“Los Nuevos” – Novela de zombies por partes. (34/35)

Jimena…

Jimena está sentada frente Pedro, otra vez, aterrada como nunca antes en su vida.

Luego de asesinar a Wilson a sangre fría, por creer que se trataba de un nuevo, el escritor se ha acomodado en su bendito sofá, como si nada hubiera ocurrido y se dispone a retomar el relato de sus cavilaciones a la desagradecida muchacha. Mientras, la camarera repasa las posibilidades de escape que están a su alcance, las cuales, ni son demasiadas, ni son, mucho menos, esperanzadoras: por la ventana, caída libre a ocho pisos de distancia de la acera; por la puerta, muerte segura a manos de los humanos-nuevos. Por ahora, a Jimena sólo le queda cruzar las manos, y atender lo que dice el escritor, como si fuera lo más interesante que ha oído en toda su vida…

―Uno tiene que estar siempre alerta. ¿Te das cuenta?

La mesera asiente con la cabeza. Pedro continúa:

―Pero, por suerte, ese desquiciado ya no nos molestará más… ¿en qué estábamos?…, [en que eras curioso porque eras escritor y en que a veces reprochabas los caprichos de los directores de películas, o de otros escritores…] ―Ah, sí: Pero dejame corregirte algo, no “soy curioso porque soy escritor”, sino que soy escritor porque soy curioso. [Buen punto…]

Mientras, Jimena observa en silencio, cada vez más anonadada, el diálogo interno de Pedro.

―También, decía que esa curiosidad me lleva a lugares insospechados para el resto de los mortales. Cierto es que me sentía solo al principio, pero aprendí a vivir con ello, me acostumbré a esos lugares nuevos e inhóspitos, de los que la inmensa mayoría de ustedes habría salido corriendo, si es que se hubieran animado a entrar, para empezar…

―…

―Y esa curiosidad, es la que a veces, me lleva a encontrar respuestas que otros ni se plantean, como por ejemplo, acerca de estos seres convertidos―dice Pedro, mientras señala al fenecido Wilson con un brazo, sin mirarlo.―Estoy seguro de que vos y tus amigos…―Jimena piensa: «…no eran mis amigos…», pero no dice nada por no contradecir al escritor. Éste prosigue:―…corrían como locos, pero sin preguntarse qué los había hecho cambiar así. Pues bien. Decime si eso no es la clásica película de zombies en la que todos corren —y mueren— sin siquiera dilucidar las causas de tal transformación… pero bien, aquí estoy yo, un escritor hecho y derecho, para resolver el quid: aunque carezcan de dolor, no hablen, sean medio torpes, como en esas películas, estos no son zombies…

Ahora sí, Jimena empieza a prestar atención al campeón de la retórica, de manera sincera e interesada. El tema logra atraparla.

―¿Y qué son, entonces?

[Cierto, y ¿qué creés que son, entonces?]

―No desesperen, no desesperen, hay que ir por partes y en orden…

* * *

Las tres mujeres y el rugbier, se bajan de la camioneta, Bakunin detrás de ellos. Enseguida, el cachorro ladra contento y corre hacia a sus congéneres, Charrúa y Ona, que observan divertidos al insignificante perrito como si fuera de juguete.

Los dos mastines no se han llevado la cruenta escaramuza de arriba: están muy golpeados y sangran en más de un sitio. Charrúa, el rottweiler, renquea de una pata, mientras que el dogo argentino, Ona, ha perdido la mitad de la cola de un brutal tirón que le diera uno de los nuevos mientras el perro mordía a otro de los infelices —ahora, en donde antes estaba su cola larga, fina y blanca, le queda un coágulo de sangre al final del muñón, que lo deja más parecido a su compañero, aunque como si fuera su negativo fotográfico. No obstante, los dos cánidos se mueven de aquí para allá, con excitación, ignorando el dolor: es sabido que los dogos argentinos fueron creados para la caza mayor; La fama de los antepasados de Ona trasciende fronteras, pues incontables registros han quedado de dogos argentinos protagonizando inverosímiles historias en las que, aún colgándole los intestinos de lado, siguen prendidos a la oreja del fiero jabalí; u otras en las que, con hidalguía y entereza envidiables hasta por un Caballero de la Mesa Redonda, encuentran la muerte en las garras de un sanguinario yaguareté, luchando colmillo a colmillo, de manera implacable, hasta la última gota de sangre…

Por su parte, Charrúa, el boyero alemán negro y fuego, posee la misma portentosa fisonomía de los toros díscolos a los que sus ancestros debían doblegar y para nada se queda atrás de su inseparable compañero, ni en el temple, ni en la bravura…

Llaman la atención de los dos mastines los ladridos intempestuosos de Bakunin, quien los incita a jugar, como si se hubieran conocido de toda la vida. Aunque entraría entero en sus fauces —tanto de Ona, como de Charrúa, que podrían tragarlo de un solo bocado, si así lo quisieran— Bakunin, corretea entre ellos con petulancia, sintiéndose como entre camaradas.

Los en exceso tensionados seres humanos no tienen ojos para los animales —ni siquiera Julia—, y procuran ponerse a salvo dentro de la casa. Dejan los perros afuera, en la lluvia, para que éstos los protejan ante otro posible ataque, o al menos, para que sirvan de alarma. No pasan uno o dos minutos desde que los sobrevivientes ingresan a la casa y ni siquiera han iniciado una conversación formal, cuando afuera se oyen ladridos.

