Ya no soy yo (03)

Ya no soy yo…

«Quien pega primero, pega dos veces”; “Matar dos pájaros del mismo tiro”… me chocan esos refranes violentos… pero cuánta razón tienen! Las “primeras veces” se graban a fuego en nuestra niñez. Son los señaladores en el libro de la infancia, el índice inobjetable en los anales de nuestra existencia.

Los niños lo admiran todo, pues todo es amanecer para ellos, que son rocío. Sin embargo, la novedad puede ser infinita si uno se lo propone, aunque ocupa mucho lugar y nuestra mente no suele dejarla entrar…

Estará muy contento don Nietzsche con su verdad, pero a mi me pesa que nuestra mente sea martillo, antes que curiosidad.

[¿De quién hablo cuando hablo de mi mente? ¿Acaso no es ése el mejor ejemplo de que no somos algo, sino multitud? La consciencia… Bendita consciencia… ¡Gran error del universo!

No importa. A fuerza de (in)consciencia o voluntad, uno se vuelve artista.]

Personalmente, apunto a ver todo lo que me rodea como si aún fuera el niño de hace veinte o treinta años, resetear, no la memoria, ni la experiencia, sino la percepción de lo que me rodea. Busco ahuecarme como el cauce vacío de un río de deshielo que se acerca, al que sólo podré recibir plenamente si me ofrezco a él con admiración, no porque sea la primera vez que sucede la primavera, sino porque ningún invierno es igual al anterior. Como adultos, los que envejecemos no somos nosotros, sino las cosas que nos rodean porque las vemos sin admiración ni curiosidad. ¡Nos vanagloriamos de la infinitud del cerebro, o del ser humano, pero nos tapamos de coladores filtrantes como si fuéramos a estallar de realidades! ¿No será mejor andarnos sin filtros? (“Mis manos, brutas como esponjas”) Ser el cauce que acepta el barro, con la misma actitud con que acepta la frescura del agua, el vaso sanguíneo de naturaleza abismal, que acepta tanto las semillas de la flora que desciende corriente abajo, como la muerte hecha rana o paloma, acompañándolas, volviéndolas fertilidad…

Para ir más lejos, podemos propugnar la apertura absoluta, aunque no exista. Aunque sea imposible… ¿Cómo sería una persona que “corroborara” con todos los libros que le caen en las manos? ¿fútil, filosa o falsa? ¿sabia?

…En las relaciones interpersonales se da exactamente lo mismo…

¡¿Y QUÉ SON LOS LIBROS, SINO “OTRAS” PERSONAS?!

(Y, ¿qué es la biblioteca, sino una otra sociedad?) Leer es como ir a una reunión, o como tomar mate con alguien…, leer es relacionarse con alguien, en el sentido de la propia experiencia, es decir, para con uno mismo. Los libros son personas en nuestra vida. Lo sabés mejor que yo…

Que acudan en mi ayuda dos enormes escritores:

Ernesto Sabato, por un lado, dice que cada momento que no pasó él con un ser humano, fue un momento perdido en su vida, incluso aunque se lo hubiese dedicado a la literatura. Adolfo Bioy Casares, por su parte, dice que las personas más inteligentes que pisaron y pisan la Tierra son los escritores…

Aunque parezca lo opuesto, ambos se apoyan mutuamente en sus afirmaciones: pues Bioy elogia, en realidad, la sensibilidad y la percepción del escritor, sus ojos conteniendo el universo, el fuego que palpita en su rutina y se convierte en estalactita al bajar por las yemas de sus dedos… Recién al final de la fila, llega cansada la tan nombrada “capacidad del artista” para volcar aquello que ve y siente sobre el papel… mal o bien, pero siempre pensando en el otro, que es la maldición del escritor, el infierno del artista: soportar las espuelas de la hipocresía a horcajadas de su sensibilidad.

Nada hace más sensible a Sabato, que su imposibilidad de dejar de escribir, que su añoranza de oso polar en el cautiverio literario: “¡Quiero salir!”…

Pero escribir no es la pena. Arte es vida. Si hacer arte chupara energía, no me aniquilaría el sueño ponerme a escribir poesía…

Ahí está lo bueno de la lectura: uno se relaciona con seres humanos inmensamente observadores y sensibles, que, encima, manejan el lenguaje como domadores de circo, o encantadores de serpientes… y aunque este relacionarse no se produzca más que unilateralmente, la moneda tiene dos caras: al lector, el enriquecimiento le funciona como si fuera bilateral, y al escritor, en última instancia, no le interesa: él simplemente escribe porque no puede dejar de hacerlo…

Cada ser humano tiene algo para contar, es profundamente sabio en sus cuestiones y más que observador para lo que es de su interés, pero no todos pueden exteriorizar su ser como lo hace el escritor… que enseña mucho más que un vecino promedio, que un docente promedio, que un compañero de trabajo promedio… pero, además, también puede abrazar.

No estoy diciendo que leer sea preferible a hacer sociales, sino simplemente, que es altamente aconsejable leer. Y que, al fin y al cabo, no es mucho más diferente de hacer sociales.

Eso es todo.

Los autores que más amo son los más parecidos a mí, en sus cosmovisiones, en mi mí mismo.

Yo soy él”, a eso se refiere Henry.

Ya no soy yo (02)

Ya no soy yo…

Ya no quiero vivir de la literatura. Te lo dije: Ya no soy yo.

Ahora soy una enorme pelota de playa que galopa en las olas alejándose de la ciudad. Pelotaltamar, con ninguno de sus gajos pintados: a través del plástico se ven las sonrisas de las nubes, a través de poros blancos se escapan mis ansiedades a buscar sus bastones en otros lares.

Quiero ser nadie. Y lo soy.

Quiero no tener razón. Y no la tengo.

¡¿Qué mejor?!

¿Tener razón?

Es literatura. No hace falta.

Aquí en altamar, dentro de la niebla con mano, la vida es literatura: ya no hacen falta muchas cosas… No, no estoy pensando en palabras grandilocuentes como Justicia: la vida no es injusta, simplemente es impersonal.

Hubo un tiempo en que me desgarraba el ser entender que a la vida no le interesa en lo absoluto quiénes somos. Mi cerebro pateaba latones en los rincones, y se hacía el guapo acompañado, pero cuando estaba solo, lloraba todo el día. Si tratamos de agarrar con las neuronas, jamás comprenderemos cómo puede ser posible que al universo no le importemos ni un ápice; que el que hayamos nacido, suframos y muramos lo tiene perfectamente sin cuidado. Acaso allí radique nuestra errónea percepción de injusticia: la balanza trasnochada en la que nosotros seamos nada para el Universo, que precisamente lo es todo para nosotros… ¡Nosotros, que lo único que conocemos es a nosotros mismos! Gritamos a los cuatro vientos que existimos, nadie nos oye, y luego morimos. ¿Se puede pensar un castigo más cruel que éste? ¡Ay! …Pero está el arte…

Está el arte. Y nada existe más personal que la literatura, que el arte en general, mientras que la vida… ah, la “Vida”…

En el preciso instante en que nos apartamos del arte, comenzamos a personalizar nuestra existencia mediante etiquetas afiladas, esto es lo que nos dijo el zorro de Saint-Exúperie con su sabiduría animal, pero empleando una palabra mucho más terrible: “domesticar”. Etiquetamos-domesticamos el universo con nombres propios para desempañar el vidrio del sinsentido mientras nuestro colectivo corre irrefrenable por una carretera nocturna.

Y sin chofer.

Y siempre viajamos solos, en el colectivo. A cada quien le toca escoger sus propios fantasmas antes que se los enchufen por él.

