Muy, muy en breve…

Cómo estás?

Luego de tanta paciente espera, tengo el placer de comunicarte que dentro de escasos días comenzaré a distribuir los libros que incluí en la campaña de financiamiento colectivo a finales del 2018…

Nuestro primer título, será:

El Rol del Autor en la Sociedad Actual

Nos mantenemos en contacto, sí?

La Función del Autor en la Actualidad. (Ensayo, 5/7)

3.4. Más medio

Desde hace unas pocas décadas, nuestra realidad está siendo absorbida y re-interpretada por la tecnología con una vertiginosidad nunca antes vista, “el ritmo general de la historia se ha ido acelerando cada vez más en los últimos milenios y siglos” (Buch, 2001, p. 24). A raíz de ello, muchas transiciones están tomando lugar en el corazón de lo social: las instituciones de enseñanza se van quedando cada vez más rezagadas, independientemente de las políticas educativas, y no necesariamente por culpa de dicha tecnología, pues la capacidad de adaptación de una estructura tan grande como aquélla no está a la altura que los cambios continuos requieren.

Ni qué hablar de la escisión constante y continua de las instituciones religiosas, de la creciente cantidad de agnósticos y ateos (no planteo esto como un problema, en cambio, lo de la enseñanza sí lo es); o de los acontecimientos mucho más recientes relacionados con el conflicto gobierno-medios de comunicación, los cuales ponen en tela de juicio tanto la objetividad de los periodistas al momento de ejercer su trabajo, como el carácter de intocables de los miembros de los tres poderes estatales. Todos estos acontecimientos cuestionan los supuestos sobre los cuales se erigió la base misma de nuestra sociedad en un pasado no tan lejano, y terminan por minar la credibilidad e influencia de los medios y los poderes políticos, sobre todo.

Los espectadores ya van conociendo de a poco las reglas del juego: la velocidad frenética de la corriente ―sólo en la superficie, sólo en la superficie―, la necesidad de adaptación, el agotamiento de las reglas más viejas del juego, el surgimiento de otras nuevas; la farandulización de la política, por un lado; la mercantilización de los medios (…y de todo lo demás), por el otro. Sobre estas reglas deberemos hablar, si queremos encontrarnos con la verdadera esencia del autor…

En el ojo de este torbellino, por lo tanto, se encuentra la Cultura, causa y efecto al mismo tiempo. Y al decir Cultura, pensémosla estrictamente como el conjunto de producciones y de relaciones interpersonales de carácter mayoritariamente artístico-recreativo que tienen lugar entre los miembros de una comunidad dada, en un momento determinado. Ésta es sólo una de sus acepciones posibles, pero es la que escogeremos en el presente trabajo porque en otro caso, la definición también abarcaría la tecnología, las creencias, las leyes, y cualquier producto hecho por el hombre o utilizado de alguna manera por él, pasible de atribuírsele un determinado “valor” transmisible. En aras de la claridad, entonces, buscaremos aquella acepción más acotada de lo que generalmente se entiende por Cultura: lo artístico-recreativo.

3.4.1. Saber es Poder

En comparación con las sociedades que nos precedieron, es decir, además de estructural, profunda e intrínsecamente mercantilizadas, las nuestras son informáticas-informatizadas. En ellas, ahora no sólo tienen importancia el dinero, el poder y el “saber-hacer” (asígnesele el orden causal o jerárquico que se desee), sino que también cobra una gran trascendencia la información.

Valga una aclaración: en el presente ensayo utilizamos la palabra Información en su sentido pasivo, como sinónimo de datos, mientras que a la palabra Conocimiento la emplearemos con cierta connotación activa, ya que consideramos que los datos pueden estar o no allí, pero el conocimiento sí o sí necesita de un agente que lo contenga y aplique. El conocimiento, por lo tanto, se obtendría del procesamiento de la información, provenga esta de la experiencia, del aprendizaje formal o de cualquier otra fuente. En palabras de Einstein: “El Conocimiento proviene de la Experiencia: la Información no es Conocimiento. La única fuente del Conocimiento es la Experiencia”.

Acerca de la trascendencia de la información en nuestro tiempo, Bauman nos dice:

«El acceso a la “información” (mayoritariamente electrónica) se ha transformado en el más celosamente custodiado de los derechos humanos y en la actualidad el incremento del nivel de vida de la población en general es medido, entre otros factores, por el número de hogares equipados con (invadidos por) aparatos de televisión.» (Bauman, 2006, p. 165)

Por su parte, el investigador y docente Tomás Buch hace hincapié en el costado informatizado de nuestras sociedades, al afirmar que “comenzó justamente la tercera revolución tecnológica, en que nos encontramos en la actualidad.” (Buch, 2001, p. 26). Por detrás de la primera revolución tecnológica (revolución neolítica), “que ocurrió hace cinco o seis mil años […] (, consistió) en la domesticación de varias especies de vegetales y animales, y marcó el fin de una economía basada en la caza y la recolección.” (Con todos los cambios que conllevó la superación del nomadismo y la división social del trabajo durkheimeana), y de la “revolución industrial, la segunda revolución tecnológica, que comenzó lentamente en Europa, en los siglos XV y XVI.» (Buch, 2001, p. 25)

El lector estará de acuerdo, luego, en que el Conocimiento es Poder, en tanto implica “saber-hacer”, luego: la Información es Poder. Información que abarca desde la el saber-hacer de la tecnología y las ciencias duras, hasta el autoconocimiento de nosotros mismos como sociedad Y como individuos.

Por lo tanto, como adelantamos en el capítulo anterior al mencionar fugazmente los cimientos de la Cultura Libre, llegamos a la ampliamente compartida conclusión lógica de que en una sociedad libre, democrática, que defiende los valores de la justicia y la igualdad, la libre circulación de la información debe ser moneda corriente.