Marcelo y Ernesto, ahora ambos armados, se asoman a una de las ventanas y ven una pareja que se acerca por el camino, al tiempo que los dos perros corren a saludarlos. Seguros, ahora, de que no se trata de nuevos nuevos, los que están adentro de la casa abren la puerta y salen al encuentro de los dos que se aproximan.

«Los Nuevos” – Novela de zombies por partes. (29/35)

(Capítulo inicial de la tercera y última parte)

Pedro…

El escritor viene bajando el tramo final de las escaleras, cuestionándose las causas del hermoso caos. Su egocentrismo se interpone entre él y sus amigos —incluyendo a su hermano—, impidiéndole preguntarse por su paradero, o si están a salvo del peligro, o tan siquiera recordarlos.

Ya en el hall de entrada al edificio, su mirada se topa con el nuevo-niño que el tercer hombre había arrojado por el hueco de las escaleras: ocho niveles más abajo, no es más que un montón informe de miembros retorcidos y ropa sucia. Por simple curiosidad de escritor, Pedro observa la cara del chico: se diría que está durmiendo, por la expresión que alberga; a pesar de la caída, su rostro no demuestra señales de temor, sorpresa, ni cualquier otro rasgo humano. Pedro recuerda algo que había escuchado hacía unos años y que por fortuna nunca había comprobado en carne propia: que los suicidas que se arrojaban desde rascacielos morían de un paro cardíaco antes, incluso, de tocar el suelo.

―Debe ser del susto…―comenta el escritor al muchacho, como si éste pudiera oírlo.

Continúa reflexionando sobre los nuevos de la única manera que sabe hacerlo: con una capacidad de análisis impensable para muchos, pero no por brillantez intelectual, sino porque la ausencia inusual de sentimientos humanizantes, libra a la mente del cínico escritor, de la interferencia indeseada de las emociones.

«Enajenación y frialdad…―piensa, de sí mismo, el escritor:― Salvo cuando se trata de Brenda…»

En efecto, la cuestión de su amiga Marga es lo único que desestabiliza a nuestro escritor, devenido en errante solitario.

―No sienten dolor. No sienten miedo. No enfocan la mirada…―el hermano del fenecido Marcos enumera los datos con los que cuenta, como para elaborar una especie de teoría explicativa:―, no hablan. Pareciera que no piensan de manera consciente. Algunos se convirtieron y otros no…

Sigue caminando hacia la calle, sigue pensando en voz alta:

―¿Por qué razón ellos se convirtieron y yo no? ¿Ántrax siglo XXI?… No, no lo creo: esto no parece ninguna enfermedad, todo lo contrario, los individuos parecen estar más que saludables, como ultra-energizados… Tal vez, algo liberó toda la adrenalina y las endorfinas de sus cuerpos, y por eso se mueven tan activos… pero, ¿por qué matar…?

Pedro se para en la puerta de calle de su torre. Afuera, en la noche, no hay un alma. Se dedica a observar la lluvia.

«Por fin un signo de cotidianidad…»

Adormecido por el murmullo del agua que cae contra la acera, se sienta en el suelo, cierra los ojos y se olvida de todo por un rato.

…Marga toma a Pedro entre sus brazos y lo besa desesperadamente. Pedro no responde. El veneno está surtiendo efecto, pero él no se deja vencer. Entre las caricias de su amada, a través de sus cabellos color trigo, se vislumbra una sonrisa irónica, la última sonrisa del viajero, una que se ríe de Dios y del Diablo por igual, como diciendo: ¡¿Qué son los dioses ante la férrea voluntad de un hombre?!…

Unos violentos gritos arrancan al escritor de su letargo.

Pedro abre los ojos en el preciso instante en que unos chicos pasan corriendo por la calle, frente a donde él se encuentra sentado: todos corren mirando para atrás; algunos se frenan y arrojan objetos contra sus perseguidores: un numeroso grupo de nuevos.

«¡No se atacan entre sí!―agrega el escritor a su lista, con su personal forma de abordar todas las situaciones como si no estuviera presente―¡Sólo van contra los que no se han convertido!»

La sorpresa de Pedro es pasmosa al ver que Brenda es una de las que está huyendo de los desquiciados. Algunos de chicos que vienen con ella son alcanzados por los nuevos más rápidos, que los asaltan con inclemencia. Al darse cuenta de esto, Brenda y los demás compañeros de los caídos vuelven en su ayuda y se trenzan en combate con los nuevos. Pedro se incorpora del suelo con un salto y corre directo hacia la boca del lobo para salvar a su amada. Mientras lo hace, comienza a descargar su arma contra los nuevos, sin preocuparse porque pudiera herir a alguno de los muchachos normales.

En medio de la vorágine, ya sin balas, Pedro es otro desquiciado más, pero a diferencia de los otros, éste grita. Desesperado porque no encuentra a su Brenda, se abre paso entre la multitud a golpes y empujones, llamándola a viva voz:

―¡Brenda! ¡Brenda!―cuando por fin la ubica, ella está corriendo calle arriba, procurando huir de un endemoniado atacante. No menos insuflado de adrenalina que su oponente, el escritor lo alcanza y entablan un impresionante cuerpo-a-cuerpo, del que Pedro, para sorpresa de la chica (y de él mismo), sale vencedor. Pero cuando el indolente y ahora maltrecho escritor se endereza, cae en la cuenta de que no es Brenda quien está frente a él, sino otra mujer que no conoce. Mira hacia todos lados, buscándola, pero sólo ve un muchacho que viene caminando hacia él, dolorido —los demás, amigos y enemigos, todos muertos.

