven para jugar con los videojuegos). «¡Incluso de computadora a computadora, dentro del mismo recinto, chatean!» se quejaba Adolfo. «Antes era la televisión, ahora la Internet, querido amigo», se resignaba Jorge Luis. Para preocupación de los viejos, sus intentos eran siempre vanos, lo más cercano a sus deseos que conseguían era que algunos de los niños dieran excursiones rápidas y decepcionantes hacia los estantes en donde se hallaban los incomprendidos libros, y siempre hechas por compromiso (“para no ofender a esos dos viejos locos, a ver si se enojan”).
Es que dentro de este santuario, Adolfo y Jorge Luis son reyes supremos que comparten un mismo trono. Incluso las nuevas bibliotecólogas siempre consultan a los viejos sobre disposiciones, organización, clasificaciones y demás asuntos que tengan que ver con la organización de los libros, películas, mapas y tanto otro material que contienen las cuatro paredes de la Biblioteca Popular Émile Zola. Aunque claro, una vez fuera de la misma, los dos amigos, suelen ser víctimas de burlas, puteadas, granadas de papel, pinchaduras en la bicicleta de Adolfo, y demás agresiones en venganza. Una vez, un chico que no era del barrio —seguramente primo lejano de alguno de los rufianes que sí lo eran, y seguramente contratado por ellos— le pateó el bastón a Jorge Luis, casi provocándole una caída que hubiera sido nefasta para sus huesos cansados, si justo no hubiera estado pasando por allí el ermitaño de Pedro, quien atajó a Jorge Luis en el instante exacto en que venía cayendo. …Aunque no es del todo acertado decir: “justo…pasando por allí”, porque Pedro vivía más en la Émile Zola, que en su propia casa, sea donde sea que viviera…
Por suerte los dos viejos todo lo perdonaban. Ellos también habían sido críos y rufianes alguna vez.
No lo entiendo.-se repetía Adolfo, acompañando el vaivén de sus estados de ánimo con el vaivén de su cabeza…- ¿Cómo puede haber quien prefiera que otros se imaginen las cosas por uno… consumir ya-masticado…-sólo un gesto, la expresión inconclusa de una idea y el amigo ya comprendía el resto, y no es que no les gustara hablar… ¡todo lo contrario, en estos últimos tiempos, hasta chusmas se habían puesto! “¡Que sólo se vive una vez, carajo!” Y derecho tienen, ¿verdad?

