simple humano

Soy el verbo.

Al mismo tiempo, soy algo que no es el verbo, porque me parió la carne y el lenguaje es aire. Soy hacha, talante, luciérnaga y cofre. Soy papada, isopo, casa. Muerte durmiendo. Montaña, noche, carruaje cayendo. Pero todas esas cosas son sin mí. Antes de mí. Y lo seguirán siendo… ¿Qué soy, entonces, si no soy el verbo? ¿Soy agua? ¿California? ¿Espumadera hirviendo? ¿Soy fruto? ¿Lisonja? ¿Corona, bruma, …sahumerio? ¿Qué soy, si no soy el verbo? Soy la nada, el tiempo, un par de zapatos en invierno. Soy brazos que se arremangan para atrapar el aire. Un ojo que mira y, a veces, TV. Soy mi madre y mi padre, y mis futuros vástagos, si los hubiera. Elefante. Soy hoy. Soy afuera. Soy jugo y juego, soy fuego anhelante. Mortal que llora, que trae de comer. Caricia amadora. Morada del Ser.

No.

¿Soy Deseo?

No.

¿Odio?

No.

¿Amor?

No.

¡¿No?! …¡Pues a la mierda la carne si no soy amor!

¿y… Tao?

No.

¿Zen?

Menos.

No importa… Soy fuego.

¡Y hasta la llama más insignificante sabe desatar un infierno!

La Función del Autor en la Actualidad. (Ensayo, 2/7)

…Enlace a la Primera Parte

2.2. Progreso vs. evolución: la cultura como devenir

Existe, en efecto, un camino que escapa a los vicios de la teleología, en tanto misión apuntada hacia el futuro, y también a los del sálvese-quien-pueda posmoderno. Ese camino es la interpretación de la cultura también como “evolución”.

Sin embargo, como hemos adelantado, al estar nuestra cultura atravesada por la tendencia a interpretar todo desde un punto de vista destinista, la propia idea de evolución suele transmitir una valoración positiva del devenir, un avance hacia un algo. En cuanto “toca” la cultura, en cuanto la separamos de la esfera discursiva en la que nació, es decir, de la biología, “evolución” con minúscula, se vuelve “Evolución” con mayúscula.

Desde el presente ensayo proponemos tomar la noción de evolución como un devenir sin juicio de valor: un desarrollo sin Destino, pero no por ello indistinto. Para nosotros, evolución no es opuesta a involución, porque no es positiva ni negativa, simplemente: es.

Lo mismo podríamos lograr si escribiéramos progreso sin mayúscula, pero preferimos la idea de “recorrido” sujeto al pasado, a las causas, al entorno, que nos brinda la palabra “evolución”. Al Progreso, entonces, le dejamos su mayúscula y le oponemos nuestra evolución libre de valoraciones.

Hemos evitado los vicios de la teleología en nuestra visión de la sociedad. ¿Cómo evitar los vicios del ultra-relativismo? Lo veremos a continuación.

El núcleo del concepto de evolución es el cambio, la metamorfosis. Pero tales cambios, ni surgen de la nada, ni son azarosos (…en tanto estén originados dentro del objeto, por supuesto; no estamos cuestionando la existencia del azar): tienen razón de ser. En la evolución, las transformaciones están al servicio de la adaptación: si la adaptación se ha logrado, el cambio se detiene. Pero se detiene en un cuerpo, en un organismo, queda latente, mientras todo el universo que lo rodea cambia, hasta que los cambios en el entorno despierten la pulsión evolutiva del organismo en cuestión, y la metamorfosis se reinicie.

En la evolución, el eje, pues, sigue siendo el cambio, pero también lo son el entorno y la historicidad desde la que se procede, los cuales determinan de manera drástica el desenvolvimiento de los acontecimientos.

No cualquier camino da lo mismo en el recorrido de la evolución. Y esta es la principal diferencia entre nuestra visión, y la visión posmodernista.

Volvemos a la cultura. Volvemos al autor.