Pedro voltea hacia donde se encuentra la desconocida que acaba de rescatar, …equivocadamente, claro, y descubre que ha sido engañado, «otra vez», por sus ojos, por su mente. Brenda nunca estuvo allí.

―Gracias.―le dice la mujer, rígida como un palo por los nervios.

El escritor la observa decepcionado. Comienza a girar, para mirar con más detenimiento al otro, pero escucha que ella le dice:―Te conozco.

Pedro vuelve a mirarla y trata de reconocerla, pero nada.

―Soy la camarera de El Café: Jimena.

Pedro la mira, frunce el ceño, pero no logra ubicarla.

―Y vos sos el hermano escritor de Marcos.―apunta la chica, como para demostrar la veracidad de sus palabras.

Pedro no entiende nada. La cabeza comienza a darle vueltas. Busca con la mirada un sitio donde sentarse que no sea bajo la lluvia, decide regresar al hall del edificio: recuerda que allí hay una banqueta larga en la que podrá recostarse, …pero no llega, da dos pasos, y pierde el conocimiento.

* * *

“Sin embargo, Julia, cuando decís Política, yo pienso en Psicología o Sociología, por un lado, y en Biología por el otro…”, responde Pedro.

“No estoy de acuerdo: La política no es como cualquier otra ciencia.”, le contesta la pelirroja, a punto de ponerse colorada de nuevo, por la conversación que la apasiona.

Pedro le habla con tranquilidad: “Escuchá…, escuchá…. Para mí, todas las humanidades son lo mismo, porque todas hablan del ser humano… A lo que me refiero, es a que tendríamos que descartar esos rótulos que no hacen más que dividir el conocimiento, en lugar de acrecentarlo.”

Ahora sí entiende la bibliotecaria lo que el escritor le había querido decir y se lo demuestra relajando el semblante.

Pedro sabe que él no le cae demasiado bien a la muchacha, sobre todo, porque muchas veces se muestra altanero con quienes le rodean, indiferente para con las preocupaciones ajenas…, pero ahora que están solos y sin nada que hacer, le parece un buen momento para arreglar un poco las cosas, para mostrarle a la chica que él no es el sujeto despreciable que ella cree —después de todo, él y Julia se cruzan casi todos los días por los pasillos de la biblioteca—. Por todo esto, Pedro continúa con el tema que, tal parece, a la joven le complace escuchar:

“De la misma manera que para mí la historia y la psicología son lo mismo, también deberíamos unir esos saberes específicos a los de la filosofía y la antropología, en lugar de separarlos designándoles una porción de conocimiento y una óptica determinada, a un grupo de científicos, mientras le destinamos la otra a otro grupo… comunidades que, por lo demás, tal vez permanezcan como dos paralelas ad infinitum, sin tocarse nunca en ningún punto. Sociología y política, de hecho, ¿no son acaso desprendimientos trasnochados e innecesarios de la antropología…?”

Mientras produce la perorata, Pedro observa con ojos de médico clínico, cómo —ya no más a la defensiva, y por ende, un poco desprotegida— Julia va cayendo en las redes de su discurso. Nota cada cambio en el brillo de los ojos de la joven. Percibe a la perfección cuando una palabra de él sirve como disparador para lanzar a Julia al abismo dentro de su propia mente, en busca de profundidad, matices y nuevas interpretaciones de lo que el orador le sugiere: “…por otro lado, también, tenemos la semiótica, la comunicación y la lingüística, todas la misma fantochada…”. Julia se despierta del trance: no le ha gustado nada que le hablen mal del lenguaje. Pedro advierte esta pisada en falso y la subsana de inmediato: “¡Ojo! No estoy diciendo que sean una porquería, ¡Amo el lenguaje!… ¡Somos lenguaje! …Vos lo sabés mejor que yo…”. Julia vuelve a escuchar con la pasividad de una gata tomando sol… “Lo que quiero decir, es que no deberían derrochar tanta energía en producir bifurcaciones, sino más bien, concentrarla en un solo haz de claridad.

“Tenés razón. Tenés toda la razón…”, murmura Julia casi sin mover los labios, y con los ojos abiertos como puertas, ante una idea nueva que no se le había ocurrido a ella antes.

“Ahora, bien. Dentro de esta nube que son las humanidades, están los que hacen el camino, y los que lo recorren.”

“Como en todo.”

“Como en todo, es cierto. La teoría es muchas veces combatida por los que recorren el camino, pero sin ella, ellos se perderían. La teoría es la señalética”, Pedro sabe que usar palabras inusuales da prestigio, “mientras que la práctica…”

“¿Pero y qué me decís de los que hacen cosas, antes que ningún otro ser humano, para las cuales no hay teoría?”, esta es Julia, defendiendo su postura de activista.

“Estás equivocada, niña. Siempre hay teoría. Incluso los que se hacen los pragmáticos, se rigen por teorías. Incluso aunque no se las articulen conscientemente a ellos mismos, se rigen por teorías. Cuando alguien intenta predecir acontecimientos, o comportamientos, está haciendo uso de ciertas leyes, que ya conoce, y que son su teoría…”

“Bueno, pero esta teoría, que decís vos, está contaminada por la práctica. Por la vida.”

