Política sacra, polis sorda

Cristina-Lanata

Fútbol, Religión, Política: Hay quien dice que no hay que iniciar ninguno de estos tres temas en reuniones amistosas, formales, ni familiares (mucho menos, si se trata de la «familia política», claro…). Muchos coincidimos en que este fenómeno se debe a que tales temas invocan convicciones profundamente arraigadas en cada uno de nosotros, lo que conlleva a desacuerdos insalvables y, por lo tanto, es mejor dejar de lado dichos tópicos para ahorrarnos malos tragos y saliva en discusiones infructuosas.

El propósito de esta entrada es dilucidar el porqué desde una perspectiva explicativa más que preventiva, al tiempo que comparto con ustedes ciertas experiencias que he tenido últimamente, sobre todo en estos tiempos en que de «no discutir sobre política porque a nadie le interesa», pasamos a «no discutir sobre política porque a todos les interesa y han asumido posturas inquebrantables y ciegas».

Es verdad que el gobierno kirchnerista contribuyó para que entre todos pongamos sobre la mesa la cuestión política, lo cual es inmensamente beneficioso para cualquier sociedad, y jamás hubiera sucedido si no hubiera avanzado de manera positiva sobre temas críticos y basales que hicieron tambalear (parte de) el status quo en el que vivíamos resignados. Pero también es cierto que esa misma energía, fuerza o fiebre que llevó a hacer de la política un tema cotidiano como ningún otro gobierno del que yo tenga memoria, ha sobrepasado los límites de la razón, manchando a ambas partes con una intolerancia creciente por la opinión y las razones del Otro.

¿Conclusión?: Por desgracia, el exceso de fanatismo nos está conduciendo de regreso al punto de partida; Ahora, si tales temáticas salen a la luz, sean reuniones de recién conocidos o de amigos de toda la vida, hay dos posibilidades:

  1. Sólo habla una campana, y la otra permanece muda para no iniciar una polémica infértil y violenta, o
  2. Opinan las dos campanas y, en efecto, se inicia una polémica infértil y violenta. (Porque, hemos de admitirlo, no abundan los opositores moderados, pero los cristinistas moderados son una especie en franca extinción)

Hablo de “dos campanas”, porque lamentablemente nueve de cada diez personas que tienen una postura política definida son, o cristinistas acérrimos, o anti-cristinistas. Es muy triste que estas etiquetas, hoy por hoy, caractericen más a mis compatriotas que la filiación o simpatía partidaria o ideológica.

Esto es porque el kirchnerismo ha logrado convertir lo político-partidario en religioso.

Y aquí nos hemos insertado de lleno en el quid de esta entrada. (Seguro le robé la idea -o su semilla- a alguien que leí y no recuerdo, pero) opino que hoy por hoy -y más que nunca*- ya no podemos discutir sobre Política, Fútbol, ni Religión porque los tres temas implican abordar una «creencia», más allá de lo racional, y por eso, no se llegan a conclusiones satisfactorias nunca en conversaciones que aborden estos campos.

(*: Digo “más que nunca”, porque es un círculo vicioso esto de pertenecer a algo: cuánto más se ve amenazada nuestra esfera, con mayor ahínco la defendemos. Esto pasa con la religión: cuanto más avanza la ciencia contra nuestras creencias, más fervientemente las defendemos, y “fervientemente”, en este caso, quiere decir: irracionalmente.)

Las Creencias se interponen fanáticamente entre el interlocutor y su sujeto consciente: Si esto no fuera así, cada quién podría ser justo y criticar lo negativo del partido que defiende, así como elogiar lo positivo de quien ataca.

En Religión y en Fútbol «no queda otra»: ambos sistemas de valores crecen por fuera de la luz de la razón (todos sabemos que en la inmensa mayoría de los casos, “se es” de alguna religión o cuadro futbolístico por meras razones histórico-geográficas, antes que por decisión consciente) pero en Política surge el problema mayor cuando abordamos lo político desde una óptica mística (irracional, cerrada e insensata) que atenta contra aquello de lo que más debería nutrirse, que son las diferentes miradas y soluciones propuestas.

La pregunta es: ¿Por qué alguien se vería obligado a tener fe en algo?