2.2.1. La evolución en la producción artística

Está muy difundida la asunción de que toda obra nace como negación de la literatura anterior, o como copia de la misma. Mejorada o no, parodiada o no, como sea, pero imitándola al fin.

«…El futuro no es nuestro se anuncia, aquí y ahora, con el bisturí entre los dedos y la alegre certeza de que en la literatura, como en todo arte, sin rupturas no hay relevos.» (Trelles Paz, 2009, p.19)

Esto se debe a que es sencillamente imposible producir arte (o cualquier otro hecho cultural) cerrándose a toda influencia externa. La influencia del entorno y de la historicidad (individual o colectiva) existe; podrán asignársele valoraciones negativas, positivas o neutras, pero las causalidades, el recorrido evolutivo están siempre presentes las intertextualidades bajtineanas: nadie crea a partir de la nada.

Nuestra postura se ve reforzada con el hecho de que a lo largo de la historia del pensamiento ha ocurrido que individuos pertenecientes a diferentes geografías y épocas concibieron ideas equivalentes de forma independiente. (Las duplas Wallace-Darwin, y Piaget-Vygotsky constituyen apenas dos casos paradigmáticos…) ¿Cuántas veces nos sucede que, en soledad, articulamos pensamientos que después leemos de autores que nunca habíamos visto antes? ¿Cuántas a veces creemos que hemos “descubierto” algo por nosotros mismos, pero tiempo después nos damos cuenta de que, en realidad, ya lo habíamos leído bastante tiempo antes de (creer) haberlo descubierto?, …sólo que lo habíamos asimilado, “hecho nuestro”, y luego vuelto a exteriorizar con nuestras propias palabras. Todos estos ejemplos demuestran la existencia del entramado cultural al que en honor a la teoría literaria podríamos llamar palimpsesto cultural, el cual, ya sea en el arte o en el pensamiento, indica a las claras por qué, en este ensayo, preferimos utilizar la palabra producción por sobre la de creación. (O, en todo caso, si se nos escapa “creación” en algún momento, debe entenderse como “producción a partir de”, más que “concepción ex nihilo”.)

Stravinsky, uno de los mayores compositores del siglo XX, supo expresar mejor esta misma idea al referirse a quienes lo llamaban músico revolucionario:

«El arte es constructivo por esencia. La revolución implica una ruptura de equilibrio. Quien dice revolución dice caos provisional. Y el arte es lo contrario del caos. » (Stravinsky, 2006)

Este palimpsesto, esta intertextualidad, va más allá de una sola área: a nivel histórico-social, todas las áreas, todos los saberes humanos se influyen mutuamente, en mayor o menor grado; a nivel personal, los diferentes roles que un mismo individuo desempeña dentro de su comunidad también se ven mutuamente afectados.

Una de las áreas más permeables de todas es la que corresponde a la producción artístico-intelectual:

«Fenómeno social por excelencia, el arte participa en el progreso y en la decadencia de una sociedad.» (Reszler, 2005, p. 45)

(Tenga a bien el lector, por un momento y para priorizar la empatía con Reszler, tomar su mención de “progreso” de manera positiva, resignarle una teleología.)

Ahora bien, ¿por qué tenemos la sensación de que la decadencia y el progreso, que se manifiestan en muchos niveles de la sociedad, no tienen igual de pronunciados sus correlatos en la Ciencia y la Técnica? Tal vez porque la tecnología no puede “retroceder”, como sí pueden hacerlo las sociedades desde el punto de vista de las ciencias sociales: desde el punto de vista tecnológico, los hitos alcanzados son acumulados uno tras otro en una clara “linealidad” de los avances científicos y tecnológicos, a los que una civilización no renunciará ni aun en sus peores crisis morales (o de “decadencia social”, como afirma Bauman); por ejemplo, una sociedad que fabricó la bomba atómica podrá prohibir su futura fabricación, pero no puede “olvidarla”. [Llámese etnocentrismo si se quiere, pero en este ensayo daremos por supuesto que una civilización caníbal o incestuosa, es más “primitiva” ―pura y exclusivamente en esos planos― que otra en la que no tienen cabida tales prácticas.]