“Sí, pero fijate, que nunca hay práctica pura, y sí hay teoría pura. Mirá los militantes…”, Pedro entra en este terreno, a propósito, para poner a Julia de su lado, a sabiendas de que ésta muchas veces se había sentido deseosa de militar en agrupaciones políticas pero que todas y cada una de las veces, se había echado atrás, “ni siquiera ellos, que siguen enceguecidos a un líder, se manejan sin teoría: la teoría es la del líder, sea carismático o autoritario. Que no utilicen su propio cerebro, no quiere decir que no esté funcionando el cerebro de alguien más, en su lugar… Las teorías de alguien más, en su lugar…

Silencio.

“Siempre hay teoría. Lo único que hago, es seguir la corriente”, remata el escritor.

“¿Pero no te dan bronca tanta injusticia, tanta pobreza en el mundo? Para eso sirve hacer política, tal vez, en contraposición a saber política…”

“Te conviene no tomarte tan a pecho las cosas que no podés cambiar, niña; las tensiones, los malos tragos, la angustia, todas esas cosas, reducen la expectativa de vida”, Pedro sabe que está siendo hipócrita en este momento, pues él vive angustiado, aunque su angustia sea más existencial que otra cosa, “…deberías comprarte un perro.”

La pelirroja se muestra ofendida por el comentario.

“No, en serio, lo digo en serio”, se ataja el ermitaño escritor, “está comprobado que quienes tienen mascotas, viven más y mejor que quienes no las tienen. Yo tendría un schnauzer, de ser por mí (dicen que es la raza más inteligente de todas), pero definitivamente soy muy distraído y, seguramente me olvidaría de darle de comer, no lo cuidaría como se merece…”

* * *

―Hermano de Marcos…, Hermano de Marcos…

Sin volver del todo en sí, Pedro escucha que lo llama una voz de mujer.

De a poco despierta, tal vez a causa del agua de lluvia que se le mete por la nariz, pero, con más seguridad, por los cachetazos que le propina la mesera.

―Está reaccionando…―le dice la chica al muchacho que está en cuclillas a su lado.

―Al fin. Pensé que iba a convertirse en uno de esos…―le contesta el otro, mientras se pasa una mano por la frente en señal de alivio.

―Ju…, ¿Julia?―balbucea Pedro, todavía de este lado del mundo.

 

 

 

 

 

 

 

 

d

“Los Nuevos” – Novela de zombies por partes. (22/35)

Julia y Ernesto

Julia vuelve caminando bajo la lluvia desde la casa de Marga, eufórica. Su atención, dividida en tres cauces diferentes y competitivos: los cómicos pasitos de su nuevo compañero, Bakunin, siempre curioso, siempre atento a todo lo que acontece en este nuevo universo al que lo ha traído su salvadora; la sorprendente conversación que tuvo hace un rato con la periodista que más admira, tan larga, fortuita y, sobre todo, interesante, en la que Margarita no hizo más que superar las expectativas que Julia se había hecho de ella de tanto mirarla por televisión; y, por último, una canción («Críticas») de aquél uruguayo medio raro y medio colgado, que suena en sus auriculares, disputando protagonismo en su consciencia cada vez que viene un verso que la pelirroja ama, para cantarlo con ella.

Casi llegando a la puerta de su hogar, a Julia le parece oír entre la lluvia que alguien grita su nombre —con una voz que no alcanza a reconocer, pero que su mente relaciona con algo positivo—, pero ella hace caso omiso y continúa caminando unos pasos más, y cantando, y recordando, y mirando a su perrito. De nuevo suena otro “¡Julia!” en su cabeza, pronunciado con dificultad, dejándose oír clandestinamente a través de la voz de Fernando Cabrera y su guitarra, pero la joven, ocupada en tantas cosas, no presta atención hasta que el diminuto schnauzer se frena, gira sobre sus patitas y mira hacia atrás de su salvadora, adoptando una posición de juego y ladrando sus pequeños ladridos que Julia apenas escucha por el volumen de la música, pero como estaba mirando a Bakunin, le llama la atención su actitud y, sin sacarse los auriculares, Julia se voltea hacia donde mira el cachorro: Ernesto está asomado a la ventanilla de un taxi, haciéndole señas, con el rostro teñido de preocupación.

―¡Julia!

«¡Uy, qué pesado…!», piensa nuestra bibliotecaria amiga, …es cierto: en actitud algo contradictoria con sus propios sentimientos, pero no tiene idea de lo que está sucediendo en la ciudad en este momento.

«Si Adolfo le dio mi dirección, se las va a ver conmigo…», ―Hola, ¿Qué pasa?

Ernesto baja del taxi y le explica en pocas palabras lo mismo que les dijo a los viejos —sin mencionar, otra vez, lo de Mariana—, y que éstos quieren que Julia se les una, porque no la quieren ver sola en la calle con tanto loco suelto. La feminista le sale de adentro, y piensa: «¿con quién creen que están hablando? Pobres, viejitos, proyectan sus debilidades y limitaciones en los demás, pero es lógico: lo que ven poco, creen que todos ven poco como ellos, los ladrones, piensan que todos les van a robar a ellos, como ellos hacen con los demás… y, de la misma manera, todos creemos que somos los más sagaces habitantes sobre la faz de la Tierra porque no podemos leer los pensamientos de los otros, y entonces, sólo nos quedamos con los nuestros propios… que son los mejores que hemos oído, pero a fuerza de ser los únicos…». Nuestra Julia, siempre tan volada, ella, haría una muy buena pareja con Pedro, pero ninguno de los dos lo sabe.