Sabemos que, idealmente, cada individuo cumple una función, un rol (o varios, claro, pero al menos, uno), en toda sociedad a la que pertenece, o que se encuentra en camino de cumplirlo: “en formación”, podríamos decir. Sin embargo, algunos de estos roles son más trascendentes que otros, en términos de injerencia o de influencia, dentro del entramado de la sociedad a la que pertenecen.

Respecto de la circulación de la información dice Marilina Winik, en su artículo “Ediciones copyleft”:

«La generalización del uso de tecnologías digitales cuestiona las formas de distribución de los bienes culturales en esta etapa del capitalismo cognitivo, en donde se valoriza la producción de conocimiento, el pensamiento y la circulación de ideas. Es así que aquellas prácticas y obras que se originaron como creaciones colectivas, ingresan en una lógica económica que las trata de la misma manera que a los bienes materiales, es decir, a partir del principio de la escasez y la propiedad privada entendida sólo materialmente. » (Busaniche, 2010, p. 143)

Cuando enfocamos nuestra atención en el punto de intersección de las aseveraciones anteriores, subyace que quienes tengan la capacidad de producir, modificar o administrar los mensajes que circulan dentro de la sociedadinformatizada, serán más poderosos ―nuevamente, en términos de influencias o injerencias― que quienes sólo tienen acceso a los mismos como simples receptores. Por caso, podríamos tomar a gobernantes y periodistas, ya que en principio, los primeros, son en esencia los encargados de producir los mensajes, mientras que, los segundos, mayoritariamente, los divulgan. (Aunque a veces sus roles se tergiversan, esto está muy visto y discutido. …Lógicamente, además del respectivo rol, los grados de poder varían de persona en persona, según variables que tienen que ver con las capacidades y los recursos disponibles de cada quién, pero también con el azar y la historicidad. Aclarar esto no debiera ser necesario… Tampoco todos los mensajes son equivalentes, ni poseen los mismos objetivos. Por lo tanto, no nos detendremos en este punto. En todo caso, lo abordaremos más adelante en detalle.) Sin embargo, sí podemos citar un rol que no está discutido aún ―no todo cuanto necesita estarlo, al menos― que es el de los docentes, como claros emisores de mensajes que “deben ser acatados” por sus alumnos.

3.4.2. El mercado

A la informatización de nuestras sociedades debemos agregarle la mercantilización universalizante de todos los valores, agentes y productos culturales: durante nuestra era, todo, absolutamente todo, es pasible de ser tomado como mercancía. Y la mayoría de las veces es tomado por tal.

Una de las primeras consecuencias de ello, a nivel de calidad o trascendencia de las obras culturales es que “…en el capitalismo no hay progreso sino proliferación de objetos gobernada por la lógica del mercado, según los principios reguladores de la oferta y la demanda.” (Hodgson, 2005, p. 58)

La dinámica generada entre la mercadotecnia y la informatización caracteriza a nuestra época en tres aspectos determinantes a nivel comunicacional: la vertiginosidad, la superficialidad y la falsa novedad. Estos tres aspectos están íntimamente interrelacionados: la vertiginosidad impide que los fenómenos calen en profundidad, la obsolescencia planificada produce vertiginosidad y falsa novedad, puesto que las novedades se suceden unas a otras con ninguna novedad), y aunque pueden explicarse de muchas maneras diferentes, comparten indefectiblemente un agente causal: el mercado.

«Alfred Sloan fue pionero de una tendencia que más tarde se haría universal. Toda la producción actual de mercaderías reemplaza “el mundo de objetos durables” por “objetos destinados a la obsolescencia inmediata.” […] En un mundo en el que las cosas deliberadamente inestables son la materia prima para la construcción de identidades necesariamente inestables, hay que estar en alerta constante; […] Como afirmara recientemente Thomas Mathiesen, la poderosa metáfora del panóptico de Bentham y Foucault ya no representa la manera en que funciona el poder. Mathiesen señala que hemos pasado de una sociedad estilo panóptico a otra estilo sinóptico: se han invertido los roles, y ahora muchos se dedican a observar a unos pocos. Los espectáculos ocupan el lugar de la vigilancia sin perder nada del poder disciplinario de su antecesora. Hoy, la obediencia al estándar (una obediencia exquisitamente adaptable a más de un estándar eminentemente flexible, desearía agregar) tiende a lograrse por medio de la seducción, no de la coerción… y aparece bajo el disfraz de la libre voluntad, en vez de revelarse como una fuerza externa.» (Bauman, 2006, p. 91-92)

Esa “seducción” de la que habla, si la transportamos al universo del autor, hace referencia directa al mainstream, por sobre la vanguardia: generalizando, son las fórmulas probadas las que venden (formatos hollywoodenses para las películas, las telenovelas con anclaje en problemáticas actuales, para la tevé, o los formatos estilo Rock&Pop para las radios, por dar tres ejemplos), y no los productos nuevos que contienen un alto porcentaje de riesgo (que es directamente proporcional a la distancia a la que se alejan de las fórmulas mencionadas). La repetición de este tipo de fórmulas también es una forma de “proliferación”, de goce estéril.

Pero no siempre reinó el mercado, así como tampoco estuvieron atravesadas por él todas las áreas del accionar humano. Es cierto que hubo otras épocas, y otras geografías en que no fue así, pero eso no es lo que nos convoca en este ensayo. Hoy sí reina el mercado, hoy sí atraviesa todas las actividades humanas. Sus leyes de la competencia salvaje –que incluyen bajar costos, aumentar ganancias, eliminar riesgos: generalizando, los grandes actores financieros apuestan al riesgo con sólo un porcentaje menor de sus capitales, nunca una porción crítica–, la moda efímera, la obsolescencia planificada, se han imbricado tanto en nuestras sociedades, que si queremos permanecer dentro del Sistema, no nos queda otra que desempeñarnos bajo sus normas, o arreglárnoslas para sobrevivir a contracorriente… Doblemente esta dificultad se presenta en el área de las artes, área que el Sistema deja de lado por no serle tan útil. Trataremos este tema en particular más adelante, cuando hablemos de la naturaleza específica del oficio del autor.