Fantasmas, etiquetas, injusticia. Y, sin embargo, todo es viento en la humanidad. Las influencias, la anarquía, la celeridad, brisa o tempestad, todo es viento. No lo podemos agarrar. Pero nos empeñamos en etiquetar. Y es que una sola etiqueta no basta: un cargamento de esquelitas de heladera alcanza para prefigurar una personalidad tanto como las líneas falsas de un mapa escolar enmarcan el mar. Y sin embargo… a veces buscamos nombrar para acariciar, pues tampoco podemos acariciar el viento.

Dicen que lo que no se puede explicar, no se comprende del todo. Adhiero a esta aseveración, pero aclarando que la música, la poesía, y las demás artes, también explican… y no necesitan de la precisión fría y antisocial del lenguaje-bala. Entonces, ¿cómo explicar-acariciar sin nombrar-etiquetar? Fácil: como se toca el viento, aunque no se pueda apresar.

Conozco personas que protestan por todo. Todo el tiempo se están quejando de algo: que hace calor, que llegan tarde, que falta mucho, que tienen hambre, questo, quelotro… ellas buscan apresar, son Occidente hecho carne. Afortunadamente, también conozco otra clase de personas –mucho menos numerosas, es cierto, pero existen– que no se quejan nunca, que se contentan sin conformarse, que cierran los ojos para sentir la brisa de la vida.

Como los niños y los perros.

Los perros y los niños lloran, exigen, resignados se apagan, se encienden enfurecidos, nunca se quejan. Me entristece oír a niños quejarse: son adultos en miniatura, cuyos padres seguramente se quejen el triple.

Occidente hecho carne: el pensamiento occidental, basándose en la premisa de que “nombrar es conocer”, se tilda de complejo, organizado y moderno, respecto de los demás pensamientos, mucho más místicos o rezagados, pero en realidad, obedece a un proceder facilista. Quiere todo ya. (¡Ojo! Yo también “quiero todo ya”, pero son dos ya diferentes: el mío es el de “ahora, yo también, plis, porque después me voy y no vuelvo, …pero si no hay, no importa!” …mientras que el de Occidente es el de “YA mismo, y Siempre, y Todo, para mí solo y para nadie más.”) Busca definiciones para todo y a todo intenta etiquetar.

Prefiero el agua del mar.

Pero hay formas bellas de nombrar: tocando, por ejemplo, sin agarrar. Fotografiando, sin cazar, ni matar, ni enjaular. Por otro lado, las definiciones, si no van de la mano de ejemplos, no son definiciones, sino bizantinismos posmodernistas. Pongamos como ejemplo el Arte. Occidente quiere definir el Arte. Todos buscan definiciones que puedan pronunciarse sobre cualquier objeto y determinar si el mismo es arte o no es arte. Sin embargo, me parece que plantean mal el asunto: acaso la definición más sabia sea la que, aun siendo definición, no conteste a todas las preguntas. Los estudiosos pretenden tomar un pedazo de cerámica de alguna supuesta vasija de una excavación y enchastrarla con su propia definición de arte: “este pedazo de cosa ES arte”. “Este otro pedazo de cosa NO ES arte”. Necesitamos apertura, necesitamos mirar más, agarrar menos. En efecto, necesitamos una idea que nos permita diferenciar “arte”, de “ventana”, de “cabello”, de “zorrino” y de “atardecer”, pero que posea la humildad de decirme también: “No sé si este pedacito-de-cerámica-que-tal-vez-fuera-una-vasija es o no es arte. No lo sé. No puedo saberlo. Y no necesito saberlo para disfrutarlo, ni para soñar con las manos que lo moldearon, o con la eternidad, ni para cuestionarme acerca del sentido de la existencia.”

Acudiré a uno de mis escritores predilectos para condimentar la idea de definición humilde o sabia: el inmenso exponente humano que fue Henry Miller, cita a otro grande, Krishnamurti, para decir que “lo que queda definido, queda muerto”. ¿Ves la diferencia entre las definiciones occidentales y las humildes? Tal vez por allí esté la clave de por qué Occidente quiere nombrarlo todo a botinazos: porque la muerte es el control supremo sobre algo. La vida es movimiento, cambio, rebeldía, libertad.

[No puedo evitar una digresión: Por favor, si todavía no leíste a Henry Miller, no lo hagas hasta unos cuantos años después de haberme leído a mí; de paso, si ya estoy muerto, mejor: él ya lo ha hecho todo, a mí sólo me quedaba el suicidio, o gastar toda esta energía… sea en forma de tiempo, de papel, o de electricidad… ¡Bah! ¡Patrañas! Él hubiera querido que me leyeras a mí, y a él, y a ti mismo y a la vida que leen tus ojos con o sin tu presencia… después de todo: ¿para qué leemos, en todo caso?, ¿te lo has preguntado alguna vez? Sea como sea, ya Dios-Miller ha escrito algo como esto mil veces mejor, y mucho antes. Lo que sigue no se trata más que de una re-escritura desdichada y tercermundista. ¿Que por qué lo hago entonces?, ¿que por qué escribo? Escribo por la misma razón que vos estás leyendo esto…, además de improbable, suena algo extraño, lo sé, pero es la verdad. Puede que seas editor y estés leyendo esto porque algún tarambana te alcanzó el “manuscrito” y te ves obligado a hacerlo… o que, guiado por la curiosidad, hayas bajado el archivo desde Internet atraído por alguna extraña razón… o puede que seas una minita que me gusta a quien yo he extendido el archivo en LibreOffice para sorprenderla o conquistarla… pero también puede que seas un escuálido ser olvidado e híper-sintiente que halló este ajado libro en el rincón más húmedo y frío de una biblioteca de viejo que visitaba por primera vez, diez años después de que yo hubiera muerto (y en este momento, si éste es el caso, o por las dudas, acabas de volver de atisbar la fecha de edición en la última página del libro, para calcular mi defunción… o lo habrías hecho, te lo aseguro, si por tus arterias corriera sangre ingenieril en igual proporción a la artistoide, como en mi caso; no se lo deseo a nadie.), …aunque pensándolo bien, no sé si estás leyendo esto por aquella razón o por alguna otra. Que tampoco tengo: elegí abrirles las jaulas a mis razones, construirles abrazos y mejillas inexpertas, dejarlas ir con el aire…

Henry Miller decía que uno lee para corroborar. Sé lo que significa, a fuerza de visitarlo decenas de veces en su casa de papel. Henry no quiere decirnos que somos intolerantes y sólo leemos lo que está de acuerdo con nosotros, ¡para nada! Hay una diferencia crucial y tornasolada, con tantos matices como el otoño recostado sobre el lomo de las hojas que conversan en mi patio, con el viento de la siesta… Henry llegó a la conclusión (¡dichoso él!) de que, al cabo de mucho explorar siempre terminamos por quedarnos con aquellos autores que más nos “tocan”, aquellos que nos llegan al tuétano del ser, aquellos de quienes más aprendemos; en definitiva, leemos a quienes sintonizan nuestra misma frecuencia, pues los entendemos mejor… Pero éste no es un movimiento del todo consciente, sino más bien un principio o una fuerza tan natural como la que mantiene unidas las parejas y las amistades: la comprensión, la admiración, el aprendizaje, en definitiva, el amor.

La admiración, sobre todo, abre los ojos como platos, espanta el tedio del aburrimiento y neutraliza los filtros. La admiración es el caballo pura sangre que nos lleva como jinetes de juguete por el circuito repleto de vallas-prejuicio a lo largo de nuestra vida, cada salto es un aprendizaje. Pero a no confundir, tú que lees, que no sólo se admira hacia arriba: está bueno aprender a admirar también para abajo, para el costado, admirar para afuera y hacia adentro, admirar todo, y para todos lados.

Ya no soy yo (01)

Ya no soy yo…

Mi vida es un pedazo de niebla despeñándose por los días, …hasta que al fin una tímida mano con nombre de mujer decide asomarse a la piel de este cansado bulto de aire que infinita, y se toma de una rama que leía al sol, recostada sobre la ladera de mi propia montaña sin cumbre. Pero no es una rama: es la vida que nos extiende su mano de agua.