La respuesta es demasiado fácil, salta a la vista, y resume a todas las demás: pues porque ese algo no depende de ese alguien. Tenemos fe en un fenómeno o en un objeto cuando éste no depende de nosotros para existir, hacer, o dejar de hacer.

Pero tomemos los tópicos por separado. Empecemos por el fútbol.

Es por ello que nosotros sí nos vemos obligados a tener fe en que nuestro equipo de fútbol prevalecerá por sobre los otros (o que no descenderá, que ganará una copa, o lo que fuere): porque no depende directamente de nosotros su victoria.

Por eso mismo, en contrapartida, no “tienen fe” en el equipo los propios jugadores, ni el director técnico, ni los que compran o venden, contratan o despiden a los jugadores y a los directores técnicos: todos ellos, agentes activos, no “tienen fe” en sí mismos aunque lo digan, no en el sentido estricto de la palabra. (En todo caso, se refieren a que se tienen confianza, basada en su propio talento, y el de los demás agentes activos, por un lado, y por el otro, a que esperan que el azar los favorezca a ellos, o perjudique al adversario, pero nunca se tienen fe).

Pero la fe no tiene nada que ver con el azar. La fe es mística, la fe es sobrenatural, mientras que el azar es lo más natural del mundo… junto con la causalidad, obvio. Pero la fe no tiene nada que ver con ésta tampoco, sino la confianza.

Uno tiene fe en una deidad, o en cualquier doctrina religiosa, porque ni los dogmas de ésta, ni el accionar de aquélla, dependen de uno. De igual manera, en el fútbol, cuanto menos ocurre la injerencia del seguidor, más ocurre la fe. Lo expreso de esta manera, porque un hincha multimillonario puede “regalarle” medio plantel de jugadores a un equipo, y con eso salvar su club del descenso, pero aquí no habría fe, pues habría injerencia directa.

…Y con esto llegamos finalmente a la cuestión de la política, cuando es erróneamente considerada como un sistema de creencias, y sus “caudillos”, como a divinidades.

En política, más que en otras temáticas, más que la fe, debiera prevalecer una argumentación guiada por la lógica, desprovista de juicios de valor caprichosos: el archivo, lo fáctico, debieran reinar. Y, por qué no, las ideologías, pero no como fuentes de verdades, sino como esbozos de posibilidades siempre pasibles de ser analizados analíticamente.

Sin embargo, el fenómeno de la intromisión de la fe en la política ocurre cada vez que se cree a ciegas en un Partido, cada vez que se lo defiende arbitrariamente. Por eso, digan lo que digan, los partidos políticos son mayoritaria y principalmente verticalistas. Como en las fuerzas armadas: aceptás y obedecés, o “a otra cosa mariposa”. De allí el término «militante».

Ésta es una verdad tan humillante y ofensiva para nuestra condición de individuos pensantes autónomos, que muy pocos la explicitan. Pero esto no quita que haya sido sistemáticamente explotada, desde hace décadas, por los partidos políticos.

Nos volvemos religiosos con la política, de forma natural, cuando inconscientemente nos sabemos “fuera”, “ajenos” y sin injerencia alguna, ya sea sobre Nuestro Partido, Nuestro Caudillo, o sobre el Sistema Político todo: pero, como no hay capital más valioso para un Partido, Equipo o Religión, que la fidelidad de sus adeptos, por todos los medios, ellos tratan que “nos pongamos la camiseta”. (Y de allí viene dicha frase, precisamente)

Pese a quien le pese (invito a comentar todo lo que quieran), uno tiene fe en política cuando está convencido de que debe aceptar los caprichos de su caudillo pues no le queda otra: es impotente. Quien cree, acepta sin restricciones. Quien milita, acepta sin restricciones.

Mientras que alguien convencido en su poder como ciudadano político, no cree religiosamente en nadie, y por ello puede criticarlo: ¡lo critica porque puede cambiarlo! Pues si no podemos cambiar algo, ¿para qué criticarlo?

Por eso no milito, ni milité nunca, en ningún partido.

Y, por eso, en las reuniones estamos volviendo a no hablar de política: porque el fanatismo nos está conquistando. Un fanatismo que en un nivel muy profundo e inconsciente, les dice a todos los que tienen fe: “Si yo no puedo tocar a mi dios-caudillo-equipo, entonces, ¡mi contrincante tampoco!… si yo lo acepto tal como es, que él lo acepte, o que lo rechace, ¡pero nunca le permitiré criticarlo porque me dejará en evidencia como inepto, cobarde o impotente.”