Volvamos a la trascendencia adquirida por aquellos que fabrican y distribuyen la información en nuestras sociedades. Saltan a la vista las profesiones históricas, rígidas, relacionadas con la información: la docencia, el periodismo, los gobernantes (o sus representantes, que vendrían a ser los representantes de los representantes, en un cuento de nunca acabar en el que todos se pasan la pelota, pero eso es harina de otro costal). Poco diremos sobre ellas, pues estamos aquí para preguntarnos por aquellos individuos que ―aunque no tengan un status social comparable al de los anteriormente mencionados, entendiéndolo en términos de prestigio, y generalizando, por supuesto, ya que en la práctica concreta, sin generalizar, no se podría hablar de nada: las generalizaciones son las que posibilitan la superación de la subjetividad hermética, son las que hacen posible, en definitiva, la comunicación― también producen o modifican mensajes, pero cuya actividad, por la naturaleza más personal y lúdica de los mensajes que manejan, es radicalmente diferente a las de los investigadores, los periodistas, los científicos, los docentes, los gobernantes. Ellos son los autores de ficción en todos sus soportes: sean guiones cinematográficos, radiales o televisivos, obras de teatro y demás géneros literarios; estén destinados a la difusión gratuita por internet (YouTube, Vimeo, etc.), a superproducciones millonarias, o a la mera lectura esperanzada.

Por supuesto que cuando hablamos de “naturaleza más personal y lúdica” al caracterizar las obras dramáticas, no queremos decir que sean menos serias ni profundas, en relación con su autor, que el resto de los mensajes (esto es, que sean menos serias de lo que las noticias, las políticas de gobierno, los contenidos educativos y demás mensajes los son para sus administradores).

Para quien vive de una actividad, su relación con ella es lo más serio que podría llegar a ser. Incluso si se trata de un humorista. Y es desde esta perspectiva desde la cual debemos acceder ―también― en el análisis de las actividades humanas: a partir de la relación del productor, con su obra, y no solamente a partir de la relación del productor (o de su obra) con la sociedad.

3.4.3. Atomización y sálvese quien pueda

El frenesí reinante, la incertidumbre que yace debajo de todas las superficies de nuestra cotidianeidad, la disgregación que todos sentimos, forman parte de mismo proceso junto con la atomización o “individualización”, como la llama Bauman:

«En pocas palabras, la “individualización” consiste en transformar la “identidad” humana de algo “dado” en una “tarea”, y en hacer responsables a los actores de la realización de esa tarea y de las consecuencias (así como de los efectos colaterales) de su desempeño. En otros términos, consiste en establecer una autonomía de jure (haya o no haya sido establecida también una autonomía de facto).» (Bauman, 2006, p. 37)

Aquí, Bauman compara la modernidad actual, con la anterior, con el ejemplo de las clases sociales, en donde uno pertenecía a ellas de facto, con sólo nacer en ellas. Sin necesidad de hacer nada. Es la forma que tiene el sociólogo de decir que el Sistema nos ha convertido en sujetos aislados entre sí en la búsqueda de la realización personal, relevando a cualquier tercero (sea el Estado, el prójimo, una “clase” o la comunidad toda) de su responsabilidad en nuestro destino. Esta soledad de nosotros ante nuestra vida, no tiene nada que ver con la soledad filosófica de uno ante su propia muerte, de la que vienen hablando los filósofos desde hace siglos. Esta soledad tiene que ver con pragmatismo más puro y materialista. Sus consecuencias se dejan ver en la atomización constante de todas nuestras instituciones y la dilución de nuestras energías:

«Con los ojos puestos en su propio rendimiento, y por lo tanto, desviados del espacio social donde las contradicciones de la existencia individual son producidas de manera colectiva, los hombres y mujeres se ven tentados, naturalmente, a reducir la complejidad de su situación para hacer de las causas de sus desgracias algo inteligible y por ende, tratable y remediable por medio de la acción.» (Bauman, 2006, p. 44)

Esto equivale a decir que “cada quien cuida su propio ranchito y el resto que reviente”. El eslogan por excelencia de nuestra era. [Relacionado a la interacción entre los mensajes y los agentes, y condiciona la forma (profundidad, seriedad, predisposición) en que son recibidos dichos mensajes.] El altruismo o la empatía, mal que nos pese, es la excepción, si hablamos de fuerza. De lo contrario, la injusticia y la pobreza no andarían tan campantes por nuestro planeta. Pero no estamos aquí, tampoco, para quejarnos, sino para aportar, cooperar, construir.

El libro “Modernidad Líquida” de Bauman tuvo mucha repercusión, no por ser el primero de su clase, sino por surgir cuando los fenómenos que describe ya eran vistos por la mayoría de sus lectores (no iniciados, se entiende) y entonces, fue comprendido adecuadamente y difundido consecuentemente.

Bauman ―recurriendo todo el tiempo a otros autores, es cierto, ¿…pero quién no lo hace, si pretende escribir con honestidad y respeto?― trata sobre los efectos de la frenética vida occidental de estos años y sobre la incertidumbre, la inseguridad y la angustia que genera dicha vida “líquida”. No se detiene demasiado, hay que decirlo, en explicar los orígenes de tal cambio, sino que pone todo el énfasis en las descripciones de los efectos de la “modernidad líquida” en todos los ámbitos de la vida cotidiana: laboral, familiar, social, … Siempre hablando de la liquidez de la modernidad actual (comparándola con la pesadez o solidez de la anterior: la primera modernidad) como algo negativo, dando a entender que se ha equivocado el camino, y proponiendo, por lo tanto, soluciones a medias.