―Decime, ¿y de dónde sacaste eso, vos?

―Yo, de…

―Y si fuera para tanto, ya me habría violado alguien, o robado unas monedas, al menos, ¿no te parece? …yo que anduve todo el día dando vueltas por ahí, sin enterarme de nada, ni ver nada raro.

―Bueno, mirá, hagamos algo: necesito que vengas conmigo para que los viejos te vean y no me maten. ¿Entendés? Si querés, tomás unos mates con nosotros, charlamos y vemos si podemos informarnos mejor, y si te parece que sobreactuamos, te volvés y listo.

Julia lo piensa un poco, y decide acceder, pero únicamente lo hace por sus dos amigos.

«Igual, huele a gato encerrado, pero de todas maneras, si es así, los tendré a la mano para recriminárselo. Además, más allá de todo, el chico parece preocupado en serio. Y esa preocupación no pega con su forma de ser.»

Da en el blanco la pelirroja, y deciden subir al taxi, pero antes de que pudieran hacerlo, el taxista les dice:

―Disculpá, pibe, pero perros, no. ¿Sabés?

Sin atinar a nada, Ernesto mira a Julia como interrogándola, y ésta le devuelve una mirada amenazadora, como pensando: «Ni sueñes que vamos a dejar a mi Bakunin. Va adonde yo vaya…». Mensaje que Ernesto interpreta a la perfección, de modo que le paga al taxista lo que había gastado hasta allí, y dice a Julia:

―De todas maneras, tendrías que cambiarte: estás empapada.

Ernesto corre a refugiarse bajo el toldo de un comercio, pero se asombra al ver que Julia y Bakunin siguen bajo el chaparrón como si nada, es más, se diría que los dos por igual, están más que contentos de andar bajo la lluvia. La pelirroja avanza unos pasos, y se da vuelta para decirle al muchacho:

―¿Qué? ¿También le tenés miedo al agua?―y ríe con una sonrisa que termina de enamorar del todo a un Ernesto que, aunque bastante estructurado («“normal”, en el mal sentido de la palabra, diría yo…»), todavía guarda en su interior un espacio para la novedad. Espacio que muchas veces nosotros clausuramos, para darle más lugar a la rutina, siempre ávida de conquistas mentales. Nuestra observadora Julia sabe todo esto. ¿Cómo es que lo sabe?, pues…

«…Comparando comportamientos, analizando conversaciones, atendiendo a cada mirada, gesto y ademán, de las personas con las que me relaciono… De la misma manera, sé, por ejemplo, que Ernesto está cayendo en picada en mis redes… porque, claro, no pensarás que no me doy cuenta de que todo lo que hacemos tiene destinatarios que están por fuera de nuestro propio cuerpo… algunos creen que es “llamar la atención”, pero yo prefiero llamarlo: “persecución indirecta de fines mediatos”.»

[Siempre tan rebuscada nuestra Julia, entreverando tantas palabras que, en realidad, no significan otra cosa que: “Sí, me gusta caminar bajo la lluvia, y sí, me gusta hacer cosas que los demás no suelen hacer, pero en este preciso instante, las hago para que el rugbier me conozca más rápido, y sepamos si nos llevaremos bien, o si somos incompatibles, sin tanta pérdida de tiempo.”]

«¿Cómo? ¿Dijiste algo?»

[No, nada]

―Vamos así nomás. Hace calor y no me quiero cambiar. El agua me refresca―dice Julia finalmente, al tiempo que se quita los auriculares del todo para protegerlos de la lluvia.

Empiezan a caminar hacia el departamento de Ernesto, con la idea de tomarse cualquier taxi o remís que aparezca en el camino, desestimada por completo.

Ernesto, seguimos, no se espanta, al contrario, a él le fascina la idea de ver la blusa mojada de Julia pegarse al cuerpo de la joven y resaltar sus curvas. Ella lo sabe. De hecho, consciente de la faceta animal de todos los hombres, Julia sólo perdona a Ernesto por su buena predisposición a salirse de la rutina en cuanto puede «…eso sí, a años luz de mí, que no sólo me salgo de la rutina, sino que la combato…»

Algo que la pelirroja no se da cuenta es que no todo es mérito de ella: En la aceptación instantánea de Ernesto de caminar juntos bajo la lluvia, incide el hecho de que la atracción por la chica ha desactivado la mayoría de los “filtros” del muchacho, mecanismos estos, que nos sirven para permanecer dentro de los límites de lo que la gente espera de nosotros, pero también, que velan por nuestra seguridad, nuestra cordura, pues tienen que ver con mantener la coherencia lineal del Yo-soy-esto. O, para decirlo de otra manera: Ernesto padece de enamoramiento, ergo, todo lo que haga Julia, estará bien… (y por eso, las discusiones en las parejas recientes, no empiezan sino hasta después de que ha culminado esta etapa de visión acrítica, en la que el Yo de uno, deja la puerta de par en par abierta al Yo del otro, para que pase y se sienta como en casa: se sirva, adueñe y hasta decore todo el interior a gusto e piacere por un rato —medianamente largo—, antes de echarlo a patadas…)

Otra cosa que Julia no sabe, es que posiblemente la fascinación que ha despertado en Ernesto se deba, en gran parte, al hecho de que su inconsciente —que en este caso no es Ernestotambién, sino algo más profundo e inexplicable—, lo haya arrojado a relacionarse con la pelirroja como mecanismo de defensa, para recomponerse, luego del abismo al que cayó por lo de Mariana: tanto en el rescate de Jorge y Adolfo, a partir de la oleada de crímenes, como en el enamoramiento de Julia, podemos ver excusas para no pensar en la muerte de Mariana.