En defensa de la Soberbia

(…y en contra de la arrogancia, la falsa humildad y otras pestes)
…un viento en el viento,
…una declaración de guerra,
…un ensayo hijo del cansancio.
por Diego M. Maldini Freyre.
Aclaración previa importante:
Nunca está de más repetir que la inmensa mayoría de las polémicas, debates, discusiones y desacuerdos, son ocasionados tanto por nombrar diferentes cosas o fenómenos con la misma palabra, como por hablar de lo mismo empleando diferentes conceptos. Me atrevo a sostener que sólo una ínfima porción de los desacuerdos, son verdaderos desacuerdos: No debemos confundir «comprender al otro-y-estar-en-desacuerdo», con no comprenderlo (a raíz de la dicotomía anterior, aun cuando se piensa que se lo comprende y que se está en desacuerdo con él) Es por eso que aunque muy pocas veces se realiza, cada ensayo o argumentación debiera contener en sí misma la explicitación de las interpretaciones y acepciones escogidas por el autor para cada caso en cuestión. Esta vez, lo haré:
Las palabras tienen sentidos negativos y positivos, según quien las emita y en qué contexto. Y no es necesario que nos refiramos a palabras con inmensa carga ideológica como Anarquismo o Dios (entre otras), puesto que incluso palabras en apariencia neutras como Ingeniero o Intelectual, pueden contener connotaciones opuestas, nuevamente, dependiendo de por quién, cómo y en dónde sean pronunciadas. Siguiendo la misma línea, tanto Soberbia como Orgullo puede tener significados divergentes: ambas pueden ser interpretadas tanto positiva como negativamente.
A falta de una mejor posibilidad de puesta en situación o de comprensión efectiva entre quien escribe esto y quien ahora lo lee, debe permanecer claro que, respecto de Soberbia y Orgullo, argumentaré en favor de sus acepciones positivas, partiendo, en principio, de sus acepciones neutras, es decir, del sentido puro y objetivo -todo lo más que se pueda- de la palabra. En contrapartida, observo que Arrogancia adquiere en casi la totalidad de sus interpretaciones, una clara connotación negativa, es por eso que en este artículo la utilizaré en oposición a Soberbia. Por lo demás, no hace falta aclarar al lector que, antes de opinar, llegue hasta el final del texto, por respeto a quien escribe. Luego de ello, con mucho gusto, aceptaré e incluso incentivaré y, por supuesto, contestaré, sus críticas.
Cuerpo:
Descartando a aquellos “iluminados” que son sinceramente humildes(1), a nosotros los intelectuales -sí: me considero un “intelectual”- muchas veces nos tildan de arrogantes, mayoritaria y no casualmente, quienes no son intelectuales -y, sí: me han tildado muchas veces de “soberbio”, “arrogante”, etc.. Es verdad que muchos intelectuales lo son, pero lo cierto en este asunto es que las personas en general suelen confundir arrogancia con soberbia. Son dos cosas distintas, tanto en sus causas como en sus consecuencias y por ello viene al caso, en este artículo, escribir al respecto…
Para corregir la despistada crítica de la que hablamos, aconsejo prestar atención al siguiente texto entonces, pues contiene ideas diferenciadas de manera muy sutil y es sobre esa sutileza que se sostiene su argumento principal, así como la razón misma de la equivocación generalizada: esa equivocación que va del tipo “me tenés harto, siempre hablás como si te las supieras todas y yo fuera un pobre ignorante” o del tipo “no sé quién te creés que sos, pero te digo que no sos superior a nadie por más intelecto que tengas”…
Voy al grano: Básicamente, lo que se suele confundir con soberbia no es sino la seguridad acentuada y sólida que proyecta un intelectual promedio al pronunciarse sobre una cuestión determinada, ya sea para defenderla, combatirla o criticarla constructivamente; me explico: es la confianza que da haber llegado a una conclusión(2) al respecto de algo, sólo después de haber dado “varias vueltas más al asunto” de las que generalmente le daría una persona que no viveennidesu intelecto(3)y, desde ya, empleando mejores herramientas intelectuales que el promedio de las personas. No hablo aquí de Coeficiente Intelectual, sino de los instrumentos cognitivos conseguidos con esfuerzo, constancia e investigación ininterrumpida. Mi observación detenida de los intelectuales notables y reconocidos indica que, con algunas diferencias de grado, la gran mayoría de ellos asume la misma actitud, y así, muchos son criticados desctructivamente. Pero, repito, no es arrogancia, sino autoconfianza,