Descansando un poco sobre la mesa de entrada del establecimiento están los viejos, cuando se abre la puerta y entra por ella, Ernesto, el nieto de Adolfo:
-Hola, abuelo…, hola, Jorge…-saluda a uno y otro, nuestro amigo, con palmadas afectuosas. Ernesto es alegre como la mayoría de los deportistas, tal vez lo fuera por la liberación de endorfinas que propicia toda actividad física o quizás, sencillamente, por su temperamento optimista, el caso es que él entra contento como siempre, derrochando buen humor. Pero eso no es todo lo que derrocha el día de hoy. Una ansiedad desacostumbrada se le escurre por los poros, es evidente…
-¡Titus!-lo saluda su abuelo, con el sobrenombre que él mismo le había puesto a su nieto cuando niño, pronunciándolo a la manera anglófona (algo así como “t-áit-us”), no en honor a aquel general romano, sino simplemente porque le gustaba cómo sonaba esa palabra en inglés- Grata sorpresa, hijo, ¿qué te trae por acá?-pregunta luego, alegremente sorprendido al ver a su nieto en la biblioteca, pues no recuerda cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que éste hubo pisado el local, y también divertido, olisqueando ese toque de impaciencia que entró acompañando a Ernesto desde la vereda.
-¿Descubriste que los libros no son cancerígenos, y has decidido venir a echarles un vistazo, chico?-interviene Jorge Luis, chistoso, pero amigable: él, sin nietos, hace tiempo ha adoptado al bonachón de Ernesto como propio. Y éste, intuyéndolo, le permite muchas licencias y tiene al viejo en consideración para muchas cuestiones.
-Jajaja… no, gracias, Jorge. Los libros no son lo mío, sabés que prefiero corretear detrás de balones y mujeres, a estarme quieto y aburrido delante de un papel manchado…
-¡¿Y quién te hizo creer que Jorge Luis y yo no fuimos deportistas ni mujeriegos en nuestra juventud, hijo?!
-¡No sé quién de los dos hacía más estragos!-complementa la observación,  Jorge Luis, esta vez dirigiéndose a su amigo:- …si nos hubiéramos conocido en esas épocas, compañero, ¿eh?-ríe el más baqueteado de los dos ancianos, la risa imbuyéndole el cuerpo de vitalidad; sus huesos, un poco más despiertos ahora, agradecidos.
-Sí, sí… ¡seguro!-el muchacho le pega un cariñoso y delicado puñetazo en el hombro a su abuelo, y le guiña el ojo a Jorge Luis.
La escena es bastante tierna pero inusual en lo tiempos que corren: dos ancianos, uno acodado contra el mostrador y otro desparramado en una silla, riendo como iguales con el corpulento Ernesto. Un Ernesto que todavía no ha entendido de qué va la literatura. Dos viejos tolerantes y resignados, que depositan la confianza en el tiempo y en la experiencia. Aunque estos últimos les vengan fallando desde hace rato…
Ernesto, ya no pudiendo contenerse, les comenta a los viejos la razón de su visita: acaba de conocer accidentalmente a una bellísima chica, en la calle, y con quien, como por arte de magia —mediando una mutua atracción que ambos, él y ella, percibieron—, se quedaron hablando un instante que a Ernesto se le antojó eterno, a pesar de que no había durado más que unos pocos segundos; les contó también —ante la mirada simpática y tierna de los dos amigos— cómo, él, experimentado lobo de mar, le había logrado sonsacar un par de datos a la recién conocida…, entre ellos, el hecho de que ella —sí, nuestra Julia, ¿quién otra iba a ser?— trabajaba en la biblioteca Émile Zola… ¡la misma en la que trabajaba su abuelo! Obviamente, Ernesto nada dijo a Julia de su incomprensión por la literatura (porque intuyó que el arquetipo intelectualoide de Julia rechazaría sin más su compañía, o la mera oportunidad de darle una oportunidad… Por otra parte, intuyó bien, pues ya conocemos a Julia…) y mucho menos le dijo que su abuelo atendía allí y que ella debía de conocerlo: mejor dejarlo para una sorpresa. Condimentar las relaciones propiciando situaciones particulares les brindaba un agregado favorecedor, un plus que Ernesto sabía aprovechar a la perfección.
-¡¿Julia?! ¡¿Nuestra Julia?!-se sorprenden los hombres al unísono. Un gustito amargo recorre las papilas gustativas de Jorge Luis porque es verdad que quiere a Ernesto como a un nieto, pero también a Julia la aprecia como tal, y no le gustaría que este muchacho “cuyo universo entero es un coto de caza” se aprovechara de una chica como Julia pues, aunque buen chico, suele tomar a las muchachas como si fueran números…
-¡Ni se te ocurra embaucar a esa chica, Ernesto, …con Julia no juegues!-dichas con picardía, pero dejando traslucir un aire de preocupación, estas palabras no vienen de la boca del abuelo postizo de Ernesto, sino de su abuelo natural, quien a las claras ha pensado exactamente lo mismo que Jorge Luis, …no en vano han pasado tanto tiempo juntos.
-No te preocupes, abuelo, que esa chica sabe cuidarse sola, te lo aseguro.
¡Por supuesto!, inmersos en la encrucijada de, por un lado, querer proteger a Julia, y por el otro, estar contentos porque Ernesto se haya topado con una buena mujer (en lugar de con una de esas que él solía presentarles, «tiros al aire, casi tanto como mi nieto»), ambos han olvidado de quién están hablando: Julia no caería en las redes de Ernesto así como así. Además, si el chico la merecía, bueno como era, la conquistaría por mérito propio —ya que Julia se daría cuenta de su valía— y no por sus ardides de gigoló.
Todo esto piensan los viejos cuando nuevamente se abre la puerta y entra una despabilada y luminosa Julia, con un cachorrito de schnauzer standard en las manos…
-Buenos díaaaaas…-saluda naturalmente Julia, quien ha entrado como Pancho por su casa, mirando y acariciando a su nueva mascota, y que todavía no ha caído en la cuenta de que Ernesto es ese joven que está ahí parado, hablando con sus amigos.
Hasta que lo hace.

* * *

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«Los Nuevos» – Novela de zombies por partes. (03/35)

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Boris

A muchos miles de kilómetros de allí, un grupo algo numeroso de personas ataviadas con guardapolvos blancos, ebulle nervioso, como un manojo de larvas. Es el momento de sus vidas. Todos reunidos alrededor de los monitores, rodeados de sensores, planillas con estadísticas y pizarras con fórmulas; al llegar, estos científicos habían sido unos completos desconocidos entre sí, pero al cabo de tantos años de trabajo en equipo, aprendieron a ser algo así como buenos amigos, aun sin conocer sus respectivos idiomas del todo: por cuestiones de pragmatismo, se comunican mayoritariamente en inglés, y en apenas dos o tres de las lenguas más extendidas.

Uno más, entre todos estos científicos del CERN (Conseil Européen pour la Recherche Nucléaire), Boris no puede aguantar estos resultados para sí: sumido como está por la ansiedad, no ve la hora de que salgan a la luz por los medios de todo el mundo. ¡La noticia del siglo!

Incluso puede imaginar los titulares:

―“¡CIENTÍFICOS DEL CERN REPRODUCEN EL BIG BANG!”

―“¡NUEVOS HORIZONTES INSOSPECHADOS PARA LA CIENCIA!”

―“¡INVESTIGADOR RUSO LOGRA CONTROLAR LA PARTÍCULA DE DIOS!”