Siguen caminando, conversando, mojándose, hablando de Bakunin, del abuelo de Ernesto y de su amigo. Por un momento olvidándose de los asesinatos y la maldad que reina en el mundo. Pero, finalmente, Ernesto no puede callar, necesita contención y ve en Julia a la represa ideal, de modo que le cuenta todo lo que pasó desde que se fue de la biblioteca ese mismo mediodía.

―No sé lo que es el mundo.―opina Julia, de regreso a la realidad, cuando Ernesto termina, por no ocurrírsele nada mejor que decir.

―¿A qué te referís?

―Pues a eso, a que en momentos como este, no sé lo que es el mundo.―Ernesto sigue caminando sin decir nada. Mirando sus zapatos al dar zancadas, o tal vez al perrito, que ahora parece un pollito mojado por acción del chaparrón sobre su pelaje. Julia, no sabiendo bien cómo continuar, agrega:―Tanta maldad. Tanta injusticia.

―Pues entonces yo tampoco sé lo que es el mundo.

―De todas maneras, me imagino que si sé que no sé lo que es el mundo, es porque sé que posiblemente el mundo no sea lo que posiblemente yo crea que es…

―Ya me mareaste.―atina a decir Ernesto, perplejo.

―Digamos, que desde algún lugar vos y yo decimos que no sabemos lo que es el mundo, y ese lugar, es nuestra propia concepción del mundo.―contesta Julia, en su salsa.

―No sé si el mundo es lo que yo creo que es. De acuerdo.―aporta Ernesto para zafar, y hace un ademán con los labios como para cambiar de tema…

―No, no me entendés, al decir eso, vos ya estás utilizando un concepto tuyo de la realidad, y que se desencadena con la palabra: mundo… de modo que sabés lo que es el mundo, aunque no sepas que lo hacés.

―¿Cómo puedo saber lo que es, y no saberlo, al mismo tiempo?

―Bueno, digamos que para vos, el mundo es algo que no tenés articulado de manera consciente, pero que sabés lo que es…, y entonces, acaso el mundo sea lo que vos pensás que es, y entonces, sí sabés lo que es, pero ¡no sabés que lo sabés! porque no lo sabés conscientemente, así que no sabés que sí sabés lo que es el mundo…

―No, mirá, a mí las palabras…

―Esperá, es fácil, dejame terminar: yo, por otra parte, digo que tampoco sé lo que es el mundo, pero lo decimos desde dos lugares diferentes: yo sí sé que sé lo que es el mundo, pero al mismo tiempo creo que estoy equivocada; a diferencia de vos, que no sabés si sabés o no sabés lo que es…

Por toda respuesta, el bueno de Ernesto menea suavemente la cabeza de un lado para otro, como implorando piedad a su impasible verdugo: Julia, quien continúa extasiada:―Mirá, no es tan complicado, vos sabés lo que es el mundo de una forma que te sirve para vos, pero que cuando no concuerda con lo que vos ves en el mundo, esa acepción tuya no te cierra, y entonces creés que estás equivocado, ¿ves?―Ernesto levanta la vista de pronto, y mira a Julia a los ojos― En cambio, yo sé que no sé lo que es el mundo, porque sé que tengo una acepción de la palabra mundo en mi cabeza y me la he articulado a mí misma, y el mundo que veo no es mi mundo…

―A ver si entendí: la diferencia es la consciencia, ¿no? Vos decís que sabés que no sabés porque sos consciente de que una cosa es el mundo y otra lo que vos pensás que es, mientras que yo no sé si sé lo que es, porque no soy consciente de estas dos formas de ver el mundo… mmm… puede ser…

Ahora, la fascinada es Julia. Ernesto no sólo no se había rendido ante la complejidad de su explicación —en la que Julia casi se confunde a sí misma, incluso siendo ella la autora de tal argumento…—, sino que además de entenderla casi a la perfección, la había plasmado de una forma mucho más simple que la propia Julia, sin perder profundidad. Lo que Julia nunca puede saber, es que en realidad, Ernestotambién le había apuntado la respuesta al rugbier, quien de otra forma, nunca hubiera avanzado más allá de la primera frase de Julia.

¡Ah!, …si pudieran dialogar directamente Julia y Ernestotambién… cuánto tendrían para decirse… pero bueno, eso no sucederá por ahora… o tal vez, nunca. Mucho menos, ahora que Ernestotambién ha caído —él, incluso, más que el propio Ernesto— en “las redes” de la pelirroja.

Bibliotecaria, schnauzer, rugbier y alter ego, continúan caminando hacia el departamento en donde se encuentran los viejos. A fin de cuentas, éste no queda tan lejos, y ya están llegando al mismo.

Julia no es del todo consciente de los peligros de andar por la calle a estas horas, ni aún bajo la lluvia, por no haber escuchado nada en los medios, ni visto nada en carne propia; Ernesto, en cambio, sí lo ha hecho, pero no tiene miedo por sí mismo, en todo caso, se preocupa por los demás, pero «abuelo» estaba con Jorge en el «depto.», mientras que Julia «ahora» se encuentra bajo algo así como su tutela, y ya no hay por qué temer.