En el presente ensayo, sin embargo, no contemplamos la idea de que necesariamente debamos hacerle frente al individualismo en términos absolutos, como sugiere Bauman (al hacerlo, me recuerda a la tesis de Umberto Eco sobre Apocalípticos e Integrados), puesto que no nos estamos apartando de ningún destino predestinado.

Por todo lo hablado hasta el momento, fundamentalmente sobre el compromiso para con la obra y la subsecuente libertad necesaria durante el proceso creativo, proponemos la existencia de un individualismo positivo, relacionado con la libertad, la autonomía y la consciencia, antes que con la ambición; y un individualismo negativo, que es al que nos referimos cuando utilizamos la palabra “atomización”, y está más relacionado con el egoísmo que con la justicia. Dicho de otro modo, el propio individualismo comporta dos caras de una misma moneda: un aspecto positivo y otro negativo (en efecto: al mejor estilo filosófico oriental del yin y el yang), que aunque muchas veces van de la mano, no siempre lo hacen, y hasta se excluyen otras tantas. Pensamos que, aun con todo lo negativo que conlleva, tal vez la fuente de la individualización de la que habla Bauman sea positiva (aunque muchas de sus consecuencias sean negativas, no todas lo son), en tanto es signo de movimiento: un síntoma de madurez o de cambio que exhiben nuestras sociedades. Debemos atravesar todo este proceso de descongelamiento, de crisis (o aunque no lo debamos atravesar, ya está hecho, así que da lo mismo), pero sin una autocrítica, corremos serio riesgo de borrarnos de la faz de la Tierra antes de cosechar lo sembrado por el aprendizaje.

Volviendo al texto Modernidad líquida, una de las falencias de Bauman es que no logra hablar del individuo concreto: digamos, el padre joven de familia, con su mujer y su hijita que mantener. Bauman no logra penetrar en el interior del sujeto, sólo explica las relaciones sociales extra-individuales. Respecto a esta crítica, más de un lector opinará, no sin algo de razón: “¡por supuesto!, él es sociólogo, no psicólogo”, pero no podemos negar que la Sociedad le habla al individuo sólo a través de los planos de éste, pues son estos planos el medio por el cual se relacionan los individuos entre sí: Así como la lengua no existe sino es plasmada en cada hablante, la Sociedad no existe sino hecha carne en cada uno de nosotros, por eso es tan importante psicologizar los estudios sociológicos; de lo contrario, se vuelven incompletos: mera estadística manipulable en lugar de respuesta.

Lo cierto es que la percepción de la decadencia existe (¿como un “malestar en la cultura”, acaso?) y “la individualización ha llegado para quedarse” (Bauman, 2006, p. 43). Debemos tener una visión panorámica de toda la situación, para luego abocarnos a lo que nos preocupa. Continúa Bauman:

«Sin embargo, hay dos características que hacen que nuestra situación ―nuestra forma de modernidad― sea novedosa y diferente. La primera de ellas es el gradual colapso y la lenta decadencia de la ilusión moderna temprana, la creencia de que el camino que transitamos tiene un final, un telos de cambio histórico alcanzable. […] El segundo cambio fundamental es la desregulación y la privatización de las tareas y responsabilidades de la modernización. Aquello que era considerado un trabajo a ser realizado por la razón humana en tanto atributo y propiedad de la especie humana, ha sido fragmentado (“individualizado”), cedido al coraje y la energía individuales y dejado en manos de la administración de los individuos y de sus recursos individualmente administrados. […] “No más salvación por la sociedad”, proclamaba el famoso apóstol de nuevo espíritu comercial, Peter Drucker. “No existe la sociedad”, declaraba más rotundamente Margaret Tatcher. No mires hacia arriba ni hacia abajo; mira hacia adentro tuyo, donde se supone residen tu astucia, tu voluntad y tu poder, que son todas las herramientas que necesitarás para protegerte en la vida.» (Bauman, 2006, p. 35)

En definitiva, el individuo está triste, inseguro, a la defensiva, insatisfecho, incompleto, porque la sociedad le enseña a competir por todo (la competencia capitalista, que, como la inmensa mayoría de los fenómenos humanos, tiene sus ventajas y desventajas) y entonces si el individuo N.N. no el más exitoso de su grupo, es infeliz. El gran inconveniente, ese que los defensores acérrimos del capitalismo siempre se olvidan de mencionar, es que la pirámide tiene, por naturaleza, un solo vértice. Esto implica que de todos los N.N., sólo uno se sentirá pleno: aquel que esté en la cima. Todos los demás no estarán satisfechos del todo con lo que la vida les ha deparado, independientemente de si decidan suicidarse, asesinar a su jefe, o desarrollen un cáncer por tensión nerviosa o angustia existencial…

«Lo que ya está a la vista, como consecuencia y a la vez motor de la revolución tecnológica en curso, es la globalización del mundo. La economía casi no reconoce las fronteras nacionales; muchos de los dos centenares de países formalmente soberanos tienen menos poder que un buen número de empresas multinacionales; la información recorre el mundo en forma instantánea. Todos los habitantes del planeta tienen acceso al espectáculo del estilo de vida de los países desarrollados, aunque no a su nivel y calidad, y los conflictos alcanzan repercusiones universales.» (Buch, 2001, p. 27)

Por lo visto, esta decadencia también es consecuencia de la frustración de no poder gozar de los placeres de los que goza la minoría más afortunada, por así decirlo, del mundo globalizado. Sea como fuere, la decadencia existe, y el arte la refleja (¡que no es lo mismo que decir que el arte esté en decadencia!), como no la reflejan la ciencia ni la tecnología, y la razón de ello, es que las producciones artístico-intelectuales están más relacionadas con el ser humano como un todo, que el resto de las disciplinas.