Lo único negro es la muerte. Pero el color negro no existe. Descubrí esta mentira recién hace un puñado de meses, y toda la herrumbre acumulada en más de tres décadas gritó huérfana allá lejos, al estrellarse en el piso de mi nueva realidad sin verdades.

El negro no es malo, sin embargo. De hecho, hoy por hoy, dentro de la niebla con mano, no creo que nada sea malo. Ni bueno. Más bien, todo, absolutamente todo, es bello. El negro, entonces, no es malo, …me hacía escribir tiernas cosas como esta:

¡Mis problemas se cuentan por miles! Aunque, en verdad, todos ellos –como todos los seres vivos, como todo lo que existe– son uno solo: estoy mentalmente enfermo. Este solo problema posee la capacidad vampiresca, o kafkeana, de asumir la forma de mil alimañas inefables que destilan su hedor en todos los ámbitos de mi existencia y se vuelven cordilleras infranqueables; alimañas terribles que defecan sobre mis intentos de amar; alimañas insensibles que se ríen de mis estudios universitarios; alimañas hercúleas que arrojan vagones oxidados sobre la senda de mi supuesta vocación… Mentalmente enfermo: si necesito constancia, me vuelvo pirotecnia; si necesito potencia, soy un ventilador apagado del siglo pasado, si necesito paciencia, me vuelvo canario en la tormenta. Mi enfermedad mental me hizo contradictorio, neurótico, diletante, ateo y divorciado. ¿Que “no”? [“¿Cómo que no? Miraló… miraló…”, diría El Príncipe] ¿Que “exagero”, decís? Ya lo averiguaremos. Juntos, y espero no te contagies…

…O sí.

Mil problemas. Uno solo. También un solo sueño: vivir de la escritura.

Listo. Terminé mi novela. Ya puedes ir en paz. En el primer párrafo te escribí lo que otros necesitan todo un libro para plasmar: mi pasado-presente-futuro. Y no, no haré “La Gran Arthur Conan Doyle” de crear un Watson para enajenarse de su Yo-rlock; ni ahí. Más bien voto por “La Gran Henry Miller”: saldré a correr desnudo por la faz de la Tierra, con o sin ti.

Perdí la cuenta de todas las veces que comencé a escribir esta cosa. Pónganlo en la cuenta de mi insanidad. Pero no le llamemos así, queda muy frío. Llamémosla… ejem… ¡Roberto! Mejor así. Por culpa de Roberto, entonces, reinicié/retomé/retaceé innumerables veces estas líneas, pero no pienso hacerlo más. Y es que acaso haya encontrado la razón de tales retrocesos: todas las otras veces que empecé a tipear o a garabatear boludeces sobre árboles muertos, estaba yo escribiendo para vender, para cumplir mi sueño de vivir de mi arte, dicho en una palabra: estaba escribiendo para vos. Pero entonces nada me conformaba: puesto que “vos” es uno solo, pero también es todos. Y también es el Mercado. Como resultado, me terminaba plastificándolo todo, desde el mero inicio, en lugar de hacer lo que debía desde un principio: escribir para exhumar mis fantasmas, para crecer, para abandonar la crisálida. Ésta es la sinceridad de la que tanto hablan mis colegas: sé honesto al escribir, leal para con los personajes de la ficción, franco y abierto con la página en blanco, a fin de cuentas, no es más que otro espejo en el que mirarnos.

Hazte a un lado. Voy a vomitar toda la mugre que tengo dentro. Pero presta atención: algunas florecillas silvestres aparecerán en el lomo de Escila y seguramente, también, ciertos cachorritos saldrán corriendo, juguetones e inconscientes, de entre las patas de Caribdis. El sol y la luna se tomarán de la mano a la sombra del camino.

Voy a detonar mi cinturón de TNT. Voy a explotar al máximo el potencial del arte. Voy a escribir lo que quiera, lo que siempre quise, de espaldas al Mercado, aunque éste me escupa, …o me compre. Sin fijar mi público (un pequeño detalle sobre la teoría de Umberto Eco acerca del Lector Ideal: ésta no es más que pura mercadotecnia post-estructuralista); sin temerle al fracaso, sino corriendo hacia él. Desnudo. Siempre, desnudo.

Decidí no escribirte, entonces. Y no lo lamento.

La Función del Autor en la Actualidad. (Ensayo, 7/7)

4.2. Finalmente: el rol del autor

4.2.1. El autor como catalizador del cambio social; el arte como “fuerza estructurante”

Hemos descartado la teleología desde el principio mismo de nuestro ensayo. Dando por hecho, entonces, que no hay una “misión” que cumplir, ninguna ética, ningún activismo de ningún tipo, volvemos a la pregunta acerca del rol del autor: ¿Cuál sería éste? ¿Por qué? ¿Para qué?

Dependientes del hombre, los saberes son los verdaderos catalizadores: ellos contienen a la ciencia, a la tecnología, a la ética, como afirma Buch, pero también comprenden al arte, a toda la producción artística. Si concebimos la sociedad como el sector en que se unen el agua dulce del río y el agua salada del mar: es allí donde actúa el autor. Su función de catalizador modifica el curso natural de las cosas, o al menos, la velocidad en la que suceden. Algo que no huelga explicitar aun a riesgo de repetirnos demasiado, es que el rol del autor de obras dramáticas, en tanto que catalizador del cambio social, es el mismo que el de los demás artistas. Así como el de los demás difusores o investigadores de los otros saberes (ciencias, tecnologías, religiones, etc.), pero atendiendo a las especificidades que hemos descripto a lo largo de este ensayo. Podría no existir, pero no es intercambiable.

Hablando desde una perspectiva socio-económica, también podríamos decir que el rol del autor es proveer de recursos económicos a éste, pero hoy por hoy eso no se cumple en su mayoría (y mucho menos, por desgracia, en el tercer mundo; …sucede, sin embargo, que al institucionalizarse dicho rol, ha ido adquiriendo otros engranajes que tienen necesidades y funciones por sí mismos, propias: No podríamos decir que “la función del autor” es sustentar económicamente al mismo autor, pero sí, que el autor escribe para su propio sustento. Uno de esos “engranajes” es el “lector”, otro, entonces, el bolsillo del autor…), además de que esto no hace más que ubicar a la disciplina entre cualquier otra, pero sin la especificidad con la que cuenta un plomero, un ingeniero civil, o un periodista. En cambio, nos detendremos a ver qué especificidades posee el rol para el autor. Tal como hemos sugerido, ¿tendrán que ver estas especificidades, con la explicitud, la consciencia y la espontaneidad?

La función de todo ser humano es, biológicamente, reproducirse; y éticamente o religiosamente, la realización personal, o simplemente: ser feliz. Por lo tanto, la parte catártica del arte del autor, en tanto y en cuanto lo acerca a la felicidad ―expresión, catarsis, reconocimiento, …― no entra aquí como especificidad de la respuesta: La función del autor más tiene que ver con dar información. Y la cuestión, antes que qué información dar, es de qué manera hacerlo: Al respecto, es muy inspirador lo que (desea más que) sostiene Reszler, con su frase: “el arte, salido del pueblo, se dirigirá al pueblo” (Reszler, 2005, p. 50). La idea es enorme y fructífera a más no poder si la relacionamos con el arte actual parte del “ranchito” egoísta del individuo que no busca más que llegar a otro individuo (que no necesariamente es el lector-espectador). Es la crítica constructiva de la forma de ser del arte actual, en donde el autor serializado produce obras serializadas para el individuo serializado.