Julia cae en la cuenta de que deben estar llegando al departamento donde los esperan Adolfo y Jorge Luis, «ojalá que con unos ricos mates calentitos, porque todo muy lindo, todo muy lindo, pero la lluvia empieza a calar mis huesos…», cuando nota que Ernesto mete su mano en uno de los bolsillos y saca un manojo de llaves. «…Tal vez el umbral de paciencia de cada persona pueda medirse según la distancia a la ésta que saca sus llaves cuando está llegando a su casa, sin importar la cultura a la que pertenezca, siempre y cuando haya puertas con llaves», es otra de las cavilaciones que hace Julia a medida que vive…, esta vez, interrumpida por los ladridos furiosos de Bakunin.

―¿Qué te pasa, lindo?

El cachorro ladra desquiciado hacia un hombre que se dirige por el medio de la calle, con mucha prisa, en dirección a la parejita. O eso les parece a los chicos al principio, ya que pronto se dan cuenta de que no es prisa lo que lleva el desconocido…

Bakunin es el primero que se entera del peligro que representa este nuevo-humano para ellos, y decide defender a su salvadora. Sin dejar de ladrar, se sacude la correa y con un tirón hacia atrás se zafa de ella; enseguida, corre hacia el nuevo: su sangre, su instinto, ya de pequeño le enseñan que no hay mejor defensa que el ataque. La expresión de Julia se deforma. La muchacha pega un grito, pero su cachorro no obedece. El nuevo nota la intención del descarado perrito y redirige su rabia hacia él. Le lanza una patada con todas sus fuerzas, justo en el instante en que Bakunin frena, pero sigue resbalando por la acera… —acaso la vereda mojada, la lluvia en los ojos del nuevo, o la velocidad que había desarrollado Bakunin en su carrera alocada y posterior derrape (o todos estos factores juntos), hacen que el nuevo erre la patada. La había propinado con tal fuerza, que él mismo resbala y cae de lleno contra la vereda, dándose un terrible golpe en la cabeza.

Para este entonces, Ernesto ya ha llegado al lugar e intenta auxiliar al accidentado, pero aquél ya se está incorporando —con lo que parece ausencia total de dolor— sin expresión alguna en su rostro y con la única intención de agredir a los otros: empieza por Ernesto. Julia ya ha llegado también y alza a Bakunin en sus brazos, quien sigue ladrando al desconocido y pidiéndole a Julia que lo suelte, que él le va a dar su merecido al nuevo-humano ése. Todo esto expresa el cachorro en su propio idioma, con una mezcla de ladrido/gruñido que suena a un puñado de cucharas raspando una olla vieja. La chica, por su parte, ve que esos dos hombres se están queriendo arrancar los sesos y recuerda cada vez que vio en T.V. lo histéricas que son las mujeres en circunstancias como ésta, cuando gritan y lloran porque otros se pelean, contemplando la situación sin hacer nada, «¡impotentes e inútiles como babosas resfriadas!: nada más exitoso para confirmar que son el sexo débil… ¡Ah, no! ¡Ningún “sexo débil”!», piensa, mientras suelta al perrito y ambos corren hacia el agresor, que es quien se está llevando la mejor parte en la trifulca pues lo tiene al grandote del rugbier contra el suelo, todo el tiempo golpeándolo, tratando de estrangularlo, impidiéndole levantarse. Aun así, Ernesto se las arregla para propinarle durísimos puñetazos y patadas, pero el nuevo vuelve cada vez, como si lo estuvieran acariciando… Bakunin le muerde el tobillo, pero el nuevo ni se da cuenta de ello. Recibe una trompada en la cara, una patada en el pecho y nada. Apenas esboza una mueca cuando Julia le da un puntapié en los testículos, que lo hace enderezarse para observar quién es este otro oponente. Ernesto aprovecha este blanco para ponerse detrás y sujetarlo con una palanca que aprendió quién sabe dónde: mete sus brazos por debajo de las axilas del nuevo y pasa sus manos por detrás de la nuca del sujeto. Aunque el nuevo no para de forcejear ni de moverse, intentando escapar, no puede hacerlo: el rugbier está acostumbrado a juegos de manos, y tiene con qué.

Julia aprovecha la oportunidad para mirar al nuevo a los ojos, y queda estupefacta.

“Los Nuevos” – Novela de zombies por partes. (18/35)