En toda esta marea es en donde nosotros, como autores, estamos obligados no sólo a navegar, sino que a abrevar también.

Hasta aquí el contexto.

Política sacra, polis sorda

Cristina-Lanata

Fútbol, Religión, Política: Hay quien dice que no hay que iniciar ninguno de estos tres temas en reuniones amistosas, formales, ni familiares (mucho menos, si se trata de la «familia política», claro…). Muchos coincidimos en que este fenómeno se debe a que tales temas invocan convicciones profundamente arraigadas en cada uno de nosotros, lo que conlleva a desacuerdos insalvables y, por lo tanto, es mejor dejar de lado dichos tópicos para ahorrarnos malos tragos y saliva en discusiones infructuosas.

El propósito de esta entrada es dilucidar el porqué desde una perspectiva explicativa más que preventiva, al tiempo que comparto con ustedes ciertas experiencias que he tenido últimamente, sobre todo en estos tiempos en que de «no discutir sobre política porque a nadie le interesa», pasamos a «no discutir sobre política porque a todos les interesa y han asumido posturas inquebrantables y ciegas».

Es verdad que el gobierno kirchnerista contribuyó para que entre todos pongamos sobre la mesa la cuestión política, lo cual es inmensamente beneficioso para cualquier sociedad, y jamás hubiera sucedido si no hubiera avanzado de manera positiva sobre temas críticos y basales que hicieron tambalear (parte de) el status quo en el que vivíamos resignados. Pero también es cierto que esa misma energía, fuerza o fiebre que llevó a hacer de la política un tema cotidiano como ningún otro gobierno del que yo tenga memoria, ha sobrepasado los límites de la razón, manchando a ambas partes con una intolerancia creciente por la opinión y las razones del Otro.

¿Conclusión?: Por desgracia, el exceso de fanatismo nos está conduciendo de regreso al punto de partida; Ahora, si tales temáticas salen a la luz, sean reuniones de recién conocidos o de amigos de toda la vida, hay dos posibilidades:

  1. Sólo habla una campana, y la otra permanece muda para no iniciar una polémica infértil y violenta, o
  2. Opinan las dos campanas y, en efecto, se inicia una polémica infértil y violenta. (Porque, hemos de admitirlo, no abundan los opositores moderados, pero los cristinistas moderados son una especie en franca extinción)

Hablo de “dos campanas”, porque lamentablemente nueve de cada diez personas que tienen una postura política definida son, o cristinistas acérrimos, o anti-cristinistas. Es muy triste que estas etiquetas, hoy por hoy, caractericen más a mis compatriotas que la filiación o simpatía partidaria o ideológica.

Esto es porque el kirchnerismo ha logrado convertir lo político-partidario en religioso.

Y aquí nos hemos insertado de lleno en el quid de esta entrada. (Seguro le robé la idea -o su semilla- a alguien que leí y no recuerdo, pero) opino que hoy por hoy -y más que nunca*- ya no podemos discutir sobre Política, Fútbol, ni Religión porque los tres temas implican abordar una «creencia», más allá de lo racional, y por eso, no se llegan a conclusiones satisfactorias nunca en conversaciones que aborden estos campos.

(*: Digo “más que nunca”, porque es un círculo vicioso esto de pertenecer a algo: cuánto más se ve amenazada nuestra esfera, con mayor ahínco la defendemos. Esto pasa con la religión: cuanto más avanza la ciencia contra nuestras creencias, más fervientemente las defendemos, y “fervientemente”, en este caso, quiere decir: irracionalmente.)

Las Creencias se interponen fanáticamente entre el interlocutor y su sujeto consciente: Si esto no fuera así, cada quién podría ser justo y criticar lo negativo del partido que defiende, así como elogiar lo positivo de quien ataca.

En Religión y en Fútbol «no queda otra»: ambos sistemas de valores crecen por fuera de la luz de la razón (todos sabemos que en la inmensa mayoría de los casos, “se es” de alguna religión o cuadro futbolístico por meras razones histórico-geográficas, antes que por decisión consciente) pero en Política surge el problema mayor cuando abordamos lo político desde una óptica mística (irracional, cerrada e insensata) que atenta contra aquello de lo que más debería nutrirse, que son las diferentes miradas y soluciones propuestas.

La pregunta es: ¿Por qué alguien se vería obligado a tener fe en algo?

La respuesta es demasiado fácil, salta a la vista, y resume a todas las demás: pues porque ese algo no depende de ese alguien. Tenemos fe en un fenómeno o en un objeto cuando éste no depende de nosotros para existir, hacer, o dejar de hacer.

Pero tomemos los tópicos por separado. Empecemos por el fútbol.

Es por ello que nosotros sí nos vemos obligados a tener fe en que nuestro equipo de fútbol prevalecerá por sobre los otros (o que no descenderá, que ganará una copa, o lo que fuere): porque no depende directamente de nosotros su victoria.

Por eso mismo, en contrapartida, no “tienen fe” en el equipo los propios jugadores, ni el director técnico, ni los que compran o venden, contratan o despiden a los jugadores y a los directores técnicos: todos ellos, agentes activos, no “tienen fe” en sí mismos aunque lo digan, no en el sentido estricto de la palabra. (En todo caso, se refieren a que se tienen confianza, basada en su propio talento, y el de los demás agentes activos, por un lado, y por el otro, a que esperan que el azar los favorezca a ellos, o perjudique al adversario, pero nunca se tienen fe).

Pero la fe no tiene nada que ver con el azar. La fe es mística, la fe es sobrenatural, mientras que el azar es lo más natural del mundo… junto con la causalidad, obvio. Pero la fe no tiene nada que ver con ésta tampoco, sino la confianza.