Todos los presentes, físicos, matemáticos, astrofísicos, químicos, estadistas, filósofos y hasta politólogos; todos, excepto periodistas, expectantes ante la idea de haber encontrado la manera de recrear un Big Bang en un ambiente controlado, sin saber del todo qué resultados provocaría en los análisis posteriores…

Pero se llevan una sorpresa al descubrir que nada sucede.

La Organización Europea para la Investigación Nuclear, mejor conocida como CERN, por su francés Conseil Européen pour la Recherche Nucléaire, posiblemente sea el centro de investigación científica más grande y avanzado que ha llevado a cabo la raza humana. Fundado en 1954 por 12 países europeos, el CERN, es hoy en día un modelo de colaboración científica internacional.

Aunque sus datos viajan por todo el mundo y, asimismo, encontraremos científicos colaboradores en el programa diseminados por todo el orbe, la base de operaciones está ubicada en la frontera entre Suiza y Francia, lugar en donde se halla emplazado el Gran Colisionador de Hadrones (o LHC, por sus siglas en inglés), que, con sus 27 km de circunferencia, constituye el acelerador de partículas más grande construido hasta la fecha.

El LHC tiene como propósito tanto verificar empíricamente las teorías vigentes de la física, como ahondar en el estudio del Universo y sus fenómenos, a través de la observación del comportamiento de las partículas subatómicas a partir de situaciones generadas en ambientes controlados. Para esto, tal y como dice el nombre, previa aceleración a una velocidad apenas 10 km/h menor a la de la luz, se hacen colisionar hadrones, es decir, formaciones de quarks y antiquarks, que son los constituyentes esenciales de la materia, combinados en pequeños grupos (un ejemplo de hadrón, por caso, son los conocidos protones). Para luego registrar y analizar, en múltiples centros de estudio y experimentación, los resultados obtenidos.

Gracias al esfuerzo de los países fundadores, que hicieron y hacen posible el CERN, y a los que se suman nuevos países que contribuyen con recursos humanos, tecnológicos y económicos; así como a la incansable dedicación de miles de investigadores involucrados, al día de hoy se han alcanzado infinidad de logros, entre ellos, el descubrimiento empírico de varias partículas elementales cuya existencia había sido postulada en teorías ampliamente divulgadas y aceptadas por la comunidad científica, pero que carecían de corroboración en la práctica, como es el caso de la tal vez más emblemática de todas: el esquivo bosón de Higgs, también conocido por el mediático apodo de “la partícula de Dios”, tan sensacionalista como exitoso.

La importancia de esta partícula subatómica, radica en que su existencia explicaría la razón por la cual las demás partículas que interactúan con ella adquieren masa. En contrapartida, demostrar su inexistencia, echaría por tierra una gran porción del paradigma teórico de física de partículas más extendido de todos: El modelo estándar, dejando paso a otros cuerpos teóricos, ávidos de gloria, pero que hasta ahora deben de conformarse con esperar rezagados el traspié del jefe.

De la misma manera, por medio del CERN, se espera confirmar o desestimar teorías de partículas, complementarias o adyacentes, como la de la Supersimetría, la cual postula que, por cada partícula que existe en el universo, existe su contrario, o “anti-partícula”: los antiquarks, por ejemplo, tienen la misma masa, vida media y rotación que sus respectivos quarks, pero con carga opuesta.

En las instalaciones del LHC han podido finalmente —y gracias a las inverosímiles contribuciones de un investigador ruso hasta entonces desconocido—, hacer aquello que tanto quitaba el sueño a los científicos: reproducir, en un ambiente controlado, un pequeño Big Bang, ese evento conocido por todos, a partir del cual, en teoría, se origina nuestro Universo allá en el comienzo de los tiempos. El momento —casi de ciencia ficción— en que prácticamente de la nada (es decir, de una partícula infinitamente densa que contiene todo el espacio y todo el tiempo del Universo, y que explota) nace todo lo que conocemos. Una partícula inmensamente densa que es el origen del Todo.

Y que no habían reproducido hasta hoy.

Pero el experimento acontece y nada pasa. Los investigadores, algo decepcionados, se miran entre sí, interrogándose mutuamente sobre lo que pudo haber salido mal. Cada persona presente intenta explicarse el porqué del fracaso del experimento: ni un registro, ni una luz, ni un destello, todos los sensores, inmutables; y el motor principal que sigue funcionando con su ronroneo constante, como si nada.

Boris no logra entender por qué no ha sucedido nada, está más que seguro de que lo habían hecho todo tal y como él les había dicho. Expresamente. Todo. Porque, pongámoslo de esta manera: desde hacía unos meses, sin que nadie de afuera del entorno cerrado de la plana mayor del CERN lo supiera, quien comandaba todos los experimentos y quien determinaba todos los pasos a seguir, era Boris.