«Lo “público” se encuentra colonizado por lo “privado”. El interés público se limita a la curiosidad por la vida privada de las figuras públicas, y el arte de la vida pública queda reducido a la exhibición pública de asuntos privados y a confesiones públicas de sentimientos privados (cuanto más íntimos, mejor). Los “temas públicos” que se resisten a esa reducción se transforman en algo incomprensible. […] Compartir intimidades, como no cesa de señalar Richard Sennett, tiende a ser el método preferido, sino el único restante, de “construcción de comunidad”. Esta técnica de construcción sólo puede dar a luz “comunidades” frágiles y efímeras como emociones dispersas y erráticas que cambian de objetivo sin ton ni son, a la deriva en su búsqueda infructuosa de un puerto seguro: comunidades de preocupaciones compartidas u odios compartidos ―pero en todo caso comunidades “perchero”, reuniones momentáneas alrededor de un clavo en el que muchos individuos cuelgan sus miedos individuales y solitarios.» (Bauman, 2006, p. 42-43)

Desde nuestra postura evolucionista, el autor tiene el poder de favorecer o inhibir el cambio social. Así como la flexibilidad genética favorece la evolución, el papel que desarrolla el autor dentro de una sociedad favorece el cambio, sin entender a este último como “Progreso”, ni como avance con carga ética. Pero aunque este poder, o esta función, no es algo que pueda ejercerse a consciencia, ni implica necesariamente que deba ser ejercido (nuevamente, a consciencia) inexorablemente, en un punto, se vuelve electivo. (Si no existiera este poder, no habría habido tantas hogueras de libros –científicos, por supuesto, pero también literarios– a lo largo de la historia.) A nivel consciente, si alcanzamos a vislumbrar todos estos contenidos, podremos, al menos en cierto grado, obrar de acuerdo a nuestro deseo, pues “quien entiende lo que ocurre y por qué ocurre, es libre”, diría Spinoza.

«Como ya se dijo, dar nombre al problema es una tarea intimidante, pero si ese sentimiento de incomodidad o infelicidad ni siquiera se puede nombrar, desaparece toda esperanza de remediarlo. No obstante, aunque el sufrimiento es privado y personal, un “lenguaje privado” es incongruente. Lo que se nombra, ―incluso los sentimientos más secretos, personales e íntimos― sólo es adecuadamente nombrado si los nombres elegidos circulan públicamente.» (Bauman, 2006, p. 74)

La decisión está en ejercer a consciencia la función de catalizadores, o rechazar ejercerla a consciencia, puesto que catalizadores seremos siempre, aunque no lo deseemos: sea facilitando o inhibiendo los cambios sociales.

Si decidimos ejercer nuestro rol, entonces, la autenticidad del mensaje es más importante que su contenido (más allá de que sea moral o políticamente correcto o no), autenticidad en términos de la relación de honestidad entre el autor y su obra, más allá de su deseo o no de “cambiar el mundo”, autenticidad, en términos de independencia, también: la obra debe ser expresión directa, sincericidio, antes que un medio para generar dinero a su autor, o reconocimiento de sus pares.

4.3. Ser o no Ser un Catalizador (o “Sobre la moral”)

«Para las personas que confían en su poder para cambiar las cosas, el “progreso” es un axioma. Para las personas que sienten que las cosas se les van de las manos, la idea de progreso resulta impensable y resultaría risible si la oyeran. […] Y las razones son fáciles de identificar. En primer lugar, la conspicua ausencia de un agente capaz de “mover el mundo hacia adelante”. En nuestro tiempo de modernidad líquida, la pregunta más acuciante, y a la vez más difícil de contestar, no es “¿qué debe hacerse?” (para hacer del mundo un lugar mejor y más feliz), sino “¿quién va a hacerlo?”» (Bauman, 2006, p. 142)

Hasta aquí, hemos escapado todo lo posible de la moral como eje fundante de nuestro discurso. Ya no lo haremos.

Hasta ahora, hablamos de compromiso del autor para con la obra; con nuestra búsqueda de la objetividad hecha a un lado, buscaremos ampliar dicho compromiso, intentaremos ahora alzar una voz racional y con peso argumental, en este vórtice de superficialidad descartable en que navegamos.

El autor debe sacarle el jugo a su rol de catalizador, ¿cómo?, incursionando con su introspección y su gran capacidad de observación, en aquel territorio inexplorado del que hablamos, tomando todos los riesgos, para volver luego a la superficie, provocando, a difundir las sus descubrimientos:

«La gente llama ideas peligrosas a las ideas nuevas. Si fueran honrados, deberían decir: peligrosas para mí. Bien mirado, una idea nueva es rarísima y es la respuesta de la inteligencia humana a una necesidad humana nueva, de ahí que las llamadas ideas peligrosas sean las únicas ideas necesarias. Lo realmente peligroso son las viejas ideas. Tienen la inmovilidad y la fascinación de la muerte. Claro que, hablando con sinceridad, el que corre verdadero peligro cuando aparece en el mundo una idea nueva es su inventor.» (Castillo, 2007, p. 126)

 4.3.1. Consciencia. Importancia de la información. Compromiso Social.

La incidencia del autor en el cambio social se efectúa a través de la información que éste brinda por medio de su obra. Stephen King podrá decirnos: “Y si crees que sólo es cuestión de informar, mejor que renuncies a la narrativa y te busques un trabajo de redactor de manuales de instrucciones.” (King, 2004, p. 173)

Pero no nos referimos a esta clase de información, ni tampoco a la apología o a la propaganda política, sino a la información que subyace de la consciencia de nosotros mismos como individuos y como comunidad, a la información que en cuanto es asimilada, deja de ser pasiva para pasar a ser conocimiento activo. Ahora sí tendremos a Stephen King a nuestro favor, pues así como dice la frase anteriormente citada, también afirma, en referencia a que debemos activar los cambios sociales por medio del arte, lo siguiente: “La vida no está al servicio del arte, sino al revés.” (King, 2004, p. 82)

De modo que hay dos veredas:

La de los defensores de “el arte por el arte” y de la proliferación indiscriminada, por un lado, y por el otro, la vereda de los que elegimos hacernos cargo: “Todos somos responsables de todo, por todo y ante todos. Son palabras de Dostoievski.” (Castillo, 2007, p. 117) Castillo también menciona na anécdota que vale la pena transcribir, no porque queramos decir nada con ella, sino simplemente porque la reflexión que suscita es tremenda:

«Jean-Paul Sartre, hacia los años setenta, pronunció una frase que recorrió el mundo y que puso en cuestión la buena consciencia de los literatos de su tiempo: «Ante un chico que se muere de hambre, La náusea no tiene peso».» (Castillo, 2007, p. 115)

Si nos informamos, tenemos más chances de activamente ante un obstáculo, sea para contrarrestarlo, destruirlo, o construir una opción alternativa. Sin importar la naturaleza ni el origen del obstáculo, sea cual sea, lo que usaremos inexorablemente para atravesarlo es la información. La banalidad no crece en las plantas. La idiotez y la ceguera, tampoco. Nosotros las creamos y las desparramamos. Y si no es “la solución”, al menos, es una parte constitutiva esencial y primaria de la misma.

Pero los autores no debemos olvidarnos que mayoritariamente se busca una apoyo estético en nuestros productos, y más allá de lo provocativos que puedan ser, agregarles el componente estético-ético al del placer hace mucho más efectiva la información que transmitimos. Pero sin confusiones: la proletkultur no informaba. Era propaganda vacía, que incluso a veces, desinformaba o transformaba voluntariamente. En la vereda opuesta, están obras como “Tiempos modernos”, de Charles Chaplin, que no hacían otra cosa que concienciar en clave de humor. O muchos comediantes de monólogos humorísticos (como el Stand Up de George Carlin o Doug Stanhope)

Es sencillo. Izquierdas o derechas, ideologías en el sentido estricto, no tienen nada que ver con esto. Es una cuestión de en qué mundo queremos vivir, y en cuál, no.