En la vereda opuesta, desde el punto de vista de los derechos humanos, por ejemplo, las guerras ocurren una y otra vez; aun habiendo un cierto aprendizaje, se incurre una y otra vez en el error: “Como dice Schopenauer, cuando uno ha sobrevivido a dos o tres generaciones se siente como si estuviera en un circo viendo a un saltimbanqui realizar, una y otra vez, las mismas acrobacias.” (Castillo, 2007, p. 139)

Esto último se aplica, como dijimos, a las artes. Los claroscuros se disipan cuando recordamos el concepto de teleología: aunque los intelectuales y artistas se influyen unos a otros, de cuya influencia dependen sus producciones, y aunque podamos aplicar el concepto de evolución a las artes, afirmaremos con Sorel que:

«Hablar del progreso en arte es como hablar del progreso de la luz solar». […] El Arte, el verdadero, es un maximum, y el maximum no se supera jamás. Un Miguel Ángel está en el mismo plano que un Fidias.» (Reszler, 2005, p. 80-81)

Sin negar la intertextualidad, de la que hablamos con anterioridad, Sorel (citado por Reszler) quiere decir que, en tanto avance o linealidadacumulativa, no hay Progreso ―con mayúscula― en el arte. Nosotros también.

2.2.2. La cultura como hecho colectivo

Por todo dicho más arriba, llegamos a una conclusión no menos importante: Toda producción cultural es un hecho Colectivo pues, aunque la obra pertenezca al individuo que la corporeizó, es la Sociedad la que crea las condiciones de posibilidad de dicha obra:

«En ambos (Deleuze y Foucault), al igual que en Lacan, el sujeto cartesiano (¡por fin cuestionado!) es retirado del sitial metafísico en el cual fue entronizado como un ser esencial y a-histórico para mostrar que se trata de una construcción, de un proceso, de un resultado constructivo. […] Foucault demuestra que aún la creación más osada, la imaginación más lúcida no sabría sobrepasar sino en una mínima proporción lo que la episteme de la época determina como posibilidad. Lacan demuestra en su enseñanza que el sujeto, en tanto producto de la diferencia significante, no puede situarse más allá de la materialidad discursiva que lo determina.» (Hodgson, 2005, p. 26-27)

O, dicho de manera más drástica, pero también más brillante, por Mijail Bakunin:

«[…] (C)ada hombre aporta al nacer, en grados por lo demás diferentes, no ideas y sentimientos innatos, como lo pretenden los idealistas, sino la capacidad a la vez material y formal de sentir, de pensar, de hablar y de querer. No aporta consigo más que la facultad de formar y de desarrollar las ideas y, como acabo de decirlo, un poder de actividad por completo formal, sin contenido alguno ¿Quien le da su primer contenido? La sociedad.» (Bakunin, 2003, p. 95)

Inevitablemente, esta línea de pensamiento nos lleva al movimiento de la Cultura Libre, el cual se basa en dos pilares: el primero de ellos, ya mencionado, es que “toda producción cultural es un hecho Colectivo”; el segundo, se apoya en la premisa de que “la información es poder”: pues el conocimiento como herramienta nos vuelve capaces, eficientes, versátiles, e inmunes a engaños y manipulaciones de terceros. Por lo tanto, el mayor Activo que puede tener una Sociedad es la libre circulación de la información; sin restricciones, sin arbitrariedades egoístas, sin fines materialistas, sin censuras.

Pero, para no desviarnos más de lo necesario, retomaremos estos tópicos de manera más oportuna, en sucesivos capítulos.