Es cierto que hacía unos años había llegado como Investigador Invitado al Acelerador de Partículas, por recomendación de su director de tesis, quien también trabajaba allí, y es verdad que allá en Rusia era considerado un superdotado, pero cuando llegó al LHC, pasó a ser uno más del montón, porque aquí, en el CERN, todos y cada uno de los investigadores, eran eminencias, cada quien en lo suyo…

Sin embargo, el último verano, sucedió algo que lo cambió todo.

Boris, acostumbrado desde la infancia a ser idolatrado, a veces; rechazado e ignorado, a menudo; e incomprendido, siempre; había aprendido a vivir consigo mismo, aislado a un nivel humano de sus congéneres. A excepción de sus padres. Pero éstos lo trataban como a un hijo, nunca como a un igual, porque Boris, para ellos, pasaba de ser el “Niño de la familia” a ser el “Doctor en Física Cuántica de la familia”, sin términos medios. ¿Conclusión? Boris se hizo mejor amigo de sí mismo. O, mejor dicho, de su propia consciencia.

Y perfeccionó tanto el arte de dirigirse a sí mismo como lo haría hacia un interlocutor externo, que, para sus veinte años, ya consideraba a su parte consciente como a otro individuo. (Aunque cuidándose muy bien de hacerlo en público, pues en esta vida también se aprende que siempre merodean a nuestro alrededor, grupos ansiosos de diagnosticarnos patologías de las más variadas naturalezas, para sacarnos fuera del juego a la primera de cambio) De manera que en su personalidad, más que niveles de consciencia —uno más profundo y otro más superficial—, había hermanos siameses.

Ese verano, su consciencia/mejor-amiga/hermano-siamés, comenzó a comportarse como el resto de los mortales: empezó a ignorar a Boris. Éste, percibía cómo su “mejor-amiga” lo había comenzado a ningunear gradualmente, casi con insolencia, como si tuviera otros asuntos más importantes que atender. Boris le dirigía la palabra y recibía cada vez menos respuestas de ella, o ésta directamente lo invitaba a no entrometerse… [¡No me molestes, pesado!]. Boris, que no era precisamente alguien débil de carácter, interpretó esto como un desafío y se volvió más y más introspectivo, reflexivo para con él mismo, e inquisitivo para con su consciencia, lo que favoreció un distanciamiento por parte de ella, casi una escisión.

Una noche, como arrancado repentinamente de un sueño y vuelto a insertar en él con violencia, presintió como que su mejor-amiga mantenía una conversación con otra voz, una tercera y desconocida presencia. Ahí nomás, su consciencia, al darse cuenta de lo que Boris había notado —al fin y al cabo eran la misma persona—, dejó de hacer lo que la ocupaba, saludó a Boris carismática como nunca para atraer su atención hacia sí, y se puso a charlar con aquél como en los viejos tiempos.

Pero para el astuto Boris nada volvió a ser como antes. Algo le estaba siendo ocultado, y lo querían tapar con el sucio barro de la imaginación.

Este sueño se volvió a repetir las siguientes noches, durante casi una semana y con exactos mismos resultados, pero finalmente, al quinto día, al descubrir a su mejor amiga en pleno diálogo —indescifrable— con esa otra voz, Boris ignoró la voz de su consciencia que intentaba desviar su atención saludándolo, atrayéndolo hacia sí, preguntándole cosas, y se sumergió en las profundidades abisales de sí mismo, en busca de lo nuevo.

A partir de la siguiente mañana, Boris parecía ser la reencarnación de Ptolomeo, Da Vinci, Tesla, Einstein, Von Braun, y cualquiera otra mente brillante: o, mejor, todas ellas juntas. Tanto, que ante la mirada atónita de los demás científicos —y luego de las necesarias primeras etapas de descreimiento general por parte de sus compañeros, rápidamente aplastadas—, Boris se convirtió en el Coordinador General de hecho del CERN, y bajo su guía, el proyecto científico de cooperación internacional avanzó lo que no hubiera avanzado en décadas.

Nadie, ni los científicos más allegados, percibieron cambios externos en Boris, que siempre había sido alguien “especial”, entre especiales, y Nadie se preguntó nada tampoco: amantes de la verdad, como todos los científicos honestos, sus compañeros se dedicaron a seguir las instrucciones del ruso en aras del Avance de la Ciencia.

Hasta hoy. En que luego de meses de cambios de rumbos y nuevos proyectos, nada sucedió.

Boris intenta repasar mentalmente todos los procedimientos otra vez, para detectar la falla. El porqué no había funcionado… ¡Tantos meses! ¡Tanto trabajo! …no entiende qué pudo haber salido mal, si él lo único que hizo fue seguir instrucciones «de la nueva voz», recalibraciones, nuevas configuraciones, toda una nueva visión acerca del rumbo que debían tomar los experimentos para lograr soluciones finales a los padecimientos humanos actuales: hambre, frío, guerras, contaminación… todo solucionable a través de la fusión nuclear. ¡Y todo eso para nada!

―¿En qué fallé?―se pregunta, susurrante, Boris, aunque en verdad, se lo está preguntando a la otra voz― ¿En qué fallé?