El párrafo anterior, bien lo sé, me traerá innumerables críticas de todo el espectro ideológico y disciplinario, pero eso no hace más que reforzar lo que estoy diciendo. ¿Cómo me defiendo? Fácil, mi respuesta es instar al crítico a que imagine la actividad intelectual como equivalente a cualquiera otra actividad respecto a la técnica. Ante igualdad de circunstancias (léase coeficiente intelectual, disposición anímica, potencial físico, contexto de desarrollo, etc.), ¿Quién cree Ud. que arreglaría mejor una cañería: un plomero o un analista de sistemas? ¿Quién cree Ud. que ganaría un partido de fútbol: un futbolista o un ingeniero? ¿Quién cree Ud. que daría más ganancias a una empresa: un administrador de epresas o un entrenador de perros? Y así puedo seguir hasta el hartazgo, pero ya he dado a conocer mi punto. Repetimos aquí, pues es crucial para el caso, que lo que sostenemos se evidencia en que quienes suelen tildar de arrogantes a los intelectuales, suelen no ser, valga la redundancia, intelectuales. Lo que quiero decir, es que, el intelectual vive en el discurso y por eso se siente más cómodo en él, ya sea disertando o debatiendo, mientras que los demás mortales suelen no poseer las herramientas discursivas ni la práctica necesaria para sostener discursivamente una postura de soberbia con fundamentos (aunque en sus respectivos campos sientan una seguridad y comodidad equivalente a la del intelectual en su discurso). Nótese que, por el contrario y ya sea consciente o inconscientemente, entre los intelectuales se produce una comprensión tácita radicada en esa identificación de la confianza del otro y entonces se suele “respetar” -con ciertas salvedades pero sin concesiones- esa soberbia en el otro, focalizándose automáticamente la atención en el contenido más que en la forma, filtrando lo que se necesita, o lo nuevo, o sencillamente, ignorando la actitud ¿necia? del emisor.
No confundamos, sin embargo, soberbia con fanatismo. Lo segundo no tiene nada que ver con este ensayo.
Fin de la Primera parte. (Sólo a partir de las críticas y los comentarios que reciba(4), es que daré lugar a la segunda parte, encaminada hacia donde sea necesario, pero siempre, en defensa de la Soberbia)
(1): Postura que deberemos analizar más adelante con mucho cuidado y detenimiento, ya que en la inmensa mayoría de los casos, suele estar condicionada, y hasta determinada, por una religiosidad y/o una moral más fuertes que la razón que se pueda tener y que van más allá de las verdades esgrimidas (por eso lo de “ilumiados”, en clara contraposición a los que desarrollaron su conocimiento mediante la investigación y acumulación de instrumentos cognitivos). Por tal motivo, dejo fuera de esta primera argumentación a los humildes sinceros y a los -que más adelante también, distinguiremos- falsos humildes.
(2): Entendiendo aquí por «Conclusión«: a laResolución Temporaria, -y siempreFalsable, inferida desde y sobre un determinado tema, analizado a partir de información manejada con anterioridad por dicha persona o desarrollada (racional o empíricamente) en ocasión de dicho análisis; más la inevitable y subyacente toma de postura respecto del tema en cuestión y a raíz de dicha Conclusión.
(3): Fácilmente podríamos argumentar que en definitiva todos “vivimos de nuestro intelecto” en la medida en que necesitamos sortear obstáculos para alcanzar nuestros objetivos cotidianos, sean cuales sean las circunstancias y dediquémonos a la actividad que nos dediquemos, pero a lo que particularmente me refiero, con la expresión “vivir en y del intelecto”, es a las personas que viven en el lenguaje discursivo y social, empleando la mayor cantidad de su energía y tiempo en el universo de las ideas y lo cognitivo, o que desarrollan su actividad en el ámbito intelectual (no confundir aquí lo cognitivo individual intelectual, con la esfera social de lo intelectual, léase: periodismo puro, actividad editorial o científica -en referencia a las ciencias duras-, etc.). De modo que deportistas, cocineros, programadores de sistemas informáticos, comerciantes, músicos y todos los demás, quedan fuera. Lo siento.
(4): Me atrevo a decir que el 95% de ellos será negativo, pero espero que quienes piensen de manera similar a la mía, lo hagan conocer también, así los demás se dan cuenta de que no estoy solo… muchos de ustedes saben de quienes hablo, y a muchos otros directamente no los conozco, pero también cuento con ustedes…