Julia y Marga

Marga está sentada en un banco de la plaza, un día que comenzó soleado, pero cuyo cielo de a poco va dando paso a furiosas nubes. No sabe si estar asustada, preocupada o ansiosa, pero sabe que algo tiene que sentir; algo que suponga alguno de esos tres estados, o sus combinaciones.
En realidad, nada había pasado, pero bueno. Se asustó y salió corriendo. Olvidando su teléfono móvil en la casa, por cierto. Ahora, ya que estaba aquí, esperaría un rato, oyendo el canto de los pájaros, viendo a la gente ir y venir olvidada de sí misma, o ensimismada… y en un rato volvería a su hogar, en donde estaría Héctor esperándola, enojado, por supuesto, porque ella había hecho exactamente lo que él le dijo que no hiciera. Sea lo que fuere que haya sido lo que causó el ruido como a caída, en su patio, para dentro de unos minutos se habría ido lejos, y entonces Marga volvería a su casa.
―¡Oh!―se sorprende la esposa de Héctor, cuando dos patitas diminutas y algo embarradas se apoyan en su reluciente pantalón―Pero, ¿qué tenemos aquí?―sonríe, mientras una bola de pelos color ceniza se para en dos patas para saludarla…
―¡Bakunin! ¡Bakunin! ¡Salí de ahí!―a lo lejos grita una muchacha que viene corriendo a rescatar de las fauces de la bestia de Gévaudan, a la conductora de televisión que sigue sentada en el banco de plaza.
Antes de acomodarse en el banco, Marga había buscado con dedicación un rinconcito que no estuviera lleno de caca de paloma para no ensuciarse el pantalón, el mismo que en este preciso instante sucumbe debajo de las patitas del simpático cachorro que saluda a la perfecta desconocida como si fueran amigos de toda la vida…
―¡Bakunin, salí de ahí, te digo!―recrimina la enfadada dueña mientras lo alza en vilo, aunque el pequeño bribón tiembla de contento sin darse por aludido y, mientras se va alejando —separado por las «crueles» manos de la pelirroja—, le tira un par de lametazos al aire como despedida a la conductora de televisión que ya se ha olvidado de sus preocupaciones anteriores y esboza una amplia sonrisa.
―Cuánto lo siento, perdone…
―¡No te hagas drama!
―Pero es que la ensució toda…
―Está todo bien, en serio.
Pendiente de la conversación, pero ahora en brazos de Julia, Bakunin sigue moviendo la diminuta colita gris como si fuera una palanquita de juguete, atento a las chicas, siguiendo la charla con su mirada, como si entendiera lo que van diciendo.
―Es muy lindo…―Marga señala a Bakunin―además, ¡qué me va a hacer un poco de tierra!―Julia hace silencio y permanece algo dubitativa, como si quisiera hacer o decir algo. Marga cree que la pelirroja quiere remediar lo del pantalón, e insiste:―Está todo bien, de verdad te digo…
―Disculpame, no quiero parecer cholula, ni mucho menos, pero… sos Margarita Vena, la conductora de canal 11, ¿no?
Marga se ríe, ante la clara contradicción de su interlocutora, quien, no queriendo ser metida, se mete.―Sí, soy yo. Él, por lo que he oído, es Bakunin… y, vos, ¿cómo te llamás?
―Julia.―la pelirroja baja la mirada―La verdad, ahora me siento peor.
―¿Por qué? ¿Porque tu perrito ensució el pantalón de una famosa periodista?―bromea Marga, para romper el hielo.
―Sí, bah…, no sé… no quise decir eso.―En realidad, Julia siempre había querido conocerla, pero hacerlo de esta manera era terrible. Sin embargo, como nuestra querida pelirroja no carece de autoconfianza, de a poco se va recuperando del papelón, y su papel de chica libre y despreocupada, empieza a regenerarse, como el tejido de las estrellas marinas.―Bueno, en fin, mucho gusto. No sé cómo decírtelo, pero te admiro mucho, ¿sabés?
―¡Dejate de pavadas!
―No, de verdad, me encanta lo que hacés.
―Muchas gracias, linda, ¿sos periodista, también?
―No. Soy bibliotecaria. Pero me interesa de todo un poco, o todo de todo, más bien. Los medios, la gente. Todo. Y veo que vos también sos algo así, si no me equivoco.―Julia ya está en el baile: no le queda otra que seguir bailando.―Te soy sincera, no sé si preguntarte cosas, aprovechando este encuentro tan fortuito, o no preguntarte nada, para no quedar como cholula, o chusma, ante vos.―se sonroja Julia―Pero bueno, supongo que, en cierta forma, ya te lo estoy preguntando… ¡y ya estoy quedando como una cholula y chusma!
A Marga le encanta la desfachatez que va aflorando en la chica que tiene enfrente, le hace acordar a ella, hace unos años, y también se da cuenta de que el rubor en sus pómulos habla de la ausencia de malas intenciones o dobleces, por lo que enseguida entra en confianza ella también. Y la conversación se vuelve fluida y amena.
―Por estar tan rodeada de libros, debe de interesarte todo, como decís vos; eso, los libros deben de ser algo contagioso, por eso yo no suelo acercarme demasiado a ellos…
Julia adivina falsa modestia en su interlocutora.―Pero si no soy nada al lado de tu cultura general tan extensa, me dejás con la boca abierta con tus análisis sobre las noticias que presentás.
―No debe ser tan así, estoy segura. No creo que estés de acuerdo con todas las pavadas que digo.
―No, por supuesto, pero me refiero…
―No te refieras a nada, seguramente todos tenemos cosas interesantes que decir, pero desafortunadamente no todos estamos en los medios.―de pronto, Marga recuerda lo que la trajo hasta la plaza y cambia drásticamente de tema:―Perdoná, que esto nada que ver, pero… ¿sabés algo de lo que está pasando ahora? ¿No viste nada raro?
―¿Nada de qué?
―Dejá, no tiene importancia. Son delirios míos. Igual, me parece que se viene una tormenta―dice Marga mirando el cielo, para no quedar tan descortés―, debería volver a casa…―, sin embargo, la periodista parece disfrutar de la compañía de Julia, igual que ésta de la suya, por lo que decide extender la charla unos minutos más:―De todas maneras, si vivís para allá, podés acompañarme unas cuadras. …Si querés.
Julia vive exactamente para el otro lado, y ni siquiera cerca de la plaza, pero decide no perderse la oportunidad de estar con su admirada Margarita Vena.
―Sí, te acompaño, si no te molesta, claro. No quiero ser pesada…
«Pero tampoco se le dan a una oportunidades como ésta muy seguido», piensa Julia.
Y parten los tres moviendo la cola, en dirección a la casa de Marga.