Nada.

De pronto, siente mucho más que una punzada: algo imposible, como si le hubieran hundido una cuchilla de hielo en la nuca —por ese agujero existente entre el occipital y las vértebras cervicales que tanto se les marca a los flacos, y a algunos negros no tan flacos, cuando están pelados— y le cercenaran el cerebro, aunque Boris sabe que el dolor viene de «aquí dentro». ¡Grita… por algo que interpreta como el desgarramiento interno de su corteza cerebral que, al separarse en dos mitades, no deja más que un vacío en el medio: un agujero negro en el que cae el verdadero Boris, gritando como loco, sin ser escuchado.

Sin pronunciar ni un solo gemido.

D.M.M.F.

Enlace al próximo capítulo.

«¡Cread y compartid!»: Henry Miller, Krishnamurti y la Cultura Libre!

(Si esto no es Cultura Libre, díganme qué lo es…)

Dice Henry Miller:

«Una de las diferencias sobresalientes entre un hombre como Krishnamurti y los artistas en general, radica en sus respectivas actitudes hacia su papel. Krishnamurti destaca que existe constante antagonismo entre el genio creativo del artista y su ego. El artista imagina, dice Krishnamurti, que lo grande y sublime es su ego. Este ego desea utilizar para su propio beneficio y engrandecimiento el momento de inspiración durante el cual obtuvo el contacto con lo eterno, momento, precisamente, en que el ego estaba ausente, sustituido por el residuo de su propia experiencia vital. La intuición, sostiene Krishnamurti, es la que debe servir de única guía. En cuanto a los poetas, los músicos y todos los artistas de verdad, deberían desarrollar el anonimato, deberían desprenderse de sus creaciones. Pero con la mayoría de los artistas sucede exactamente lo contrario: quieren ver sus firmas en las obras que crean! En suma, mientras el artista se aferre al individualismo, jamás conseguirá volver permanente su inspiración o sus poderes creativos. La cualidad o la condición del genio creativo no es otra cosa que las primera fase de la liberación.»

Henry Miller, Los libros en mi vida, 1950.

«Los Nuevos» – Novela de zombies por partes. (02/35)

Atajo al Capítulo Anterior…

Atajo al Primer Capítulo…

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Marcos y Esther

Bajo el sol del mediodía, Marcos y Esther avanzan con pasos rápidos. Sus sombras, cortitas y frenéticas, se esmeran por seguirlos.

Esther, de pelo castaño oscuro y mirada bondadosa, camina con la prisa de la inseguridad; Marcos, con los pasos largos que le da su altura. Ambos, ansiosos.

―¿Qué dirán, gordo, tus amigos? ¿Les caeré bien? ―(se) pregunta Esther, más bien a sí misma, ya que ocupada con sus propias cavilaciones no oye la respuesta tranquilizadora de Marcos.

―¡Pero nada, gorda! Si sos monísima… ¡¿Cómo no habrían de quererte?!

Siguen un par de pasos más y entran al café que frecuentan Marcos y sus amigos.

El Café es un lugar de medianas proporciones, revestido con mucha madera y olor a salsa de tomates, que reúne a la gente conocida del barrio luego del trabajo o en lo ratos de ocio. El ambiente, cuadrado, reúne el archipiélago principal de mesas en el sector que da a la calle, allí los comensales suelen juntar aquéllas armando largos chorizos de risas y barullo cuando la cita en el lugar es multitudinaria, como en aniversarios o cumpleaños.

Al lado de ese sector, la barra, que cerca los cuatro flancos de un pequeño cuarto de cocina lleno de ollas inquietas y utensilios apresurados, justo en medio del salón, rodeada de otras tantas mesas y sillas que hacen de cinturón del local, recorriendo el laberinto de una sola senda.

En el rincón de la derecha, contra los ventanales grandes que dan a la calle Buenos Aires, se encuentra la mesa en la que ya están ubicadas dos jóvenes parejas y Pedro, el hermano mayor de Marcos. Hacia ella se dirige Marcos, en compañía de su nueva candidata, directo a presentarla en sociedad, a “formalizar”, como le gustaba bromear a Pedro. Los restantes asistentes: amigos de la vida, tanto de Marcos, como de Pedro…

Marcos es así, le encanta hacer relaciones sociales, y su temperamento es tan franco, amigable y bonachón, que Pedro suele presentarlo a sus conocidos diciendo: “acá está la persona más buena del mundo; si te llevás mal con él, ¡empezá a replantearte tu existencia!”.

―No se den vuelta, ¡no, en serio! …pero ahí vienen Marquitos y su nuevo cero kilómetro… ―susurra la voz de locutora de Marga, la periodista, quien sentada de espaldas a la pared y atenta, como siempre, a lo que sucede a su alrededor en busca de la noticia perdida ha echado un ojo a la nueva pareja antes que nadie.

Haciendo caso omiso del comentario, Héctor, el productor de su programa de televisión —y, no casualmente, su marido— invita alzando su voz:

―¡Aquí, niños! ¡No se pierdan, ni se escondan, que los estábamos esperando!