Conciencia de Sí (Parte II)

II

EL SENTIDO DE LA VIDA COMO CREACIÓN PERSONAL Y ARTIFICIAL

Lo que escribiré a continuación es una descripción, y su debida justificación, de lo que pudiera entenderse como el manotazo de ahogado que lanza nuestra parte conciente ante los fenómenos que hemos descrito en el artículo que precede estas líneas [ver: “Conciencia de sí por medio de la búsqueda de la diferencia” en CONCIENCIA DE SÍ, 1ª Parte].Empleo la metáfora anterior porque me parece que ilustra de manera satisfactoria lo que siente nuestro ser, y cómo reacciona, ante los procesos psíquicos mediante los cuales adquirimos la conciencia de nuestra propia existencia…Es la forma que tenemos – como última salida – de poder interpretar, de manera más o menos aceptable, lo que queda del fenómeno inconciente a que conllevan las cavilaciones del anterior artículo…

La hipótesis que iniciaré será que: Nuestra conciencia no es más que una mera espectadora de lo que sucede entre el universo y nuestro ser biológico.Tal y cómo vinimos a parar aquí (en términos humanos…: el “para qué”), jamás podremos entenderlo; precisamente por eso, nuestra conciencia ensaya de todas las maneras que puede, estrategias para salvarnos de la locura!!!!!!(Es sabido, valga el recordatorio, que las verdaderas incertidumbres dan tal sentimiento de inseguridad que, de forzar esa condición por un tiempo que sobrepase nuestras aptitudes o nuestro potencial intelectual, hasta pueden llevarnos a enloquecer… lamento ser tan absoluto, pero es necesario. Nadie puede negar que no sea así. De hecho… desafío a que lo hagan!!!)

Una de las armas de nuestra mente es (junto con otros cientos de paradigmas… científicos, religiosos, filosóficos,…), es “encontrarle un sentido a la vida”, o lo que es lo mismo, pero en términos más crudos que pueden parecer provocadores: INVENTAR A ESCONDIDAS DE LA PARTE CONCIENTE – la mayoría de las veces, al menos – ALGO TOTALMENTE FICTICIO, PERO FUNCIONAL EN TANTO QUE «MISIÓN» U OBJETIVO, POR LO CUAL VIVIR MANTENIENDO LA CORDURA HASTA NUESTRA MUERTE.

Necesitamos definir algo por qué luchar!!! Diseñar y adosarle “estupideces con sentido” a la vida…encontrárselas, y salvarnos así del peor de los males, el peor de los hechos de la mente: RECONOCER – y esto es algo que intuimos irremediablemente desde lo más profundo, y por más ciegos que seamos o queramos ser – QUE DE NADA VALE VIVIR, MÁS QUE PARA NO MORIR!!!!!!!

Al descubrir inconcientemente que la vida no tiene sentido, comienza lo que metaforicé al principio: los manotazos de ahogado… Nos aferramos a cualquier sinsentido artificial, y ponemos el mayor empeño en volverlo concreto… terrenal… para nosotros mismos (valga decir, nuestro inconciente, infinitas veces más poderoso que el conciente, va intentando imbuir de apariencia real, el objeto de nuestro mayor deseo, tratando de engañar por el mayor tiempo posible a nuestra conciencia).

Con (o sin)ciencia.

Lógicamente, esta aguerrida batalla final contra la locura ocurre principalmente fuera de los límites de nuestra parte conciente, muy profundo en las aguas profundas del inconciente.De otra manera, no tendría sentido, pues si conociéramos “a (con)ciencia cierta” que estamos siendo engañados por nosotros mismos, dejaría de ser necesario «esconder el monstruo».