(Próximamente…) Enlace a la Tercera Parte

2.2. Progreso vs. evolución: la cultura como devenir

Existe, en efecto, un camino que escapa a los vicios de la teleología, en tanto misión apuntada hacia el futuro, y también a los del sálvese-quien-pueda posmoderno. Ese camino es la interpretación de la cultura también como “evolución”.
Sin embargo, como hemos adelantado, al estar nuestra cultura atravesada por la tendencia a interpretar todo desde un punto de vista destinista, la propia idea de evolución suele transmitir una valoración positiva del devenir, un avance hacia un algo. En cuanto “toca” la cultura, en cuanto la separamos de la esfera discursiva en la que nació, es decir, de la biología, “evolución” con minúscula, se vuelve “Evolución” con mayúscula.
Desde el presente ensayo proponemos tomar la noción de evolución como un devenir sin juicio de valor: un desarrollo sin Destino, pero no por ello indistinto. Para nosotros, evolución no es opuesta a involución, porque no es positiva ni negativa, simplemente: es.
Lo mismo podríamos lograr si escribiéramos progreso sin mayúscula, pero preferimos la idea de “recorrido” sujeto al pasado, a las causas, al entorno, que nos brinda la palabra “evolución”. Al Progreso, entonces, le dejamos su mayúscula y le oponemos nuestra evolución libre de valoraciones.

Hemos evitado los vicios de la teleología en nuestra visión de la sociedad. ¿Cómo evitar los vicios del ultra-relativismo? Lo veremos a continuación.

El núcleo del concepto de evolución es el cambio, la metamorfosis. Pero tales cambios, ni surgen de la nada, ni son azarosos (...en tanto estén originados dentro del objeto, por supuesto; no estamos cuestionando la existencia del azar): tienen razón de ser. En la evolución, las transformaciones están al servicio de la adaptación: si la adaptación se ha logrado, el cambio se detiene. Pero se detiene en un cuerpo, en un organismo, queda latente, mientras todo el universo que lo rodea cambia, hasta que los cambios en el entorno despierten la pulsión evolutiva del organismo en cuestión, y la metamorfosis se reinicie.
En la evolución, el eje, pues, sigue siendo el cambio, pero también lo son el entorno y la historicidad desde la que se procede, los cuales determinan de manera drástica el desenvolvimiento de los acontecimientos.
No cualquier camino da lo mismo en el recorrido de la evolución. Y esta es la principal diferencia entre nuestra visión, y la visión posmodernista.
Volvemos a la cultura. Volvemos al autor.

2.2.1. La evolución en la producción artística

Está muy difundida la asunción de que toda obra nace como negación de la literatura anterior, o como copia de la misma. Mejorada o no, parodiada o no, como sea, pero imitándola al fin.

«…El futuro no es nuestro se anuncia, aquí y ahora, con el bisturí entre los dedos y la alegre certeza de que en la literatura, como en todo arte, sin rupturas no hay relevos.» (Trelles Paz, 2009, p.19)

Esto se debe a que es sencillamente imposible producir arte (o cualquier otro hecho cultural) cerrándose a toda influencia externa. La influencia del entorno y de la historicidad (individual o colectiva) existe; podrán asignársele valoraciones negativas, positivas o neutras, pero las causalidades, el recorrido evolutivo están siempre presentes las intertextualidades bajtineanas: nadie crea a partir de la nada.
Nuestra postura se ve reforzada con el hecho de que a lo largo de la historia del pensamiento ha ocurrido que individuos pertenecientes a diferentes geografías y épocas concibieron ideas equivalentes de forma independiente. (Las duplas Wallace-Darwin, y Piaget-Vygotsky constituyen apenas dos casos paradigmáticos...) ¿Cuántas veces nos sucede que, en soledad, articulamos pensamientos que después leemos de autores que nunca habíamos visto antes? ¿Cuántas a veces creemos que hemos “descubierto” algo por nosotros mismos, pero tiempo después nos damos cuenta de que, en realidad, ya lo habíamos leído bastante tiempo antes de (creer) haberlo descubierto?, …sólo que lo habíamos asimilado, “hecho nuestro”, y luego vuelto a exteriorizar con nuestras propias palabras. Todos estos ejemplos demuestran la existencia del entramado cultural al que en honor a la teoría literaria podríamos llamar palimpsesto cultural, el cual, ya sea en el arte o en el pensamiento, indica a las claras por qué, en este ensayo, preferimos utilizar la palabra producción por sobre la de creación. (O, en todo caso, si se nos escapa “creación” en algún momento, debe entenderse como “producción a partir de”, más que “concepción ex nihilo”.)
Stravinsky, uno de los mayores compositores del siglo XX, supo expresar mejor esta misma idea al referirse a quienes lo llamaban músico revolucionario:

«El arte es constructivo por esencia. La revolución implica una ruptura de equilibrio. Quien dice revolución dice caos provisional. Y el arte es lo contrario del caos. » (Stravinsky, 2006)

Este palimpsesto, esta intertextualidad, va más allá de una sola área: a nivel histórico-social, todas las áreas, todos los saberes humanos se influyen mutuamente, en mayor o menor grado; a nivel personal, los diferentes roles que un mismo individuo desempeña dentro de su comunidad también se ven mutuamente afectados.
Una de las áreas más permeables de todas es la que corresponde a la producción artístico-intelectual:

«Fenómeno social por excelencia, el arte participa en el progreso y en la decadencia de una sociedad.» (Reszler, 2005, p. 45)

(Tenga a bien el lector, por un momento y para priorizar la empatía con Reszler, tomar su mención de “progreso” de manera positiva, resignarle una teleología.)
Ahora bien, ¿por qué tenemos la sensación de que la decadencia y el progreso, que se manifiestan en muchos niveles de la sociedad, no tienen igual de pronunciados sus correlatos en la Ciencia y la Técnica? Tal vez porque la tecnología no puede “retroceder”, como sí pueden hacerlo las sociedades desde el punto de vista de las ciencias sociales: desde el punto de vista tecnológico, los hitos alcanzados son acumulados uno tras otro en una clara “linealidad” de los avances científicos y tecnológicos, a los que una civilización no renunciará ni aun en sus peores crisis morales (o de “decadencia social”, como afirma Bauman); por ejemplo, una sociedad que fabricó la bomba atómica podrá prohibir su futura fabricación, pero no puede “olvidarla”. [Llámese etnocentrismo si se quiere, pero en este ensayo daremos por supuesto que una civilización caníbal o incestuosa, es más “primitiva” -pura y exclusivamente en esos planos- que otra en la que no tienen cabida tales prácticas.]
En la vereda opuesta, desde el punto de vista de los derechos humanos, por ejemplo, las guerras ocurren una y otra vez; aun habiendo un cierto aprendizaje, se incurre una y otra vez en el error: “Como dice Schopenauer, cuando uno ha sobrevivido a dos o tres generaciones se siente como si estuviera en un circo viendo a un saltimbanqui realizar, una y otra vez, las mismas acrobacias.” (Castillo, 2007, p. 139)
Esto último se aplica, como dijimos, a las artes. Los claroscuros se disipan cuando recordamos el concepto de teleología: aunque los intelectuales y artistas se influyen unos a otros, de cuya influencia dependen sus producciones, y aunque podamos aplicar el concepto de evolución a las artes, afirmaremos con Sorel que:

«Hablar del progreso en arte es como hablar del progreso de la luz solar". […] El Arte, el verdadero, es un maximum, y el maximum no se supera jamás. Un Miguel Ángel está en el mismo plano que un Fidias.»  (Reszler, 2005, p. 80-81) 

Sin negar la intertextualidad, de la que hablamos con anterioridad, Sorel (citado por Reszler) quiere decir que, en tanto avance o linealidad acumulativa, no hay Progreso -con mayúscula- en el arte. Nosotros también.