Como recuperando la seguridad, el desgarbado recién llegado, un flaco de casi dos metros de altura, cambia al instante su semblante y les ofrece la mejor sonrisa, expresión de la cual Esther ya estaba aprendiendo a ponerse celosa…

Ya entre bromas y saludos, la pareja se acomoda a la mesa de costumbre y comienzan a desfilar los pormenores de la semana de cada uno de los habitués: no quieren sobrecargar a Esther con preguntas inofensivas-invasoras apenas conocerla, claro. Ya habría oportunidad.

Una vez a la mesa, siempre sus manos en contacto con las de Marcos, como buscando apoyo en la caricia distraída, Esther, de toda la vida acostumbrada a la timidez, se va dejando delinear por la conversación de los presentes, moldeada como agua en un recipiente: atendiendo a sus preguntas y haciendo, a su vez, las preguntas que se esperan de ella. Sonriendo cuando la sociedad manda (pero no más de lo debido, para no pasar por hipócrita ni condescendiente), en definitiva, cayéndole bien a casi todo el mundo, que para eso estaba hecha ella, sí, sí.

Y decimos a casi todo el mundo porque Marga está estudiando con recelo a la recién llegada, mientras que Pedro, mucho más perfeccionado en la observación de las relaciones humanas por su oficio de escritor, analiza cómo Marga estudia a Esther, aunque ambos procuran no ser descubiertos, claro… Y Marga no lo logra, claro…

La periodista nunca había podido quitarse a Marcos de su cabeza desde aquellas tres o cuatro veces en que terminaron en la cama, como final inevitable de noches extraordinariamente naturales en las que por el diálogo y las risas, se podría haber pensado que eran, Marga y Marcos, el uno para el otro. Pero además de su amistad y el esporádico buen sexo que tuvieron, Marcos nunca deseó nada de Marga. Ella lo sabe. Sabe que habían terminado en la cama como buenos amigos, «buenos amigos sin compromisos externos», y que se amaban, pero sólo como amigos.

Desde hace algún tiempo, otra de las cosas que intuye Marga es que Pedro, el hermano de Marcos, sí desea algo con ella «y, por su forma de ser, claramente va más allá del sexo y la amistad, aunque los incluye…, pero nunca se ha animado a decírmelo, …por suerte», piensa la periodista, «…porque de habérseme siquiera insinuado, yo hubiera detestado tener que rechazarlo: aunque conozco a Pedro de toda la vida y aunque es un gran tipo lleno de grandes ideas, nunca lo vi más que como a un amigo…».

Marga nunca se ha respondido la pregunta que merodea su cabeza desde que descubrió la atracción que ella despertaba en el hermano mayor de Marcos: «¿Por qué no es de mi tipo?». El dinero, el aspecto físico, los modales, su intelecto, nada parecía inadecuado, y sin embargo… lo que aun con su agudeza no logra ver la mujer, es que no aborda esa pregunta con profundidad, porque responderla significaría responder también el porqué no atrae ella misma a Marcos, significaría dar por descontada la imposibilidad de que algo real y duradero pasara entre ella y el menor de los hermanos. Una ola de culpa le desacomoda las ideas, haciéndola mirar involuntariamente al bueno de su marido.

―…para nada! Si vieras cómo se las apaña, ¡me ha cocinado manjares dignos de un rey! ―contestaba Esther a la alegre chicana de una de las chicas que embromaba acerca de las reducidas dotes de cocinero de Marcos―. Ustedes no lo creen, pero su Marquitos tenía un as escondido bajo la manga, y aunque es verdad que no me ha conquistado por el estómago, y que le esquiva mucho a la cocina, se las ingenia muy bien, para ser hombre…

Marga sabe lo bien que cocina Marcos cuando está en la intimidad, sobre todo cuando quiere agasajar a una mujer, pero se guarda el comentario al respecto, para no echar leña al fuego que reside en el pecho del bueno de Héctor, que conoce la historia de ambos, para no arriesgar ni por un segundo siquiera la idea de herirlo con recuerdos que no le son gratos.

―Bueno, hay que decirlo, últimamente, pareciera que los hombres sólo sirven para cocinarnos y para que la pasemos bien en la cama… ¡y algunos ni siquiera para eso! ―ríe Marga, codazo de por medio a Héctor, como para romper el hielo que se creó en ella, su hielo, como para conjurar esa nostalgia de la que sólo ella está al tanto, y contra la que lucha, cada vez más seguido y cada vez con más fuerza, cuando despiertan sus sentimientos hacia Marcos. Poniéndose un poco más seria, pero logrando que nadie perciba tanta sombra en ella…― A decir verdad, somos muy afortunadas de tener buenos hombres como maridos o novios, porque tengo un montón de amigas que se quejan de que hoy por hoy son todos unos nabos, y sólo los usan para pasar el rato…

―¡Cuando no son ellas las utilizadas! ―interviene Héctor en defensa de su gremio, y los demás varones ríen.