Y, con todo esto, lo que quiero decir es que, además de informarnos. Tenemos que informar. ¿Sin filtros? ¿Sin prejuicios? ¿Sin dirección? No importa. Lo que importa es que algo se mueva, como afirman los dramaturgos Julian Beck y Judith Malina, aunque tal vez sin tanta drasticidad:

«»No queremos abandonar la ciudad (no importa qué ciudad donde el Living Theatre haya dado sus representaciones) sin haber contribuido, aunque sea modestamente, a dar un golpe a la armazón social y hecho crujir algo.» Destruir o destruirse, tales son los términos de la apuesta: «El objeto del teatro revolucionario es intensificar la violencia hasta que él mismo se quiebre o, o que el sistema contra el cual se rebela, sea quebrado».» (Reszler, 2005, p. 111)

¿Por qué hacer tanto hincapié en todo esto?

Cada vez más, estas razones, o miradas, hacen crecer dentro de nosotros, más una certeza: “No hay nada menos inocente, nos recuerda Bourdieu, que el laissez-faire. Contemplar la miseria humana con ecuanimidad mientras se aplacan los remordimientos con el ritual invocatorio del credo NHA (‘no hay alternativa’) es ser cómplice.” (Bauman, 2006, p. 225)

Sabemos que no es fácil. Sabemos que las instituciones tienen la sartén por el mango, lo que hace que “Resulta evidente la escasez de esos potenciales revolucionarios (aquí, Bauman desprovee este término de su contenido político. En esta oportunidad lo utiliza en sentido neutro, sin juicio de valor, refiriéndose con “revolucionarios”, ni más ni menos, que a agentes del cambio), de gente capaz de articular el deseo de cambiar su situación individual como parte del proyecto de cambiar el orden de la sociedad” (Bauman, 2006, p. 11); por otra parte el sociólogo advierte que la independencia y la auto-determinación genuinas acarrean responsabilidades y riesgos que las masas intuyen y no están dispuestas a correr: “El resultado de la rebelión contra las normas […] es la agonía perpetua de la indecisión […] algo capaz de convertir la vida en un infierno.”(Bauman, 2006, p. 22-26)

¡…Con razón hay tan pocos “potenciales revolucionarios”!

Por todo ese frenesí cotidiano, del que venimos hablando desde los inicios de este ensayo, por la apabullante ausencia de instantes de paz en los que reflexionar y encontrarnos con nosotros mismos, y con el otro, caemos en la cuenta que ser parte de este Sistema termina por borrarnos intelectualmente de la faz de la Tierra, entre obligaciones sin fondo y necesidades artificiales, por lo menos al 99% de los que caminamos sobre ella. Ahora sí, sin darle la espalda a la ética ni a la teleología, proponemos que una de las Misiones más importantes del autor, del artista, sea devolver la existencia intelectual al espectador, y a sí mismo. A través, entre otras cosas, del extrañamiento, la piedra en el zapato… que el arte nos devuelva.

5. CONCLUSIONES

5.1. Libres para ser catalizadores efectivos.

Si queremos ejercer activamente nuestro papel de catalizadores sociales, además de ser libres, debemos estar libres: no todo tiene por qué ser color de rosa. De hecho hay más adrenalina y diversión si nos salimos del caminito de hormigas.

«Poder y Cultura son, en el sentido más profundo de los términos, diametralmente opuestos, y el florecimiento de uno de ellos no es concebible sin el debilitamiento del otro.» (Reszler, 2005, p. 16-17. Palabras citadas de la obra de Rocker, «Nationalism and Culture»)

Allí empieza el tire y afloje con el Mercado y las Instituciones, así como la búsqueda de otros caminos alternativos: Crowdfunding, YouTube, Cuevana, Bacua, y los eternos y tan necesarios subsidios y becas.

También de Reszler, lo que habla la siguiente cita puede deberse a que una vez que una fuerza o una voluntad ha llegado al Poder, el cambio ―es decir, la evolución―, pasa a ser su enemigo. Por tal motivo, nunca pueden llevarse bien la estructura y el arte:

«Erigiendo la uniformidad como ideal, el Poder es siempre estéril. […] La Cultura descubre su vocación en la variedad y universalidad, en la misma medida en que el Poder se consagra a la adoración de formas y esquemas establecidos de una vez por todas.» (Reszler, 2005, p. 17-18)

 5.1.1. Sobre la llegada de la obra a su público y el elitismo

Ya hemos mencionado que el quehacer artístico es elitista ―sobre todo en el tercer mundo―, ahora veremos algunas de sus causas y consecuencias.

«Para el hombre que apenas puede matar el hambre, el arte es un lujo; pero para el hombre que vivirá en la sociedad de la abundancia del futuro, se convertirá en una necesitad.» (Reszler, 2005, p. 61)

Con “el arte es un lujo” se refiere a la realización artística, a su producción, más que al consumo… pero el consumo tampoco escapa al elitismo.

Precisamente por esto, los que pueden hacer arte, harían bien en contribuir a la emancipación intelectual de los que no pueden emanciparse ellos mismos a través del arte.

Pero además del elitismo en el consumo y en la producción, desde una perspectiva individualista, lo malo del elitismo, desde una perspectiva más amplia, es que las porciones desplazadas de la sociedad en su posibilidad de “hacer arte”, se quedan sin “representantes” en el mundo artístico: los catalizadores que sí estén en actividad, no podrán representarlos puesto que la empatía nunca es perfecta. Los grupos desplazados, que carezcan de catalizadores sociales que “pateen para su lado” deben resignarse a que historia siga sin inclinarse a su favor.

5.1.2. Telón

Somos los catalizadores. Los agentes del cambio que pide Bauman desde la sociología; los portadores de la fuerza estructurante de la sociedad, de los que habla Buch desde la técnica. Si es que acaso antes no: ahora lo sabemos. Estemos o no de acuerdo en hacer algo, sabemos qué puede hacerse y para qué hacerlo. Conocemos las implicancias que tiene esa tarea. La pregunta que subyace, entonces, es:

¿Vamos a hacerlo?

6. BIBLIOGRAFÍA

  • Bakunin, Mijail. Dios y el Estado ― 1ª ed. La Plata : Terramar. 2003.

  • Bauman, Zygmunt. Modernidad líquida ― 1ª ed. Buenos Aires : Fondo de Cultura Económica. 2006.

  • Buch, Tomás. El tecnoscopio ― 5ª ed. Buenos Aires : Aique Grupo Editor. 2001.

  • Busaniche, Beatriz. Argentina copyleft: la crisis del modelo de derecho de autor y las prácticas para democratizar la cultura ― 1ª ed. Villa Allende : Fundación Vía Libre. 2010.

  • Castillo, Abelardo. Ser escritor ― 1ª ed. Buenos Aires : Seix Barral. 2007.

  • Castoriadis, Cornelius. Ventana al caos ― 1ª ed. Buenos Aires : Fondo de Cultura Económica. 2008.

  • Chomsky, Noam. El lenguaje y el entendimiento ― 1ª ed. Barcelona : Planeta. 1992.

  • Cobley, Paul. Semiótica para principiantes ― 1ª ed. Buenos Aires : Longseller. 2004.

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  • Foucault, Michel. ¿Qué es un autor? ― Colección textos mínimos. Universidad Autónoma de Tlaxcala, México.

  • Gringberg, Miguel. Beat Days = Días Beat: visiones para jóvenes incorregibles ― 1ª ed. Buenos Aires : Galerna. 2003.

  • Hodgson, H. G. «Deleuze, Foucault, Lacan: una política del discurso ― 1ª ed. Buenos Aires : Quadrata. 2005.

  • King, Stephen. Mientras escribo ― 1ª ed. Barcelona : Plaza & Janés. 2004.

  • Mailer, Norman. Un arte espectral ― 1ª ed. Buenos Aires : Emecé Editores. 2008.

  • Miller, Henry. Plexus ― 1ª ed. Barcelona : Edhasa. 2009.