Uno tiene fe en una deidad, o en cualquier doctrina religiosa, porque ni los dogmas de ésta, ni el accionar de aquélla, dependen de uno. De igual manera, en el fútbol, cuanto menos ocurre la injerencia del seguidor, más ocurre la fe. Lo expreso de esta manera, porque un hincha multimillonario puede “regalarle” medio plantel de jugadores a un equipo, y con eso salvar su club del descenso, pero aquí no habría fe, pues habría injerencia directa.

…Y con esto llegamos finalmente a la cuestión de la política, cuando es erróneamente considerada como un sistema de creencias, y sus “caudillos”, como a divinidades.

En política, más que en otras temáticas, más que la fe, debiera prevalecer una argumentación guiada por la lógica, desprovista de juicios de valor caprichosos: el archivo, lo fáctico, debieran reinar. Y, por qué no, las ideologías, pero no como fuentes de verdades, sino como esbozos de posibilidades siempre pasibles de ser analizados analíticamente.

Sin embargo, el fenómeno de la intromisión de la fe en la política ocurre cada vez que se cree a ciegas en un Partido, cada vez que se lo defiende arbitrariamente. Por eso, digan lo que digan, los partidos políticos son mayoritaria y principalmente verticalistas. Como en las fuerzas armadas: aceptás y obedecés, o “a otra cosa mariposa”. De allí el término «militante».

Ésta es una verdad tan humillante y ofensiva para nuestra condición de individuos pensantes autónomos, que muy pocos la explicitan. Pero esto no quita que haya sido sistemáticamente explotada, desde hace décadas, por los partidos políticos.

Nos volvemos religiosos con la política, de forma natural, cuando inconscientemente nos sabemos “fuera”, “ajenos” y sin injerencia alguna, ya sea sobre Nuestro Partido, Nuestro Caudillo, o sobre el Sistema Político todo: pero, como no hay capital más valioso para un Partido, Equipo o Religión, que la fidelidad de sus adeptos, por todos los medios, ellos tratan que “nos pongamos la camiseta”. (Y de allí viene dicha frase, precisamente)

Pese a quien le pese (invito a comentar todo lo que quieran), uno tiene fe en política cuando está convencido de que debe aceptar los caprichos de su caudillo pues no le queda otra: es impotente. Quien cree, acepta sin restricciones. Quien milita, acepta sin restricciones.

Mientras que alguien convencido en su poder como ciudadano político, no cree religiosamente en nadie, y por ello puede criticarlo: ¡lo critica porque puede cambiarlo! Pues si no podemos cambiar algo, ¿para qué criticarlo?

Por eso no milito, ni milité nunca, en ningún partido.

Y, por eso, en las reuniones estamos volviendo a no hablar de política: porque el fanatismo nos está conquistando. Un fanatismo que en un nivel muy profundo e inconsciente, les dice a todos los que tienen fe: “Si yo no puedo tocar a mi dios-caudillo-equipo, entonces, ¡mi contrincante tampoco!… si yo lo acepto tal como es, que él lo acepte, o que lo rechace, ¡pero nunca le permitiré criticarlo porque me dejará en evidencia como inepto, cobarde o impotente.”

Copiar y Pegar. Más sobre la Piratería.

(Como continuación del debate acerca de las descargas de obras intelectuales desde internet, debajo transcribo textualmente la presentación/reseña publicada en internet de libro ‘Copia este libro’, crónica de una batalla sin cuartel, escrito por David Bravo, junto con enlaces para descargar ese misma obra. La he leído y recomiendo enormemente. Habla sobre el tema de la piratería y sobre el porqué de la propaganda en contra de la misma desde los medios de comunicación y otros organismos. Siempre explicando de manera amena, humana y, sobre todo, con mucho humor, lo que la hace entretenida sin volverla superficial.)

 

‘Copia este libro’, crónica de una batalla sin cuartel

En tiempos de guerra resultan imprescindibles crónicas hechas desde la primera línea del frente. Y esto es ‘Copia este libro’, una crónica detallada, centrada principalmente en el ámbito español, de la guerra por la propiedad intelectual, o más bien, contra la propiedad intelectual. Y como toda crónica hecha por quien milita en un bando, no pretende ser ecuánime, y no lo es.

Bien es cierto que en época de guerra casi nadie puede ser ecuánime, o se está de un lado, o del otro, quienes nadan entre dos aguas acaban ahogándose. La obra de David Bravo repasa la situación actual de la batalla de la propiedad intelectual con todo lujo de detalles. Bravo, un joven abogado sevillano en ejercicio, es una de las figuras que se ha hecho notar en este enfrentamiento entre los defensores del modelo institucionalizado de producción cultural (sociedades de gestión como la SGAE, discográficas, productoras de cine, etcétera) y quienes reclaman un nuevo marco, un nuevo modelo para la difusión y el acceso a la cultura que se ajuste a los tiempos que vivimos. Bravo pone en negro sobre blanco, con una profusión de ejemplos, el absurdo al que llega el ejercicio que se hace de la propiedad intelectual, como impedir que en una película se silbe el himno La Internacional socialista si no se abonan previamente un pago por los respectivos derechos de autor.
Queda más que patente la perversión del tinglado empresarial que hay montado en torno a la cultura, y cómo quienes se erigen en defensores de esta (discográficas, editoriales, etcétera), en realidad tratan de mantener intacto su particular modelo de negocio y beneficios. Un sistema montado sobre un desequilibrio manifiesto en el que las empresas sacan la gran tajada y los autores sólo recogen las migajas, un sistema basado sobre el arquetipo del superventas, la única forma de negocio que entienden las empresas de producción cultural, muy especialmente discográficas y productoras de cine, cuenta Bravo con detalle.
Recorren la obra de Bravo varias tesis, entre otras el absurdo del concepto mismo de ‘propiedad intelectual’. Y sobrevuela el texto la idea de que el sistema empresarial de la cultura divide “el panorama cultural en productores y consumidores. Unos crean, otros compran.”. Es la idea principal que defienden también otros autores como Lawrence Lessig y su organización Creative Commons, para quienes la maraña legislativa y burocrática de los derechos de autor asfixia las posibilidades de creación de los ciudadanos.
Si bien la idea fundamental de Lessig es que el copyright debe ser lo suficientemente flexible para permitir que los ciudadanos participen de forma activa en la cultura y puedan remezclarla, tomar una canción y versionarla, coger una foto y editarla, Bravo se centra más en la necesidad de asegurar el “derecho al acceso a la cultura” de los ciudadanos. Un objetivo más mundano, pero sin duda más realista que el de Lessig, y con el que la mayor parte de los ciudadanos sentirán una mayor identificación .
Es especialmente interesante cuando Bravo señala el giro radical que se produce cunado las leyes de propiedad intelectual comienzan a afectar la forma como los mismos ciudadanos usan la cultura: “los ciudadanos no eran los destinatarios de las obligaciones y prohibiciones de los derechos de autor porque la posibilidad de reproducir obras intelectuales no estaba en sus manos”. La llegada de las máquinas para hacer copias (fotocopiadoras, grabadoras de casete y cinta, etc.) hicieron saltar por los aires esta situación. La irrupción de Internet y el universo digital ha provocado el cataclismo.