2.2.2. La cultura como hecho colectivo

Por todo dicho más arriba, llegamos a una conclusión no menos importante: Toda producción cultural es un hecho Colectivo pues, aunque la obra pertenezca al individuo que la corporeizó, es la Sociedad la que crea las condiciones de posibilidad de dicha obra:

«En ambos (Deleuze y Foucault), al igual que en Lacan, el sujeto cartesiano (¡por fin cuestionado!) es retirado del sitial metafísico en el cual fue entronizado como un ser esencial y a-histórico para mostrar que se trata de una construcción, de un proceso, de un resultado constructivo. […] Foucault demuestra que aún la creación más osada, la imaginación más lúcida no sabría sobrepasar sino en una mínima proporción lo que la episteme de la época determina como posibilidad. Lacan demuestra en su enseñanza que el sujeto, en tanto producto de la diferencia significante, no puede situarse más allá de la materialidad discursiva que lo determina.» (Hodgson, 2005, p. 26-27)

O, dicho de manera más drástica, pero también más brillante, por Mijail Bakunin:

«[…] (C)ada hombre aporta al nacer, en grados por lo demás diferentes, no ideas y sentimientos innatos, como lo pretenden los idealistas, sino la capacidad a la vez material y formal de sentir, de pensar, de hablar y de querer. No aporta consigo más que la facultad de formar y de desarrollar las ideas y, como acabo de decirlo, un poder de actividad por completo formal, sin contenido alguno ¿Quien le da su primer contenido? La sociedad.» (Bakunin, 2003, p. 95)

Inevitablemente, esta línea de pensamiento nos lleva al movimiento de la Cultura Libre, el cual se basa en dos pilares: el primero de ellos, ya mencionado, es que “toda producción cultural es un hecho Colectivo”; el segundo, se apoya en la premisa de que  “la información es poder”: pues el conocimiento como herramienta nos vuelve capaces, eficientes, versátiles, e inmunes a engaños y manipulaciones de terceros. Por lo tanto, el mayor Activo que puede tener una Sociedad es la libre circulación de la información; sin restricciones, sin arbitrariedades egoístas, sin fines materialistas, sin censuras.
…Pero, para no desviarnos más de lo necesario, retomaremos estos tópicos de manera más oportuna, en sucesivos capítulos.

La Mejor Música del Mundo

Hace poco, cenando entre amigos en la casa de un escritor conocido, éste nos explica:

¡¿Que si me gustaría vivir en Brasil?! ¿Cómo no habría de gustarme vivir en el pueblo que tiene la mejor música del mundo?«…

Pasó. No dije nada. Parte por la admiración que me despertaba su persona, parte por el placer de ir conociéndolo, atento y en silencio absorbente, a medida que barajaba sus palabras sobre la mesa de su sala, y parte, también, porque de buenas a primeras, suelo ser bastante crédulo y acrítico.
Pero la segunda vez que lo vi, aprovechando el clima cálido de una velada «bailable» (también en su casa), lo interpelé capciosamente cuando sonaba algo de música italiana de los setenta:

Enrique, ¿No te parece un buen momento para poner la «mejor música del mundo»?…

Cuando, para mi sorpresa me responde:
¿Te parece que está el ambiente para un Johann Sebastian Bach? …tal vez más tarde…»

– Síiiii, totaaaaaaaalmente – no me quedo atrás, obviamente… y lanzo mi hoy irrisoria, ayer bizarra, estocada:– ¡Pero la otra noche hablaste de la música brasilera como la mejor música del mundo! Y precisamente eso quería puntualizar: ¡¿Cómo alguien en su sano juicio puede decir que el tango, la bossa o el flamenco son las mejores músicas del mundo?! ¡Imposible! – Y ambos reímos de manera espontánea y cómplice.

Claro, mi bello interlocutor era escritor… ¿qué más podía esperar, que un diálogo rebosante de dinamismos descontextualizados, ¡…delicioso discurso a la deriva subvertido tan sólo por la estética fonética o la armonía semántica?!

Claro está que existe la mejor música del mundo, pero no lo son ni Miles, ni Vinicius… tampoco lo son Piazzolla o Camarón… ni siquiera Bach… Arriesgarla implica energía desperdiciada, esfuerzo infructuoso… o una sonrisa… aunque más no sea por esto último, lo intentaré:

La Mejor Música del Mundo, querido lector… sos vos.