  • Oliveras, Elena. Estética ― 2ª ed. Buenos Aires : Ariel. 2006.

  • Reszler, André. La estética anarquista ― 1ª ed. Buenos Aires : Libros de la Araucaría. 2005.

  • Sabato, Ernesto. El escritor y sus fantasmas ― 1ª ed. Buenos Aires : Seix Barral. 2006.

  • Sabato, Ernesto. La resistencia ― 1ª ed. Buenos Aires : Seix Barral. 2001.

  • Sabato, Ernesto. Sobre héroes y tumbas ― 1ª ed. Planeta : Buenos Aires. 2001.

  • Sartori, Giovanni. La política: lógica y método en las ciencias sociales ― 3ª ed. México : FCE. 2002.

  • Stravinsky, Igor. Poética musical ― 4ª ed. Barcelona : Acantilado. 2006.

  • Trelles Paz , Diego (selecc.) El futuro no es nuestro / con prólogo de Diego Trelles Paz. 1ª ed. ― Buenos Aires : Eterna Cadencia Editora, 2009.

  • Trotsky, León. Literatura y revolución ― 1ª ed. Buenos Aires : Antídoto. 2004.

  • Zátonyi, Marta. Una Estética del arte y el diseño de imagen y sonido ― 5ª ed. Buenos Aires : Kliczkowski. 2002.

La Función del Autor en la Actualidad. (Ensayo, 6/7)

4. EL AUTOR Y SU OFICIO

4.1. Definición de Autor

El autor es un ser “completo” ―o, al menos, autónomo― guiado por un cúmulo de propósitos e intereses que unifican o que tiñen de una finalidad toda su producción. Esta “finalidad”, sin embargo, lejos está de la teleología de la que hablamos e intentamos ―con éxito, espero― despegarnos antes, en este mismo ensayo. El autor no está ahí-para-algo (misión → futuro), como dijimos, pero sí está-ahí-por-algo (pasado ← causa).

Recordemos por un momento nuestra previa interpretación del individuo como una serie de planos relativamente independientes unos de otros, pero unidos a través de la consciencia; dicha interpretación nos previene de encasillarnos en la sola faceta de “escritor“ de ninguna persona.

Tampoco vamos a entrar en los bizantinismos foucaulteanos (aunque los mencionaremos) que desplazan al sujeto: el autor existe y tiene nombre y apellido, aunque la faceta “autor” sea apenas uno de esos planos de esa persona, entre tantos otros, y está condicionado por todos los demás, por supuesto. De manera que si el mercado reina en la actualidad, es lógico que el plano económico sea uno de los más determinantes en nuestra existencia, incluyéndonos como autores.

Sin embargo, el plano “del artista” en una persona es un plano que atraviesa a los demás de una forma tajante y sumamente influyente. Más que otros planos o roles. La razón estriba en que la inmensa mayoría de los roles sociales que personifica cada individuo dentro de la sociedad a la que pertenece están muy acotados en tiempo y espacio: por ejemplo, una persona es futbolista sólo cuando está jugando al fútbol, y poco tiempo después; una persona es fanática de los videojuegos cuando está jugándolos, o a lo sumo, cuando los está comprando, y poco tiempo después; un comerciante, por ejemplo, no es comerciante cuando está sentado a la mesa almorzando con toda su familia, ni un médico lo es cuando está dentro de un supermercado o cuando está de viaje turístico, a menos que alguien se convierta accidentalmente en su paciente tras sufrir algún accidente. El escritor, sin embargo –y en esto están de acuerdo Abelardo Castillo, Henry Miller, Juan L. Ortiz, etc., etc., etc. la lista es interminable (y sólo basta preguntar a nuevos autores para agrandarla)– …es escritor todo el tiempo: es escritor cuando escribe, pero también cuando almuerza con su familia, cuando está de viaje, cuando juega al tenis y en las charlas con sus amigos, el escritor es escritor aún mientras tiene relaciones sexuales. Claro que hay salvedades, y matices de carácter cualitativo: en este último ejemplo, sobre todo, pero asumimos que el lector ha entendido la idea general.

Debemos tener en consideración dos aspectos, al menos, el primero, es que no se trata de establecer que una actividad o plano individual es mejor que otros, ni que la trascendencia sea positiva o negativa para el individuo en cuestión; el segundo aspecto tiene que ver conque no debemos olvidar que los auto-elogios que se propician los escritores ―tan repetidos en todos los idiomas, en todas las épocas― son tan razonablemente lógicos, y al mismo tiempo poco confiables, como los auto-aumentos de los legisladores: al ser ellos mismos los únicos que legislan tales aumentos, ¿cómo no propiciárselos si no habrá nadie que los sancione por ellos?, o en el caso de los escritores: ¿quién escribirá bien sobre ellos, sino ellos mismos? Claramente vemos que lo lógico no implica legitimidad, ni la excluye; …pero existe.

De modo que somos un sujeto condicionado y condicionante (es precisamente para llegar a esta conclusión, que nos detuvimos tanto en los capítulos anteriores: es el contexto lo que marca a fuego el carácter de cada uno de los autores, así como la naturaleza de su oficio es la que determina la forma en que los mismos van a relacionarse con su entorno en tanto que “clase”), incluso hemos esbozado el rol del autor, pero seguimos sin definir qué es lo que hace autor al autor. Y la respuesta no debe hacerse esperar: un autor se define por su obra.

La actividad autoral puede desarrollarse por diferentes carriles, a partir de distintos patrones, y cada “tipo” de autor debe ser tratado separadamente, pues su naturaleza es diferente. No es lo mismo escribir por encargue que por placer, no es lo mismo escribir por necesidad económica, que hacerlo por necesidad catártica. De igual forma, una cosa es definir al autor por qué es lo que hace, y otra, que lleva a lugares muy lejanos, es definir al autor por cómo hace lo que hace. Por ello, definiremos al autor a través de dos enfoques: la relación del autor con su obra y la relación del plano autoral del individuo con los demás “planos” de éste, teniendo en cuenta la naturaleza indivisible-no-monolítica de los individuos en comunidad, es decir, la interpretación de los planos antes mencionada.

Pero antes de continuar con nuestras definiciones, nos parece oportuno insertar unas palabras a propósito del texto “¿Qué es un autor?”, en el cual Michel Foucault nos pregunta de forma descarada: “¿Qué importa quién habla?“, e inmediatamente niega la existencia del autor-individuo, para luego efectuar su famoso desglose:

«La desaparición del autor se convirtió, para la crítica, en un tema dominante en lo sucesivo. Pero lo esencial no es constatar una vez más su desaparición; hay que localizar, como lugar vacío ―indiferente y apremiantes a la vez― los sitios en donde se ejerce su función.» (Foucault, p. 5)

Estos “lugares” donde se ejerce la función del autor inexistente serán “el nombre del autor” , “la relación de apropiación”, “la relación de atribución” y “la posición del autor”. Por más provocativa que sea la aseveración de Foucault, es más que obvio que el filósofo hace desaparecer al autor-como-individuo en función de la guerra que en esa época estaba llevando el estructuralismo en contra del sujeto (más tarde retomada por el posmodernismo), y lo hace de acuerdo a dos premisas:

La primera es interna al tema desarrollado y tiene que ver con la esencia poderosamente colectiva de la cultura.