El tema es tan, pero tan importante y trascendente, que no voy a seguir escribiendo más al respecto, no sin antes solicitarte, querido lector, que releas y vuelvas a masticar las sentencias más importantes de este artículo.Ellas, no necesitan explicaciones ulteriores…

Conciencia de Sí (Parte I)

Nuestro comportamiento inconciente se manifiesta cotidianamente en nosotros de dos maneras: como causa, y como consecuencia.Nuestro inconciente se expresa como consecuencia de las fuerzas y circunstancias externas que nos hacen sentir y obrar de determinada manera, otra forma de expresión, son estas mismas fuerzas actuando como disparadores de nuestro comportamiento…Por ejemplo, la necesidad de sabernos existentes es causa de nuestra búsqueda de diferenciarnos de los demás, de nuestro comportamiento relativo al Pertenecer, en los diferentes grupos… así como la necesidad de entender lo que nos rodea es causa del surgimiento de las distintas religiones y de las disciplinas científicas y filosóficas…

Todos los procesos que enumeré permanecen completamente ajenos a nuestra parte conciente.

I

CONCIENCIA DE SÍ POR MEDIO DE LA BÚSQUEDA DE LA DIFERENCIA.

Cómo es que, (no) siendo (más que) tantos, pero tantos millones de células… somos “Uno”?Cómo es que nos creemos eso de que existe un grupo de miles de millones de células llamado Diego Maldini?Hablando de la edad, de la vejez: cómo es que seguimos teniendo consciencia de un “Yo-mismo” a lo largo de los años?Es decir, qué hace permanecer activa la memoria del Yo…?En el devenir del tiempo, no sólo hay UNICIDAD, sino también, CONTINUIDAD!!!

Qué es la Conciencia?Una representación abstracta que logra crear, transmitir, y hacer respetar por el entorno al grupo de células que mora y trabaja en el cuerpo?Iba a decir, grupo “independiente”, pero lo deseché pues no hay real independencia en un proceso que cuenta con flujo continuo de células vivas y muertas, en forma de alimento y excremento, entre otras tantas, entre el interior de lo que llamamos nuestro ser (comprendiendo cuerpo y mente), y el exterior del mismo.

Dónde?Cuándo?Y, cómo el “YO”, y su permanencia?!

Cómo la conciencia?, mierda!(Con razón existen las deidades!!!!)

El origen de la necesidad de ser Idéntico a uno mismo viene dado por el mismo principio que nos permite mantener con vida algo llamado Conciencia del propio ser.Esta conciencia es una forma de “memoria” que nos refresca lo que fuimos (hicimos, pensamos, sentimos, deseamos, …) segundos atrás, creando la ilusión perfecta de una continuidad, de una… CONCIENCIA DE SÍ, que prácticamente todos poseemos.Pero el mismo fenómeno que la hace posible, exige de nosotros que la alimentemos y reforcemos a cada instante…

La necesidad de alimentar y de reforzar, en definitiva, de mantener esta Identidad con uno mismo, nos lleva a cometer los peores y más torpes errores, dificultando muchas veces nuestra relación con el exterior.Uno de estos errores, y muy frecuente, es la soberbia:Algo en extremo lógico, viniendo de una cualidad intrínseca que por naturaleza vive para reafirmar nuestro Ser, el sentido de Nuestra Propia Existencia… esta soberbia nos vuelve sordos, muchas veces, a consejos o aprendizajes que pudieran funcionar como boletos al progreso personal, y con él, al progreso (en forma de Bienestar) social.

Tan profundo en nuestro ser mora esta “necesidad”, que una de las acciones más llevadas acabo a lo largo de nuestra vida es la búsqueda, conciente o inconciente, de circunstancias en las cuales poder re-afirmarnos (mediante, en muchos casos, la afirmación a El Otro): YO ESTOY AQUÍ, YO EXISTO.

Si bien ser original es una de las cualidades más apreciadas, a menudo la sacamos a relucir sólo cuando nos resulta más fácil: ante una sola persona; pues ejercer la autenticidad ante la sociedad toda requiere mucha valentía, determinación, y un convencimiento fuera de lo común acerca de la propia valía (lo que, en una palabra, llamamos: AUTOESTIMA).Esto, que podría entenderse como un alardear de uno mismo, no implica necesariamente tener plena conciencia de lo que se está haciendo, ni conlleva al ejercicio asiduo de la introspección, ya que hay maneras que representan precisamente lo contrario, como por ejemplo, la ostentación del poder mediante la fuerza, o demostrar que se está plenamente a la moda…