Eso es lo que tenía Borges

Jorge Luis Borges no contaba cosas… no ponía a disposición del lector un relato. No. Él se entregaba en cuerpo y mente al lenguaje…

Al escribir sus mejores obras, lo que transmite, en efecto, es despojo de sí mismo en favor de las Palabras. Libera de sí lo humano para poner sus servicios a disposición de las Letras. Altruismo puro.

Los escritores comunes, comunachos, comonzuelos, (¡nosotros, bah!), contamos historias… él, el mejor escritor que jamás he leído (aunque no sea el que más me guste…), y otros monstruos como Neruda (éste sí lo es) o Baudelaire, se inclinan ante las Letras. Por eso, J. L. B. jamás pudo escribir una novela: Porque ellas requieren más planeamiento, estructuras más rígidas, que un cuento o que un poema…

Cuando Jorge Luis Borges escribe, todos sus conocimientos, recursos, y capacidades cognitivas se convierten en apenas algo más que un tubo a través del cual se corporiza el Lenguaje y nos enseña de lo que es capaz cuando es libre.

Leyendo este tipo de Literatura (sí, con mayúscula), es que Barthes pudo haber postulado su «Muerte del Autor»… No nos acerquemos más de lo que la prudencia aconseja a la magia, o a los misticismos pero, a decir verdad, comparto bastante (ahora «de grande») esta tesis que antes me parecía sencillamente ridícula. Y sólo después de haber leído y ensayado un entendimiento de esos autores.

Cuando el Lenguaje pasa al frente el autor muere. Muere, pero no como artista, sino como relator… como Sujeto. Y renace mucho más incorpóreo, intangible, mucho más hermanado y armonioso respecto de su Contexto y de su Historia.

El Ser Humano puede escribir todo lo que quiera, concretizar todo lo que desee… pero nunca Crea: No hace más que sintetizar y fisionar, Inventa (ya sea arte o ciencia, como dice Deleuze) …pero no puede atinar a esbozar otra cosa que no pertenezca al mundo de la permutación y la combinatoria…

La Literatura pura es sólo eso y TODO ESO: Literatura Pura. Jorge Luis Borges ha muerto. Sus líneas, maravilloso legado, nunca han merecido más adecuadamente el mote de:

INHUMANAS.

Apuntes técnicos para una literatura consciente

Como primer renglón, primera frase, escribe nuestro apreciado Ernesto Sábato en su libro La Resistencia:

«Hay días en que me levanto con una esperanza demencial, momentos en que siento que las posibilidades de una vida más humana están al alcance de nuestras manos. Este es uno de esos días

No destaco estas líneas por el contenido, sino por su literaturidad…:

a) El empuje es hermoso: la fuerza que le da la última oración al texto precedente, y a todo el libro!! Podría haber escrito, por ejemplo: ‘Hoy siento que las posibilidades de una vida más humana están a nuestro alcance’ …pero no lo hizo. Es igual a la parte inicial de los 100 poemas de amor… de Neruda: (como dijo no recuerdo quién…) «No es lo mismo escribir: ‘Esta noche puedo escribir los versos más tristes’, que: ‘Puedo escribir los versos más tristes esta noche’. Es como que, aunque en teoría dicen lo mismo, en realidad, lo dicen de otra manera, y al hacerlo, lograran en verdad transmitir además otra cosa.

b) La casi explícita herramienta funadamental, y su uso: El primer párrafo (por no extremar: LA PRIMERA ORACIÓN…, como de hecho sucede ejemplificadoramente en La Invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares: «Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro: el verano se adelantó»!) a modo de presentación. Como – acaso desafortunadamente – sucede en la vida fuera de los textos, es la primerísima impresión – propiamente dicha, pues antes, sólo la tapa y el eventual prólogo – la que cuenta, y a esto lo sabe muy bien, también, Gabriel García Márquez: «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, Aureliano Buendía había de recordar aquella remota tarde en que su padre lo llevó a conocer el hielo».

Neruda (en un rotundo e inapelable primer lugar), Sábato, Bioy Casares, García Márquez…, todos ellos, maestros de la escritura, por algo aplican tan a pies juntillas este recurso, no es verdad?

Qué estamos esperando???!!!!

d