En su aspecto negativo esta “colectividad” se opone a la autenticidad individual, a la originalidad; cuanto más leemos ―cualquiera sea el área del conocimiento humano que estemos indagando―, más descubrimos que no somos originales: quien se crea original, es porque no ha investigado lo suficiente, y nos permitimos aseverar esto con la fuerza de los hechos, aunque nuestros amigos constructivistas digan que los hechos no existen…; y entonces adquirimos la percepción nostálgica (…y errónea, por cierto) de transitar una época en la que ya “todo ha sido dicho”: tal cantidad de investigadores ha vivido a lo largo de la historia que nos precedió, que seguramente el tema sobre el que estemos investigando ya ha sido abordado de manera equiparable por alguien antes que nosotros. Incluso en las artes ―sea poesía, música, o cualquier otra―, ya alguien ha incursionado en eso hacia lo que nos dirigimos… Esta situación, puede desalentar a cualquiera. ¿Vale la pena seguir abultando con matices insignificantes? Para nosotros los autores, aquí es donde cobra aún más importancia el costado catártico/placentero de la producción artístico-intelectual, pero eso es otro tema. Lo importante ahora es mencionar la barrera de “reiteración” que hay que superar para entrar en el verdadero territorio inexplorado, y lograr la originalidad, que en efecto, y a pesar de la sensación de que no “hacemos” nada nuevo, existe.

Sigamos con Foucault, esta vez, de la mano de Hodgson, y retomemos luego la idea anterior:

«El «autor», tal y como lo define Foucault, no es pues un sujeto específico que responde a la pregunta: «¿quién escribe?», sino una función propia del discurso, transformada luego en una categoría, un criterio de clasificación y ordenamiento por medio del cual se asigna al texto y a su producción un «autor» específico.» (Hodgson, 2005, p. 106)

Foucault no sólo elimina al Sujeto en aras de la Estructura: por pura formalidad falsamente humilde, por mera incitación discursiva, Foucault tira la toalla. Pero no lo hace de forma sincera: él antes que nadie, como uno de los filósofos europeos más influyentes del siglo pasado, sabe que hay territorio por descubrir de sobra (la barrera de “lo inexplorado” de la que hablamos). Y de esta manera, al neutralizar la primera premisa, llegamos a la segunda razón por la que Foucault asevera la desaparición del autor:

Foucault recurre a esta provocación para trascender, para llamar la atención.

La historia de las ideas nos dice que entre dos pensadores igual de profundos o trascendentes, sobresale el más provocador: el ruido, los gritos, atraen miradas, y las miradas, el reconocimiento. Esto, si el pensador se lo merece, claro, pues una vez obtenida la atención a través de la forma, es menester retenerla por medio del contenido. Diógenes el cínico fue uno de los primeros. Nietzsche es la apoteosis de ello en nuestra era. …Y Foucault ha aprendido muy bien el oficio.

Invito al lector a relacionar esta metodología de agitar las aguas para llamar la atención, con el componente que provocativo del arte: Los mismos motivos por los que sobresalen los pensadores más provocadores no hacen más que reforzar al arte como catalizador social de gran importancia, ya que la obra artística es provocativa por naturaleza. Llama la atención por naturaleza.

Volviendo a Foucault, nosotros no estamos del todo de acuerdo con omitir la influencia de los demás planos del individuo-artista en la definición de autor. Pero tampoco vamos a desestimar de plano este tipo de abordaje. Es notable ver con cuanta frecuencia filósofos de segundo orden (pues, claro, si fueran “de primer orden” no lo harían) desechan teorías preciosas y precisas de otros filósofos sólo porque van en contra de las de ellos. Y hacen esto de manera descuidada, que tira por tierra todo el esfuerzo que venían realizando en la construcción de sus propias teorías. Como que ningunean las teorías ajenas de una manera que no guarda coherencia con la preocupación que venían demostrando en el tratamiento de determinado tema. Las desechan, sin más, porque no les sirven, sin analizarlas en profundidad, sin tomar de ellas lo que sí sirve. Nosotros, en cambio, aun a riesgo de aparecer blandos, buscamos la comprensión, la integración, el consenso, siempre que podemos: Rescataremos las funciones que Foucault le atribuye a la función-autor, sin borrar al sujeto de la faz de la tierra. …No podríamos negar la función del autor cuando se manifiesta tan a menudo en cuestiones como la que cita Castoriadis: “¿Por qué el mismo trozo, digamos, una sonata ‘número 33’ de Beethoven, sería considerado como una diversión si hubiera sido escrito por cualquier contemporáneo, y como una obra maestra imperecedera si fuera descubierto de repente en un granero de Viena?” (Castoriadis, 2008, p. 30)

4.1.1. A través de su obra

Aunque hay muchos tipos de escritores y cada uno de ellos posee una combinación particular de experiencias y motivaciones que le es propia, sabemos que ningún autor puede salir de sí mismo: el escritor es, entonces, su escritura, su obra lo define, es lo que lo hace precisamente, pertenecer a ese grupo de individuos.

No nos detendremos en este punto pues hemos dedicado casi un capítulo a definir la obra de origen o esencia artística. Baste decir que “artista es quien hace obras de arte…” A pesar de su provocativa recursividad esta definición es la más tradicional (y la más mística). Pero es la menos trascendente, ya que en el día a día, se ve casi completamente contaminada, lo cual demuestra que el arte es un oficio elitista, como veremos en unos momentos.

4.1.2. A través de su relación con su obra

Como una persona de carne y hueso, la postura que toma un escritor ante su obra es una de las distinciones más importantes que podemos realizar entre y sobre los autores. Tan importante es esta postura, que determina si dicho oficio será una elección cuasi-indistinta o un destino ineludible (que nace en el compromiso consciente)

Podemos identificar los tipos de acuerdo a los intereses motores: desde una perspectiva Interior-Exterior podemos encontrar aquellos en los que predomina la escritura por placer, y aquellos en los que predomina el deber (sea por necesidades económicas, o por el deber moralmente auto-impuesto de intentar cambiar el mundo). Desde una perspectiva Exterior-Interior: hallamos aquellos autores en cuyo arte predomina la institucionalidad (autoridad externa, trayectoria, defensa o acrecentamiento del prestigio, círculo artístico) o aquellos cuyas obras están predominantemente marcadas por pulsiones catárticas originadas en el exterior (desahogo por presiones externas, individualismo positivo, etc.)

Hay autores-sistema, y dentro de este grupo, autores-sistema-críticos y autores-sistema-incondicionales; hay autores-renegados, y dentro de este grupo, a su vez, autores-renegados-intransigentes y autores-renegados-flexibles; hay de todo. Y nada de esto define ni excluye al concepto de autor.

En el arte (y sobretodo en las ramas del arte que conforman los medios masivos o mainstream) se da el hecho de que el posicionamiento o la caracterización inicial del autor en relación con su arte y con sus otros roles dentro de la sociedad, determina de qué manera hemos de considerarlo, con un grado que no siempre existe en las demás actividades. Este posicionamiento se ve afectado, muchas veces por la relación que los autores tienen con el Poder, en términos de dependencia económica, pero también, con el circuito de las artes (audio-)visuales o performativas para las que escriben. Como cabe esperar, el prestigio, la trayectoria, en estos casos, juegan papeles muy importantes, sin embargo, no todo es lo que parece: en un mundo cultural abstracto donde prácticamente todo, incluyendo los valores morales, es dejado atrás por el frenesí acrítico del “movimiento por el movimiento”, donde “lo que es” será desplazado y reemplazado, el ejemplo de lo que hace el vecino, plasmado en las estadísticas, en números concretos, se llevan las de ganar.