Ante la situación actual no queda más remedio que buscar alternativas. Frente a las posturas extremistas de quienes se enrocan en el modelo establecido de la industria tradicional, y las de quienes ingenuamente pugna por una abolición de la propiedad intelectual que dejaría desarmados a los autores frente a los mismos conglomerados mediáticos que ahora les tienen prisioneros, Bravo propone reconoce la necesidad de un modelo que permitan a los autores obtener una remuneración y a los ciudadanos acceder a la cultura. En todo caso, teniendo en cuenta, que ni “las leyes restrictivas, las jaulas y las coacciones preservarán la creación”, porque “la cultura solo puede defenderse compartiéndola”
Y conforme a esta idea el libro puede descargarse gratuitamente en Internet y comprarlo también impreso en papel. Quizás haya lectores a quienes pueda resultarles demasiado detallado y localista el relato de Bravo, pero lo cierto es que será de gran interés para los iniciados en estos temas al corriente de la situación en la batalla por la propiedad intelectual, para los nuevos en el asunto puede ser una buena forma de acercarse a él.
En tiempos de batalla, siempre es de agradecer que haya quien se tome la molestia de parar en el fragor del combate a recordar cuáles son las razones por las que se lucha.

‘Copia este Libro’
David Bravo
Editorial Dmen SL
9.95 euros

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En defensa de la Soberbia

(…y en contra de la arrogancia, la falsa humildad y otras pestes)
…un viento en el viento,
…una declaración de guerra,
…un ensayo hijo del cansancio.
por Diego M. Maldini Freyre.
Aclaración previa importante:
Nunca está de más repetir que la inmensa mayoría de las polémicas, debates, discusiones y desacuerdos, son ocasionados tanto por nombrar diferentes cosas o fenómenos con la misma palabra, como por hablar de lo mismo empleando diferentes conceptos. Me atrevo a sostener que sólo una ínfima porción de los desacuerdos, son verdaderos desacuerdos: No debemos confundir «comprender al otro-y-estar-en-desacuerdo», con no comprenderlo (a raíz de la dicotomía anterior, aun cuando se piensa que se lo comprende y que se está en desacuerdo con él) Es por eso que aunque muy pocas veces se realiza, cada ensayo o argumentación debiera contener en sí misma la explicitación de las interpretaciones y acepciones escogidas por el autor para cada caso en cuestión. Esta vez, lo haré:
Las palabras tienen sentidos negativos y positivos, según quien las emita y en qué contexto. Y no es necesario que nos refiramos a palabras con inmensa carga ideológica como Anarquismo o Dios (entre otras), puesto que incluso palabras en apariencia neutras como Ingeniero o Intelectual, pueden contener connotaciones opuestas, nuevamente, dependiendo de por quién, cómo y en dónde sean pronunciadas. Siguiendo la misma línea, tanto Soberbia como Orgullo puede tener significados divergentes: ambas pueden ser interpretadas tanto positiva como negativamente.
A falta de una mejor posibilidad de puesta en situación o de comprensión efectiva entre quien escribe esto y quien ahora lo lee, debe permanecer claro que, respecto de Soberbia y Orgullo, argumentaré en favor de sus acepciones positivas, partiendo, en principio, de sus acepciones neutras, es decir, del sentido puro y objetivo -todo lo más que se pueda- de la palabra. En contrapartida, observo que Arrogancia adquiere en casi la totalidad de sus interpretaciones, una clara connotación negativa, es por eso que en este artículo la utilizaré en oposición a Soberbia. Por lo demás, no hace falta aclarar al lector que, antes de opinar, llegue hasta el final del texto, por respeto a quien escribe. Luego de ello, con mucho gusto, aceptaré e incluso incentivaré y, por supuesto, contestaré, sus críticas.
Cuerpo:
Descartando a aquellos “iluminados” que son sinceramente humildes(1), a nosotros los intelectuales -sí: me considero un “intelectual”- muchas veces nos tildan de arrogantes, mayoritaria y no casualmente, quienes no son intelectuales -y, sí: me han tildado muchas veces de “soberbio”, “arrogante”, etc.. Es verdad que muchos intelectuales lo son, pero lo cierto en este asunto es que las personas en general suelen confundir arrogancia con soberbia. Son dos cosas distintas, tanto en sus causas como en sus consecuencias y por ello viene al caso, en este artículo, escribir al respecto…
Para corregir la despistada crítica de la que hablamos, aconsejo prestar atención al siguiente texto entonces, pues contiene ideas diferenciadas de manera muy sutil y es sobre esa sutileza que se sostiene su argumento principal, así como la razón misma de la equivocación generalizada: esa equivocación que va del tipo “me tenés harto, siempre hablás como si te las supieras todas y yo fuera un pobre ignorante” o del tipo “no sé quién te creés que sos, pero te digo que no sos superior a nadie por más intelecto que tengas”…