La mesera, inoportuna como todo mozo, acaba de llegar a la mesa en busca de la comanda, y se compadece de la chica sentada junto a ese personaje que se burlaba con tanto desparpajo del sexo opuesto. Si lo conocerá, si conocerá a los de su tipo…

―Buenos días… ―dice, saludando con la sonrisa de rigor, a los recién llegados―, ¿van a servirse algo de tomar, de comer, la dama y el caballero?

―Ah, gracias, Jimena, sí, por favor.

Marcos pide dos gaseosas, una de ellas sin azúcar, para Esther.

―¿Qué tenés para comer que sea vegetariano? ―pregunta, pasando su brazo por los hombros de su cita, para darle a entender a Jimena que el plato sería para Esther, que era su novia la rarita, y no él.

Marga, siempre atenta, se da cuenta de tan sutil ademán y recuerda aquello que la salvaba: «Por suerte no terminé en pareja con él, no soporto la gente con poca personalidad.» …Pero bien que se cuidaba de recordar su oculto amor por Marcos.

Una vez que la moza se retira de la mesa para ordenar el pedido, la conversación sigue en donde había quedado:

―Es cierto eso que dice Marga de que ya no hay hombres como la gente… A mí me pasa que tengo muchos amigos varones, y los que verdaderamente valen la pena, ya tienen pareja, como mi Juan… ―interviene Soraya, algo callada hasta el momento, pero siempre pasándola bien con los amigos de Juan y sus ocurrencias, quienes a base de compartir tiempo y experiencias, se habían convertido también en amigos de ella a tal punto de que ya ni siquiera era pertinente decir que eran amigos “de Juan”. Eso tenía de bueno este grupo: las parejas, sean varones o mujeres, no eran simplemente agregados culturales en el mismo, sino que la sencillez de sus miembros les daba la cabida suficiente como para afianzar lazos amistosos verdaderos, tal y como había pasado con Soraya.

―Sí, el tema es precisamente ése: a veces pienso que tenés demasiados amigos varones… ―se sincera Juan con el grupo, mitad en broma, mitad en serio.

Entre Juan y Soraya hay un cruce de miradas de comprensión, signo de que ya pasó mucha agua bajo el puente-de-las-amistades-masculinas. Seguro han tenido muchas discusiones al respecto, sus amigos están de testigos, pero evidentemente ya las han resuelto a todas, y esto es perceptible hasta para la recién llegada (y no muy lúcida) Esther.

―Es que, por si no te diste cuenta, Juan, las minas copadas tienen más amigos varones que amigas mujeres, porque entre ellas son competitivas mientras que nosotros somos colaborativos. Nosotros sumamos. Ellas se dividen.

Quien acaba de hablar es Pedro, otro de los que permanecían callados en el montón. Pero no por falta de cosas para opinar, como intuía (erróneamente) Esther, sino porque él estaba ocupado en sus propios pensamientos. Además, tampoco había hablado antes por respeto y por ganas de escuchar lo que sus compañeros tenían para decir, por lo menos hasta que llegara el momento de aportar algo picante al debate, como ahora:―Es cierto, también, que muchas veces esas amistades se tergiversan y terminan siendo otra cosa… ―«Decímelo a mí», pensaba Marga mientras escuchaba hablar a su amigo.― …pero no es por culpa de ellas, particularmente…

―No, claro que no, ¡es porque ustedes nos quieren llevar a la cama a todas! ―interrumpe Marga, en un inconsciente pero visible intento de pasarle la pesada carga de aquellas noches desvirtuadas, a Marcos; pero la mente de Marcos no es tan perceptiva como la de ella, y no atrapa la indirecta―, es decir, si de ustedes dependiera…

―Pero no todos somos iguales… ―se defiende Marcos, con el apoyo de Esther, quien niega con la cabeza en señal de reafirmación a lo dicho por Marcos.

«Pero precisamente ese no es tu caso, compañero…», se mueren por contestar todos en la mesa, pero nadie lo hace por respeto a Esther…

―Claro que no todos somos así, ¡pero precisamente ese no es tu caso, hermanito! ―bueno, no todos: Pedro, su hermano mayor, evidentemente no encontró tan desubicado el comentario, y continúa, esta vez mirando a la novia de Marcos:―, no es que mi hermano sea mujeriego, Esther, ¡para nada!, pero es que las mujeres no se le pueden resistir a Marquitos, no sé qué tiene…

El grupo ha entrado en calor, cada uno de ellos disfruta de la mutua compañía y de estas divertidas conversaciones con las que aplastan las preocupaciones individuales propias, como una locomotora sobre zapallos, y exactamente a esa misma velocidad, gradualmente ascendente, como un tren cuando sale de la estación. Tren con una nueva pasajera, que observa y ríe, que trata de comprender más de lo que puede, pero no por falta de predisposición ni apertura por parte de los amigos de Marcos, como se ha dicho ya, sino por la dinámica propia de cada grupo, por el universo particular discursivo de cada grupo: bromas internas, códigos nuevos, referencias elípticas a experiencias compartidas en un pasado lejano —y ajeno a Esther—, pero no por culpa de los chicos, que son buenos chicos, como todos los chicos, cuando están entre amigos.