«Siempre que el problema, por naturaleza, sea susceptible de ser resuelto por individuos y por medios de esfuerzos individuales, la persona que busca consejo necesita (o cree necesitar) un ejemplo de lo que han hecho otros hombres y mujeres enfrentados con un problema similar. Y necesita el ejemplo de otros por razones aun más esenciales: hay mucha más gente que se siente “desdichada” que gente capaz de identificar y nombrar las causas de sus desdichas. […] La observación de la experiencia ajena, la posibilidad de atisbar las tribulaciones de los demás, despierta la esperanza de descubrir los problemas causantes de la propia desdicha, darles un nombre y buscar las maneras de combatirlos o resolverlos.» (Bauman, 2006, p. 72)

«Tal como observara Daniel J. Boorstin con agudeza, aunque no en broma, en The Image (1961), una celebridad es una persona famosa por su fama, así como un best-seller es un libro que se vende bien porque tenía buena venta. La autoridad sirve para engrosar las filas de los seguidores, pero en un mundo con objetivos inciertos y crónicamente indeterminados, el número de seguidores es lo que define ―y es― la autoridad.» (Bauman, 2006, p. 73)

Aquí no hablamos de calidad, sino en la decisión del autor de liberarse de las instituciones del circuito artístico más retrógradas, sin cuya independencia no se logra la autenticidad ni el estilo propio. [Autenticidad concreta, reflejada en el estilo tan característico y asignante (más funciones de autor foucaulteanas) que toman las obras de autor, gracias al cual es posible la cultura de autor, donde las obras son buscadas y “consumidas” de acuerdo al guionista o al dramaturgo que las escribió.] Vale la pena volver a cuestionarnos sobre la autoridad, más allá y más acá del círculo institucionalista literario al que los autores de obras dramáticas pertenecen. Al respecto, Mijail Bakunin tiene ideas muy interesantes para transmitirnos:

«Cuando se trata de zapatos, prefiero la autoridad del zapatero; si se trata de una casa, de un canal o de un ferrocarril, consulto la del arquitecto o del ingeniero. Para esta o la otra ciencia especial me dirijo a tal o cual sabio. Pero no dejo que se impongan a mí ni el zapatero, ni el arquitecto, ni el sabio. Les escucho libremente y con todo el respeto que merecen su inteligencia, su carácter, su saber, pero me reservo mi derecho incontestable de crítica y de control. […] Pero no reconozco autoridad infalible, ni aun en cuestiones especiales; por consiguiente, no obstante el respeto que pueda tener hacia la honestidad y la sinceridad de tal o cual individuo, no tengo fe absoluta en nadie. Una fe semejante sería fatal a mi razón, a la libertad y al éxito mismo de mis empresas; […]. Si me inclino ante la autoridad de los especialistas, si me declaro dispuesto a seguir en una cierta medida durante todo el tiempo que me parezca necesario sus indicaciones y aún su dirección, es porque esa autoridad no me es impuesta por nadie, […] Me inclino ante la autoridad de los hombres especiales porque me es impuesta por la propia razón. Tengo conciencia de no poder abarcar en todos sus detalles y en sus desenvolvimientos positivos más que una pequeña parte de la ciencia humana. La más grande inteligencia no podría abarcar el todo. De donde resulta para la ciencia tanto como para la industria, la necesidad de la división y de la asociación del trabajo. Yo recibo y doy, tal es la vida humana. Cada uno es autoridad dirigente y cada uno es dirigido a su vez. Por tanto no hay autoridad fija y constante, sino un cambio continuo de autoridad y de subordinación mutuas, pasajeras y sobre todo voluntarias.» (Bakunin, 2003, p. 32)

Yo recibo y doy, tal es la vida humana”, dirá Bakunin. Y en esas escasas palabras, resume todo el contenido de nuestro ensayo, de manera absoluta.

Pero debemos continuar.

Cuando hablamos de libertad, no la oponemos a los trabajos por encargue a los que debe atender el autor, sería una postura poco realista: “Afirmar que la ausencia de libertad ahoga la creatividad, o que no puede existir una obra de genio por encargo. A decir verdad, estas aserciones son falsas […] En casi todas las artes y casi siempre el artista ha trabajado por encargo.” (Castoriadis, 2008, p. 40). Sin embargo, debemos prestar atención también a las siguientes palabras de Octavio Paz:

«Ningún príncipe o papa del Renacimiento fue más generoso que los mercaderes de hoy con los artistas (no digamos con los deportistas, por caso; acotación mía). Pero son príncipes ciegos que reducen el valor del arte a su precio. Comprendo las razones de los defensores del mercado: sin mercado tendremos la imposición de una dictadura económica que produce, como en los países totalitarios, la corrupción y la hambruna. Pero la extensión de las leyes del mercado al ámbito de la cultura deja expuestos a los pueblos a terribles peligros del orden espiritual, moral y político, como vemos en los países capitalistas de Occidente. No tengo respuesta a esta pregunta, al menos en la situación actual del mundo.» (Castoriadis, 2008, p. 91)

Podemos preocuparnos, como lo hizo Paz ante la situación de la cultura actual, pero no caigamos en el error de querer cambiar las leyes del mercado desde la moral, pues dichas leyes son amorales. Podemos evaluarlas desde allí, pero la moral nunca será herramienta que funciones dentro de los mecanismos y engranajes del mercado.

Hablamos del único compromiso que parece quedarnos: el del autor con su obra, pero desgraciadamente, desde un punto de vista de masividad, de “llegada al gran público”, predominan los autores formulistas y mercadotécnicos, que funcionan como veletas que atienden al mercado antes que a los componentes de lo artístico. Autores “de best-sellers” que describe acertadamente Castillo:

«El autor de best-sellers, hablando en general, es un escritor profesional. Busca primero un tema, o se lo buscan, y después organiza una historia que de antemano es un éxito. […] El escritor, el poeta, es cualquier cosa menos un profesional, salvo que le demos a la palabra profesión su antiguo valor etimológico, el de profesar, […] pero entonces no escribe artesanalmente, escribe lo que debe o lo que puede. Tengo mis serias dudas de que un buen escritor pueda escribir sobre cualquier cosa. Incluso cuando imagina escribir «a pedido» es porque ese pedido coincide con algo que, íntimamente, él quería escribir o le importaba escribir. […] Por ejemplo, a nadie se le ocurriría pensar que, por bien que hiciera lo que hacía, la Madre Teresa era una buena profesional.» (Castillo, 2007, p. 73-74)

No es necesario incurrir en el absolutismo o la intransigencia de Castillo, para darse cuenta que dicho autor-veleta (sin desmerecerlo, ni considerarlo de manera despectiva) se ubica en un punto neutro respecto de su función del autor como catalizador social. No favorece ningún cambio social. Sólo se limita a contribuir con la proliferación de obras con la que alimentar la máquina insaciable de la “modernidad líquida” baumaneana. Aunque el autor de estas características jamás deje de hacer arte, más que artista, es un mercader, un despachante. Para este tipo de autor, la escritura no es un plano trascendente en su existencia más que desde el punto de vista económico, y entonces, se vuelve equiparable a cualquier otra actividad, al perder la singularidad de lo artístico que venimos describiendo durante el presente trabajo.

Acaso por motivos equivalentes, aquel autor para quien el arte no sea elección, sino destino (pero no un destino innato, sobrenatural, sino un destino de sinceridad y compromiso auto-impuestos, de aquí hacia adelante), por su forma de hacer arte, implementando menos fórmulas seguras, rehuyéndole a la comodidad, incursionando en lo desconocido, será el que más incida en el cambio social: «Crear (y, por lo tanto, también descubrir) siempre implica transgredir una norma; seguir una norma es mera rutina, más de lo mismo, no un acto de creación.» (Bauman, 2006, p. 218)

No debemos olvidar que todas las cualidades que hacen a la naturaleza de lo artístico, como dijimos, inciden en mayor medida cuanto mayor es la independencia del artista, desdibujándose progresivamente en caso contrario. Por lo tanto, en una situación ideal, el arte debiera generar ingresos para quien la produce, puesto que en efecto juega un papel muy importante en la sociedad. No estamos mistificando en este punto. Es notable el hecho de que cuanto más compromiso hay entre un artista y su obra, más hermanado se siente con los demás artistas, independientemente de la disciplina que desarrollen: música, letras, artes visuales, plásticas o performativas. Esta gran identificación entre artistas de diversas especialidades se debe a lo que tienen en común todas las artes, que más allá de ser lo que define al hecho artístico, es la demostración de que lo artístico per se existe y es mesurable, más allá de todo reduccionismo psicológico, sociológico o economicista por separado.