Voy al grano: Básicamente, lo que se suele confundir con soberbia no es sino la seguridad acentuada y sólida que proyecta un intelectual promedio al pronunciarse sobre una cuestión determinada, ya sea para defenderla, combatirla o criticarla constructivamente; me explico: es la confianza que da haber llegado a una conclusión(2) al respecto de algo, sólo después de haber dado “varias vueltas más al asunto” de las que generalmente le daría una persona que no viveennidesu intelecto(3)y, desde ya, empleando mejores herramientas intelectuales que el promedio de las personas. No hablo aquí de Coeficiente Intelectual, sino de los instrumentos cognitivos conseguidos con esfuerzo, constancia e investigación ininterrumpida. Mi observación detenida de los intelectuales notables y reconocidos indica que, con algunas diferencias de grado, la gran mayoría de ellos asume la misma actitud, y así, muchos son criticados desctructivamente. Pero, repito, no es arrogancia, sino autoconfianza,
El párrafo anterior, bien lo sé, me traerá innumerables críticas de todo el espectro ideológico y disciplinario, pero eso no hace más que reforzar lo que estoy diciendo. ¿Cómo me defiendo? Fácil, mi respuesta es instar al crítico a que imagine la actividad intelectual como equivalente a cualquiera otra actividad respecto a la técnica. Ante igualdad de circunstancias (léase coeficiente intelectual, disposición anímica, potencial físico, contexto de desarrollo, etc.), ¿Quién cree Ud. que arreglaría mejor una cañería: un plomero o un analista de sistemas? ¿Quién cree Ud. que ganaría un partido de fútbol: un futbolista o un ingeniero? ¿Quién cree Ud. que daría más ganancias a una empresa: un administrador de epresas o un entrenador de perros? Y así puedo seguir hasta el hartazgo, pero ya he dado a conocer mi punto. Repetimos aquí, pues es crucial para el caso, que lo que sostenemos se evidencia en que quienes suelen tildar de arrogantes a los intelectuales, suelen no ser, valga la redundancia, intelectuales. Lo que quiero decir, es que, el intelectual vive en el discurso y por eso se siente más cómodo en él, ya sea disertando o debatiendo, mientras que los demás mortales suelen no poseer las herramientas discursivas ni la práctica necesaria para sostener discursivamente una postura de soberbia con fundamentos (aunque en sus respectivos campos sientan una seguridad y comodidad equivalente a la del intelectual en su discurso). Nótese que, por el contrario y ya sea consciente o inconscientemente, entre los intelectuales se produce una comprensión tácita radicada en esa identificación de la confianza del otro y entonces se suele “respetar” -con ciertas salvedades pero sin concesiones- esa soberbia en el otro, focalizándose automáticamente la atención en el contenido más que en la forma, filtrando lo que se necesita, o lo nuevo, o sencillamente, ignorando la actitud ¿necia? del emisor.
No confundamos, sin embargo, soberbia con fanatismo. Lo segundo no tiene nada que ver con este ensayo.
Fin de la Primera parte. (Sólo a partir de las críticas y los comentarios que reciba(4), es que daré lugar a la segunda parte, encaminada hacia donde sea necesario, pero siempre, en defensa de la Soberbia)
(1): Postura que deberemos analizar más adelante con mucho cuidado y detenimiento, ya que en la inmensa mayoría de los casos, suele estar condicionada, y hasta determinada, por una religiosidad y/o una moral más fuertes que la razón que se pueda tener y que van más allá de las verdades esgrimidas (por eso lo de “ilumiados”, en clara contraposición a los que desarrollaron su conocimiento mediante la investigación y acumulación de instrumentos cognitivos). Por tal motivo, dejo fuera de esta primera argumentación a los humildes sinceros y a los -que más adelante también, distinguiremos- falsos humildes.
(2): Entendiendo aquí por «Conclusión«: a laResolución Temporaria, -y siempreFalsable, inferida desde y sobre un determinado tema, analizado a partir de información manejada con anterioridad por dicha persona o desarrollada (racional o empíricamente) en ocasión de dicho análisis; más la inevitable y subyacente toma de postura respecto del tema en cuestión y a raíz de dicha Conclusión.
(3): Fácilmente podríamos argumentar que en definitiva todos “vivimos de nuestro intelecto” en la medida en que necesitamos sortear obstáculos para alcanzar nuestros objetivos cotidianos, sean cuales sean las circunstancias y dediquémonos a la actividad que nos dediquemos, pero a lo que particularmente me refiero, con la expresión “vivir en y del intelecto”, es a las personas que viven en el lenguaje discursivo y social, empleando la mayor cantidad de su energía y tiempo en el universo de las ideas y lo cognitivo, o que desarrollan su actividad en el ámbito intelectual (no confundir aquí lo cognitivo individual intelectual, con la esfera social de lo intelectual, léase: periodismo puro, actividad editorial o científica -en referencia a las ciencias duras-, etc.). De modo que deportistas, cocineros, programadores de sistemas informáticos, comerciantes, músicos y todos los demás, quedan fuera. Lo siento.
(4): Me atrevo a decir que el 95% de ellos será negativo, pero espero que quienes piensen de manera similar a la mía, lo hagan conocer también, así los demás se dan cuenta de que no estoy solo… muchos de ustedes saben de quienes hablo, y a muchos otros directamente no los conozco, pero también cuento con ustedes…