¿Cómo lo practicamos “fácilmente”? En las discusiones, por ejemplo:

Cuando debatimos con El Otro reafirmamos nuestra autenticidad (y por medio de ésta, nuestra propia existencia) contradiciéndolo – con o sin razón –, o asumiendo una postura perfectamente diferenciada de la del “adversario”… y ¡Ay, de nosotros, si El Otro da con la “verdad” antes que uno mismo! Pues cederle la “razón” – tal y como debiera suceder en dicho caso – nos despojaría de la originalidad que estábamos buscando: que todo el tiempo le estemos dando la razón al otro, quiere decir que nuestra “mente” va rezagada… y chau con nuestra independencia…!

Buscamos definirnos en la unicidad, ser únicos, pues allí nos encontramos mejor diferenciados “del resto”, de El Otro, y entonces se nos hace más fácil verificar la propia existencia, corroborar a cada instante que NO HEMOS MUERTO!!!

Ejemplos?… miles!

Podemos dar, para empezar, el de la madre que, a falta de tener cualidades que la hagan destacarse en algo de entre el grupo de amigas, busca sobresalir entre ellas esgrimiendo en conversaciones supuestamente inocentes, el talento de su hijo, en defecto del suyo propio…

O el complejo del petiso: dada la mayor estima que se le da, dentro de nuestra cultura occidental, a la altura (considerada inconcientemente como un bien escaso y apreciado, como ser con la belleza, la astucia, y ni que hablar del dinero!…), los petisos buscan hacerse ver demostrando poseer otras cualidades igualmente apreciadas, como ser la valentía, la viveza, y demás.

Cómo será de importante dar a conocer los bienes materiales y caracterológicos de que uno dispone, que hasta se manifiesta en las plantas, cuando observamos la profusión de colores que reina en la naturaleza; en los animales, cuando vemos a los machos luchar entre ellos o, directamente, seducir a las hembras para ganar sus favores…El equilibrio que se logra, y que favorece la diversidad, es maravilloso: otro ejemplo es la clara relación temperamental que podemos distinguir entre las razas de perros: las razas pequeñas son más histéricas e hiperquinéticas, mientras que las grandes, tienden a ser más reposadas, seguramente, debido a la seguridad que les brinda su porte, su fuerza, que eleva su autoestima (sí, lector, los perros también tienen autoestima).

Otro ejemplo válido con el que señalar cuan influenciados estamos por la necesidad de sabernos existentes a través de la diferenciación con El Otro, es el que tiene lugar entre los hermanos:

Los casos en que nacen de los mismos padres y/o son cuidados y criados en el mismo entorno presentan, sin embargo, también la necesidad o la búsqueda de la que venimos hablando, y es la que los lleva a diferenciarse de sus hermanos en todo lo que puedan, y se animen…, y así, surge otro parámetro – a menudo desestimado en las investigaciones – que es determinante del carácter y de las cualidades de una persona, y que viene a completar la lista, junto con el de los genes, el del contexto, y el del azar…

Procura, entonces, uno, siempre sobresalir entre su propia gente?… en su propio contexto?Ciertamente.

Sin entrar en contradicción con el movimiento opuesto que es el de asimilar patrones de conducta de personas admiradas, podemos afirmar sin embargo, que dentro incluso de grupos íntimos como el de las amistades, cada quien necesita encontrarse distinto a sus pares, aunque se trate de su mejor amigo!Las oportunidades de sobresalir vienen dadas básicamente, por a) los intereses: hobbies, música y actividades nuevas, que no son compartidas con los otros miembros del grupo (claro, en cada grupo hay un “afuera” y un “adentro”, pero los afueras lo son en tanto no compartidos); y b) el comportamiento: “importando” ademanes, ideas y mecanismos desde otros grupos a los que se pertenece, haciendo como conducto entre esferas sociales diferentes.

Luego de haber expuesto todo lo anterior llega el momento de preguntarnos: hasta qué punto somos real e intrínsecamente diferentes. Es decir, nuestras diferencias, son innatas, o somos nosotros mismos quienes buscamos (y encontramos) estas diferencias?!

Pensado de esta manera, podría establecerse que nacemos todos iguales y que es la pulsión de muerte lo que nos lleva a configurar nuestro vivir a partir de la búsqueda de la diferencia, y edificar todas nuestras creencias alrededor de dicha verificación!!!!