D.M.M.F.

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Atajo al Capítulo Siguiente…

Libro recomendado

tapa libro minería

15 mitos y realidades de la minería transnacional en la Argentina.
Guía para desmontar el imaginario prominero.
Colectivo Voces de Alerta
Colección: Cascotazos, 2011.
Co-edición El Colectivo / Herramienta
14×20 cms., 224 p.
ISBN: 978-987-1497-46-1

Fuente: http://www.editorialelcolectivo.org

Disponible completo en versión digital bajo licencia copyleft: [Ver PDF]


El Colectivo Voces de Alerta está integrado por científicos, pensadores, artistas, intelectuales, profesionales, organizaciones de derechos humanos, de pueblos originarios, de campesinos y socioambientales, y todos aquellos/as interesados/as por la interrelación entre múltiples saberes y entramados sociales, políticos, culturales. Surgió de un episodio en el ámbito científico argentino –un investigador dio a conocer hallazgos que tienen graves implicancias en la salud pública– a partir del cual se desencadenó un debate que puso de relieve el poco espacio que aún queda para la autonomía y libertad científica. En esa ocasión y frente a la respuesta de intereses de cámaras empresariales, corporaciones e incomprensibles desligamientos de las autoridades científicas nacionales, un conjunto de personas de muy diversos mundos sociales, decidió expresar públicamente asumiendo el nombre Voces de Alerta.


Elaborado por:
Horacio Machado, Maristella Svampa, Enrique Viale, Marcelo Giraud, Lucrecia Wagner, Mirta Antonelli, Norma Giarracca y Miguel Teubal.

Aportes de:
Javier Rodríguez Pardo y Darío Aranda.

«Este libro está pensado como una caja de herramientas y, a la vez, como un instrumento de lucha política. Fue concebido colectivamente al calor de la campaña en favor de la ley de protección de glaciares,  sancionada por el Congreso Nacional en septiembre de 2010, en un momento en el cual debíamos responder punto por punto los argumentos falaces y los indicadores económicos, muchas veces mentirosos, esgrimidos por el lobby minero.
Desde Voces de Alerta, cuestionamos radicalmente la actual colonización que los grandes poderes económicos producen en las universidades, sistemas científicos y en la educación pública en general. Estamos convencidos de que no existe ninguna posibilidad de avanzar en la democratización de la sociedad, si no se pone coto tanto al modelo extractivo (régimen social de acumulación y distribución de riqueza), que necesita dominar y doblegar bajo cualquier medio a las poblaciones que habitan esos territorios, como a las guardias pretorianas que los custodian.
El trabajo está dedicado a quienes creemos son sus principales destinatarios y los grandes protagonistas de esta lucha: a todas las asambleas ciudadanas que, en nuestra extensa y rica geografía, y dentro de una situación de clara asimetría de fuerzas, abogan por la defensa del agua, la vida y el futuro de las próximas generaciones».

De la Presentación

ÍNDICE

Presentación

Mito 1. Son fundamentalistas, están en contra de todo tipo de minería.

Mito 2. La minería es un “motor de desarrollo” que impulsa la economía nacional.

Mito 3. La minería genera empleo y crecimiento económico local.

Mito 4. La minería crea muchos puestos de trabajo indirectos.

Mito 5. La minería se instala en zonas postergadas, crea un círculo virtuoso, genera desarrollo y eleva el nivel de vida de la población.

Mito 6. Los beneficios de la minería se quedan en los países donde se extraen los minerales, y las empresas contribuyen con el pago de diferentes impuestos en el desarrollo del país.

Mito 7. La minería puede ser limpia, no contamina el ambiente, y se puede hacer sin riesgos ambientales. Hay una solución técnica para cada problema ambiental.

Mito 8.Los emprendimientos cumplen con exigentes regulaciones ambientales y la minería es la única actividad regulada por una ley ambiental en nuestro país.

Mito 9. Ningún proyecto minero se hace sin el consentimiento previo de las comunidades involucradas.

Mito 10.La minería fortalece el tejido social, reduce la migración y la descomposición de las comunidades.

Mito 11. Las empresas transnacionales garantizan transparencia y libertad de opinión en cuanto a la evaluación de sus actividades.

Mito 12. Cada país es autónomo y soberano en sus relaciones con empresas mineras transnacionales. Las empresas mineras transnacionales respetan el marco legal de los países donde operan.

Mito 13. Las empresas transnacionales se comportan con responsabilidad social empresarial, robusteciendo el tejido socioeconómico de la zona.

Mito 14. Los que se oponen a la minería a gran escala, nacional o trasnacional, no tienen alternativas de desarrollo.

Mito 15. América tiene un destino mineral. Sin desarrollo minero, no hay futuro para nuestras sociedades.