Somos nosotros los que provocamos el cambio, somos su motor y no su carro…!

Si somos, dependiendo del contexto, muchas máscaras (profesor, intelectual, hijo, amante, amigo, jefe, …y sus respectivas combinaciones), y descartando que seamos auténticamente todas esas máscaras en simultáneo… Cuál es la que nos queda “al sabernos totalmente solos?” (Al decir de Milan Kundera, en su libro “La insoportable levedad del ser” ).Respuesta: la más valiosa!!!(laS máS valiosaS, en plural, si no podemos escindir del grupo, más que un híbrido) La máscara más valiosa es la que adoptamos en soledad puesto que es la que más cómodo nos sienta al momento de tratar con nosotros mismos… la más auténtica: el verdadero espejo, o lo que más se le asemeje. …

En cuanto a ser auténtico, el mérito, en verdad, no es tanto el tener pocas caretas (puesto que sólo los locos actúan de igual manera sea quien sea que se encuentre delante de ellos – …y aquí no los acompañan ni los niños ni los borrachos, los locos quedan solos ante el mundo), sino el hecho de que se parezcan demasiado unas a las otras… lo cual implicaría no sólo un gran conocimiento de la propia persona y la posibilidad mejorada de poder dominar -moderadamente- las propias acciones, sino también la gran valentía en mostrarla a los demás!!!)

Estando al tanto de todo lo anterior, podemos afirmar con mayor conocimiento de causa, que somos lo que nos enseñaron a ser, entendiendo esto, como el cúmulo de experiencias y sus moralejas que, sin preguntárnoslo, fue asimilando nuestro ser, y que nos trajeron hasta Aquí y Ahora. En el mejor de los casos, siguiendo la línea de la búsqueda de la diferencia, somos el residuo de la lucha interminable entre lo que YA somos y lo que NO queremos ser, entendiendo por esto último, todo aquello que los demás nos inculcaron -deliberadamente o no- y que consideramos erróneo…Somos la síntesis de esta lucha.Y vivimos en permanente cambio, en dos planos simultáneos: el interior (constituído por la parte de nuestra vida íntima que jamás podríamos exteriorizar), y el exterior (que abarca las relaciones interpersonales). Pero todos estos cambios sólo se dan a nivel individual.

Retomemos las primeras líneas del artículo, en donde explicábamos que “Nuestro comportamiento inconciente se manifiesta cotidianamente en nosotros de dos maneras: como causa, y como consecuencia”, adaptando dicha idea al concepto de “transformaciones”, podemos considerar a algunas de ellas como originadas fuera de nuestra propia persona, productos de procesos sociales, bien “históricos” o bien “artificiales”.Los primeros, los son en tanto están articulados por una acumulación de hechos fortuitos y/o determinados inconcientemente, que va tornándose inexorable, asimilando cualquier proyecto de vida a su paso, y reconfigurándolo, para enlistarlo a su servicio; y los segundos, lo son en tanto generados por una determinada conciencia: ya sea que estén articulados por unos pocos que detentan el poder, o por unos muchos que quieren usurparlo.Sea por lo que fuere que estén producidas, dichas transformaciones son, siempre, sociales.

En cambio, a las transformaciones que restan y que no son pocas, las internas, las sufrimos ensimismados y solos…Ésta es la característica que determina su naturaleza.Al igual que con los cambios que parten desde el exterior, debemos lidiar con las consecuencias de los cambios que sufrimos a nivel personal, pero lo bueno de estos últimos es que, al menos en principio, somos amos y señores de estos territorios.Bueno, en realidad los compartimos con un personaje muy oscuro que nos hace creer las más de las veces que toda la autoridad y las responsabilidades recaen solamente sobre nosotros mismos, cuando en verdad las manos que mueven los hilos las más de las veces, son suyas: el Inconsciente.

Como si no tuviéramos preocupaciones en nuestro interior, existen superestructuras sociales que ejercen presión y gran influencia sobre nosotros, mientras moldean el comportamiento social total.Superestructuras éstas, que nos dicen qué hacer y qué no, ya sea de forma directa, o de la manera más sutil… personificadas en convicciones y valores impuestos desde fuera pero que sin que lo sospechemos, forman parte de nosotros mismos; pero ese, es otro tema…